7
Los monstruos sí que existen
Desperté envuelta en las sombras de la noche. El pequeño Shinki se sujetaba a mi pelo con tal desesperación que me hizo girar la cabeza. Lloriqueaba y se abrazó a mí.
—Chsss —susurré.
—Monstruos —contestó él entre sueños.
—Los monstruos no existen. Vuelve a dormir —susurré otra vez procurando que los demás no se despertaran, lo abracé y acaricié su espalda hasta que volvió a quedarse dormido.
Pero los monstruos sí que existían, en la figura de madama de prostíbulo, dragones ingleses e ingleses lascivos. Cerré los ojos con fuerza buscando desesperadamente una imagen que me tranquilizara. A mi mente no llegaron ni mi hermana, ni mi padre, ni Obito, sino un rostro anguloso de frente ancha y cejas pobladas sobre unos intensos ojos negros, con una nariz recta y delicada que se ensanchaba apenas al final. Y unos labios carnosos que sonreían con sinceridad, sin la hipocresía y falsedad del resto de la gente que había conocido en esta época. Sintiéndome arropada por esa imagen volví a quedarme dormida.
Sentí una mano fría golpeándome apenas la mejilla. En un duermevela, agité mi propia mano en protesta y me subí la manta hasta la barbilla. Escuché la voz de Annie que me llamaba. Abrí los ojos despacio, todavía asombrándome de que siguiera envuelta en la pesadilla que ahora era mi vida real. «¿Cuándo dejaría de asustarme al despertar?» Probablemente nunca hasta que consiguiera el tan ansiado regreso a mi mundo.
Me levanté despacio y me ajusté las cintas del corsé. El vestido ya formaba parte de mi cuerpo como una segunda piel. Ambas bajamos envueltas en el silencio de la casa al amanecer.
Desayunamos solas y una vez que terminamos, Annie me indicó con un gesto los utensilios de limpieza. Yo hice una mueca de disgusto, otro largo día arrastrada por el suelo. Esta vez me señaló el salón. La miré extrañada, ya que anteriormente no se me había permitido entrar en la sala principal, pero me encogí de hombros y traspasé las cortinas de terciopelo rojo que hacían las veces de puerta.
Una vez dentro comprendí por qué me había dejado a mí esa sala. Parecía que había pasado un huracán. Los sillones y sillas estaban desperdigados por el suelo, algunas pequeñas mesas también, y la mesa central estaba tan llena de restos de comida y bebida que tardaría una eternidad en limpiarlo todo. Armándome de paciencia comencé la ardua tarea de organizarlo todo.
Cuando había terminado de colocar los objetos en lo que pensaba que era su sitio original y retirado los restos de la mesa llevándolos a la cocina, me paré un momento a observar con detenimiento el enorme mural pintado al óleo que presidía la sala. Había algo familiar en él, pero no conseguía recordar el qué. Me acerqué y lo observé con más atención. Se trataba del Rapto de las Sabinas, pero no la versión que yo recordaba del cuadro de Jacques-Louis David, sino una más libre y más libertina, por no decir obscena. Las sabinas parecían ceder a los encantos de los romanos, en vez de luchar contra su destino, se rendían ante ellos ofreciéndoles su cuerpo. Todo el mural estaba adornado por escenas sexuales, algunas bastante más explícitas que otras. Me quedé mirando fijamente a una pareja entrelazada, que se asimilaba más a una imagen del Kamasutra que a cualquier otra cosa que yo hubiera visto hasta el momento. Giré la cabeza hacia la derecha para ver mejor, a la vez que me acercaba un poco para analizar la imagen.
—¿Cómo conseguirán hacerlo en esa postura? —musité.
Escuché un carraspeo discreto a mi derecha y me sobresalté irguiéndome.
—Curioso mural, ¿no? —preguntó una voz de barítono con acento francés y claramente divertido.
—Bueno, yo no diría que curioso, más bien explícito —respondí con cautela.
Él rio llenando la habitación con un sonido claro y ronco a la vez.
—Cierto. No se parece mucho al original de Poussin. ¿Lo conoces? —preguntó con un brillo en los ojos.
Recordé la pintura de Nicolás Poussin a la que hacía referencia, que se había pintado unos cien años antes, y pertenecía al estilo realista, de líneas más sobrias que la posterior de Jacques-Louis David. Pero claro, él no podría conocer esta segunda, ya que el pintor no había nacido todavía.
