5
Cierra los ojos y escucha, entonces sentirás
Ya estaba despierta cuando escuché la llave girar en la puerta. Los pequeños seguían durmiendo, acababa de amanecer, una hora muy temprana para aquella casa.
Entró Jūgo y noté que se quedaba de pie observando la escena. Me giré y me levanté con cuidado de no despertar a mis pequeños acompañantes nocturnos. Me arreglé un poco el pelo y apreté las cintas del corsé, bajo la atenta mirada silenciosa del hombre escocés. Annie también se había levantado, igual de silenciosa que nosotros, y los tres nos encaminamos hacia la cocina.
La dueña de la casa no estaba, probablemente seguiría durmiendo. Desayunamos en amigable silencio el mismo porridge que el día anterior. Cuando terminamos, Annie recogió los platos y cucharas y los metió en un caldero vacío, con intención de fregarlos.
Yo miré inquisitiva a Jūgo.
—¿Qué es lo que tengo que hacer? —le pregunté simplemente. Era una subordinada, una empleada o una sirvienta. No lo sabía muy bien.
—De momento ayudarás a Annie a limpiar la casa. Esta noche viene gente importante. Ella sola no podrá con todo.
Puse una mueca de disgusto y él levantó una ceja, lo que me hizo guardar las palabras que pensaba decir antes de que brotaran de mi boca. Lamentaba haber terminado tan pronto el trabajo que me habían encomendado el día anterior y mi mirada se dirigió con nostalgia a la puerta oculta tras la encimera.
De repente me acordé de algo.
—Jūgo —comencé titubeante, él enarcó las cejas—, los niños, ellos no...
—¿Qué? —exclamó ofendido—, claro que no. Esta es una casa decente y honrada, aunque hay algunas otras que sí ofrecen ese servicio.
Me dejó bastante más tranquila, aunque los adjetivos utilizados para describir un prostíbulo como decente y honrado no me parecieron precisamente los adecuados.
—Vamos —dijo levantándose—, Annie te dirá lo que tienes que hacer. —Fruncí los labios, ahora mi jefe era una niña de once o doce años. ¿Se podía caer más bajo? No me atreví a pensarlo con profundidad, por si acaso alguien escuchaba mis pensamientos de nuevo.
Annie me explicó dónde se guardaban los utensilios de limpieza, y lo que debía limpiar. Decidimos dividir la casa, ella se encargaría de la planta baja y yo de las habitaciones. Podía entrar en cada una a medida que se fueran despertando las jóvenes, excepto en la de la mujer que había dado a luz un niño muerto dos días antes. Esa estaba prohibida y solo madame La Marche tenía permiso para entrar. Le ayudé a fregar los restos de la cena de la noche pasada y el desayuno mientras las mujeres se levantaban. Al aparecer la primera, la joven rubia de la noche anterior, cogí un caldero con agua, jabón que olía a lejía y varios trapos. Odiaba limpiar, no por el hecho de hacerlo, sino porque dejaba la mente demasiado desocupada como para pensar en otras cosas que no quería. Pero era la mejor opción que tenía, de hecho la única. Intenté tomármelo con filosofía, debía adaptarme al entorno y pasar lo más desapercibida que pudiera. Mi objetivo principal seguía siendo sobrevivir.
Entré en la habitación de la joven, olía a cerrado, a varios perfumes mezclados, sudor y almizcle. Supe sin verlo que había tenido varios clientes aquella noche. Abrí las contraventanas de madera y dejé que el aire fresco entrara llevándose los restos turbios de las horas precedentes. Con el aire fresco también entró el olor a humo, y recordé que Obito había mencionado que a Edimburgo se le llamaba la Auld Reekie, por las grandes cantidades de humo que se concentraban y las terribles condiciones sanitarias que hacían que la ciudad tuviera permanentemente un olor desagradable. Quité las sábanas usadas y manchadas con unas sombras amarillentas que no me costó nada averiguar qué eran, hice un ovillo y las tiré a una esquina de la habitación. En un arcón encontré otras limpias e hice la cama. No estaba segura de si tenía que cambiarlas, pero de todas formas lo hice. Cuando más tarde me dijeron cómo tenía que lavarlas, me arrepentí de ello. Mi mente todavía se encontraba en un lugar en el que las lavadoras y las secadoras eran las reinas de la casa.
