12
Se celebran dos bodas
Desperté con una agradable sensación de calidez en el cuerpo. Había tenido un bonito sueño. Era una niña de no más de seis o siete años, estaba corriendo en un jardín con parterres de rosas a los lados, rosas rojas, rosas, amarillas, blancas. Las había de todos los colores y estaban en pleno esplendor primaveral. Olía a hierba recién cortada, aspiré con fuerza y me lancé detrás de un pequeño perrito subiéndome las faldas con ambas manos. Una voz de mujer me llamaba reprendiéndome: «Mademoiselle, mademoiselle, lentement ou vous allez tomber.» Yo no hice caso y reanudé mi persecución atravesando el jardín saltando y esquivando pequeños setos a mi paso. El perrillo se escapaba y yo aceleré el paso. Al final logré atraparlo y lo cogí arrullándolo entre mis brazos. Un hombre alto se acercaba por detrás. «Ma petite, tu ne dois pas prendre le petit chien trop fort ou tu vas lui faire mal —dijo riendo—, no hay que malcriarlos cuando son pequeñitos.» Yo solté al perrillo y me volví hacia él sonriendo. «Père —solté de alegría— tu est revenu.» El hombre me cogió por las axilas y me levantó en el aire, yo reí complacida. «Je veux plus», supliqué. Él me hizo caso y me volteó una vez más y luego giró conmigo todavía en sus brazos. Yo reí extasiada al sentir la suave brisa en el rostro y la sensación de un leve pero excitante mareo, como si estuviese subida en una montaña rusa. «Más, más», grité, y seguí riendo a carcajadas.
Cerré los ojos e intenté volver a dormirme, arrullada por el silencio. Cuando ya estaba a punto de volver a caer dormida, me pregunté distraídamente, ¿cuándo he aprendido yo francés? Abrí los ojos de golpe. El sueño era demasiado real. Los colores, las texturas, el olor de las flores. Era capaz de describir exactamente cómo era el vestido de la niña: azul celeste, con pequeñas flores de lis en blanco bordadas en el corpiño. Sentía el tacto de la tela en mi cuerpo, la rigidez de la falda almidonada. Tenía el pelo recogido en lo alto de la cabeza y las horquillas que lo sujetaban me tiraban del cuero cabelludo, quería arrancarlas de un tirón y llevar el pelo suelto al aire, que flotara con mis saltos. Llevaba unos pequeños escarpines forrados en la misma tela del vestido. Hacían daño y no me gustaban. Intenté situarme en el centro del jardín de mi sueño, ahora como adulta, y observarlo todo en tercera persona. Vi el rostro de la niña, lo reconocí como si me mirara a un espejo, esos ojos, ese pelo rosa. Era yo de niña, pero no era yo. Yo no era francesa ni había vivido nunca en una casa con un jardín con parterres de rosas de colores. Un sudor frío se apoderó de mi cuerpo, cuando la realidad fue tomando consistencia en mi turbada mente. No había sido un sueño, había sido un recuerdo del pasado.
Atribulada como estaba en mis propias preocupaciones no escuché los golpes en la puerta. Estaba todavía en la cama cuando dos hombres del clan entraron portando una enorme bañera de bronce. Ignorando mi gesto sorprendido la dejaron en medio de la habitación y salieron sin mediar palabra. Una detrás de otra entraron varias doncellas con calderos de agua hirviendo que echaron en la bañera. Yo observaba estupefacta la extraña procesión hasta que entró Daisy con lo que parecía un frasco y varias toallas en el otro brazo.
—¿Todavía está durmiendo? —inquirió.
—Sí, bueno, no, con todo este jaleo —acerté a decir.
Suspiró mirando al cielo y me instó a levantarme apartando todas las mantas hasta el pie de la cama.
—Eh —protesté, sintiendo de repente el frío de la mañana a través de mi camisón.
—Vamos —rio ella—, hoy se casa, ¿no lo recuerda? Tiene que bañarse.
Señaló con la cabeza la enorme bañera humeante.
—Sí, claro —le contesté todavía un poco aturdida. Me levanté despacio y metí una mano en el agua. Estaba agradablemente caliente y de repente la idea del baño se tornó de lo más sugerente. Le cogí las toallas que todavía llevaba colgadas del brazo.
—Ya puedo yo, gracias —añadí. No pensaría quedarse mirando, ¿no?
Ella no se movió un palmo. Siguió mirándome con gesto intrigado.
—Tengo órdenes de bañarla y lavarle el pelo —dijo finalmente con gesto ceñudo.
Aguanté la respiración. Ni muerta iba a dejar que una completa desconocida me frotara el cuerpo desnudo. Aunque el nivel de intimidad en esta época era bastante menos acusado que en la mía, todavía sentía pudor, y mucho, en cierto tipo de situaciones.
—Me baño sola desde que pude sostenerme sobre estas piernas —casi grité. Al ver su enfado en la cara intenté suavizar mi tono—. Estoy acostumbrada a asearme sola, no necesito su ayuda —dije en tono más suave—, aunque estoy segura de que es...muy competente en estos menesteres.
Pareció dudar entre su obligación como doncella y mi terquedad. Finalmente cedió abandonando la habitación maldiciendo en gaélico por lo bajo.
—Volveré para vestirla —amenazó cerrando la puerta.
Sin perder un instante, me quité el camisón y me metí en la bañera antes de que el agua se enfriase, sintiendo cómo el calor relajaba la tensión de mis músculos. Agarré el frasco que Daisy había dejado depositado en el suelo. Lo abrí y olí el líquido de su interior, era jabón con un fondo floral. Me eché una generosa cantidad en la mano y me froté vigorosamente el pelo hasta provocar una nube de espuma. Me aclaré sumergiéndome una y otra vez en el agua. No quise demorarme mucho, no deseaba que apareciese la doncella otra vez estando yo desnuda.
Al poco rato y todavía con el pelo húmedo entró Hinata seguida de Mary, que traía entre los brazos con sumo cuidado lo que era mi vestido nupcial.
No pude evitar una exclamación de asombro. El vestido era maravilloso, de un color amarillo pálido, ribeteado con hilo de oro desde el corpiño hasta la voluminosa sobrefalda. Las mangas llegaban hasta el codo ampliándose en caída dejando entrever las puntillas valencianas. La falda por el contrario era de color dorado casi cobre. Habían solucionado el tema de mi altura añadiéndole un disimulado volante. Pensé que solo me faltaba la varita mágica para parecerme al hada madrina de Cenicienta.
—Es precioso, ¿no crees? —preguntó Hinata con una sonrisa, sabiendo la respuesta.
—Sí, ciertamente lo es —contesté tocando suavemente con la mano el satén amarillo.
—La abuela se negó a compartir lecho con el viejo Itachi hasta que este le proporcionó un vestido digno de una reina para contraer matrimonio —explicó.
—¿Vivían juntos antes de casarse? —pregunté extrañada.
—Oh, ¿no te lo ha contado Sasuke?
Negué con la cabeza.
—El viejo bribón la secuestró y comprometió su honra hasta que el bisabuelo tuvo que aceptar el matrimonio —rio Hinata.
—¿La secuestró? —pregunté. Yo no le veía la gracia.
—Oh, sí. El abuelo era un pariente pobre —explicó—. También era un Otsutsuky pero de otra rama. Se quedó huérfano de niño y vino a trabajar al castillo. Él y Karura, la abuela, crecieron juntos, aunque separados por un inmenso abismo, ella como dama e hija del jefe del clan y él ganándose la vida con la miserable paga de soldado. Pertenecía a la guardia privada del laird. Ella lo despreciaba y no se molestaba en ocultarlo. Él se cansó de tanto desaire y decidió darle una lección. El mismo día que la abuela cumplió quince años, el viejo Itachi se la llevó del castillo a las montañas y la retuvo en una cueva. La abuela luchó con uñas y dientes, el abuelo solía decir que tenía cicatrices que lo probaban. Finalmente, ella se rindió y le propuso un trato: solo se casaría con él si conseguía un vestido digno de una reina. El cómo consiguió el vestido siendo Itachi pobre como una rata, nunca lo hemos sabido. Probablemente lo robó a otra desafortunada dama. En aquellos tiempos era todo mucho más salvaje. Asaltó al sacerdote de la aldea y lo obligó a casarlos a punta de espada. Cinco semanas después del secuestro aparecieron en el castillo. El bisabuelo apresó a Itachi y lo iba a ejecutar, pero la abuela intervino y le obligó a aceptar el matrimonio con la amenaza de que si la dejaba viuda se metería de por vida en un convento. El bisabuelo claudicó, la abuela era su única hija y ese matrimonio, su única fuente de descendencia para el clan. Cuando lo sacaron de la prisión, el bisabuelo le dijo a Itachi que no envidiaba su condición, que pasar su vida encadenado a su hija podía ser un destino más terrorífico que la propia muerte. El abuelo le sonrió y poniéndose derecho le informó que tenía toda la vida para domar a la abuela. El bisabuelo le dijo que por supuesto no lo conseguiría. —Suspiró dando por terminado el relato.
Yo estaba de lo más intrigada.
—¿Lo consiguió? —pregunté.
—¡Claro que no!, ninguno lo logra —dijo Hinata guiñándome un ojo—, pero a veces nos gusta hacerles pensar que lo han conseguido.
Reí con ella.
—Fue un buen matrimonio —dijo con ojos soñadores—, estuvieron juntos más de veinte años. No se separaron jamás. La abuela sufrió mucho cuando él falleció y no se volvió a casar, aunque tuvo varias proposiciones. —Hizo una pausa y me miró—. Bueno, y ahora vamos a vestirte, se está haciendo tarde. Quítate la camisa que llevas.
Juraría que vi una llamarada de satisfacción en la mirada de Mary, la joven doncella. Esta vez no tenía por dónde escapar. Me quité la camisa intentando taparme lo mejor que podía y pasé rápidamente por mi cabeza la que me ofrecían.
Me ayudaron a ponerme el pesado vestido, casi estrangulándome cuando apretaron las cintas del corpiño.
—Basta —dije—, no podré respirar.
—Claro que sí —contestó Hinata apretando un poco más—, solo tienes que caminar recta. ¿Ves?, así. Simuló el movimiento, haciendo que su voluminoso vientre se proyectara hacia delante, con lo que el bebé protestó con una fuerte patada, que provocó que Hinata se inclinara bruscamente.
—¿Estás bien? —pregunté viendo su súbita palidez.
