13
No quieras saber la verdad, pues puede que no te guste
Sintiéndome súbitamente triste y furiosa a la vez, me di la vuelta en la amplia cama y me arropé dispuesta a dormir hasta el mediodía. Pero cuanto más lo intentaba, más cuenta me daba de que estaba perdiendo un tiempo precioso para investigar cómo había llegado allí. Sasuke iba a estar todo el día fuera y yo no tenía ninguna obligación ni reclamo al que acudir, así que me levanté de un salto y me vestí rápidamente, desechando de una vez por todas el maldito corsé de varillas, que me temía era el causante de mis desmayos y caídas de los últimos días. Bueno, eso y los giros del destino. Un poco más tarde, una vez vestida y un poco más tranquila, salí de la habitación y me tropecé con Daisy, que venía a buscarme. Por lo visto, las damas estaban reunidas en un salón, esperándome, ya que era allí donde debía estar dada mi nueva condición de mujer casada. Maldije en silencio y me dejé guiar hasta el salón de las dichosas damas.
Daisy me dio paso a una sala pequeña y acogedora, con varios sillones dispuestos estratégicamente alrededor del fuego de la chimenea, donde algunas mujeres tejían en animada conversación. En el centro había una mesa de madera labrada con un mantel blanco, y sobre él varias tazas y una bandeja con dulces. Un enorme ventanal con vidrieras de colores iluminaba la habitación con destellos brillantes.
Indecisa, me quedé parada en la puerta un momento.
—Sakura, querida, pasa y siéntate. —La voz cascada de Karura me sacó de mi repentina indecisión.
Acerqué uno de los voluminosos sillones a su lado, mientras Hinata me hacía un hueco, y me senté a la vez que saludaba a las mujeres allí reunidas.
—¿Qué tal, abuela?, ¿ha descansado bien? —le pregunté cortésmente, tenía algo de color en las mejillas, pero las ojeras violetas que circundaban sus ojos hundidos demostraban que últimamente no dormía lo suficiente.
Ella rio alegremente.
—Mejor que tú, querida, eso seguro —contestó guiñándome el ojo.
Yo carraspeé.
—Oh, no, yo he dormido muy bien, gracias —aseveré hundiéndome un poco más en el mullido sofá.
—¿Ah sí, querida? Pues tendré que hablar con mi nieto seriamente, creí que lo había educado con destreza, pero por lo visto me he equivocado en algo.
Las sonrisas de las mujeres se tornaron carcajadas, y yo me volví a hundir un poco más en el sofá, si eso era posible.
—¿Una taza de té? —Era Hinata la que hablaba.
—Sí, gracias —Me volví a recoger la taza que me ofrecía. Añadí miel y abundante leche. Nunca había conseguido acostumbrarme al sabor del té, pero no estaba dispuesta a desayunar cerveza nunca más.
—¿Necesitas un cojín? —preguntó.
—No, ¿para qué? —contesté. Llegaba perfectamente a la mesa de los dulces.
—Pues..., porque..., quizá..., te encuentres algo dolorida —dijo de forma azorada, lo que hizo que el resto de las mujeres emitieran risitas de conformidad.
Yo me puse como la grana. Si bien era cierto que mi vientre lo sentía como gelatina líquida, no tenía ningún tipo de dolor, más bien una sensación bastante placentera a mi pesar. Recordé la conversación con Sasuke y volví a sentirme enfurecida.
—Estoy perfectamente, gracias —dije provocando la hilaridad general.
Enterré el rostro en mi taza y cogí una galleta de mantequilla. Dejé que el resto de las mujeres llevara el peso de la conversación. Deseaba salir de allí cuanto antes y ponerme a investigar. Ya sabía por dónde empezar. Por el despacho del laird. Era el único sitio del castillo que había visto con suficientes libros. Quizás alguno me indicara algo a lo que agarrarme. Quería comenzar con las historias de hadas y espíritus de las Highlands, toda leyenda tiene su base de verdad, y quizá mirándolo con los ojos de una persona que ha vivido trescientos años después pudiera descubrir algún indicio de lo que me había acusado la anciana que irrumpió en mi habitación hacía solo dos días.
Un comentario atrajo súbitamente mi atención.
—La verdad —comentó una mujer a mi derecha—, nunca pensé que vería a Sasuke otra vez frente al altar. Juró que jamás volvería a casarse, después de lo que sucedió.
La mirada que le dirigió Hinata hizo que la mujer silenciara lo que pensaba decir a continuación. Yo me había quedado estupefacta. ¿Volvería? ¿Sasuke ya había estado casado? Sentí un agudo pinchazo en el estómago, otra mentira, otro secreto. ¿Cuántos más habría?
—Y ¿qué es lo que sucedió? —interpelé a la mujer de forma hosca.
La mujer calló ante mi brusquedad.
—Eso debería contártelo Sasuke, no es asunto de ninguna de nosotras. —Hinata circundó a todas las mujeres con un gesto de advertencia.
—Bueno —dije yo de forma más suave—, como está claro que mi marido ha pasado ese pequeño detalle por alto, quizás esperaría que otra amable persona me informara al respecto. —Mi tono fue subiendo agudos a medida que mi furia amenazaba por brotar de la garganta.
Ninguna mujer habló, ahora todas se concentraron en sus labores de costura. Las observé una a una intentando adivinar cuál era la más débil para atacar otra vez. Finalmente me decidí por la más sincera.
