10
¿No te arrodillas?
Me desperté sintiendo el frío del amanecer y todos los músculos envarados, pero sobre todo con la sensación de soledad que sentía cuando me quedé dormida. Decidí no quedarme esperando más y me vestí y refresqué el rostro con el agua fría de la jofaina. Me cepillé el pelo y lo dejé suelto. Por más que lo intentara, salvo una trenza no sabía hacer nada más complicado. Me asomé por la ventana empañada por el frío y la humedad, había llovido por la noche. Los hombres comenzaban a salir del castillo dirigiéndose a sus ocupaciones diarias. Allí no existía el término horario de trabajo, se comenzaba cuando la luz daba paso a un nuevo día y se terminaba cuando la luna hacía su aparición. Me volví y salí de la habitación. Bajé las escaleras sin encontrarme con nadie y, temiendo perderme, decidí seguir el olor de la comida.
Encontré la cocina en uno de los recodos a la izquierda. La puerta estaba abierta y entré saludando a Elsphet, que se volvió sorprendida al verme aparecer. Agradecí no ver a William, el mayordomo de gesto adusto, por ningún sitio. Me preguntó si quería que me subieran algo para desayunar, le contesté que no me importaba hacerlo allí mismo. Aunque extrañada, me señaló un pequeño banco de madera junto a la mesa central y me senté. Puso frente a mí una jarra de cerveza y unos panecillos recién sacados del horno, rellenos de arándanos o algún otro fruto del bosque. Estaban deliciosos y comí con avidez.
Me encontraba zampándome mi segundo panecillo y bebiendo de la cálida cerveza, que según me explicó fabricaban ellos mismos. Por lo menos no era el porridge, que había llegado a aborrecer de mi estancia en Edimburgo, aunque añoraba con toda mi alma una taza de café, o por lo menos algo de leche.
Sugerí si podía calentar algo de leche. Ella me miró extrañada.
—La leche es para los niños y para los enfermos, y por lo que veo, muchacha, tú no eres ni lo uno ni lo otro.
Con un suspiro de frustración, claudiqué. Otro rasgo más a tener en cuenta del carácter escocés. Su terquedad, corregí, su extrema terquedad. En particular la de uno que no se había dignado aparecer desde la tarde anterior. Ahogando mis penas bebí de la cerveza intentando que enturbiara mi mente lo suficiente por lo menos para no pensar en el diablo de ojos negros.
Como una invocación, el diablo de ojos negros hizo su aparición estelar. Casi me dieron ganas de cantarle ¡tarará tara! con sarcasmo.
—Estás aquí —dijo con su mirada fija en la mía.
—Sí, y por lo que ves no me he metido debajo de las faldas de nadie —dije volviendo a mi cerveza.
Entrecerró los ojos y noté cómo empezaba a enfadarse.
«¡A la mierda! —pensé—, soy yo quien tiene todo el derecho a estar enfadada.» Era la primera vez en toda mi vida que me dejaban plantada, y muy a mi pesar no me había gustado nada la sensación de abandono.
—Sakura... —dijo bruscamente con un tono de advertencia. Elsphet nos miraba sin ocultar su curiosidad.
—No viniste —le espeté enfadada.
—Lo hice, ya estabas dormida y no quise despertarte.
—Sí, claro. Primero tenías que atender a tu prometida. —Lo dije con tanto desprecio que hasta Elsphet exclamó algo en gaélico que no sonó nada bien. «¿Por qué me molestaba tanto?»
Él me interrumpió e hizo caso omiso a mis comentarios.
—Sakura, ¿puedes venir?, tengo que hablar contigo. Eh, ¿has terminado de desayunar? —añadió como punto final. Estaba enfadado, pero yo también, así que la conversación se prometía interesante.
—Yo, eh..., sí —contesté algo sorprendida levantándome y dejando caer mi tercer panecillo encima de la gran mesa que había en el centro de la cocina.
—Está bien, vamos —dijo.
Me dieron ganas de contestar, «¡a sus órdenes, comandante!», pero me contuve a tiempo viéndole el gesto adusto y salí detrás de él, dirigiendo una última mirada de tristeza a mi panecillo de arándanos, solitario encima de la mesa.
Le seguí por los pasillos del castillo hasta la puerta principal, allí se volvió hacia mí, pero en realidad no me miraba.
—Coge una capa, mo anam, hace frío —dijo tirándome una capa marrón de lana que colgaba de un gancho en la pared.
Estábamos a mediados de noviembre y, aunque no soplaba el viento, la quietud de la mañana fría en las montañas apuntaba a que nevaría pronto. Me puse la capucha y me arrebujé bien en la capa cuando sentí el golpe frío mordiéndome el rostro en el exterior.
Sasuke no parecía sentir el mismo frío que yo, dado que iba solo con la camisa, una chaqueta corta y el kilt echado en el hombro derecho. Aceleré el paso, iba deprisa, se dirigía con paso firme y largas zancadas hacia algún lugar que yo desconocía por el momento.
Al llegar a la muralla, Sasuke se paró, dijo algo en gaélico a los guardias de la arcada, estos asintieron con la cabeza y seguimos. A los cinco minutos, yo resollaba y me ardían las mejillas del frío y del esfuerzo.
Poco después llegamos al lugar al que me llevaba, era un pequeño claro rodeado de serbales y cubierto de brezo, cerca del lago. Se paró en el centro y miró en derredor.
—Allí —dijo, señalando unas piedras que parecían un sillón en el extremo derecho—. Las piedras nos protegerán del frío —afirmó.
Esperaba que así fuera, aunque mi cuerpo se había calentado con la caminata, sentía que si me quedaba parada mucho tiempo iba a empezar a temblar como una hoja, convirtiéndome en una estalactita. Lo miré mientras se dirigía con decisión hacia el peculiar asiento de piedra. Me sorprendía la capacidad de resistencia de los montañeses, no parecía cansado, su respiración era normal y sus mejillas no mostraban ningún rasgo de enrojecimiento. En cambio, a mí me empezaba a gotear la nariz, que suponía tendría un bonito color carmesí.
—Toma —me dijo, cuando nos sentamos en la piedra, sacando un pañuelo blanco del sporran—, sécate la nariz, Sakura, o cogerás un resfriado.
—Gra... gracias —respondí tartamudeando un poco, cogiendo mecánicamente el pañuelo y apretándolo contra mi nariz.
