8
En todo camino encuentras piedras y ortigas
Salimos a campo abierto a los pocos minutos y ambos hombres golpearon levemente el costado de los caballos instándoles a apresurar la marcha. Yo me recosté sobre Jean-Jacques temiendo caer, aunque seguía fuertemente sujeta por su brazo. Seguimos por un camino totalmente a oscuras. Cómo podían saber adónde se dirigían era para mí un misterio. Yo solía perderme hasta en un centro comercial, y allí sin más ayuda que su instinto, ya ni las estrellas brillaban en el cielo, ambos sabían perfectamente adónde dirigirse. Atravesamos las Lowlands en silencio, apoyé la cabeza en el pecho de mi acompañante y me quedé dormida. Despertaba a menudo, sobresaltada por algún recuerdo amargo o por las voces de ambos hombres comentando algo o por el simple relincho de uno de los caballos. Luego volvía a sentir el abrazo de Jean-Jacques y me quedaba dormida de nuevo. No sabía muy bien por qué, pero ese hombre me transmitía confianza, como si fuera algo familiar, algo escondido en mis recuerdos, pero algo agradable y no las pesadillas que me atenazaban.
Me desperecé de nuevo y totalmente al amanecer. No brillaba el sol, pero la bruma pugnaba por desaparecer en jirones que hacían el ambiente mágico y a la vez tenebroso. Me removí inquieta. Notaba los músculos doloridos y un tirón en la pierna, que no sabía muy bien cómo colocar. Jean-Jacques notó mi molestia.
—Tranquila, Sakura, pronto pararemos a descansar un poco, cuando estemos cerca de la frontera —me susurró en castellano. Adormilada como estaba, apenas me di cuenta de que estaba utilizando mi idioma.
—No eres francés —exclamé de pronto sobresaltando al caballo y haciendo que Itachi, que iba el primero, se volviera inquisitivo.
—No lo soy —respondió brevemente Jean-Jacques controlando al animal—. ¿Cómo lo sabes? —preguntó una vez que el caballo retomó su trote.
—Porque tienes acento inglés —repuse girando mi cabeza y mirándolo directamente.
—Cierto, tu idioma se me resiste. Aunque tampoco logro entender muy bien qué tipo de inglés hablas —respondió con algo de frustración en la voz.
—Pero tampoco eres inglés, ¿verdad? —pregunté ignorando el comentario sobre mi pronunciación y conociendo de antemano la respuesta.
—No lo soy —contestó de forma escueta.
—Eres escocés, ¿no es así? —pregunté sabiendo que estaba en lo correcto.
—Lo soy, un montañés —respondió con voz suave mostrando por primera vez su acento. Para mis oídos mucho más agradable que el gangoso francés.
—Ah, ¿un habitante de las tierras bárbaras del norte? —dije recurriendo a la expresión de lord Collingwood.
—Sí. —Esta vez su tono era amable y libre, y utilizó la expresión aye, en vez del conocido yes. Yo sonreí, aunque no sabía muy bien por qué.
Recorrimos un trecho buscando un lugar donde descansar y ocultarnos del camino que habíamos seguido. Miré alrededor y me maravilló lo agreste del paisaje. Aunque de formas más suaves que las Highlands, era igual de bello. Todo estaba cubierto por retama y brezo, con algún pequeño bosquecillo de pinos, que reconocí por el olor a mi tierra. Sentí una profunda añoranza. En un recodo nos internamos en un bosquecillo apartado de los transeúntes del camino principal al norte. Por lo menos el paisaje no había cambiado mucho en casi tres siglos.
Jean-Jacques se apeó del caballo de un salto y me ayudó a bajar. Cuando toqué suelo noté la debilidad de las piernas y un profundo cansancio y me tambaleé un poco. Él me sujetó con rapidez para que no me cayera de bruces. Cuando estuve lo suficientemente estable como para andar por mí misma, me soltó y dejó al caballo pastar libremente con un ligero toque en el anca.
Hacía mucho frío, intensificado por la noche prácticamente en vela que había pasado, y me estremecí notando la falta de calor en mi espalda. Itachi estaba haciendo un fuego, recogiendo pequeñas ramas. Lo ayudé esperando que así se me pasaría el envaramiento del cuerpo. Jean-Jacques mientras tanto sacó algo para comer de las alforjas, un poco de queso y pan. Una vez que el fuego estuvo encendido, Itachi desapareció y nosotros nos sentamos a comer nuestro escaso desayuno.
Al poco apareció otra vez con dos truchas colgando de su dedo índice. Las ensartó y se sentó a asarlas, masticando un trozo de pan y bebiendo de una botella que contenía cerveza, que nos íbamos pasando de uno a otro a medida que sentíamos sed. Me sorprendió encontrarme tan a gusto entre aquellos hombres. Había un dicho en mi tierra que decía «si pasas la noche, pasas el día». Tenía mucha razón. Entre nosotros se había instalado una especie de camaradería auspiciada por los acontecimientos y el viaje al anochecer todos juntos.
Me dieron a probar las truchas, y nunca ningún manjar me supo tan sabroso como aquel. Comí con avidez y con ganas por primera vez en días. Y pronto me entró sueño. Me recosté sobre un pequeño montículo de hojas y dejé que mi mente se evadiera.
—¿Me puedes explicar quién es? —preguntó Itachi creyendo que yo me había dormido.
—¡Que me aspen si lo sé! —respondió Jean-Jacques o como-quiera que se llamase.
—Permíteme dudarlo, mo brathair. —Noté el tono sarcástico de Itachi.
—Es cierto. No la conozco más que tú. Apenas sé nada de ella. Apareció de la nada hace cuatro días en casa de madame La Marche. Jūgo dice que no recuerda nada, pero ni él ni yo le creemos. De todas formas, habla de estos días como si su vida anterior no existiese.
Tenía razón, mi vida anterior no existía, de hecho no existiría hasta muchos años más tarde.
—Puede que sea una selkie. Por su cabello rosado y su tez blanca tiene toda la pinta. Y esos ojos tan extraños... —opinó Itachi.
Aunque tenía los ojos cerrados pude notar ambas miradas posadas sobre mí. Aguanté la respiración sin mover un solo músculo. ¿Qué sería una selkie?
—He vivido demasiado como para creer en esas historias de niños. Aun así, esconde algo, algo que le produce terror. Y en sus ojos puedo sentir como si quisiese desaparecer, como si en realidad fuese un fantasma. No, un espíritu atrapado. Aunque a veces muestra una lógica y una valentía inusitadas en una mujer. Se enfrentó a la multitud presente en la ejecución del MacKinnon solo para darle un vaso de agua a una mujer.
—Eso solo demuestra mi teoría inicial. Que está loca. Pero ¿qué mujer no lo está?
Me pregunté con qué clase de mujeres se relacionaba para pensar así.
—No. De eso estoy seguro. No lo está. Solo necesita algo de tiempo y de confianza para ser honesta y mostrar quién es en realidad.
Sentí una punzada en el corazón. Nunca podría decir quién era sin que todos creyeran y con razón que en realidad estaba completamente loca.
—De todas formas, llevándola a casa solo estás atrayendo toda la atención del ejército inglés sobre nuestro clan. Y eso no es precisamente lo que más nos conviene ahora. El viejo se enfadará, y con razón. Siempre ha pensado que eras bastante juicioso, pero ahora creo que no lo estás demostrando. Lo mejor es que nos deshagamos de ella en la primera posada en la que paremos.