—Sí, la he visto —contesté. Él enarcó las cejas oscurecidas un tanto sorprendido. Me di cuenta del error al momento. Yo en mi tiempo la había visto en el Louvre, en el siglo XVIII no tenía ni idea de dónde podía estar. Quizás en el domicilio de algún mecenas o coleccionista particular, que él sí que conociese. Sin embargo, no hizo observación alguna, lo que tranquilizó los latidos de mi corazón acelerado.
—Siento mi comportamiento de ayer —dije cambiando de tema bruscamente, al tiempo que trataba de eludir posibles preguntas incómodas.
—Oh, no hay problema. Los zapatos se recuperaron sin daño alguno —respondió con un gesto de la mano indicando que era de poca importancia. Dado cómo vestía y el dinero que manejaba, seguro que tenía bastante más de un par y de dos de ese tipo de zapatos.
»Sakura.
Me volví hacia él.
—¿Sí? —inquirí mirando su atractivo rostro.
—¿Cómo estás? —dijo suavemente.
Nadie me había hecho esa pregunta en cuatro días y de repente tuve ganas de llorar otra vez y algo invisible apretó mis cuerdas vocales impidiendo por un momento que pudiera contestar.
—Bien —dije con voz ronca.
—No deberían permitir que las mujeres vieran las ejecuciones —exclamó él.
—No debería haber ejecuciones —respondí yo.
—Nunca has visto morir violentamente a un hombre. —No fue una pregunta, sino una afirmación.
Sí lo había visto, pero no de forma real, así que no contaba.
—No, nunca, y espero no tener que volver a verlo —exclamé con algo de vehemencia.
—Sí, pero en los tiempos que corren puede que eso no sea tan sencillo —respondió él frotándose la barbilla y levantando una pequeña nubecilla de polvo de arroz a su alrededor. Ahí me di cuenta de que no estaba demasiado familiarizado con el maquillaje. Nadie que se maquillara a diario trataría así su rostro.
—Sin embargo, espero poder evitarlo —dije deseando poder regresar cuanto antes a casa.
—Te deseo suerte, ma petite —contestó despidiéndose con una inclinación de cabeza en un leve gesto de asentimiento.
Terminé de limpiar y salí a la cocina. Allí se encontraban las seis mujeres reunidas, algunas vestidas para salir, otras con las batas cubriendo su desnudez. Me senté con ellas a comer.
—¿Has estado con monsieur Courtois? —me preguntó directamente una mujer morena con mirada leonina.
—Sí, lo he visto en el salón —contesté cogiendo la cuchara y metiéndola en el guiso.
—¿Y qué tal es? —volvió a preguntar.
—Oh, un hombre muy atento —respondí yo algo desconcertada metiéndome la cuchara con el guiso en la boca.
Cruzaron miradas entre ellas y alguna esbozó una pequeña sonrisa.
—En el lecho —dijo finalmente la rubia de los tirabuzones.
—¿En la cama? —pregunté sorprendida soltando la cuchara—, no lo sé. Eso deberíais preguntároslo vosotras. Parece ser un cliente habitual.
—Sí, lo es, pero no ha estado con ninguna de nosotras. Tú pareces ser la única que le interesa. Estos tres días ha estado más por aquí que todo el mes anterior.
—¿Ah, sí? —pregunté con una mezcla de escepticismo y emoción contenida.
—Quizá tenga el mal francés —sugirió otra.
—¿El mal francés? ¿Qué es eso? —inquirí curiosa.
—Sífilis —contestó la morena.
—¡Ah! —respondí yo asustada apretando mis muslos en un acto reflejo.
—Aunque madame La Marche se cuida mucho de examinar a los clientes, siempre por un puñado de monedas más podría hacer la vista gorda —repuso otra vez la morena.
—Calla, Grizel, no hables así delante de ella —le reprendió una pelirroja.
—¡Bah!, ella parece tenerle la misma simpatía que nosotras —repuso encogiéndose de hombros la morena.
Yo en realidad tenía otra teoría. El hombre francés no se interesaba por ninguna de nosotras porque en realidad el género femenino no le interesaba de ninguna manera. Pero no iba a desvelar el secreto de ese hombre, el único que me había ofrecido su ayuda de forma voluntaria y sin exigir nada a cambio.
—Pues yo me dejaría hacer de todo, aunque tuviera el mal francés —dijo la morena—, ¿os habéis fijado en el cuerpo que tiene y esos ojos? ¡Hummm!
