4
Tu pasado será tu presente
Sentí unos golpes en el rostro e intenté girarme sin conseguirlo, mi cuerpo era como una pesada piedra clavada al suelo. Oía una voz amortiguada que retumbaba en mi cabeza, una voz grave que casi gritaba, pero aun así no llegaba con suficiente claridad a mis oídos, como si estuviese rodeada de una capa de nubes que impedía que el sonido me alcanzara. Los golpes cesaron para pasar a ser zarandeada por una fuerte mano en el hombro. Intenté protestar y alzar la mano, pero pesaba demasiado, solo el esfuerzo de levantar un poco el brazo me dejó profundamente agotada, pero eso no pareció detener el insistente meneo de mi cuerpo desmadejado. Finalmente, y después de un gran esfuerzo, entreabrí un ojo.
Lo primero que vi fue una bota de piel marrón, manchada de barro, que cubría unas medias de lana con dibujo escocés hasta la rodilla. Una rodilla blanca y huesuda, y una falda, una falda a cuadros verdes y rojos. Cerré el ojo. El esfuerzo me había dejado agotada y empezaba a notar un palpitante y doloroso latido en la cabeza. Un hombre, un hombre grande, un hombre grande vestido de escocés. Los pensamientos iban cobrando vida en mi mente dolorida con desesperante lentitud, me costaba hilar una imagen detrás de otra enlazándolas como si fueran un puzle.
Escuché un crujir de ropas cuando el hombre se agachó a mi lado y sentí una luz que aun con los ojos cerrados hizo que una punzada se me clavara en la frente. Olí a cera quemada y sentí el calor de llama muy cerca del rostro.
«¡Fuego!», quise gritar, pero solo oí un balbuceo ininteligible salir de mi boca. La garganta me dolía como si hubiese estado toda la noche anterior cantando.
El hombre me empujó hasta que giré y quedé tumbada de espaldas al suelo. Intenté respirar y boqueé como un pez fuera del agua. Algo me oprimía las costillas y estrangulaba el aire que intentaba llegar a mis pulmones.
Volví a notar el fuego delante de mi rostro y me asusté. No podía hablar, ni respirar, ni moverme. Una idea iba tomando forma en mi cabeza. Estaba muerta, estaba muerta y en el infierno. La luz se apagó y no sentí más.
Mi mente despertó un rato más tarde, desconozco si fueron unos minutos u horas. Mi cuerpo seguía sin responder. Quería abrir los ojos pero mis párpados pesaban como el plomo. Sabía que seguía tumbada, notaba el suelo duro debajo de mí. El dolor de la cabeza se mantenía latente, como un zumbido, pero ya no aguijoneaba el cráneo. Me costaba respirar, pero podía hacerlo despacio si me concentraba en cada inhalación. Intenté mover los dedos de una mano, uno a uno, y luego despacio, como si temiera que se rompiera algún hueso, levanté lentamente un brazo. Miré mi mano delante de mi cara como si ese apéndice no fuera mío. Mi respiración se estaba normalizando, quizás al comprobar que de momento estaba entera. Mi primer pensamiento consciente fue: no estoy muerta, ergo no estoy en el infierno. El segundo pensamiento consciente fue: es la peor resaca de mi vida. El tercer pensamiento consciente fue: anoche no bebí tanto, no puede ser eso. Tiene que ser el golpe, el dolor volvió de improviso a mi cabeza. «¡Joder! —maldije mentalmente—, prefiero estar en el infierno.» Cerré los ojos y volví a perder la consciencia.
La voz esta vez llegaba clara a mis oídos, no, las voces. Eran dos, un hombre y una mujer discutiendo. Antes de que me diera tiempo a abrir los ojos, el hombre me cogió por debajo de los brazos y me levantó hasta dejarme en pie. Trastabillé y caí de rodillas. La luz me golpeó como una maza. Me senté despacio y giré la cabeza hacia ellos. Me costaba enfocar, pero distinguí a dos personas frente a mí tapándome la luz que entraba por la puerta abierta. Un hombre alto y fuerte vestido de escocés, su pelo era de color anaranjado y lacio, sujeto con una cinta en la nuca. Su rostro estaba cubierto de pecas y unos ojos azules y curiosos me observaban con atención sobre una nariz torcida y algo achatada, probablemente rota anteriormente y que no había sido colocada en la posición correcta.
Lo normal hubiera sido preguntar «¿dónde estoy?, ¿quiénes son ustedes?», pero como mis neuronas bailaban una conga desordenada en mi cabeza solo acerté a exclamar con enfado.
—Vaya, ¡qué disfraz más auténtico! ¡Y original! ¡Escocés!, solo te falta pintarte rayas azules y blancas en las mejillas para parecer William Wallace.
El hombre retrocedió un paso soltándome el brazo, sorprendido sin duda por mi tono despectivo. La mujer, sin embargo, se acercó observándome de cerca. Desprendía un olor a sudor y pescado agrio, junto con algo suave de fondo, parecido al aroma de los polvos de talco. Polvos que adornaban su cara tapando los profundos surcos de sus arrugas. Llevaba el pelo también rojizo con mechones canosos sujeto en un moño bajo, que tapaba con un paño blanco. Iba vestida con un traje de época sencillo, de sarga gris, con corpiño y falda. Una blusa gris más claro con volantes en los puños adornaba el conjunto.
—¡Bájala! —fue todo lo que dijo.
Sin darme tiempo a protestar me vi empujada escaleras abajo por el tipo grande. Reconocí la casa de la fiesta de anoche. Pero algo había cambiado. Ya no era el edificio habilitado como discoteca, sino que parecía una casa habitada. Pasamos por dos pisos, los pasillos tenían varias puertas de madera simple, con manillas de bronce. De algunas habitaciones se oían murmullos, de otras simplemente el silencio. Unas alfombras raídas tapaban los suelos de madera desgastada. Llegamos al piso de abajo. Lo que antes era la pista central de baile, ahora parecía ser un salón adornado con varios, no, bastantes sillones festoneados de terciopelo granate. Me asomé curiosa, pero fui prontamente arrastrada hacia la izquierda. El hombre abrió de un codazo la puerta cerrada y me empujó adentro. Quise protestar y me volví con un gesto adusto, que interrumpí sorprendida al mirar alrededor. Me encontraba en una cocina. Una cocina antigua pero todavía en uso. Había una mesa central de madera con algunas banquetas, una chimenea en la pared frontal, en la que colgaba un caldero humeante sobre el fuego. Una encimera cubría la pared a mi izquierda, en la que se amontonaban cacerolas, platos, cubiertos y algunas hortalizas. Todo ello de una pintoresca antigüedad, pero sorprendentemente real.
—¿Dónde estoy? —inquirí haciendo esta vez la pregunta correcta.
El hombre me ignoró, se acercó a la mesa y se sirvió de una jarra de peltre en una taza de metal algo que olía como la cerveza. Fue la mujer la que contestó.
—¡Cállate, mujer! Soy yo quien hace las preguntas.
Empezaba a estar asustada y me quedé paralizada en el centro de la habitación esperando.
—¡Siéntate! —dijo empujando un banco de madera con el pie.
En un acto de rebeldía no me senté en el asiento que indicaba, sino que elegí un banco pegado a la pared, el más cercano a la puerta, preparada para salir corriendo en cualquier instante.
—¿Quién eres? —preguntó—, ¿y qué hacías escondida en mi casa?
Su tono había cambiado de amenazante a inquisitivo, pero aun así no me tranquilizó ni un ápice.
Intenté explicarme con coherencia y despacio para no confundir las palabras. Aunque la mujer hablaba en inglés, tenía tal acento escocés que me costó unos instantes entenderla.