—Sí —contestó resollando—, es solo que ya tiene mucha fuerza, y, ¡maldita sea!, me acaba de patear el hígado. Vamos —dijo recobrando rápidamente la compostura—, siéntate aquí. Me acercó un pequeño taburete de tres patas.
Me senté cuidando de no arrugar el vestido, y erguí la espalda por la fuerza de las varillas del corsé.
Ambas discutían a mi espalda cómo recogerme el pelo mientras cogían mechones y los subían o los enroscaban aleatoriamente. No pude reprimir los recuerdos de mi propia boda. Algo triste, me serví en un vaso de la botella que estaba en la bandeja. La saboreé con gusto, era vino dulce, muy similar al albariño, y mi mente voló a otro tiempo y otros recuerdos mucho más felices.
Al contrario de lo que solían decir, que el día de tu boda era todo tan caótico que luego te costaba recordar los detalles, yo lo mantenía todo en mi memoria, cada gesto, cada rostro. El día empezó muy pronto. Sakurasou había llegado la tarde anterior de Edimburgo y fuimos juntas a la peluquería. Estando las dos sentadas y sufriendo los tirones de las peluqueras me preguntó por quinta vez ese día:
—¿Estás segura de que quieres casarte?, mira que todavía estamos a tiempo de solucionar este embrollo —me dijo girando solo un poco la cabeza, lo poco que le permitían las manos de la peluquera.
Yo reí, y por quinta vez le contesté lo mismo:
—No es un embrollo, Sakurasou, es mi boda, y estoy muy segura de lo que voy a hacer, amo a Shikamaru, es el hombre de mi vida —lo decía sinceramente— y basta ya —añadí reprobándola—, cualquiera diría que no te alegras por tu hermana.
—No es eso, me alegro, pero... Dios, es para toda la vida. ¿Realmente estás segura de lo que haces?, eres, somos —corrigió— unas crías, tenemos toda la vida por delante, y el encadenarte a un solo hombre —remarcó esas dos palabras— es algo antiguo en esta época. Piensa todo lo que podrías hacer si no estuviera él. Siempre habías querido vivir en el extranjero, viajar, no sé —añadió con un ademán de la mano—, vivir, en definitiva.
—Sakurasou —le contesté pacientemente—, todo eso ya lo he hecho, y seguiré haciéndolo con él. Shikamaru y yo tenemos algo real. Un proyecto. Una forma de vida.
—¡Joder! —exclamó—, qué aburrida eres. De todas formas —añadió pensativa rascándose la barbilla— existe el divorcio. Así que no todo está perdido. —Me sonrió malévolamente mostrándome toda su dentadura hasta los molares. Nunca pensé lo cerca que estaba de la verdad.
—Niñas, niñas —nos interrumpió Pam, cuando yo estaba a punto de darle una colleja a mi hermana—. ¿No creéis que da un poquito de mala suerte hablar de divorcios el día de una boda? Sakurasou —dijo mirándola—, relájate y disfruta del día de Sakura, cuando te toque a ti, ella estará allí apoyándote, no proporcionándote ideas de fuga.
Mi hermana y yo hicimos el mismo mohín de disgusto y ambas nos concentramos en nuestra propia imagen en el espejo. Me preguntó una vez más si estaba segura de casarme en la iglesia, a punto de llegar al altar; me paró, y con la excusa de darme un beso en la mejilla, me susurró al oído que si quería darme la vuelta y salir corriendo, ella estaría allí para ponerle la zancadilla a Shikamaru y que no pudiera atraparme. En el banquete le pregunté cómo sabía que Shikamaru iba a correr detrás de mí; ella me contestó, con una sonrisa esta vez sincera y algo etílica, que Shikamaru era de los que corrían detrás y no delante de las mujeres. Reí, aunque no comprendí del todo aquella animadversión declarada hacia mi recién estrenado marido.
Apartando esos recuerdos que ahora se tornaban dolorosos, intenté centrarme en lo que me rodeaba. Finalmente habían decidido que llevara el pelo suelto. A mí francamente me daba lo mismo, veía esta boda como un trámite que tenía que pasar. Que llevara el pelo recogido, en tirabuzones o cardado como un punky me era indiferente.
—No te aplicaremos las tenacillas —Hinata levantó el arma con las manos—, no hará falta, el cabello se te ondula solo y si lo intentamos rizar más quizá parezcas una oveja lanera.
—Gracias —respondí no muy segura de si era una alabanza o no; de todas formas, me consideré afortunada de no someterme a la tortura de las tenacillas, que seguro solo iban a conseguir que mi pelo oliera a cerdo quemado.
Como colofón me pusieron una diadema de flores en la coronilla.
—¿Qué es esto? —pregunté un poco incómoda tocándola con la mano. Empezaba a sentirme como un regalo envuelto en sedas, celofán y coronado con un enorme lazo.
—Chsss, quieta —Hinata me dio un pequeño manotazo en la mano inquisidora. Hemos conseguido entrelazar unas pocas florecillas del invernadero de la abuela, si no ahora, en pleno invierno, te hubieras tenido que casar con cardos escoceses en el pelo. Rio de su propia ocurrencia. Toda novia debe llevar flores, es la tradición.
Yo intenté componer una sonrisa que resultó una mueca ante el espejo.
—Estás muy pálida —comentó mirándome seria—, ¿has comido algo?, debes comer, si no te desmayarás en el altar —aseveró.
—He comido algo de lo que quedó de ayer —señalé la bandeja abandonada encima de la mesa la noche anterior. Allí todavía descansaba el pequeño ramillete de rosas blancas, que seguía impregnando la habitación de un fuerte olor floral. Tal vez era eso, pensé para mí tristemente, lo que me había hecho soñar con el jardín de rosas francés.
—Un último toque —añadió Hinata feliz ignorando mi rostro serio. Se quitó los pendientes que llevaba y me los tendió en una mano.
—Toma —dijo—, harán juego con tus ojos.
Los pendientes eran de plata, dos pequeñas lágrimas de esmeraldas brillantes.
—Gracias —dije con un nudo en la garganta, poniéndomelos con manos temblorosas.
Sonaron unos fuertes golpes en la puerta.
—¡Qué bien! —palmeó Hinata—, justo a tiempo.
La miré intrigada y luego volví el rostro hacia Fugaku, que acababa de traspasar la puerta con lo que suponía eran sus mejores galas. Iba vestido con el tartán tradicional de los Otsutsuky, pero en una versión más lujosa de la que yo conocía. Llevaba una chaqueta de terciopelo marrón ribeteada en hilos de plata, el plaid le cruzaba el torso, trazando una línea colorida sobre su camisa blanca de la que solo se veía la parte superior, abotonada hasta el cuello y adornada con puntillas. Prendiendo el conjunto, un broche de plata con el emblema del clan. Medias de lana a cuadros y zapatos con hebilla también de plata. El pelo lo llevaba recogido en una pequeña coleta en la nuca, con una cinta marrón, también de terciopelo.
Hinata plantó con entusiasmo un beso en la mejilla de su padre a la vez que le susurraba lo guapo que estaba, a lo que este pareció bastante azorado.
—Está bien, Hinata —dijo recuperando la voz—, ¿está la novia preparada?
La novia estaba, preparada o no eso estaba por ver.
—Eso creo —contesté quedamente, bastante impresionada por su impostura.
—Hummm —contestó con el típico sonido gutural que tan familiar se me había hecho y mirándome apreciativamente, pero sin hacer ningún comentario al respecto—, vamos —me ofreció el brazo—, está todo preparado. Sasuke está esperando y se ha desatado y atado tantas veces el lazo de la camisa que creo que como tenga que aguantar un rato más acabará ahorcándose en su propia lazada.
Hinata volvió a reír y me empujó con suavidad por la espalda acercándome un paso más a su padre. Yo trastabillé adecuándome a los altos tacones de los incómodos zapatos.
Antes de que alargara mi brazo para entrelazarlo en el del viejo Fugaku, Hinata me cogió la mano.
—Mira —dijo emocionada dirigiendo su mirada a la ventana—, está nevando. Ya sabes lo que dicen. Novia nevada, novia afortunada.
Y volvió a reír con alegría dándome un pequeño beso en la mejilla.
No supe qué decir, solo sonreí y me sujeté con fuerza al brazo de su padre. Ambos salimos por la puerta. Él con paso firme y yo arrastrando los pies, con el ánimo de un condenado a galeras.
Antes de llegar a la capilla tuve un repentino ataque de histeria y comencé a reír de forma algo extraña y a hipar al mismo tiempo. Había un novio que se casaba por motivos políticos con alguien a quien no amaba, y que probablemente esa misma noche se acostara con otra más dispuesta; otro novio que se iba a desposar obligado por las circunstancias de ocultar su verdadera naturaleza; una novia molesta por tener que seguir las directrices de su clan, y por fin yo, la novia venida del futuro que no tenía ni idea de qué hacía allí. Solo faltaba la folclórica con traje de cola y Almodóvar tendría un argumento perfecto para otra película.
Cuando llegamos a la puerta de acceso a la pequeña capilla del castillo, paramos. No nos habíamos cruzado con nadie en el camino. Me asomé tímidamente. Lo que me temía. Estaban todos dentro. Apiñados en los estrechos bancos los que habían llegado antes y los demás agrupados en los laterales y el fondo, conversando entre ellos. Se percibía un suave murmullo emitido por deferencia al lugar sagrado en el que se encontraban.
Una atmósfera de irrealidad lo envolvía todo, los olores de la gente agrupada se mezclaban entre sí, con el humo de las antorchas que coronaban las paredes, y sí, también incienso. Las llamas de las velas que adornaban el altar lanzaban pequeños destellos bailarines compitiendo con sus hermanas de brea colgadas de las paredes. Aun así, la capilla permanecía en penumbra. El día se había tornado oscuro y la única vidriera que presidía el altar no dejaba pasar demasiada luz.
Sentí miedo, empezaba a estar mareada y me costaba respirar, y el estar continuamente en posición erguida hacía que la espalda lanzara fuertes calambrazos de protesta.
No me di cuenta de que agarraba el brazo del laird con la mano completamente agarrotada hasta que él se volvió con un gesto de comprensión en la mirada.
—Mo nighean, no será tan malo, piensa que es mucho mejor a que un cirujano te extraiga una muela —dijo susurrando.
Me parecía una extraña comparación, pero aun así, le contesté mascullando.
