6

No cierres los ojos a lo que ves, aunque lo desees

Cuando abrí los ojos me di cuenta de que estaba sola en la cama, me volví y estiré las piernas por primera vez en tres días disfrutando de la soledad. Escuché un carraspeo, por lo visto, no estaba tan sola como pensaba, me volví sorprendida hacia el sonido. Era Jūgo, sentado en la única silla de la habitación, mirándome divertido.

—¿Has dormido bien, Sakura? —preguntó.

—Oh, sí —contesté algo avergonzada—, ¿cuánto tiempo llevas ahí?

—Poco —contestó él simplemente. De repente lo recordé.

—Las sábanas —dije incorporándome rápidamente.

—Sí, las sábanas —contestó él como si volviera a la realidad.

Me levanté y le indiqué que bajaría en un momento. Él pareció algo molesto, pero no protestó. Cerró la puerta tras de sí dejándome sola.

Me levanté y me aseé con agua fría despejando mi rostro y mi mente, por lo menos lo suficiente para enfrentarme a otro largo día.

Bajé presurosa las escaleras de madera y entré en la cocina. A los niños no se los veía por ninguna parte, solo estaban madame La Marche y Jūgo. Un plato con porridge descansaba sobre la mesa. Me senté y comí en silencio, mientras ambos me observaban. Algo ocurría, pero no sabía el qué. «¿Habría hecho algo mal anoche? ¿Habrían recibido alguna queja de los jugadores?»

Me levanté despacio y me dirigí al caldero con las sábanas, las froté con el jabón que me indicaron y luego las pasé a otro caldero con agua limpia para aclararlas, sudando y resollando al hacerlo. Vacié lo que pude de agua y las dejé allí sin saber qué hacer. Me quedé mirando a Jūgo de forma interrogante, pero fue su madre quien respondió.

—Luego subirás a tenderlas, y la próxima vez tendrás más cuidado en cambiar todo el ajuar de la casa sin que nadie te lo ordene —exclamó con algo de enfado en la voz. La verdad es que esa mujer no mostraba una sonrisa ni sujetándole los labios con palillos.

—Está bien —dije.

—Ven aquí —me indicó.

Yo hice lo que me pedía, creyendo que me iba a entregar algo. Sin embargo, cuando estuve cerca de ella y vi su rostro maquiavélico me asusté y retrocedí un paso.

—¡Sujétala! —gritó a Jūgo.

Este hizo lo que su madre le pedía y me sujetó abrazándome por detrás, dejando mis brazos inmovilizados a lo largo de mi cuerpo. Me asusté. ¿Qué iban a hacerme? Me retorcí como una anguila para deshacerme del abrazo y solo conseguí que Jūgo me sujetara con más fuerza aún. Estaba asfixiándome.

—¡¿Qué va a hacer?! —exclamé gritando al ver que la mujer se acercaba con la mirada fija en mi rostro.

Lo primero que pensé es que me iba a pegar, ni siquiera se me pasó por la imaginación lo que hizo a continuación. Levantó mis faldas y noté una mano fría rozándome el muslo, rebuscando entre mis piernas. Las cerré por instinto y me revolví con fuerza.

—¡Sepárale las piernas! —rugió madame La Marche.

Jūgo movió su pie para meterlo entre mis piernas cruzadas. Yo forcejeé y estuve a punto de caer de frente. En el descuido que tuve al intentar apoyarme sobre un pie, le di a Jūgo el suficiente espacio para que introdujera una de sus piernas entre las mías.

La mano de su madre alcanzó el objetivo y noté su dedo frío explorando. Me erguí y junté los muslos totalmente aterrada. Me faltaba el aire por la presión de los brazos de Jūgo y estaba a punto de desmayarme, aun así, bajé mi rostro y en el único acto de defensa que se me ocurrió, alcancé con mi boca el antebrazo del escocés y mordí con fuerza. Jūgo maldijo en gaélico pero no aflojó. Yo pataleé desesperada.

—¡Suéltala!

La orden vino de un hombre que había entrado en la cocina, una orden gritada de forma imperativa y con acento francés. Como si le hubiesen pegado un latigazo, Jūgo me soltó. Yo corrí hacia el francés, que me cogió de un brazo y me puso detrás suyo, haciendo él las veces de escudo.

—Monsieur Courtois, no le esperábamos tan pronto —exclamó algo intimidada madame La Marche.

—¡¿Qué hacíais?! —rugió el francés con una voz sorprendentemente susurrante.