Sasuke respiró hondo haciendo que brotaran de su boca volutas de aliento blanco y me miró profundamente. Yo devolví la mirada a sus brillantes ojos negros enarcando una ceja.
—¿Qué ocurre? ¿Hay algo que quieras decirme?, o ¿quizás algo que se te haya pasado por alto? Como por ejemplo que estás prometido. —No pude reprimir el sarcasmo en mi voz.
Él sonrió a medias, una sonrisa de suficiencia que rápidamente borró de su rostro y volvió la mirada en derredor, como cogiendo fuerzas del paisaje y la tierra que nos rodeaba. Agachó la cabeza y sacó un papel del sporran. Con una pequeña vacilación en su mano me lo entregó.
Cogí el papel, del tamaño de una cuartilla, sacando mi mano derecha del refugio de mi capa. El tosco papel era áspero al contacto, agaché la cabeza y lo miré, había un dibujo de una mujer de pelo rosado y grandes pechos con una insidiosa mirada. Debajo, unas letras en mayúsculas: SE BUSCA POR ASESINATO A LA ESPAÑOLA, saqué mi otra mano para sujetar bien el papel, o quizá para evitar que se notara demasiado mi temblor.
RECOMPENSA: 20 LIBRAS INGLESAS. Una cantidad desorbitada para la época. Un escalofrío recorrió mi espalda dejándome momentáneamente sin respiración. Se me nubló la vista y sentí que comenzaba un ataque de pánico. Me obligué a mí misma a contar despacio mentalmente: uno, dos, tres, cuatro, cinco... Cuando llegaba al diez, noté los brazos de Sasuke rodeándome, se había sentado a mi lado sujetándome contra su cuerpo.
—¡Sakura! ¡Sakura! ¿Estás bien? —oí que decía una voz a lo lejos. Abrí los ojos e intenté centrarlos en un punto alejado, un pequeño serbal que se levantaba tembloroso entre sus compañeros más altos y viejos.
Volví mi cara hacia él.
—Sí —respondí quedamente—, estoy bien. ¿Lo he matado, entonces?
—De momento creemos que no. Pero esto —negó con la cabeza— no es bueno. No se te parece mucho, salvo en... algunos rasgos. Es extraño que haya llegado tan lejos, aunque últimamente los ingleses pululan por estas tierras como pulgas al perro sarnoso.
Permanecimos callados lo que pareció una eternidad, aunque no hubieran pasado más de unos minutos. La mujer del retrato era yo, era cierto que el parecido era remoto, pero las indicaciones eran claras: asesinato, española, recompensa.
—¿Y bien? ¿Qué, qué puedo hacer ahora? —pregunté con voz débil—. ¿Debo entregarme?, ¿vendrán a buscarme?, ¿me... me..., me queda alguna posibilidad de huir?
—No —contestó apartándose de mi lado, sin especificar a qué pregunta respondía y sentándose otra vez en frente de mí—. ¿Estás bien? ¿Seguro que no te desmayarás? —inquirió como si no estuviese seguro de que fuera a desplomarme de un momento a otro.
—No —le contesté yo. Lo miré, parecía esperar algún tipo de aclaración más—. No, no voy a desmayarme, y ¡no! ¡No estoy bien!, casi mato a un hombre, y además de cargar en mi conciencia con ello, debo pagar, y supongo que no se conformarán con unos cuantos años de cárcel, ¿no? —intenté que mi voz no sonara demasiado chillona.
Él me miró frunciendo los labios y se pasó la mano por el pelo con gesto cansado.
—¿La horca? —pregunté con voz trémula. Lo sabía, pero necesitaba confirmación.
—En el mejor de los casos, mo anam. Si antes no te azotan o te ejecutan o descuartizan. Los castigos a las mujeres suelen ser más sangrientos, porque también son más escasos. Ya lo has visto con tus propios ojos —contestó mirándome a los ojos.
Hasta ese momento había pensado que todo era un error, un malentendido, algo irreal que en realidad no estaba ocurriendo. Pero todo era cierto, y esa certeza me aterraba como nada antes lo había hecho.
Le devolví la mirada, pero no pude ver más allá. Sasuke era especialista en ocultar sus verdaderos sentimientos, llevaba haciéndolo muchos años, pero yo creía que había nacido con esa habilidad innata. Sentí que estaba asustándome con algún propósito.
—¿Os estoy poniendo en peligro? —volví a preguntar. Y yo que pensaba que me traía allí para explicarme lo de su prometida. Desde luego, los giros del destino me estaban mareando y aterrorizando.
—No —contestó—. Todavía no. Esto —dijo dirigiendo su vista al panfleto que yo seguía agarrando con ambas manos como si en ello me fuera la vida— lo encontró Itachi en el fuerte inglés cerca de aquí —explicó—. Dudo que haya llegado a los abiertos oídos de las Highlands, si no es probable que fuera demasiado tarde para tener esta conversación, y no podríamos hacer nada al respecto. Itachi se encargó de hacer desaparecer todos los que encontró a varias millas a la redonda —aclaró.
—¿Qué puedo hacer? —pregunté y me avergoncé de que esta vez mi voz sonara gimoteante.
—Bueno, para eso te he traído aquí —aclaró vacilante—, para que busquemos una solución al problema. —Esta vez sonó más seguro. Yo lo miré de forma inquisitiva y por un momento pensé, mirando su apostura de guerra, que pensaba estrangularme y enterrarme en algún lugar debajo de un millar de piedras en medio de las montañas, donde nadie preguntara ni se acordara de aquella española que visitó una vez el castillo.
—Bien, ¿y cuál es esa solución? Tú dijiste que aquí estaría a salvo, pero por lo visto no lo estoy más que en Edimburgo —pregunté con voz más firme, apartándome solo unos centímetros y recolocando mis pies debajo de la falda por si tenía que levantarme y echar a correr de inmediato.
Sasuke pareció notar mi retraimiento y me interrogó con la mirada. Yo lo miré a su vez, como en el viejo juego de quien parpadee antes pierde. Perdí yo, mirarle a él era como mirar a una esfinge egipcia, aterrorizaba a hombres y mujeres por igual.
—Te prometí que te protegería —dijo con voz firme—. Tengo hombres a mi servicio, aquí y en el continente, y puedo recurrir a ellos, me son leales.
—Pero ¿cómo?, no podéis estar vigilando siempre los caminos, escondiéndome detrás de un arbusto cuando vea un uniforme inglés. Al final todo se sabrá. Tarde o temprano alguien lo contará, llegará a sus oídos y vendrán a buscarme. No puedo permitir poneros en peligro.
