14
La felicidad de la vida a veces es solo tener un melón maduro entre las manos
Desperté pegada a su pecho, notando los latidos de su corazón. Él todavía dormía y no quise moverme para no despertarlo, aun así, no pude evitar el deslizar mi mano por su pecho cincelado, cubierto de suave pelo rizado oscuro que cesaba justo entre sus pectorales. Observé una cicatriz que le cruzaba el torso, de unos diez centímetros justo debajo del corazón. Apenas era una línea blanca, lo que quiera que le hubiese herido, posiblemente una espada, había sucedido hacía muchos años. Le miré el brazo vendado, la venda estaba limpia y no había restos de sangre. No parecía notar dolor, aunque cualquier otro hombre hubiera estado atiborrado de tranquilizantes musculares durante al menos dos semanas. Pero Sasuke estaba acostumbrado al dolor y a las heridas, y como él dijo, había sido solo un rasguño.
¿Cuántas heridas de guerra más habría sufrido?
Apenas había tenido tiempo de ver su cuerpo totalmente desnudo y ahora sentía una irremediable curiosidad de explorar. Levanté un poco las mantas y él se removió, pero sin despertarse. Observé a la luz del amanecer gris de las montañas su cuerpo fuerte y pasé mi mano a través de su vientre tenso y liso hasta llegar al comienzo de su entrepierna cubierta con pelo rizado y negro y me mordí un labio al observar cómo ese simple gesto hacía que su miembro se tensara y creciera sin voluntad propia. Admiré con deseo su tamaño y bajé un poco más admirando sus largas y musculosas piernas, como las de un atleta, solo que no eran las de un deportista, eran las de un guerrero. Me estremecí y sentí mariposas que revoloteaban en mi vientre.
¿Pero qué me está pasando? Ni que fuera la primera vez que veía un hombre desnudo, un hombre desnudo junto a mí. Pero nunca había visto un hombre así, ni sentido esa sensación de protección que me daba su cuerpo. A veces sentía unas profundas ganas de abrazarlo, otras de pegarle una patada en el trasero por su terquedad, pero la mayoría de las veces deseaba perderme en su pasión, como él se perdía en la mía. Y eso me estaba asustando, y mucho.
Levanté la cabeza y observé su rostro, dormido y libre de tensión. La arruga de su entrecejo había desaparecido y solo quedaba el rostro ancho y amable que solía dirigirme cada vez más a menudo. Le acaricié la mejilla notando su barba incipiente, suave y a la vez dura como un cepillo. Su boca se curvó solo por el lado derecho, como siempre. Yo sonreí. De repente abrió los ojos y se apartó levantándose de un salto, quedándose en posición de ataque, mirando con los ojos desorbitados alrededor y con todo el pelo revuelto.
Lo miré con sorpresa y solté una carcajada.
Sasuke centró su vista y me miró enfurecido.
—Pareces un león asustado —le dije entre risas.
—¿Un león? Ese es un animal fiero y peligroso —contestó cambiando su gesto y acercándose peligrosamente a mí.
—Sí, el rey de la selva —respondí riendo y escondiéndome entre las mantas. Él me siguió y me atrapó con un solo brazo, me arrastró y me dejó sobre él. Reí, grité y pataleé hasta que me sujetó las piernas y las manos y no pude moverme.
—¿Lo notas? —preguntó con voz entrecortada.
Lo notaba, y perfectamente, además.
—Pues a partir de ahora tendrás más cuidado en despertar a este león, no vaya a ser que te ataque y...
Lo silencié besándole y abrí mis piernas para recibir tan temida y deseada agresión...
Un rato después, nos levantamos y vestimos. Yo todavía bastante azorada, él completamente tranquilo. Estábamos a punto de bajar a desayunar cuando me entregó algo.
—Cógelo —me dijo mostrándome el abrecartas de plata.
—No quiero volver a tenerlo cerca de mí —contesté recordando dónde lo había dejado por última vez.
—Cógelo, mo anam, no es una sugerencia. Es una orden. Sabes cómo utilizarlo y puede serte de utilidad otra vez.
—Dijiste que aquí no corría peligro.