Abrillanté los muebles con un paño empapado en cera resinosa y cuando llegué a la pequeña mesilla que había a un lado de la cama no pude evitar la tentación de curiosear. Es cuestión de supervivencia, me convencí justificándome, tenía que reconocer mi entorno para amoldarme a él en la medida de lo posible. Cuando abrí el primer cajón, mi mandíbula cayó casi hasta el plexo solar. Dentro había lo que podía describirse con sutileza como objetos de placer sexual, obviamente menos elaborados que los que podías encontrar en cualquier sex shop del siglo XXI, pero igual de pintorescos. Cogí un pequeño látigo y lo agité en el aire. ¡Vaya con la joven con cara de ángel! Pero no fue eso lo que me llamó poderosamente la atención sino un objeto metálico que estaba al fondo del cajón, un objeto finamente tallado y de un realismo excepcional que mostraba el miembro masculino en todo su esplendor. Lo cogí y valoré su peso, era macizo y hasta habían labrado las venas gruesas en los laterales. ¿Para qué demonios lo utilizarán? Algunas imágenes demasiado explícitas me vinieron a la mente y enrojecí profundamente. Dejé el instrumento con un golpe seco en su refugio de madera. Cogí una pequeña bolsita de tela y la abrí con cautela, a esas alturas ya me esperaba cualquier cosa. Saqué lo que se consideraba uno de los primeros preservativos de la historia, en realidad era una funda de piel de animal con un lazo en un extremo. Mucho me temía que como medio de control de natalidad tendría un éxito cuando menos ínfimo. Me estremecí al pensar que alguien pudiera intentar... y enrojecí de nuevo.
Cerré con un golpe seco el cajón y me dirigí al arcón de donde había sacado las sábanas. Había visto telas de otros colores y quería investigar. Lo abrí otra vez y saqué lo que parecía un vestido de color púrpura, con brocados dorados. Me pareció precioso, pero seguro que no era nada apropiado para una dama de esa época. Si llegaran a imaginar lo que las mujeres de siglos posteriores llevarían puesto, a alguna le daría un soponcio. También encontré unos pantalones de lino blanco hasta las rodillas, bordeados con puntillas. Así que sí que existía la ropa interior. Quise agenciarme uno de esos. Tendría que preguntarle a madame La Marche si podía quedarme con uno, hasta que me fijé con más atención y vi la abertura en la entrepierna. No se trataba de ropa interior, sino de la ropa con la que salían las mujeres al salón cada noche, solo tenían que abrir las piernas y... Mi rostro adquirió el color púrpura del vestido. Preferí quedarme como estaba. Me asombraba estar tan apurada, yo había estado casada varios años, y me consideraba una persona con una mentalidad sexual bastante abierta, sin embargo, todo allí era tan..., tan..., dieciochesco. Era sensualidad y no sexualidad, ahí estaba la diferencia. Allí no se bailaba en barras americanas, no se mostraba, se insinuaba lo necesario para resultar atractivo y, como una araña que tejía su tela, cazar a la mosca.
Con un suspiro cerré el arcón y me centré en barrer y fregar el suelo, para luego encerarlo. Hice todo eso con las seis habitaciones de las mujeres a medida que se fueron quedando vacías. Algunas descansaban en la cocina, otras habían salido. Sin embargo, me quedaban tres habitaciones más que sí podía limpiar, la de Jūgo, la de los niños y mía y la de madame La Marche. Decidí bajar a comer algo y subir después a seguir con la tarea.
Entré en la de Jūgo, la habitación en la que había dormido la primera noche. Hice lo mismo que en las demás, ventilé un poco, cambié las sábanas y esta vez no curioseé. La verdad, ya tenía bastante por ese día y por toda una vida, en realidad. La habitación de madame La Marche era la más amplia y tenía una gran cama con dosel. Desconocía si ella también ofrecía algún servicio, el olor era a cerrado y humo, no almizclado como las demás. Limpié los muebles y el suelo gimiendo cada vez que me agachaba y restregaba.
La habitación de los niños era la única que tenía el fuego encendido, pero ni rastro de los pequeños. Me sorprendió no encontrar siquiera un pequeño juguete. Encontré piedrecillas canteadas, un cebo de pesca y algún que otro pequeño tesoro, como si en vez de niños los ocupantes fueran urracas que hubieran ido acumulando objetos. Lo dejé todo donde lo había encontrado. Por la luz que se filtraba de la ventana tenía que estar anocheciendo. Bajé con todos los utensilios de limpieza otra vez a la cocina. Necesitaba lavarme con urgencia, el pelo se me pegaba a la cabeza, todavía tenía restos de sangre del golpe y notaba la piel del cuerpo pegajosa por el sudor, pero curiosamente no había visto una sola bañera en toda la casa que pudiera utilizar.