—Puedo intentar llevarte a Francia, pero será muy difícil, los puertos estarán vigilados, y tú no pasas desapercibida, aunque podría disfrazarte de hombre —bajó la mirada a mi pecho—, con una venda apretada puede que lo consiguiéramos. Pero —ahí vaciló— nos convertiríamos en proscritos.
—¿Nos? No dejaría que me acompañaras, y menos sabiendo lo que dejas aquí, además no conozco a nadie en Francia, no sabría qué hacer allí —respondí con tristeza.
—¿Y en España? —inquirió—. Podríamos intentar llegar a Francia, y desde allí te llevaría a través de los pasos de los Pirineos a España. Eres española, ¿no tienes a alguien a quien puedas recurrir? ¿Algún familiar? ¿Tu padre? —volvió a preguntar con voz suave.
—No, no tengo a nadie, ni en España, ni en Francia, ni en Inglaterra, ni en Escocia. No tengo a nadie, en ningún lugar. Estoy sola. Ya te lo dije, mi familia, ellos ya no... —terminé con tristeza negándome a decir más.
—Sí, es cierto, y yo te dije que me tenías a mí, y eso no ha cambiado, Sakura. ¿Recuerdas las palabras que pronunciaste la noche que nos atacaron? —Sasuke me cogió la mano derecha, que seguía agarrada como un garfio a mi retrato de asesina, y con la otra mano levantó la barbilla y me obligó a mirarlo.
—¿Cuáles? —pregunté desconcertada.
—Me dijiste «nunca te separes de mí».
Asentí con la cabeza, lo recordaba, pero entonces no sabía que estaba prometido a otra mujer.
—Nada ha cambiado, mo anam. Nunca me separaré de ti, si es eso lo que me pides —respondió con un brillo extraño en sus ojos.
Lo miré con los ojos brillantes, no sabía si por el frío, la emoción, o por contener las lágrimas.
—Gracias, Sasuke, de verdad, gracias. Pero no puedo quedarme contigo, te pondría en peligro, no podría cargar con otra muerte en mi conciencia. Es hora de que enfrente de una vez por todas a la realidad —exclamé.
—¡En qué poca estima me tienes! —rio sobresaltándome—. ¿De verdad crees que una orden de búsqueda y captura de los ingleses puede amedrentarme?
—Bueno, ¿y qué tienes en mente?, porque estoy segura de que para algo me has traído aquí. —Todavía danzaba en mi mente la idea de salir corriendo.
—Creo que la mejor solución es el matrimonio —afirmó seriamente cogiéndome de ambas muñecas y mirándome directamente a los ojos.
—¿¡Qué!? —No quería que mi voz sonara tan histérica, pero lo que acababa de decir me había dejado de piedra—. ¿Y quién demonios querría casarse conmigo? Desde luego no tengo ninguna de las cualidades de una buena esposa, obviando el hecho de que casi mato a un hombre, después asesiné a otro y además he trabajado en un prostíbulo. El que se haya ofrecido, si es que tienes a alguien en mente, tiene que estar completamente loco; eso o bien que lo que verdaderamente quiere es cobrar la recompensa al entregarme.
—Podría ser yo. Cierto es que tus cualidades como esposa dejan bastante que desear, pero conozco lo suficiente de tu pasado cercano como para saber que nada de lo que has hecho ha sido sino obligada por las circunstancias del momento. Tampoco necesito entregarte para conseguir la recompensa, tengo mi propio dinero. —Me miró directamente a los ojos sin soltarme las manos.
—¿¡Tú!? —exclamé casi gritando—. ¡Desde luego que no!
Me soltó las manos al instante y noté su rubor. Lo había herido, cuando pretendía mantenerlo a salvo. Esta conversación se me iba de las manos y todo me parecía una locura.
—¿Por qué yo no? ¿Tengo algo que te repele, acaso? Ayer parecía que disfrutaste con mi beso, y me has pedido varias veces que no me separara de ti. Te he prometido una y mil veces que te cuidaría, y que me lleve el diablo si no cumplo la promesa. Puedo ser un buen marido, soy fuerte y todavía joven. Puedo cuidarte y darte hijos.
No contesté a su sugerencia. La última parte había tocado mi fibra sensible y no quería que lo notara.
—Pues sencillamente porque ya estás prometido con otra mujer —dije con calma.
—No, no lo estoy. Eso fue una artimaña de mi padre. Ya lo ha intentado otras veces, pero no de forma tan descarada. Soy un hombre libre, Sakura, si tú quieres aceptarme. No sé por qué huyes de tu familia ni conozco tu pasado, pero estoy dispuesto a mantenerte a mi lado.
Dudé y como siempre anticipándose a mis sentimientos lo notó.
—¿Es porque soy un bastardo? —Lo miré a los ojos y pude ver dolor y amargura.
—¡Bah! —le hice un gesto de la mano descartando esa opción que para mí era insignificante comparada con la misma idea del matrimonio.
—Si te casas conmigo pasarás a ser escocesa, adoptarás mi apellido, y eso nos dará cierta ventaja si nos vemos obligados a escondernos. Buscan a una mujer soltera española, no a una casada y escocesa. Es probable que tarden en averiguar que huiste de Edimburgo con un escocés de las Highlands, ya que me he ocupado bastante bien de ocultar mi rastro. Por lo que ellos saben, ahora mismo podrías estar en Francia, ya que huiste con monsieur Courtois.
—Sasuke —dije resoplando—, cualquiera que me escuche sabe que soy extranjera.
—Deberás mantenerte en silencio —contestó—, si es que puedes —añadió como al descuido—. Espero que esta amenaza —cogió el papel con mi retrato— provoque en ti algo más de prudencia de la que has demostrado hasta ahora.
—No puedo casarme contigo. —Noté su entrecejo fruncido—. Ni contigo, ni con nadie.
—¿Hay alguien más, entonces? —preguntó—, ¿algún hombre del que estás huyendo?
—No —contesté rápidamente. En realidad, el hombre en cuestión había huido de mí, no yo de él. El recordar a Shikamaru hizo que se me encogiera el estómago.
Lo intentó por otros medios. Tenía que reconocer que era testarudo y cabezón.
—Se acerca una guerra —añadió. Sus ojos se entrecerraron y miraron al infinito como si supiera lo cerca que estaba el Levantamiento. Volvió la cabeza hacia mí.