—Lo sé, pero en los tiempos que corren nunca se sabe. Llévalo en tu bolsillo. Nadie tiene por qué saber que lo tienes.
No me dio otra opción. Lo cogí y lo guardé en el bolsillo de la falda.
—Sasuke —pregunté mientras bajábamos las escaleras—, ¿hay algún médico en el castillo?
—No, ¿por qué? ¿Te ocurre algo? Solo hay un cirujano en la aldea. —Se volvió con gesto preocupado.
—No, a mí no —dije para tranquilizarlo—, solo quiero cambiarte el vendaje y curarte la herida.
—No lo necesito, a ghràidh. Pero, de todos modos, Elsphet es tan buena preparando compotas como medicinas —respondió de forma cautelosa.
—Ah, bien. —No dije más y entramos en el salón.
La actividad era bulliciosa, tanto hombres como mujeres se sentaban de forma desordenada a comer algo y comenzar con sus tareas diarias. El castillo era como una colmena de abejas, solo el laird, como la abeja reina ajena a las labores comunes, permanecía en el castillo examinando y contestando misivas.
Nos sentamos junto a su maestro de armas.
—Vaya —dijo cuando Sasuke se sirvió su sexto arenque ahumado—, veo que tienes hambre, mo charaid. ¿Mucho trabajo?
Sasuke gruñó con la boca llena.
—Hijo, las noches son para descansar, si no luego no rindes lo suficiente en tus tareas. Esa es la primera norma de un hombre. Aunque veo que eso te resulta difícil últimamente. Eso es lo bueno de un hombre soltero, que no tiene que estar dispuesto como un semental a servir a su yegua. Aunque viendo tu rostro, quizá debí haber dejado que alguna me atrapara. —Cogió un bote de miel y untó abundante cantidad en un pan.
Yo enterré mi rostro en mi plato completamente azorada. Notaba las miradas divertidas de los rostros que nos rodeaban. «¿Cuánto más tendríamos que soportar las burlas?»
—Como no te calles, ninguna mujer en cien millas a la redonda va a desear acercar su cara a la tuya por mucho, mucho tiempo —contestó Sasuke suavemente y en voz baja, lo que denotaba su enfado. Aunque con el rabillo del ojo vi que su mirada brillaba divertida.
El hombre rio a carcajadas y, levantándose aún con el pan en la mano, se despidió.
—Te espero en las cuadras, hay mucho trabajo que hacer, y espero que estés en condiciones —le dijo a Sasuke—. Aunque señora, yo no esperaría mucho de él esta noche. La estancia en el continente lo ha ablandado y le costará recuperarse.
Salió riendo y yo enterré otra vez el rostro en el plato.
Sasuke parecía inmune al comentario.
—Sasuke —pregunté—, cómo saben todos que tú y yo... —No pude terminar de lo turbada que me sentía.
—Me imagino que pueden ver igual que veo yo cómo te muerdes el labio y me examinas concienzudamente cada vez que entro en tu radio de visión. Mi sonrisa de satisfacción cuando nuestros ojos se encuentran también son otro indicio —contestó susurrando y sonriendo a la vez.
—¿Eso hago? —pregunté totalmente sorprendida.
—Sí. —Él ahora rio ampliamente, y me dieron ganas de hacerle tragar media hogaza de pan.
—Está bien. Procuraré ser más cauta —dije algo frustrada y me levanté de la mesa despidiéndome de todos. Un eco de risas me acompañó hasta la salida.
Me dirigí a la cocina en busca de Elsphet. Cuando entré se volvió y me miró con gesto reprobatorio.
—Elsphet, no se alarme —le dije—, solo vengo a que me proporcione vendas y quizás algo para que le termine de curar la herida del brazo a Sasuke.
Su gesto se relajó y me acompañó a un armario cerrado con llave al lado de la puerta. Sacó un manojo de llaves que llevaba prendido de su delantal, tantas como San Pedro, y con maestría abrió el armario.
Dentro estaba lleno de estanterías cubiertas por botes que tenían líquidos y pastas de diferentes colores que yo no tenía ni idea de qué se trataban.