—Sí, pero entonces tendría anestesia.
Él me miró sin comprender, yo no intenté explicárselo.
—Alea iacta est —susurré con voz queda. La suerte está echada.
El viejo Fugaku me miró profundamente, y susurró a su vez:
—Exacto, querida, yo no lo hubiera podido expresar mejor.
Alguien de la última fila se había percatado de nuestra presencia y comenzó a hacer gestos al resto de lo que a mí me parecía una multitud, aunque en total no llegaría a setenta personas. Todas desconocidas, ningún amigo o familiar. Una extraña boda, pensé con tristeza, en la que la novia está completamente sola.
Todos se levantaron al unísono provocando un fuerte retumbar de zapatos contra el suelo y roces de vestidos. Alguien carraspeó. Esa fue la señal de salida.
Con un brusco tirón, laird Otsutsuky me obligó a caminar, aunque mis piernas estaban paralizadas y mis pies, clavados al suelo. Temí caerme y hacer un completo ridículo. Conque no me sonrojaba nunca, ¿eh?, ahora mismo debía de parecer un tomate en una exposición de verduras.
En medio del caos lo percibí, su presencia, sus ojos clavados en mí, al pie del altar. Levanté la cabeza que llevaba inclinada y me sostuve en su mirada negra brillante. «Dios mío, está impresionante», pensé, y un pequeño pellizco de orgullo se coló en mis nervios destrozados. Se erguía en toda su altura, llevaba el tartán de gala de los Uchiha, desde los zapatos hasta la cinta del pelo, nada desentonaba. Se había puesto una chaqueta de terciopelo color musgo con botones de plata, que oscurecía un poco el color de sus ojos, el plaid le cruzaba el ancho pecho sujeto por un broche también de plata adornado con esmeraldas, la camisa se le aflojaba en el cuello, era cierto, sonreí interiormente, tenía el lazo desabrochado, pero eso le daba un aire todavía más varonil, como un descuido creado a medida del traje que portaba. El pelo, brillante y negro, lo llevaba recogido en la nuca. No movió ni un músculo mientras yo recorría los escasos diez pasos hasta el altar. Su gesto era serio pero tranquilo. «Sostenme con tu mirada», le susurré mentalmente, él pareció entenderlo y sonrió a medias, «no te dejaré caer», me susurraron esos ojos hipnóticos.
Solo cuando llegué al altar y laird Otsutsuky me situó con un asentimiento de cabeza a la izquierda de Sasuke, me fijé que dos metros a su derecha estaba Itachi mirándome fijamente, con una expresión, ¿furiosa?, ¿de lástima?, no sabría decirlo. Igual que su medio hermano era digno de un retrato, solo se diferenciaban en el color del tartán y el de la chaqueta, la de Itachi era de un tono azul noche.
Las voces volvieron a acallarse, por la arcada pasaron erguidos y desafiantes Kō y su padre, que resollaba con una chaqueta con botones dorados a punto de reventar en su pronunciada barriga. Ella vestía de azul pálido, color que hacía juego con sus fríos ojos. Miraba directamente al frente, como si hiciera un paseo marcial que hubiera estado ensayando toda su vida. Sus finos labios se curvaban en una falsa sonrisa de triunfo. Llevaba el pelo recogido en alto en lo que parecía un complicado rodete cubierto por un gorrito del mismo tono del vestido, bordado con pequeñas florecillas en un color más oscuro. Al verme hizo una mueca apenas disimulada. Yo un poco avergonzada miré a Itachi esperando ver a un novio atribulado. Me encontré con sus ojos todavía fijos en mí, con una mirada de furia acumulada. Sasuke en ese momento entrelazó su mano en la mía; la suya, cálida y fuerte, la mía, fría y a mi pesar bastante temblorosa. Levanté el rostro hacia él a tiempo de ver cómo volvía la mirada de su hermano a mí, cambiando el gesto adusto en una sonrisa confiada. Se inclinó hacia mí.
—Estás preciosa —susurró, apretando un poco más su mano en señal afirmativa.
—Tú te has cortado el pelo. —Mi mente me lanzaba mensajes de lo más desconcertantes en los momentos más inoportunos.
Enarcó una ceja y sonrió confiado.
Cuando estuvimos los cuatro convenientemente apostados frente al altar dio comienzo la ceremonia. Las bodas católicas son siempre parecidas; una vez que has estado en varias, todas parecen iguales, ya sea en mi época o en la que me encontraba. Los ritos de la unión marital no parecían haberse modificado con el tiempo.
Con la sensación de falsa seguridad que me producía el conocer de antemano el procedimiento miré finalmente al sacerdote.
Ahogué una exclamación y vino a mis recuerdos el poema de Quevedo que aprendí en la escuela: «Érase un hombre a una nariz pegado.» El padre MacTavish era un hombre realmente grande a lo largo y ancho de su persona, al pecado de la gula no parecía tenerle demasiado miedo, dado el tamaño de su contorno, que cubierto por la sotana parecía una enorme mesa camilla. El rostro igualmente redondo como su persona estaba extraordinariamente adornado por una gran nariz enrojecida con bultos, lo que me hizo pensar automáticamente en una berenjena. Sus ojos en cambio eran pequeños, hundidos y claramente insidiosos, y su gesto traslucía que había adivinado mis pensamientos, pues me miraba instándome a guardar un poco de compostura. Yo recompuse mi rostro y él, dándose por satisfecho, pasó su ancha mano por la calva reluciente en la que se reflejaban por turnos la luz de las velas del altar, como si peinara una profusa melena.
El apretón de la mano de Sasuke se hizo más fuerte, él también se había dado cuenta de mi sorpresa, instándome a la tranquilidad, aunque como siguiera apretando así iba a terminar con algún hueso roto.
El sacerdote abrió sus gruesos labios, y con una boca a la que le faltaba la mayoría de los dientes pronunció las primeras palabras, ceceando por la falta de sujeción de su lengua.
—Eztamos aquí deunidos pada unid a eztos hombdez con eztas mujedez en zanto matdimonio.
A mí me entraron unas ganas tremendas de reír y ahogué una carcajada tosiendo y atragantándome. «¡Dios mío! —pensé—, me va a dar otro ataque de histeria.» Sasuke me miró serio y yo intenté concentrarme en la imagen de San Andrés de la vidriera, el patrón de Escocia, muy oportuno.
La homilía continuó, con el padre MacTavish jadeando y escupiendo saliva en el esfuerzo, intenté concentrarme en las palabras, pero eran una mezcla de escocés y latín, y no entendí apenas nada. Hasta que vi que me había lanzado una pregunta y me percaté del silencio de la capilla y todos los ojos fijos en mí.
—¿Qué? —acerté a preguntar.
—Digo, muchacha, zi estáz bautizada por la Zanta Madde Iglezia.
Sasuke me miró inquisitivo; la verdad, nunca me había preguntado qué religión profesaba.
—Sí —contesté con voz firme, al menos de eso estaba segura—, soy católica, mi país es católico. —De hecho todavía tendrían que pasar varios siglos para que el Estado español se declarara aconfesional.
Sasuke pareció relajar el abrazo de su mano.
El padre MacTavish se relajó también convencido si no por mí por mi tierra, España, que en el siglo XVIII era uno de los países más profundamente católicos de Europa.
—A ti, quedida —se dirigió a Kō—, no te lo pdeguntadé, ya que fui yo mizmo el que te adojó el agua bautizmal y te libdó de loz pecadoz.
Ella le sonrió con displicencia.
Pasamos a los votos. Por fin, suspiré; cada vez me dolía más la espalda y tenía la mano entrelazada a Sasuke totalmente entumecida, pero sin ánimos de desprenderme de su agradable consuelo.
Se oyó una voz a nuestras espaldas. Era Hinata, que se acercaba al altar con una pequeña Biblia encuadernada en cuero entre las manos.
—Ah, zí —dijo el sacerdote—, la hedmana de loz novioz quiede hacednoz padtícipez de una lectuda que ha elegido para la ocazión.
Hinata subió al altar sonriendo y, sin mirar a nadie en particular, comenzó a leer con voz alta y clara. Y yo creí morirme en ese mismo momento.
—Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe.
No necesitaba traducirlo, conocía cada palabra de memoria.
—Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada.
Se me hizo un nudo en el estómago, tirando con violencia hacia mi interior.
—Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada.
Quería llorar pero de mis ojos no brotaba ni una lágrima.
—El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasará jamás. Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá; porque nuestra ciencia es imperfecta y nuestras profecías, limitadas.
Las palabras me enturbiaban la mente y el espíritu y creí que acabaría desmayándome.
—Cuando llegue lo que es perfecto, cesará lo que es imperfecto. Mientras yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño, pero cuando me hice hombre, dejé a un lado las cosas de niño. Ahora vemos como en un espejo, confusamente; después veremos cara a cara. Ahora conozco todo imperfectamente; después conoceré como Dios me conoce a mí. En una palabra, ahora existen tres cosas: la fe, la esperanza y el amor, pero la más grande de todas es el amor. Carta de San Pablo a los Corintios 13, 1-13.
De pronto, tomé conciencia de todo lo que me rodeaba, un sollozo amenazó con estallar en mi garganta, y comencé a temblar violentamente. Di un paso atrás en un intento de huida. Sasuke me miró sorprendido y disgustado. Yo vacilé, todavía estaba a tiempo de escapar de esta farsa, pero no tenía valor. ¿Sasuke me perseguiría? No, estaba segura, Sasuke no era un hombre que persiguiera mujeres, sino al contrario. Aceptaría con resignación mi decisión y me dejaría marchar. Sin embargo, mi rostro debió de indicar mis intenciones, por lo que pasó una mano con fuerza por detrás de mi espalda y se acercó a mí.
—¡No lo hagas! —fue su súplica susurrante.
Yo no contesté. Esta vez fui yo quien sujetó con más fuerza la mano de Sasuke instándole a que me transmitiera algo de paz; él me devolvió el gesto pero no apartó su otra mano de mi espalda. Ese texto, ese maldito texto bíblico era el mismo que yo había elegido para que se leyese en mi primera boda, y la voz de Hinata, con el acento escocés tan melodioso y cadente, había acercado de pronto la imagen de mi hermana en el altar sonriéndome igual que lo hacía mi cuñada ahora, con la misma voz clara, con un acento también melodioso y suave, el acento galaico, leyendo exactamente las mismas palabras que acababa de escuchar.