—Karura —dije—, creo que siendo ahora la esposa de Sasuke debería saber cuál fue la historia tan misteriosa que todas se empeñan en ocultarme.
—Tienes razón, mo nighean —dijo—, y buen ojo para elegir, sabiendo que a mí no me reprochará nunca que te lo cuente. Aun así, si él desea que permanezca oculta, yo no puedo decirte nada.
—Karura —lo intenté otra vez, recurriendo a su nombre de pila para crear cercanía, como lo hacía con algún acusado—, él conoce perfectamente a todos los habitantes del castillo. ¿De verdad cree que él piensa que esa historia no iba a llegar a mis oídos de una forma u otra? Creo que lo correcto es que sea alguien de su familia quien me informe al respecto. —La estaba tratando como en un tribunal, intentando ganarme su confianza de forma descarada y sibilina, pero necesitaba saber. Lo importante, al fin y al cabo, era ganar el caso. Es lo que decía siempre mi jefe.
Ella me miró un momento valorando mi explicación y a la vez traspasándome con los ojos, un rasgo claramente distintivo de los Otsutsuky, que parecía que tuvieran el poder de traspasar las almas. Lo que vio debió de tranquilizarla, así que me enteré por fin de algo que preferiría haber ignorado.
—Sucedió cuando Sasuke volvió una vez que terminó sus estudios en Europa. Tenía veintiún años. Estuvo viajando muchos años y regresó con una sola idea en su terca cabeza. Vino a comunicar que se quedaría en su hogar, había comenzado a construirlo. Siempre le gustó la construcción. También traía un montón de diseños bajo el brazo, y proyectos para ampliar el castillo. Él se encargó de añadir el ala este, la más nueva. A Fugaku no le gustó la idea, pero él era un bastardo, no tenía derecho a heredar los derechos del clan sino a ser un simple familiar, aunque aquí todos lo habíamos querido como a otro hijo.
Todas asintieron a la afirmación. Yo hice una mueca, empezaba a odiar la palabra «bastardo». Para mí carecía de significado, pero en esta época por lo visto dejaba pocas opciones. Ella ignoró mi gesto y continuó:
—Le dejamos hacer las obras esperando que cambiara de parecer, ya que su padre quería que se hiciera cargo del brazo militar del clan, mientras que el joven Itachi asumía su condición de heredero. Todo cambió cuando Claréese apareció. Ella era una simple doncella, en realidad siempre había estado al servicio en el castillo, solo que era una niña cuando él se fue, y una joven cuando Sasuke regresó. Una joven muy bella, tendría que admitir, suave y pequeña como un pajarillo, con un rostro en forma de corazón que enmarcaba unos dulces ojos azules como el cielo de verano y un largo cabello rubio como el trigo. Atraía las miradas de todos los jóvenes, pero ella solo tenía ojos para él, y pronto él solo tuvo ojos para ella. Fue un amor entusiasta, ambos se buscaban y se juraron amor eterno prometiéndose en el círculo de las hadas, el lugar más sagrado para el clan. Pronto quedó embarazada y hubo que improvisar una boda ante la Iglesia, que no admitía las uniones de hecho. Fue un embarazo difícil, y él le acondicionó su habitación para que estuviera más cómoda, ya que tuvo que estar casi todo el embarazo descansando. Convirtió dos habitaciones en una más amplia, con grandes ventanas que daban a las vistas más hermosas del lago, con el sol de mediodía, para que no sintiera tanto frío como en el resto del castillo. Sin embargo, y pese a los esfuerzos de Sasuke por protegerla, perdió al niño al poco tiempo. Eso no los desanimó, sino que siguieron intentándolo de forma desesperada hasta que ella volvió a quedar embarazada. Se amaban con tanta intensidad que daba envidia verlos, no tenían ojos más que el uno para el otro. Sasuke dejó de lado sus obligaciones para con el clan y se centró solamente en cuidarla. Ambos deseaban más que nada tener un hijo, y finalmente lo consiguieron. Pero la pequeña Claréese era demasiado joven y delicada, no pudo superar el parto y murió en los brazos de Sasuke horas más tarde de dar a luz a su hijo. El pequeño sobrevivió solo tres días más y finalmente también murió. Era un bebé pequeño y delicado como su madre. Sasuke lo veló durante dos largos días y después apenas pudimos quitárselo de los brazos. Todos pensamos que había perdido la razón. Durante días, semanas y meses fue una sombra de sí mismo. Juró que jamás se casaría y un día, aduciendo que era demasiado doloroso permanecer aquí, nos volvió a abandonar. Desde entonces ha venido en contadas ocasiones, y nunca se ha quedado demasiado tiempo. Quién sabe, querida, quizá tú hayas podido curar sus heridas.
Yo sentí ganas de llorar, una inmensa congoja amenazaba con brotar sin remedio del interior de mis entrañas. El círculo de las hadas, donde me había pedido que me casara con él, tenía un significado completamente diferente al que yo creía; la habitación en la que me había instalado estaba destinada a otra mujer, a una mujer pequeña y delicada como un pajarillo. Yo no compartía ninguna de las características de aquella mujer a la que mi marido amó con locura, ni mi altura, ni mi pelo rosado, ni mi rostro eslavo, ni mi descaro. Me sentí grande, desproporcionada y tremendamente humillada. Podría luchar con otra mujer, pero nunca con un fantasma, el fantasma del gran amor de Sasuke.
