11

Conversaciones... desagradables

Desperté al amanecer con la incómoda sensación de que me había olvidado de algo. Repasé mentalmente: he apagado la calefacción, cerrado la puerta con llave, el teléfono está cargado, pero no hay ninguna llamada, «¿qué es lo que me olvidaba?». Alargué la mano buscando el despertador en la mesilla, no lograba encontrarlo y todo estaba demasiado silencioso. Me giré en la cama todavía desorientada, para ir a darme contra la pared. «Pero ¿qué? ¿Con qué me he golpeado?, ah —recordé con un suspiro—, estoy en casa de papá, en la cama nido.» Cuando estaba a punto de quedarme dormida otra vez, abrí los ojos asustada. ¡NO, MALDITA SEA!, había recordado dónde me encontraba. La realidad vino a mí atravesándome como un rayo, ¡Dios!, ¡Dios!, encogí las piernas y me abracé. Intenté calmar los fuertes latidos de mi corazón que repicaban en mis tímpanos como campanas. Deseé tener a alguien a quien agarrarme, sentía que me caía por un precipicio y no podía parar. Me vinieron fuertes náuseas. Intentando contenerlas me arropé todavía más con las mantas. No lo conseguí, al poco me levanté de un salto y vomité todo lo que contenía mi estómago en el orinal de porcelana decorado con dibujos de nardos.

Mientras me sacudía por los espasmos del vómito, de rodillas en el frío suelo de piedra, observé con pasmosa claridad cómo un pequeño ratoncillo se escondía asustado de mi presencia detrás del arcón de madera tallada. Lo que en otro lejano tiempo me hubiera hecho gritar asustada y escalar al punto más alto de la estancia, ahora me pareció de lo más natural. En realidad sentía más pena por mí misma que por el ratón, que seguramente sería el almuerzo de uno de los muchos gatos que pululaban por el castillo. Intenté tragar la saliva que se agolpaba en mi boca, lo que me provocó otra arcada. Apreté los labios con fuerza e intenté respirar quedamente, estuve así unos minutos, en los que el ratón, envalentonado por mi súbito silencio, asomó su hocico detrás de la protección del mueble, mirándome inquisitivo agitando sus pequeños bigotes. «Qué poco nos queda, pequeño», le dije mentalmente. El pequeño roedor pareció entenderlo y, levantando su minúscula cabeza, emprendió la huida atravesando la habitación y pasando por debajo de la puerta.

Cuando creí que lo peor había pasado me incorporé lentamente y me acerqué a la jofaina llena hacia la mitad de agua. Con manos inseguras agarré un pequeño paño que yacía al lado, lo empapé bien de agua fresca y me lo pasé por la frente y por la nuca. Poco a poco empecé a recuperar algo de estabilidad, aunque seguía sintiendo un desagradable amargor que iba de mi garganta a la boca del estómago. Comencé a vestirme temblando, terminé cuando pasó lo que parecía una eternidad. Me senté en el borde de la cama pensando en acostarme otra vez, y deseando que al despertar todo hubiera sido un mal sueño. Pero no, no lo era. Sintiendo que debía afirmarlo me di un pequeño pellizco en el brazo. Reprimiendo una exclamación y sintiéndome un poco tonta, me sorprendieron unos pequeños toques en la puerta.

—¿Sakura?, ¿querida, estás despierta? —reconocí la voz de Hinata.

—Sí —contesté con voz todavía débil—, pasa.

—Uff —comentó entrando como un huracán de las Azores—, ¿qué es ese olor? —Frunció la nariz como un sabueso.

Yo, algo avergonzada, me levanté rápidamente a abrir la ventana para que entrara algo del aire fresco de la mañana y limpiara el ambiente viciado de la habitación.

—Oh, perdona —susurró—, es que ya sabes que el embarazo agudiza el sentido del olfato. No quería —añadió con un gesto de la mano— ofenderte, pero es que parece que aquí ha vomitado alguien.

—Sí, yo. —Señalé la bacinilla.

—Oh. —Se rascó la barbilla pensativa, lo que debía ser un rasgo familiar, ya que sus hermanos también lo hacían. Miró lo que eran los restos de mi cena de la noche anterior y abrió desmesuradamente los ojos.

—¿Qué...? —acerté a decir yo, mientras la veía volverse rápida a cerrar la puerta.

Apoyándose en la jamba, me miró inquisitivamente, yo a su vez le devolví la mirada levantando una ceja.

—No estarás..., no, no puede ser —negó con la cabeza—, ¿no estarás embarazada? —arrancó con valentía.

—¿Greinshch? —acerté a mascullar—. No, por supuesto que no. —Viendo que no quedaba conforme le aclaré—. Creo que no me sentó muy bien la cena, debió de ser la cerveza, ¿sabes? No estoy acostumbrada a beber tanto, y estaba cansada y tenía frío... Yo creo que ha sido algo así. —Hasta yo misma podía ver lo inconsistente de mi explicación, pero no tenía otra mejor, así que me encogí de hombros.

—Vaya, pero si solo bebiste tres vasos de cerveza. Igual estás más acostumbrada al vino, ¿no?, le diré a Elsphet que saque unas cuantas botellas de la bodega para que a partir de ahora no falte en la mesa —afirmó encontrando la solución al problema.

—¿Podrían sacar también agua? ¿No?

—¿Agua? ¿Por qué?, ¿no sabes que el agua encharca el estómago y dificulta la digestión? —afirmó seriamente.

—Sí, claro —contesté, como si de repente lo hubiera recordado—, dónde tendría yo la cabeza.

Giró la cabeza hacia la puerta.

—Ya vienen —dijo—, vamos —me cogió del brazo—, esto hará que te sientas mejor.

Yo no oía nada, pero al segundo sonaron unos fuertes golpes en la puerta, mientras observé otra vez cómo giraba el picaporte. «¿Es que nadie espera a escuchar la invitación a entrar?»

Eran dos doncellas, que reconocí como las que solían acompañar a lady Uzumaki. Una de ellas traía una bandeja con lo que parecía ser mi desayuno y la otra, una tira de cuero en las manos.

—¿Tarta de manzana? —pregunté reconociendo el olor.

—Sí —contestó alegremente Hinata—. Sasuke nos ha dicho que te gusta el dulce, y Elsphet la acaba de preparar. Cuidado —añadió, viendo que yo me acercaba a coger un trozo del pastel—, todavía está caliente.