Kō emitía pequeños gemiditos mientras las lágrimas de emoción por las dulces palabras corrían por sus mejillas, y escuché cómo Itachi volvía a bufar. Sasuke me miraba inquisitivo con el rostro serio y preocupado. Yo simplemente me balanceaba como el juguete tentempié de un niño, temiendo desplomarme en cualquier momento.
Nadie, excepto Sasuke, pareció darse cuenta de mi estado y ahora sí, comenzaron los votos.
Primero los pronunció Sasuke, con voz fuerte y serena: «Yo, Sasuke Uchiha Otsutsuky, prometo serte fiel, en las alegrías y las penas, en la salud y en la enfermedad, en la pobreza y en la riqueza, hasta que la muerte nos separe.» Yo continué mirándole al rostro; igual que había hecho él momentos antes, mi voz no tan firme, y trabándome en alguna palabra, conseguí terminar en un suspiro.
Sacando dos alianzas del bolsillo de su chaqueta, me cogió la mano derecha, que a mi pesar seguía fría y temblorosa. Yo le ofrecí el dedo anular, Sasuke cogió el índice. Di un respingo ante la sorpresa. Con la misma voz grave y seria con que había pronunciado sus votos dijo, introduciendo hasta la mitad el anillo en el dedo índice:
—En el nombre del Padre —lo extrajo y lo metió en el siguiente, el dedo corazón—, en el nombre del Hijo —lo volvió a sacar hasta que lo introdujo finalmente en mi dedo anular hasta la base, y dijo—: y del Espíritu Santo.
Yo extrañamente más tranquila, repetí el mismo procedimiento con su mano derecha y con la alianza que me ofrecía.
Siguieron Itachi y su ya esposa lady Otsutsuky.
El padre MacTavish sonrió a los presentes y anunció formalmente:
—Y yo, con el poded que me ha otodgado la Zanta Madde Iglezia, os declado madido y mujed. Lo que Dioz ha unido, que no lo zepade el hombde.
Con la misma expresión que me imagino tendría de haber escuchado la sentencia de un juez de veinte años de prisión y un día, volví mi rostro a Sasuke, que depositó suavemente un beso en mis fríos labios.
Sorprendida y un poco acalorada por la sensación que me produjo tener sus labios posados en los míos, oí los vítores y aclamaciones de los invitados a la boda.
«Ya está —me dije—, Sakura, prueba superada.»
Como en un sueño profundo, Sasuke me dirigió hacia la salida de la pequeña capilla, mientras recibíamos las felicitaciones de los invitados, convertidas en apretones de brazos, de manos, caricias en mi rostro y ocasionales besos fugaces en mis acaloradas mejillas.
Justo cuando atravesábamos la arcada y sin darme tiempo a reaccionar, recibimos una lluvia de pequeñas semillas lanzadas por dos pequeños diablillos que se reían al ver mi cara de estupor. Escupí tosiendo y me atraganté, al fin pude sacarme una de esas semillas de la boca y haciendo un gesto de asco mal disimulado, exclamé alzando la mano.
—¿Qué demonios es esto?
Me contestó Sasuke, que reía a mi lado complacido.
—Trigo, claro, esto es para..., para mejorar la fertilidad de la novia.
Se volvió hacia mí con una sonrisa de oreja a oreja.
No me dio tiempo a contestar, el pequeño Ian me cogió en volandas y me plantó un beso húmedo de saliva en los labios, mientras me estrujaba en sus brazos. Yo agité las piernas en un intento desesperado de volver a pisar suelo firme. Sasuke me rescató igual que hizo la noche que llegamos al castillo, y dándole un pequeño empujón a su medio hermano lo reprendió por su efusivo trato.
Aguanté la tentación de limpiarme la saliva de los labios apretando una mano al costado, no quería herir los sentimientos de Ian, que de hecho eran los más sinceros que había visto desde que llegué al hogar de mi ahora marido.
—Dice que pareces una princesa y quería felicitarte —se disculpó Sasuke, pasando una suave mano por mis labios—, a veces es un poco excesivo, no muy a menudo, pero bueno, parece que tú le gustas mucho. ¿No te habrá molestado? —inquirió, me imagino que no sabiendo cómo interpretar el gesto de mi cara.
—No, no pasa nada, es solo que estoy un poco nerviosa todavía.
—Cuando comas algo te sentirás mucho mejor, vamos. —Puso una mano en mi espalda instándome a caminar.
Yo no vacilé. Ahora que toda la atención parecía centrada en la otra pareja procedí a escapar del barullo acompañada de mi recién estrenado marido.
Cuando entramos en el salón nos recibió otra salva de aplausos y vítores, no demasiados, ya que todavía había pocos invitados refugiados en la comida y bebida; los más inteligentes, sin duda.
William corría de un lado a otro rellenando copas, vasos y jarras. Era el mayordomo, ahora ascendido a encargado de los festejos, una costumbre de las Highlands. Con su carácter iba a ser una noche dura para él. Se acercó a mí.
—¿Una copa de vino? —preguntó alzando una botella que portaba en la mano.
—No —le contesté echando una mirada a la mesa más cercana—, necesito algo más fuerte. ¿No hay whisky por ahí?
—Sí, claro, claro, lady Uchiha—dijo materializando una botella de líquido color ámbar frente a mí—, pero ¿no es un poco pronto? —Arqueó las cejas—. No es todavía la hora del almuerzo, y va a tener que responder a muchos brindis a lo largo del día. Quizá debiera empezar con algo más suave. Un vino blanco francés sería lo más adecuado.
—No —contesté obstinadamente y algo intimidada por su forma de dirigirse a mí.
«¿Lady Uchiha? Dios mío, ¿qué había hecho?» Agarré el vaso que me ofrecía como si en ello me fuera la vida.
Sasuke encogió los hombros en un gesto de resignación y comentó:
—Yo te aceptaré esa copa de vino francés con mucho gusto, amigo.
—Un hombre con criterio, sí señor —contestó William ofreciéndole una copa de cristal tallado llena hasta la mitad de líquido semitransparente.
Bebí un sorbo con cuidado, aun así, el fuerte licor bajó por mi esófago como una bola de fuego, arrastrando con él algo de mi nerviosismo, y dándome momentáneamente una falsa sensación de seguridad.
—Aguantaré —dije mirando a los dos hombres a los ojos— todo el día si es necesario.
William dijo algo en gaélico a Sasuke, y este soltó una fuerte carcajada.
Los miré inquisitivamente con gesto enfadado.
—Le he dicho a su marido que no es necesario que aguante todo el día, sino toda la noche, querida. —Y se marchó con bastante agilidad dado el tamaño de su persona. Este hombre ¿habría bebido?, o ¿es que ahora que ya no era la extranjera, se había relajado en mi presencia?
Mientras Sasuke seguía riendo, yo volví a enterrar mi rostro en el vaso. Estaba segura de que el calor que acompañaba mi estómago era fiel reflejo del calor que mostraba mi rostro.
La entrada de la otra pareja contrayente y del resto de invitados me evitó más momentos de vergüenza. Rápidamente, Elsphet, vestida con su mejor cofia y un delantal de un blanco prístino, lo organizó todo junto con las muchachas que actuarían de camareras en el salón. A Sasuke e Itachi los situó en la cabecera de las dos mesas principales, nosotras sentadas a su derecha. Los invitados más importantes compartían mesa con nosotros. El resto estaban diseminados en mesas más pequeñas colocadas aleatoriamente. Los niños, imposibles de asentar, corrían de un lado para otro para disgusto de las jóvenes camareras y de Elsphet, que aprovechaba cuando alguno de ellos, despistado, se acercaba a su radio de acción para golpearlo con lo que tuviera a mano.
Una tras otra fueron sacando fuentes de la cocina, corderos estofados, cerdos asados, pasteles de carne, bandejas de verdura cocida para acompañar las carnes, codornices rellenas en salsa de castañas y un sinfín de platos de agradable sabor, pero totalmente desconocidos para mí. Un gran venado se tostaba en la enorme chimenea, llenando el salón de un agradable olor a carne asada.
Cogí algo parecido a un redondo de carne prensada que me ofrecía Naruto; estaba bueno, algo picante, pero perfectamente comestible.
Paré con el cuchillo a medio camino de mi boca dándome cuenta de que las personas que me rodeaban me miraban fijamente. Agaché la mirada al plato, ¿estaba haciendo algo que no debía? Miré extrañada a Sasuke.
—Es haggis —dijo simplemente.
—¿Y? —pregunté.
Antes de abrir la boca para contestar lo interrumpió Hinata.
—Es carne y despojos de animales prensados en el intestino del cordero. No a todos les gusta. Pero es un plato típico de las Highlands.
Sonreí. ¿Era una especie de prueba?
—Bueno, por lo que has descrito no es muy diferente a un plato de mi tierra —era cierto—, botillo se llama. Allí lo rellenamos también de algún tipo de verdura, cebolla principalmente o zanahoria, pimentón y clavo, y luego por supuesto lo ahumamos. Lo cocinamos con grelos —pensé en voz alta—, aquí lo llamáis berza, creo.
Miré alrededor, parecían decepcionados. Una sonrisa asomó a mis labios. En cierto modo la comida escocesa y la gallega se parecían mucho, las dos regiones tendían a especiarlo y ahumarlo todo, y la mayoría de los sabores me eran familiares.
—¿De verdad te gusta? —preguntó Sasuke.
Yo hice una señal de asentimiento.
—¿A ti no?
—Soy escocés, estoy acostumbrado a comer hasta hierba, si es crujiente —susurró. Me pregunté qué tipo de vida habría llevado hasta que le conocí. Seguía siendo un misterio, pero cada vez más excitante.
Naruto se levantó e hizo un gesto a William para que impusiera silencio. Yo lo miré extrañada. Tenía el rostro de un adolescente, ese tipo de hombres que parece que, aunque lleguen a la mediana edad nunca han crecido del todo. Sasuke cabeceó.
—Quisiera ofrecerles unos consejos maritales a mis hermanos, que estoy seguro les serán de gran ayuda. —Aquí paró y guiñó un ojo a Hinata, que lo miraba con estupefacción—. El primero de ellos es que vivan cada día como si fuese el último... y cada noche como si fuese la primera.
Todos rieron y yo enrojecí súbitamente, no sabía muy bien por qué, cuando noté la mirada de Sasuke fija en mí.