—Lady Uchiha, lo mejor será que le quite el vendaje y deje la herida al aire, la mantenga limpia hasta que se seque y se caiga la postilla —cogió un pequeño frasco que olía como a menta—. Espárzalo con cuidado si ve que no ha cicatrizado todavía y deje que se seque sobre la herida.
—Gracias —dije volviéndome. De repente me acordé de algo, algo muy importante.
—Elsphet —volví a preguntar con voz algo titubeante—, ¿tiene algo para..., para..., ya sabe..., para evitar un embarazo? —Terminé de forma brusca notando cómo volvía a enrojecer.
Ella cambió el gesto, que se volvió adusto.
—No tengo nada para provocar un aborto, si es eso lo que busca —dijo—, eso es cosa de brujas y hechiceras. Y yo no soy ni una cosa ni la otra.
—No, no es eso. Yo solo quiero evitar por un tiempo al menos la posibilidad... de..., bueno, ya sabe. —Cada vez me sentía más incómoda y notaba su enfado.
Meditando si responderme o no, se volvió hacia el armarito y rebuscó entre los botes.
—Solo conozco un remedio, que no suele ser efectivo. —Me entregó una especie de esponja de mar y un bote—. Empápelo en vinagre e introdúzcaselo antes de que el hombre deje su semilla.
Lo miré con asco y con reparo. ¿Meterme eso ahí? Junté las piernas instintivamente. Pero no tenía otra opción. Un embarazo ahora trastocaría todos mis planes.
Dándole las gracias, me volví para salir y me choqué de frente con el pecho de Sasuke.
—Buscando algo para curar mi herida, ¿no? —preguntó suavemente. No me engañó, el latido de su vena en el cuello delataba que había oído si no toda la conversación, al menos lo principal.
Se volvió y salió de la cocina a paso rápido. Salí tras él.
—Espera, Sasuke —grité.
No se volvió.
—Deja que te explique —dije al pasillo ya vacío. Pero ¿cómo podía explicárselo sin delatarme? Maldije no haber tenido más precaución y subí a la habitación con los instrumentos de tortura en mis manos para esconderlos convenientemente.
Una vez allí me entretuve deshaciendo y haciendo otra vez el lazo de mi blusa, furiosa y a la vez temerosa de su reacción. No sabía cómo explicárselo y eso me estaba desquiciando. Quería contárselo todo de una forma desesperada, pero tenía miedo a su reacción. ¿Qué pensaría él? Probablemente le daría la razón a su hermano cuando señaló que yo estaba loca. Reí amargamente, quizá lo estaba, y mi mente torturada había creado un mundo imaginario alrededor, pero todo parecía tan real que... Me paré un momento delante del espejo y acerqué mi rostro acordándome de algo.
El espejo era opaco, pero podía ver con claridad mi cara si la acercaba lo suficiente. Busqué la cicatriz sobre mi ceja. Era cierto, no había rastro de ella. Asustada, comencé a desvestirme deprisa tirando la ropa sin cuidado alguno. Cuando estuve completamente desnuda pasé las manos desde mis pies a mi coronilla examinándome cuidadosamente. Un pelo fino y rosa cubría mis piernas y mis axilas. Y si eso en Edimburgo ya me había sorprendido, ahora me asustaba. Yo estaba depilada con láser, no tenía que tener nada de pelo en esas partes de mi anatomía. Me fijé en las rodillas, recordaba una mancha en la rótula izquierda, fruto de numerosas caídas de la bicicleta. No estaba, era una rodilla limpia y blanca. Subí mis manos y me sujeté la cintura, busqué el lunar que tenía junto al ombligo. Lo tenía, pero más claro de lo que lo recordaba. Me sujeté los pechos y los observé con cuidado, estaban firmes y algo enrojecidos en los pezones, pero eso lo había causado Sasuke con su barba, así que no era motivo de preocupación. El lunar que tenía al lado de la areola derecha seguía allí, oscuro e incitante. Finalmente observé mi rostro con atención. Sonreí esperando ver pequeñas arrugas de expresión bajo mis ojos, pero no había nada, mi piel era suave y firme. Me volví y observé mi postura de lado. Era recta, completamente recta. Aunque seguía teniendo la costumbre de inclinarme al sentarme, no tenía los hombros encorvados hacia delante fruto de largos años de estudio y de malas posturas.