Cuando llegué a la cocina encontré a Annie trajinando lo que supuse sería la cena. Le pregunté dónde podía darme un baño y ella me miró con total estupefacción.
—Puedes coger la jofaina, calentarte algo de agua y lavarte —fue lo único que dijo, como si le hubiese sugerido escalar el Everest.
—¿Los orinales? —pregunté—, ¿dónde se llevan?
Esta vez rio con ganas. Yo la miré frunciendo los labios.
—Tíralos por la ventana —contestó sonriendo y mostrando unos dientes pequeños y blancos.
—Tíralos tú —contesté algo enfadada. Estaba cansada, sudorosa y deseando meterme en la cama.
—Lo haré. Es mi trabajo —contestó, inmune a mi desplante. Por un instante sentí verdadera lástima por la pequeña. Pero yo misma me estaba dando más pena todavía.
Calenté un poco de agua en una jarra y subí a la habitación. Me desnudé de cintura para arriba y me lavé el pelo con dificultad, en un recipiente tan pequeño. Me lo aclaré con agua fría. No había otra cosa. Después cogí un trapo y lo empapé con el mismo trozo de jabón perfumado que había utilizado para el cabello y agua, y me froté para eliminar el olor a lejía, cera y sudor de mi cuerpo. Cuando pasé la mano por las axilas me sorprendí del suave pelo negro que tenía. ¿Cómo era posible si yo estaba completamente depilada hacía solo tres días? Estaba tan cansada que no lo volví a pensar. Hice lo mismo de cintura para abajo. Me volví a vestir con el mismo vestido. Nadie me había ofrecido otro. Tendría que encontrar el modo de conseguir al menos otra prenda de ropa para cambiarme.
Encontré un peine de madera en un cajón y me senté frente al fuego a desenredarme el pelo y procurar que se secara antes de acostarme. Estaba en esa posición cuando Jūgo entró de manera silenciosa, como solía hacer. Me sobresalté cuando habló.
—Tengo trabajo para ti.
—¡¿Más?! —exclamé sorprendida y disgustada. Eso era claramente explotación laboral.
—Sí, además de dejar todas las sábanas que te has propuesto limpiar en agua hirviendo, tendrás que acompañar a unos clientes esta noche —explicó.
Obvié lo de las sábanas, lo que me había asustado era lo de los clientes.
—Os dije que no pienso hacer eso —respondí a la defensiva.
—No es lo que piensas, simplemente tienes que acompañar a unos clientes mientras juegan a las cartas. Hasta tú podrás hacerlo —repuso.
—¿Ahora? —repliqué. Estaba demasiado cansada y él también podía verlo.
—Sí, ahora. ¿Cuándo si no?
—«Nunca» podría ser una buena respuesta —repuse.
Él no se inmutó y me acompañó primero a la cocina donde tuve que dejar las sábanas de lino en un caldero enorme con agua hirviendo, y posteriormente a una habitación desconocida hasta ahora. No podía creer que esa casa tuviera tantos recovecos. Ni el Palacio de Buckingham podía tener tantas habitaciones.
—Mañana limpiarás las sábanas, mathair se ha enfadado bastante, pero bueno... —fue su única despedida. Lo que me faltaba, encima tener cabreada a la persona de la que dependía mi estancia allí.
Entré en la habitación que tenía que arreglar. Estaba en la parte superior de la casa, un piso por debajo del pequeño trastero donde yo había aparecido. La sala era pequeña, austera en decoración, sin embargo, acogedora. Tapices de escenas de caza tapaban las paredes, y sobre la pequeña ventana colgaban unos cortinajes de pesado terciopelo verde musgo. En el centro, una mesa ovalada cubierta por un tapete también verde, con vasos y copas, varias velas y cuatro sillones tapizados en el mismo color rodeándola. En un lateral, un pequeño aparador con botellas de licor y una jarra de agua. Un pequeño banco de madera apoyado contra la pared. En el otro extremo la chimenea emitía un agradable calor. Una habitación creada especialmente para jugar. Recordaba haber visto habitaciones parecidas, obviamente mucho más modernas, en un casino de Las Vegas. Cubículos expresamente preparados para no distraer a los jugadores, que perdían la noción del tiempo al no tener acceso a la luz exterior y apostaban cada vez más dinero.