—No lo haremos. La llevaré a casa, si en Stalker no soy bien recibido, tengo adónde acudir. Le prometí que la pondría a salvo y eso es lo que voy a hacer. —Escuché el sonido de una rama al partirse con furia.
Itachi profirió un sonido escocés indescifrable y maldijo en gaélico.
—Sigo pensando que la teoría de que es una selkie es la más acertada, y tú, mo brathair, has caído en su hechizo. —Escuché cómo se levantaba.
No hubo respuesta alguna. Sin embargo, noté una mano sobre mi mejilla y abrí los ojos desperezándome como si hubiese estado dormida. Unos ojos negros me miraron con curiosidad y suspicacia, no creyéndose del todo mi falso despertar.
—Es hora de emprender el viaje —dijo cogiéndome de la mano para ayudarme a ponerme en pie.
Subí al caballo con un quejido de dolor. Ansiaba una cama y sobre todo algo para el dolor muscular. Pero aguanté estoicamente y seguimos camino envueltos en la bruma escocesa.
Ninguno de los hombres habló durante unas horas interminables. Ya estaba todo dicho. Itachi quería deshacerse de mí y el que me llevaba en su caballo no. Tenía claro de quién tenía que mantenerme alejada, y de quién bastante cerca.
Cruzamos la frontera, una línea inexistente que se mostraba como un pequeño muro de piedra derruido, restos de una muralla romana. Una cruz celta coronaba el paso. Ambos hombres se santiguaron e inclinaron la cabeza con respeto. Estábamos en las Highlands. El paisaje cambió, pero no demasiado. Era más agreste, más salvaje, coronado por colinas interminables y formaciones rocosas amenazantes. El sol no había hecho acto de presencia en todo el día, lo que propiciaba un ambiente grisáceo y brumoso. Apenas nos cruzamos con ningún otro transeúnte. Yo iba tapada con la manta y no dejaba ver mi rostro. Aunque alguno observaba con curiosidad nuestro pequeño grupo, nadie decía nada. Al menos nada que yo entendiese, ya que aquí el idioma escocés era bastante más cerrado y difícil de entender. Eso cuando no hablaban en gaélico, que era lo frecuente. Entonces, por más que me esforzase, no entendía una palabra. Mi acompañante hacía lo mismo que yo, ignoraba el idioma como si no lo conociese y dejaba a Itachi contestar y conversar con los lugareños, aunque permanecía alerta a cualquier cambio de actitud.
Entramos en una pequeña aldea de nombre impronunciable y paramos en lo que parecía una posada. Algunos hombres vestidos al modo tradicional de las Highlands estaban en el exterior conversando. Todos portaban armas de fuego y espadones. Callaron en cuanto paramos y nos observaron con curiosidad. Yo me puse tensa al instante. Si los dragones me intimidaban, esos hombres no me daban menos miedo. Eran guerreros, y ya no me parecía todo como sacado de un decorado de película. Las espadas y las armas de fuego, más largas que mi antebrazo, me produjeron un terror indescriptible. Noté que el brazo de mi acompañante se cerraba con más intensidad sobre mi cintura hasta casi cortarme la circulación. No obstante, me sentí protegida y me calmé lo suficiente como para poder bajar del caballo como si aquello fuese algo que hacía todos los días. Seguía con la manta sobre la cabeza, tapando la mitad de mi rostro, aun así todas las miradas se dirigieron hacia mí como si fuese la primera vez que veían una mujer en su vida.
—Son MacGregor. No tienes nada que temer —me susurró Jean-Jacques.
Ese nombre a mí no me decía nada, salvo por el ladrón conocido como Rob Roy del que se hizo una película, pero confié en su palabra.
Entramos al oscuro establecimiento. Estaba tranquilo, era media tarde y apenas había nadie dentro. El dueño, un hombre gordo y sudoroso nos salió al encuentro.
Itachi negoció dos habitaciones. Explicó que viajaba con un amigo y su esposa. Yo fui a protestar y noté el brazo que me apretaba la cintura instándome a callar. Me mordí la lengua y agaché la cabeza.
Subimos en silencio por una escalera de madera torcida y sucia. El tabernero nos abrió la primera habitación, diciendo que era la mejor de toda la casa. Yo miré en derredor, si esa era la mejor, no quería imaginarme cuál sería la peor. Solo había una cama, apenas lo suficientemente ancha como para que cupiese un cuerpo doblado, y dos sillas de madera. Por lo menos el fuego estaba encendido, y me acerqué a él extendiendo las manos. El suelo estaba sucio y en la colcha podían verse manchas sin identificar. Pero me volví a morder la lengua y callé. Mi aspecto era igual de sucio y ajado que aquella posada, así que...
Cuando se cerró la puerta, me volví hacia Jean-Jacques.
—¿Cómo te llamas? —pregunté.
Él enarcó una ceja como toda respuesta.
—Si eres mi marido, por lo menos debería conocer tu nombre —expuse con calma.
Noté cómo la comisura de su boca se curvaba levemente.
—Sasuke —dijo simplemente.
El nombre me sonaba de algo, y además algo relacionado con Escocia. Le puse rostro y di un respingo. Sasuke MacLeod, el protagonista de Los inmortales. Sentí ganas de reír. Lo que me faltaba, los giros de mi aventura me estaban mareando.
—Bueno, Sasuke, ¿podría bañarme? —pregunté.
—Buscaré una bañera, aunque no te prometo nada —dijo saliendo de la habitación.
Me senté en la cama a esperar y a punto estaba de quedarme dormida de agotamiento cuando la puerta se abrió de repente y entraron dos hombres portando una bañera de madera pequeña, que depositaron en el centro de la habitación. Salieron sin decir nada y volvieron a entrar una y otra vez cargando pesados cubos de agua caliente hasta que estuvo llena hasta casi el borde. Finalmente entró Sasuke.
—Me ha costado una pequeña fortuna, así que espero que la aproveches. También necesitarás esto —dijo entregándome un peine de madera, una pequeña onza de jabón que olía a lilas y un paño de lino amarillento. Yo me mordí el labio aguantando una sonrisa, el extravagante francés estaba comenzando a desaparecer por momentos y el escocés tacaño hacía su aparición. O, como diría Obito, «de nuestra prudencia hacemos nuestra virtud».
—Estaré abajo. Luego te subiré algo de comida —dijo cerrando la puerta tras de sí.
Me desnudé con calma, más que nada porque cada movimiento me costaba un agudo dolor de músculos que ni siquiera sabía que tuviese. Me metí en la bañera y al instante me relajé en el agua caliente. Me lavé el pelo y me froté todo el cuerpo con fuerza intentando que desapareciera todo el rastro de la mugre y el polvo acumulados. Finalmente me levanté dejando que el agua se deslizase por mi cuerpo y me sequé con el paño de lino.
Luego en un impulso metí mi vestido en la bañera y lo lavé. Me sentí por primera vez en cinco días verdaderamente limpia. Me senté en el borde de la cama y comencé la ardua tarea de desenredarme el pelo.
Llamaron a la puerta y, sin esperar respuesta, Sasuke asomó la cabeza, todavía con la peluca puesta. Me pregunté cuándo se desharía de su disfraz. En las Highlands llamaba más la atención que yo. Llevaba en sus manos una pequeña bandeja con un plato de guiso humeante y una jarra de agua.
