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Los fantasmas no existen, ¿o sí?

Embarcamos en un vuelo desde Santiago a Madrid y de allí cogimos uno directo a Edimburgo. Cuando despegó el avión desde mi ciudad natal me asomé por la ventanilla y vi cómo se alejaba la catedral, haciéndose cada vez más diminuta hasta desaparecer, con la sensación de que no iba a volver nunca a mi casa, a mi vida anterior. Pero no sentí tristeza, sino una especie de emoción y algo parecido a la alegría que hizo que mi corazón latiera de forma acompasada por primera vez en mucho tiempo.

Aterrizamos en Edimburgo y recogimos nuestras maletas. Salimos afuera, donde el viento nos golpeó el rostro. Sin embargo, aspiré con fuerza, me sentía viva, otra vez. Volví mi rostro a la lluvia y dejé que me mojara.

—¿Qué haces? —me preguntó Sakurasou mirándome como si estuviera loca.
Quizá lo estaba.

—Vivir —le contesté riéndome.

Ella cabeceó y nos dirigimos en autobús al centro. Ellos vivían en la Old Town, en un pequeño apartamento encima de una tienda de objetos navideños. El piso era propiedad de los padres de Obito, que se habían mudado hacía mucho tiempo a las afueras y habían mantenido el piso para alquilarlo a estudiantes. Ahora lo utilizaban ellos. Estaba en una bocacalle que daba a la Royal Mile, en pleno centro, hacia la mitad del camino que separaba el castillo del palacio de Holyrood.

Cuando llegamos encontramos a Obito preparándonos la cena. Dio un beso a mi hermana, y a mí me abrazó.

—¿Cómo estás, Sakura? —dijo con ese peculiar acento entre ruso y escocés.

—Muy bien, gracias —contesté—, ¡qué bien huele!

Él rio.

—Deberás acostumbrarte, ya que el sofá que ves detrás será tu cama. Aquí no hay mucho sitio —contestó.

Dirigí la mirada alrededor de la habitación, salón y cocina a la vez. No me importaba. Sabía que el apartamento no tenía más que otra habitación y un pequeño baño. Pero también sabía que allí había vivido Obito con sus tres hermanos y sus padres. El cómo era un misterio. Si ellos habían podido, yo también lo haría por un tiempo.

—Me encanta —dije siendo sincera. Me asomé a la ventana. Si giraba la cara a la izquierda se podía ver un pequeño tramo de la Royal Mile, bulliciosa y rebosante de vitalidad, como me sentía yo en ese momento.

Poco a poco me fui acostumbrando a la rutina. Obito y Sakurasou se levantaban temprano para acudir a la universidad, comían allí y volvían a media tarde. No recordaba cuándo había sido la última vez que había disfrutado de tanto tiempo libre solo para mí. Y lo iba a aprovechar. Me levantaba a media mañana, recogía, almorzaba un poco y salía a pasear y a descubrir la ciudad, que me tenía enamorada, ya me había gustado mucho la primera vez que estuve, pero esta vez me dediqué a pasearla con calma y a visitar cuantos lugares se me ocurrían, parándome en pubs y en parques que desconocía.

—¿Qué tarareas? —preguntó una tarde Obito.

Mi hermana puso los ojos en blanco.

—Una de Eminem —contesté mirando a mi hermana con extrañeza.

—Has vuelto a cantar. Papá me dijo que no lo hacías. Eso es buena señal, aunque cantas fatal. No tienes oído, tienes orejas. Deberás acostumbrarte, Obito. Lo hace a todas horas. Siempre tiene una canción para cada ocasión —explicó ella.

Yo la miré y ambas sonreímos.

Los fines de semana solíamos salir de excursión. Ambos se habían propuesto que conociera Escocia a fondo. Visitamos los lugares más turísticos, Stirling, Glasgow, Glencoe. Yo insistía en que no era necesario, pero ambos parecían disfrutar tanto como yo.

Un fin de semana en que hizo un tiempo extraordinariamente bueno, lo que significaba que por lo menos durante la mitad del día no llovería, decidimos salir temprano y visitar Culloden.

Sin embargo, a medida que nos acercábamos al lugar, la nada comenzó a abrazarme otra vez, y noté cómo la melancolía que creía haber dejado en Santiago retornaba.