Por lo que pude deducir de las instrucciones que me había dado madame La Marche, esa noche se iba a reunir un grupo de selectos jugadores y ella esperaba sacar pingües beneficios. Mi cometido sería no dejar que ningún vaso se vaciase y alimentar el fuego para mantener caldeado el ambiente, pero no demasiado para no espantar a los clientes.
Recoloqué los vasos en la mesa y alineé las sillas. Como no podía hacer mucho más me senté a esperar en el banquito. Estaba agotada, me dolían todos los músculos del cuerpo como si me hubieran dado una paliza. La piel de las rodillas estaba enrojecida y despellejada en algunos puntos después de fregar los suelos. «¿Cuándo se inventó la fregona?» Lamenté que hubiera sido tan tarde. Me miré las manos. Las uñas estaban rotas y juraría que me estaban saliendo callos. Tuve ganas de llorar, una simple mirada a mis manos había hecho que volviese a tener un nudo en la garganta, como si fuese lo más importante de lo sucedido en los últimos dos días. Me sentía como mis manos, gastada, rota y encallecida.
Oí voces fuera, eso hizo que compusiera el gesto y me levantara con un respingo haciendo una pequeña mueca de dolor. Los invitados fueron entrando en animada conversación y se sentaron en los sillones por orden como los niños en un colegio. Era obvio que eran habituales a la sala de juego. Me sorprendió que por último entrara una mujer. Si no era habitual en mi época, ahora tenía que ser toda una excepción. Me pregunté quién sería. Su vestido era de seda color azul bebé con filigranas de plata en forma de flores. Las mangas abullonadas disimulaban los brazos rollizos, pero el corsé no hacía lo mismo con su pecho, más bien creaba el efecto contrario, ya que este se bamboleaba a cada movimiento, como una bandeja de merengues en exposición, a los cuales parecía bastante aficionada, dado su voluminoso cuerpo. Un maquillaje excesivo que incluía tres lunares postizos, uno encima del labio y dos en la mejilla derecha, cubría el rostro redondo. Un peinado parecido a un nido de pájaros adornado con plumas de colores adornaba el conjunto. Temí haberme quedado con la boca abierta. Todo en ella era exagerado, incluyendo las pulseras de oro y diamantes que tintineaban y atrapaban la luz de las velas con el movimiento de sus muñecas, pasando por los pendientes que de tan pesados hacían que sus orejas se alargaran por lo menos dos centímetros, hasta la gargantilla de zafiros y diamantes. En su conjunto parecía un enorme árbol de Navidad. Y, sin embargo, a su lado yo me sentí pequeña y desarreglada, con mi vestido usado y algo manchado que intentaba cubrir con un delantal que en otra vida fue blanco, ahora de un gris con tintes marrones, y mi sencilla trenza que colgaba sobre un hombro.
Alisé mi delantal, compuse una media sonrisa y ofrecí a cada jugador una bebida. Todos optaron por brandy, excepto uno, el último en llegar con la mujer misteriosa, que se decidió por el whisky, el único que vestía de la forma tradicional escocesa, aunque más elegante que Jūgo. Me indicaron que llenara otro vaso con agua, lo que hice cuidando de no derramar nada.
No sabía muy bien qué hacer una vez servidos todos los clientes, así que me volví a sentar esperando que alguno me requiriese algo.
Al principio intenté mantener la atención en la reunión que tenía frente a mí, pero estaba tan cansada que lentamente se me cerraron los ojos. El murmullo que escuchaba estaba actuando como una nana, solo una voz sobresalía entre las demás. Una voz de barítono, grave, profunda y sensual, una voz de locutor de radio, de esas en las que estás manipulando la radio del coche y de repente la captas y paras para escuchar, porque su tono te incita a prestar atención ya que lo que dice parece interesante, aunque no lo sea, una voz así está hecha para hablar y ser escuchada. Pertenecía al hombre sentado en un extremo, vestido con un jubón de satén verde bordeado con hilo dorado, con un pantalón también del mismo tejido, pero de un color marrón. El sueño me venció, acunada por aquella extraña voz, y dormité unos minutos sentada, con los brazos cruzados sobre mi pecho. Desperté súbitamente al notar que el murmullo había cesado, para encontrarme con un par de ojos que me miraban fijamente. Quedé atrapada al instante, como si fuera producto de un sueño. Un sueño que no recordaba pero que me pareció real. Unos ojos negros, que reflejaban en el iris todos los tonos de la profundidad del océano, enmarcados en unas largas pestañas negras. Unos ojos que parecían risueños, como si estuviesen a punto de reír, cuando el resto del rostro parecía serio. Unos ojos de pirata. Los ojos hablaron, con una voz de barítono, de locutor de radio.