—Ellos están enterrados en el cementerio del castillo, ¿no? —pregunté sabiendo la respuesta.
—Sí, los enterramos juntos, y junto a ellos quedó una parte del Sasuke que todos conocíamos —susurró Karura. Recordé a Sasuke la noche anterior llevándoles flores, y algo me estranguló por dentro.
—Tengo que salir de aquí —dije levantándome de repente, lo que provocó muestras de sorpresa.
—Espera, Sakura... —Era la voz de Hinata. No me volví. No podía mirar a ninguna mujer a la cara. Me sentía dolida, engañada y profundamente avergonzada.
Corrí a través de los pasillos hasta que llegué a la puerta principal. Cogí una de las capas que pendían de los clavos, me la puse y salí al exterior, sintiendo el mordisco del aire frío llevándose mis lágrimas ardientes con él.
Pasé a través de la arcada principal ignorando las protestas de los guardias y me paré frente al cementerio fijándome en el arco ojival que lo precedía. Había unas letras grabadas, yo conocía de forma rudimentaria el latín, debido a mis estudios de Derecho, la inscripción rezaba: AQUÍ OS ESPERAMOS.
Sofoqué una risa histérica y seguí corriendo sin saber muy bien adónde dirigirme, me resbalaba y caía una y otra vez, levantándome cada vez con más decisión. Me olvidé del frío y de la amenaza de los lobos, estaba tan furiosa que yo sola habría podido enfrentarme a Atila y su ejército de hunos si fuera necesario.
Finalmente llegué a la orilla norte del lago sin saber qué hacer y mirando en derredor encontré una superficie rocosa y oculta y me senté en la fría piedra abrazándome las piernas, balanceándome y gimoteando como una niña.
No sabía muy bien por qué lloraba. Yo también tenía un pasado oculto, y muy a mi pesar en algunos aspectos era bastante parecido al suyo, aunque a mí no me habían amado con esa intensidad, a mí me habían abandonado cuando más necesitaba de él, de mi marido, de mi verdadero marido, Shikamaru. Porque Sasuke, ya no sabía lo que era, ni quién era o lo que significaba para mí. Creí en él, le confié mi vida y me había entregado de una forma que hasta a mí me sorprendía. Pero, sobre todo, y pese a los secretos que nos rodeaban, había confiado en él, y ahora me sentía traicionada. Me había dejado claro que me tenía porque yo le pertenecía, nunca habíamos hablado de amor. Nuestra unión se basaba en la necesidad de contacto, yo me sentía tan sola y desesperada en esta época que había olvidado todo por un hombre que creí que... ¿qué creía?
Me levanté después de unas horas, ya sin lágrimas en el rostro, con una firme determinación. Tenía que averiguar lo antes posible cómo regresar a mi vida y olvidar de una vez por todas este mundo, lleno de asesinos, violadores y un pirata de ojos negros y traidores, como rezaba una copla que solía cantar mi abuela.
Una vez en el castillo, me dirigí a la cocina y comí algo de pan y queso y me llevé una manzana, ante la mirada reprobatoria de Elsphet. Subí las escaleras hasta el despacho del laird, que estaba cerrado con llave. Maldije y acudí a la habitación de Hinata. No había nadie, pero escuché un murmullo que provenía de la habitación contigua, la de los niños. Llamé y al escuchar respuesta entré.
Shikamaru levantó la cabeza con gesto sorprendido. Estaba inclinado sobre la mesa de ejercicios de los dos hijos mayores de Hinata.
Le saludé con una inclinación de cabeza y le pregunté si sabía dónde se encontraba mi cuñada.
—No lo sé —contestó—, ¿necesita algo?
—Sí —dije componiendo una sonrisa, aunque en realidad era una mueca—, me gustaría leer algo y el otro día vi que el laird tenía una biblioteca abundante en su despacho. Quería preguntarle si tiene la llave.
—Oh —dijo sonriendo—, no es necesario buscar a Hinata. Yo tengo una llave. La utilizo para consultar el material de estudio. Si quiere, la acompaño. Ya he terminado con los niños. —Al escucharle, estos suspiraron de alivio y salieron corriendo dejando un rastro de papeles a su paso.
Shikamaru hizo un gesto de frustración y se agachó a recogerlos, yo lo ayudé y los dejamos sobre la mesa. Luego ambos nos dirigimos al despacho.
Una vez que entramos, circundé con la mirada las pobladas estanterías. No tenía ni idea de por dónde empezar.
—¿Qué busca exactamente? —preguntó Shikamaru viendo mi azoramiento.
—Libros de leyendas e historias escocesas —contesté escuetamente.
Si se sorprendió no lo demostró. Me llevó hasta una estantería a la derecha y me indicó varios que podía consultar. No los podía sacar del despacho sin el permiso del laird, así que me senté en la misma silla en la que había firmado las capitulaciones matrimoniales y me centré en buscar algo que me sirviera de ayuda, ignorando a Shikamaru, que se sentó en la otra silla a corregir ejercicios, mientras chasqueaba la lengua y tachaba alguna frase.