Rieron y siguieron comentando aspectos de monsieur Courtois haciendo que mi rostro enrojeciera por momentos hasta alcanzar el color de las granadas maduras.
Sin participar más en la conversación y sin ser requerida en ningún otro sitio, me levanté en silencio y abandoné la cocina para dirigirme a mi habitación. Me tumbé en la cama sin nada que hacer y al poco me quedé dormida.
Me despertó un grito agudo, un grito de auxilio. Me levanté de un salto asustada y salí al pasillo. Había anochecido y se escuchaba gente en el salón principal, pero el grito no venía de abajo, sino de la habitación de madame La Marche. Me dirigí hacia allí y pegué la oreja en la puerta. Por un momento no escuché nada, estaba a punto de retirarme cuando oí claramente la voz de Annie protestando.
Sin pensarlo dos veces, abrí la puerta y me quedé mirando la escena con una furia y sorpresa apenas contenida en mi mirada.
Lord Collingwood estaba sobre Annie, que descansaba en la cama, con el vestido levantado y sofocada. Él se había despojado de su jubón y tenía la camisa suelta y los pantalones bajados, dejando ver un trasero blanco y peludo. Contuve un gesto de asco.
—¡Apártese de ella, degenerado, es solo una niña! —grité apretando los puños a mis costados y mostrando toda la furia que sentía en mi rostro.
Él se volvió sorprendido, no había advertido mi presencia. La cabeza de Annie se volvió y me miró asustada. Se había maquillado y peinado como una de las meretrices, su rostro aniñado parecía una caricatura de sí mismo.
—¡Ah, eres tú! ¿Quieres unirte a la fiesta? —preguntó el inglés incorporándose y situándose frente a mí, mientras se subía los pantalones y los ataba a su cintura.
Por el momento había conseguido distraer su atención de la pequeña, que se acurrucó en la cama bajándose el camisón hasta los tobillos. Me pregunté si podría con él. Era un hombre de mi misma altura, pero parecía fuerte. Intenté recordar los movimientos de defensa y ataque aprendidos de mi entrenador de kick boxing. No me dio tiempo a pensar más.
Alargó un brazo y me atrajo hacia él. Yo me revolví y me solté lanzándole un golpe adonde supuse estaba su hígado. Él se encogió, pero no debí de golpear con suficiente fuerza ya que me agarró de pronto y me tiró al suelo, lo que me dejó aturdida por un momento. Momento que él aprovechó para caer sobre mí e inmovilizarme con su cuerpo.
—¡Qué suerte! Dos por el precio de una —susurró a mi oído. Pude oler su aliento alcohólico y aguanté la respiración asqueada.
Me retorcí e intenté salir de debajo de él, pero el vestido que llevaba impedía bastante mis movimientos. Intenté otro golpe en el costado con el puño derecho, pero él lo esquivó divertido y apretó más su cuerpo sujetándome la mano con una garra de hierro. Se frotó lascivamente sobre mí y noté su erección. Era un hombre violento y estaba borracho. Una combinación muy peligrosa.
Me liberé pataleando del peso de la falda y las sayas y le propiné una patada en la entrepierna que le hizo maldecir. No me dio tiempo suficiente a huir, su mano me abofeteó con fuerza dejándome dolorida y aturdida. Viendo que no tenía otra salida solté un grito que murió al sentir su boca húmeda sobre la mía. Yo cerré fuertemente los labios y él me mordió el inferior obligándome a abrir la boca. Noté el sabor metálico de la sangre, mi sangre, y ahogué una arcada. Manoteé otra vez intentando liberarme y su mano fue directamente a mi cuello y comenzó a apretar. Estaba asfixiándome, mis ojos veían estrellas de colores y todo comenzó a difuminarse alrededor. «Piensa, Sakura, sobrevive y lucha». Giré la cabeza a punto de perder el conocimiento y vi a un metro de mí, debajo de la cama, el orinal de madame La Marche. Extendí mi mano intentando alcanzarlo, pero no llegaba por apenas unos centímetros. Sentí que la oscuridad amenazaba con alcanzarme y boqueé algo de oxígeno viciado infundiendo algo de fuerza a mis pulmones agotados. Unos ojos marrones asustados me observaban desde el otro lado de la cama en el suelo. Era Shinki, que reptó como una lagartija, y empujó el orinal hasta mi mano. Lo cogí y con la poca fuerza que me quedaba lo estallé con fuerza sobre la cabeza de mi agresor.