—Eh, ¿qué? —logré emitir lo que parecía un balbuceo.
—Más bebida, muchacha —dijo el hombre de los ojos negros, en perfecto inglés, pero con acento francés.
—¿Perdón? —pregunté parpadeando, todavía algo adormilada.
El hombre agitó su vaso vacío y esbozando una media sonrisa repitió:
—Brandy a poder ser. Si no es demasiada molestia.
Las risas de los demás jugadores me sacaron definitivamente de mi ensimismamiento. Él no se reía, sino que me observaba con curiosidad. Trastabillando un poco me levanté y le serví el licor que había pedido. Al pasar a su lado golpeé lo que parecía un palo. Ambos nos agachamos a la vez a recogerlo y nuestras cabezas chocaron con un sonoro ¡crack! Di un paso atrás exclamando «¡joder!» y frotándome la frente. Levanté la vista ante el repentino silencio sintiéndome el centro de atención. Las miradas iban de la sorpresa a la reprobación, en especial la de la mujer, que me observó de arriba abajo con absoluto desagrado. Enrojecí y musitando una disculpa me agaché rápidamente a recoger el palo en cuestión, que resultó ser un bastón con empuñadura de plata con forma de cabeza de águila. No me había fijado que aquel hombre cojeara, pero sin duda era suyo, ya que me lo arrebató de las manos y lo apoyó en el otro costado de su silla.
—¿Se ha hecho daño? —preguntó con su extraño acento, recolocándose la peluca que se le había inclinado ligeramente sobre la frente.
—No, no se preocupe —contesté agradeciendo su amabilidad, y aprovechando que estaba de pie me apresuré a rellenar los vasos del resto.
Como el sueño había desaparecido me dediqué a observar con más atención al pintoresco grupo. Los hombres iban vestidos de forma parecida, con casaca, pantalones, camisas con cuellos de volantes y adornados con pelucas y diversos grados de maquillaje. Excepto el escocés. Uno de ellos incluso llevaba colorete y los labios pintados de un rojo agranatado. Por los acentos, supe que el hombre de los ojos negros era francés, el de los labios pintados, inglés, y obviamente el otro, escocés. Parecía el comienzo de un chiste, érase un inglés, un escocés y un francés... La única nota discordante era la mujer, también escocesa por su acento. Desde luego el hombre inglés y el francés no parecían el paradigma de la masculinidad, adornados como los veía de satenes, volantes y zapatos de tacón y, sin embargo, ninguno, ni siquiera el más maquillado parecía afeminado.
Dirigí mi atención hacia el hombre de los ojos negros, que parecía estar ganando, dado el montón de monedas que acumulaba en su lado.
—¿Abandonas, chérie? —dijo mirando a la mujer.
Ella apretó sus cartas contra su pecho, lo que hizo que todas las miradas se dirigieran en esa dirección como los barcos hacia el faro en la noche, incluida la mía. Sonrió quedamente y mostrando unos pequeños dientes amarillentos, le contestó.
—Nunca, querido, ya sabes que cuando emprendo algo no lo abandono hasta conseguirlo. Y me he propuesto ganar esta noche. Además —añadió bajando la mirada—, tengo una buena mano.
El hombre de los ojos negros carraspeó y aclarándose la voz contestó.
—Eso, chérie, no lo pongo en duda. —Lo que provocó que el resto de los jugadores se sonrieran entre ellos.
«¿Qué me he perdido?» Entonces la vi, la mano de la mujer descansaba descuidadamente en la entrepierna del hombre de los ojos negros, haciendo que el satén se tensara alrededor del bulto que cubría.
Ahogué una maldición, sorprendida de no haberme dado cuenta del ejercicio de seducción que transcurría frente a mí. Sin embargo, el hombre francés no parecía demasiado interesado, más bien parecía estar siendo cortés con la mujer, sin alentarla demasiado, pero también sin desanimarla. Comencé a interesarme por la escena. «¿Cómo terminarían la noche?»