—Lo primero que harán será cerrar la frontera y los puertos, y creo que lo último que preocupará al rey Geordie será atrapar a una española que casi ha matado a un solo hombre, por muy lord que sea. —Terminó la frase con un suspiro, pensando quizá que solo uno entre miles que habrían de morir no tendría la más mínima importancia. Pero ahí se equivocaba, a mí sí me importaba, y mucho, no había un segundo del día en el que no me acordara de aquel momento, del golpe, de la caída, de toda esa sangre en el suelo.
—No me has contestado —dijo, sacándome de mi torturada ensoñación.
—¿Crees..., crees que es la única posibilidad? —pregunté suavemente.
Me observó como si sus ojos pudieran atravesar mi alma y mi corazón.
—Sí, mo anam, lo he pensado y meditado y sí estoy seguro de que es lo único que podemos hacer por el momento, aunque no es mucho.
Aquí bufé algo incómoda por su escrutinio.
—¿Que no es mucho?, es un matrimonio, ¡por Dios!, algo que se supone que nos une de por vida, al menos en principio —aquí bajé la voz—. Sasuke, ¿por qué demonios tienes que ser tú?
—Soy el único que se ha ofrecido a ello —respondió con media sonrisa—, pero —y su sonrisa se hizo más abierta— si crees que es mejor entregarte a los ingleses, podemos hacer las debidas diligencias.
Bien, ahora lo intentaba con amenazas veladas.
—Dame solo una razón convincente y aceptaré —le respondí finalmente. De todas formas, el matrimonio es un contrato entre dos personas, y en cualquier momento podía romperse. Yo no había perdido la esperanza de regresar a mi mundo, y una simple firma en un papel solo iba a conseguir que reanudara mis esfuerzos con más intensidad.
—Bien, tengo mis razones, pero por ahora no es necesario que las conozcas. —Al ver mi cara interrogante continuó—: Quizá si yo te protejo, tú también puedas protegerme a mí.
Sonrió mostrando su blanca dentadura, pero a mí me recordó una sonrisa lobuna. Había algo, de eso estaba segura, yo trabajaba en eso, los clientes siempre me ocultaban datos importantes, unas veces queriendo y otras por descuido, que yo intentaba averiguar de la forma más sutil y rápida posible, porque ello hacía que la balanza en un juicio se inclinara a favor de una parte o de la otra. Me quedé en silencio y agaché la cabeza, empezaba a sentir un frío helador que se colaba en los huesos, dejé en blanco la mente e intenté analizar el porqué de tan generosa proposición.
Sasuke se había levantado y paseaba alrededor del círculo, con intención, pensé, de darme algún tiempo para pensar. Lo miré. ¡Dios!, era un buen hombre, ¿por qué arriesgaba tanto? Al girar su cabeza y verlo de perfil lo comprendí de repente, como si un relámpago iluminara mis recuerdos. No podía ser, pero ¿y si...?, lo era, yo lo había visto, en Edimburgo, ese mismo gesto de perfil cuando entraba en la Molly House. A Sasuke le gustaban los hombres, y este arreglo le daba la suficiente libertad para no ser examinado y juzgado por no querer casarse con la mujer elegida por su padre. Y de paso salvar su vida. Pero, ¿su beso?, ¿fue real? O simplemente como dijo él intentaba enviar un mensaje a su padre y yo era la mejor opción. Recordé su pasión dentro de mi boca y su erección bajo la falda. Yo le atraía, al menos eso pensaba hasta ahora. Pero Sasuke era un soldado, un espía, y estaba perfectamente entrenado para fingir u ocultar cualquier tipo de emoción. Con algo de tristeza, intenté pensar con claridad; si él podía sacrificarse por mí, yo también podría hacerlo por él...
—Sasuke —lo llamé.
Él se acercó despacio.
—¿Sí? An pòs thu mí? —inquirió de pie frente a mí. Yo tuve que levantar la cabeza, pues todavía permanecía sentada.
—Lo haré —le dije—. Pero... —alargué una mano y le rocé un extremo de la falda— lo hubiera hecho de todas formas, ¿sabes?, para mí no es nada malo. Pero deberías ser sincero conmigo.
—¡Oh! —parecía sorprendido—, ¿sincero? Lo estoy siendo, en la medida que puedo.
—Te garantizo, Sasuke Uchiha, que puedes confiar en mí, con papeles o sin ellos.
Él seguía mirándome con suspicacia, pero con un gesto volvió a sentarse a mi lado.
—¿Cuándo lo haremos? —pregunté.
—Pasado mañana, nos casaremos junto con Itachi y su prometida —sonrió—. De todas formas, solo hay que cambiar el nombre de una de las novias, así matamos dos pájaros de un tiro.
Así me sentía yo ahora, como un pájaro que huyera de un certero disparo.
Nos quedamos en silencio un momento, poco más se podía decir del arreglo. No había romanticismo, no había flores ni palabras de amor, no había anillo que ofrecer, solo un acuerdo mercantil que nos beneficiaba a los dos.
—No sabía que Itachi se fuera a casar tan pronto —comenté. Sasuke se volvió bruscamente hacia mí, sobresaltándome.
—Itachi tiene concertado este matrimonio desde hace meses, no hay ningún motivo —remarcó— para retrasarlo.
Me miró directamente a los ojos como si quisiera taladrarme.
«¿Y por qué se enfada ahora?», pensé.
Lo que dijo a continuación hizo que me enfadara yo también.
—¿Hubieras preferido que fuera él y no yo? —preguntó.
—¿Qué? ¿Cómo? ¡No! —Hice un gesto de indignación. ¿Itachi? ¿El que había propuesto dejarme abandonada en la cuneta? Ni muerta me acercaría a él a menos de dos metros a partir de ahora—. ¿Por qué lo preguntas? —dije.
—Porque he visto cómo te mira —me contestó suavemente.
—¿Ah sí? —pregunté con lo que yo creía que era poco entusiasmo, pero algo me delató—. Deberías fijarte en cómo lo miro yo. Es un problema que tenéis todos los hombres. Siempre miráis en la dirección equivocada.
—¿Seguro? —Su mirada se tornó oscura.
—Pues yo pensaba que incluso mi presencia le resultaba incómoda —repuse quitándome una pequeña mota de polvo inexistente de la capa.
—En eso llevas razón, para él eres toda una excepción en lo que a mujeres se refiere. No entiende cómo puedes mostrarle tan directamente tu desprecio y eso le inquieta y le excita a partes iguales.