—Un hombre ha mostrado su interés por la joven, ha ofrecido mucho dinero, más que por cualquier otra. Tenía que comprobar si es virgen, muchas mienten, y eso sube el precio —respondió ella con algo de vacilación en su voz.

—Esta joven ya ha dejado claro que no trabaja de meretriz —exclamó con furia contenida el francés.

—Pero el hombre es un cliente importante, de los mejores que tenemos, y no deberíamos contrariarlo —explicó madame La Marche.

—Yo pagaré la cantidad que ha ofrecido —replicó él con un brillo peligroso en sus ojos negros.

—Es mucho, monsieur. Además, no hay más que verla, podríamos sacar mucho dinero si la tuviésemos con nosotros —contestó la bruja de la dueña de la casa.

Yo me estremecí a la espalda del francés y noté cómo se ponía rígido bajo el satén de su jubón.

Se acercó lentamente a ellos, apoyándose en el bastón, y sacó una bolsa de monedas. La abrió tirando descuidadamente sobre la mesa de la cocina las monedas, haciendo que varias de ellas rodaran y cayeran al suelo de piedra tintineando.

—¿Es suficiente? —preguntó sabiendo que entregaba una fortuna.

—Lo es, sí, claro que sí. —Los ojos de la mujer me recordaron al Tío Gilito, y hasta pude ver el símbolo del dinero reflejado en sus pupilas. Contuve una arcada y me eché a llorar.

—No quiero que se vuelva a molestar a esta joven, ¿ha quedado claro? —preguntó con furia en su voz, esta vez sin disimulo alguno.

—Sí, monsieur —respondió la mujer. Jūgo tuvo la decencia de bajar los ojos ante la intensa mirada negra del francés.

Se volvió y se dirigió a mí, que esperaba en el descansillo de la entrada.
Cerró la puerta de la cocina tras de sí.

—¿Estás bien, ma petite? —preguntó con suavidad.

—Sí, no, ¡no sé! —contesté yo hipando y abrazándome intentando contener el temblor de mi cuerpo.

Él suspiró quedamente y de repente me acogió en sus brazos. Yo apoyé mi mejilla en su pecho y lloré todavía con más ganas. Murmuró palabras en francés hasta que me calmé lo suficiente como para separarme. Estaba avergonzada, asustada y quería salir corriendo y no volver jamás a esa casa infernal. Me sentía violada, ultrajada y humillada, aunque los intentos de madame La Marche no habían llegado demasiado lejos, gracias a la intervención de este hombre.

—Escúchame —me dijo poniéndome frente a él—, si vuelve a ocurrirte algo parecido, o crees que estás en peligro, acude a esta dirección. —Me entregó una especie de tarjeta de visita con letra impresa negra—. Es mi casa. Allí estarás a salvo, o si no hazme llamar de alguna forma. Yo te ayudaré. No obstante, no creo que vuelvan a molestarte.

—Gra... gracias —musité.

—Sakura, no entiendo qué haces aquí, pero no voy a discutir tus motivos. Solo recuerda que no estás sola —susurró a mi oído. Sin decir otra palabra salió de la casa, dejando un rastro a su paso de ligero aroma floral y una corriente de aire frío que me hizo estremecer.

Me quedé unos momentos en el descansillo, dudando si salir de esa casa de una vez por todas. Pero no podía, sabía que allí estaba la respuesta y el camino a mi hogar. Me sentí frustrada y enfadada. Odiaba estar allí y a esa gente, pero esa casa era mi prisión. Levanté la vista y recé una plegaria, «por favor, Dios, si estás en algún lugar donde me escuches, sácame de aquí, por favor». Lo que yo no sabía es que se volverían a malinterpretar mis intenciones.

Jūgo salió de la cocina portando una cesta y un paño en la otra. Yo me aparté hasta quedar pegada a la pared contraria.

—No te voy a hacer daño —dijo pareciendo algo avergonzado.

—Ya me lo has hecho —contesté yo recuperando algo de brío.

Él profirió un sonido indescriptible y algo en gaélico que no entendí.

—Vamos —exclamó entregándome la cesta—, necesitas salir de aquí.

Yo la cogí como defensa por si volvía a sujetarme, esta vez estaría preparada y me sentí tan furiosa que quise hacérsela tragar. Me contuve mordiéndome el labio con fastidio y salí tras él.

—¿Adónde vamos? —pregunté una vez en la calle, sintiendo de repente el frío del exterior. Él desplegó el paño que llevaba colgado del brazo, una capa gris, y me la entregó para que me abrigara. La cogí mirándolo con desconfianza.