—Creo que acaba de llegar de París, laird Uzumaki —exclamó el inglés de pronto.
El escocés pronunció un «mufsmudf» gutural que podía significar cualquier cosa. Todavía no le había escuchado más de una o dos palabras en toda la noche.
—Un viaje difícil. El barco se bamboleaba como la cáscara de una nuez, y más de una vez creímos que no íbamos a llegar a tierra —explicó finalmente con fuerte acento escocés. Mucho más pronunciado que el de la mujer.
El hombre francés, aunque atento a sus cartas, los observaba con disimulo. La mujer simplemente se comía con la mirada al francés.
—Y cuéntenos, qué tal ha ido su viaje. ¿Es cierto eso que se rumorea que pronto llegará un cargamento francés muy interesante para el pueblo escocés? —pronunció con voz maliciosa.
—Es mala época para cruzar el canal, apenas hay barcos que se atrevan a semejante aventura —contestó de forma seca el escocés.
«¿De qué hablan?», me pregunté. ¿Acaso se trataba de algún cargamento de contrabando?
—¿Un brindis? —propuso el inglés. Yo lo miré extrañada. Los demás se miraron entre ellos como dudando. Cogió el vaso de licor y lo pasó por encima del de agua que reposaba a su lado.
—Slàinte! Es así como lo dicen, ¿no? —preguntó a los demás enarcando las cejas y manteniendo su vaso de licor levantado.
¿Por qué los demás no respondían? Finalmente fue el francés el que levantó su vaso y haciendo el mismo ritual de pasarlo sobre el vaso de agua, lo chocó fuertemente contra el vaso del inglés haciendo que pequeñas gotas de licor ambarino saltaran manchando el tapete verde. Envalentonados, los dos escoceses hicieron lo mismo, aunque con reticencia.
Entrecerré los ojos. El acto me había recordado algo, pero no sabía exactamente el qué. De repente una imagen de Obito explicando con tono académico la historia escocesa llegó a mi mente cansada. Se trataba de un ritual que identificaba a los jacobitas partidarios de la independencia de Escocia, el pasar el licor sobre el vaso de agua significaba que brindaban por el «rey al otro lado del mar», el pretendiente al trono escocés, Carlos Eduardo Estuardo. Ahogué una exclamación y entendí de qué estaban hablando, se referían al desembarco que tendría lugar varios meses después de Carlos acompañado de algunas tropas en las costas escocesas. ¡Maldita sea!, por si fuera poco, me encontraba en puertas de una rebelión, y en pleno centro de Escocia. Me consolé pensando que para aquello todavía quedaban unos meses, en los que esperaba haber encontrado el modo de regresar a mi época. Mis manos se habían cerrado sobre mi falda, sintiendo por primera vez en dos días que lo que me rodeaba era verdaderamente real. Me mordí el labio con fuerza. ¡Malditos idiotas! No sabían lo que estaban haciendo. Sentí una mirada fija en mí, me volví hacia el hombre francés, que me observaba intensamente y sentí que enrojecía, aunque no sabía muy bien por qué.
—Monsieur Courtois, usted lo conoce bien, ¿no es así? —inquirió el inglés.
—Lo conozco, sí —respondió simplemente el francés.
—¿Es cierto lo que dicen?
—¿Qué dicen? —preguntó el francés con indiferencia fijando su vista en las cartas.
—Que es un joven demasiado preocupado por las mujeres y el licor.
El francés tardó un momento en contestar.
—Esas son excelentes cualidades para un príncipe, ¿no creen? —exclamó sonriendo. Me fijé en su dentadura blanca y perfecta que destacaba en su rostro fuerte de mandíbula cuadrada, apenas disimulada por el polvo de arroz.
Todos sonrieron ante el comentario.
—Sí, claro, aunque también sería conveniente que supiera dirigir un ejército —respondió con cautela el inglés. Observé con atención la reacción de los demás, valorando si verdaderamente ese inglés era un jacobita o un simple informador del bando inglés. Notaba la corriente de peligro entrelazándose en las miradas de los otros tres ocupantes de la mesa.
—Los escoceses luchan, los príncipes observan en la retaguardia. Ni siquiera es necesario que sepan blandir una espada —respondió el escocés abruptamente.
—Cierto, cierto —rio el inglés—, pero la pregunta es ¿cuántos escoceses lucharán? Escocia está dividida, no todos quieren un rey católico en el trono, ahora que casi todos profesamos la fe protestante.
