Prólogo

Norte de Inglaterra

Octubre de 1744

Lady Matsuri Akasuna, de soltera Lusignant, se agitó en sueños. ¿Había oído voces en el corredor? Abrió un ojo del color de la plata joven y volvió a cerrarlo más tranquila. No era su marido, que venía a incomodarla con sus insistentes intentos de forzarla para asegurarse un heredero que diera vigor a su precario enlace. Intentó dormirse, pero algo danzaba en su mente que la tenía intranquila, una idea que volteaba sin dejarse atrapar. Volvió a abrir un ojo, después el otro, y suspiró fastidiada. Esa incómoda sensación la había acompañado desde que dejó Francia para residir en ese horrible país, Inglaterra, en el que nunca lucía el sol y amaban más a sus perros de caza que a su propia familia. A lo lejos se escuchó una carcajada. Lady Matsuri se incorporó en la cama. Era cierto, había alguien en el corredor. Por un instante pensó en quedarse cómodamente en su cama, que todavía guardaba la calidez del sueño. Pero su curiosidad pudo más que el frío húmedo de la noche inglesa. Armándose de valor se levantó de un salto, alcanzando con una mano la bata de terciopelo color púrpura que tenía depositada encima de la colcha, a la vez que intentaba calzarse ambas zapatillas. Sujetó la palmatoria donde titilaba una vela a medio consumir y se paró un momento antes de salir circundando la habitación. Vio el reflejo de un pequeño abrecartas de plata sobre la mesilla y lo cogió metiéndoselo en el bolsillo de la bata. Quizá le fuera necesario, con el carácter de su marido ninguna precaución era poca.

Una vez fuera de la habitación se paró, miró a izquierda y derecha. Todo parecía tranquilo. Avanzó un paso y se inclinó por la baranda de madera pulida. Extendió un poco la palmatoria pero no pudo ver más allá de un par de metros.

Pensando que la había traicionado su imaginación se dispuso a volver a la cama con un suspiro de resignación. Cuando estaba girando el pomo de la puerta, volvió a oír lo que parecían susurros.

«¿Viene de la habitación de Sasori?» Se fue dibujando una sonrisa de satisfacción en su cara. Lo que para otras mujeres supondría un disgusto, para lady Matsuri suponía una gran alegría. Si por fin conseguía descubrir a su marido con su amante, podría recurrir a su padre, este a sus amigos del Parlamento y, con un poco de suerte, quizás en unos meses estaría de vuelta en su casa de Poitiers. Las posibles consecuencias que un divorcio podía acarrear a ambas familias ni siquiera las había considerado.

Avanzó con paso firme a lo largo del pasillo, las tupidas alfombras Aubusson amortiguaban sus pisadas haciéndolas completamente silenciosas. Paró tres puertas más allá de la suya. Ahora no escuchaba nada. Sosteniendo con cuidado la vela, pegó el oído a la puerta. «Merde!», pensó, las puertas son tan gruesas que es imposible oír nada.

Con cuidado comenzó a girar el pomo de la puerta de lord Darknesson, sin pararse a pensar qué le diría si este la atrapaba entrando sin avisar en sus aposentos, pero lady Matsuri pocas veces se paraba a pensar nada.

La puerta no crujió, gracias a las bien engrasadas bisagras. Empujó un poco, lo justo para acomodar uno de sus brillantes ojos en el interior de la habitación.

Reprimiendo una exclamación de satisfacción, lo vio. Lord Darknesson se inclinaba de espaldas sobre su amante, que descansaba inclinada en la mesa de escritura. Estaba desnudo, y el sudor hacía brillante su piel al reflejo del fuego encendido de la chimenea.

Lady Matsuri quedó fascinada por un momento con la mirada fija en el cuerpo de su marido. Era la primera vez que veía un hombre en total desnudez. Le pareció hermoso, tan grande, tan fuerte, todos los músculos se le marcaban en los rítmicos corcoveos de la eterna danza del apareamiento. Y por un instante deseó ser la mujer que le provocaba eso a su marido, pero solo por un instante, porque rápidamente se abrió paso en su mente la idea de la libertad, de la vuelta a casa.

Tenía que asomarse un poco más, tenía que saber quién era esa mujer, que luego podría ser llamada a declarar para poder disolver ese matrimonio que nunca debió celebrarse. Como si hubiera escuchado los pensamientos de su esposa, lord Darknesson sujetó del pelo a la mujer, y le volvió la cara de un tirón para darle un profundo beso.

Lady Matsuri se quedó paralizada, un escalofrío le recorrió la espina dorsal, a la vez que no podía apartar los ojos de la escena que veía. Sasori Akasuna, conde Darknesson y par del reino, uno de los favoritos del rey Jorge II, estaba besando a su caballerizo mayor, un muchacho de no más de veinte años, de largos cabellos rubios y ojos azules soñadores. Sofocó un grito que murió en silencio en su garganta. Algo debieron de notar los hombres, ya que ambos volvieron la vista hacia la puerta.

Lady Matsuri, olvidándose de proteger la vela con la mano, trastabilló y tropezó con sus propios pies y se dirigió corriendo escaleras arriba, hacia las habitaciones del servicio. Una vez en los pasillos superiores, jadeando por el esfuerzo, tomó la dirección que creía que pertenecía a la habitación de las mujeres. Atravesando una puerta que daba paso a unos corredores fríos de madera, sin adornos ni alfombras, abrió la primera puerta que encontró. Que quiso la fortuna que fuera la de su doncella personal, venida con ella de Francia, Ayame.