Llegamos a media mañana, aparcamos el coche y entramos directamente a lo que fue el campo de batalla entre ingleses y escoceses, el escenario de la última batalla librada en la isla. No necesitábamos guía. Obito se hizo cargo, explicando, como si mi hermana y yo fuéramos sus alumnas, el desarrollo de la contienda. Aunque mi hermana conocía la historia perfectamente, lo miraba con ojos atentos. Yo, sin embargo, intenté concentrarme en lo que narraba, pero una y otra vez mi mirada se dirigía al campo de batalla. Paseamos por las piedras que señalaban las tumbas de los clanes, y a cada paso que dábamos la sensación de que me faltaba el aire se hacía más fuerte. Comencé a sentir como si cientos de espíritus se arremolinaran alrededor susurrando. Me estaba mareando, y mi paso se hizo tambaleante, como si algo en el aire estuviera tirando de mí hacia la tierra donde estaban enterrados los escoceses cruelmente asesinados.

—Parad —conseguí susurrar, sin aire en los pulmones.

Ambos se volvieron a mirarme sorprendidos. Sakurasou corrió hacia mí y me sujetó por los hombros.

—¿Qué te ocurre? —preguntó—, estás muy pálida.

—Tengo que salir de aquí —dije comenzando a correr en dirección al aparcamiento.
Trastabillé y tropecé varias veces intentando deshacerme de los hilos invisibles que me tenían atrapada, pero por fin llegué al coche, respirando de forma entrecortada, como si mi pecho se hubiera cerrado de repente.

—¿Es un ataque de asma? —escuché a Obito preguntar a mi espalda.

—Sakura no ha tenido asma nunca. No es eso. ¿Qué te ha pasado? —preguntó Sakurasou acariciándome la espalda, mientras yo me inclinaba buscando algo de aire.

—No lo sé —susurré de forma entrecortada. Me senté en el suelo de gravilla. Las piernas no me sostenían, pero el suelo tampoco me daba fuerzas. ¿Sería un ataque de ansiedad? Jamás había tenido uno, pero esto se le parecía mucho.

Ambos se agacharon a mi lado con sendas miradas de preocupación.

—Solo necesito descansar un poco —dije resollando como si hubiera corrido una maratón. Había algo maligno allí, algo doloroso, y tenía que alejarme como fuera. Cuando conseguí reunir las fuerzas suficientes para volver a hablar les pedí que nos fuéramos.

Me ayudaron a meterme en el asiento trasero del coche como si estuviera enferma, que era así como me sentía, como si toda mi energía vital hubiera sido absorbida por el espíritu de Drumossie Moor. Una vez que hubimos recorrido unos kilómetros, mi corazón y mi respiración volvieron a la normalidad, aunque permanecía una sensación de inquietud, como si una parte de mí se hubiera quedado en Culloden, haciendo que deseara volver desesperadamente, como si hubiera perdido algo.

Paramos en un recodo de la carretera y ambos se volvieron a mirarme.

—¿Estás mejor? —preguntó Sakurasou.

—Sí —le contesté con la voz algo ronca, pero bastante normalizada.

Obito tenía una expresión indescifrable.

—¿Qué has visto en Culloden? —preguntó de pronto.

—¿Yo? Nada, ¿por qué? —contesté a mi vez.

—¿Y qué has sentido? —dijo formulando la pregunta de forma correcta.

Me quedé callada un momento, observando su atractivo rostro de rasgos eslavos. Si lo decía, ¿pensarían que me estaba volviendo loca?

—No lo sé, de verdad. Me sentí como si unos hilos invisibles tiraran de mí, como si cientos de personas quisieran atravesarme y no podía respirar, no podía pensar, no podía sentir —me paré un momento—, sentí como si estuviera muriéndome otra vez —dije en un susurro. Esa había sido la sensación correcta. Sentí como si me viera arrastrada a la oscuridad.

A Dhia! —exclamó Obito.

—¿No creerás en eso? —dijo Sakurasou volviéndose hacia él.

—He vivido aquí toda mi vida, he visto y he oído historias de todo tipo, ¿crees que tu hermana estaba fingiendo? —le contestó él.

—No, no creo eso. Pero seguro que tiene que haber otra explicación, aunque ahora no se me ocurre cuál —contestó mi hermana con voz nerviosa. El tema de la muerte la asustaba y yo entendía muy bien por qué.

—Sakurasou —dije—, tú también has notado algo, verdad?

Ella suspiró fuertemente.