El francés levantó la mirada y se encaró con él. Ambos se miraron fijamente.
—Oh, me olvidaba de que Francia sigue siendo papista —se disculpó el inglés con una falsa sonrisa. No me gustaba ese hombre. No lo veía sincero y el francés se había dado cuenta, aunque en realidad era el que menos tenía que perder en la aventura jacobita. Los refuerzos franceses jamás llegarían a Escocia.
La mujer intervino.
—Hemos venido a jugar, ¿no? Señores, déjenme por lo menos ganar esta mano. —Le hizo un guiño al francés. Este no respondió. Estaba súbitamente serio.
Pero el inglés no tenía intención de jugar, al menos no era esa su intención principal. Se volvió hacia mí.
—¿Es usted nueva, querida? No la había visto hasta hoy. Tengo que reconocer que madame La Marche tiene un gusto excelente para reclutar a sus chicas. —Me sonrió de forma lobuna. A lo que yo respondí con una mueca de desprecio, que le hizo abrir los ojos con sorpresa.
—No soy ninguna de las chicas de madame La Marche —respondí quedamente, aunque me hubiera gustar borrar su sonrisa de un plumazo.
—¡Qué acento más extraño! ¿De qué parte de Escocia es? ¿Acaso de las tierras bárbaras del norte? —preguntó.
Noté cómo la nuez de Adán se movía en el cuello del francés, pero no dijo nada. El escocés, que debía de ser habitante de las tierras bárbaras del norte, pronunció un sonoro «mfmsfm» de protesta.
—Soy de bastante más al sur. Concretamente de España —respondí con cautela.
—¡España! ¡Qué exótico! —exclamó él. «¿Exótico?», pensé yo. Este hombre no había viajado mucho.
—Y ¿qué le trae por estos lares? —preguntó otra vez.
—He venido a visitar a un pariente —contesté cada vez más fastidiada por volver a ser el centro de atención. El francés me miraba entrecerrando los ojos, como si me instara o bien a seguir hablando o bien a que me callara, no lo podría decir con seguridad. La mujer me observaba con un mohín, demasiado molesta para protestar, y el escocés me miró por primera vez de forma sorprendida.
—¿Cómo se llama? —inquirió de nuevo.
—Sakura.
—Oh, qué bonito nombre. El de una reina —sonrió él. Yo no le devolví la sonrisa. Ese hombre cada vez me ponía más nerviosa, y con lo cansada y algo aturdida que me encontraba, sabía que acabaría diciendo algo de lo que me arrepentiría después.
—Sí, destronada e infiel —respondí finalmente.
Rio con ganas, pero yo dirigí mi vista al francés, que había abierto los ojos de forma desmesurada durante un instante, para volver después a la expresión pétrea que no mostraba ningún indicio de su personalidad. Cerré los ojos con hastío y los volví a abrir. El francés acudió en mi ayuda.
—Señores, sigamos con la partida, que presiento que esta va a ser una buena noche —dijo frotándose las manos y haciendo que los otros tres se centraran por fin en el asunto que tenían entre manos.
La mujer estaba claramente fastidiada, perdía una mano tras otra. El inglés igual, pero parecía divertirle y notaba cómo de vez en cuando lanzaba miradas libidinosas en mi dirección. Yo lo ignoré por completo. El francés estaba ganando, aunque el escocés no le iba a la zaga. El inglés se retiró de la partida y se dedicó a observarme con más intensidad, a lo que yo respondí frunciendo los labios, tan fuerte que noté cómo chocaban mis dientes. El escocés hizo lo mismo cuando llevaba una buena cantidad de monedas acumuladas. La partida se dirimía entre el francés y la mujer.
—Me he quedado sin nada con lo que apostar —exclamó agitando las pestañas y moviendo su voluminoso pecho bajo el rostro del francés.
—Todavía te queda algo, chérie —contestó él sonriendo.
—¿Ah, sí? —contestó ella insinuante.
Yo me incliné sobre la silla, olvidando las miradas del inglés, totalmente concentrada en las reacciones de ambos.
—Esto —dijo el francés llevando su mano hasta el pecho de la mujer y cogiendo entre sus dedos el collar de zafiros y diamantes.
—Oh —contestó ella desilusionada—, no puedo hacerlo, es un regalo de mi difunto marido. Una joya de la familia.