—Oh, no importa —contesté. Una vez que había pasado mi malestar, volvía a tener un hambre canina. Aunque comprobé que el pastel estaba delicioso, crujiente por fuera y cremoso por dentro, con una suave pero picante textura de manzana, me costó tragarlo y tuve que hacer un esfuerzo por hacer que se mantuviera en mi interior.

—¿Estás bien? —preguntó Hinata preocupada—. Te has puesto un poco pálida.

Una de las doncellas hizo un comentario en gaélico, a lo que la otra contestó riendo.

—¿Qué ha dicho? —pregunté.

—Que no puedes ponerte más pálida, ya que no ha visto a nadie más blanco que tú, ¿sabes que apenas te sonrojas? —preguntó. Sí, lo sabía, pero no era del todo cierto, sí que me sonrojaba muchas veces, al menos aquí, aunque años de estudiada frialdad me habían ayudado a controlarlo—. Dice que eres un taibhse, no existe palabra en inglés para traducirlo, podría ser... —dudó— fantasma, sí, esa es la traducción.

Yo di un respingo notando que volvía la desazón a mi estómago.

—¿Eres un fantasma, Sakura? —preguntó sonriendo, pero con cierta duda en el fondo de los ojos.

—No —contesté—, creo que soy bastante real, ¿no crees? Los fantasmas no vomitan. —Señalé con la cabeza el orinal, que había intentado esconder debajo de la cama con pequeños empujones de mi pie.

—No, claro que no. Daisy —añadió—, recógelo y límpialo —dijo haciendo un gesto con la mano a la doncella que había traído el desayuno.

Intenté impedírselo cogiéndola del brazo, a lo que la doncella se apartó temiendo el contacto de mi mano.

—No es necesario —dije—, lo haré yo misma.

—¿¡Cómo!? —Ahora las tres mujeres me miraban con la boca abierta.

—Está acostumbrada —dijo Hinata—, es su trabajo, ¿sabes?

Sí, es posible que la joven Daisy estuviera acostumbrada, pero la que no se acostumbraba era yo.

—Está bien —dije soltándola—, no hay problema. —La doncella se acercó temerosa guardando una prudente distancia de medio metro entre mi persona y ella. Cogió el orinal y salió a paso rápido.

—Vamos —urgió Hinata mirándome—, tenemos que darnos prisa o no estará listo para mañana.

—¿El qué? —pregunté desconcertada, todavía observando la puerta cerrada.

—El vestido —respondió ella—, ¿qué va a ser si no? No querrás parecer una sirvienta el día de tu boda, ¿no? —Me instó a ponerme recta, empujando con los dedos en la parte baja de mi espalda—. Así no. —Me empujó los hombros hacia atrás—. Así —sonrió satisfecha, mientras yo contenía la respiración en una postura del todo incómoda, sintiéndome un soldado en posición marcial.

La doncella que llevaba la tira de cuero en las manos, que resultó ser un metro, comenzó a tomarme medidas, de cintura, de contorno de pechos, brazos y por fin de mi altura, donde chasqueó los labios y movió la cabeza como negando la evidencia.

—Es demasiado alta, ¿no? —preguntó Hinata.

Mary, que así se llamaba la improvisada costurera, comentó algo en gaélico.

—¿Lo puedes arreglar? —interrogó Hinata en inglés.

Mary se lanzó en una animada explicación aún en gaélico añadiendo énfasis a sus palabras con amplios movimientos de sus manos.

—Está bien, entonces —dijo dando por terminada la conversación y acompañando con sus palabras a Mary cuando abandonó la habitación, haciendo un gesto de despedida con la cabeza.

—Bien —dije, respirando profundo y dejándome caer a mi posición normal—, ¿le dará tiempo a coser un vestido en solo un día?

—¡No! —exclamó Hinata—, eso sería imposible. —Al ver mi gesto interrogante explicó—: Llevarás el vestido que llevó en su boda seanmhair athaireil.

—¿Cómo?

—Es un gran honor —contestó ofendida interpretando mi expresión erróneamente—. La abuela lo ha guardado todos estos años como si fuera un galón de oro. Es un vestido precioso, de satén amarillo con bordados de hilo de oro aquí —dijo señalándose el escote—. Pero no te diré más, si no estropearía la sorpresa, ¿no crees?

—Bueno, y exactamente, ¿cuántos años lo lleva guardando?

—Bien —contestó pensativa—, creo que desde el siglo pasado, finales del siglo pasado, no sé exactamente el año —explicó con un gesto de la mano—, con la abuela es difícil saberlo, siempre oculta su edad, y sospecho que se ha quitado unos cuantos años, aunque no sabría decirte cuántos. Cada vez que llega su cumpleaños nos dice una fecha diferente, ¿sabes? Sus nietos, Itachi, Sasuke, Ian y yo, siempre hacemos apuestas a ver qué cifra toca ese año, el que más se acerca gana.

No pude reprimir una carcajada, me los imaginaba trajinando a las espaldas de su abuela, intercambiando peniques esperando una respuesta certera.

—Bueno —pregunté—, ¿y cuántos años tiene en realidad?

—Sasuke dice que es inmortal —respondió—, pero yo creo que debe de andar por los ciento veinticinco.

Reí otra vez, empezaba a sentirme mucho mejor.

—¿Has dicho que el vestido es amarillo? —pregunté—, pero no puedo casarme de amarillo, es un color que da mala suerte, todo el mundo lo sabe.

—¿Qué? ¿De dónde has sacado eso?

—Bueno —me sentí un poco estúpida—, quizás es solo una costumbre de mi tierra.

—Bien, ¿y de qué color es el vestido de novia en tu hogar?

—Blanco.

—¿Blanco? —exclamó Hinata—, ¿quién querría casarse de blanco?, es un color de lo más insulso, debéis de parecer manteles con piernas — contestó horrorizada.

Yo me miré los pies avergonzada, recordaba muy bien mi primer vestido de novia, en seda salvaje con cuello barco y pequeños detalles de abalorios cosidos a mano que bajaban en cascada desde el corpiño hasta la amplia falda y cola de tres metros. Era blanco, blanco roto en concreto, y que yo recordara no parecía un mantel andante.

Hinata me dio pequeños golpecitos en la espalda, dándose cuenta de mi turbación.

—Tranquila —susurró—, estarás preciosa, todo el mundo estará mirándote con admiración.

No admití el vértigo que me producía esa afirmación, sentirme el centro de las miradas me asustaba un poco.