—No lo que tú dices, pero sí he sentido que te ocurría algo, como si fuera a perderte otra vez. Y eso no me gusta nada —exclamó de pronto.

—Bueno —dije recuperando la lógica—, la solución es que no me vuelva a acercar a ese sitio nunca más, y se acabó el problema.

Obito agachó la cabeza, se mesó el pelo y dirigió una mirada de lo más significativa a Sakurasou. Yo no quise preguntar nada. Solo quería alejarme tanto como fuera posible y volver a mi refugio en Edimburgo. Además, el cielo se había oscurecido tanto que parecía noche cerrada, pronto empezaría a llover, y deseé estar ya cerca de casa.

—Obito, ¿me dejas conducir? —pregunté.

Necesitaba tener la mente ocupada, y no encontré otro modo de estar concentrada en algo que no fuera Culloden.

—Claro, ¿estarás bien? —contestó con algo de duda en la voz.

Sakurasou le dio un manotazo en el brazo.

—Déjala —dijo—, ella conduce mucho mejor que yo. Ya lo verás.

Cambiamos los asientos y me incorporé a la carretera procurando concentrarme únicamente en conducir.

Al poco comenzó a llover torrencialmente y reduje un poco la velocidad, escuché cómo Obito roncaba suavemente en el asiento trasero y mi hermana cabeceaba a punto de dormirse también. Empecé a sentirme cómoda, la carretera estaba prácticamente vacía, apenas nos cruzábamos con otros coches. Al cabo de más o menos una hora y con mis dos pasajeros sumidos en el sueño de los justos, una silueta emergió del bosque que teníamos a la izquierda sobresaltándome y haciendo que frenara bruscamente. Aun así no pude evitarlo y lo atropellé.

Grité y frené el coche en seco, haciendo que tanto Obito como Sakurasou se inclinaran peligrosamente hacia delante quedándose apenas a unos centímetros de los asientos delanteros.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó con voz ronca Obito. Yo ya estaba saliendo del coche y miraba al frente y en derredor asustada.

No veía nada, y sin embargo estaba segura de que lo había atropellado. Mi corazón latía desbocado y la sensación de ahogo volvía con mayor intensidad todavía. Me dirigí a la parte trasera del coche sin conseguir ver nada y me agaché en el asfalto mojado para indagar debajo del coche. Obito y Sakurasou a estas alturas estaban a mi lado mirándome con la misma cara de estupefacción que tenían cuando abandonamos Culloden.

Seguía lloviendo y nos estábamos empapando, algo que no parecía importar a ninguno de nosotros.

—¿Qué ha pasado? —preguntó mi hermana en castellano, olvidándose de Obito.

—He atropellado a un hombre —contesté en inglés.

—¡¿Qué?! —gritaron ambos al unísono volviéndose a mirar en derredor.

—No sé de dónde ha salido, de repente estaba en la carretera, de pie, como esperando a que alguien le pasara por encima —exclamé gritando—, pero no lo veo. ¡No veo dónde está!

Obito estaba examinando el frontal del coche con una linterna que había sacado del maletero. Mi hermana miraba hacia el bosque con la mirada perdida.

—Es imposible que atropellaras a nadie, Sakura —dijo con voz más calmada Obito—. El coche no tiene ni una sola marca, ni siquiera un arañazo. ¿Has notado el impacto?

—¿Impacto? —pregunté desorientada—. No, no he notado nada. Solo sé que..., que..., lo he atravesado.

—¿Atravesado? —Mi hermana me miraba de una forma muy extraña.

—Sí, estaba parado ahí —señalé el centro de la carretera—, era un hombre.

—¿Un escocés? —preguntó Obito despacio. Sin que lo mencionara sabía que se refería a un escocés vestido con kilt, el atuendo tradicional.

—No, era un oficial británico —contesté sintiéndome avergonzada por la confesión—. Podría describirte su indumentaria, incluyendo los galones, llevaba el pelo oscuro recogido en la nuca con una cinta negra y sus ojos eran fríos como el hielo —dije de forma acelerada.

—Vámonos de aquí —dijo cogiéndome del brazo—, esta vez conduzco yo.

Nos montamos en el coche en silencio agradeciendo el calor interior y sacudiéndonos el pelo mojado.

Obito arrancó otra vez y aceleró incorporándose a la carretera. Se le notaba que tenía tantas ganas como yo de alejarse de allí.