—Entonces... —él dejó la frase inconclusa y se encogió de hombros de una forma típicamente francesa. Noté, sin embargo, que aunque su jubón estaba hecho a medida le quedaba demasiado justo, como si fuera demasiado pequeño para su cuerpo, o su cuerpo demasiado musculoso para esa clase de ropa. Parecía incómodo, pero no lo demostraba, al contrario que yo, con mi pequeña cárcel de varillas en forma de corsé.
—¡No! —exclamó ella soltándose el pesado collar y mirando otra vez sus cartas—, tengo la mano vencedora.
Dejó el colgante depositado en el centro de la mesa, desprendiendo brillos a la luz de las velas.
Esta vez todos nos inclinamos hacia delante expectantes. Ella mostró sus cartas separándolas sobre la mesa y sonrió triunfalmente. El francés hizo una pequeña mueca, pero me fijé en que sus ojos brillaban divertidos. Mostró a su vez las cartas. Yo desconocía el juego, pero supe de antemano que había ganado. Las exclamaciones de sorpresa de todos los jugadores llenaron el súbito silencio de la habitación.
—Lo siento, ma chérie, esta noche la mano vencedora es mía —dijo atrayendo a su lado la joya finamente labrada.
Todos se echaron hacia atrás suspirando, menos la mujer, que mostró una clara expresión de fastidio. Ya no había más que hacer. El escocés se levantó con un gruñido, seguido del inglés. El francés lo hizo más despacio recogiendo sus ganancias en una pequeña bolsa de tela oculta en un bolsillo de su chaqueta, y se levantó apoyándose en el bastón. Fue el único que ayudó a la mujer a incorporarse.
—Es muy tarde —dijo a todos en general—, te acompañaré a casa. Tengo un carruaje esperándome —comentó al descuido a la oronda mujer. Esta recuperó algo de brío.
—Gracias, querido, no esperaba menos de ti. —Le sonrió agitando las pestañas e ignorando a los demás ocupantes de la sala.
Fueron saliendo con calma. El escocés murmuró un «mufmsf» como despedida. El inglés me miró de arriba abajo de forma lasciva y el francés cogió del brazo a la mujer y la acompañó a la puerta. Fue el único que se despidió.
—Buenas noches, Sakura. Gracias por tu compañía esta noche. —Elevó apenas las comisuras de su boca.
Yo cerré la puerta tras ellos y recogí los vasos. Apagué el fuego y me retiré directamente a mi habitación.
No me di cuenta de lo agotada que estaba hasta que me hice un hueco en la cama ocupada por mis pequeños compañeros de sueño ya completamente dormidos. Aun así, mi mente seguía jugando al despiste. Después de varias vueltas, me situé mirando al techo de madera, con una idea en la mente. «¿Y si estaba allí por alguna razón?» Después de la conversación que había escuchado esa noche, estaba empezando a creer que tenía algo que ver con lo que sentí en Culloden, y con la imagen del fantasma vestido con el uniforme de los dragones ingleses. «¿Había llegado allí como un mensajero del futuro con la misión de advertirles de lo que estaba por llegar?» Si era así, «¿qué demonios podía hacer encerrada en un prostíbulo en medio de Edimburgo?» Las preguntas se agolpaban sin respuesta. «¿Qué tenía yo que ver con Escocia?» «¿Y qué podía hacer yo por Escocia?» «¿Secuestrar al principito Stuart y meterlo en un barco con dirección a las colonias norteamericanas?» No quise escuchar a Obito en su momento, aunque ahora veía que tenía razón, que algo me había ocurrido cuando intenté suicidarme, como si alguna puerta con el otro mundo hubiera quedado abierta. Finalmente, y después de muchas disquisiciones, me quedé dormida.
Tuve un sueño, un sueño familiar y a la vez extraño. Volvía a estar en un bosque, y un hombre escocés, el mismo que apareció en mis sueños allá en Santiago de Compostela, volvió a hablar. «Ya has llegado, Sakura, por fin estás en casa», dijo acercándose hacia mí. Levanté el rostro para mirar su cara envuelta en sombras cuando un codazo de Shinki hizo que me despertara.
—¿Qué ocurre? —pregunté adormilada.
—Estás hablando en sueños —contestó él con voz somnolienta.
—Lo siento —dije en un susurro.
Intenté recuperar el sueño, pero se había perdido en mi subconsciente. Volví a quedarme dormida, soñando con barcos e invasiones.