Trozos de porcelana volaron en todas direcciones y bruscamente se aflojó la mano sobre mi garganta y su cuerpo quedó laxo sobre mí. Rodé hasta quedar libre y me levanté tosiendo e intentando recuperar el aliento.
Me senté y le tomé el pulso. Todavía latía, pero era lento e irregular. Tenía una profunda herida en la nuca que manaba sangre como de una fuente. Cogí una pequeña colcha a cuadros que reposaba sobre la cama y la apreté haciendo presión sobre la herida.
El pequeño Shinki se había materializado a mi lado. Annie seguía sobre la cama con gesto asustado.
—¿Está muerto? —preguntó Shinki.
—Todavía no —contesté yo temblando. No sabía qué hacer. De repente recordé las palabras de monsieur Courtois.
—¿Sabes dónde vive monsieur Courtois? —inquirí con desesperación a Shinki.
—¿Jean-Jacques?, sí —respondió él.
—¿Sabrías ir a buscarlo?
—Sí.
—¿Seguro?
—Sí —repitió algo fastidiado por que dudara de su capacidad.
—Dile que lo necesito. No le expliques qué ha pasado. Solo dile que necesito su ayuda y tráelo aquí lo más rápido que puedas. Y, por favor, que no te vea nadie de la casa —expliqué de forma atropellada.
—Lo haré —dijo desapareciendo como alma que lleva el diablo.
Me incorporé con cuidado masajeando mi cuello dolorido y me senté junto a Annie.
—¿Te ha hecho daño? —pregunté suavemente.
—No. ¡Sí! —corrigió echándose a llorar.
Yo me incliné sobre ella para abrazarla y recibí una fuerte bofetada por su parte.
—¡Idiota! —gritó—, ¡lo has estropeado todo!
—¡¿Qué?! —repuse sorprendida y disgustada posando mi mano en la mejilla.
—Me iba a hacer una mujer, y ahora lo has matado. Lo has matado —repitió como si yo no lo hubiese escuchado la primera vez.
—Eres solo una niña —repuse yo intentando tranquilizarla y esperando que el hombre finalmente no muriera.
—¡No! Ya sangro. Soy una mujer y él me quería a mí y no a ti. Había pagado mucho dinero y me dijo que me ayudaría a salir de aquí. ¡Lo has estropeado todo desde que llegaste! ¡Maldita seas! —exclamó con odio.
Oculté la indignación y el miedo que sentía por las consecuencias de mi acto, por intentar volver a consolarla.
—Annie, no tenías que hacer esto. Hay otros caminos —le expuse.
—No, no los hay. No entiendes nada. Desde que llegaste he tenido mucho más trabajo. Tuve que aclarar todas las sábanas y tenderlas. Todos pensáis que no sirvo para nada más que para limpiar, pero yo soy algo más. Y tú eres idiota, hasta apagaste el fuego de la habitación con la jarra de agua. ¡Eres estúpida! ¿A quién se le ocurre? No podremos volver a utilizar los troncos hasta que se sequen, y pasarán años. Madame La Marche me castigó por tu culpa. —Comenzó a llorar.
—Sí —dije yo con una voz que no sentía como mía—, soy estúpida, completa y totalmente estúpida, ¿todo esto es por unas sábanas y un fuego? Casi mato a un hombre creyendo que te salvaba, cuando tú estabas deseando entregarte a él. Desde luego, Annie, tienes toda la razón. Soy idiota.
Bajé de la cama y comprobé la herida de lord Collingwood, seguía sangrando profusamente. Volví a aplicar presión sobre ella. Si no dejaba de sangrar moriría en cuestión de minutos. Visiones de la prisión de Tolbooth y de la horca me vinieron a la mente haciendo que mis manos temblaran sobre la herida.
En ese momento apareció monsieur Courtois en la habitación. Respiraba agitado, pero su rostro estaba tranquilo. Tomó el mando de la situación en un instante. Se acercó a lord Collingwood y comprobó su estado. Hizo una mueca que no auguraba nada bueno.
—Annie, baja de la cama. Presiona la herida de lord Collingwood hasta que ya no sangre. Shinki, busca al cirujano, con discreción. ¿Podrás hacerlo? —preguntó monsieur Courtois.
—Sí, lo haré —contestó él cogiendo las monedas que le ofrecía el francés.