—Bueno —sonreí—, me mirarán a mí y a Kō.

Me negaba a utilizar el título de lady Hyūga por sistema.

—Oh, te mirarán a ti, no lo dudes —afirmó.

Eso no consiguió tranquilizarme en absoluto, pero encogí los hombros resignada, poco podía hacer al respecto. No creía que admiraran el vestido, sino a la extranjera que lo llevaba puesto.

Hinata se sentó en un extremo de la cama, y con un suspiro de alivio se quitó los zapatos empujando los talones contra el suelo.

—Ven —dijo—, siéntate a mi lado. Tenemos que hablar de otra cosa.

—¿De qué? —pregunté con curiosidad, sentándome también en la cama.

Hinata se quedó callada un momento, mirándose las manos, mientras jugueteaba con su anillo de casada dándole vueltas en el dedo.

—Verás —dijo sin más preámbulos—, hay cosas que debes saber.

Al ver mi gesto interrogante, ya que cada vez me sentía más perdida con los giros de la conversación, respondió mirándome directamente a los ojos.

—Del matrimonio.

—Ah —respondí, aunque no entendía nada—, del matrimonio. Y ¿qué debo conocer?

Vaciló, pensando cuál era la forma más delicada de explicarme el asunto. Me intranquilicé, las especulaciones de esta familia me ponían nerviosa, todo el mundo parecía tener un millar de esqueletos en el armario. «¿Quiere decirme algo de Sasuke que no me va a gustar?», pensé que el mayor secreto de mi futuro marido ya lo sabía, aunque los demás lo desconociesen.

—Entre un hombre y una mujer pasan... cosas —explicó— en la alcoba, así es posible que nosotras podamos, podamos... tener hijos. Para ello es necesario que el hombre... —aquí se interrumpió, y me miró con calidez a los ojos. Yo me mordí el labio inferior, intentando reprimir una sonrisa, en consideración a lo serio que le parecía el tema a ella, «así que es eso, vaya, vaya...».

Tomó aire y comenzó de nuevo.

—El hombre es más grande.

—Sí —la interrumpí—, por lo general, claro.

Pareció molesta por mi inoportuna interrupción y volvió a coger aire, esta vez más fuerte.

—Los hombres y las mujeres somos diferentes, lo sabes, ¿no?

—Sí, eso lo sé —afirmé agitando la cabeza. En cierto modo me daba pena ver su apuro, pero yo me estaba divirtiendo de lo lindo.

—Ellos tienen... su miembro, ¿has visto algún hombre desnudo, Sakura? —preguntó.

La pregunta me sorprendió. Pero contesté sin vacilar.

—Sí, alguno.

—Hummm —continuó—, entonces sabrás que eso que tienen...

—¿Pene? —volví a interrumpir, pero no pude evitarlo, mi cerebro estaba trabajando rápidamente y se me ocurrían todo tipo de adjetivos, todos igual de obscenos.

«No podré aguantar la risa, no podré...»

—Sí, pene —contestó cada vez más molesta, como si el simple nombre pudiera conjurar uno enorme entre nosotras. Me mordí otra vez el labio, reprimiendo una carcajada que luchaba por salir de mi garganta.

—El pene crece cuando lo acaricias, o a veces solamente cuando estás desnuda frente a ellos, lo rozas y... ¡pum!, se yergue como una espada levantada frente a ti —entrecerró los ojos, como recordando alguna escena en particular.

Hinata seguía concentrada en algún punto de la pared, y continuó su explicación como si yo ya no estuviera allí.

—Para que podamos concebir —ese parecía ser el centro del asunto— es necesario que él, Sasuke, quiero decir, introduzca su miembro en... en... en tu interior, y bueno, empujará y empujará y, voilà!, si Dios loado lo quiere pronto tendrás a tu bebé en brazos. A veces es un poco molesto, pero Sasuke ya sabrá cómo hacerlo, es un buen hombre y te tratará bien.

Ahora era yo la que la miraba fascinada, y la que había conjurado la imagen de Sasuke desnudo frente a mí sintiendo a mi pesar un fuerte deseo. La paré.

—Lo sé —dije con voz demasiado aguda—, lo sé —volví a afirmar con voz más firme—. No es necesario que expliques nada.

Me miró escandalizada.

—Y ¿cómo lo sabes?

—Esto... ya me lo habían explicado —mucho mejor, gráficamente, y lo había probado de diferentes maneras, pero eso no lo podía decir—. Mi hermana —añadí dejándola más tranquila.

Pareció relajarse y con un apretón de su mano se levantó estirándose el vestido y volviendo a ponerse los zapatos de cuero marrón en sus hinchados pies con un suspiro de frustración.

—Entonces —dijo con voz alegre—, ¿está todo dicho? ¿Sí?

—Todo claro —le contesté levantándome a su vez. Dijo que tenía muchas cosas más que preparar y se dispuso a salir. La acompañé a la puerta.

Al traspasar la puerta tropezó con su hermano, que cargaba una caja de madera debajo del brazo.

—Sasuke —dijo suavizando la voz—, ¡qué bien que te haya encontrado!, ya le he explicado a Sakura todo lo que tiene que saber de la noche de bodas.

Sasuke, que se había inclinado con una sonrisa hacia su hermana, se quedó paralizado. Hinata, sin darse cuenta de su arrobo, continuó dándole unos golpecitos en el brazo.

—A ti no tengo que aclararte nada, ¿no? Me imagino que ya sabrás todo lo que tienes que saber. —Se marchó riéndose por el pasillo sin darle oportunidad a su hermano de contestar.

Yo aguantaba las ganas de reír, pero no pude ocultar una enorme sonrisa cuando él me miró.

—No te rías, Sakura —dijo entrando y cerrando con un portazo—. ¿No le habrás dicho de dónde vienes? —inquirió.

—¡Joder! No —respondí poniéndome bruscamente seria.

Mo anam, sigues hablando peor que un marinero. —Sacudió la cabeza reprendiéndome.

Yo, sabiendo que no hablaba en serio, le confesé:

—Mi hermana decía siempre que tengo una asombrosa facilidad para aprender cualquier palabra malsonante, puedo maldecir en siete, no —dije pensativa—, ocho idiomas, y te aseguro que es mucho peor que un «¡joder!».

—¡Oh, vaya! —contestó él poniendo los ojos en blanco—, así que me voy a casar con una lingüista.