—El segundo y más importante es que para mantener vivo el matrimonio, vosotros, Itachi y Sasuke, siempre que estéis equivocados, admitidlo; y siempre que tengáis la razón... callad cual muertos.
Todos volvieron a reír, y yo secretamente le di la razón esbozando una pequeña sonrisa. Hinata parecía una locomotora en ebullición, casi podía ver el humo saliendo por sus orejas.
—Y ahora quisiera hacer un brindis por la mentira, el robo, el engaño y la bebida. Si vais a mentir hacedlo por vuestras esposas, si vais a robar, robad sus corazones, y si vais a engañar, engañad a la muerte. Si vais a beber, bebed conmigo —diciendo eso ofreció su copa a todos los presentes. Primero se levantaron Sasuke e Itachi y se bebieron su contenido de un solo golpe. Después lo hicimos todos los demás y rieron y se felicitaron unos a otros. Imitando al resto, bebí de mi copa con los ojos de Sasuke fijos en mi rostro, sintiendo cómo las palabras del brindis flotaban entre nosotros rodeándonos.
La verdad, no sé si era la bebida, la comida o la compañía, pero me lo estaba pasando estupendamente. Miré hacia la mesa de Itachi y Kō, bastante menos alborotadora que la nuestra. Itachi seguía con el gesto turbio, y estaba bebiendo tanto que dudaba mucho que pudiera cumplir esa noche sus deberes conyugales. En tal estado no podría ni subir las escaleras de la habitación. Kō, sin embargo, mantenía el gesto de fría determinación que tenía desde la ceremonia. Sabiéndose el centro de atención, no descuidaba ni un solo movimiento. Como siguiera así se le iba a congelar la mandíbula. Me volví a nuestra mesa, mucho más alegre, y entrelacé mi mano de forma mecánica con la de Sasuke, que descansaba encima de su muslo. Fue un acto reflejo, que no pensé demasiado, simplemente la vi ahí quieta encima de su pierna y tuve que cogerla. Ya estaba hecho, y no la solté. Sasuke, que hablaba con Naruto sentado a su izquierda, se volvió y me sonrió con la boca torcida, para continuar con la conversación que mantenía. Su dedo anular trazaba pequeños círculos en mi palma, disfrutando de una intimidad secreta ante un centenar de personas. De repente me entró mucho calor y como la gente ya se levantaba para dar pequeños paseos en el exterior, me levanté soltando la mano de Sasuke, y murmurando una excusa hui por la puerta hacia el patio del castillo.
El frío me golpeó de repente. Estaba anocheciendo y había dejado de nevar, un manto blanco de unos diez centímetros lo cubría todo, con pisadas que iban de un lado a otro, parejas que habían salido para tener algo de intimidad, otros a aliviarse y yo simplemente para poder respirar con un poco de tranquilidad. Observé cómo los guardias encendían antorchas a lo largo del muro, algo tambaleantes por los alcoholes de la celebración. Permanecí unos minutos allí, algo alejada de la puerta, quieta con los brazos abrazándome el cuerpo. Me fijé en una pareja escondida bajo una arcada del patio. Desde donde me encontraba podía ver solo al hombre. No lo reconocí, solo pude ver que vestía con el atuendo de los Hyūga. El sonido de la mujer sin embargo chirrió en mis oídos. Era Kō. «¿Qué estaba haciendo allí?» Me acerqué sigilosamente cuidando de que no me descubrieran, hasta que pude entender lo que decían.
—Solo quedan unas horas y podré ser tuya finalmente.
El hombre bufó.
—No serás mía, serás del maldito Itachi, yo solo podré compartirte.
—Sí, mo rùin, pero eso será durante poco tiempo, hasta que la causa por la que hemos luchado estos meses por fin triunfe.
Bajaron la voz y noté cómo los cuerpos se entrelazaban en un beso. Estaba sorprendida y asqueada a la vez. El viejo Fugaku creía que yo era una espía, cuando tenía un complot bajo sus narices y no se daba cuenta de nada. Con la mente girando como una noria decidí entrar al escuchar música de fondo, siguiendo con gesto cansado el bullicio del interior del castillo.
Dentro busqué a Sasuke con la mirada. No estaba sentado a la mesa sino en la esquina donde habían situado al grupo de música: un gaitero, un violinista, un hombre con un pequeño tambor, un bodhram supuse, pero lo que verdaderamente me sorprendió fue ver a Sasuke con un arpa entre sus brazos, un arpa que parecía muy pequeña en comparación con su cuerpo.
Parecían animarle a que tocara algo, él arrastró sus enormes manos por las cuerdas, y sonrió. Cuando todo el mundo estuvo en silencio comenzó su canto.
Yo me había quedado parada de pie en la entrada, y no noté que Hinata se situaba a mi lado. El sonido del arpa combinado con la fuerte y rota voz de Sasuke cantando era hechizante. Un gran hombre con una pequeña arpa en sus manos podía parecer afeminado, pero las caricias de los fuertes dedos de Sasuke en las tensas cuerdas del arpa producían otro efecto completamente diferente. Observé a las muchachas que lo miraban embobadas. Sensualidad, esa era la palabra que estaba buscando. Sasuke acariciaba suavemente el arpa, a la vez que la sujetaba con entereza, como si acariciara la piel delicada de una mujer y la sujetara con fuerza entre sus piernas. Juraría que me estaba sonrojando. Tal vez, pensé inocentemente, era el cambio de temperatura del frío exterior al calor del salón abarrotado. Era una balada de amor en gaélico, triste y melancólica, como todas las baladas. Sasuke subía y bajaba el tono a merced de las cuerdas del arpa.
Para él tenía que ser una tortura ocultar su verdadera condición. Atraía a las muchachas como virutas de hierro a un imán. Desde que llegamos no había momento en el que alguna no le diera un codazo a otra señalándolo o le hiciera algún guiño sugerente, a lo que Sasuke contestaba siempre con una sonrisa cortés, pero nada más.
Hinata susurró en mi oído.
—No sabías que cantaba, ¿verdad?
—No tenía ni idea. La verdad, lo hace muy bien.
—Sí, es cierto, antes siempre estaba cantando o tarareando cualquier cosa, antes de... aquello. Hoy es la primera vez en muchos años que le escucho entonar una canción. Creo que está dedicada a ti.
—¿A mí? —Observé a Sasuke, que cantaba con los ojos cerrados, hechizando a todos con su melodiosa voz.
—Sí —aseveró ella—, por la letra.
—No entiendo gaélico, es cierto que tiene un sonido agradable, pero si hablara en chino entendería lo mismo, o sea, nada.
—Bueno —contestó finalmente ella—, pregúntale cuál es la historia de la canción.
Sasuke terminó la balada y abrió los ojos mirando directamente a donde yo estaba situada. Le sonreí sorprendida y agradecida por el detalle. Él simplemente hizo un gesto de inclinación con la cabeza, sus ojos estaban brillantes, por el humo y el alcohol, supuse.
Los más cercanos al grupo de música se acercaron a felicitarlo, dándole fuertes golpes en la espalda, con todos los que llevaba hoy, mañana tendría marcas de moratones hasta en el trasero. Yo me acerqué a una anciana, su abuela, según me habían indicado, que estaba sentada en la otra mesa y me hacía gestos desde un sillón que habían bajado en deferencia a ella. Me acomodé en el brazo haciendo equilibrios con mi pie derecho para mantenerme erguida y le pregunté:
—¿Necesita algo?
—Nada, pequeña, solo estoy algo cansada, me retiraré pronto, ya no tengo edad para estar de fiesta toda la noche como vosotros los jóvenes. Pero quería verte, y saber quién le ha robado el corazón a mi nieto favorito.
Yo la miré intentando disimular mi sorpresa. ¿Robado el corazón? Desde luego era su nieto favorito, pero la tenía completamente engañada.
Nos quedamos calladas un momento escuchando cómo comenzaba una danza con el violín y todos se apresuraban a tomar pareja para el baile.
—Estás preciosa, hija —dijo acariciando el vestido con la mano.
—Gracias por prestarme el vestido, es cierto que es maravilloso, el vestido de una reina —dije recordando las palabras de Hinata.
Ella sonrió.
—Y no te has desmayado, aunque esa mujerzuela ha hecho varias imitaciones patéticas al respecto —señaló a su nueva nieta, la mujer de Itachi.
—No —le dije riendo—, al final no me he desmayado, pero he estado a punto, se lo aseguro. Usted tampoco se desmayó en su boda, ¿no? —pregunté.
Rio quedamente.
—No, yo no, pero el cura, una o dos veces, ya no lo recuerdo. La primera le eché un cubo de agua a la cara. Itachi lo quería despertar a puñetazos. Claro, es de entender, estaba un poco intimidado por la particularidad de la situación.
—Sí, claro —le dije sarcásticamente—, el tener una espada apuntando a tu garganta no creo que tranquilice a nadie.
—Oh, no era una espada, era una pistola —sonrió secretamente recordándolo—. Mantener la claymore toda la ceremonia levantada dirigida a su garganta es bastante más pesado.
Ella sonrió con placer, yo bastante más escandalizada. Finalmente, no pude aguantar la curiosidad y pregunté:
—¿No le molestó que la secuestrara? —No había encontrado una forma mejor de expresarlo, «molestia» no me parecía una palabra muy adecuada, «cabreo» se acercaba más, pero no quería ofenderla.
Esta vez rio con ganas.
—Pero, querida, ¿qué es lo que te han contado?, si fui yo quien lo secuestró a él.
Ahí sí que me quedé sin palabras y cerré la boca que se había quedado momentáneamente abierta.
—Ya te lo contaré cuando estemos más tranquilas, pero no toda la verdad, ya que disfruto viendo todas las leyendas que se han formado por nuestra historia. En realidad, solo hay dos personas que sabemos la verdad. Bueno, ahora solo una —corrigió tristemente—, pero presiento, hija, que él ya me está esperando.
—Oh, no —intenté decir—, si usted goza de una salud excelente.
Conocía suficientemente a la gente mayor para saber que a la menor oportunidad hacían alarde de lo poco que les quedaba en este mundo.
—Querida, no tienes que entristecerte, si yo estoy deseando reunirme con él otra vez, llevo ya muchos años añorándolo.
No supe qué decir, cuando el amor ha sido tan intenso que al morir tu pareja te arrancan la mitad del alma, el único consuelo que queda es que en la otra vida puedas reencontrarte con ella.