—Ayame, Ayame —llamó lady Matsuri, con voz aguda, producida por la histeria que se iba acumulando en su torrente sanguíneo. Al no ver nada, avanzó un paso para tropezarse con la cama de una muy disgustada doncella.

Madame? Qu'est-ce qu'il passe? —contestó Ayame con un deje de fastidio en la voz.

Lady Matsuri, ignorando la molestia de su doncella, la sujetó del camisón y tiró de ella hacia arriba con un gesto brusco.

Ayame, allons-nous rapidement, tienes que ayudarme —susurró hipando con voz entrecortada lady Matsuri.

Qu'est-ce qu'il passe? ¿Está ardiendo la casa? —preguntó otra vez Ayame, de pie y ya totalmente despierta mientras encendía una pequeña vela que reposaba en una mesita a la izquierda.

Ayame iluminó con la pequeña llama el rostro de su ama y se alarmó, lady Matsuri iba con el pelo suelto, en camisón y bata y lucía una palidez espectral, que acompañaba con pequeños gimoteos y temblores.

La doncella la cogió por los hombros zarandeándola, olvidándose de todas las reglas de protocolo.

—Madame, tranquilícese y cuénteme lo que ha ocurrido —logró decir.

—Ayame, Ayame, me va a matar, esta vez sí, me va a matar lo sé, lo que he visto..., yo..., es... es demasiado..., mi vida corre peligro. Ayame, ayúdame —explicó entrecortadamente lady Matsuri—. Me tienes que ayudar —exigió con voz más firme.

—Madame —Ayame suspiró audiblemente—, ¿qué quiere que haga?, es más de medianoche, seguro que por la mañana lo ve todo de otra forma. —Le dio unos golpecitos en el hombro para intentar calmar a su asustada dama.

—No, no, no —sollozó lady Matsuri—, tenemos que huir, me matará porque yo sé su secreto, y... —añadió dando más énfasis a su discurso—, y a ti también te matará porque pensará que te lo he contado todo. —Como siempre lady Matsuri no se preocupaba por nada que fuera más allá de su persona, y no lo iba a hacer ahora, por Ayame, su fiel doncella, que la había acompañado desde Francia. Para ella no era más que otra de sus posesiones.

Ayame dio un respingo, y se permitió un momento de claridad, no sabía qué es lo que asustaba tanto a su ama, pero si provenía de lord Darknesson, mon Dieu!, ese hombre sí que era peligroso. Paró sus cavilaciones al escuchar voces de hombre en el piso de abajo.

—Vamos, vamos, Ayame, ya vienen a buscarnos —enfatizó el «nos» obligando a la pasmada doncella a seguirla.

Ayame tomó las riendas de la situación y, vistiéndose rápidamente, sacó un vestido del arcón, su mejor vestido, el que guardaba para ocasiones especiales y se lo lanzó a lady Matsuri.

—Vamos, vístase —ordenó como lo hacía con el resto de las doncellas que dependían de ella.

—¿Con esto? —Lady Matsuri sostenía el vestido con desagrado.

—Sí, con eso —Ayame contestó ofendida. El vestido era de lana azul marino, sencillo, con un corpiño en la misma tela trenzado al frente—. No pensará huir a través de la campiña inglesa vestida con brocados, ¿no?

—No, claro, no —balbuceó lady Matsuri.

Ambas se vistieron apremiadas por las voces y jaleo que empezaba a acercarse.

Ayame abrió la puerta de su pequeño cubículo y se asomó con cuidado.

—Vamos, no hay nadie —apremió a lady Matsuri, que seguía temblando como una hoja.

Una vez fuera de la habitación lady Matsuri se encaminó automáticamente a la derecha, por donde había venido.

Ayame la agarró del brazo y tiró de ella.

—Por ahí no, mon Dieu, o se topará con lord Darknesson de bruces. ¿No escucha las voces?

Lady Matsuri no contestó, se limitó a seguir a Ayame por el angosto pasillo, hasta que bajaron unas estrechas escaleras de madera y pararon en lo que parecía una puerta atrancada.

—¿Y ahora qué hacemos? —suspiró lady Matsuri dando por terminada su huida.

—Pues, abrirla, claro está —contestó con un considerable enfado Ayame—. Agarre de ahí y levántelo —le indicó señalando uno de los extremos del madero que utilizaban como trabilla.

La puerta gruñó y se quejó fuertemente, y una vez abierta el aire frío las golpeó en la cara haciendo que ambas giraran su rostro protegiéndose.

En un último pensamiento de cordura, Ayame se arrepintió de haber rechazado la propuesta de matrimonio del cabrero de Gascuña al que le faltaban los dos dientes delanteros, y que hablaba siseando como una serpiente, por seguir a lady Matsuri, su atolondrada y en ocasiones estúpida ama, cuando contrajo matrimonio con lord Darknesson en lo que se suponía un cómodo trabajo de doncella en una cálida casa. Si hubiera hecho lo correcto ahora estaría durmiendo en una pequeña cabaña en las montañas arrullada por el balar de las cabras.

—Vamos —la instó—, tenemos que correr o nos atraparán.

Ambas huyeron a través de la fría noche, con la sola protección de sus manos entrelazadas.


🍀 Esta historia es de Carolina March. Los personajes utilizados en la misma pertenecen a M. Kishimoto. Por lo tanto todos los créditos correspondientes son para ellos.

🍀 Gracias por leer.