Recorrimos varios kilómetros en silencio, perdidos en nuestros pensamientos, los míos bastante tétricos. ¿Habría sido producto de mi imaginación? Ya no estaba tan segura. Mi mente racional me decía que era imposible, y sin embargo...

—¿Qué te ha dicho ese hombre, Sakura? —Fue mi hermana la que habló y lo hizo en castellano, de una forma sutil y suave, como si no quisiera asustarme.

—«Te estoy esperando» —contesté en un susurro y en mi lengua materna. No lo había oído pero le había leído los labios perfectamente.

Ella no contestó y Obito no dijo nada, se limitó a conducir en silencio hasta que vimos las luces de Edimburgo a lo lejos. Aparcó el coche y nos dirigimos bajo la lluvia y el frío al refugio del pequeño apartamento.

Cuando entramos Obito sacó una botella de whisky, cogió tres vasos y sirvió una generosa cantidad en cada uno de ellos. Él se lo bebió de un trago y se volvió a servir. Mi hermana lo miró enarcando una ceja, a lo que él respondió encogiéndose de hombros. Yo seguía demasiado avergonzada como para hablar. Di pequeños sorbos dejando que el líquido me adormeciera y me calmara lo suficiente para poder mirarlos a los ojos sin sentir vergüenza.

—Lo siento —dije balbuciendo un poco.

—No es nada —me tranquilizó Sakurasou frotándome la espalda—, vamos a acostarnos, a todos nos vendrá bien, estamos demasiado cansados para hablar ahora.

Se dirigieron a su habitación hablando en susurros y yo me acosté, sabiendo que no dormiría demasiado esa noche.

Desperté gritando, me había enredado en las sábanas que me cubrían y respiraba agitadamente, manoteé desesperada por librarme de las ataduras. «Estoy en casa, estoy en casa», repetía en mi mente intentando alejar la pesadilla.

La cama crujió cuando Obito se sentó a mi lado. No lo había oído llegar y me volví a sobresaltar ahogando otro grito.

—¿Una pesadilla? —preguntó con voz suave.

—Sí, ¿he gritado mucho? —inquirí yo a mi vez.

—No has despertado a Sakurasou, si es eso lo que preguntas. Es difícil despertarla una vez que está dormida, es como las marmotas. Yo no estaba dormido —dijo contestando a mi pregunta sin mencionar.

—Ah —fue lo único que se me ocurrió contestar. Él seguía sentado mirándome a los ojos. La luz de la farola se filtraba por entre las cortinas, haciendo que la oscuridad no fuera total en la habitación, por lo que podía ver su rostro preocupado.

—¿Qué has soñado, Sakura? —preguntó con voz suave.

—Estaba en Culloden, tendida en el suelo, notaba el suelo mojado y cómo la humedad se filtraba en mi ropa, y tenía frío, mucho frío, y había un hombre tendido sobre mí, como protegiéndome. Yo tenía los brazos cruzados sobre el vientre, y notaba su peso sobre mí, pude oler la sangre, estaba herido, y su pelo rubio me hacía cosquillas en el rostro. Pero sabía que no podía moverme. No, sabía que no debía moverme. Llovía y las gotas caían sobre mi rostro como afiladas agujas. —Paré, pues estaba convirtiendo con mis palabras una pesadilla en realidad.

—Es posible que solo sea una reacción a lo que te he explicado sobre la batalla esta tarde —dijo él susurrando.

—Pero no lo crees, ¿verdad? —pregunté asombrándome de tener el valor de hacerlo.

—Sakura —dijo suspirando—, yo no te he contado que aquel 16 de abril estuviera lloviendo. Pero lo estaba.

Un frío helador me recorrió el cuerpo entero, y el sueño volvió a cobrar vida por un instante.

—Intenta dormir, todavía quedan unas horas hasta el amanecer. —Se levantó haciendo crujir el colchón y se marchó a su habitación.

No conseguí dormir mucho más aquella noche. Me levanté la primera y preparé el desayuno. Estaba sentada en la cocina tomando mi segunda taza de café cuando ambos aparecieron bostezando y estirándose.

—Café —suspiró mi hermana aspirando profundamente.

Le tendí una taza humeante que ella recogió como si su vida dependiera de ello.

—¿Qué os apetece hacer hoy? —preguntó Obito calentando agua para prepararse un té, desdeñando el café con un gesto de la mano.

Yo miré hacia la ventana, seguía lloviendo y lo único que me apetecía era seguir refugiada en el calor del pequeño apartamento.