—Al mercado —respondió simplemente.

Pasamos por una casa cerrada un poco más adelante. Recordé la conversación con el médico la primera noche, en la que me había dicho que yo no sería bienvenida en aquel lugar.

—¿Qué es esta casa? —pregunté.

—Una Molly House —respondió simplemente Jūgo.

—Ah, ¿y eso qué es? —volví a preguntar sintiéndome un poco tonta.

—Una casa de citas para hombres a quienes les gustan los hombres. —Esta vez Jūgo se volvió a mirarme. Yo enrojecí y no dije nada más.

Mi mente seguía alterada y mi orgullo herido, pero pronto me vi envuelta en la actividad del Edimburgo del siglo XVIII, mirándolo todo con excesiva curiosidad. Jūgo me observaba de soslayo, con una mirada indescifrable.

Cuando me paré mirando sorprendida y a la vez extasiada la actividad de la Royal Mile, como si se tratara de una película de época, noté que su brazo me sujetaba y tiraba de mí hacia atrás. Un golpe de líquido pardusco cayó frente a mí. ¡Mierda! Grité asustada. Una voz sobre mi cabeza me replicó.

—Qué pensabas que era, ¿perfume? —escuché las risas alrededor y la carcajada profunda de una mujer desde la ventana de la casa.

—Tienes que tener más cuidado. No te separes de mí —repuso Jūgo pasándose la mano por el pelo y cabeceando mostrando claramente mi ineptitud.

Esta vez le hice caso. Por su gesto pude ver que no había querido hacerme daño y que no me lo haría, pero la influencia de su madre o quienquiera que fuese en realidad era demasiado intensa.

Llegamos a Grassmarket en pocos minutos, esquivando carros y personas. Allí estaban los puestos del mercado y también el promontorio de las ejecuciones, si no recordaba mal.

—¿Qué tenemos que comprar? —le pregunté.

—Un poco de todo —respondió él.

—Bueno, no me has aclarado nada.

—Sabrás qué hacer. Yo te esperaré en el Ciervo Rojo —contestó él señalándome una taberna de la esquina contraria a la plaza y huyó como hacen todos los hombres cuando se enfrentan a una mañana de compras.

Me quedé mirando los puestos sintiendo hormiguear mi cuerpo. Me había entregado una bolsa con dinero que llevaba escondida en la cinturilla de mi falda. ¿Sería capaz de hacerlo? Sonreí por primera vez esa mañana. Después de enfrentarme a los mercadillos de Chiang Mai y Chiang Rai tailandeses y Al Jalili de El Cairo, este iba a ser pan comido. Con decisión me encaminé al primer puesto, donde se ofertaba pan recién hecho. Después de un buen rato curioseando y regateando entre los puestos, me di cuenta de que los escoceses eran gente dura de pelar, y estaba gastando más de lo que esperaba, aun así, no me rendí y me dirigí a un puesto de verduras frescas. Pagué y cogí mi cesta que ya comenzaba a pesar bastante. El siguiente puesto mostraba juguetes de madera pintados con vivos colores, como cajas con puzles y muñecas toscamente diseñadas en madera y vestidas con el arisaid propio de las mujeres escocesas. Vacilé un momento y metí la mano en la bolsa calculando el dinero que me quedaba. Estaba así cuando noté la presencia de un hombre a mi lado. Me volví algo asustada, y me relajé cuando vi de quién se trataba.

—Monsieur Courtois —dije.

—Sakura, ¿ves algo que te guste? —preguntó con esa voz de barítono, grave y profunda, con leve acento francés.

—Me gustaría comprar algo para los niños, algún pequeño juguete, un puzle quizá. No tienen nada parecido —expliqué con la mirada fija en el puesto.

—¿Pero? —preguntó él.

—No sé si puedo gastar el dinero en algo así. Creo que he sacado un buen precio del resto de las compras, aun así... —no dije más, pero él lo entendió perfectamente.

—Elige lo que creas conveniente. Lo pagaré yo —contestó con una sonrisa.

—No puedo aceptarlo —repuse mordiéndome un labio.

—No es para ti, es para los niños, así que coge lo que quieras. De todas formas, me hiciste ganar bastante más anoche —dijo él cogiendo una pequeña caja con un mecanismo del que, girándolo, aparecía un pequeño muñeco.

—¿Yo? —pregunté sorprendida.