Se paró y se me quedó mirando fijamente. Noté cómo tragaba saliva y la nuez de Adán se movió profusamente a lo largo de su musculoso cuello. Yo lo miré interrogante. «¿Qué ocurría?» Bajé la vista adonde se dirigía su mirada y me sentí completamente desnuda, aunque llevaba un paño lo suficientemente grande como para tapar mi cuerpo del pecho hasta media pierna. Obviamente, aunque apropiado en mi época, allí eso era algo totalmente indecoroso. Me volví rápida, arranqué la colcha de la cama y me la puse por los hombros. Él pareció relajarse y se acercó unos pasos depositando la bandeja a mi lado, sobre la cama.
—¿Has disfrutado? —preguntó con una sonrisa. Volvía a ser él mismo, quienquiera que fuese en realidad.
—Mucho —lo dije sinceramente, mientras cogía la cuchara y comenzaba a comer del guiso. No me había dado cuenta del hambre que tenía hasta que llegó el olor delicioso de la carne estofada a mi nariz.
Se acercó a la cama mientras me observaba comer y cogió los objetos que yo llevaba en el bolsillo del vestido y que había vaciado antes de sumergirlo en la bañera.
—Todas mis posesiones. Por lo que ves no soy rica —contesté masticando un poco de pan.
Solo tenía tres cosas, el penique que me dio el médico el primer día, su tarjeta de visita y el cuchillo que no sabía cómo había aparecido en mi bolsillo. Él tenía el cuchillo en la mano y lo miraba con curiosidad.
—¿Es tuyo? —preguntó.
—Supongo. Estaba en el vestido. Es solo un cuchillo —aclaré sabiendo que como explicación era bastante escasa.
—No es un cuchillo. Es un abrecartas —señaló—, y además tiene un escudo grabado.
—¿Ah sí? —pregunté sin demasiado interés.
—Sí, un escudo francés —contestó acercando el abrecartas a mi rostro. Lo miré con atención. Cinco flores de lis y un león rampante en el centro.
—¿Cómo sabes que es francés? —Yo había visto varios escudos españoles que también tenían esos símbolos.
—Porque lo he visto antes.
—¿Dónde? —pregunté con curiosidad.
—En Francia —respondió con cautela. Estaba claro que no quería dar más información, o que creía que yo le ocultaba la procedencia del abrecartas—. ¿Lo has robado? —preguntó entrecerrando los ojos.
—¿Qué? —contesté molesta porque me creyera capaz de robar—, no, simplemente estaba en el bolsillo. No sé a quién pertenece, si lo supiera se lo devolvería.
—Es de plata maciza. Puede que no seas rica, pero esto —dijo dejándolo en la palma de la mano— vale bastante dinero.
—No lo sabía —contesté, sincera.
Él me observó con algo de desconfianza brillando en sus ojos negros, pero no pareció ver nada que le indicara que yo mentía.
—Está bien —dijo con un suspiro dejando el abrecartas a mi lado. Se acercó a la bañera y probó el agua. Todavía tenía que estar templada. Comenzó a quitarse el jubón y sacó la camisa del pantalón de seda.
—¿Qué haces? —le pregunté en un tono demasiado agudo.
—Yo también necesito un baño —dijo volviéndose para quedarse frente a mí, mientras se desabrochaba los lazos de su pantalón.
—¡Joder! —exclamé en voz alta y me volví a mirar a otro lado.
Escuché su risa fuerte y profunda.
—Tranquila, Sakura, estoy demasiado cansado para intentar nada. Puedes dormir tranquila o, si lo prefieres, podemos conversar mientras me baño —sugirió mientras yo veía caer la camisa con el rabillo del ojo.
—¿Dónde vas a dormir? —pregunté de repente asustada.
—En la cama, ¿dónde si no?
—En el suelo —sugerí.
Suspiró fuertemente.
—Sakura, hemos entrado aquí como marido y mujer, y...
—Me da lo mismo. Si tú no duermes en el suelo lo haré yo —contesté bruscamente. Me sorprendí de ser tan mojigata, aunque mi reputación ya hubiese quedado por los suelos.
Escuché cómo entraba con fuerza en la bañera salpicándolo todo.
—Puedes dormir tranquila, yo buscaré otro sitio —dijo finalmente con un tono tan comedido que me recordó a los depredadores. Empezaba a darme cuenta de que Sasuke cuanto más suave hablaba, más enfadado estaba.
Yo no contesté. Me arrebujé más en la toalla de lino y, dejando la bandeja de comida en el suelo, me metí en la cama, sin dirigir ni una sola mirada al hombre desnudo metido en la bañera. Hice un esfuerzo por mantenerme despierta, pero sin llegar a contar hasta cinco, ya estaba profundamente dormida, con el abrecartas fuertemente agarrado en la mano oculta bajo la almohada.
Cuando desperté al amanecer estaba sola en la habitación. Sentí frío y me arropé un poco más. De repente un pensamiento se filtró en mi mente. «¿Me habrían dejado abandonada allí como pretendía Itachi?» Me levanté de un salto frotando mi piel de gallina y corrí hacia el vestido. Estaba prácticamente seco. Me vestí deprisa desechando el corsé, ya estaba harta de varillas, me cepillé un poco el pelo y bajé las escaleras corriendo, temiendo que ya se hubieran ido.
Me paré en el salón. Solo había un hombre sentado en una mesa, comiendo algo de fiambre y pan y bebiendo de una jarra. Vi su cabello negro ondulado y dejé escapar un suspiro de alivio. Me acerqué recuperando el ritmo normal de mis latidos.
—Buenos días, Itachi—saludé sentándome frente a él.
Él levantó la vista y me miró con ojos divertidos. Unos ojos negros brillantes.
—A Dhia! —dije utilizando la única expresión que conocía en gaélico—. ¿Sasuke?
—Sí, buenos días a ti también, Sakura —contestó mostrando su amplia sonrisa.
—Eres moreno —señalé. Siempre había creído que era rubio, o por lo menos castaño, o incluso que estuviera calvo y por eso ocultaba su cabeza bajo una peluca.
—Lo soy —contestó sorprendido.
—Y tienes pelo. —Lo miré con ojos abiertos.
—Sí, por todo el cuerpo, además. —Su sonrisa se hizo más amplia al notar mi turbación.
Si vestido de caballero ya era un hombre atractivo, con el atuendo escocés estaba impresionante. Su rostro libre de maquillaje tenía un color suavemente dorado, sus cejas al no estar oscurecidas hacían que sus ojos fueran menos agresivos, pero igualmente hermosos, y la barba sin afeitar desde hacía dos días le daba un aspecto peligroso y algo salvaje. Me estremecí sin poder evitarlo. Sus músculos se marcaban bajo la tela de la camisa de lino blanco, libres de las ataduras del satén y de los lazos. Había dejado sobre una silla a su lado un espadón y un pequeño escudo de madera con puntas metálicas. Me asomé un poco sin poder evitarlo y observé que prendido al cinturón de su kilt asomaba la culata de una pistola. Recorrí con la mirada sus piernas fuertes y cubiertas por suave pelo negro hasta las medias, donde escondía una daga con empuñadura de nácar. Sobre el pecho ancho cruzaba la tela escocesa prendida por un broche de plata redondo con una esmeralda en uno de los extremos. La camisa estaba suelta en el cuello, dejando ver una pequeña mata de pelo negro, un poco más oscuro que su cabello. Lo llevaba suelto sobre los hombros, sin recoger en la nuca, al igual que Itachi, como si allí por fin se sintiera libre.
Sasuke me observaba en silencio mientras yo lo escrutaba de arriba abajo sin disimulo alguno.
—¿Ves algo que te guste? —preguntó como aquella vez en Grassmarket.
Enrojecí de repente y agaché la cabeza cogiendo una miga de pan que había saltado del plato de madera.