—Sakura, tú vendrás conmigo. Tengo que sacarte de aquí lo más rápidamente posible —dijo cogiéndome de la mano.
Yo me arrodillé frente a Shinki. Lo abracé y le susurré al oído: «Gracias, cuídate mucho, pequeño.» Me levanté y seguí al francés sin pensar en nada más.
Salimos al pasillo vacío y nos encaminamos escaleras abajo. A mitad de camino nos topamos con la mujer morena de ojos leonados que subía abrazada a un hombre en estado etílico.
—¡Vaya, española! Al final has sucumbido a los encantos del francés —dijo con malicia.
Yo no contesté, pero escondí mi rostro en el pecho de Jean-Jacques, ocultándolo, ya que mi expresión lo debía de decir todo. Noté los latidos de su corazón a través de la tela y me aferré con más fuerza, él pasó su mano alrededor de mi cintura.
—Bueno —contestó él con calma y algo de sorna—, he pagado mucho por ella.
—Yo te lo haría gratis, cielo. Búscame cuando termines con esa —dijo de forma sensual.
—Lo haré, chéri —contestó él.
Una vez que pasaron me deshice de su abrazo y continuamos la huida. Salimos a la noche fría y de repente me quedé parada.
—¿Qué ocurre? —preguntó impaciente Jean-Jacques.
—No puedo irme de esta casa —repuse yo.
—¿Por qué? —inquirió él mirándome fijamente.
—Porque... No puedo explicártelo, pero no puedo irme —repuse con tristeza.
—Mira, Sakura, si no vienes conmigo, saldrás dentro de unas horas con el alguacil, directa a Tolbooth. Pero si es eso lo que deseas... —expuso de forma tranquila, pero insistente.
—No, no, vamos —contesté sintiéndome verdaderamente asustada.
Nos deslizamos en la noche oscura. Yo me amoldé a su paso más lento debido a la cojera. Y pronto llegamos a otra casa, similar a cualquier otra de Edimburgo. Empujó la puerta, que estaba abierta, y me cogió del brazo introduciéndome dentro.
Me encontré en una especie de salón. El fuego ardía caldeando la habitación, pero aquella era la única luz de todo el espacio. Me indicó un sillón tapizado cerca de la chimenea y me pidió que esperara. Él salió disparado escaleras arriba, con una velocidad asombrosa teniendo en cuenta su cojera.
Me senté un momento en el sillón y me levanté sin poder estarme quieta. Comencé a dar vueltas por la habitación sin ningún tipo de orden, andaba y retrocedía retorciendo mis manos, que temblaban al igual que mi cuerpo entero.
«¿Qué había hecho?» Dios mío, casi había matado a un hombre. Quizá ya hubiera matado a ese hombre. Recordé la sangre que manaba de su cabeza y me abracé con fuerza reteniendo el escalofrío de terror que me invadió. Intenté pensar con calma. ¿Qué habría hecho si esto me hubiera ocurrido en mi época? Lo primero, no huir de la escena del crimen. Eso habría supuesto otro delito añadido, la omisión de socorro. Podría aducir defensa propia o enajenación mental transitoria. La segunda opción parecía la más adecuada, dado el estado de turbación en el que me encontraba desde que llegué allí. Estaba empezando a darme cuenta de lo grave que era la situación.
Paré ante un aparador de madera labrada donde reposaba una licorera de cristal con un líquido ambarino. La abrí y olí suponiendo que fuera brandy. Era whisky. De una forma casi desesperada busqué en el armario algo que sirviese como vaso. Lo encontré en cuanto abrí la primera puerta y lo cogí sirviéndome una gran cantidad de whisky, por mí podía ser matarratas, me habría dado igual. Bebí como si en ello me fuera la vida, quería beber hasta olvidar lo que había hecho, dónde estaba y hasta quién era yo. Con el segundo vaso la habitación comenzó a tambalearse y yo a sentirme un poco mejor. Por lo menos ahora eran los objetos los que temblaban y no yo.
La puerta se abrió dejando paso a una corriente de aire frío y a un escocés alto que se frotó las manos en cuanto traspasó la puerta dirigiéndose a la chimenea. Yo me quedé un momento observándolo creyendo que era producto de mi imaginación. Cuando se sentó profirió un largo suspiro de satisfacción.
Me dirigí hacia él poniéndome en un ángulo en el que fuera visible.
—¿Quién eres? —pregunté titubeando.
—¿Yo? —contestó él levantándose de un salto y mirándome como si fuese un fantasma.