—Me llamo Sakura —contesté esbozando lo que intentaba que fuera una sonrisa tranquilizadora. «Primero negocia, luego enfréntate si fuera necesario»—. Estuve en la fiesta de anoche, bebí un poco de más y subí con un amigo al ático... —aquí vacilé—, ya saben..., hummm, para estar un rato a solas... —Paré. Por sus expresiones dudé que me estuvieran entendiendo. Me aclaré la voz e intenté pronunciar más despacio y en voz alta, como hacemos cuando algún extranjero no nos entiende, errando que el problema es el idioma, no la sordera—. Esto... Llevaba unos tacones demasiado altos, me tropecé, caí y me golpeé la cabeza y... Lo siento, no recuerdo nada más hasta ahora —terminé abruptamente.
—¿Eres una puta? —preguntó el hombre levantando por primera vez su rostro de la taza.
—¡¿Qué?! —casi grité.
—¡Que si eres una puta! —repitió él remarcando las sílabas y levantando la voz como había hecho yo un momento antes.
—¡No! —esta vez sí grité.
—Pues lo pareces —contestó el hombre sin inmutarse.
—Oiga —alcé la mano—, el vestido es un poco atrevido, pero de ahí a insinuar que yo... —Bajé la vista. En ese momento me di cuenta de que no llevaba el vestido de paillettes negro que me había puesto la noche anterior sino un vestido de época. Me levanté de un salto, palpando mi cuerpo. Me cogí la falda con las dos manos, una falda de lana azul marino hasta los pies, manchada en los bordes con algo que parecía barro. Subí hasta el torso, cubierto por un corpiño ribeteado con cinta de raso y cerrado con un lazo. Completaba mi atuendo una blusa amarillenta abierta hasta el borde del corpiño, dejando entrever la parte superior de mis pechos—. ¡Joder! ¡¿Pero qué llevo puesto?! —exclamé en voz demasiado alta.
—¿No es suyo el vestido? —preguntó la mujer, con una expresión cada vez más suspicaz.
—¡Pues no!
—¿Lo ha robado, acaso?
—¡No! —titubeé—, no, no es mío, pero yo... Jamás, jamás robaría esto —contesté cogiéndome con una mano la manga holgada de la blusa.
—Veamos entonces —la mujer se sentó en un banco frente a mí, indicándome que me volviera a sentar—, dices que subiste al ático sola con un hombre, pero no eres una puta. Llevas un vestido que no es tuyo, pero no lo has robado. Te he encontrado en mi casa, a la que no estás invitada. No hay nada de lo que has dicho que me convenza de no llamar al alguacil y denunciarte.
—¿Denunciarme? —Perdí todo el color de la cara—. Creo que esto es un malentendido. Solo necesito que me faciliten un teléfono, llamaré a mi hermana, que me recoja, y no les daré más problemas. —Me levanté con intención de huir de allí lo antes posible. No entendía nada, ni qué hacía allí, ni por qué iba vestida de esa forma, así que tampoco podía explicárselo a ellos.
—¡Siéntate! —rugió la mujer. Obedecí a la velocidad de un soldado a las órdenes de su comandante.
—Mathair, la estás asustando —habló el hombre dirigiéndose con voz suave a la mujer.
Los miré a ambos, poli bueno, poli malo. ¿Era todo una broma de mi hermana?, si así era no tenía ninguna gracia. Escruté las paredes buscando la cámara oculta.
—¿Qué haces? —inquirió el hombre. Así de cerca, aun con el rostro de un boxeador, era menos temible que su madre—. ¿Qué es un teléfono?
—¿Es una broma? —pregunté yo, suavizando la voz—. No recuerdo nada después del golpe, lo siento si les he incomodado. Una vez que me ponga en contacto con mi hermana les pagaré si he causado algún desperfecto.
Me palpé el bolsillo de la falda, y palidecí aún más. No llevaba el monedero, pero sí algo que parecía un cuchillo afilado.
—Se va a desmayar —oí su voz lejana, aunque estaba situado a menos de un metro de mí.
—¡Annie! ¡Trae agua! —espetó la mujer a un bulto sentado en la esquina de la cocina, que resultó ser una niña, no mayor de once años. La muchacha se acercó arrastrando los pies con una jarra de peltre en una mano, en la otra, un vaso de madera. Al servirme el agua me vi reflejada en la palidez de su rostro aniñado, manchado de hollín. Cogí el vaso como si fuera un oasis en el desierto y, aunque algo turbia, bebí ávidamente calmando la náusea que se había formado en mi garganta.
Necesitaba salir de allí lo antes posible, buscar un taxi y llegar a casa de mi hermana.
—Me tengo que ir —dije levantándome un poco tambaleante.
—Tú no vas a ninguna parte —afirmó la mujer, a la vez que el hombre se levantaba para quedarse parado en medio del quicio de la puerta, la única salida.
—Pero..., ¿por qué? Todo ha sido un malentendido. Si me disculpan... —Hice ademán de moverme intentando que no se me notara demasiado que saldría corriendo atravesando cualquier obstáculo que se interpusiera en mi camino.
Los dos intercambiaron una mirada de perfecto entendimiento. Me pareció entrever que el hombre cedía un poco la balanza a mi favor, ya que su postura se relajó hasta dejar el peso apoyado solo en una pierna.
—Revísala, no vaya a ser que haya robado algo más que el vestido, y luego déjala irse —dijo finalmente la mujer.
—Pero ¡qué! —Iba a protestar, pero no dije más.
El hombre me acercó de un tirón y se puso a cachearme. Miré sus grandes manos y puse los ojos en blanco. Por su interés en ciertas partes de mi anatomía, dudé de que cumpliera las reglas del decoro en un cacheo oficial. La segunda vez que palpó mi pecho le solté un manotazo instintivamente. El ¡plaf! sonó como el estallido de un disparo. Aguanté la respiración. El hombre levantó lentamente la mirada hasta alcanzar la mía. No era mucho más alto que yo, solo unos pocos centímetros, pero me doblaba en peso. En unos segundos calculé si sería capaz de derribarlo o simplemente empujarlo lo suficiente para alcanzar la puerta a la calle. No hizo falta.
Una profunda carcajada resonó en toda la estancia, seguida de una femenina, incluso la niña rio.
Quedé tan sorprendida que retrocedí un paso.
—¡Vaya! ¡Vaya con la fierecilla!, pero mira qué carácter tiene. Mathair, ¿está segura de que no quiere quedársela? Algunos clientes disfrutarían mucho con ella.
—No, déjala irse —contestó la mujer, ya seria—, mis huesos viejos me dicen que nos traería problemas.
—Está bien.
Con dos zancadas y llevándome otra vez del codo alcanzamos la puerta de la calle, mi libertad. La abrió, me empujó a la calle y, con una simple palabra, me despidió.
—Lárgate.
Me volví a contestar un «¡gracias!» bastante seco, para encontrarme ya la puerta cerrada.
Sin pensármelo dos veces salí corriendo. Si no recordaba mal, al final de la calle, girando a la derecha y luego otra vez a la izquierda, llegaría a la Royal Mile. Resbalé y di un traspié. Paré un momento para recuperar el aliento al primer giro. Me miré los pies, calzaba una especie de zapato plano de cuero marrón. No tenían suela, notaba cada una de las piedras de la calzada. El corazón me martilleaba en el pecho y me costaba respirar. No llovía, pero una densa niebla lo cubría todo, haciendo que me desorientara todavía más. ¡Maldito tiempo escocés! La Old Town era un laberinto de callejuelas y estrechos pasillos entre los edificios. Intenté tranquilizarme, solo necesitaba encontrar a alguien, a ser posible cuerdo, que me prestara su teléfono móvil para hacer una simple llamada. Respiré hondo y solo conseguí provocarme un acceso de tos. No vi nadie a mi alrededor, Edimburgo estaba desierto. Con la sensación de encontrarme en una pesadilla comencé otra vez a andar.