Recorrí con las manos las tapas de los libros encuadernados en piel, abriendo el primero al azar. Estaba escrito en inglés, pero en un inglés del siglo XVIII o quizás anterior, por lo que me costó bastante entenderlo. Estaba tan concentrada que no me di cuenta de que estaba tarareando una canción. Solía hacerlo a menudo, en mi vida anterior. Llevaba todo el día con el sonido de la canción en la mente.
You know you can't keep me down.
Hey, hey, man! What's your problem?
I see you tryin' to hurt me bad
You can hang me like a slave.
I'll go underground
Hey, hey, girl! Are you ready for today?
You got your shield and sword?
Cuz it's time to play the games...
—Extraña melodía, y más extraña aún la letra —dijo Shikamaru levantando la cabeza de sus papeles y mirándome de hito en hito.
Yo lo miré dándome cuenta de que estaba allí. Era un hombre tan silencioso que una vez que me concentré en la tarea que tenía entre manos me olvidé completamente de él. Fruncí los labios ante mi error, obviamente las baladas de esa época no solían incluir comentarios tan descarados en sus letras.
—¡Hummm! —exclamé como respuesta.
—Me temo que está dirigida a alguien en particular —continuó él, curioso.
—Es una simple canción —contesté quitándole importancia, no sabía a quién se lo había dedicado Pink, de lo único que estaba segura es a quién se lo dedicaba yo, sobre todo porque estaba preparada, y era la hora de empezar el juego...
Me concentré otra vez en el libro, leyendo historias de gigantes, princesas, sidhe y otras criaturas del mundo sobrenatural, sin encontrar nada que me resultara familiar o que me fuera útil. Cogí otro libro y lo abrí por la primera página, observé con avidez un grabado de una realidad pasmosa, parecía una sirena con largos cabellos rosados y ojos claros.
«Cuentos de sirenas —pensé—, no me sirven», estaba a punto de pasar la página cuando una palabra remarcada en tinta negra llamó mi atención, selkie. Seguí leyendo y mi cara cambió de la curiosidad de un estudioso a la más completa estupefacción.
—¿¡Una selkie es una foca!? —pregunté en voz demasiado alta haciendo que Shikamaru soltara los papeles que tenía entre las piernas.
—Sí, ¿por qué? —contestó mirándome de forma extraña.
—Una foca. Una foca —repetí despacio—, me están comparando con una maldita foca.
—Bueno —contestó él reprimiendo una sonrisa—, debería sentirse agradecida por la comparación, lady Uchiha, las selkies son muy apreciadas en esta tierra. Son criaturas de gran belleza que se deshacen de su piel al llegar a tierra escondiéndola entre las rocas, pueden elegir esposo y entonces es el turno del esposo de esconder la piel para que ella no lo abandone y regrese a las aguas que son su hogar.
A mí la explicación no me aplacó. Solo pensaba en que me habían comparado con una foca. Una foca, ¡por Dios!, ni siquiera era una sirena, o un hada, era una foca. En mi mente de mujer racional nacida trescientos años después, que te compararan con una foca no tenía nada de agradecido, más bien era un insulto en toda regla.
Mascullando, cerré el libro con un golpe que hizo que el polvo acumulado brotara en una pequeña nubecilla.
Me quedé mirando el rostro de Shikamaru, tan parecido al de mi Shikamaru, solo le faltaban las gafas de pasta y el rictus serio de mi ex marido, y de repente todo me pareció absurdo.
—Dios, ¡qué va a ser de mí! —exclamé súbitamente acongojada.
Él me miró de hito en hito.
—¿Se encuentra bien? Si me dice qué es exactamente lo que está buscando, yo podría ayudarla, conozco todos los libros de este castillo.
Evitando ponerme en evidencia más de lo que ya lo había hecho, erguí los hombros, mascullé una disculpa y me levanté dispuesta a investigar en otra estantería. Sentí su mirada tras de mí.
—Estoy bien. No busco algo concreto, sino conocer un poco más cómo es la tierra que es ahora mi hogar. —La última palabra se me atragantó y sentí ganas de llorar, así que me mordí la lengua y me concentré en los libros.
Cogí otros dos y me senté junto a la luz de las velas a proseguir mi investigación, aunque estaba cada vez más desanimada.
Pasamos más de una hora perdidos en nuestro trabajo y sin hablar. Me di cuenta con asombro de que me sentía cómoda en presencia de ese hombre. Era el único que no me observaba ni con desprecio ni con curiosidad, simplemente hacía su trabajo. Shikamaru y yo solíamos pasar tardes enteras de ese modo, cada uno enfrascado en nuestras respectivas obligaciones laborales. Tragué saliva, hacía tiempo que intentaba no recordar demasiado a mi ex marido, ya que la herida era todavía reciente, pero la cercanía de este Shikamaru hacía que eso resultara bastante difícil.
La puerta se abrió de golpe sobresaltándonos a los dos, que volvimos nuestros rostros hacia el hombre que se había apostado en la entrada. Yo fruncí el entrecejo, ante mí tenía al diablo de ojos negros y traicioneros. Shikamaru se levantó de un salto y lo saludó con un gesto de cabeza.
—Señor —dijo.
—Déjanos solos —soltó bruscamente Sasuke pasándose la mano por el pelo como buscando tranquilidad en ese simple gesto.
Shikamaru salió del despacho como alma que lleva el diablo, ante el gesto adusto de mi marido. Yo ni siquiera me levanté de mi asiento, de hecho volví la vista y proseguí mi lectura, ocultando mis emociones en un libro sobre los duendes domésticos, por lo visto bastante habituales, aunque yo todavía no había visto ninguno, con lo útiles que parecían.