—¡Ja! —Le golpeé con un puño en el hombro, lo que hizo que casi soltara la caja que portaba—. ¿Qué es? —señalé con curiosidad.

—Toma, es para ti —me la dio extendiendo los brazos—, un regalo de boda.

—Ahh —dije algo sorprendida y sintiéndome como un niño la mañana de Navidad. La agarré con cuidado ignorando su peso y la puse encima de la mesa apartando con el codo la jofaina y la jarra de agua.

Era una caja de madera de unos cuarenta centímetros de largo por veinte de ancho y treinta de fondo, simple, sin adornos, solo por una pequeña cerradura de bronce en el frontal. La acaricié con suavidad.

—La llave —dijo alargando su brazo y mostrando en su palma abierta una minúscula llave.

Sasuke me miraba expectante y a mí me temblaron un poco las manos al cogérsela e intentar meterla en la cerradura, giré un poco a la izquierda y con un pequeño ¡clic! la tapa de la caja quedó entreabierta.

La abrí con las dos manos, ignorando lo que podía contener y solté un pequeño «¡oh!» de asombro.

Dentro había lo que podía considerarse todo un ajuar de belleza en ese siglo: varios botecitos de cristal labrado con tapones metálicos, un tarro redondo que parecía contener algún tipo de ungüento, un espejo de mano tallado en plata, un cepillo y un peine con mango de carey, un pequeño lápiz de khol, colorete, polvos de arroz y una pequeña caja cuadrada llena a rebosar de pequeñas moscas de terciopelo negro.

—Es precioso, gracias —dije sin mirarlo todavía, cogiendo uno de los pequeños frascos de cristal.

Abrí el frasco que tenía entre las manos, lo olí. Era perfume.

—Rosas —dije. Abrí el siguiente.

—Jazmín —afirmé con seguridad.

Abrí el último. El olor me era familiar, mucho más suave que los otros, pero no lo reconocía.

—¿Este? —Me volví hacia él.

—Lileas. Lirios —contestó disfrutando también de mi alegría.

—Me gusta —respondí—, es el que más me gusta. Volví a olerlo y me puse una delicada gota en mi muñeca, que se perdió cuando se deslizaba al codo.

Me volví hacia él, que parecía fascinado por mi entusiasmo y enterré la nariz en su pecho. Noté su sorpresa, pero no se movió un centímetro.

Aspiré profundamente.

—Madera —dije—, humo, cuero, ¿bergamota?, sudor. ¿Qué perfume utilizas? —pregunté sin separar mi cara de su pecho.

—¿Perfume? —su voz reverberó en mi cara—, ninguno, mo anam.

—¿De veras?, pues entonces tienes un olor muy agradable. —Restregué otra vez la nariz contra su cuerpo.

Noté su rigidez y levanté la cabeza. Nos quedamos mirándonos un instante a solo unos centímetros de distancia. Su mirada estaba turbia, y la mía sospechaba que también. Ninguno de los dos nos movimos.

—Whisky —dije rompiendo el hechizo y apartándome de un salto.

—¿Qué? —atronó él con voz ronca.

—También hueles a whisky —aclaré reprendiéndole—, ¿no te da vergüenza, Sasuke?, no ha llegado todavía la hora del almuerzo.

Él se recobró en un instante y, pasándose la mano por el pelo, contestó:

—Si bebo tan pronto es por tu culpa, mo anam.

—Vaya —contesté bromeando—, que pronto te das a la bebida, si todavía no nos hemos casado.

—No es por eso —aclaró con voz seria, cruzando los brazos donde hacía unos instantes había estado mi rostro—, estamos negociando desde el amanecer las capitulaciones matrimoniales, y se lleva mucho mejor con una bebida que nos caliente el estómago y nos enturbie la mente.

—Capitulaciones —exclamé.

—Sí —contestó—, son...

—Sé lo que son. —Le paré con una mano.

—¿Sí? —Pareció dudarlo. Era lógico, las mujeres de ese tiempo tenían suerte de saber leer, y el derecho más que leer se interpretaba. Las capitulaciones eran básicamente un contrato matrimonial. Así lo explicaba yo a mis clientes cuando acudían al despacho. En las capitulaciones se estipulaba el régimen económico matrimonial, dado que el matrimonio, dejando de lado las connotaciones románticas, era básicamente eso: un contrato entre dos personas, y como tal contrato también se podía disolver.

—Quiero leerlas —le advertí súbitamente seria. Si a él le molestó, no lo dejó entrever.

—Las leerás cuando las firmes, y para ello necesito que me des tu nombre completo.

—Sakura Haruno.

—¿No tienes un segundo nombre? ¿Solo Sakura?

—Sí, solo Sakura —añadí. En realidad hubiera sido una tragedia que, con el apego que tenían a los nombres rimbombantes, mis padres hubieran decidido adornar con otro más el de Sakura, que en mi tiempo ya sonaba arcaico.

—Espérame aquí, no creo que tardemos mucho, mientras tanto enviaré a alguien con una bandeja de comida, porque me imagino que tendrás hambre, ¿no?

—¿Acaso lo dudas? Yo siempre tengo hambre —dije frunciendo el ceño.

—No lo dudo —respondió sonriendo mientras salía por la puerta—, es solo que me pregunto dónde lo metes.

Algo furiosa, cerré con un portazo a su espalda, lo que le provocó fuertes carcajadas que me acompañaron hasta ser solo un eco en el pasillo.

Me volví para concentrarme en mi caja de las maravillas, tocando con suavidad los recipientes y cogiendo el espejo para observarme. En eso estaba cuando la puerta se abrió de repente. Me volví abruptamente, esperando ver a la criada que traía la comida, para decirle que la próxima vez tuviera la delicadeza de llamar o si no me vería obligada a pedir que me instalaran un cerrojo.

Lo que vi me sorprendió. Era una anciana, de poco más de metro y medio de estatura. Entró arrastrando los pies, apoyada sobre un bastón. Su cara la surcaban profundas arrugas, sus ojos marrones estaban hundidos y nublados. Cataratas, pensé mecánicamente. El rictus de su boca era desagradable, y se torció todavía más cuando su corta mirada se enfocó en mi cara. Sus blancos cabellos estaban recogidos descuidadamente debajo de un gorro de encaje que había conocido mejores tiempos, y su apariencia general era de pobreza.

Sentí pena, pensé que igual había venido acompañando a alguno de los invitados de la boda de Itachi, y se había perdido en el laberinto de pasillos del castillo.