—Sí, tú —insistí dirigiéndole un dedo acusador, mientras con la otra mano sostenía el vaso.
—Itachi Otsutsuky, a su servicio... ¡Hummm! ¿Señora? —exclamó él haciendo una pequeña reverencia.
No me tomé como un insulto la insinuación, ya que mi aspecto distaba mucho de ser el de una señora, con el vestido roto y manchado de sangre.
—Sakura Haruno —contesté inclinando la cabeza, lo que hizo que la habitación girara como un tiovivo en una feria y yo trastabillase. Noté un brazo que me sujetaba y levanté el rostro hacia él. Era un hombre atractivo, moreno, con la cara ancha y fuerte y unos brillantes ojos negros que me miraban divertidos.
—Y bien, Sakura Haruno —pronunció mi nombre en castellano, y yo tuve ganas de llorar, era el primero que lo hacía en días—, ¿trabajas para Jean-Jacques?
—Hummm, algo así —repuse de forma evasiva, dando un paso atrás huyendo de la mirada demasiado directa de ese hombre.
Él se volvió y se dirigió al aparador, cogió un vaso y se sirvió del mismo whisky que yo bebía. Estaba claro que era habitual en aquella casa. Escuché los golpes en las escaleras que indicaban que Jean-Jacques bajaba y ambos nos volvimos hacia allí. Si él se sorprendió de ver al escocés, no lo demostró en su gesto impertérrito, como siempre.
—Itachi, hace tres días que llegó el Lady Arabella —dijo algo brusco.
Puse atención. ¿Lady Arabella? ¿Era un barco, entonces? Era ese el mensaje de la mujer del prostíbulo. ¿Tenía que haber acudido a los muelles? Pero ¿para qué? Nada tenía sentido y la cabeza me comenzó a latir de forma alarmante.
—Lo sé —respondió el escocés esbozando una sonrisa. Me fijé que tenía unos dientes blancos e iguales y un hoyuelo en cada mejilla.
—No me lo expliques, ya sé dónde estabas —suspiró fuertemente Jean-Jacques con algo de reproche en su tono de voz.
—Tenía que despedirme de ella en condiciones —contestó el escocés riendo por primera vez—, al menos durante algún tiempo —añadió entre risas—. Por lo que veo tú tampoco has estado desocupado. No es demasiado amable, pero si le limpias la mugre y le pones otro vestido, puede resultar pasable.
Me volví indignada y sorprendida por la insinuación.
—¡Pero qué...! —exclamé gritando.
Jean-Jacques se acercó a mí y me sujetó un brazo.
—Con un hombre herido ya tenemos suficiente por esta noche —susurró a mi oído, luego se volvió hacia el escocés—. Sakura es una amiga, nos vamos de viaje. Esta noche —aclaró sin explicar nada.
—Claro, ya entiendo —dijo sorbiendo de su vaso.
Estuve a punto de decir que si lo entendía me lo explicara a mí también, porque estaba bastante perdida.
—Y ¿adónde vais? Si se puede saber —inquirió.
—Al norte —contestó escuetamente Jean-Jacques.
—¡¿Qué?! —Fue el turno del escocés de sorprenderse—. No pensarás llevarla... —No terminó la frase, el francés lo interrumpió antes.
—Sí —dijo sujetándome con más fuerza el brazo. Ambos entrelazaron sus miradas con furia, hasta podía ver cómo saltaban las chispas entre los dos hombres.
—Eso no desanimará al viejo —dijo finalmente el escocés.
—Yo hago lo que quiero con mi vida. Llevo haciéndolo muchos años y no pienso cambiar ahora, por muchos planes que él tenga —repuso él con una calma que no sentía, pues yo noté la tensión de su mano.
Decidí intervenir.
—No puedo irme —exclamé en voz demasiado alta.
—¿Por qué no? —preguntaron los dos hombres a la vez mirándome, uno con furia en sus ojos negros, el otro con curiosidad.
—Porque he pensado que la mejor opción es que me entregue. No podría irme con la conciencia tranquila sabiendo lo que he hecho. Tengo que asumir las consecuencias. Quizá con una buena defensa... —No terminé la explicación.
Jean-Jacques me volteó hasta ponerme frente a él. Miró el vaso que tenía en la mano y se inclinó sobre mí olisqueando.
—¿Estás ebria? —preguntó.
—Lo intento, todavía no lo he conseguido del todo —dije dirigiéndome otra vez al aparador a llenar mi vaso de nuevo.