—Sí —contestó él sin mirarme—, contribuiste bastante en despistar a lord Collingwood. Suele ser un jugador... despiadado —explicó, señalándome discretamente el carácter del inglés. En ese momento supe quién había sido el cliente que había solicitado mis atenciones. Lo miré directamente y me sorprendió la franqueza de su mirada.

Hice un gesto de asentimiento con la cabeza y finalmente me decidí por una caja que contenía varios rompecabezas, con números y letras pintados en vivos colores.

Él pagó y me lo entregó.

—Cuida de esconderlo —dijo como despedida inclinando la cabeza.

Como ya había terminado me dirigí a la taberna donde me esperaba Jūgo.

La plaza se había llenado y me costaba atravesar la marea de gente. Me paré en la puerta sin saber qué hacer. ¿A las mujeres les estaba permitido entrar solas en las tabernas en el siglo XVIII? No tenía ni idea. Vi a un hombre que entraba acompañado de dos mujeres y entré tras ellos, uniéndome al pequeño grupo.

Una vez dentro circundé con la mirada y vi a Jūgo sentado en la mesa que daba a la plaza. Me había estado vigilando todo el tiempo. Lo supe por la mirada que me dirigió. Me apresuré y me senté en su mesa depositando la pesada cesta a nuestros pies. El olor a humanidad, a humo, a alcohol y comida hizo que me lloraran los ojos.

—Es para los niños —expliqué.

—Lo sé —contestó él.

Pidió al tabernero dos platos de comida y bebida, sin consultarme qué es lo que quería tomar yo. Me imaginé que tampoco habría mucha opción y desde luego ninguna carta con platos recomendados. Sin embargo, descubrí con sorpresa que me sentía cómoda allí. Era el primer sitio que verdaderamente me resultaba familiar. El sonido de la gente hablando, el olor picante del tabaco de pipa mezclado con los aromas que surgían de la cocina hacía que todo resultara demasiado parecido a un pub de mi época.

Nos sirvieron dos cuencos de lo que parecía sopa con algún tropezón que no supe identificar. La olisqueé con cuidado y la probé con más cuidado aún. Estaba sabrosa y durante unos minutos nos concentramos en nuestra comida. Me serví de la jarra de agua en una taza de peltre, estaba ligeramente oscurecida y olía un poco a alcantarilla. La deseché y me serví de la jarra de cerveza.

—¿Qué es un teléfono? —preguntó Jūgo al descuido bebiendo de su jarra dejándome totalmente sorprendida.

—No sé, ¿qué es un teléfono? —contesté con otra pregunta actuando como la gallega que era y ganando algo de tiempo para pensar. El corazón había comenzado a latir muy deprisa y temí que mi rostro le indicara que estaba ocultando algo.

—Dímelo tú. Fue eso lo que pediste cuando te encontré. Dijiste que lo necesitabas para avisar a tu hermana.

—No lo recuerdo, quizá me refería a otra cosa. Como habrás podido observar vuestro idioma no lo manejo demasiado bien, y puede que confundiera una palabra con otra —respondí enterrando mi mirada en la jarra.

Pude notar su mirada incrédula sobre mí, pero no levanté el rostro.

—¿Y tu hermana? Dijiste que vivía aquí. Sin embargo, ahora no parece importarte mucho encontrarte con ella —volvió a insistir.

Me estaba interrogando. Me había traído hasta allí para que en un ambiente más relajado le dijera realmente quién era. Maldije en silencio no haberme dado cuenta de la treta. Hasta yo solía utilizarla con algún cliente excesivamente nervioso, le sonreía y le invitaba a tomar algo en la cafetería de debajo de mi despacho. Solía surtir efecto, casi siempre.

—Es cierto que me tenía que encontrar con ella aquí, pero cuando llegué a la casa donde se hospedaba ya se había ido —respondí con cautela.

—Entonces ¿qué te retiene en Edimburgo y en mi casa?

Decidí mostrarme sincera, al menos algo sincera.

—No tengo adónde ir —contesté levantando los ojos y mirándole directamente—, como ya te expliqué. Ella se ha ido y creo que lo mejor será esperarla hasta que vuelva.

—¿Adónde ha ido?

—Lo desconozco. Tenía asuntos que tratar aquí, así que supuse que lo mejor sería esperarla por si aparecía. —Volví a bajar los ojos al líquido marrón.

—¿Vendrá a buscarte?

—Espero que sí —respondí deseando que fuera verdad.

—¿Cómo sabremos que es tu hermana?

Esta vez le sonreí de forma sincera.