—¿Puedo ayudarla? —pregunté acercándome a ella.

—Quita. —Sacudió el bastón en mi dirección. Esquivándolo, di un salto a la derecha.

—¡Eh! —comencé a protestar.

—¡Calla, mujer!

Yo iba a protestar otra vez, pero cerré la boca viendo cómo volvía a agarrar el bastón y comenzaba a levantarlo. Retrocedí un paso hasta casi quedar pegada a la pared.

—¿Qué quiere? —pregunté secamente.

—¡Cállate y escucha! —repitió ella. Tenía una voz cascada, desagradable, y al hablar soltaba pequeños escupitajos de saliva.

Esperé, aún dudaba si era solo una anciana algo descentrada.

—Sé quién eres —bajó la voz. Yo me quedé helada, y un escalofrío recorrió toda mi columna vertebral—. He venido a decirte que te vayas. Desaparece como has aparecido. No debes estar aquí. Este no es tu lugar, y lo sabes, solo traerás desgracias y sangre. Veo mucha sangre a tu alrededor. Te vi venir antes de que llegaras, la sassenach de pelo rosado, estás maldita, y arrastrarás a otros en tu desgracia. Desde que estás aquí solo veo oscuridad. Lo perderás todo si sigues aquí un instante más. Encuentra el modo de regresar a tu mundo y desaparece sin causar más desgracias. Mira a los muertos a tu alrededor que son como tú, reconoce sus caras y vuelve a tu lugar, para que el alma que se ha perdido pueda ser libre y regresar a su sitio. No tienes vida aquí, solo muerte. Recuérdalo, mujer.

Se acercó lentamente, yo me pegué todavía más a la pared, como si fuera posible fusionarme con las piedras, y puso el dedo índice calloso y sucio en el centro de mi pecho. Habló en gaélico, tres o cuatro frases, que obviamente no entendí, y empujó más el dedo en mi piel, como queriendo atravesarme. Su aliento era pútrido y no tenía ya dientes.

—Pareces real, mujer, pero no lo eres, ya estás muerta —afirmó volviéndose y arrastrándose como una serpiente hacia la puerta.

Cuando oí el chasquido de la puerta al cerrarse, exhalé la respiración que había estado conteniendo, y tuve ganas de vomitar otra vez.

Intenté recomponerme, el corazón me latía muy deprisa y pensé que esta vez era muy posible que sí que me desmayara. Me senté despacio en la cama, como si temiera que se fuera a volatilizar, y me sequé las manos sudadas en la falda.

«¿Qué demonios ha sido eso? ¿Estoy maldita? ¿Por qué dice que no soy quien debo ser?», las preguntas se agolpaban en mi mente con agitadas sacudidas. Intentaba organizar el discurso de la anciana para encontrarle algo de lógica. «¿Había dicho que yo hablaba con los muertos?, no, no era eso, ha dicho que yo veo a los muertos. ¿Que yo estoy muerta?» Por segunda vez en un día volví a pellizcarme el brazo, y por segunda vez me sentí completamente estúpida al notar el pinchazo.

¿Estaba acaso bajo la influencia de algún hechizo que me tuviese atrapada allí? Si así fuera, ¿cómo demonios podía deshacerlo? Maldije, una y otra vez, y pateé el suelo con los pies. No entendía nada, y eso, tenía que admitirlo, era lo más frustrante de todo. Siempre se me habían dado bien los acertijos, tenía una mente rápida, un sexto sentido, decía mi hermana, pero aquí me sentía completamente perdida. Una vocecita dijo en mi interior: «Empieza por el principio, Sakura, y termina por el final, verás que así las cosas son más sencillas», recordé la voz de mi madre riñéndome con suavidad cuando me atascaba en algún problema de lógica, y sofoqué un sollozo. Pero aquí no sabía cuál era el principio y cuál el final. «Oh, mamá —pensé—, necesito tu ayuda.»

Lo vi con una pasmosa claridad, era eso, pensé, siempre había sentido la presencia de mi madre, en mi corazón, en mi alma, pero desde que llegué aquí, ese sitio estaba hueco. Al igual que la extraña conexión con mi hermana, que no sentía por más que me esforzara. ¿Los espíritus pueden viajar en el tiempo? Pregunté otra vez al techo esta vez en voz alta. Quizá mi madre se había quedado con Sakurasou, y por eso no podía sentirla. Ahora sí que me sentí completamente sola y desesperada.

Sonaron unos golpes quedos en la puerta, no contesté, pero agarré la jarra con agua, como arma de defensa. La puerta se abrió lentamente y yo agarré con más fuerza la jarra, con intención de arrojársela al inoportuno inquilino. Oí la voz de Daisy y eso me retuvo, cuando entró con la bandeja yo todavía agarraba la jarra como si en eso me fuera la vida. Me miró sorprendida, pero no dijo nada, me imaginé que entrando en las habitaciones como lo hacía habría encontrado algo mucho más sorprendente que yo en posición de ataque.

—¿Dónde la pongo, señora? —preguntó sin entonación en la voz.

—Aquí. —Le señalé la mesa, recogiendo la caja que me había regalado Sasuke no mucho antes y depositándola encima de la cama.

—Le encenderé el fuego, aquí hace un frío de muerte —dijo estremeciéndose.

Bastante rato después de que se fuera, y empezando a sentir en mi cuerpo el calor del fuego, aunque no recordaba cómo me había sentado frente a él, comencé a reaccionar. Me levanté despacio, acerqué la bandeja de comida al suelo frente al fuego del hogar y me senté al lado. Miré la comida. No tenía hambre. Esto sorprendería a Sasuke, pensé con una sonrisa amarga. También habían enviado una botella de vino. No me molesté en servirlo en el vaso. Bebí directamente de la botella, sentí el picor del zumo de uva pasar por mi garganta, y tosí un poco, era fuerte, más de lo que yo estaba acostumbrada, y había probado los vinos de casi todos los países. Cuando llevaba bebida más de media botella, agité el vaso y brindé con el fuego:

—Por nuestros muertos, los tuyos y los míos, y porque yo estoy viva, y porque, porque —me aturullé un poco—, porque quiero seguir estándolo.

¡Mierda!, ¡era eso!, la bruja lo había visto, yo ya había estado muerta, clínicamente muerta más de tres minutos, había dicho el médico. ¿Qué había pasado entonces?, ¿había traspasado algún umbral entre la vida y la muerte que no debí cruzar? ¿Había vuelto a la vida cuando no tenía derecho a ello? Seguía sin recordar nada de esos tres minutos, absolutamente nada; cerré los ojos intentando concentrarme, y la habitación se tambaleó un poco. Los volví a abrir, nada, ni un túnel blanco, ni oscuridad, nada, absolutamente nada.