Instintivamente busqué a Sasuke con la mirada. No estaba en el salón. Con un beso en la mejilla me despedí de ella y salí esperando encontrármelo en el patio. Lo vi cuando atravesaba la puerta principal.
«¿Adónde demonios iba a estas horas el día de su boda?» Lo seguí lo más sigilosamente que me permitía el vestido y los tacones de diez centímetros, es decir, haciendo el mismo ruido que una manada de rinocerontes. Si me descubrió no hizo nada por demostrarlo. Caminaba con paso decidido llevando un ramillete de flores en la mano. Sentí un pequeño pinchazo de celos. ¿A quién le llevaba esas flores?, y ¿con quién se iba a reunir?
La nieve amortiguaba nuestras pisadas, no tuve que seguirlo demasiado tiempo. Paró en el extremo exterior de la capilla, donde había un pequeño cementerio. Me avergoncé de haber sentido celos solo un momento antes. Sasuke parecía saber muy bien adónde dirigirse, aunque la noche era oscura y las luces del castillo apenas iluminaban un poco la escena. Se arrodilló en una pequeña tumba a la izquierda del camposanto, rezó dejando escapar volutas de aliento blanco en la negrura de la noche y depositó las flores en la lápida. Dio un beso a sus dedos extendidos y acarició las letras de la fría piedra con ellos. Yo estaba completamente avergonzada, pero no me atrevía a moverme por si me descubría, a la vez que lo miraba hipnotizada. Imaginé que la tumba era de su madre, no creí que tuviera sentimientos tan profundos hacia ella, ni siquiera la había conocido, pero una madre es siempre una madre, no importa el tiempo que haya pasado. Con una punzada de tristeza me acordé de la mía, y no pude reprimir el pensamiento de lo que ella hubiera opinado de esta boda. Creo que le hubiese gustado, no sabía muy bien por qué, pero tenía esa sensación.
Sasuke se levantó y se encaminó con paso firme al castillo. Cuando pasó a mi lado, a menos de dos metros de distancia paró, y miró intensamente al hueco del parterre en el que yo me encontraba. Aguanté la respiración, temiendo que cualquier pequeño ruido me delatara. No pasó nada. Escuché un profundo suspiro y continuó su camino hacia el castillo. Yo permanecí escondida detrás del parterre unos minutos más. Cuando creí que ya había pasado tiempo suficiente corrí hasta el castillo. Entré en el salón para encontrarme cara a cara con Sasuke.
—¿Dónde has estado? —preguntó.
—Fuera —le dije—, tomando el aire.
—Ah, ya. —Pareció dudarlo, pero no comentó nada más.
—Ven —dijo cogiéndome de la mano—, vamos a bailar.
—No sé bailar esto —le contesté apretando su mano desesperadamente.
—No importa, a ghràidh —rio—, solo tienes que girar.
Y eso hice, intentando llevar el ritmo giré y giré durante varias canciones en brazos de Sasuke.
—¿Dónde aprendiste a tocar el arpa de ese modo? —pregunté cuando paramos en un extremo para recuperar el aliento, por lo menos yo, y tomar otra copa a nuestra salud.
—Aquí, a ghràidh.
Era parco en palabras y yo quería saber más.
—Pero, ¿no es un poco extraño que un niño aprenda a tocar el arpa? —inquirí con más insistencia.
Me miró extrañado.
—No, no lo es. Cuando llegué aquí era bastante torpe con la espada y la daga. Tenía valor, no lo dudes, y una gran capacidad de aprendizaje; aunque como decía Jiraiya, mi maestro de armas, era un gran tonto, testarudo con manos de espantapájaros. —Me mostró esa parte de su anatomía, abriendo y cerrando los dedos. Tenía unas manos enormes, yo ya lo sabía y por eso me resultaba todavía más extraño que tuviera tanta delicadeza para tocar un instrumento como el arpa, que me imaginaba en manos de músicos con dedos largos y delgados, no los dedos largos, pero también gruesos y encallecidos que me enseñaba.
—No entiendo la relación que tiene una cosa con la otra.
Suspiró.
—Verás, a ghràidh, yo quería aprender a luchar, y Jiraiya estaba dispuesto a enseñarme, pero yo me empecinaba una y otra vez en lanzarme al ataque sin ver ni pensar más allá de mi furia infantil. No controlaba el peso ni mantenía estable la espada, y mucho menos la daga, que salía volando a la menor oportunidad. Si quieres mantenerte con vida más allá de los diez años, mo anam, lo primero que tienes que aprender es qué cualidades tienes a tu favor, y sobre todo saber utilizarlas. Soy un hombre grande, ya era un niño mayor que los demás, pero con demasiada furia acumulada. Necesitaba aprender cómo utilizar las armas para que estas fueran una extensión de mi propio cuerpo. Aunque yo quería luchar, Jiraiya me mantuvo varios meses limpiando mis espadas y desenvainando una y otra vez para aprender cómo se da el primer estoque. Al final del primer mes tenía los dedos en carne viva, pero seguía perdiendo la espada. Y una y otra vez, la golpeaba y se me resbalaba de la mano para caer al suelo con un golpe sordo. No tenía habilidad para sacar la daga, y en segundos podía estar ensartado como un pollo. Entonces se le ocurrió que me vendría muy bien aprender a tocar el arpa.
—¿Eh?
—Para tocar el arpa tienes que ser delicado, suave, notar el contacto de cada cuerda en la yema de tu dedo, la separación, el momento justo de soltar la tensa cuerda. —A la vez que hablaba estaba haciendo una estupenda imitación con sus manos de las caricias a un arpa imaginaria.
Yo permanecía hipnotizada por el movimiento cadente. Me miró y sonrió al ver mi cara arrebolada.
—Tocar el arpa te da habilidad para manejar tu propia mano, para conocer hasta la punta de cada nervio, y te da fuerza en la muñeca. ¿Ves? —Sacó una siang dhu que llevaba en la media y la hizo voltear entre sus dedos. El arma, un filo de hierro de diez centímetros con mango de marfil, pasó rozando, pero sin herir una y otra vez entre sus dedos, hasta acabar desapareciendo en la media, como si hubiera hecho un truco de prestidigitador—: Una vez que dominé el arpa, comencé a dominar la lucha cuerpo a cuerpo, con claymore, espada corta y daga. El arpa templó mi furia y me hizo mucho más habilidoso con los dedos. Pero no la toco muy a menudo, de hecho hacía ya por lo menos quince años que dejé de tocarla, a los catorce años tenía otras cosas más importantes de qué ocuparme...
Sonrió abiertamente.
—Sí, cómo no —le dije enterrando mi rostro en la copa.
Nos arrastraron otra vez a la improvisada pista de baile. Acabé en los brazos de mi suegro, girando y girando al ritmo del tambor y los violines. Con una vuelta final paramos, algo jadeantes. El destino era caprichoso, finalmente mi familia había cambiado, cambiado hasta desaparecer, pensé mirando alrededor del salón a mi nueva familia.
El viejo Fugaku me depositó con suavidad al lado de Sasuke, yo suspiré apoyándome sin ningún rasgo de elegancia en su costado.
—¿Estás cansada?
—Sí, un poco —me erguí con dificultad—, pero puedo aguantar un poco más si hay que hacerlo.
Rio.
—Es tu boda, puedes hacer lo que te plazca. No les parecerá extraño que nos retiremos ya —lo dijo mirándome intensamente a los ojos.
—Ah, bien —dije ignorando su mirada—, como decía siempre mi madre, las fiestas hay que abandonarlas antes de que todos los invitados estén borrachos, así que podemos irnos.
—Una mujer muy sabia, tu madre. Pero creo que aquí ya llegamos tarde. Todos están borrachos como cubas. No tienes más que mirar alrededor.
Tenía razón. Las voces habían subido considerablemente de tono, hasta convertirse en ocasiones en discusiones provocadas por el exceso de alcohol; tímidas parejas parecían menos tímidas mientras se acariciaban por debajo de las mesas como si fuesen invisibles al resto de la gente, y algunos hombres mayores emitían fuertes ronquidos sentados en los bancos y apoyando la cabeza en la pared. Los niños dormían todos agrupados en mantas al calor de la lumbre, ajenos al jolgorio de la fiesta.
Nos dirigimos a las escaleras, despidiéndonos de la gente que encontrábamos al paso. Nos acompañaron gritos, risas y consejos en gaélico hasta bien entrado el pasillo.
—¿Qué dicen?
—Mejor que no lo sepas, tus oídos son demasiado delicados.
—Bah —bufé—, no creo que me asuste.
Se volvió mirándome el rostro. La luz de la antorcha lanzaba destellos en sus ojos negros, que entrecerró.
—Mira, desconozco cuál es tu nivel de tolerancia a la grosería, pero creo que eres una muchacha educada, y no voy a ser yo quien te exprese sus deseos. Quizás algún día te lo explique de una forma más explícita —dijo esbozando una media sonrisa y tirando de mí hacia las escaleras.
Yo me dejé llevar sintiendo cómo el corazón me latía desbocado sin entender muy bien el porqué.
Entramos los dos en silencio a la habitación que nos tenían preparada, una vez dentro me quedé quieta en el centro circundándola con la mirada.
—Vaya —exclamé—, es preciosa.
Detrás de mí, Sasuke había cerrado la puerta y me observaba.
—¿Te gusta? —preguntó—, he intentado que fuera lo más agradable posible para ti. Normalmente no es tan acogedora.
—Sí, me gusta mucho —lo decía sinceramente.
La habitación en sí era enorme, en la parte central había una cama de matrimonio de madera con dosel, cubierta con cortinas de terciopelo color musgo. A ambos lados del cabezal tallado, dos pequeñas mesillas, y encima dos ventanas con contraventanas de madera. A ambos lados de la estancia relucían dos chimeneas de piedra, a un lado en la izquierda había una pequeña mesa de escritura con una silla, y al otro, un gran arcón también de madera, y en la de la derecha dos butacones forrados en satén con motivos florales. Había incluso un espejo de cuerpo entero, toda una rareza y un lujo. Una enorme alfombra color tierra se extendía a nuestros pies.
Además, alguien se había preocupado de encender las dos chimeneas y situar varias velas y un par de jarrones con flores a lo largo y ancho de la estancia.
—Tiene dos ventanas —comenté.
—Sí —contestó Sasuke—, inicialmente iba a ser una sola habitación, pero yo estuve al cargo en el diseño de esta parte del castillo y decidí que prefería algo más grande y luminoso.