—Hummm —contesté—, pareces otra persona completamente diferente. Estoy... un poco desconcertada.
En verdad no sabía si permanecer a su lado o salir corriendo y no parar hasta Edimburgo, aunque no supiera en qué dirección.
El sonido de su risa franca y sincera llenó la sala, sobresaltándome.
—La mayoría de las veces, a mí me pasa contigo —dijo cogiéndome por la barbilla y obligándome a mirarlo.
—Pues soy lo que ves. No hay nada más —repuse algo avergonzada.
—Eso lo dudo —respondió él haciendo su mirada más brillante.
Itachi se había acercado sin que yo me diera cuenta, más interesada en Sasuke que en lo que me rodeaba.
—Sakura —exclamó cuando estuvo a un paso de mí. Yo levanté la vista y le sonreí ante su mirada intensa.
—Pareces, no sé... —paró un momento buscando la palabra adecuada y yo le sonreí otra vez alentándole—, limpia, eso es —dijo finalmente, riendo y consiguiendo que Sasuke esbozase ligeramente una sonrisa al ver mi cara de enfado.
—Idiota —contesté en mi idioma mirándolo con furia.
—¿Qué ha dicho? —preguntó a Sasuke.
—Mejor que no lo sepas —contestó este frunciendo los labios, pero con un brillo en los ojos.
Desayunamos en amigable silencio y emprendimos otra vez camino hacia el norte. El día era despejado, pero no sabía si duraría mucho, nubes negras avanzaban hacia nosotros a una velocidad alarmante cargadas de agua. En cualquier momento podría llover, o quizá no, dependería del capricho del viento. Sucedía lo mismo en mi tierra, Galicia, que en un mismo día podías tener las cuatro estaciones. Ya no me sentía tan inexperta sobre el caballo y me di cuenta al cabo de un rato de que no estaba sujetando la silla de montar, sino que había dejado una mano posada sobre una de las piernas de Sasuke. Si él se había dado cuenta o le molestaba, no lo mencionó.
El camino se ensanchó y podíamos ir juntos al trote.
—Si sois del mismo clan, ¿por qué no lleváis el mismo tartán? —pregunté notando la diferencia en el diseño de los cuadros. El de Sasuke tenía una base verde intenso sobre cuadros rojos y en el de Itachi en cambio predominaba el rojo y el azul.
Noté la tensión en la mano de Sasuke, que cerró el puño sobre las riendas.
—Sasuke hizo el juramento del clan de su madre —respondió Itachi volviendo la cabeza hacia mí.
Ambos parecían incómodos, pero yo estaba deseando saber más.
—¿Sois familia? Os parecéis bastante.
—Somos hermanos —contestó Sasuke a mi espalda.
—¿Hermanos? —pregunté sorprendida—, ¿y quién es el mayor?
Parecían de la misma edad. Más o menos unos treinta años.
—Ninguno, nacimos el mismo día. El trece de agosto de mil setecientos catorce —fue el turno de Itachi de contestar.
—¿Mellizos? —pregunté notando un escalofrío al escuchar la fecha, tan lejana, tan real. No se parecían tanto para ser gemelos.
—No —respondió Sasuke bruscamente.
—Ah, ¿no?, y entonces...
—Soy un bastardo —contestó Sasuke. Noté como todo su cuerpo se ponía tenso, y cómo Itachi le dirigía una mirada entre divertida y precavida.
—¿Bastardo? —pregunté sin comprender—. ¡Ah! ¡Hummm!, ya entiendo, lo siento —dije disculpándome. Era un tema delicado, lo notaba por la forma de respirar de Sasuke.
—Y tú, Sakura —exclamó de pronto Itachi—, ¿tienes familia?
Era una pregunta directa, y me arrepentí de haber sido tan curiosa antes. Estuve a punto de contestar que no tenía a nadie, pero recordé que a Jūgo le había hablado de mi hermana. No podía saber si Sasuke lo sabía, pero si volvía a mentir, solo aumentaría las sospechas que tenían sobre mí. Dándome cuenta de que estaba tejiendo una tela de araña en la que iba a acabar atrapada, decidí ser sincera.
—Mi madre murió hace años, cuando yo era una niña. Mi padre se volvió a casar. Y tengo una hermana gemela.
—¿Gemela? —fue el turno de Itachi de sorprenderse. No noté ningún cambio en Sasuke, él ya sabía de la existencia de mi hermana.
—Sí, gemelas idénticas —respondí brevemente.
—¿Y dónde está tu familia? —preguntó Sasuke.
—No lo sé —respondí. Esta vez fui yo la que me puse en tensión y él lo notó. No insistió. Mi familia probablemente ahora estaría buscándome desesperadamente por toda Escocia, pero era obvio que no me iban a encontrar.
—¿Y cómo es eso? ¿Se han volatilizado acaso? —inquirió Itachi con un deje incrédulo en la voz.
—No. Simplemente no lo recuerdo. —Me estaba dando cuenta de que la versión del golpe en la cabeza y la amnesia hacía aguas por todas partes, dado que había hablado de mi familia como si la recordase perfectamente.
—¿Queda mucho para llegar adonde quiera que vayamos? —pregunté cambiando bruscamente de tema.
—Apenas dos días —respondió Sasuke—. ¿Estás cansada? Puedes recostarte e intentar dormir —sugirió.
Lo hice, me acomodé en su pecho como si ese fuera mi lugar en la vida.
—¿No llevas corsé? —susurró roncamente a mi oído Sasuke.
—No, no lo soportaba.
Sasuke maldijo algo en gaélico que no entendí, pero se acomodó mejor para que yo descansara sobre su pecho. Su mano volvió a rodear mi cintura, ya libre de la cárcel de varillas, y me quedé dormida.
Desperté al poco rato, pero no vi a Itachi.
—¿Dónde está tu hermano? —pregunté sobresaltando a Sasuke y de paso al caballo, que se encabritó.
—Se ha adelantado, vamos a pasar por las tierras de los Campbell, y debemos ser precavidos —respondió tirando de las riendas y musitando en gaélico para calmar al caballo.
Ese nombre sí me era familiar, por los relatos de Obito.
—¿El conde de Argyll?
—Sí, ¿lo conoces? —Su tono volvía a ser suspicaz.
—He oído hablar de él, pero no tengo el placer —contesté.
—No hay ningún placer en conocer al conde ni a ninguno de los Campbell —respondió Sasuke bruscamente.
Dirigió el caballo hacia un pequeño recodo del camino y se deslizó del caballo con un pequeño salto, ayudándome a bajar a mí, ya que todavía esa maña en concreto no la manejaba demasiado bien.
—Pararemos aquí un momento a descansar. Estira las piernas. Te vendrá bien. Esta noche acamparemos al raso, no es conveniente acercarse a ninguna población.
Anduve un poco estirando las piernas y pronto necesité un lugar más privado debido a la cantidad de cerveza que había bebido en el desayuno. Me alejé con disimulo y Sasuke me siguió con la mirada adivinando mis intenciones.
Otra de las cosas que más añoraba eran los inodoros, pero haciendo una mueca, me sujeté el vestido y me agaché como las niñas. Sin tener nada con lo que secarme, miré alrededor y vi una planta con hojas lo suficientemente grandes cubiertas con una fina pelusilla. Eso tendría que ser suficiente.
Volví donde esperaba Sasuke. En el poco tiempo que había estado alejada se las había ingeniado para cazar un conejo, lo estaba despellejando y ya había encendido un pequeño fuego.