Escuché unos golpes a mi espalda, y una voz masculina que gritó.
—¡Apártate, muchacha!
Giré sobre mí misma, sorprendida y asustada, para encontrarme a menos de dos metros de distancia con un caballo. Me quedé mirando estúpidamente la cabeza del animal, a la vez que me apretaba a la pared de piedra. El caballo me bufó y yo me apreté aún más contra la pared.
—¡Un caballo! —grité.
—¿En qué creías que iba montado?, ¿en una cabra? —oí otra vez la voz.
Miré hacia el jinete, todavía con la boca abierta, dudando de si era hombre o animal el que había pronunciado esas palabras. Era un hombre mayor, de poblada barba cobriza y pelo ensortijado, cubierto por una curiosa boina azul. El hombre masculló algo que no entendí y siguió su camino cabeceando.
¿Un caballo en medio de Edimburgo? ¿Sería parte de un desfile o algo así? Cada vez entendía menos lo que me rodeaba. Me toqué la frente, estaba fresca al tacto. No tenía fiebre, al menos no lo parecía, aunque una
fuerte sensación de inestabilidad me rodeaba, y sentía que todas mis extremidades eran agitadas por una cuerda invisible, como una marioneta.
Anduve desorientada quizás una hora o más. Estaba profundamente agotada y tenía muchísimo frío, pero me obligaba a mí misma a seguir camino. Finalmente me paré en la salida de un callejón. Necesitaba descansar aunque solo fuese un momento. Me senté en el mismo suelo y me abracé las piernas en un vago intento de mantener el poco calor que me quedaba. Debí quedarme dormida, o tal vez me desmayé. No lo recuerdo. Cuando desperté estaba aterida. Había empezado a llover, no muy fuerte, pero mojaba igual. Los dedos de manos y pies me dolían y los tenía completamente rígidos e insensibles al tacto. Me pasé la mano por la cabeza. Noté un bulto en la parte posterior de la oreja derecha. Algo pegajoso lo cubría. Me miré la mano, que se humedeció con la lluvia. Sangre, sangre seca. Debía de ser el golpe de la noche anterior. La cabeza, como una señal de reconocimiento, comenzó a latirme otra vez. Ráfagas de dolor como terribles latigazos iban de la nuca a la frente. Agaché la cabeza, y en un instante de consciencia lo reconocí. Conmoción cerebral. Por fin algo de lucidez a mi locura. Un poco más relajada volví a caer en un sueño intranquilo, con la seguridad de que al despertarme estaría en la cama de un hospital.
Algo me golpeaba el rostro con pequeñas punzadas, intenté apartarlo con una mano, pero fue en vano. Quería seguir durmiendo, aunque solo fuera un poco más. Estaba tan cansada... Molesta, abrí los ojos. La niebla había desaparecido, pero la lluvia se había convertido en un aguacero. Yo me había deslizado hasta quedar tendida en el frío suelo, y lo que me golpeaba con insistencia en el rostro eran gotas de agua como cuchillos afilados. Me incorporé despacio. No estaba en el hospital. Seguía en el mismo sitio infernal de mi pesadilla. Quise llorar de impotencia, pero las lágrimas se agarrotaban en mi garganta, provocándome una lenta agonía de desesperación.
Escuché pasos apresurados. Levanté la vista. Un hombre pertrechado con un sombrero de ala ancha se acercaba por mi izquierda.
—¡Espere! —conseguí decir, aunque mi voz sonó como el graznido de un cuervo.
El hombre hizo ademán de acelerar el paso, lo pensó mejor, paró y se volvió para lanzarme algo que resonó con un ¡clac! en el suelo a mi lado. Sorprendida lo recogí. Era una moneda, un penique. De repente me entraron unas ganas tremendas de reír. «Una mendiga, ¡jajaja!, me ha confundido con una mendiga.» Todo me parecía graciosísimo. El hombre extrañado se volvió. Yo ya me reía a carcajadas, sujetándome el abdomen. Recompuse el gesto apartándome el pelo mojado del rostro y todavía reprimiendo la sonrisa, le insté.
—¡Espere!, por favor, espere.
Me levanté con dificultad, aprovechando que el hombre se había quedado parado y me miraba ya totalmente sorprendido.
—No quiero compañía, mujer —gruñó.
Yo maldije en silencio. ¡Maldita sea!, ¿es que llevaba la palabra «puta» tatuada en la frente?
—Esto es suyo —dije tendiéndole la moneda.
Ahora tenía toda su atención. Aunque me miraba como si fuese un fantasma o algo peor.
—Quédesela —respondió cerrando mi mano en torno a la moneda—, parece necesitarla más que yo. Y resguárdese, hoy no es día de andar por las calles, estas están llenas de espíritus a la búsqueda de almas perdidas.
Sin quererlo, me sentí conmovida. Era el primer rasgo de compasión que percibía en todo el día.
—¿Podría indicarme cómo llegar a Head Close? —dije con la voz quebrada.
Pareció sorprendido. El agua resbalaba por el ala de su sombrero creando pequeñas cascadas que me salpicaban. Supuse que mi aspecto debía de ser deplorable.
—Sí, muchacha. Claro que sí. Yo me dirijo hacia allí, no está muy lejos. —Su acento era escocés, pero bastante más educado y claro que el de las personas que había dejado en la casa.
—¿Le importa si le acompaño? —sugerí, habría dado mi mano derecha por no quedarme otra vez sola.
El hombre dudó.
—Venga —dijo finalmente reanudando la marcha. Aterida y algo torpe me uní a su paso.
Tardamos unos minutos en llegar al edificio que solo unas horas antes había abandonado sintiéndome afortunada. Levanté la vista del suelo dispuesta a agradecer a aquel hombre su amabilidad y me encontré con que se paraba con decisión como yo y sacudía con fuerza la aldaba de bronce de la puerta.
—¿Cómo sabe que venía aquí? —inquirí curiosa.
—Estoy seguro de que en la casa de al lado no sería bienvenida, y aquel edificio es solo un establo. ¿Adónde iba a ir si no?
Iba a contestar cuando se abrió la puerta. Nos recibió el hombre, que dio paso al visitante con premura. Antes de que volviera a cerrar la puerta puse una mano en ella para impedirlo. Supuse que no me había visto, debido a la oscuridad y la lluvia. No quise creer que me volvía a cerrar la puerta en las narices.
—¿Qué haces aquí? —preguntó furioso observándome de la cabeza a los pies.
Sintiéndome golpeada por la fuerza de sus palabras, no lo aguanté más y comencé a llorar como una niña. Las lágrimas ardientes me quemaban las mejillas mezclándose con las gotas de lluvia. Llevaba casi dos años sin poder llorar y ahora parecía que no pudiese parar.
—Por..., por favor, por favor —tartamudeé hipando—, ¿puede, puede ayudarme? No he encontrado a mi hermana —aquí la voz se me quebró de nuevo— y no sé, no sé dónde pasar la noche.
Seguí llorando, hipando y sacudiéndome con profundos sollozos. Me sujetaba el cuerpo con los brazos cruzados intentando darme un poco de valor. No lo conseguía. Estaba realmente asustada, aterida y agotada.
El hombre titubeó sosteniendo la puerta con un brazo.
—Por favor —volví a suplicar—, esta casa es mi última oportunidad. —No me veía capaz de pasar la noche entera tirada en la calle a la intemperie.
Finalmente, y después de lo que me pareció una eternidad, se apartó dejándome pasar.