Reí con carcajadas amargas.
—No te preocupes, Sasuke, sé cómo ser una buena esposa —carraspeé, buena..., buena..., al menos lo recordaba y lo intentaría por él.
—Bien —contestó Sasuke—, me gusta oírte decir eso. ¿Tienes hambre? —añadió, cambiando rápidamente de tema—, he traído un poco de queso y pan.
—Sí —respondí—, tengo hambre, no he podido terminar de desayunar esta mañana.
—¿Ah no?, he visto hombres que comen menos, pero parece que con tres panes de mermelada no te llega para la hora del almuerzo. —Ahora sonreía.
—Dos —le corregí—, el tercero se quedó en la cocina. Me tengo que agenciar un sporran de esos que lleváis —dije pensativa—. A mí también me será muy útil.
Ahora su sonrisa era franca y cordial cuando me ofreció un trozo de queso.
Comimos en silencio unos minutos, después de que todos los asuntos legales estuvieran casi tramitados.
Habló él sorprendiéndome.
—¿Conoces la historia de este lugar?
—No —contesté—, ¿qué es?
Sasuke apoyó su codo en la rodilla, con la típica postura de narrador, y comenzó a hablar con su profunda voz de barítono. Y en segundos me vi atrapada por su tono y por la narración.
—Es el círculo de las sidhe, las hadas, el protector y el origen del clan —dijo mirando alrededor. Me fijé con más atención en el paisaje que me rodeaba, pero no le vi nada especial. Su mirada parecía perdida en algún punto en la lejanía—. Hace siglos los humanos convivían con los seres mágicos, las hadas. No podían verse, solo una vez al año, en la festividad de Sahmain, el 31 de octubre —aclaró. A mí me recorrió un escalofrío, esa era la fecha en la que yo había hecho aparición en este mundo—. Como decía —continuó al notar mi vacilación—, solo ese día convivían los dos mundos. Era un día festivo, se hacían hogueras en la montaña y se cenaba y bailaba al aire libre, y a la media noche, los hombres acudían al círculo donde el rey y la reina de las hadas los esperaban. Los reyes se sentaban donde estamos nosotros ahora —dijo golpeando con una mano la piedra—, y escuchaban las propuestas y discusiones de los humanos, y les ayudaban a decidir o decidían por ellos mismos, hacían de jueces y partes, pero cuidando de no involucrarse demasiado en las voluntades impredecibles de los humanos de tan corta vida. Entonces nació Sasuke, el hijo pequeño de los Otsutsuky, fue un niño inquieto y travieso al que le gustaba el aire libre y solía jugar frecuentemente en el brezo y en este círculo. Sus padres le advertían que no convenía molestar a los mágicos, pero era demasiado imprudente, y además afirmaba, que él, solo él, podía verlos. A menudo, contaban los vecinos, se le veía jugando con una persona imaginaria que solo él, como afirmaba, conocía. Era la hija pequeña de los reyes de las hadas, la más mimada y consentida, la más bella, con cabellos rosados y ojos verdes grisáceos. —Me miró, y yo me pregunté si la descripción variaba dependiendo de la muchacha a la que se le contaba la historia—. Era la más bella entre las hadas y la más hermosa entre las mujeres, y los juegos de niños pronto se convirtieron en juegos de adultos, lo que preocupó sobremanera a los reyes de las hadas y a los padres de Sasuke, que temían un castigo por parte de los mágicos. Sasuke y Ailleen se enamoraron como solo pueden hacerlo los puros de alma y, percibiendo el peligro que se cernía sobre ellos, huyeron. Estuvieron desaparecidos durante un año y un día, y cuando volvieron para el siguiente Sahmain afirmaron que se habían casado en secreto y que no había vuelta atrás, ya que Ailleen esperaba un hijo de él. Los mágicos se enfurecieron y amenazaron con destruir a todo el clan por ellos. Ailleen lloró y suplicó mientras Sasuke se mantenía fuerte a su lado sujetándola. Habían violado la mayor y más sagrada de las reglas no escritas y el orden establecido hasta el momento debía cambiar. Las hadas la condenaron al ostracismo y a convertirse en humana, pero todo tiene un precio. Ailleen debía morir al término de la séptima luna llena, siendo humana, perdiendo su inmortalidad y su refugio en el mundo de las hadas. Sasuke suplicó piedad y se ofreció a morir en su lugar, los mágicos no lo aceptaron, y en castigo se retiraron del pacto entre humanos y hadas. A partir de ese momento no se volverían a reunir, ni acudirían a resolver sus disputas; desde ese instante desaparecieron de la vida de los humanos. —Yo estaba atrapada en la historia, y la pausa que hizo Sasuke para coger aire, no consiguió distraerme.
—¿Qué pasó? —pregunté con un nudo en la garganta.
Él me miró con los ojos negros un poco más tristes y siguió con la historia.
—Sasuke y Ailleen se refugiaron en un Chaclann (donde luego se alzaría el castillo de los Otsutsuky), y vivieron con amor sus últimas siete lunas de vida. Ella dio a luz a un niño mitad humano mitad mágico, y al tercer día, noche de luna llena, murió en brazos de su marido. Sasuke maldijo a la noche y al día y su alma murió con ella. Se la llevó al día siguiente y la enterró en soledad en un lugar secreto que solo él conoció y que no rebeló a nadie. Sasuke fue el primer Otsutsuky y por eso yo llevo su nombre, porque mi madre no quiso que nadie olvidara quién era mi padre.
—Es una historia preciosa, pero muy triste —susurré negándome a que desapareciera la magia del momento.
—Todas las historias de amor son tristes, ¿no crees?
—Sí, tienes razón, en todas las verdaderas historias de amor uno de los dos siempre muere —suspiré, pensando en una frase de Shikamaru: «Sakura, si no, tú no tendrías trabajo. Si se aman mueren, si no, acaban divorciándose».
Él era mucho más pragmático que yo.
—¿Esa frase es tuya, mo aman? —preguntó.
—No —le contesté— de mi... —iba a decir de mi primer marido, pero no tenía sentido explicárselo en ese momento—, es de un... amigo.
—Hummm —hizo un típico ruido escocés que podía significar cualquier cosa, pero no pronunció una sola palabra.
—¿Crees que alguien puede verlos, a los mágicos, a Ailleen?
—No —me contestó—, si alguien los viera ahora significaría que son brujos o que están locos, y eso no es una perspectiva halagüeña.