—Tu cojera es parte del disfraz, ¿no? —pregunté acordándome del bastón con empuñadura de plata.
—Sí, los hombres tienden a infravalorar a un hombre inválido, lo que me da bastante ventaja, por lo menos en un enfrentamiento cara a cara —explicó.
Comimos y al poco tuvimos que emprender camino otra vez. Yo ya notaba mi trasero completamente insensible y seguro que tenía cardenales a lo largo de la parte interior de mis muslos. Pero no opuse resistencia cuando me ayudó a subir otra vez al inmenso caballo.
Al poco comencé a notar la incomodidad, y me removí inquieta.
—¿Qué te ocurre? Parece que te ha picado una avispa en el trasero —dijo con voz estrangulada.
—No lo sé. Tengo que bajar. Creo que tengo algo... —dejé la frase sin terminar.
Aterricé justo al lado de una de las plantas que había utilizado como papel higiénico. Sasuke me observaba con curiosidad mal disimulada mientras yo saltaba de un lado para otro, notando el escozor en mi entrepierna.
—¿Qué es esto? —dije señalando la planta.
—Una ortiga —respondió él. Luego abrió los ojos y la comisura de su boca se torció levemente.
—¿¡Una ortiga!? —casi grité yo.
—¿No habrás utilizado eso como...?
—Sí, lo he hecho. ¡Maldita sea! ¡Mierda! ¡Por los dioses del Olimpo! Y ahora ¿qué hago? —Estaba roja como un tomate, pero presentía que otra zona de mi cuerpo estaba más roja todavía. Daba saltitos de un lado a otro reprimiendo las ganas de rascarme sin ningún pudor.
Observé que Sasuke estaba a punto de reír.
—Como te rías te doy —me encaré a él.
—¿Con qué? ¿Me vas a azotar con la ortiga? —Ahora rio abiertamente doblándose sobre sí mismo.
Me quedé un momento sin saber qué hacer ni qué decir, aparte de golpearlo en la cabeza, y él tomó como siempre las riendas del asunto.
—Vamos. —Me agarró por un brazo y me llevó trastabillando y resbalando a través de las piedras que asomaban entre el brezo hasta un pequeño arroyo—. Métete —dijo.
—Ni loca, ¿tú sabes el frío que hace?
—Lo sé, pero también sé que estarás peor si no lo haces. Así que por una vez obedece. No tenemos todo el día. —Se volvió con recato y esperó con los brazos cruzados.
Yo me quité los zapatos de cuero marrón y me interné poco a poco en el frío río notando cómo se me cortaba la circulación. Recogí mis faldas y cuando el agua me llegaba hasta la rodilla, aguanté la respiración y... salí corriendo en dirección contraria lo más rápidamente que pude. Solo pude dar tres pasos antes de sentir un brazo duro como el acero que me rodeó la cintura, el dueño de ese brazo me volvió y, alzándome, me levantó otra vez las faldas y me sentó sobre una piedra con brusquedad, entonces noté el agua helada en mis partes más sensibles, lo que hizo que me quedara quieta como una estatua de sal. Ahogué un grito y lancé un montón de improperios, hasta que sentí que el frío adormecía el escozor. Sasuke se reía a mandíbula batiente observándome.
—Nunca has estado mucho tiempo en el campo. —No era una pregunta, era una afirmación.
—No —exclamé con furia contenida.
—Pues vas a tener que aprender muchas cosas, Sakura.
—¿Como qué?
—Como que... las ortigas pueden ser un arma muy peligrosa si no las sabes utilizar convenientemente —contestó riéndose otra vez.
Yo mascullé un insulto y lo miré furiosa.
Cuando estuve fuera, Sasuke me tendió otra planta que escurría un líquido blanquecino. No tenía ni idea de lo que era, pero la cogí y haciéndole un gesto de que se volviera me lo extendí en las partes enrojecidas sintiendo al instante que calmaba el picor.
—¿Nadie te ha dicho nunca que hablas peor que un marinero de las Hébridas? En mi vida había oído tal cantidad de improperios y pronunciados en tantos idiomas —exclamó dándome la espalda.
—¡Ach! —exclamé furiosa conmigo misma—, no me provoques que todavía me quedan muchos más en la recámara.
Él rio.
—Procura contenerte, Sakura, eso solo te hace parecer más extraña de lo que ya eres. —Su tono sonó de advertencia.
—Lo intentaré —contesté sintiendo unos enormes deseos de llorar otra vez por mi estupidez. Pero esta vez logré controlar las lágrimas furiosas, que me tragué junto con mi orgullo y mi vergüenza.
Seguimos camino tranquilos, salvo algún pequeño respingo que yo daba sobre la montura y alguna risa contenida de él a mi espalda. Ya me había dado cuenta de que habíamos abandonado el camino principal para ir campo a través. Sasuke se mantenía alerta a cualquier sonido o cambio en el paisaje. Lo notaba inquieto y eso hacía que yo también lo estuviera.
—¿Estamos en peligro? —susurré como si alguien nos estuviera escuchando. El bosque se hacía más profundo y resultaba difícil transitar, aunque Sasuke parecía saber perfectamente por dónde ir.
—Si no nos encontramos con algún grupo de Campbells no —susurró a su vez.
—¿Qué ocurre con ese clan?
—Últimamente ha habido algunas escaramuzas sin importancia entre nosotros. Ellos me conocen, no tengo ganas de enfrentarme a ellos, solo y sin ningún apoyo.
—Gracias por confiar tanto en mí —exclamé un poco más alto algo enfadada.
Un gruñido brotó de su pecho reverberando hasta morir en su garganta.
—Los escoceses están acostumbrados a luchar, Sakura, no sería tan sencillo como asestar un golpe a un inglés desprevenido.
Yo callé. No me gustaba recordar ese episodio, ni tampoco enfrentarme a un grupo de escoceses furiosos.
—¿Crees que habrá muerto? —pregunté pensando en lord Collingwood.
—Espero que no. Por nuestro bien.
Me mantuve en silencio, y agradecí que él se incluyera asumiendo parte de culpa, cuando en realidad no había hecho nada más que evitar un mal mayor.
Al anochecer encontramos una pequeña choza abandonada, como las que según me explicó Sasuke solían utilizar para resguardar el ganado en invierno. Cuando desatrancamos la puerta de madera, el olor a sus antiguos ocupantes me hizo retroceder.
—¿Vamos a dormir aquí? —pregunté con reparo.
—Sí. Necesitamos un refugio. Esta noche lloverá. Si nos quedamos fuera nos congelaremos. Yo estoy acostumbrado a este clima, pero tú no.
—Yo también —contesté—. Soy gallega, Sasuke, el clima de mi tierra es muy parecido a este. —Aunque, claro, silencié que no había pasado una noche a la intemperie en toda mi vida.
—¿Ah sí? —preguntó sorprendido—, ¿de dónde?
—Santiago de Compostela —contesté sin más explicación, mi ciudad era de sobra conocida por el peregrinaje al santo.
—Vaya —dijo rascándose la barbilla donde le crecía una suave barba—, eso explica algunas cosas.
—¿Como qué? —inquirí curiosa.
—Tu aspecto de diosa nórdica. —Hizo caso omiso de mi expresión incrédula y continuó pasando un dedo por mi rostro—. Eres demasiado alta para lo normal en una mujer, tu rostro es altivo, tus pómulos, marcados como los eslavos y tus ojos rasgados miran directamente a los ojos. Empiezo a creer que la teoría de Itachi no era la correcta, no eres una selkie, eres una valquiria. Los vikingos también llegaron a esas costas. —Terminó la explicación con una sonrisa. ¿Vikingos? ¿Y me lo decía él, que parecía la reencarnación del mismísimo Thor?