—Gra... gracias —tartamudeé tiritando. Por un momento me sentí tan aliviada de estar a cubierto que sentí el impulso de abrazarlo. Me contuve al mirarlo a la cara. Si bien me había dejado pasar, su rostro no era para nada amigable.
—Pasa —me empujó hasta la cocina—, siéntate ahí.
Me acomodé en el banco de madera intentando mimetizarme con la pared.
El hombre que me había acompañado hasta allí estaba de pie, se había quitado el sombrero y el guardapolvo, que ahora descansaban en una silla cerca del fuego secándose, desprendiendo un quedo olor a humedad. Vestía con pantalón hasta las rodillas y jubón marrón de paño. De manera elegante, pero sencilla. Estaba bebiendo de un vaso de vidrio verdoso lo que parecía un licor. El olor llegaba hasta mí, probablemente whisky. Dejó el vaso en la mesa con un golpe seco y se dispuso a abrir una caja de madera que descansaba al lado. Ni siquiera me había dado cuenta de que transportaba algo. Pero el pequeño maletín había llegado con él. Un cerco de agua lo rodeaba. Observé curiosa lo que contenía. Varios frasquitos con líquido de diversas tonalidades y algo envuelto en un paño grisáceo y con manchas oscuras. El hombre cogió el paño y lo abrió desplegando su contenido sobre la mesa. Me retraje asustada si era posible todavía más contra la pared. Ese hombre era Jack el Destripador. O por lo menos por su instrumental lo parecía. Escalpelos de diferentes tamaños, varios cuchillos y lo que parecían unos fórceps, algo roñosos.
—¿Dónde está? —preguntó al escocés.
—En la habitación del fondo del pasillo, en el primer piso. No se perderá, solo tiene que seguir los gritos —respondió de forma monótona.
En ese momento se abrió la puerta y entró la mujer. Parecía acalorada y llevaba la blusa manchada de sangre.
—¡Qué bien que haya llegado! Hemos hecho lo que hemos podido, pero la partera dice que tiene que intervenir un cirujano. La muchacha se ha negado a empujar y está así desde anoche. No quiere que su hijo nazca en el día de los muertos, es lógico, pero una nunca puede elegir el momento, ¿no? La cabeza ya ha salido, pero está morado como una berenjena estrangulada. De todas formas, sáqueselo y procure que viva —respiró hondo—, es una de mis mejores chicas, no me gustaría perderla, costaría demasiado encontrar a otra como ella.
Un desgarrador grito resonó en toda la casa, un sonido gutural, terminado en un aullido lobuno. Un grito que trajo a mi maltrecho cerebro recuerdos de un pasado doloroso demasiado reciente que no podía olvidar.
—¡Empuja! ¡Vamos!
—¡No! ¡No! ¡No puedo! —sollocé intentando apartar mis piernas dormidas de los estribos con ambas manos.
—¡Quieta! —La voz de la ginecóloga hubiera paralizado a una horda dezombis. Pero a mí no. No iba a permitir que esa horrorosa mujer me quitara a mi hija.
—¡Ahora! ¡Sujétela! —dio una orden a la azorada matrona que la acompañaba.
La fornida mujer sujetó mis piernas una vez más a los estribos.
—¡No! —volví a gritar desesperada. Intenté golpear su brazo musculoso —. ¡No lo haga, por favor! ¡No deje que me la quite! ¡Mi bebé no! —Respiré hondo, el dolor de la contracción había sido mucho más fuerte esta vez.
—¡Tranquilícese! —La doctora asomó la cabeza cubierta con un pañuelo verde de entre mis piernas. Suavizando el tono añadió—: Ya no se puede hacer nada, negándose a colaborar solo conseguirá alargar su sufrimiento.
Apoyé la cabeza en la camilla de piel negra. Fuertes calambres recorrían mi columna hasta arremolinarse en el vientre, creando un estallido de dolor insoportable. La enfermera de prácticas esperaba paciente en una esquina del quirófano. Su rostro mostraba compasión, y quizás algo de miedo.
—Por favor —susurré dirigiéndome a ella y estirando una mano—, ayúdeme.
Ella dudó un momento, pero finalmente se acercó. Me puso la mano en la frente y apartó los mechones mojados de sudor de mi mejilla.
—Cielo, empuje, ¡hágalo!, dentro de un rato todo habrá pasado y dentro de un tiempo cuando se recupere podrá concebir otra vez —susurró a mi oído.
No era esa la ayuda que esperaba, pero la tranquilidad de su tono de voz relajó un poco mi dolorido cuerpo.
Sollocé y me mordí el labio cuando otro relámpago atravesó mi vientre hinchado. Finalmente me rendí. Y empujé y paré. Y empujé y paré. Todo a latigazos de órdenes de la doctora. Así hasta que escuché:
—Ya está, relájese. —Su voz reverberó en las paredes de la angustiosa sala. Sus brazos sujetaban un bulto envuelto en un paño verde musgo. Un bulto que no se movía, no respiraba. Mi hija, mi amor, mi vida.
—Déjeme verla —mi voz resonó con fuerza, desde el fondo de mi cuerpo, desde el vacío de mi alma.
Me mostró su rostro inmóvil. Su pequeño rostro redondo y delicado, cubierto por una película grasa. Los ojos hinchados y cerrados, todavía sin pestañas. Su mano, su mano diminuta, conté, uno, dos, tres, cuatro y cinco. Tiene los cinco dedos. Es perfecta. Es mi hija. Era mi hija.
El aullido hizo que se movilizaran al instante. El cirujano cogió su instrumental y subió las escaleras con un ligero jadeo. La mujer suspiró, cogió el vaso que había dejado el doctor en la mesa y se lo terminó de un trago. Al dejarlo otra vez en la mesa, fijó su vista en mí.
—¡Malditos sean todos los demonios! ¿Qué hace esta mujer otra vez aquí? —bramó.
Yo comencé a sollozar de nuevo como una niña. Desde luego mi comportamiento distaba mucho de ser el de una mujer adulta de treinta años.
El hombre la cogió por los hombros y comenzaron a discutir en gaélico. Ambos gritaban y gesticulaban con ambas manos. Yo observaba pasando la mirada de uno a otro, mientras cálidas lágrimas seguían deslizándose por mis mejillas como un río con el deshielo de primavera.
Finalmente, y con un gesto de desprecio por parte de la mujer, que acabó escupiendo en el suelo al salir de la cocina, ganó el hombre. Dirigiéndose a mí dijo:
—Acérquese al fuego, si no se seca enfermará.
Obedeciendo como un autómata, me levanté y me acerqué al fuego de la cocina, sobre el que todavía pendía la cacerola con el guiso humeante. El olor despertó mis sentidos y mi estómago cerrado en un puño gruñó en respuesta.
El hombre me acercó un pequeño cuenco de madera y me sirvió un cazo de lo que parecía sopa. También un trozo de pan, que rechacé cortésmente. Sostuve el cuenco con ambas manos y, empapándome del calor del fuego y del caldo, bebí, calentando mi cuerpo.
Pasaron los minutos. Los gritos habían cesado. El hombre se había sentado en un banco a mi derecha, aprovechando el calor del hogar. No habló. Yo tampoco. Los dos mantuvimos un silencio cordial, y la tensión de mi cuerpo se fue aflojando hasta dejarme en un estado de aletargamiento. La puerta se abrió de un golpe. Ambos nos volvimos sorprendidos. Era el cirujano, que traía un bulto envuelto en una manta a cuadros. Dejó el bulto en la repisa, junto a unos cubiertos y dos cebollas. Era el bebé. El bebé muerto, tratado descuidadamente, como un trozo de carne.