—A Dhia! —exclamó de pronto. Me volví sorprendida y enarqué una ceja en señal de interrogación. Eso era gaélico. Lo utilizaba Obito cuando algo le molestaba. ¿También hablaba gaélico? Pero ¿cuántos idiomas manejaba este hombre?
—¿Qué has hecho? —fue el escocés el que preguntó.
Yo me volví hacia él olvidando por un momento al furioso francés. Y de repente todo me pareció graciosísimo. Allí encerrada con dos hombres que apenas conocía, en un mundo que no era el mío, y completamente borracha. Una risa amarga brotó de mi garganta y una vez que lo hizo no pude parar de reír.
—¿Qué he hecho? Te lo contaré si quieres saberlo —dije hipando y riendo a la vez. Noté la mano de Jean-Jacques en el brazo instándome a mantenerme en silencio, pero ya era inútil, tenía que contarlo, tenía que hacerlo real—. He matado a un hombre con un orinal con dibujos de cisnes coronados en hilo de oro, algo terriblemente espantoso, el orinal, claro. Yo creía que estaba intentando violar a una niña, pero resulta que ella lo deseaba y yo solo lo fastidié todo, algo que llevo haciendo los cuatro días que llevo aquí, donde me han golpeado, pellizcado, escupido, manoseado, intentado violar e incluso me han comprado... —El tono de mi voz iba subiendo decibelios hasta alcanzar las proporciones de un verdadero grito de guerra.
—¿Y quién ha sido el idiota que te ha comprado? —preguntó el escocés inmune a toda mi diatriba.
—Yo —fue la única respuesta de Jean-Jacques en un todo brusco y desafiante.
—Pues espero que no pagaras mucho mo brathair, porque está completamente loca —repuso el escocés esbozando una mueca.
Jean-Jacques puso los ojos en blanco, y el escocés maldijo.
—Soy una asesina, una asesina —repetí riéndome como la loca que había dicho el escocés que era—, tengo que entregarme y que me ahorquen. ¡Maldita sea! Así podré acabar con todo este infierno.
Noté que lágrimas ardientes me caían por las mejillas, a la vez que no podía parar de temblar y de reír a carcajadas amargas y biliosas.
El escocés no dijo nada. Me miraba con una mezcla extraña de asombro e incredulidad. Jean-Jacques me volvió y me abrazó con fuerza. Yo intenté deshacerme del abrazo, pero no pude, ese hombre era demasiado fuerte.
Dejé de reír para centrar toda mi angustia en unos violentos sollozos. Estuve así unos minutos, hasta que escuché su voz susurrada a mi oído.
—Ya te dije una vez que si estás conmigo estarás protegida. Créeme. Sakura, déjame que te saque de aquí. —Su tono era firme, no había súplica sino una orden implícita.
—Vamos entonces —dije tristemente apartándome un poco de él—. De todas formas, ya no tengo adónde ir, ni sé adónde pertenezco.
—Le perteneces a él, Sakura. Tú misma has dicho que te compró —dijo de pronto el escocés sobresaltándome.
Lo miré con cara de disgusto.
Él emitió un sonido escocés indescifrable.
—No pongas esa cara, muchacha, he visto destinos mucho peores —sonrió mostrando todos sus dientes.
Yo mascullé un insulto, pero lo hice en voz baja y en castellano, pero Jean-Jacques me miró entrecerrando los ojos. «¿También hablaba mi idioma?»
—Vamos. Hemos perdido ya mucho tiempo —dijo cogiéndome del brazo y arrastrándome a una puerta a nuestras espaldas. Yo todavía llevaba el vaso fuertemente agarrado en una mano. Él intentó soltarlo, yo se lo arrebaté y bebí lo que quedaba de un sorbo, atragantándome y tosiendo. Escuché la risa del escocés a nuestras espaldas.
—Itachi, ¿vienes o te quedas? —preguntó Jean-Jacques furioso.
—Voy, voy —contestó el escocés dejando su vaso en el aparador—, esto no me lo perdería por nada del mundo.
Atravesamos un pequeño pasillo oscuro hasta llegar a unas cuadras, iluminadas apenas por la luz que se filtraba del exterior. El olor a estiércol y heno hizo que frunciera la nariz, molesta.
El francés dejó las alforjas en el suelo y abrió la primera puerta sacando un enorme caballo de ella. Yo retrocedí varios pasos.