—Pues tranquilo —le contesté ocultando mi turbación ante su atento escrutinio—, si mueres en batalla te llevaré al Valhalla, si ese es mi destino.
Su rostro se ensombreció de repente.
—Tal vez no sea tu destino, mi querida Freya, pero es probable que sí sea el mío.
Estuve a punto de descubrirme y contarle lo que sabía del Levantamiento, pero no me atreví. Todavía no, aunque su rostro, por lo general amable y tranquilo, se había vuelto pétreo y serio.
—Voy a intentar cazar algo para la cena. Espera aquí y enciende fuego antes de que anochezca del todo. —Noté que deseaba separarse de mí y no entendí muy bien el porqué.
—No sé encender un fuego —contesté simplemente.
Él se agachó con un suspiro y prendió dos ramitas con el pedernal, con tal facilidad que me dejó pasmada. Yo sin un mechero a mano o una cerilla no sabría ni cómo empezar, incluso con ellos dudaba mucho de mi capacidad para encender algo más grande que un cigarro.
Sasuke se alejó y me dejó al cargo del magro fuego que no daba ni suficiente luz ni suficiente calor, pero era más que nada. Dolorida, hice un esfuerzo por levantarme del suelo, donde me había sentado después del largo día sobre el caballo. Como no estaba acostumbrada a pasar tantas horas encima de un animal equino, me dolía todo el cuerpo, además de sentir ciertas partes de mi anatomía en carne viva y cualquier pequeño movimiento me hacía estremecer. Finalmente me erguí y me froté descaradamente el trasero, que era el que había recibido la peor parte. Debía buscar más ramas secas para mantener el fuego vivo, por lo menos hasta que nos acostáramos a dormir. Pensarlo fue más fácil que hacerlo. Miré alrededor: más allá de dos metros, la oscuridad era absoluta. Levanté la mirada al cielo esperando ver aparecer la luna para que me ofreciera un pequeño consuelo. Era una noche oscura, a noite pecha como decía mi abuela, una noche en la que salen a pasear los espíritus. Me arrebujé más en mi capa notando de repente un escalofrío. El cansancio, el hambre y la nostalgia me estaban haciendo ver cosas extrañas. Soplaba un viento frío y hasta el caballo que pastaba a cierta distancia parecía nervioso. El aire olía a humedad y el cielo totalmente cubierto avecinaba lluvia. Sasuke tenía razón, como siempre. Lo que faltaba, pensé con fastidio.
Como no podía remolonear más me arrodillé y tanteé con las manos buscando alguna rama lo suficientemente seca para alimentar el fuego. De vez en cuando encontraba alguna y la lanzaba al pequeño montículo, haciendo que, estando algo húmedas, chisporrotearan y saltaran en el fuego. La pequeña hoguera comenzaba a dar más humo que calor y paré de lanzar ramitas. Me acerqué y comencé a soplar para avivarlo. Lo estaba consiguiendo, aunque me estaba quedando sin resuello. Tan concentrada estaba que no escuché a los hombres acercarse.
—Buenas noches, mujer —dijo una voz ronca.
Levanté la cara y ahogué un grito de sorpresa. Frente a mí había dos hombres. Iban vestidos como los ingleses, con pantalones y casacas, bastante viejos y sucios, por lo que podía apreciar con esa luz. El que había hablado se quitó el sombrero marrón, y lo sujetó contra el pecho a la vez que se pasaba la mano por el pelo, grasiento y lacio.
—¿Señora? —inquirió dudoso.
—¿Qué quieren? —contesté bruscamente poniéndome de pie y recuperando algo de dignidad con ese simple gesto. Era tan alta como ellos y les miré directamente a los ojos. No me gustaba su aspecto ni el modo en que habían aparecido. Sasuke había explicado que no seguíamos los caminos más transitados para poder evitar controles, patrullas inglesas y a los temidos Campbells.
Antes de que contestaran apareció un tercer hombre y les hizo un gesto que yo interpreté como de seguridad en el perímetro. «¿Dónde demonios se había metido Sasuke?», ya debía estar aquí hacía rato. ¡Dios mío!, una idea relampagueó de repente. ¿Y si lo habían encontrado y lo habían herido o asesinado? Se me encogió el estómago. Apreté los puños en los costados y volví a preguntar con una voz que no parecía la mía.
—¿Qué es lo que quieren?
Los hombres se miraron y sonrieron. Aun con poca luz pude ver sus bocas curvadas maliciosamente con dientes oscuros y podridos.
—Vamos camino de Fort William, y al ver el fuego hemos pensado en acercarnos y compartir el calor de la hoguera. Estos caminos no son seguros, menos aún para una mujer sola, nosotros te ofreceremos protección y tú nos darás alimento y calor para soportar estas frías noches escocesas. Podemos ser compañeros de viaje. —Alargó la mano para acariciarme la mejilla mientras me ofrecía una sonrisa torcida a la que le faltaban casi todos los dientes.
Retrocedí un paso asqueada y exclamé:
—Antes de tocarme tendrás que matarme, cerdo asqueroso.
—Eso no será ningún problema, pequeña, solo estarás más quieta, pero si lo hacemos rápido todavía serás suave y cálida. —Todos rieron.
—No te acerques. —Extendí una mano como única defensa. Maldije en silencio por no tener nada contundente, como una piedra. Empezaba a estar completamente aterrorizada, ¿pensaban violarme y matarme o matarme y violarme? No sabía qué idea me repugnaba más.
—Viajo con mi marido —no sé por qué dije eso, pero continué con voz vacilante—. Él, él tiene que estar a punto de llegar, y seguro que no se alegra de veros. —Volvieron a reír, pero yo ya no podía callarme, notaba la furia corriendo por mis venas—: ¿De qué te ríes, canalla?, arderás en el infierno si tu mano se posa en mi piel, ¡maldito hijo de Satanás! —Si Itachi había pensado que era una selkie, fuera lo que fuese, y Sasuke una valquiria, bien podrían estos hombres pensar que yo era una bruja.
Él pareció dudar un momento rascándose la barbilla cubierta por una barba rala y sucia, pero se acercó mostrando sus pistolas debajo de la casaca. La amenaza del infierno no le hizo mella, ya debía de acumular demasiados cargos con los que presentarse a las puertas del averno. En el momento que posó su mano en mi hombro no lo dudé. Levanté mi rodilla izquierda, apartando mis faldas, y con todas mis fuerzas golpeé su entrepierna con una furia inusitada. Por un instante me sentí invencible. Pero solo por un instante, hasta que él en un gesto de protección y dolor se dobló hacia delante golpeándome con su frente en la boca. Me tambaleé igual que él, pero no llegué a caer. El hombre, sin embargo, estaba arrodillado en el suelo balanceándose y gimiendo. Los otros dos hombres nos observaban boquiabiertos, dudando si lanzarse a ayudar a su compañero o matarme simplemente. Levanté una mano para tocar mis labios, estaba sangrando, noté el líquido espeso entre mis dedos. Gemí más enfadada que dolorida. A partir de ese momento todo se desarrolló con una lentitud y una rapidez asombrosas.
Un furioso escocés salió corriendo entre los árboles, y se lanzó sobre el primero de los hombres que seguían de pie arrojándolo al suelo. Su espalda se tensaba con cada puñetazo, la furia oscurecía su rostro, dando a sus ojos un brillo infernal. No quedaba nada del pulcro y educado monsieur Courtois. De hecho, pensar en un hombre vestido de satén, con peluca y la cara empolvada era algo ridículo, comparándolo con ese guerrero escocés.