A una pregunta silenciosa de mi tranquilo acompañante, el cirujano contestó:
—Ella está bien, cansada, pero vivirá, si Dios decide no llevársela esta noche. Ya le he dado instrucciones a su madre. No obstante, le repito a usted, no debería tener contacto carnal hasta pasada la luna de diciembre. ¿Me ha entendido?
El escocés asintió quedamente.
—Bien —contestó sacando un papel enrollado del bolsillo interior de su jubón.
Se sentó y procedió a escribir algo. Desde mi asiento no lo veía con claridad, pero pude distinguir los rasgos más oscuros y en mayúsculas del encabezamiento: CERTIFICADO DE DEFUNCIÓN.
Sentí una profunda pena que me ahogaba, y temí echarme otra vez a llorar.
—¿Cómo se llama el pequeño? —inquirió.
—Thomas —contestó el escocés—, se iba a llamar Thomas.
—¿Nombre del padre? —volvió a preguntar el cirujano enarcando las cejas.
—Déjelo en blanco.
—Muy bien, «desconocido» —apuntó el médico. Firmó y acercó el papiro al escocés para que lo comprobara. Este ni siquiera lo miró, apartándolo descuidadamente con la mano.
El cirujano suspiró, se cubrió con la capa y el sombrero, todavía húmedos, y cogió en una mano el maletín y en la otra el bulto envuelto en una manta, como si de un saco de patatas se tratara. Inclinando la cabeza en mi dirección, se despidió.
—Un placer, señora.
—A... a... adiós —acerté a contestar.
Cuando salió, una corriente de aire fresco inundó la cocina, haciendo que un escalofrío recorriera mi piel.
Fijé la mirada en el papel depositado descuidadamente sobre la mesa. Las letras negras danzaban como las patas de una araña. Ahora sí lo tenía al alcance de mis ojos cansados. Una mano helada estranguló mi estómago haciendo que todo mi cuerpo se retorciera de frío. Todo cobró sentido en un sinsentido. La idea que revoloteaba de forma caprichosa en el fondo de mi mente desde que desperté por la mañana refulgió en un estallido de dolorosa realidad. El mundo se detuvo por un instante y mi corazón dejó de latir. Podía oír cada minúsculo sonido a mi alrededor, el crujido de una rama al partirse al calor del fuego, el hondo suspiro del hombre escocés de pie en el centro de la cocina, la lluvia en el exterior, incluso el quedo rumor de alguna conversación en otra parte de la casa. Y sin embargo no oía nada. Todo estaba en silencio. Solo el retumbar de la sangre en las venas. Abrí la boca y aspiré el aire viciado en un reflejo humano de supervivencia. No podía ser cierto, y sin embargo lo era. No había otra forma de encontrar lógica a ese día tan extraño. Mi mano alcanzó el papel, no era yo quien movía el brazo, sino que me encontraba flotando por encima observándolo todo con morbosa curiosidad. Hasta pude escuchar la risa sarcástica de los hados. «¡Cógelo! ¡Cógelo!» Lo sujeté entre las dos manos que temblaban y volví a leer: «En la ciudad de Edimburgo (Escocia) a uno de noviembre del año de Nuestro Señor de mil setecientos cuarenta y cuatro.» No puede ser, pero era. Un profundo carraspeo me volvió a la realidad.
—¿Has terminado? —pronunció el escocés refiriéndose al pequeño cuenco ya vacío.
—Sí —exclamé sorprendida de que mi voz sonara tan firme.
—Bien, vamos —me sujetó del brazo para levantarme.
No protesté. No dije nada. Dejé el papel sobre la mesa con cuidado y dejé que me arrastrara fuera de la cocina. Estaba segura de que si me soltaba caería.
Subimos al primer piso, iluminado por candiles en las paredes, creando sombras que dibujaban rostros con sonrisas maquiavélicas cual máscaras de carnaval veneciano. Abrió una puerta y me empujó adentro. Paré tambaleándome al verme de repente sin sujeción. Mientras tanto él se afanaba en encender una vela a mi espalda. Pude vislumbrar una cama al fondo. El hombre pasó por delante de mí y depositó la palmatoria en una mesilla a la izquierda de la misma.
—Dormirás aquí —señaló con la cabeza la cama cubierta con una manta a cuadros escoceses—. De momento —añadió.
Yo no me moví. No podía.
Pasó por mi lado con paso tranquilo y en la puerta paró como dándose cuenta de que olvidaba algo. Giré mi rostro para mirarle. Quise gritar, sujetarle y pedirle una explicación. No hice nada. No podía hacer nada. Estaba paralizada. Un shock. «Estoy sufriendo un shock, tiene que ser eso, ¿no?» Mi mente jugaba al despiste y estaba ganando.
—Buenas noches —se despidió finalmente cerrando la puerta.
No sé el tiempo que permanecí quieta, de pie en el centro de la habitación, esforzándome por seguir respirando. No sé cómo llegué a la cama o cómo me tumbé. Solo recuerdo un pensamiento consciente abrazada a mis piernas en posición fetal antes de caer en un pozo de oscuridad. ¡Por favor, Dios, que todo esto sea una pesadilla!
.
.
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Abrí los ojos poco a poco. Tenía un persistente dolor en la frente y sienes, pero sorprendentemente me sentía con la mente despejada. Seguía tumbada, en posición fetal, protegiendo mi cuerpo, acurrucada sobre la cama. Alguien o quizá yo misma me había tapado con una manta durante la noche. Sin que nadie me lo dijera sabía que estaba en el mismo maldito lugar que el día anterior. Mis esperanzas de que todo hubiera sido un sueño se diluyeron como el agua perdida entre las rocas de un río. Suspiré y me encogí todavía más sobre mí misma.
Seguía lloviendo, oía el repiqueteo incesante de las gotas sobre la ventana y la habitación olía a humedad y poca ventilación. Enterré la nariz en la almohada de plumas que tenía el olor a su anterior dueño, sudor penetrante y reseco. Sofoqué una arcada. Me llevé la mano al bulto de detrás de la oreja. Ya no palpitaba y había reducido su tamaño, ahora era poco más grande que un huevo de codorniz.
Mi vista se fue adaptando a la oscuridad de la habitación, podía ver cómo pequeños haces de luz grisácea se colaban entre las contraventanas de madera haciendo que las motas de polvo levitaran sobre el suelo. Estaba amaneciendo, pero todavía quedaban unos minutos antes de que se hiciera completamente de día.
Tenía en mi mente retazos inconexos de lo sucedido el día anterior. Pero no recordaba apenas nada del exterior de la casa, esas horas estaban difuminadas y oscurecidas como si hubiera andado en un laberinto lleno de niebla.
Me volví hacia el fuego ya casi apagado de una chimenea a mi espalda. Me obligué a levantarme. Sentía el cuerpo dolorido y pesado, como si hubiera realizado un gran esfuerzo. Cogí la vela que reposaba en la mesilla y con paso tembloroso la acerqué al fuego que amenazaba con consumirse de un momento a otro. Cuando la llama prendió la puse en la palmatoria y la sujeté entre mis manos. De pronto me sentí terriblemente cansada y tuve que sentarme en la cama.
Tenía que analizar la situación con objetividad y encontrar una solución.
Tenía que volver a casa, estuviera donde estuviese.
Expuse mentalmente las opciones, como si me enfrentara al desarrollo de una demanda judicial:
Uno: me drogaron en la fiesta de Halloween y todavía estaba bajo los efectos de algún alucinógeno. No recordaba haber tomado nada aparte de cerveza, pero pudieron echármelo en la bebida. Tampoco era tan extraño, ¿no? Ese tipo de cosas sucedían a diario. No había más que leer los periódicos.