Nos quedamos en silencio otra vez, parecía que estaba anocheciendo, el tiempo había pasado muy deprisa.
—¿Sabes? —le dije—, creo que Ailleen está enterrada aquí, en el círculo de las hadas, allí debajo de ese pequeño serbal, que lleva ondeándose todo el día, estoy segura de que Sasuke, siendo un hombre de honor, no quiso separarla del todo de sus padres.
Me miró profundamente.
—Sí —dijo—, yo siempre he creído lo mismo, y cuando era pequeño solía jugar con Itachi aquí a ver si alguno de los dos podía ver un hada.
—¿Lo conseguisteis?
—No —contestó—, aunque la imaginación de Itachi siempre le hacía ver hadas bellas con capas de terciopelo blanco detrás de cada árbol y de cada piedra —rio—, ¡solo éramos unos niños, jugando a ser mayores!
Su mirada estaba fija en el pequeño serbal que seguía meciéndose, al sonido de alguna melodía oculta que solo él podía escuchar, y fue entonces cuando la vi, detrás del pequeño árbol, una figura alta y delgada cubierta con una capa de terciopelo blanco ribeteado en plata, con una cara dulce y hermosa que me sonreía. Parpadeé sorprendida, pero la imagen ya había desaparecido. Seguro que había sido mi imaginación excitada por la historia, tenía que reconocer que Sasuke era un magnífico narrador. Lo miré, él también miraba fijamente al pequeño serbal, y sintiendo un nudo en el estómago estuve casi segura de que él también la había visto.
—Vamos —dijo de pronto, sorprendiéndome, con lo que pegué un bote—, está empezando a nevar, y tienes el pelo cubierto de copos blancos.
Me ayudó a levantarme, flexioné las piernas dos o tres veces para que se desentumecieran. Me admiré de que Sasuke no mostrara ningún tipo de envaramiento en toda su musculatura. Cerca del castillo nos tropezamos con Itachi.
La mirada entre los hermanos fue fría, más que el ambiente que nos envolvía.
—¿Cómo ha ido todo? —le preguntó a Sasuke.
—Bien —respondió él secamente.
—Entonces puedo felicitar a mi medio hermana, ¿no? —dijo.
Antes que Sasuke o yo pudiéramos reaccionar, me había cogido por ambos brazos girándome hacia él y me plantó un beso en los labios, con demasiado entusiasmo debería añadir, que se vio interrumpido por un golpe en su cabeza, que resultó ser un puñetazo de su hermano.
Cuando me soltó, todavía tambaleante, los miré, estaban frente a frente como dos ciervos en celo, dispuestos a pelear.
—¡Eh! —exclamé enfadada frotándome sin disimulo alguno los restos de su beso con la manga de la capa—, no necesito que nadie me defienda.
—Ah, ¿no? —contestó Itachi con voz divertida, mirando a Sasuke, que se encogió de hombros.
—¡No! —respondí más enfadada todavía.
—Y ¿qué piensas hacerme? No veo ningún orinal por aquí cerca —dijo apostándose frente a mí con los brazos cruzados y las piernas semiabiertas.
Lo examiné durante un segundo, sintiendo que la furia bullía en mi interior. Me acerqué a él con paso tranquilo, y cuando estaba a menos de un palmo de su cara, le susurré:
—¡Esto! —levanté mi pierna derecha y le di un rodillazo en su entrepierna, con cuidado de separarme lo suficiente para que al doblarse sobre sí mismo no me golpeara.
Itachi soltó una maldición en gaélico, que se mezcló con las carcajadas de Sasuke. Yo seguía en silencio observándolos a los dos, con la misma mirada reprobatoria que tendría una maestra de escuela ante dos chiquillos revoltosos. En realidad, el golpe no había sido demasiado fuerte, ya que Itachi, leyendo mis intenciones en mi mirada, había intentado cerrar las piernas en un último intento de proteger su virilidad.
—¡¿Pero, qué demonios has hecho, mujer?! —soltó finalmente.
—Lo que te merecías —dije yo a mi vez con toda la dignidad de que fui capaz.
Sasuke seguía riéndose a carcajadas.
—Te dije, brathair, que era una fierecilla —sonrió mi futuro marido. Por su gesto deduje que estaba disfrutando del espectáculo.
—Sí, pues más vale que pongas tus bolas a buen recaudo cuando la enfades, o te quedarás sin descendencia —contestó Itachi en tono divertido.
—¿Ah, sí? —contesté yo en su lugar—, pues las tuyas de momento entiérralas en la nieve, así estarán fresquitas para mañana.
Y volviéndome me dirigí con paso firme hacia la puerta del castillo, mientras oía a mi espalda las carcajadas de ambos highlanders.
Sasuke me alcanzó un poco antes de que llegara al portón de entrada, y sujetándome por el codo me susurró:
—Por hoy te he dejado hacerlo a tu manera, pero a partir de mañana será mi problema, ¿entendido?
—¿Tu problema?, creí que habías dicho que sería tu esposa —remarqué las dos últimas palabras.
—Sí. Pero, ¿no es lo mismo?
No pude contestar, ya estábamos en compañía de los guardias del castillo. E Itachi ya nos había alcanzado riéndose ante el comentario de su hermano.
—No pareces muy contento por tu cercana boda —exclamé pinchándole en lo que más le dolía, aparte de su entrepierna.
—Mi padre puede decidir con quién me caso, pero no con quién me acuesto —fue su rápida respuesta. Se volvió y me guiñó un ojo. Yo respondí sacándole la lengua, que lo dejó con una expresión sorprendida.
La mano que me sujetaba me apretó con más fuerza y me instó a andar más deprisa.
Trastabillando, conseguí llegar hasta la puerta principal, allí me recibieron las risas y conversaciones desde el salón, donde se había servido la cena.
—¡Hummm!, ¡qué bien huele! —Mi estómago comenzó a protestar en serio.
—Vete —Sasuke me dio un pequeño empujón—, pero déjanos algo a los demás hambrientos —terminó riendo, esta vez sinceramente—. Espera —dijo reteniéndome como si se olvidara algo.
Me volví, quitándome la capa.
—Sakura, no comentes nuestro «arreglo», no vamos a publicar las amonestaciones para que sea lo más secreto posible. No queremos dar tiempo a que la gente discurra. —Me miró serio.
No me parecía extraño, era una medida de precaución.
—¿Quién lo sabe?