—Es fácil, somos gemelas idénticas.

—¿Hay otra como tú? —Parecía realmente sorprendido y escandalizado.

—Sí. ¿Por qué? —pregunté molesta.

—Porque todo sería mucho más fácil si fueras gorda, fea y con la cara picada de viruela —dijo algo compungido.

—Ya, pero no lo soy.

—No, no lo eres —contestó en el mismo tono de antes. Bebimos un momento de nuestras cervezas en silencio.

—¿Por qué dejas que te utilice así? —pregunté de repente. Él supo perfectamente a quién me refería y me miró con gesto de sorpresa por mi osadía verbal.

—Porque se lo debo. Podría haberse deshecho de mí como han hecho otras antes que ella, y no lo hizo. Me mantuvo a su lado. No conozco otra vida —explicó con algo de tristeza en la voz. Entendí su sumisión, era la misma que había visto en Annie y en el resto de los niños.

—Eso no debería ser suficiente —contesté yo.

Un gruñido brotó de su garganta, pero no dijo nada. Noté su incomodidad y cambié de tema.

—¿Es normal que haya tanta gente? —pregunté dirigiendo mi mirada hacia el exterior. El cristal era bastante opaco y estaba sucio, pero se veía toda la plaza.

—Los días de ejecuciones sí —respondió él.

—¿Van a ejecutar a alguien? —pregunté sorprendida y algo asustada.

—Sí, ¿no ves cómo se está arremolinando la gente frente al patíbulo? Van a ahorcar a un hombre.

Lo dijo con tal tono de normalidad que a mí me recorrió un escalofrío a lo largo de la columna vertebral. Volví a dirigir mis ojos hacia la plaza observando con más atención. La gente se estaba arremolinando alrededor del patíbulo con gestos de impaciencia y expectación. Desde donde estaba, en mi refugio de la taberna, podía sentir la excitación morbosa de la muchedumbre. Sentí asco y a la vez el mismo deseo de ver con mis propios ojos la ejecución de ese hombre.

—Tenemos que irnos —dijo dejando unos peniques sobre la mesa. Se levantó cogiendo la cesta y yo lo seguí.

Cuando salimos afuera la muchedumbre nos atrapó y nos quedamos momentáneamente parados en la puerta de la taberna. El carro con el hombre que iban a ejecutar pasó justo a nuestro lado, escoltado por dragones ingleses. No pude reprimir un sentimiento de terror al ver de cerca el uniforme de mis pesadillas, sin embargo, ninguno de los soldados tenía el rostro que había visto en la carretera de Culloden. Fijé mi vista al igual que todos en el hombre que iba sobre la carreta, un joven de no más de veinte años vestido con el atuendo escocés y encadenado por grilletes. Su gesto demostraba temor, pero tenía la mirada perdida en algún punto en el horizonte, como si estuviera resignado a su incierto futuro. Susurraba en silencio, seguramente estaba rezando, y me sorprendí haciéndolo yo también. Varios objetos volaban en su dirección, entre ellos una pequeña col que rebotó a nuestra espalda. No se sabía muy bien a quién iban dirigidos, si a los soldados o al hombre condenado.

Ese era verdaderamente el caldo de cultivo de la rebelión y no las reuniones de gente frente a una baraja de cartas que no tenía más que perder que un poco de dinero. Pude sentir perfectamente el odio de la gente hormigueándome sobre la piel, atrapándome y arrastrándome junto a ellos. Estaba tan concentrada viendo cómo bajaban al hombre de la carreta junto al patíbulo que no me percaté de que otra figura se había unido a nosotros.

—Ella no debería estar aquí —dijo una voz en tono brusco con un leve acento francés.

Levanté la vista y vi a monsieur Courtois dirigiéndose a Jūgo.

—No quiero irme —exclamé sorprendida de desear verdaderamente quedarme a ver el terrible espectáculo.

—Es un MacKinnon —dijo Jūgo.

—Lo sé —contestó el francés.

Ambos hombres se miraron. MacKinnon, un clan de las Highlands, donde se había fraguado la rebelión. No, más bien donde se estaba fraguando la rebelión. Pequeños e insignificantes actos como el que estaba a punto de presenciar y que nunca aparecerían en los libros de historia eran los que propiciarían la guerra.

—¿Qué ha hecho? —pregunté. Vi que la espalda del hombre, cubierta por una camisa raída, estaba manchada de sangre, lo que indicaba que también lo habían azotado.