Esta vez no oí los golpes en la puerta, y Sasuke entró con gesto preocupado al no escuchar ninguna respuesta del interior.

Me volví sorprendida, y él después de circundar la habitación con la mirada acabó bajándola hasta el suelo, donde yo seguía sentada.

—Ehhh —le saludé—, esto parece el camarote de los Hermanos Marx en hora punta. —Me reí bajito de mi propio chiste.

—¿Qué estás haciendo ahí abajo? —preguntó con gesto interrogante.

—Beber —le contesté con voz pastosa—, tengo que reconocer que tenéis buen gusto en el vino, al principio es fuerte, pero luego pasa como la seda.

—Lo sé —contestó—, el vino es mío.

—Vaya —dije riéndome tontamente—, no te veo de pisador de uvas.

—No lo elaboro yo, lo compro yo —aclaró despacio evaluándome.

—Ahhh. —Volví a acercarme el vaso a los labios. Otra cosa más a añadir de su vida, también era comerciante.

Sasuke fue más rápido que yo, y lo atrapó antes de que yo pudiera sacar la lengua para volverlo a saborear.

—Ehh... —protesté alargando la mano, lo que hizo que con mi precario equilibrio cayese sobre el costado izquierdo. Así me quedé mirándole con la cabeza en el suelo.

—Eres muyyyy alto —afirmé. Desde el suelo lo veía como un gigante.

Me arrastré un poco hacia sus pies.

—¿Qué demonios haces, mo anam? —preguntó apartándose.

—Estoy intentando ver qué llevas debajo de la falda —dije con toda la calma del mundo.

—¿¡Qué!? —Me agarró de un brazo y me levantó con una sola mano de un salto.

Yo trastabillé hasta que él me sujetó por ambos brazos.

Le miré a los ojos.

—Conque agua, ¿eh? —preguntó suspicaz.

¿Cómo se enteraba de todo lo que yo decía?

Levanté las dos manos en gesto de rendición.

—No es mi culpa, no había agua en la bandeja.

—¿Ah, no? ¿Y esto qué es si no? —preguntó agachándose para coger otra botella y agitarla delante de mi cara.

—¿Es agua? —pregunté desconcertada. Pensé que era vino, el cristal era verde y no la abrí para comprobarlo.

Su gesto era serio, pero podía jurar que reía en su interior, sus ojos bailaban como dos ónixes.

—¿No crees que es un poco pronto para darte a la bebida, dado —enfatizó— que todavía no nos hemos casado? —repitió mi frase de la mañana.

—No he bebido tanto, solo un poquito, poquito. —Hice el gesto juntando mi dedo índice con el pulgar para señalarle la cantidad exacta.

—Sí, ya veo —contestó él—, eso que señalas es exactamente lo que queda en la botella.

Rio y volvió a cogerme de los brazos.

—¿Estás en condiciones de venir?

—¿Adónde?

Resopló.

—A firmar las capitulaciones.

—Ah, eso. —Me había olvidado por completo—. Sí, estoy bien, solo déjame refrescarme un poco.

Un poco más tarde salimos en dirección al despacho del laird atravesando un pasillo detrás de otro. Si estando yo sobria el castillo ya me parecía un laberinto, ebria creía estar en el Hogwarts de Harry Potter. A punto de pararme delante del retrato de algún antepasado y pedirle que mágicamente me mostrara el camino, llegamos a nuestro destino. Sasuke se paró bruscamente frente a una puerta cerrada, yo paré un segundo después contra su espalda. Se volvió rápidamente antes de que me cayera al suelo, sujetándome con una mano. Me miró fijamente al rostro examinándome, me imagino que para asegurarse de que pareciera por lo menos sobria.

—Vamos. —Agarró mi mano y tiró de mí dentro del despacho.

Una vez dentro, ambos nos quedamos parados en el centro. Yo no había estado nunca en esa parte del castillo, que parecía la más antigua. El despacho en sí no era muy amplio, unos veinte metros cuadrados, pero parecía menor dada la cantidad de estanterías con libros y documentos que llenaban tres de sus paredes. En frente se situaba la mesa del laird, de forma rectangular, de madera oscura y algo gastada, con patas en forma de garras de león. La silla era igualmente imponente, un butacón de cuero, que parecía nuevo, en comparación con el resto de la estancia. El suelo de piedra estaba cubierto de varias alfombras de diferentes tamaños, dispuestas descuidadamente, como queriendo cubrir la frialdad del granito de Argyll.

Laird Otsutsuky se levantó al vernos entrar y nos indicó que nos sentáramos en las dos sillas, imitación de la principal, que habían dispuesto frente a la gran mesa. Yo lo miré intimidada, era la primera vez que lo tenía frente a mí. Un hombre de unos cincuenta años con el pelo negro de sus dos hijos, algo canoso en las sienes, y con el rostro de Sasuke, aunque con los ojos azules. La genética era caprichosa, Sasuke se parecía mucho más a su padre que cualquiera de sus hermanos, como para indicar que aunque fuera bastardo era verdaderamente hijo suyo.

Sasuke se sentó silenciosamente, yo lo hice con un ¡buf! de cansancio. Empezaba a dolerme la espalda y la cabeza. Laird Otsutsuky me miró con gesto enfadado, yo intenté componer una posición más decorosa. Sasuke simplemente me ignoró, mientras rebuscaba en una serie de documentos dispuestos en la esquina de la mesa.

Laird Otsutsuky, o el viejo Fugaku, como le llamaban los más cercanos, se volvía a sacar una botella y dos vasos de la estantería que tenía a su espalda; Sasuke encontró lo que buscaba, puso el papel frente a mí, mojó la pluma en el pequeño tintero de plata y me ordenó:

—Firma.

Yo me incliné para comenzar a estudiar lo que estaba a punto de firmar. Aunque mi mente no estaba del todo clara, recordaba la primera regla de un abogado: «No firmes nada que no hayas leído antes».

Sasuke, impaciente, señaló un punto al final del folio.

—Aquí —dijo.

—Ya lo sé, veo mi nombre, pero quiero saber qué estoy firmando —le respondí algo enfadada.