—Lo que queráis —contesté sin ganas.

—Yo tengo que corregir unos exámenes. Tengo bastante trabajo atrasado. —Sakurasou cogió la taza y una caja de galletas y se dirigió a la habitación que también hacía de improvisado despacho.

—Siempre está igual. Todo a última hora —dijo Obito aspirando el olor de su taza de té con placer. Yo por más que lo intentaba no conseguía acostumbrarme, prefería mil veces el café y lo tomaba como decía mi madre, caliente, fuerte y escaso.

Encendió la tele y me señaló el sofá. Ambos nos sentamos mientras él cambiaba de canal una y otra vez sin encontrar nada a su gusto. Finalmente lo dejó en un canal que emitía una película del Oeste. Estuvimos unos minutos con la mirada fija en la pantalla, pero sin ver. Yo seguía dándole vueltas a la pesadilla y él parecía algo incómodo.

—¿Sabes? —le comenté—, a Sakurasou y a mí nos encantaban estas películas cuando éramos niñas. Las solíamos ver los sábados por la tarde con nuestro padre. Era como una especie de tradición semanal.

Obito enarcó las cejas y me miró sorprendido. Yo sonreí ante su reacción.

—Es cierto. Ella quería luchar como los indios. Yo le decía que me parecía absurdo, que en una batalla lo mejor era pasar desapercibido, tumbarte y esperar a que todo acabara. —La imagen de la noche anterior se volvió a colar en mi mente.

—No creo que seas de ese tipo de mujer, Sakura —contestó él.

—¿De qué tipo? —pregunté curiosa.

—De las que gritan cuando ven el peligro —dijo. En ese momento la protagonista estaba haciendo exactamente eso.

Reí con ganas.

—Creo que serías de las que cogerían el rifle y te prepararías como un soldado más a defender el fuerte, además le pegarías un tortazo a la que osara llorar haciéndola callar definitivamente —siguió diciendo. La verdad es que dado el volumen de gritos que salía de la tele me estaban dando unas ganas tremendas de hacer exactamente lo que decía.

—Quién sabe. Espero no verme nunca en esa tesitura —contesté centrándome en la imagen que ofrecía la televisión.

De repente Obito se levantó y se dirigió a la habitación. Salió al momento con un folio doblado. Se quedó quieto de pie a mi lado, dudando. Finalmente me lo entregó.

—Me gustaría enseñarte algo. Lo encontré hace algunos días, cuando releía en la biblioteca la historia del Levantamiento del 45, y no sé por qué pero me recordó a ti, y después de lo que ocurrió ayer... —Yo bajé la mirada hacia el papel. No me gustaba que me recordara lo que había sucedido en Culloden. Sin embargo, mis dedos hormiguearon al contacto con el papel, lo abrí sin preámbulos y comencé a leer.

Eran dos textos. El primero parecía una copia de una carta o un diario antiguo, que había sido fotocopiado. Estaba escrito en gaélico y no lo entendí. El segundo estaba escrito a mano, con bolígrafo, en la letra de Obito, en inglés actual.

... ella también está aquí, pensé que él habría tenido la prudencia de ponerla a salvo de esta locura de destrucción, pero no ha podido. Nada puede alejarlos durante mucho tiempo, son como las dos caras de la misma moneda, destinadas a estar juntas, destinadas a estar separadas. Ha intentado que me aleje, incluso me ha amenazado, en sus extraños ojos color verde brilla la determinación y algo más, algo peligroso y letal, como si supiera lo que va a ocurrir. Pero ella ya lo sabe, me lo dijo hace mucho tiempo, y sin embargo está aquí, junto a él, junto a su familia y su clan, como si pudiera extender un manto de protección hacia todos nosotros. Sin embargo, ya nada puede salvarnos...

Volví a leerlo con más calma. No me transmitía nada. Lo doblé con cuidado y se lo devolví.

—¿Por qué te ha recordado a mí? Según contaste era común que las mujeres siguieran a los hombres a la batalla, sobre todo al ejército escocés —pregunté.

—Por la descripción que hace de la mujer, por sus ojos, su expresión decidida —contestó con un suspiro.

—Hay mucha gente con el mismo color de ojos que yo, Sakurasou los tiene, mi madre también, incluso mi abuela —deseché la explicación con un gesto casi despectivo.