—Este será tu caballo —explicó—, se llama Ciuin, es muy tranquilo, si sabes llevarlo.
—¿Y qué quieres que haga con él? —Lo miré asustándome de su tamaño.
—Montarlo, claro está, ¿no me has entendido? —Su voz era brusca e impaciente. El escocés volvió a reír con ganas.
—No, no lo haré —repuse echándome otra vez hacia atrás.
Solo había montado una vez en un caballo y todavía tenía el recuerdo de aquel paseo, si es que podía llamársele así, porque apenas salí de la cuadra el caballo se encabritó y me tiró a través de una valla sobre un moral. Estuve varios días con moratones y arañazos por todo el cuerpo, quitándome las espinas clavadas en la piel y en mi orgullo herido. El profesor de equitación le dijo a mi padre que no volviera a acercarme a ningún caballo en la vida, que lo mejor que podía hacer era comprarme una moto. Después de hacer una pequeña pausa y rascarse la cabeza, hizo otra observación: una moto no, dado mi equilibrio, lo mejor sería comprarme directamente un coche. Todavía recordaba las risas de mi hermana sobresaliendo del resto de los que cursaban equitación con nosotras. Yo seguí el prudente consejo del profesor y no me volví a acercar a un caballo en la vida, a los dieciocho me saqué el carné de conducir y comprobé que se me daba mucho mejor controlar una máquina que un animal.
—Sí que lo harás —se volvió Jean-Jacques sacándome de mi ensimismamiento y empujándome hacia la bestia gigantesca.
—No, no sé montar, me mataría nada más salir a la calle —repuse asustada.
Él masculló una maldición y el escocés siguió riendo mientras sacaba su propio caballo.
—Irás conmigo entonces —cedió finalmente el francés. Recogió a Ciuin en su cuadra y se dirigió dos puertas más a la derecha. La abrió y tiró de las riendas del animal más bello que yo había visto nunca. Un caballo enorme de piel negra aterciopelada y una profusa melena.
—¿Es un caballo? —pregunté de forma estúpida. El francés sonrió por primera vez en toda la noche.
—Sí, un frisón, Allaidh —contestó acariciando la testuz del animal susurrándole palabras ininteligibles para mí—. Vamos, te ayudaré a montar.
Me acerqué algo temerosa, puse el pie en el estribo e intenté subirme sujetándome a la silla. Me tambaleé un poco por el efecto del alcohol y porque el caballo, que notaba mi nerviosismo, no paraba de agitarse. Jean-Jacques lo calmó, puso ambas manos sobre mi trasero y me empujó con tanta fuerza que casi me lanza hacia el otro lado. Aterricé de forma brusca y algo torcida sobre el caballo sujetándome con fuerza a la silla, sintiendo que todo volvía a girar alrededor. Él puso las alforjas y se subió con un rápido y grácil salto. Pasó sus manos por mi cintura y me atrajo hacia él, hasta que quedé completamente encajada entre sus piernas. Me puse en tensión, y él lo notó.
—Tranquila, Sakura, no te caerás. Yo te sujeto. Procura mantener la calma, el caballo nota tu estado de ánimo —me susurró igual que había susurrado antes al animal.
—Lo intentaré —dije bajando la voz e intentando que los latidos de mi corazón se ralentizaran. Sin embargo, cuando el caballo comenzó a moverse me apreté con más fuerza contra su cuerpo. Él notó mi miedo y soltó una mano de las riendas para pasarla por mi cintura. Eso me tranquilizó lo suficiente como para no hacer más movimientos bruscos, al menos de momento.
—¿Cómo has dicho que se llama?
—Allaidh, «salvaje» sería la traducción al inglés. —Pude notar una sonrisa a mi espalda.
—¡Joder!, eso no va a ser de mucha ayuda —exclamé sujetándome con fuerza a la silla.
Salimos a la oscura noche amparados por el frío y el único sonido de los cascos sobre el suelo empedrado. Jean-Jacques rebuscó algo a su espalda que me tendió. Era una manta escocesa.
—Tápate —me dijo en voz baja—, también la cabeza. Que nadie pueda reconocerte.
Miré alrededor, no había nadie por la calle, pero hice caso de su consejo, empezaba a tener frío y la manta pronto me hizo entrar en calor, junto con la calidez que emanaba de su cuerpo a mi espalda. Y así, tapada como una monja de clausura, emprendí mi huida de Edimburgo.