—Ah, solo Itachi, mi padre, mi hermana, la abuela, sus doncellas, el picapleitos —se rascó la barbilla y terminó—, y dos o tres hombres de confianza.
—¡Vaya!, y ¿no vas a informar al Parlamento? —pregunté dulcemente.
—Hummm, vete ya a cenar, mujer. —Sonrió con picardía y me dio un cachete en el trasero.
Yo no esperé más confirmación y me encaminé con paso decidido a donde me guiaban mis glándulas olfativas. Al entrar en el salón paré. Habían dispuesto varias mesas alargadas, por lo visto habían ido llegando a lo largo del día algunos invitados a la boda de Itachi y Kō, y la gente se apretaba como podía en los bancos. Busqué un sitio con la mirada, ignorando las que yo provocaba de curiosidad, que eran bastantes. Decidí que cuando comiera y bebiera un poco pensaría en todo lo acaecido durante el día. Mi padre solía decir que con el estómago lleno las cosas se aclaran, bueno pues yo tenía mucho que aclarar y necesitaba reponer fuerzas.
La hermana de Sasuke e Itachi, Hinata, me hizo un gesto con la mano de que me acercara a la mesa de las mujeres, y apartándose un poco en el largo banco, golpeó el sitio vacío que había quedado a su lado. Esquivé a hombres, mujeres y niños a lo largo del salón y acabé sentándome con un suspiro.
—¿Todo bien? —preguntó Hinata, levantando las cejas en gesto interrogativo.
Lo sabía, así que no había que ocultar nada, no obstante, no quise dar explicaciones.
—Oh, sí, todo bien.
—¿El qué? —dijo una voz chillona que provenía de la prometida de Itachi, lady Hyūga, inclinándose hacia nosotras.
Antes de que pudiera contestar, se adelantó Hinata.
—Solo le estaba preguntando a Sakura qué tal había ido el paseo por las tierras del clan, ya que hace tanto frío —contestó con voz suave fingiendo un escalofrío.
—¿Has salido fuera del castillo? ¿Nevando? —Su voz se volvió más aguda, si eso era posible—. ¿No has visto nunca la nieve?, en España no nieva, ¿no?, me han comentado que es un país cálido, que incluso en verano es imposible salir al exterior porque el sol te puede causar graves quemaduras —asintió sentando cátedra.
La miré, esperando que no se me notara demasiado la poca estima que le tenía.
—España —me aclaré la voz— es un país grande, mucho más que Escocia e Inglaterra juntas —enfaticé, aunque dudaba que la señorita Hyūga hubiera recorrido más de diez millas fuera de su hogar—, y aunque es cierto que es un país considerablemente más calido que este, también nieva, y mucho, tenemos valles, montañas, grandes ríos y unas costas realmente espectaculares. Además, yo nací en el norte, en Galicia, que tiene un clima bastante parecido al escocés, donde llueve trescientos días al año, sesenta está nublado y los cinco restantes en los que brilla el sol son un accidente climatológico. —La voz se me quebró recordando mi tierra y sintiendo la famosa morriña gallega.
—Oh —contestó lady Hyūga muy poco interesada en la descripción geográfica de mi tierra—, si no tienes miedo de la nieve, puede que lo tengas de los faolean, ¿o también son comunes los lobos en esa tierra del norte de donde provienes? —añadió sarcásticamente.
—¿Qué? —Me volví hacia Hinata esperando confirmación. Maldita sea, pensé, la muy zorra era rápida, tenía que reconocerlo, ¿lobos?, ni se me había pasado por la cabeza.
—No pasa nada —Hinata me sonrió—, no atacan a los hombres, a no ser que estén hambrientos —añadió como de pasada.
—Dicen que eres institutriz, un destino desagradable, pero claro, cuando no hay otro remedio por la pobreza... De algo hay que vivir, ¿no? — exclamó con voz agria lady Hyūga.
Casi me atraganto con la jarra de cerveza. ¿Institutriz? ¿Pobreza? Pero, ¿qué demonios le habían contado? La miré de arriba abajo con absoluto desprecio. Para mí el trabajar nunca había sido motivo de deshonra sino de orgullo y así se lo mostré en la mirada.
—Bueno, yo por lo menos no tengo que perder mi dignidad por un matrimonio concertado —mentí flagrantemente. Pero yo con Sasuke no sentía que perdía mi dignidad, solo mi libertad, y de momento.
Varias mujeres ahogaron exclamaciones de desagrado y Kō me miró con tal intensidad que me alegré que las miradas no matasen, porque si no habría caído fulminada al suelo.
Mientras pensaba que tal vez los ingleses no fuesen tanto mis enemigos como la gente que me rodeaba, fuimos interrumpidas por el alboroto que se produjo de repente. Todas nos volvimos hacia la entrada por donde había hecho aparición Itachi, seguido de Sasuke. Por lo visto los vítores iban dirigidos al primero, que no se molestaba en ocultar su satisfacción saludando a unos y otros con fuertes golpes en la espalda y apretones de manos. Las celebraciones habían empezado y el ambiente se volvió en instantes festivo. Observé a lady Hyūga, que miraba a su prometido en la distancia. No detecté ningún signo de arrobo o admiración por su parte, pero claro, su matrimonio era un arreglo, lo mismo que el mío, aunque por otros motivos. En realidad, dudaba mucho de que Itachi y Kō se hubieran visto más de dos veces en su corta vida, pero aun así me sorprendió la indiferencia de su mirada. No obstante, Itachi tampoco había mirado en su dirección. Despistada como estaba, no noté la mirada de Sasuke fija en mi persona hasta que su hermana me dio un pequeño codazo en las costillas y señaló hacia él con la cabeza. Le miré y sonreí con un gesto de asentimiento; «estoy bien», le dije con los ojos. Él me devolvió la sonrisa y se volvió para buscar asiento en la mesa principal.
Un poco más tarde, ya saciada mi sed y mi hambre, observé a mis compañeras de mesa, mientras conversaban animadamente de hijos, remedios para el catarro y de vez en cuando algún comentario malicioso sobre sus parejas. La hermana de Kō no estaba. Según me había informado Hinata en susurros, se encontraba afectada de un terrible dolor de cabeza, y unas ganas tremendas de volver a su hogar. Yo la comprendía, a mí me pasaba lo mismo, solo que por otras circunstancias.