«¿También es arquitecto? Pero ¿con quién demonios me he casado?», pensé.
—¿Son tus habitaciones? —inquirí curiosa.
—Sí —contestó simplemente él—, ahora también las tuyas.
Me acerqué caminando lentamente hacia la enorme cama, me senté y me quité los preciosos pero incómodos zapatos con dos golpes en el suelo, suspirando de placer.
—Colchón de pluma, ¡qué maravilla! —En aquel tiempo y después de haber dormido en colchones de paja, lana y el frío suelo, aquello me parecía el paraíso en la Tierra.
—Me alegro de que te guste tanto —sonrió Sasuke, mientras seguía parado, de pie en el centro, los pies algo separados y los brazos cruzados.
Nos quedamos mirándonos en silencio unos instantes sin saber muy bien qué hacer.
Decidí romper el hielo. Me levanté y lanzando un suspiro le pregunté:
—¿Te importa ayudarme a quitarme el vestido?, lleva tantos lazos y presillas que temo que si lo hago sola acabe rasgándolo y eso sería una pena.
—Claro —dijo acercándose.
Con una sorprendente agilidad, desató y aflojó lazos y lazadas, con lo que pude deslizar esa joya de la costura hasta el suelo. Lo recogí y lo deposité con cuidado en la silla que tenía a mi derecha.
Me había quedado en camisa interior y medias de seda atadas a media pierna con una delicada cinta de satén.
Volviéndome hacia él, que seguía observándome, le pregunté:
—¿Hay algún camisón aquí?, o puedo dormir así, si no te importa.
—No, no me importa, pero creo que Hinata ha comentado que iba a dejar un par de camisones en el arcón, mira a ver.
Mientras me acercaba a levantar la tapa de madera del arcón, que pesaba una tonelada, le comenté:
—Bueno, y ¿en qué lado de la cama prefieres dormir?
Noté su sobresalto sin mirarlo.
—¿Que en qué lado de la cama prefiero dormir? —dijo con voz ronca.
—Sí —le contesté, teníamos que ser claros desde el principio—, yo suelo dormir en el lado izquierdo, pero si tú lo prefieres, me adaptaré.
—Ah, te adaptarás —contestó con la misma voz ronca.
Notando su vacilación me volví con un gesto brusco.
—Sasuke—pregunté—, ¿me estás mirando el trasero?
Él había cambiado de postura, se había apoyado indolentemente en uno de los dinteles del dosel, cruzando los brazos, y también un pie delante del otro.
—¿El trasero? —preguntó a su vez observándome fijamente—. Sí, te lo estoy mirando.
—Sasuke —le reprendí suavemente poniendo ambas manos en la parte observada de mi anatomía—, no es necesario que finjamos, aquí estamos tú y yo solos, estate tranquilo, no espero ninguna demostración de virilidad por tu parte.
—¿Mi virilidad, a ghràidh? —preguntó despistado.
—¡Sasuke! —volví a decir, esta vez más alto—, ¿quieres dejar de repetir todo lo que digo?, y ¿qué demonios estás mirando?
—Te miro a ti, Sakura —explicó con un deje divertido en la voz—, te has puesto delante del fuego y esa camisa se transparenta tanto que desde aquí puedo ver hasta la sangre que corre por tus venas.
Yo pegué un salto y recogí el vestido que había depositado en la silla, poniéndomelo delante del cuerpo como un escudo.
—Sasuke —repetí, me estaba enfadando y lo dejaba traslucir en el tono de voz—, ¿qué te ocurre?, ya te he dicho que no espero nada, que puedes estar tranquilo, confía en mí, lo sé y no me importa, a mí no me parece algo extraño, ¿lo entiendes?
—No, a ghràidh, no entiendo nada. —Él también parecía enfadado—. ¿Qué esperas de mí?, ¿que nos sentemos tranquilamente a jugar una partida de ajedrez en nuestra noche de bodas? No es ese el plan que tenía pensado. —Suavizó su tono—. Sakura, no tienes que tener miedo, no te haré daño.
—¿Daño? —Ahora más que enfadada, estaba desconcertada—. ¿Crees que me harás daño porque te gustan los hombres?, si crees que no soy lo suficientemente comprensiva como para... —No me dejó terminar, se irguió de pronto buscando su espada, que había tirado a una esquina de la habitación, ya que formaba parte del atuendo formal de la ceremonia.
—¡¿Quién te ha dicho que me gustan los hombres?! —atronó.
Yo, temiendo que creyera que me lo había contado alguien, contesté suavemente:
—Tú.
—¡¿Yo?! —Me miraba furioso apretando los puños—. ¿Y cuándo exactamente he dicho yo semejante cosa?
—Bueno, yo, yo —empecé a tartamudear— te vi en Edimburgo, entraste en la Molly House, y bien, todo el mundo sabe lo que se hace allí, ¿no? —Terminé apagando mi voz, sin atreverme a mirarle a los ojos.
—Así que eras tú quien me vigilaba. —Parecía más relajado, se pasó las manos por el pelo y, dándose cuenta de que lo tenía todavía recogido con una cinta, se la arrancó bruscamente soltando toda su melena, que le cayó en mechones desordenados en el rostro—. A ghràidh —me miró y viendo que necesitaba una aclaración me la dio—, estaba allí porque tenía que encontrarme con un hombre al que llevaba buscando varios días.
—Eso no me aclara nada —espeté.
—Te juro por mi santa madre fallecida que jamás he puesto la mano encima de un hombre con intención de sodomizarlo, y ninguno lo ha hecho conmigo, porque si no antes de poder retirar la oferta yacería con una daga clavada en el corazón. —Terminó con un fuerte suspiro—. ¿Me crees? ¿No? —preguntó no muy seguro.
—Sí, te creo —le contesté vacilando porque no entendía qué negocios tenía que hacer en una casa de citas para hombres—, pero, y ¿qué vamos a hacer entonces ahora? —pregunté con voz suave algo desconcertada por el giro de los acontecimientos.
—Bueno —contestó tranquilamente—, yo tengo intención de hacer el amor a mi esposa.
—¿Qué? Oh, yo no... Esto, tú y yo, pensé... Yo creía que esto era un arreglo..., entre..., entre nosotros —tartamudeé mientras él se acercaba lentamente.
—Oh, lo es, mo anam, un arreglo de lo más satisfactorio —añadió cogiéndome con una mano de la espalda y con la otra de la nuca, acercándome hacia él.
—Pero yo... —intenté protestar—, nosotros no. —Me callé al sentir sus labios posados en los míos. Intenté abrir los labios otra vez para explicarle, bueno, no sé lo que quería explicarle, porque se me olvidó al sentir su lengua explorando cautelosamente dentro de mi boca—. ¿Qué...? —intenté protestar otra vez.
Él volvió a presionar su boca contra la mía y su beso se hizo más profundo, su lengua acarició la mía en una lenta y cadenciosa danza de seducción. Intenté sin muchas ganas decirle que aquello no era lo que esperaba, sofocada por su beso, por el calor de su cuerpo, y por el calor del mío. Aspiré su olor a jabón, a madera y a humo recreándome.
—Sakura —se apartó solo un poco—, ¿nadie te ha dicho que hablas demasiado?
—No —abrí otra vez la boca—, en realidad dicen... —Me besó otra vez. Yo continué—: Dicen que soy más bien... —intensificó la fuerza de su beso— callada.
—Sí, claro —dijo él, deshaciéndose de su kilt con un golpe al broche que lo sujetaba y quitándose la camisa por encima de la cabeza.
Yo estaba encima de la cama apoyada en los codos. «¿Cómo demonios he llegado aquí?», me pregunté. Ese fue el único pensamiento lógico de la noche.
Se tumbó encima y volvió a besarme suavemente, una, dos, tres veces, empujó con su lengua y el beso se hizo más profundo. Con las manos arrastró mi enagua hasta sacarla de mis brazos y arrastrándola por mi cuerpo, hizo una bola con ella y la tiró descuidadamente al suelo, mientras seguía besándome, por el rostro, por el cuello. Me rendí, giré mi cabeza y atrapé su boca con ansiedad.
Sus manos bajaron por mi cuerpo, explorándolo, acariciando, haciendo que la piel se me erizara. Atrapó un pezón con los dedos, lo acarició con el pulgar, lo besó y chupó con ansia. Yo me arqueé con fuerza hacia él rozando con mis pechos su amplio pecho, queriendo acercarme, queriendo alejarme, no lo sabía.
Empujó con su rodilla mis piernas, todavía cubiertas con las medias de seda, yo las abrí, invitándole, excitándole.
Notaba su dureza contra mi fría piel, sufrí una serie de pequeños escalofríos. Sujetó mis manos con las suyas situándose en el centro del placer, y comenzó a empujar, primero suavemente, luego con un poco más de fuerza, y paró.
Abrí los ojos, sus ojos negros brillaban a la luz de las velas, se acercó para darme un pequeño beso en los labios.
—No dolerá mucho, solo será un momento.
Yo, totalmente excitada y no entendiendo muy bien lo que decía, queriendo más, mucho más, le respondí cerrando otra vez los ojos y con voz entrecortada.
—No quiero un momento, quiero muchos momentos.
Sasuke vaciló solo un instante y empujó fuertemente.
—¡Ah! —exclamé sintiéndome plenamente llena por su virilidad.
Él volvió a parar esta vez ya completamente dentro de mí.
—No pares, ahora no —le supliqué jadeando.
Comenzó a moverse despacio, sin soltar mis manos, que seguía sujetando a ambos lados de mi rostro. Yo giré la cabeza y noté la frescura de las sábanas limpias en el ardor de mi mejilla y su calor encima, dentro de mí.
—Sigue, sí —le insistí.
Subí mis piernas hasta atrapar en un fuerte abrazo su espalda, urgiéndole, incitándole. Él acopló su movimiento al mío, con fuertes embestidas, quise que me soltara las manos, quería tocarle, tenerle, sujetarle, lo quería todo, pero seguía torturándome, una y otra vez, empujando hasta que los dos quedamos atrapados en una cadencia de movimientos eternos.
Finalmente, estallé y el eco de mi placer se transformó en pequeñas descargas eléctricas que se transmitieron por todo mi cuerpo. Sasuke gruñó como si perdiera el alma en ese mismo instante y me llenó, con su fuerza, con su intensidad.