—Estás aquí —dijo simplemente acercándose unos metros. Algo en su tono de voz me hizo mirarle. No parecía enfadado, sino preocupado.
—Aquí estoy, ¿por qué?
—Te estaba buscando.
—No sabía que hubieras regresado de la cacería. De todas formas, no me estoy escondiendo precisamente —dije previendo una discusión.
—No es por eso, Sakura. Estaba preocupado, llevo horas buscándote, los guardias me dijeron que habías salido corriendo del castillo y Hinata me ha comentado que ha habido una conversación esta mañana que parecía afectarte bastante.
Busqué algún indicio en su rostro de falsedad, pero no lo encontré, eso tampoco me decía nada, ya que era un experto en ocultar sus emociones y sus secretos.
—¿Preocupado? —inquirí seria.
—Sí, pensé que te habías ido, que habías desaparecido. A Dhia!, desde esta mañana no he podido pensar en otra cosa que en ti, sola en esa cama, y cómo me miraste cuando me fui. He soportado las burlas de todos los hombres acerca de mi despiste y mi mala puntería, así que, harto, decidí volver al castillo, y cuando llegué nadie parecía saber qué había sido de ti desde esta mañana. No sé, pensé que... —Sus palabras murieron y se sujetó el pelo en la nuca de forma brusca volviéndolo a soltar al instante.
—¿Qué pensaste? —Mi tono era neutro.
—Pensé que me habías abandonado. Que habías decidido entregarte o huir de mí. O incluso que tal como habías aparecido en Edimburgo, aquí habías hecho lo contrario, desaparecer por completo. —Su tono era de tristeza.
Yo di un respingo. Si fuera tan sencillo como eso...
—Ya te dije que no tenía adónde ir —repuse tranquila.
—Sí, bueno, pero...
—No me crees, ¿verdad? Sasuke, hasta ahora quien ha estado ocultando su pasado y sus secretos eres tú, y no yo. Yo jamás te he dado una señal que te indicara que iba a huir de ti —mentí flagrantemente; si hubiera podido volver a mi vida anterior esa misma tarde, lo hubiera hecho sin dudarlo.
—¿Que yo te he ocultado algo? Sakura, te he traído a mi tierra, a mi hogar, donde cada uno de los habitantes de este castillo me conoce. De ti, sin embargo, apenas sé nada más que unos pocos datos, que estoy seguro has adornado y falseado a tu antojo. —Su tono era bajo y pude ver cómo la vena de su cuello latía demostrando su enfado.
Abrí la boca y luego la cerré. Iba a contestarle que yo no había escondido un marido y un hijo como había hecho él, pero además de hacer eso, había escondido algo mucho más importante.
—Creí que una vez nos casáramos, te sentirías lo suficientemente cómoda conmigo como para decirme de una vez por todas quién demonios eres y qué escondes. ¿Qué te da tanto miedo, a ghràidh? —Suspiró fuertemente y cerró los puños. Yo me puse tensa al instante.
—No quiero hablar de mi pasado —lo miré y él enarcó una ceja—, no todavía. Es demasiado doloroso. —Callé, estaba a punto de echarme a llorar como una tonta.
Él me traspasó con su mirada, y yo agaché la cabeza intimidada. Notaba su enfado, y también cómo se estaba conteniendo al ver mi dolor.
—Lo siento, a ghràidh —dijo finalmente, yo levanté la cabeza sorprendida. El terco, engreído y maldito escocés se estaba disculpando—, creí que era mejor no decírtelo antes de que te casaras conmigo por si cambiabas de opinión. Sentí que si te lo contaba tú pensarías que no era lo suficientemente hombre para ti. No pude protegerla, no supe cuidarla y no supe cómo salvarla, y no quise que pensaras que no podría hacer lo mismo por ti.
Su mirada mostraba tanto dolor, que aunque tenía intención de mostrarme fría y distante me estaba derritiendo como el hielo en verano.
—Si crees eso de mí, Sasuke, es que no me conoces en absoluto. Tú no tuviste la culpa de lo que le sucedió a tu esposa, fueron las circunstancias, esas cosas a veces ocurren. —Y así de repente me di cuenta de que lo que me había sucedido a mí al perder a mi propia hija no era culpa mía, sino que verdaderamente esas cosas ocurren y se escapan al entendimiento humano. Por un instante la pena y el alivio se juntaron en mi pecho haciendo que me estremeciera.
Se acercó un metro hacia mí. Yo me levanté para tenerlo frente a mi rostro, aunque mi nariz le llegaba justo a la mitad de su pecho. Me di cuenta de que llevaba varias trenzas a los lados del rostro, como un guerrero vikingo, y que mostraba rasgos de cansancio, aparte de que el kilt de caza estaba mojado y manchado de barro.
—¿Cómo me has encontrado? —pregunté.
—En Edimburgo, cuando fuiste con Jūgo a Grassmarket, te vi pararte frente a una imprenta totalmente encandilada. Incluso pensé en entrar y comprarte algún libro, pero pronto Jūgo tiró de ti y seguisteis camino. Así que pensé que, si estabas en el castillo, debías de estar en el único sitio donde hubiera libros, y aquí estoy.
—¿Me seguiste en Edimburgo? —pregunté algo enfadada.