—Está condenado por asesinato —contestó monsieur Courtois—, mató a un inglés. —Esto lo dijo en tono tan despectivo que lo miré con los ojos entrecerrados.

Me fijé que dos dragones arrastraban a una mujer encadenada a un cepo y la situaban junto al patíbulo. Ahogué un gemido. Yo misma, en un viaje de recreo a la isla de Malta, me había introducido en uno de aquellos instrumentos de tortura situado en la entrada de un palacete de la Orden de Malta para sacarme la consabida foto de recuerdo. Ahora podía sentir en mi propia piel el roce y el peso de la madera maciza sobre mi cuello y mis manos.

—¿Y ella? —volví a preguntar.

—Solo le cortarán las orejas —explicó Jūgo.

—¿Solo? —exclamé yo con la voz demasiado aguda. Bueno, comparándolo con perder la cabeza, quizá no fuera demasiado. Ahora ya no me parecía tan pintoresco y gracioso el insulto que le había dirigido madame La Marche al vendedor de licores dos días antes.

—Adulterio y prostitución —dijo esta vez el francés.

La mujer gemía y suplicaba algo a los guardias. Me puse de puntillas. Aunque superaba la altura media, me costaba entender lo que decía.

—¿Qué dice? —pregunté otra vez.

—Pide agua —explicó el francés—, probablemente lleve sin beber ni probar bocado más de dos días. Es por los guardias de Tolbooth, así tienen menos que limpiar después. —Hizo una mueca de desagrado. No supe si dirigida a los guardias o al hecho en sí mismo. Tolbooth, la famosa prisión escocesa que yo no había llegado a conocer ya que se destruyó en 1817, demasiado tarde, o quizá demasiado pronto.

Sin pensármelo dos veces, me volví y entré corriendo de nuevo a la taberna, me dirigí a nuestra mesa, que seguía vacía. Las monedas habían desaparecido pero la jarra de agua estaba sobre la mesa. La cogí y serví un poco en lo que había sido mi vaso. Salí con él fuertemente agarrado entre las dos manos.

Ambos hombres me esperaban en la puerta con idénticas expresiones de enfado.

—¿Qué haces? —espetó Jūgo.

—Voy a darle agua. Lo que le van a hacer es inhumano, y negarle un poco de agua es de seres miserables y ruines —respondí con fiereza.

—No lo harás —dijo el francés sujetando con demasiada fuerza la cabeza de águila de su bastón y negando con la cabeza.

—¡Oh, sí que lo voy a hacer! —contesté desafiante abriéndome camino entre la muchedumbre sudorosa y excitada.

Noté cómo el francés me seguía evitando que me tiraran al suelo. El hedor era tan insoportable que me obligué a respirar por la boca ahogando las arcadas biliosas que llegaban a mi boca.

Llegué hasta la mujer y le ofrecí el vaso sujetándoselo para que pudiera beber. Un soldado intentó impedirlo, pero monsieur Courtois lo paró. Comenzaron a llover objetos en nuestra dirección. Una piedra del tamaño de un huevo de gallina me golpeó el hombro y me volví mirando con tanto odio como ellos mostraban.

—¡Dad de beber al sediento! —les grité enfurecida—. ¿No habéis leído la Biblia? Hasta nuestro Señor al ser crucificado recibió de un soldado romano un paño empapado en hiel y vinagre para que calmara su sed.

Mis palabras recordadas de pronto de mi educación en un colegio de monjas hicieron que los de las primeras filas retrocedieran un poco, lo que nos dio la oportunidad a monsieur Courtois y a mí de regresar junto a Jūgo. Recorrí los pocos metros que nos separaban protegida por el cuerpo del francés, sintiendo los empellones y pellizcos que me daba la gente a mi paso, incluso recibí un escupitajo que aterrizó en mi mejilla y se deslizó hasta caer sobre mi camisa. Me volví con la mano en alto, en la que todavía agarraba fuertemente el vaso y lo dirigí contra la cara del que había osado utilizarme de diana. El vaso estalló en su cara rompiéndose por la fuerza del impacto y noté que gotas de sangre salpicaban por todos lados. El abrazo del francés se hizo más fuerte y me cogió casi en volandas, llevándome fuera del núcleo de lucha.

Me depositó junto a Jūgo, que me sujetó de un brazo y me zarandeó con demasiada fuerza.

—Pero ¿qué demonios has hecho? —preguntó acercando su rostro solo a unos milímetros del mío, con lo que pude oler su aliento agrio.

—Lo correcto —respondí soltándome de su brazo.