Sasuke tamborileó con los dedos de la mano izquierda en la mesa mientras que con la derecha me seguía ofreciendo la pluma. El viejo Fugaku tenía una sonrisa divertida en el rostro mientras nos observaba a uno y a otro alternativamente.

Ni siquiera me había dado tiempo a comenzar con el «Reunidos de una parte...» cuando Sasuke puso su amplia mano en el centro del documento y me ordenó con voz grave:

—Firma, ¡ya!

Lo miré dispuesta a iniciar una discusión sobre los motivos que tenía para ocultarme algo que me iba a atar a él el resto de mi vida, pero al mirarlo a sus ojos, lo pensé mejor. No había furia en sus brillantes ojos negros, había súplica.

Cogí la pluma de su mano y en silencio firmé encima de mi nombre. La pluma emitió una serie de chirridos y gorgoteos, pero pude terminar sin demasiados salpicones de tinta. Sasuke levantó el papel firmado, debajo había uno exactamente igual.

—Son dos copias —dijo encogiéndose de hombros.

Con un suspiro volví a apoyar la pluma en el papel y la arrastré, esta vez con más cuidado.

—No pinta —dije, mirando tontamente la punta de la pluma.

Laird Otsutsuky soltó una carcajada, y Sasuke me cogió la pluma y la volvió a llenar en el tintero.

Laird Otsutsuky por fin explotó.

—Por san Columba, mo charaid, ¿no habías dicho que era una mujer estudiada?, dudo mucho que haya tenido una pluma en sus manos antes de hoy. —Siguió riendo.

Sasuke no se molestó en contestar, yo tampoco, y agachando la cabeza firmé la segunda copia con un trazo bastante más firme.

—¿Ya está? —pregunté.

—Sí —contestó Sasuke.

—No —contestó el viejo Fugaku.

—Ya está todo hecho. Vámonos, Sakura. —Me miró y yo me levanté rápidamente, deseosa de salir de allí cuanto antes.

—Espera —gruñó el viejo Fugaku—. Sasuke, puedes irte; tú, Sakura, quédate a compartir un trago del whisky de la casa.

Lo que menos me apetecía en ese momento era beber más, y preparé una excusa mentalmente. Sasuke lo miró furioso.

—Sasuke —dijo con voz suave como el canto de una serpiente atrayendo a un roedor—, no pensarás que voy a hacer daño a mi futura hija. No hemos tenido ocasión de conversar desde que... la trajiste, y desearía conocerla un poco mejor, ya que mañana formará parte de nuestra familia.

A mí no me convencía nada ese argumento, y me sujeté al brazo de Sasuke buscando apoyo. Mi futuro marido suspiró y me dio un pequeño empujón hacia la mesa.

Sentándome otra vez, me volví hacia él cuando abandonaba la opresiva habitación, le miré directamente y le dije con los ojos: «¡Me las pagarás, cobarde!» Él no respondió, su gesto fue inexpresivo.

Giré mi cabeza hacia el laird, que se había sentado también, y me ofrecía un vaso de su mejor whisky. Durante unos minutos no dijimos nada, nos limitamos a observarnos, él bebía de su vaso a pequeños sorbos, yo sostenía el mío sin acercármelo a la boca.

—¿No bebes, muchacha? —inquirió con voz grave.

—No me apetece mucho, la verdad —le contesté secamente.

Sabía que me enfrentaba a un interrogatorio, y no estaba dispuesta a ceder ni un palmo. Ya había tenido suficiente por un día.

In vino veritas —señaló él.

—Cierto, pero esto es whisky, no vino —contraataqué.

—Sasuke confía en ti —siguió mirándome directamente a los ojos—. Que me aspen si sé por qué, pero estoy dispuesto a confiar en su criterio. Mo charaid es bueno juzgando a la gente, muy bueno, la verdad. Al contrario que Itachi, que ve un buen par de tetas y se olvida de que el cerebro no está situado entre las piernas. Si fuera él creería que se ha traído a su puta al hogar familiar.

Di un respingo, tal vez fuera buena idea beber un poco. Acerqué el vaso a mi boca y di un buen trago. El cálido licor me abrasó la garganta y me puse a toser. Una vez que me recompuse, pese a las carcajadas de laird Otsutsuky, noté cierta calidez en mi estómago. No estaba malo, pensé, sabía a tierra y a brezo, pero dejaba un gusto suave y dulce en el paladar.

—Dime, muchacha, ¿tienes familia? —preguntó.

Directo al grano, ¿eh?

—No, no tengo, mi, mi madre murió cuando yo tenía trece años. Mi padre se volvió a casar y perdí el contacto con ellos y con mi hermana. —Tenía que atenerme a lo que él sabía.

—Lo siento, mo nighean.

Parecía sincero, pero era difícil saberlo, ya que escondía sus emociones tan bien como Sasuke.

—Y ¿dónde te criaste, entonces?

—En Galicia, luego viajé un año a Irlanda y finalmente acabé en Edimburgo. —Hasta ahora no había mentido.

—¿Y ahora dónde vivías? —inquirió con un gesto de duda.

—En Edimburgo. Allí conocí a Sasuke —contesté de forma escueta.

—¿Fue entonces cuando entraste a trabajar de institutriz de los hijos de lord Stelton?

Sofoqué un gesto de sorpresa enterrando mi nariz en el vaso de licor. ¿Qué demonios le habían contado? Intenté ser más cauta.

—Sí —dije—, lord Stelton era un viejo conocido de la familia y fue muy amable al ofrecerme un trabajo y una casa.

—Ah, entiendo —respondió quedamente él.

—¿Dónde aprendiste nuestro idioma?

Los giros de la conversación me estaban mareando.

—En Irlanda. —Esto era verdad.

—Sí —dijo—, eso explica tu acento tan extraño, aunque no tu extraño léxico.

Intenté mantenerme serena.

—Es cierto —le contesté—, mi castellano también resulta extraño en mi tierra, ya que nací y residí toda mi juventud en Galicia, y allí hablamos otro idioma, más parecido al portugués que al español. Me imagino —continué— que mezclando toda esa influencia le resulte difícil comprenderme.

—No me resulta difícil comprender tus palabras, muchacha, eres tú quien me resulta difícil de entender.

No se me ocurrió nada que replicar. En cierto modo tenía razón, mi repentina aparición era todo menos clara.

—Lord Stelton es un conocido jacobita, me imagino que residiendo en su propia casa has tenido acceso a valiosa información al respecto. —Dejó el vaso en la mesa con un golpe seco y me atravesó mirándome con la misma intensidad que había heredado su hijo bastardo.