—Claro. —Él no parecía en absoluto avergonzado.
—¿Por qué? —inquirí más enfadada todavía.
—Porque tenía que protegerte, ¿por qué si no? —Su rostro mostraba una amplia sonrisa que derritió por completo la escarcha de mi alma.
—No lo necesitaba —exclamé.
—Oh, sí. Al final lo necesitaste, casi consigues que la multitud nos ensartara como a un cerdo en San Martín. —Volvió a sonreír y yo bajé la cabeza avergonzada. Estaba claro que, si quería sobrevivir en este mundo, lo tenía que tener de mi lado, me gustara o no.
Él me cogió el rostro con las manos y lo levantó para que lo mirara a los ojos.
—¿Quién eres, Sasuke? —pregunté perdiéndome en la intensidad de su mirada.
—Cuando me veo reflejado en tus ojos solo soy Sasuke, y cuando estoy poseyéndote siento que soy el dueño de tu alma y de tu cuerpo, y solo entonces puedo relajarme y sé que no huirás. —Y diciendo eso posó sus labios sobre mí.
Yo aspiré su olor a fresco, a madera, humo y barro, y su aliento suave con restos de whisky en su lengua. Y, ¡maldita sea mi estampa! Abrí la boca para recibirle con entusiasmo, con demasiado entusiasmo a mi pesar.
Nuestro beso se intensificó y me cogió por las piernas hasta alzarme y dejarme sobre la mesa de su padre, apartó de un golpe los libros y papeles y me tendió sobre la fría madera, en la oscuridad de la habitación, iluminada solo por una vela que tenía cerca de mi cabeza a la derecha, y que atrapaba la luz de sus ojos negros haciéndolos lucir muy intensos.
Noté que sus manos se desplazaban a lo largo de mis piernas levantándome la falda. Quise protestar y lo sujeté con una mano.
—Aquí no —dije temiendo que en cualquier momento apareciera su padre o cualquier otra alma indiscreta.
—Sí, te necesito, aquí y ahora —contestó él sujetándome la mano sobre la mesa, que provocó el chasquido del anillo de bodas cuando golpeó contra la madera.
En ese momento supe que Sasuke no era un hombre al que se le pudiera negar nada fácilmente.
Cuando su mano alcanzó el objetivo principal, me estremecí y levanté las piernas en un reflejo instintivo de respuesta. Noté su risa contra mi pecho mientras me desataba las cintas que sujetaban mis pechos. Se entretuvo mordisqueando uno y otro pezón hasta que estos se irguieron y mi interior reverberó deseando más. Me arqueé con fuerza y lo atraje hacia mí. Con la mano otra vez libre levanté su pesada falda y atrapé su miembro y lo acaricié con destreza, maravillándome del efecto que eso le producía mientras observaba su rostro excitado.
Volvió a hundir su rostro en mi pecho.
—No llevas corsé —dijo en tono reprobatorio.
—No pienso volver a llevarlo. Además, no me hables de dictados de la moda, que tú vas peinado con trencitas —susurré con voz entrecortada.
Me miró extrañado y yo entrecerré los ojos.
Deseando más, sujeté con más fuerza su miembro erecto y lo guie a mi interior con un descaro y una desvergüenza que no creía que tuviese. Él gruñó y entró por completo en mí, haciendo que me arquease con fuerza y emitiese un pequeño grito, cuando llegó a los límites de mi vientre.
Pero ya no podíamos parar, me atrajo hacia él y me obligó a mirarlo mientras lo hacía y yo respondí completamente excitada, desahogando mi frustración y furia del día con él, a través de él, por medio de él. Me daba igual, solo quería que me poseyera con fuerza. Si él creía que le pertenecía, en ese momento por lo menos, él era el dueño de mi alma y de mi cuerpo.
Lo tendí sobre mí sujetándolo por la camisa y enterré mi rostro en su cuello, aspirando su olor a hierba mojada y pasando la lengua por su cuello tenso que tenía un sabor ligeramente salado. No hubo tiempo para más, sentí que ardía por dentro y estallé gimiendo, él me siguió un momento después emitiendo un gruñido animal y sujetándome con fuerza por la cadera. Levantó el rostro enrojecido por el esfuerzo y me besó profundamente, lo que provocó ecos en mi vientre todavía ocupado por él.
—Me has preguntado quién soy, Sakura. En tus manos no soy más que arcilla moldeable, un alma, un corazón y solo un hombre a tu servicio, mi señora —susurró a mi oído.
Recobré súbitamente la consciencia y, algo asustada por sus palabras, intenté levantarme y me até las cintas de la blusa con arrobo y con algo de torpeza.
—Yo lo haré —dijo él, que si había notado mi súbita frialdad no lo demostró.
Con suma facilidad, apretó e hizo una lazada. Lo miré a los ojos y él posó un casto beso en mi frente.
—Ya está —dijo cruzándose el kilt por el hombro que se le había deslizado en uno de los movimientos y repasándose el pelo hacia atrás.
—¿Quién te ha peinado así? —inquirí curiosa.
—Yo. —Me miró extrañado. Yo estaba más extrañada todavía, apenas conseguía recogerme el pelo con una trenza que acababa deshecha a las pocas horas.
—¿Por qué?
—Necesito apartarme el pelo de los ojos para poder enfocar mejor mi puntería. Es bastante común en las Highlands.