—Sí, pero él hace referencia a que la mujer ya sabía lo que iba a ocurrir. Eso no es común. Si bien era cierto que la batalla parecía perdida desde el primer momento, ese hombre señala que ella conocía perfectamente el desenlace desde hacía bastante tiempo —siguió él.

—Bueno, por lo que me has contado de la historia escocesa es probable que fuera algo así como una vidente. Hasta tú pareces bastante crédulo en ese aspecto, todo un erudito moderno creyendo en fantasmas —contesté con una mueca.

—Quizá sea solo una tontería. Olvídalo —contestó algo molesto guardándose el papel doblado en el bolsillo del pantalón.

—¿Sabes quién lo escribió? —pregunté con curiosidad.

—No. Lo encontré entre unos legajos sin identificar, retazos de cartas y diarios de soldados de las Highlands. Como te he dicho, será mejor que lo olvides. —Suspiró fuertemente contrariado por algo, pero ¿por qué?

—¿Crees que puedo ver fantasmas o comunicarme con el más allá? —pregunté girándome hacia él.

—¿Puedes? —contestó él de forma directa.

—No que yo sepa. Si lo que preguntas es si recuerdo algo de cuando estuve clínicamente muerta la respuesta es no. Absolutamente nada. Ninguna luz al final del túnel, ni una sensación de paz, ni de haber llegado a mi destino. Simplemente no recuerdo nada desde que me dormí hasta que desperté en la habitación del hospital —respondí con cautela.

—Pero ayer viste algo, y créeme cuando te digo que tenía toda la pinta de ser un fantasma. —Su voz era firme. De repente me di cuenta de que él de verdad creía en ese tipo de cosas. Yo, aunque me había criado en la tierra de las meigas por excelencia, era totalmente incrédula ante ese tipo de asuntos.

—Es muy probable que fuera mi imaginación sobreexcitada. Estuviste todo el día relatando historias de la rebelión —expliqué.

—Sí, bueno, es probable, lo que no quiere decir que sea cierto. Hay cosas que no tienen una explicación razonable. Ya deberías saberlo.

Sus palabras me recordaron a las del psiquiatra y me sentí incómoda. Obito lo notó y abandonó la conversación. Yo me quedé callada, perdida en mis pensamientos. Aunque ese hombre no era real, sí lo había sido para mí durante unos instantes en los que sentí un terror profundo, no por el atropello, sino por sus palabras: «Te estoy esperando.» En aquel momento hubiera jurado que verdaderamente conocía a ese hombre aunque no lo hubiera visto nunca.

En la semana siguiente todo volvió a la normalidad. Ni Obito ni Sakurasou volvieron a mencionar el tema de Culloden, aunque de vez en cuando notaba el cruzar de sus miradas preocupadas como si yo fuera a tener otro ataque de pánico, lo que gracias a Dios no ocurrió.

Cuando volví a mirar el calendario era ya el 28 de octubre, faltaban tres días para el 31. Llevaba casi dos meses en Edimburgo y todavía no sabía qué hacer con mi vida, me encontraba en un estado de semiletargo, como si esperara la llegada de algo que no llegaba nunca.

Mi hermana estaba excitada, llevaba planeando la noche del 31 de octubre más de una semana. Yo me negué a disfrazarme, como mucho me pondría un pequeño antifaz de plumas negras. La invasión del Halloween americano estaba entrando con fuerza en la vieja Europa y hasta podían verse adornos como calabazas y esqueletos en algunos pubs, pero Edimburgo se resistía a perder el espíritu de esa noche. La noche de los muertos, la noche en la que vagaban las almas perdidas en el mundo de los vivos. Yo me sentía intranquila, no quería que aparecieran más fantasmas en mi vida, ya había tenido bastante para cien años, y cuando Sakurasou y Obito me invitaron a acompañarles a una fiesta que organizaban algunos profesores de la universidad acepté encantada. Todo con tal de no quedarme sola esa noche.

Me vestí con un vestido de paillettes negro demasiado corto para mi gusto, me dejé el pelo suelto y me puse el antifaz. Ellos iban vestidos como Catwoman y Batman, nada originales, pero bastante divertidos. Al anochecer salimos a la calle, iríamos andando, me dijeron que no estaba muy lejos. Intenté recordar el camino de vuelta, pero Edimburgo todavía resultaba un pequeño laberinto para mí, nunca había sido muy buena orientándome y varias veces había tenido que recurrir al GPS instalado en el teléfono para saber volver a casa.