Monsieur Courtois me miraba fijamente con una mezcla de alivio, furia y ¿admiración? que no pude entender, mientras se recolocaba la peluca torcida y manchada por algo que parecía huevo crudo. Parecía tan fuera de lugar que por un instante tuve ganas de reír, y sofoqué una carcajada algo histérica que luchaba por salir de mi boca.

Sonaron los tambores y los tres nos volvimos a la vez. Le colocaron un saco sobre la cabeza al hombre que iban a ajusticiar y soltaron el mecanismo. Fue tan rápido que no reaccioné, mi mirada quedó prendida del cuerpo que se agitaba corcoveándose durante unos minutos demasiado largos, hasta quedar finalmente quieto.

—No se le ha partido el cuello, pobre diablo. ¡Malditos ingleses! —Era la voz suave del francés.

La muchedumbre se había silenciado, pero se escuchó un grito agudo que taladró nuestros oídos de forma espantosa. Provenía de una mujer que se acercó al cuerpo cayendo de rodillas frente a él.

—¿Quién es?

—Su madre. —Fue Jūgo quien habló.

Ahogué un gemido sintiendo el dolor de la mujer como mío propio y aspiré fuertemente. Lo que fue un error, ya que el hedor a excrementos y orines que provenía del cadáver colgado de la cuerda me llenó las fosas nasales de tal forma que mi estómago se rebeló contra la intrusión.

Me volví y salí corriendo a una de las calles que vi casi vacías de gente. Me apoyé con ambas manos en la pared y bajé la cabeza conteniendo las arcadas.

Los dos hombres llegaron junto a mí al momento.

Había visto escenas mucho peores y bastante más terroríficas en la televisión, incluso unos días antes había visto en un telediario la escena de la lapidación de una mujer en Afganistán, pero nada me había parecido tan terrible, tan obsceno, tan macabro y tan cruel como lo que había visto esa tarde. La diferencia estribaba en que yo ahora era un personaje más de la historia, y no un mero espectador sentado cómodamente en mi sillón. No pude aguantar más la comida en mi estómago, me volví y vomité todo el contenido sobre unos zapatos de piel negra adornados por unas hebillas de plata labrada. Me sujeté desesperada a los bordes del jubón del dueño de los zapatos a punto de caerme al suelo. Todo me daba vueltas y sentía cómo la oscuridad se iba acercando rodeándolo todo con una bruma tenebrosa.

—¿Se va a desmayar? —preguntó Jūgo.

Fue lo último que escuché llegando de forma amortiguada a mis oídos, a la vez que pensaba que cuando Jorge Manrique había dicho que «cualquier tiempo pasado fue mejor», estaba completamente equivocado.

Cuando desperté estaba sobre el suelo y dos pares de ojos me miraban con preocupación. Seguía en el mismo sitio. Nada había cambiado. Algo me rozó la cara y lo aparté. Abrí los ojos otra vez, era un pañuelo de lino blanco con unas iniciales bordadas. Lo cogí y me lo puse sobre la nariz aspirando el olor floral y sintiendo que volvía a la consciencia.

Intenté incorporarme y dos pares de manos me ayudaron a levantarme del todo. Me tambaleé y monsieur Courtois, el propietario del pañuelo, como deduje por su olor, me sujetó con fuerza de un brazo impidiendo que volviera a caer.

Me sacaron de allí y me llevaron con cuidado hasta el prostíbulo, ahora mi hogar. Yo no solté el pañuelo, aferrándome a él con tanta intensidad que pronto lo convertí en un guiñapo.

Me introdujeron en la cocina y Jūgo me ofreció lo que parecía whisky en un vaso de cristal opaco. Lo cogí y lo bebí en dos tragos sintiendo que el fuego atravesaba mi garganta dolorida y se aposentaba como un ladrillo en mi estómago vacío. Sin embargo, pronto comencé a recuperar el color y ya no tenía los miembros tan débiles. Me incliné sobre la mesa y crucé los brazos, apoyando mi cabeza entre ellos. Comencé a llorar, primero quedamente y luego con fuertes sollozos que atravesaban mi cuerpo como lanzas. No sabía muy bien por qué lloraba, si por el hombre ahorcado, por su madre, por la mujer a la que habían cortado las orejas o por mí misma. Lo único que sabía es que no podía dejar de llorar.

Ninguno dijo nada hasta que me calmé. Erguí la cabeza y me sequé las lágrimas con el pañuelo, que dejó un rastro ligeramente perfumado.