—Ah —dije asombrándome de lo poco que conocía yo de este tiempo.
—¿Qué estabas leyendo? —preguntó agachándose a recoger los libros del suelo.
—Oh, nada en realidad, solo buscaba algo con lo que entretenerme.
—Con Shikamaru. —Había algo de resquemor en su tono.
—Bueno, tú te habías ido a buscar un pobre cervatillo al que asesinar —le contesté con acritud.
Suspiró fuertemente y puso los ojos en blanco.
—Vamos —dijo cogiéndome de la mano—, bajemos a cenar. Me muero de hambre.
Ambos bajamos por el laberinto del castillo hasta la sala principal. En la puerta nos paró uno de los hombres del clan, el mismo que había salido en la partida de búsqueda y que lo había saludado como a un hijo.
—Veo que por fin has encontrado a tu mujercita —sonrió mirándonos a los dos.
—Sí, lo he hecho, ¿acaso lo dudabas?
—No, te he educado bien. Si no pudieras rastrear a tu esposa a solo un día de casarte serías un completo inepto. Dentro de unos años quizá te arrepientas de haberla encontrado, pero de momento... Sería mejor que por unos días no salieras de caza, porque de ser así acabarías con el trasero ensartado en los colmillos de algún jabalí más listo que tú, y te centraras en lo que ocupa tu mente y tu..., ejem... Señora. —Hizo una inclinación de la cabeza y salió disparado a por una copa de whisky.
—¿Quién es? —pregunté a Sasuke sintiendo unas irremediables ganas de reír.
—Fue mi maestro de armas, Jiraiya, él me enseñó todo lo que sé.
—¿Todo? —le dije entrecerrando los ojos.
—Bueno, algunas cosas las he ido aprendiendo por mí mismo a lo largo de los años —rio.
—Le tienes mucho aprecio, ¿no?
—Sí, para mí fue el padre que nunca tuve.
—Sí lo tuviste.
—No, en realidad no lo tuve —fue su escueta respuesta.
Nos sentamos en la mesa principal y cenamos en animada conversación con el resto de los comensales. Hinata me expresó su preocupación, pero yo la tranquilicé. Itachi parecía que iba a acabar con las reservas de alcohol de todo el castillo, y Kō, según me contó Hinata, seguía descansando y había mandado mensaje de no ser molestada esa noche, ya que se encontraba algo indispuesta. Yo me atraganté con la copa de vino. Indispuesta o no, seguro que el que quería que la visitase esa noche no era precisamente su marido.
Subimos a nuestra habitación al poco rato. Yo al entrar me quedé parada un momento, recordando a quién había pertenecido anteriormente.
«¿Habría muerto en esa misma cama?» No me atreví a preguntarlo. Sin embargo, Sasuke, adivinando mis pensamientos, se situó detrás de mí y me cogió por la cintura.
—Aquí no hay ni rastro de ella, Sakura. Todo el mobiliario fue cambiado hace años, solo quedan las paredes y las vistas al lago. No tienes nada que temer.
Me ayudó a desvestirme con calma y yo hice lo mismo con él. Cuando estuvimos desnudos, solo con la luz de la luna como testigo, nos acostamos en la cama e hicimos de nuevo el amor de forma pausada, pero con la misma intensidad que las otras veces. Era como si una vez que nuestros cuerpos se rozasen algo más fuerte que nosotros nos impidiera parar hasta casi perder el sentido.
Quedé tendida de espaldas con Sasuke a mi lado apoyado en un codo. Me recorría el rostro con un dedo de forma meticulosa, como si quisiese gravar cada rasgo de mi piel en su memoria.
—Estás tan bella iluminada solo por esta luz... Tu cabello brilla y tus ojos verdes son un reflejo de la misma luna que asoma por la ventana —dijo suavemente.
Yo sentí cómo me ruborizaba ante el escrutinio.
—Eres tan joven... —susurró.
—¿Tan joven? —pregunté—. Sasuke, tengo apenas mes y medio menos que tú, mi cumpleaños es el treinta de septiembre.
Él hizo un gesto de sorpresa.
—¿Treinta años? ¿Tienes treinta años?
—Sí, ¿ocurre algo? —pregunté sintiéndome vieja sin serlo. Aunque claro, en aquella época las mujeres de treinta años tenían una caterva de niños rondando a su alrededor y el rostro ajado por la dura vida en las montañas.
—No, solo me he sorprendido. No tienes ni una sola marca de la edad en tu rostro, ni en tu cuerpo. —Aun así, seguía mirándome con una mezcla extraña de estupor e incredulidad.
—Te equivocas, tengo una cicatriz en la frente, sobre la ceja derecha. Cuando era pequeña me caí sobre la esquina de una mesa. Además, no soy tan mayor, si quieres puedes comprobar que también tengo todos los dientes —dije abriendo la boca algo molesta.
—No tienes ninguna cicatriz, mo anam, y ya sé que tienes todos los dientes. He amado tu boca varias veces como para notarlo —contestó con gesto incrédulo.
—Sí tengo una cicatriz —le contradije dirigiendo mi mano hacia la pequeña incisión sobre mi ceja. Pasé el dedo índice una y otra vez sobre el sitio y no encontré nada. Ahora era yo la que tenía el gesto sorprendido.
—Te lo dije —suspiró él.
—No lo entiendo —mascullé más para mí misma que para él.