Nos paramos frente a una casa de tres pisos. Por fuera no parecía nada especial, otra casa apretujada y constreñida en un callejón, como si la ciudad hubiera sido construida aprovechando al máximo el espacio. Sin embargo, tenía algo familiar que no supe identificar.

—¿Es esto? —pregunté mirando hacia arriba buscando algún cartel indicador.

—Sí, lo es —contestó la voz de Obito amortiguada por la máscara de plástico—, antiguamente era uno de los prostíbulos más famosos de la ciudad. Estaba prácticamente en ruinas, hasta que lo compró la Sociedad de Conservación del Patrimonio. Ahora la alquilan para eventos.

—Bueno, yo no llamaría a esto un evento, pero vamos allá —dije llamando al timbre.
Nos abrió la puerta Spiderman, dándonos la bienvenida, por lo visto conocía bastante a Obito y Sakurasou. Entramos a lo que parecía un espacio abierto decorado con motivos tétricos, con un disc-jockey al fondo y la música demasiado alta.

Tanto Obito como Sakurasou se esforzaron en presentarme a todo joven entre veinticinco y treinta y cinco años de la sala, presumiblemente solteros. Yo sonreía y agradecía cumplidos hasta que me acabó doliendo la mandíbula. Finalmente me dejaron sola con alguien de toda confianza, como me susurró Sakurasou al oído, un compañero suyo, bastante atractivo, que tenía un fuerte acento inglés y que no iba disfrazado.

Conversé con él un buen rato, mientras bebíamos cerveza negra. Me estaba divirtiendo bastante y entonces él sugirió que subiéramos arriba para tener un poco más de intimidad.

Enarqué una ceja, que él no pudo ver dado que no me había quitado el antifaz. Lo medité un momento. ¿Estaba preparada? Todavía sentía dolor y algo sin identificar por mi ex marido, pero algún día tendría que dejar atrás todo aquello, y esa noche y ese joven me parecieron los apropiados.

Antes de subir por unas escaleras de madera al fondo semiocultas por una cortina de terciopelo negro, eché una mirada a la pista donde bailaban Obito y Sakurasou. Sonreí ante la mueca que hizo mi hermana por un pisotón de su pareja, me volví hacia mi acompañante y dejé que me cogiera de la mano.

En el piso de arriba recorrimos un pasillo con varias puertas. No se paró en ninguna, sino que siguió hasta el fondo y subimos hasta el último piso. Había una única puerta que abrió con una llave. Por lo visto era uno de los organizadores de la fiesta.

Entramos en lo que parecía un desván, tenía el techo inclinado y una pequeña claraboya en el techo que iluminaba tenuemente el lugar. Me empujó ligeramente hasta el centro de la estancia donde la suave luz incidía sobre mí directamente. Se acercó y me quitó el antifaz. Yo me dejé.

—Quiero verte el rostro —dijo acercándose a mí.

—¿Y bien? —pregunté con la cara despejada.

—¡Uau!, eres idéntica a Sakurasou —pareció sorprendido.

—Lo sé —contesté riendo.

—Y preciosa. —Se inclinó hacia mí dirigiendo su mirada a mis labios. Yo no me aparté. Me cogió por la cintura y me besó, obligándome con su lengua a abrir mi boca. Sorprendentemente respondí con ansia a su beso. Tal vez fuera la abstinencia, el alcohol o la magia de la noche.

El beso se hizo más profundo y su insistencia también. Noté cómo su mano abandonaba mi espalda y bajaba hasta mi muslo acariciándolo con pequeños círculos. Su mano inquisitiva fue subiendo hasta pasar por mi cintura y atrapar uno de mis pechos. Di un respingo y me aparté de repente. No podía hacerlo, todavía no, no estaba preparada. Sentí un gran deseo de salir corriendo, pero él estaba justo delante de la puerta. Retrocedí y mi tacón izquierdo se quedó clavado en una muesca del suelo haciendo que cayera hacia atrás. Busqué desesperada algo a lo que sujetarme. Sentí cómo sus manos se alargaban hacia mí, pero no lo suficientemente rápido. Caí golpeándome en la cabeza con algo que parecía un arcón. Por un momento creí que no había pasado nada, e intenté levantarme. No pude, sentí que me mareaba, y la sensación de estar ahogándome volvió con intensidad. Escuché su voz llamándome, pero los hilos invisibles me arrastraban sin remedio hacia la oscuridad.