El otro hombre, al principio quieto por la sorpresa, se estaba recobrando y con manos hábiles cargaba su pistola, calibrando un disparo a los dos hombres entrelazados en el suelo. Dado el abrazo de los dos contrincantes, dudaba: sería tan fácil acertar a Sasuke como a su compañero. Quise advertir a Sasuke del peligro. Pero de mi boca no conseguía que saliera una palabra. «Piensa, Sakura, piensa, sobrevive y lucha.» Recordé de pronto el afilado abrecartas en mi bolsillo, que busqué desesperadamente. Solo tenía un segundo. Corrí hacia el hombre armado, y aprovechando su descuido, demasiado pendiente de apuntar al hombre correcto, lo sujeté del pelo y tiré de él hacia atrás, haciendo que soltara el arma, que se disparó al caer al suelo, creando un estallido en el silencio de la noche, llenando el espacio de humo y del fuerte olor picante de la pólvora. Grité de forma aguda y a la vez estrangulada. Aguanté la respiración y sentí que me lloraban los ojos por el escozor provocado por los restos de pólvora, pero aun así y con una fuerza que creí que no tenía sujeté al hombre con mi brazo izquierdo y clavé el abrecartas donde creía que estaba el corazón. Milagrosamente para mí, que no para él, no tropecé con ninguna costilla y el abrecartas de plata labrada se clavó hasta la empuñadura en la carne blanda. El hombre cayó hacia atrás arrastrándome con él. En el suelo me deshice de su cuerpo inerte y me levanté deprisa.
Escuché un gruñido animal, supe de quién provenía. Sasuke estaba herido. Me agaché buscando algo que pudiese arrojar al otro hombre, que se había levantado repuesto de mi golpe y avanzaba hacia mí con furia. Agarré sin pensarlo un pequeño tronco del fuego que amenazaba con extinguirse y lo arrojé con tan mala puntería que solo logré que le rozara la cabeza. Maldije por lo bajo, el hombre me miró sorprendido, quizá no lo había dicho en voz baja. Conseguí unos preciosos segundos en los que Sasuke se incorporó cogiéndose un brazo y volvió a atacar sin elegancia ni destreza, solo con furia animal. Me volví hacia el otro hombre, y pensé en huir, pero de noche y en un bosque estaba segura que no llegaría muy lejos. No había dado un paso cuando un brazo fuerte tiró de mí casi sacándome la articulación del hombro, me giró y yo gemí de forma estrangulada. Sentí algo frío en la garganta y una voz ronca me susurró al oído.
—Quieta y callada, mujer, o te rebano la garganta.
Sentí el calor agrio de su aliento en mi oreja y sofoqué una arcada. Él sintió mi asco y chupó mi cuello babeándome del lóbulo al hombro.
Tanteé con mi mano izquierda el cuerpo que me sujetaba buscando algún punto débil. El hombre que me sujetaba lo tomó como una insinuación y comenzó a frotarse contra mi cuerpo mientras me hacía retroceder unos pasos. Con su mano libre toqueteó mis pechos buscando desatar el corpiño que los cubría.
—Así, así, mujer —susurró mientras desataba los cordones de la blusa, dejando un pecho casi al descubierto—. Si cooperas, puedo ser muy bueno contigo. —Atrapó un pezón, retorciéndolo con brusquedad.
Intenté sujetarle la mano, pero apretó más el cuchillo contra mi mandíbula. Sentí cómo atravesaba la carne y cómo corría un hilo de sangre por el cuello.
—Suéltala —dijo Sasuke con voz serena como aquella vez en casa de madame La Marche.
Intenté mirarlo de soslayo. El cuchillo se volvió a clavar más en un punto justo debajo de la mandíbula.
Sasuke parecía tranquilo, de hecho demasiado tranquilo. Estaba de pie frente a nosotros con las piernas un poco abiertas y los brazos a los costados. Tenía desgarrada la camisa y yo podía ver una herida en el hombro, y cómo se deslizaban regueros de sangre roja a través del antebrazo, pero por lo demás parecía estar en perfectas condiciones. Ni siquiera respiraba agitado. Solo sus ojos mostraban turbulencias. Por fin dirigió su mirada hacia mí, y nuestros ojos se encontraron. La intensidad de su mirada me dejó sin aliento. Era violencia pura. La calma que precede a la tempestad.
—¿Por qué iba a hacerlo?, es mi seguro de vida. Cogeré a la mujer y el caballo y nos alejaremos. Con suerte no volveré a verte, cabrón escocés, pero disfrutaré de tu mujercita un buen rato antes de deshacerme de ella. Te aseguro, sucio montañés, que cuando acabe con ella no querrás quedártela. —Me sujetó con más fuerza e hizo ademán de dirigirse hacia donde habíamos dejado el caballo pastando.
—¡Mátalo! —exclamé de repente con un sonido estrangulado que brotó de mi garganta herida—. ¡Mátalo, maldita sea! —No sentía miedo, sino una calma extraña, como si mi cuerpo no fuera el mío, y yo en realidad no estuviese allí.
Sasuke valoró mi sugerencia pasando su mirada de mí al hombre. Después de lo que pareció una eternidad, aunque solo transcurrieron unos segundos, se encogió de hombros, con ese gesto que le había visto hacer ya varias veces, y con indiferencia dijo:
—Está bien, llévatela, pero déjame el caballo, juro que no te perseguiré. Que la disfrutes, tiene un genio de mil demonios, la verdad, me haces un favor quedándotela. —Se volvió dirigiéndose con paso firme hacia el caballo.
Yo exhalé el aliento, no sabía que lo había estado conteniendo. Mi secuestrador estaba completamente quieto, dudando de las palabras de Sasuke. Yo me había quedado helada. «¿Me iba a dejar allí, a merced del sucio inglés?» Sentí furia y tristeza a partes iguales. Quise patearle el culo y sollozar un «por qué». Mi flacidez debió de decidir al secuestrador. Aflojó un poco su abrazo y me instó a seguir a Sasuke.
—Eh, tú —llamó el atacante.
Con una velocidad de relámpago, Sasuke se volvió. Ni el hombre que me sujetaba ni yo vimos venir la siang dhu volando. Noté un susurro junto a mi oído y el sonido de la carne al desgarrarse, unos balbuceos incoherentes y me vi arrastrada al suelo.
Rodé hasta soltarme. Pude ver cómo Sasuke se agachaba a mi lado y con un giro de muñeca terminaba de degollar al atacante, como si fuera algo que llevaba toda su vida haciendo. Solo entonces, cuando se aseguró de que estaba muerto, se volvió hacia mí.
—¿Estás bien, Sakura? —Me sujetó por los hombros y me levantó.
Yo no acertaba a contestar, me castañeteaban los dientes y temblaba como una hoja.
Él no dijo nada, simplemente me observaba. Me cogió la cara y pasó un dedo por el labio partido, luego la giró para ver mejor la herida del cuchillo. Chasqueó la lengua y maldijo en gaélico. Luego bajó su mano y su rostro hacia mi pecho. Sujetó la blusa y me tapó el pecho descubierto. Al hacerlo rozó con su nudillo el pezón, que se irguió indiferente a la tormenta de mis sentimientos. Sofoqué un gemido. Sasuke permaneció por un instante mirando al suelo.
Finalmente levantó la mirada.
—¿Te han hecho... daño, Sakura? —inquirió con voz suave.