Así que era eso, pensé tranquilamente, «¿cree que soy una espía?»

—No conozco cuáles son las actividades de lord Stelton, pero desde luego, si está conspirando a favor o en contra del pretendiente al trono escocés, lo ignoro. Yo como sirvienta de la casa no estaba presente en ninguna de sus reuniones, y no podría saber con qué gente se reunía, ya que una vez que terminaban mis labores de instrucción tenía orden de retirarme a la zona de la casa destinada a la servidumbre, y allí, le aseguro, no había tiempo para conspiraciones políticas. —Las palabras fluían de mi boca, una mentira detrás de otra, recreando en mi imaginación hasta las habitaciones de una casa que nunca había visitado.

—Sí —contestó quedamente—, pero está claro que sabes leer y por tu labor de institutriz de sus hijos tendrías acceso a sus aposentos privados y sus despachos.

Un poco harta de la situación, le pregunté bruscamente:

—¿Cree que soy una espía jacobita?, pues se equivoca, no tengo ningún interés en que reine uno u otro, la verdad, no es que tenga mucha fe en la institución de la monarquía, ya sea inglesa, escocesa o de cualquier otro país. —Pude ver la sorpresa de su rostro ante mi respuesta abrupta.

—No es que seas partidaria del rey Jacobo lo que me preocupa, sino todo lo contrario —explotó.

Yo lo miré entrecerrando los ojos de forma desafiante.

Soltó una parrafada en gaélico broncamente. Luego se quedó callado observándome.

—¿Qué? —pregunté.

—No has entendido nada, ¿verdad?

—No.

—Mejor, no te habría gustado entenderlo.

—¿Está probando si entiendo su idioma? —pregunté enfadada.

—Sí, pero has dejado muy claro que no lo entiendes.

—¿Por qué?

—Te esfuerzas en ocultar tus emociones, mo nighean, pero no siempre lo consigues, te he observado cómo actúas con Hinata, y que le tienes aprecio. Itachi parece divertirte; actuaste con cariño hacia mi hijo enfermo; yo no te gusto, aunque lo disimulas, y a lady Hyūga seguramente querrías tirarla por el acantilado más cercano, que no te culpo, yo también lo desearía a veces. Pero si hubieras entendido lo que acabo de decirte en gaélico, habrías saltado encima de la mesa intentando estrangularme.

Yo le miraba a la par enfadada y sorprendida. ¿Cuánto llevaba observándome, siguiendo mis movimientos? ¿Y me acusaba a mí de ser una espía?, le dijo la sartén al cazo. Y pensando un poco tarde, ¿qué narices me había dicho? Intenté memorizar alguna palabra, pero para mí el gaélico seguía siendo indescifrable, una cadencia de sonidos melodiosos, pero sin sentido alguno.

—¿Y Sasuke? —pregunté—, no me ha dicho qué opino de Sasuke.

—Bueno, querida, eso ni tú misma lo sabes, ¿verdad? —contestó sonriendo con los ojos y levantándose.

Yo me levanté también como empujada por un resorte.

—No te he dado permiso para levantarte.

Por un momento dudé entre seguir mi instinto o actuar de forma educada. Me volví a sentar.

—Sasuke es un hombre de fortuna —señaló paseando a través de la habitación.

—¿Ah sí? —dije sin entender el giro de la conversación.

—Sí. Lo es. Y seguro que ya te habrás dado cuenta.

Entonces lo entendí.

—¿Cree que me caso con él por su dinero? —exclamé furiosa.

—No lo sé, dímelo tú.

—¡No!, ni siquiera se me había ocurrido. Sasuke no me ha ofrecido ni joyas ni dinero, ni yo se las he pedido.

—Sí, pero una vez que te cases con él, todo será tuyo también. ¿Tampoco habías pensado en eso, acaso? —dijo quedándose parado y mirándome fijamente.

—No —contesté cada vez más enfadada. No, porque no pensaba permanecer tanto tiempo en esa época como para casarme con nadie.

Volví a levantarme, esta vez con la firme decisión de salir de allí y no volver nunca más. Me sentía insultada y humillada a partes iguales, y totalmente frustrada por tener que ocultar los argumentos necesarios para poder defenderme con dignidad.

—Ha sido una agradable conversación, ¿no crees?

—Depende para quién —contesté secamente.

—Me gustas —dijo—, serás una buena compañera para Sasuke. Eres fuerte y tienes carácter, aunque, mujer, deberías controlar ese descaro porque algún día te traerá problemas.

—¿Me está amenazando?

—¿Yo?, no, querida, me ofendes —contestó haciendo un gesto con la mano—, no podría hacer ningún mal a alguien de mi familia.

—¿Ah sí? Todos somos buenos, hasta que dejamos de serlo —le contesté hirviéndome la sangre.

Cuando cerró la puerta tras de mí seguía riendo.

Había oscurecido, y por ello los pasillos estaban iluminados cada poco trecho con antorchas. Cogí una intentando no quemarme y me encaminé a mi habitación, pensando en la conversación que había tenido con laird Otsutsuky. Era un hombre astuto, pero tenía que serlo para gobernar el clan como lo había hecho desde hacía más de treinta años, evitando luchas entre clanes y usurpaciones inglesas. No me había enfadado porque sospechara que era una espía o una cazafortunas, sino porque parecía conocerme mucho mejor de lo que yo creía.

Esta vez sin perderme llegué a mi habitación. Dejé la antorcha en un enganche a la entrada y cerré la puerta apoyándome de espaldas a ella.

Había sido un día muy largo y no me apetecía bajar a cenar con toda la algarabía previa a las ceremonias del día siguiente. Necesitaba estar sola y analizar todo lo ocurrido. El fuego estaba encendido y me acerqué a la chimenea con las manos extendidas para infundir algo de calor a mi cuerpo. En la mesa había una nueva bandeja de comida, con una jarra de agua. Me acerqué sonriendo. No más vino, ¿eh? En la bandeja reposaban cinco rosas blancas atadas con un cordel. Sobre los tallos había una pequeña cuartilla, la abrí despacio y leí: «Lo siento, S.» Aspirando el fuerte aroma de las rosas, me acosté todavía vestida, y al estirar mi cuerpo me di cuenta de lo cansada que estaba. Me quedé dormida envuelta en el dulce olor de las rosas del perdón