Dos: estaba en una especie de experimento sociológico, al estilo del Show de Truman. Todo alrededor era un decorado gigante, rodeada de cámaras como en Gran Hermano, que observan y analizan cada movimiento en un ambiente extraño y hostil. Esta teoría era mi preferida y la que deseaba que fuese real. Por lo menos sabía que tendría un final.
Tres: había atravesado un agujero de gusano, había pasado a la cuarta dimensión, la del tiempo, y había retrocedido casi trescientos años, en realidad y haciendo un cálculo rápido, doscientos sesenta y seis años. El cómo lo había hecho sobrepasaba mi entendimiento, y muy a mi pesar me estaba pareciendo que era la teoría acertada.
Me froté la frente irritada, fuertes punzadas detrás de los ojos amenazaban una migraña. Mi mente racional y moderna se negaba a creer cualquiera de las tres suposiciones. Era obvio que había descartado teorías tan dispares como que había sido abducida por los extraterrestres o que era víctima de algún tipo de conjuro o maldición. Pero aun así nada tenía sentido, o por lo menos el sentido que yo necesitaba para explicar mi situación actual.
Con un ánimo que no tenía decidí que debía ir al lugar donde había comenzado la pesadilla, a la habitación del desván, quizás allí encontrara alguna pista.
Me asomé al pasillo. La casa estaba en silencio. Salí con cuidado y subí por las escaleras situadas a mi derecha. Entré en el desván alumbrándome solo con la vela, que titiló con el temblor de mi mano. Intenté pasar la palmatoria a la otra mano y resbaló de entre mis dedos, cayendo al suelo con un golpe bronco. La vela rodó y se apagó. Me agaché y tanteé el suelo, notando cómo el metal de la palmatoria había hecho una muesca bastante importante en el suelo de madera. Una muesca lo suficientemente grande como para que se enganchara un tacón de aguja. Sentí que una carcajada amarga brotaba de mi garganta. Yo misma había provocado mi caída dos noches antes, no, doscientos sesenta y seis años después, corregí mentalmente.
Mantuve la puerta abierta para que iluminara algo la estancia y la recorrí con la mirada. La claraboya del techo todavía no existía, y la estancia parecía el trastero de la casa. Cajas de madera y sillas se amontonaban sin orden alguno, cubiertas por una espesa capa de polvo. Nada me indicaba cómo había llegado allí. Me arrastré por el suelo hasta una esquina que parecía despejada. Había algo de movimiento, me volví dejando que la escasa luz del pasillo iluminara mejor. Me levanté de un salto. Un ratón se estaba comiendo lo que parecía un trozo de pan rancio. Maldije saltando hacia atrás. Sin embargo, esa pequeña esquina me decía que alguien había estado allí algún tiempo. No tenía el polvo acumulado en el resto de la estancia y el pan indicaba que alguien había estado alimentándose allí antes que el roedor. «¿Ese alguien había sido yo?» No lo sabía, en realidad no lo recordaba. No recordaba nada desde la caída en la fiesta del treinta y uno de octubre.
Me limpié las manos en el vestido de lana azul que llevaba puesto y lo cogí con los dedos. Aquel era otro misterio. «¿Dónde estaba mi ropa?» Me cogí el lóbulo de la oreja buscando los pendientes de pedrería que debía llevar colgando. No había nada. «¿Y mis pendientes?» Era yo, pero un yo completamente diferente, como si me hubieran disfrazado.
Sentí una profunda frustración, como si un agujero vacío y hueco se hubiera instalado en mi mente borrando lo esencial, el cómo había llegado hasta allí, hasta esa época. Pensé en mi hermana y Obito, seguro que estaban muertos de la preocupación, preguntándose dónde habría podido ir. Me pregunté si simplemente me había disuelto en el aire, desapareciendo como el hombre invisible. Seguro que mi apuesto acompañante inglés también se encontraría en un estado de estupefacción muy razonable.
Tenía que encontrar el camino de vuelta. Pero ¿cómo?, si no sabía cuál había sido el camino de ida. Ni siquiera sabía por dónde empezar a investigar. Estaba completamente perdida, no sabía a quién acudir, ni qué hacer. Y esa sensación no me gustaba nada. Normalmente lo tenía todo bajo control, ahora mi vida estaba completamente descontrolada, como si mi propio yo se hubiera roto en pedazos que no lograba recomponer. Me empezó a doler la cabeza, y me froté la frente con fuerza como ayudando a mis neuronas a ponerse en posición de firmes y a trabajar de una maldita vez. Lo único mínimamente racional que se me ocurría era sobrevivir, sobrevivir lo suficiente para lograr, o bien recordar, o bien averiguar algo de mi repentina aparición en el siglo XVIII.
Y además necesitaba con urgencia encontrar un baño, el ver un orinal en una esquina hizo que mi vejiga protestara. Viendo que no había nadie e ignorando la vergüenza me levanté las faldas y me quedé paralizada. Me incliné hacia delante y miré bajo ellas. ¿Dónde demonios están mis bragas? Tanteé con la mano, pero solo toqué piel desnuda sobre las medias de lana que me llegaban a medio muslo. Me erguí todo lo alta que era y noté cómo me ruborizaba intensamente. «Pero ¿qué he hecho para perder las bragas?», volví a pensar totalmente desconcertada.
Una voz a mi espalda me sobresaltó, haciendo que el corazón me latiera de forma acelerada, como si me hubieran pillado haciendo algo que no debía.
—¿Qué estás haciendo? —dijo el escocés.
—Buscar mis bragas —le contesté en castellano. Él enarcó las cejas pero afortunadamente me miró sin comprender. Me sentía totalmente desnuda al saber que andaba por ahí sin ropa interior, aunque él no pudiera saberlo. Por un momento pensé en decirle que me golpeara la cabeza, por si ese pequeño desván era la puerta a otro mundo, el real, el mío. Quizás ese era el camino. No me dio tiempo a meditarlo. Me cogió del brazo sin más miramientos y me empujó al pasillo.
—Vamos, mathair quiere hablar contigo —explicó bajando por las escaleras.
Entramos en la cocina, que por lo que parecía era el único lugar caliente de toda la casa. El fuego ardía como la noche anterior, con el mismo caldero sobre él, pero esta vez olía diferente, más fuerte, como a carne guisada. Por un momento no reconocí a la mujer que tenía frente a mí. Ya no iba maquillada, y profundas marcas de la edad surcaban su rostro, haciéndole parecer bastante mayor de lo que debía de ser. Sus ojos eran los mismos, me miraba con una mezcla de desconfianza y desprecio. Noté que gotas de sudor frío caían por mi columna vertebral hasta quedar atrapadas en el corsé. Me había enfrentado a jueces verdaderamente duros, pero esa mujer me producía un miedo desconocido. Sabía que estaba en desventaja y ella olió mi miedo como si fuese un lobo.
—Siéntate.
Obedecí al instante y sin protestar. Se aproximaba un interrogatorio. Yo había estado presente en demasiados, aunque en el lado contrario, y demasiado preocupada en averiguar cómo salir de allí no había preparado nada. Tendría que improvisar, aunque no tenía ni idea de cómo empezar.
De momento me concentré en mi postura, no demasiado rígida, mirándola a los ojos directamente y sin cruzar los brazos sobre el pecho en señal de defensa.
—Tienes mejor aspecto que ayer —expuso de forma calmada, aunque sus ojos seguían siendo fríos como el hielo.
—Gracias —contesté suavemente.
—¿Puedes explicarnos qué hacías escondida en mi casa?
—Lo siento. No lo recuerdo. Solo recuerdo un golpe en la cabeza, creo que me desmayé, pero nada más. No sé qué hacía aquí. —Por lo menos eso era verdad, y también me daba información acerca de que no me habían visto antes.