—Yo tampoco, a ghràidh. Yo tampoco —dijo volviéndose para cogerme por la cintura.
Nos quedamos en silencio un momento, yo meditando dónde estaría mi cicatriz, hasta que creí que por su quietud se había quedado dormido. Me sobresalté al escuchar su voz susurrando a mi oído.
—No la amaba.
Supe a quién se refería aunque no mencionó su nombre. Me quedé callada temiendo interrumpir otra confesión.
—Creí que la amaba y que ella me amaba a mí, pero me equivoqué. La quería, sí, pero cuando intentaba hacerle el amor ella me esquivaba y rehuía como si me tuviera miedo. Al final acababa tan frustrado que no sabía cómo actuar con ella. Al principio pensé que era por la falta de experiencia, y fui paciente y atento, pero no conseguía más que lloros y súplicas por su parte. Pensé que si teníamos un hijo todo cambiaría, pero todo fue a peor. Era tan pequeña y delicada que al final tenía miedo de poseerla. No sabía qué hacer, me estaba volviendo loco. Cuando murió ella y después nuestro hijo, sentí que Dios me estaba castigando porque no supe ser un buen marido, y tuve que alejarme de aquí, no podía vivir constantemente con su recuerdo y con la gente alrededor creyendo que lloraba por un amor perdido, cuando en realidad me sentía aliviado. Me odié por ello y maldije a Dios y al mundo. Fue cuando me uní al ejército y luché en el continente. Quería que me mataran, ya que yo mismo me odiaba de tal forma que pensaba que esa era la única forma de redimirme ante los ojos de Dios y de los hombres. Ahora me doy cuenta de que Dios me perdonó y te puso en mi camino para que pudiera remediar mis errores del pasado.
Le apreté la mano que reposaba en mi cintura, sintiendo su dolor como mío propio. Nuestra vida, separada más de trescientos años, tenía más puntos en común de lo que a primera vista parecía.
—Esa fue otra de las razones por las que me casé contigo.
—¿Cuál? —pregunté volviéndome.
—Tú eres fuerte, joven y con un carácter endemoniado, que me hace desear poseerte y domarte a cada instante. Y me respondes, respondes con la misma pasión que yo te doy. Serás capaz solo con tu fuerza de voluntad de darme hijos sanos. Quizá ya lleves en tu vientre mi semilla —dijo acariciándome en esa parte.
Me sentí otra vez dolida y aun así no pude evitar darle en parte la razón. Nos habíamos unido por diferentes circunstancias, la mía porque no tenía más opción. Él buscando redimirse y tener por fin hijos propios, era lógico que buscara una mujer fuerte que pudiera tenerlos. Lo que él no podía saber es que yo quizá no fuera capaz de tener hijos nunca. Algo asustada intenté recordar cuándo fue la fecha de mi última regla, creía que unos días antes de viajar, pero todo podía haber cambiado en esta época. Ni siquiera lo había pensado, la posibilidad de un embarazo era algo tan remoto que había permanecido oculto en mi mente, ocupada en otras cosas mucho más urgentes. Sentí un terror tan real que me estremecí.
—Sasuke—le dije bruscamente—, no sigas dándome las razones por las cuales te casaste conmigo. Prefiero no saberlas.
Retiré su mano de mi vientre y me aparté con la intención de calmarme y conseguir dormir al menos unas horas.
Sentí su tensión a mi espalda, pero no me volví, no quería sentir otra vez su contacto, porque estaba despertando sentimientos en mí que creí enterrados hacía mucho tiempo. No intentó acercarse y noté que se volvía.
Desperté sujetando con ambas manos la almohada y susurrando un nombre una y otra vez. Había tenido una pesadilla, que no había sido una pesadilla, era un recuerdo de Shikamaru y de mi hija no nacida, cuando yo estaba embarazada de unos cuatro meses y por fin las náuseas habían cedido. Estábamos paseando por Santiago cogidos de la mano, envueltos en una nube de felicidad, cuando de repente frente a nosotros apareció la anciana que me había visitado, pero no era una anciana, era una niña no mayor de quince años, vestida con el arisaid. Se paró frente a nosotros y solo pronunció una frase: «Estás muerta y el bebé también», y desapareció. La sensación de estar ahogándome era tan intensa que grité.
Unas manos fuertes me sujetaron y me volvieron hasta que quedé a unos centímetros del rostro de Sasuke. La luna todavía iluminaba tenuemente la habitación. Yo respiraba de forma agitada y Sasuke lucía una expresión de preocupación en el rostro.
—Una pesadilla —dije a una pregunta no formulada.
—Lo sé, tranquila, a ghràidh, ese hombre ya no podrá hacerte daño. Estás conmigo —contestó él abrazándome.
—¿Qué he dicho? —pregunté sabiendo que había hablado en sueños.
—Has pronunciado «Shikamaru» una y otra vez, luego gritaste mi nombre. ¿Quién es él?
—Un hombre de mi pasado.
—¿Te hizo daño?
—Sí.
—Si viene a buscarte, si te encuentra, a ghràidh, lucharé contra él. No debes temer nada. Ahora estás conmigo. Eres mía, y eso nada puede cambiarlo.
—Tranquilo, Sasuke, él jamás vendrá a buscarme —dije sabiendo que era verdad y deseando que no lo fuera, me volví y lloré contra su pecho hasta que me quedé otra vez dormida.