—Estoy bien —dije roncamente sin saber si le importaba a alguien.

—Es la primera vez, ¿no? —preguntó el francés cogiendo el pañuelo.

—Y espero que la última —respondí.

En ese momento entró madame La Marche, quedándose parada observando la escena. Comenzó a despotricar rebuscando entre la cesta lo que había comprado esa mañana y quejándose de lo tarde que habíamos vuelto. Tenía a los dos hombres a mi espalda, pero aun así pude notar la tensión que invadió a ambos.

Yo cogí una de las cebollas que había desperdigado sobre la mesa y un cuchillo con mango de madera que había en un lateral. Lentamente, completamente ajena a su diatriba y con excesivo cuidado quité la capa marrón y más dura que cubría el vegetal y con un golpe seco partí la cebolla por la mitad haciendo una muesca en la superficie de la mesa.

Madame La Marche cesó su discurso y me miró fijamente. Yo levanté la mirada y me encaré a ella.

—Si vuelve a intentar tocarme como lo ha hecho esta mañana, les haré a sus dedos lo que he hecho con esta cebolla. Y tenga por seguro, señora —dije con calma y remarcando la última palabra—, que disfrutaré mucho haciéndolo.

Todos se quedaron en silencio. Me levanté tranquilamente, cogí el paquete para los niños y, sin dirigir la mirada a nadie en particular, salí y cerré la puerta a mi espalda. Ya no me importaba nada. Tenía que sobrevivir, y si para ello tenía que luchar, lo haría, ya no tenía duda.

Subí despacio a mi habitación, pero al pasar por la de la mujer convaleciente la puerta se abrió y un brazo me arrastró al interior.

Yo la miré creyendo que buscaba ayuda. Estaba vestida solo con un camisón amarillento, manchado de sangre, y la habitación olía a rancio, y a muerte. Un olor demasiado familiar. Me quedé mirándola esperando una reacción por su parte. No parecía estar demasiado enferma, aunque su rostro estaba enrojecido, su piel estaba fría al contacto.

Comenzó a hablarme en francés demasiado rápido. La interrumpí.

Je ne parle pas français —dije con una pronunciación horrorosa.

Ella retrocedió un paso y se me quedó mirando rascándose la barbilla con una expresión de duda brillando en sus ojos. Luego se acercó y cogió mi rostro girándolo a la luz de las velas para verlo mejor.

Volvió a hablar en francés, un poco más calmada.

Negué con la cabeza. No la entendía por mucho que se esforzara. Lo único que pude captar fue lady Arabella.

—¿Lady Arabella? —repetí con cautela.

Oui, oui! —exclamó ella triunfante.

Le hice un gesto de asentimiento y abandoné la habitación.

¿Quién demonios era lady Arabella? Igual era alguna de las mujeres, pero no recordaba que ninguna se llamase así. Lo olvidé en cuanto entré en mi habitación.

Allí estaban los tres pequeños, les mostré el regalo y ellos lo abrieron entusiasmados. Por un momento un rayo de esperanza me iluminó. Quizá, solo quizá, no todo estuviera perdido. Mientras ellos jugaban en el suelo yo me acerqué a la ventana. Estaba oscureciendo y había comenzado a llover. Había poca gente en la calle. Me entretuve unos momentos viendo la lluvia caer, perdida en sombríos pensamientos.

Escuché la puerta de la casa cerrarse y vi salir a monsieur Courtois con paso lento acompañándose del bastón al caminar. Se había limpiado el vómito de los zapatos y se dirigió a la derecha, mirando a uno y otro lado. Yo me incliné un poco más para observar mejor. Antes de que entrara en la que Jūgo me había dicho que era la Molly House, levantó la cabeza y yo en un acto reflejo me escondí entre las sombras. Sentí un pellizco dentro de mí. Hubiera jurado que a aquel hombre le gustaban las mujeres, pero nadie que yo conociera, y mucho menos en el siglo XVIII, se habría aventurado a entrar en una casa de citas para homoxesuales si no fuera completa e inexorablemente homosexual. En ello iba su honra y algo mucho más preciado, su cabeza, ya que la sodomía estaba penada con la horca. Ahora entendía por qué me había ofrecido su casa como refugio.

Cansada y algo aturdida me acosté en la cama y, observando cómo los pequeños jugaban con su rompecabezas nuevo, me quedé dormida. Fue la primera noche en la que no hubo pesadillas ni sueños, simplemente oscuridad. Las pesadillas ya las sufría por el día, era justo que la noche fuera un poco más tranquila.