Respirando agitadamente, sintiendo cada centímetro de mi piel hormigueando y todavía con mis manos entrelazadas en las suyas abrí los ojos.
Él me miraba fijamente, sus ojos oscurecidos por la pasión.
—Bésame —le ordené.
Sasuke me besó, fuerte, intensamente, y yo le respondí con la misma intensidad. Finalmente separó sus labios de los míos y enterró su rostro en mi cuello, dejándose caer suavemente sobre mi cuerpo, todavía dentro de mí.
Permanecimos así un largo rato, hasta que nuestros acelerados corazones dejaron de tamborilear y comenzaron a latir al unísono.
Se deslizó hasta caer a un lado de la cama.
Me volví hacia él acurrucándome y ya estaba empezando a adormecerme, cuando volé por encima de su cuerpo hasta que me situó al otro lado de la cama.
—¿Qué demonios haces? —pregunté sorprendida aterrizando en el blando colchón de plumas.
—Bueno —dijo poniéndome de espaldas a él, y pasando un brazo por mi cintura—, has dicho que prefieres dormir en el lado izquierdo, y a ghràidh ahora vamos a dormir, por lo menos un rato —añadió con una pequeña risa.
Intenté organizar mis agitados pensamientos, me sentía un poco avergonzada; me había entregado a él completamente, sin reservas y disfrutándolo mucho, la verdad.
Justo cuando el cansancio comenzaba a vencer la vergüenza, Sasuke comentó algo en mi coronilla.
—¿Qué? —le pregunté somnolienta.
—No eres virgen —dijo un poco más alto.
—No, no lo soy —le contesté más despierta. No le iba a hablar ahora de mi matrimonio. Shikamaru había estado firmemente escondido como un durazno en una esquina de mi cerebro y me negaba a pensar en él y mucho menos a hablar de él, como si mi voz fuera a invocar su presencia.
Él permaneció en silencio unos instantes, y cuando yo comenzaba a quedarme dormida, volvió a hablar:
—Creí que lo eras, por tu juventud, pero tienes tu pasado, y si soy digno de ti algún día me lo confesarás todo. Acepto sin remedio no ser el primer hombre de tu vida, pero te juro, Sakura, que seré el último hombre que te posea —dijo con voz grave.
El tono de amenaza flotó entre ambos, ligándonos aún más si eso era posible.
—Serás el último, Sasuke —respondí finalmente sintiendo cómo se desgarraba algo dentro de mí. Nuestro matrimonio era un nido de secretos y medias verdades.
Con un pequeño suspiro me atrajo más hacia él y, por fin, nos quedamos dormidos abrazados.
Desperté unas horas después sintiendo que algo se movía en mi pecho izquierdo, más espabilada, comprobé que era su mano, que trazaba círculos en mi pezón, endureciéndolo. No era solo mi pezón lo que se había excitado, pensé al sentir su dureza presionando detrás de mí. En silencio, protegidos por la noche todavía oscura, su mano bajó recorriendo suavemente mi vientre hacia mi entrepierna. Abrí ligeramente mis piernas para dejarle paso. Con mano firme y segura acarició y pellizcó ahí donde más lo deseaba. Me volvió despacio hasta ponerme debajo de su inmenso cuerpo y, sin palabras, me penetró lentamente, sintiendo cada fibra de su piel y de la mía. Hicimos el amor en silencio, sin prisas, dejándonos llevar por los secretos que guarda la noche, hasta terminar en un suspiro entrecortado, en una promesa no pronunciada.
Cuando volví a despertar, ya amanecía. Noté por la rigidez de su cuerpo que Sasuke ya estaba despierto, pero no se movía, seguíamos abrazados, yo de espaldas a él, él sujetándome el cuerpo con su brazo.
—Sasuke —pregunté con voz algo ronca.
—¿Sí?, a ghràidh —contestó él suavemente.
—¿Lo has disfrutado? —pregunté con más valor.
Se puso rígido, pero noté que aguantaba la risa por la vibración de su pecho.
—Sí, lo he disfrutado mucho.
—Ah, bien, yo... Yo —me fallaron las palabras—, yo no quería defraudarte. Has sido tan bueno conmigo que esto es lo único que podía ofrecerte. —«Pero, ¿qué me estaba pasando? ¿De dónde salían esas palabras?»
Su mano me sujetó más fuerte aún si era posible.
—A ghràidh, no quiero que te entregues a mí porque tengas algo que agradecerme, quiero que lo hagas porque lo deseas. No te volveré a tocar si pienso que me estás pagando por mis buenas acciones, por otro lado, no sé cuáles son.
Escuché un gruñido a mi espalda.
—No me has preguntado si a mí me ha gustado —solté a borbotones.
—Que me aspen —dijo— si antes de viejo consigo entender la mente de las mujeres.
Él comenzó a reírse y no podía parar mientras yo le golpeaba el pecho con el puño. No le veía la gracia por ningún lado.
Cuando pudo hablar, lo hizo, pero más valiera que hubiera estado callado.
—No lo he preguntado porque es evidente, Sakura; tus gemidos se han escuchado a lo largo y ancho de todos los valles de las Highlands, y juraría que le has dado un buen tema de conversación a todo el clan a la hora del desayuno.
Yo, completamente avergonzada, me tapé hasta la nariz, dejando entrever solamente mis ojos.
—¿De verdad? —inquirí un poco asustada. Era cierto que me había dejado llevar, lo que no me pasaba muy a menudo. De hecho, que yo recordara nunca me había ocurrido y tampoco quería llamar la atención más de lo que ya lo hacía de por sí.
Él todavía riendo me dio un beso en la punta de la nariz y me contestó:
—No pasa nada, a ghràidh, me gusta que grites, eso significa que yo hago bien mi parte. Además, las paredes y el suelo de esta habitación tienen siete pies de grosor, no creo que se hayan oído más de uno o dos suspiros. Eso sí —terminó con una carcajada—, muy sentidos.
Le di un pequeño golpe en las costillas.
—¿Sasuke? —pregunté.
—¿Hummm?
—Si no te has casado conmigo para ocultar tu deseo por los hombres, ¿por qué lo has hecho en realidad? —inquirí con curiosidad.
Él meditó la respuesta un momento que se me hizo eterno.
—Verás, por varias cuestiones. Pero la primera es que ya eras mía —respondió con cautela.
—¿Tuya? —pregunté otra vez sin entender nada.
—Sí, recuerda que pagué mucho por ti en Edimburgo. Digamos que ahora estoy rentando lo invertido —respondió suavemente.
Yo me quedé tan dolida y sorprendida que por primera vez desde que lo conocía no supe qué contestar. Recobrando lo que me quedaba de dignidad me volví para mirarlo directamente a los ojos.
—¿Por cuánto tiempo se supone que pagaste por mis servicios?
—Bastante —respondió escuetamente observándome con interés.
—¿Bastante? ¿Una semana? ¿Un mes? ¿Un año? Pues que sepas que cuando finalice tu pago, no volverás a acercarte a menos de un metro de mi persona —le espeté con furia.
Él no pareció ni ofendido ni enfadado.
—Pagué por una eternidad junto a ti, a ghràidh. Ahora estamos ligados por la ley de los hombres y por el deseo sagrado de Dios —respondió serio y obligándome a volverme otra vez.
Bufé y me aparté de él subiéndome hasta la coronilla las mantas. Si esperaba algún tipo de explicación no la tuve. Él se levantó de un salto y desapareció en el suelo recogiendo la ropa arrojada la noche anterior. Se vistió más o menos decentemente y salió por la puerta instándome a que durmiera un poco más mientras buscaba algo para el desayuno.
Me adormecí unos instantes arropada en el calor que su cuerpo había dejado en la cama, cuando escuché que la puerta se abría y cerraba de nuevo. No me moví. Lo oí caminar hasta pararse a un lado de la cama, a mi espalda. Apartó los cobertores suavemente y un dedo calloso me recorrió la línea de la columna vertebral hasta posarse solo unos segundos en la base de la espalda. Un estremecimiento de placer me recorrió y ahogué un gemido en mi garganta. Me volví con ojos somnolientos mostrándole apenas un pecho a la vez que le decía con voz ronca:
—¿Te quedan ganas de más, escocés? —exclamé entrecerrando los ojos dispuesta a hacerlo sufrir mandándolo a freír espárragos.
—Sí —dijo Itachi con voz más ronca que la mía.
Yo grité mientras me tapaba hasta la barbilla y lo fulminaba con la mirada. Sin darme tiempo a reaccionar, en ese mismo instante apareció atravesando la puerta con un hatillo de comida colgando de su brazo izquierdo mi flamante y muy furioso marido.
La estancia se quedó momentáneamente helada. Los dos hombres mirándose de hito en hito y yo medio escondida debajo de una montaña de ropa sin saber qué hacer ni qué decir.
Finalmente bramó Sasuke.
—¿Qué haces aquí, hermano?
Con voz aparentemente tranquila y apartándose con la uña lo que parecía una pelusa en la solapa de su camisa, Itachi contestó:
—He venido a buscarte para la cacería, no querrás perdértela, ¿no? Sabes que hay dos ciervos machos que están esperando el disparo de gracia. ¿O tal vez me equivoco?, quizá prefieras quedarte un poco más arropado por tu cariñosa esposa a pasar frío con un grupo de burdos escoceses en las montañas. Estaremos en la ladera norte, nos encontrarás fácilmente —añadió, remarcando la palabra «cariñosa», o quizá fuera mi mente calenturienta.
Sasuke debió de pensar lo mismo que yo. Apretando los puños, y haciendo un gran esfuerzo de contención, sibiló suavemente:
—Ve bajando, nos encontraremos fuera dentro de un momento.
Itachi pasó por delante de él sin mirarlo a la cara, mientras Sasuke lo seguía con la mirada pétrea.
Antes de salir, volvió el rostro hacia mí.
—No he tenido tiempo de felicitaros por el enlace. Yo..., esto..., os deseo que seáis muy felices —terminó dando un portazo.
El tono y la amargura de su voz en cambio nos deseaban todo lo contrario.
Miré a Sasuke sin decir nada. Él seguía mirando furioso la puerta cerrada. Finalmente se volvió y recomponiendo el gesto depositó encima de la mesa las viandas que portaba.
—Come algo antes de bajar —dijo con voz queda—, yo estaré fuera todo el día.
Con un gesto de la cabeza salió por la puerta sin acercarse ni tocarme. La magia que nos había unido por unas horas había desaparecido completamente.