Negué con la cabeza, todavía no podía hablar.
—¿Tienes alguna herida aparte de la del cuello y el labio? —preguntó recorriendo con sus manos el resto de mi cuerpo.
Volví a negar agitando la cabeza.
—He matado un hombre. Otra vez. Yo nunca, nunca... —dije roncamente recuperando la voz. Él me abrazó con fuerza y me di cuenta de que estaba llorando.
Permanecimos así abrazados y balanceándonos como dos barcos en una tormenta un buen rato, mientras me susurraba palabras en gaélico y me acariciaba la espalda.
—Tengo que sacarlos de aquí —dijo separándose. Yo noté un frío helador cuando mi cuerpo se separó del suyo.
—Tenemos —contesté hipando—, no me vas a volver a dejar sola nunca más.
—¿Nunca más? —contestó con voz suave.
—Nunca —dije yo.
—Espero que recuerdes esas palabras pronto, Sakura. —Lo miré extrañada pero su rostro no me mostró nada más que una profunda preocupación y algo de tristeza.
Cogimos los cuerpos y los arrastramos hasta alejarlos de la pequeña choza. Los tapamos con hojarasca, ya que no teníamos otra cosa. Sasuke murmuró una plegaria y se santiguó, yo simplemente los miré con asco, temiendo perder la poca cordura que aún me quedaba.
Volvimos a la choza cogidos de la mano. Comenzó a llover y algunas goteras se filtraron por el techo de paja. Escogimos un lugar seco y Sasuke encendió otro fuego y se sentó junto a él, sujetándose el brazo herido.
—Déjame que te cure —le dije, aunque no tenía idea de cómo.
Me acerqué a su brazo y retiré los restos de camisa pegados a su piel con sangre, temiendo desmayarme al ver la herida. Nunca me había gustado mucho la vista de la sangre, pero tenía que mostrarme fuerte, por él, por los dos.
—¿Tienes algo con lo que pueda limpiar la herida? —pregunté viendo que el rasguño producido por la bala había arrastrado piel y tejido a su paso dejando un rastro ennegrecido.
—Hay un pequeño manantial cerca —contestó él.
—No me sirve. Necesito algo con lo que desinfectar.
—¿Desinfectar? —preguntó cuidadosamente.
—Sí, para que no... —paré un momento. ¿Cómo explicarle a un hombre del siglo XVIII lo que eran los microbios?— para que no enfermes.
—Ah, eso. No tengo ningún tipo de ungüento, pero queda cerveza —contestó.
—¿No tienes algo más fuerte?
Su rostro se iluminó por un instante. Se levantó y salió volviendo al poco con una pequeña botella, que me entregó.
La abrí y olisqueé. Whisky. Eso tendría que servir, al menos de momento.
Me rasgué una de las sayas y empapé la tela con una buena cantidad del líquido ambarino. Sasuke hizo una mueca al ver tal desperdicio. A mí me dieron ganas de reír. Me sentía como una aventurera del Oeste, y la conversación que tuve con Obito frente al televisor vino a mi mente. Al final él tenía razón. No era de las que gritaba, al menos no demasiado; era de las que luchaba. Me pregunté si yo misma me conocía. No quise pensar más y me centré en la herida. La limpié con cuidado, tenía que escocer y mucho, pero Sasuke no hizo movimiento alguno, solo noté que fruncía los labios. Volví a rasgar otra tira de la tela de mis sayas y vendé la herida con fuerza para que dejara de sangrar.
—¿Mejor? —pregunté.
Él cogió la botella y bebió un largo trago.
—Ahora sí —contestó tendiéndomela.
Yo hice lo mismo que él y me atraganté tosiendo.
—¿Mejor? —inquirió él.
—Eso creo —contesté con voz ronca, y ambos sonreímos por primera vez en toda la noche.
—Déjame que te vea la herida —dijo levantándome el rostro para observar mi cuello. Escuché una maldición contenida.
—No es nada, solo un rasguño —contesté.
Utilizó el mismo paño empapado en whisky y me limpió la pequeña hendidura del cuchillo que había dejado de sangrar hacía un rato.
—¡Ach! —exclamé al sentir el escozor. Él sonrió a medias y pasó un dedo alrededor de mi cuello.
—¿Te duele? —preguntó.
—No demasiado, solo al respirar fuerte o tragar —contesté. No me había visto en un espejo, pero me imaginaba que debía de tener algún tipo de marca o rojez debido al intento de estrangularme de lord Collingwood.
—Eres una muchacha muy valiente, mi valquiria —susurró.
—No lo soy. Simplemente estaba desesperada y actué en consecuencia —dije respondiendo como en un tribunal.
—¿Quién te ha enseñado a defenderte así? —preguntó bebiendo de la botella.
—No tengo ni la más remota idea. Simplemente vi que estabas en peligro y supe que tenía que hacer algo.
Me arropó con la manta y me acarició el rostro.
—Duerme mo anam, yo velaré tu sueño —dijo volviéndose hacia el fuego con expresión indescifrable.
Me tendí a su lado, intentando no imaginarme qué tipo de insectos y animales habría en aquella choza y sentí mucho frío. No quería pensar, pero sin embargo las caras, el disparo, la sangre, el dolor y la sensación de estar clavando el abrecartas en la carne flácida volvieron a mi mente, haciendo que abriera los ojos y supiera que no podría dormir nada, al menos esa noche, y dudaba que durante mucho tiempo tampoco. Era una asesina, y sin embargo no me sentía culpable, sentía que había hecho lo correcto. Sasuke parecía tranquilo observando el fuego y perdido en sus pensamientos. Para él esto debía de ser habitual, no había pestañeado ni mostraba ningún arrepentimiento.
—¿A cuántos hombres has matado? —pregunté sobresaltándole.
Se volvió hacia mí.
—No lo sé, no podría contarlos. Solo puedo decir que siempre fue defendiendo a mi familia, mi clan y mi tierra.
—¿Has sido soldado?
—Sí, durante un tiempo lo fui, una época oscura que procuro no recordar.
No volví a hablar durante unos minutos. Cada vez estaba más despierta, más inquieta y tenía más frío. Soldado, espía... ¿Quién era este hombre?
—Sasuke.
—Hummm.
—Duerme conmigo, por favor —supliqué.
—¿¡Qué...?! —Me miró de forma intensa.
—Necesito sentirte a mi lado —le dije sintiéndome pequeña e indefensa.
No contestó, pero se recostó a mi lado abrazándome con el brazo herido dejando que el otro hiciera las veces de almohada. Me recosté contra él, que soltó su capa y la tendió sobre nosotros protegiéndonos de la humedad de la noche. Creyendo que no volvería a poder dormir el resto de mi vida, suspiré y al calor de su abrazo recibí a Morfeo.
Tuve otra vez el extraño sueño, me encontraba en el bosque, ahora lo reconocía, era este mismo lugar, y el hombre escocés se acercaba cada vez más a mí, hasta estar casi a mi lado. Yo miré hacia su rostro y me perdí en su mirada negra como el mar embravecido: «Ya casi eres mía», susurró. Abrí los ojos asustada, sin saber muy bien si todo era fruto de mi imaginación o real. Noté el abrazo de Sasuke y supe que estaba despierto. Él no podía permitirse el descuido de dormirse. Me encontraba en un mundo salvaje, en el que matabas para sobrevivir, luchabas y curabas heridas, un mundo cruel y despiadado, y sin embargo me descubrí sonriendo. Nunca me había sentido tan viva como en aquel momento.