Un fuerte estruendo nos interrumpió y todas nos volvimos curiosas a mirar qué es lo que provocaba tal hilaridad en los hombres, observando cómo en ese momento un escocés, que reconocí como uno de los centinelas de la arcada del castillo, agitaba su brazo derecho con el puño cerrado y doblado por el codo. Itachi hizo un gesto de incomprensión encogiendo los hombros, lo que provocó fuertes carcajadas en todos.
Me volví hacia mi mesa, donde alguna de las mujeres miraba con escándalo a los hombres y otras agitaban las cabezas con resignación. Yo sonreí, me había olvidado de qué hablaban también ellos cuando no había mujeres en su presencia: de sexo.
Hinata hizo un gesto de estiramiento en la espalda, lo que provocó que su vientre se agitara nervioso.
—¿Te queda mucho? —pregunté.
—No. —Su mirada se volvió soñadora mientras se acariciaba la barriga en un intento de calmar al furioso inquilino al que no parecía gustarle cómo se divertían sus congéneres—. Un mes, más o menos, creo —añadió un poco insegura.
—¿Qué crees que será?
—Naruto dice que es un niño, pero yo creo que va a ser niña, por la forma de mi tripa, ¿ves? —dijo estirándose la tela—, está abombada, eso es una señal de que es una niña —añadió convencida.
Incliné la cabeza, desde luego sin ecógrafos era imposible saberlo, pero la forma de la tripa no era ningún indicativo del sexo del bebé, aunque el tema seguía siendo tema de conversación también en el siglo XXI.
—Pues yo creo que será niño —afirmé.
Me miró como si yo fuese adivina o algo peor.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó con suspicacia.
—Parece muy interesado en unirse a la fiesta de la mesa principal —dije envalentonada por las tres jarras de cerveza que había tomado.
—Vaya, no lo había pensado de esa forma —rio ampliamente sorprendiendo a la gente de la mesa.
La comida y la bebida empezaban a tranquilizar mi cuerpo y me estaba embargando poco a poco una sensación de cansancio que me hizo disimular un gran bostezo.
Hinata se dio cuenta y me apretó del codo con conocimiento.
—Señoras, estoy cansada y el bebé también necesita descansar, yo me retiro, buenas noches. Se volvió hacia mí.
—¿Me acompañas, Sakura? Temo que a estas horas mi cuerpo no permanece del todo estable y necesitaría un apoyo para llegar sin tropiezos a mi habitación.
—Sí, claro —respondí. Me levanté, no sin un pequeño esfuerzo, y ayudé a levantarse a Hinata, que aunque estaba embaraza de ocho meses seguía moviéndose con sorprendente agilidad. Hice un gesto con la mano, mientras entrelazaba mi brazo con el suyo.
—Buenas noches —dije despidiéndome. Todas contestaron excepto lady Hyūga, que me miró fríamente. Noté su fría mirada como dardos clavados entre mis omoplatos hasta que abandonamos el salón por una puerta lateral.
Ayudé a Hinata a subir las escaleras en silencio y la acompañé hasta la puerta de su habitación.
—¿Estarás bien? —pregunté—, ¿quieres que me quede hasta que llegue Naruto?
—Gracias, pero no —contestó con una suave sonrisa—, estaré bien, solo estoy deseando quitarme los zapatos, meterme en la cama y dormir un día seguido, aunque este pequeño no me deje descansar más de una o dos horas sin que tenga que usar la bacinilla.
—Bueno, me voy entonces. —Le apreté el brazo en señal de despedida.
Cuando me estaba preguntando si iba a ser capaz de encontrar mi habitación, me llamó.
—¿Sakura?
—¿Sí? —Me volví creyendo que me iba a pedir que me quedara con ella.
—Me alegro.
—¿De qué? —pregunté sorprendida.
—De que todo haya salido bien esta tarde con Sasuke.
Todavía con una sonrisa en los labios entró en la habitación y cerró la puerta quedamente, dejándome en medio del pasillo central con una agradable sensación de calidez en mi estómago y una inevitable desorientación espacial.
Después de lo que me pareció una eternidad y de haber pasado no menos de tres veces por el mismo tapiz, creí encontrar el pasillo correcto, cuando un hombre me cogió de la mano por detrás y me hizo girar.
Yo ahogué un grito, y al instante me relajé creyendo que era Sasuke. Pero no lo era, era uno de los hombres que acompañaba a la comitiva de los Hyūga.
—¿Qué quiere? —le dije bruscamente, creyendo que él también se había perdido en ese laberinto de castillo.
Me apretó contra la pared con fuerza y comenzó a restregarme contra él. Noté su erección bajo la falda, y comencé a asustarme.
—¿Eres de verdad una selkie? —preguntó acariciando mi cabello—, yo me dejaría arrastrar a las profundidades del agua y viviría contigo eternamente si me lo pidieras.
«¿Pero es que estos hombres solo tenían la idea de la violación en la cabeza?»
Empezaba a estar furiosa. Estaba preparando una contestación adecuada cuando lo sentí retroceder de repente y escuché un golpe en su estómago que lo hizo gruñir.
—Apártate de mi mujer, Andrew, si no quieres tener problemas. Ya quedó claro ayer, y no voy a volver a explicarte nada. —El tono de Sasuke era bajo y furioso.
El hombre intentó erguirse y meditó el oponer resistencia. Miró a Sasuke y lo pensó mejor. Desapareció en la oscuridad del pasillo de piedra.
—¿Cómo sabías...?
—Lo vi levantarse y seguiros a Hinata y a ti —dijo cogiéndome del brazo.
En silencio llegamos a mi habitación.
—Cerraré con llave —dijo.
—¿Por qué? Yo no he hecho nada para que me encierres. Si tiene algo contra ti, que te busque, a mí que me deje en paz —repliqué molesta.
—Mo anam, no entiendes nada. Él sabe perfectamente que la manera más directa de hacerme daño a mí es hacértelo a ti primero —contestó cerrando la puerta con llave.
No hubo más explicaciones, y yo me quedé mirando de forma estúpida la puerta cerrada, sintiendo que pequeñas mariposas revoloteaban en mi estómago.
Me acerqué a la ventana, pensativa, mientras me iba quitando la ropa a torpes tirones hasta quedarme con la camisa interior. Tenía muchas cosas que pensar, pero hacía mucho frío y lo mejor era que lo pensase en la calidez de mi cama.
Me arrebujé debajo de las mantas y agité rápidamente las piernas varias veces para calentar un poco el espacio y mi cuerpo. Sí, tenía muchas cosas que pensar, y pensando en todo lo que tenía que pensar, me quedé profundamente dormida.