—Buscas trabajo, ¿acaso? —inquirió ella. El hombre seguía de pie observándonos con atención, pero sin decir nada.
—¿Trabajo? —pregunté desconcertada.
—Sí. Muchas jóvenes suelen venir a ofrecerse a mí. Ninguna de mis chicas está aquí obligada por algo que no sean sus propias circunstancias vitales, y la mayoría de ellas oculta su pasado —explicó.
—No, gracias. No al menos este trabajo. Y no oculto nada. Simplemente no lo recuerdo. Al menos no todavía —repuse. Desde luego, mi mala suerte iba en aumento. No podía haber aparecido en una casa de un burgués, un labrador o un lord. No, tenía que ser precisamente en un burdel.
—¿De dónde eres? Hablas un inglés extraño.
—Soy española —contesté, al menos eso era verdad, aunque tuve que reconocer que tenía mucha razón. Probablemente aparte de mi pronunciación diferente, los tiempos verbales y las palabras no debían de ser las correctas. Seguramente si hablara con un español me pasaría lo mismo. La lingüística había cambiado bastante en casi trescientos años.
Me increpó en gaélico, que por supuesto no entendí. Esa lengua, para mí, aparte de ser completamente desconocida, sonaba parecido al árabe, y tan intrínsecamente difícil como aquel.
—No le entiendo —dije abriendo más los ojos.
Volvió a hablar en gaélico. El hombre rio.
—Mathair, no te entiende. Está claro.
Supuse que había dicho algo que no me hubiera gustado oír.
—¿Qué quieres entonces? —preguntó volviendo al inglés.
Me hubiera gustado contestar que de momento comer algo, ya que notaba cómo mi estómago estaba protestando debido al agradable olor que salía del caldero, pero sugerí otra cosa, no podía salir de esa casa. Allí se encontraba la respuesta y debía permanecer en ella a toda costa.
—Puedo trabajar —ambos enarcaron la ceja derecha a la vez— en otra cosa, claro, puedo cocinar, o limpiar, algo así...
—Ya tengo a alguien que se encarga de esas tareas. —Mi ánimo descendió al infierno sin pasar por el purgatorio. Estaba perdiendo y necesitaba encontrar algo que yo pudiera hacer que a ella le resultara útil, pero no tenía ni idea de qué.
En ese momento sonaron unos fuertes golpes en la puerta. El hombre salió a abrir y lo escuché comentar algo en gaélico con otro hombre. Ambos entraron portando dos barriles pequeños de lo que supuse sería alcohol. Los tres se pusieron a hablar y gesticular, lo que me dio unos instantes para poder pensar algo.
El vendedor de licores era un hombre orondo y bajito, con una poblada barba castaña y un pelo enmarañado que cubría con una boina azul. También iba vestido de escocés. Presté atención a la conversación, estaban negociando la venta de varios barriles de whisky, de procedencia desconocida, aunque el vendedor aseguraba que de la mejor calidad. La mujer abrió uno de ellos y lo olió, lo inclinó un poco sirviéndose en una taza de madera y lo saboreó. Parecía satisfecha. Discutieron la cantidad, cada barril costaba tres chelines. La mujer solo quería tres, él le ofreció cinco por trece chelines. La mujer dudó y miró a su hijo, él simplemente se encogió de hombros. El vendedor aprovechó la oportunidad y acercó el otro barril, que ofreció diciendo que era el mejor vino traído de Francia en el último barco (supuestamente de contrabando). El conjunto completo, los cinco barriles de whisky y el de vino, se lo dejaba a un precio de quince chelines y veinte peniques. La mujer se rascó la barbilla pensativa. En ese momento mi mente de economista y sobre todo de ama de casa encargada de controlar la compra semanal durante muchos años se iluminó.
—Creo que no es un buen trato —dije.
Los tres me miraron sorprendiéndose de que tuviera voz.
—Si cada barril cuesta tres chelines y compra cinco, ya está pagando los cinco con quince chelines. Dudo mucho que el vino cueste veinte peniques, más que un chelín. Yo que usted probaría el vino y no el whisky. —El vino era el cebo, estaba segura.
—¿Qué está diciendo? —preguntó la mujer a su hijo.
—Que te está engañando —contestó simplemente su hijo. Vaya, me estaba empezando a caer bien ese hombre.
El vendedor intentó apartar el barril de vino, pero el hombre escocés lo sujetó con fuerza y lo abrió, sirvió un poco en una jarra y se lo pasó a su madre, que lo bebió de un trago escupiéndolo a continuación.
—¡Maldito hijo de una puta sin orejas! —blasfemó la mujer—, esto no es mejor que la orina de una vaca.
Yo la miré estupefacta por su vehemencia, pero a la vez divertida por el insulto. Cambié el gesto viendo la mirada amenazadora del vendedor. Igual me había metido en problemas, pero tenía que ganarme la confianza de la dueña de la casa. La opinión que tuviera el vendedor de mí en ese momento me era indiferente.
Discutieron otra vez y acordaron un precio razonable. Los cinco barriles por once chelines. Lo que me sorprendió es que la mujer buscó la conformidad en mi mirada. Yo asentí levemente.
Cuando el vendedor abandonó la cocina ambos volvieron su atención hacia mi persona.
—¿Sabes de números? —preguntó la mujer, esta vez de forma curiosa pero no amenazadora.
—Sí —repuse simplemente.
—¿Cómo sabías que me estaba estafando? —volvió a preguntar.
—Los números nunca mienten, las personas sí —respondí recurriendo a una frase de mi profesor de economía de primero de carrera.
Ambos intercambiaron varias frases en gaélico y se volvieron a mirarme.
—Puedes quedarte —dijo la mujer—, me ayudarás con las cuentas de la casa a cambio de comida y habitación.
—Gracias —contesté. Hubiera saltado de la alegría. Por el momento estaba salvada.
Y por fin me ofrecieron un desayuno. Se trataba de un simple plato de porridge, una pasta de avena bastante insípida, pero que llenaba el estómago. No necesitaba más. Luego el hombre me acompañó a una puerta casi escondida detrás de la encimera repleta de utensilios de cocina. Era una sala no más grande de tres metros cuadrados, con una pequeña mesa y una silla de madera y varios libros y papeles apoyados en el suelo y en la mesa. Tendría que ordenarlos y clasificarlos y llevar algo parecido a un libro de contabilidad.
Cuando salía por la puerta lo paré.
—¿Cómo te llamas? —pregunté.
—Jūgo, aunque me llaman pequeño ruadh —contestó señalándose la cabeza y por primera vez sonrió de forma sincera mostrando unos dientes torcidos y algo amarillentos.
—Yo soy Sakura—le dije.
—Sakura, lo sé —contestó él con suave acento escocés—, si necesitas algo búscame.
—Gracias. Lo haré —sonreí a mi vez viendo cómo cerraba la puerta tras de sí.
Me centré en los papeles que había a mi alrededor desperdigados. La mayoría eran facturas y cuentas sin sentido. Abrí el libro, era un libro común de gastos e ingresos. Mi mano tembló cuando leí otra vez la fecha impresa en la página anterior. Aunque no quisiera reconocerlo, por alguna extraña razón que todavía no comprendía estaba en 1744. Intentando olvidar mi zozobra me zambullí en el libro tratando de comprender el caos económico que llevaba la dueña de la casa, y pronto solo eso ocupó mi mente.
Cogí un papel limpio y la pluma que descansaba junto al tintero. La observé con curiosidad y me pregunté si sería capaz de escribir algo con aquel instrumento. Hundí la pluma en la tinta y aguardé a que cayeran unas gotas. No tenía que ser tan difícil, ¿no? Lo era. Muy difícil. Mis primeros intentos fueron una especie de letras emborronadas e ilegibles. La tinta empapaba pronto el papiro deshaciéndose en pequeños hilos negros. Lo intenté con menos cantidad de tinta y solo conseguí que la pluma chirriara contra el papel, claramente molesta por la ausencia de líquido para deslizarse. Estuve a punto de partir la punta y procuré tener más cuidado.
Debía de llevar varias horas enfrascada en descubrir el orden que llevaba la casa, cuando unos pequeños golpes en la puerta me sobresaltaron. Quienquiera que fuese no esperó respuesta, y la puerta se abrió con un chirrido de los goznes. La joven que había visto el día anterior entró con la cabeza gacha sosteniendo en una mano un cuenco de madera con lo que parecía un guiso de carne y en la otra, una jarra. Cogí la jarra mientras le hacía un hueco en la mesa para que depositara el plato. Sin decir nada volvió a salir. Era cerveza, pero menos amarga de como la recordaba y bastante más caliente. A los pocos minutos comprobé que también bastante más fuerte que la que se comercializaría en los siglos futuros.
Con la cabeza algo embotada y el estómago caliente volví a enfrascarme en el trabajo. Jūgo vino a buscarme por la tarde. Yo casi había terminado de organizar todo y con suma paciencia y cuidado podía escribir de forma legible. Me sentí extrañamente satisfecha, por lo menos sabía hacer algo útil en esa época.
Me levanté de la silla algo envarada y salí con él a la cocina. Había tres mujeres más sentadas en la mesa que me observaron con curiosidad mal disimulada. Una de ellas se atrevió a hablar.
—¿Eres la nueva? —preguntó. Era una joven delgada con rostro dulce en forma de corazón y unos bonitos ojos azules, enmarcados por un cabello castaño claro que se había rizado con tirabuzones que le caían desordenados por los hombros.
—No —contesté—, solo estoy de paso.
—Ah —comentó simplemente.
Yo me senté siguiendo las indicaciones de Jūgo y este me trajo un plato, con el mismo guiso del día, acompañado de un trozo de pan y algo de queso. Me serví lo que creí que era agua de una jarra. Resultó ser cerveza. Tampoco protesté, prefería sentir la cabeza algo embotada para no pensar demasiado en lo que me rodeaba.
A madame La Marche, como la llamaban ellas, la dueña de la casa, y obviamente un nombre falso, ya que esa mujer tenía de francesa lo que yo, no se la veía por ningún sitio, sin embargo, oía ruido de voces y risas que provenían del salón. Me imaginé que estaría recibiendo a los clientes con el resto de las chicas. El que lo pensara con tanta frialdad me daba un poco de miedo. Mi mente estaba transformando una situación caótica en algo común como defensa. La verdad era que nunca había estado en un burdel, pero dudaba mucho de que el funcionamiento hubiese cambiado con los siglos.
Cené en silencio mientras las mujeres parloteaban sobre vestidos y mencionaban algunos nombres de clientes, algunas deseando que volvieran y otras haciendo gestos de desagrado. Por las iniciales que había visto en el libro de contabilidad sabía que había siete mujeres, alguna con más éxito que otra, pero desconocía el motivo. Todas parecían llevar bastante tiempo, aunque eran bastante jóvenes. Iban vestidas con batas de terciopelo de diferentes colores. No quise imaginar lo que llevarían debajo. Desde luego poca ropa. Recordé que yo misma no llevaba ropa interior y enrojecí otra vez. Quise preguntarles dónde conseguir algo parecido a una especie de pantalones anudados a las rodillas que había visto en las películas de época. Pero no me atreví a preguntar. Cuanto menos hablase menos se notaría lo diferente que era y que me sentía allí.
Cuando terminé, Jūgo me acompañó a la habitación, como si necesitara escolta. Quizá me vigilaba, o quizá me protegía. Todavía no lo sabía a ciencia cierta. Cuando pasamos por el salón intenté asomarme a las cortinas, pero él me sujetó del brazo y tiró de mí escaleras arriba.
Protesté soltándome bruscamente.
—Allí no hay nada que tú debas ver —fue su única respuesta a una pregunta no mencionada.
No me llevó a la habitación de la noche anterior, sino a una que estaba situada al fondo del pasillo. Me introdujo dentro y cerró la puerta con llave. No hubo buenas noches, ni despedidas cordiales. Me quedé mirando la puerta cerrada con mirada estúpida, y cuando me volví mi mirada se tornó sorprendida. Tres niños que iban desde los tres a los siete u ocho años me miraban sin atreverse a acercarse.
—¿Quién eres? —preguntó el mayor haciéndose el valiente sintiendo que el de al lado le empujaba en la espalda.
—Soy Sakura, ¿y tú? —inquirí yo a mi vez. ¿Desde cuándo había niños en un burdel? No quise pensar que esos niños pudieran estar prostituyéndose.
—Soy Lee, él es Mitsuki y el pequeño, Shinki. Ella es Annie —señaló a la jovencita que solía estar en la cocina. Ahora estaba sentada en el suelo junto al magro fuego de la chimenea. Miré en derredor, solo había una cama, grande, pero una.
Me acerqué a Annie y me senté a su lado.
—¿Quiénes son? —pregunté con un susurro.
—Los hijos de las prostitutas que no han querido entregar o que todavía no se han muerto —contestó sin bajar la voz.
Yo ahogué un gemido. Creí que estaba acostumbrada a todo, pero esto comenzaba a superarme. Giré mi vista hacia los tres pequeños, que seguían observándome con curiosidad y algo se rompió dentro de mí.
—Venid —les dije.
Ellos se acercaron tímidamente y se sentaron a nuestro lado. Cogí al más pequeño que no pesaba apenas nada y lo senté sobre mis piernas.
—¿Queréis que os cuente un cuento? —pregunté.
—¿Un cuento?
—Sí, una historia bonita —contesté con una sonrisa.
—¿Lo harías? —El pequeño levantó su mirada hacia mí.
—Claro —le contesté revolviéndole el pelo.
Annie arrugó la nariz en respuesta. Era una niña, pero había crecido en una casa de adultos y había visto cosas que probablemente a mí me habrían puesto los pelos de punta. Busqué en mis recuerdos y me decidí por Blancanieves. Adelantándome bastantes años a los hermanos Grimm, comencé el relato.
Cuando terminé, después de contestar a varias preguntas inquisitivas sobre la madrastra, Blancanieves, los enanitos y el príncipe azul, les insté a que se acostaran.
Me quedé mirando la cama, quedaba poco espacio para mí, pero no estaba dispuesta a dormir en el suelo, así que sin desvestirme, ya que no tenía otra ropa, me aflojé las cintas del corpiño y me tendí junto a ellos. El más pequeño pasó una mano escuálida sobre mi cintura y sentí que con la otra me sujetaba el pelo, como si tuviese miedo de que fuera a desaparecer durante la noche. Poco a poco fui escuchando sus respiraciones acompasadas y sintiendo cómo el calor invadía sus pequeños cuerpos. Dos días. ¿Cuántos más tendrían que pasar antes de regresar a casa?
Mi hermana me había preguntado al poco de llegar a Santiago qué era lo que de verdad quería hacer con mi vida, yo le había contestado que comenzar de cero donde nadie me conociese, tener la oportunidad de rehacer mi vida, sin las equivocaciones que había cometido. Quienquiera que fuese que escuchó mi plegaria no había entendido demasiado bien mis intenciones. Maldije en silencio y finalmente me quedé dormida escuchando de fondo el sonido de voces de mujeres y hombres, entremezcladas con algún pequeño chillido, que provenían de las demás habitaciones.