La mujer que me miraba desnuda desde el espejo era yo, pero no era yo. Ahogué un grito de terror sintiendo que todo giraba alrededor como si por fin hubiera encontrado la pieza del puzle que estaba buscando.
—¿Quién eres? —grité a mi reflejo en el espejo.
El espejo, como no era el de la madrastra de Blancanieves, obviamente no me respondió, pero yo ya sabía la respuesta. No era Sakura, no era mi cuerpo, era el de otra mujer, idéntica a mí, pero más joven. Pero sí era yo, era yo encerrada en el cuerpo de otra persona.
No había desaparecido como creí en un principio, no había viajado en el tiempo, simplemente mi alma se había trasladado a otro lugar atrapando un cuerpo que no era el mío, buscando su hueco, buscando un lugar que le era familiar.
Y por fin entendí las palabras de la anciana, ella lo había visto. Yo estaba muerta, ella vio mi alma dentro del cuerpo y notó que no le pertenecía. Yo ya estaba muerta, pero no lo estaba, en realidad ni siquiera había llegado a nacer.
Me vestí deprisa, como si quisiera ocultar las pruebas al mundo exterior y me senté en la cama apretando y soltando la falda entre mis manos. Pero ¿dónde estaba mi cuerpo? Se había quedado atrapado en el año 2010. Pero, lo verdaderamente importante era si el alma del cuerpo que yo ocupaba ahora había hecho el mismo viaje que yo. ¿Qué estaría ocurriendo en el siglo XXI? Mi hermana obviamente se habría dado cuenta de que no era yo, y desde luego dudaba mucho de que una mujer del siglo XVIII pudiera pasar desapercibida en un mundo totalmente cambiado para ella. Yo por lo menos tenía la referencia histórica de algunos aspectos y sabía hablar inglés, pero ella, ¿conocería siquiera mi idioma? ¿Qué haría en un mundo lleno de tecnología y aparatos totalmente extraños? Sentí tanto terror que creí que me iba a descomponer. Finalmente, me incliné sobre la bacinilla y vomité el desayuno, y una vez vacío parte del nudo del estómago se aflojó.
Tenía que regresar ahora más que nunca, no ya por mí, sino por la mujer a la que le había robado su vida.
Supe a quién tenía que recurrir, a la anciana que lo había visto todo. Ahora solo tenía que saber cómo encontrarla. Salí disparada de la habitación hacia la de Hinata, y llamé con los nudillos. Una voz apagada me indicó que pasara.
Entré despacio y encontré a Hinata acostada con gesto de cansancio, cada vez estaba más hinchada, su enorme vientre parecía una montaña en medio de la enorme cama.
—¿Molesto? —pregunté dudando.
—Nunca molestas, querida. Ven, siéntate a mi lado y hazme un poco de compañía. Cada vez puedo salir menos y me aburro más, pero es lo que tiene el embarazo —contestó sonriendo, aunque sus ojos estaban tristes y cansados.
Me senté a un lado de la cama y ella se volvió con un quejido.
—Dime, ¿qué es lo que te preocupa? —inquirió con gesto serio.
—¿Tanto se me nota?
—Sí, ¿es por lo que me ha comentado Elsphet? —Me miró con sus ojos perlas.
—Eh. —No supe qué decir, ya se me había olvidado.
—No debes tener miedo a un embarazo, pese a lo que te contaron ayer. Sasuke es un buen hombre y sabrá cómo cuidarte, no huye de los problemas como hacen otros. —Hizo una mueca, me pregunté si estaría pensando en su propio marido—. Además, eso seguro que os hace muy felices.
—Sí, ya, bueno —hice un gesto de la mano como dándole poca importancia—, verás, no venía por eso, aunque me sorprende que las noticias vuelen tan rápido.
—Desconozco cómo sería en tu tierra, pero te puedo asegurar que aquí en las Highlands, antes de que termine alguien una frase, ya está en manos de otros —rio—. ¿Qué quieres decirme, entonces?
—Quería saber si vive cerca de aquí una anciana que conocí el día antes de mi boda. Era bastante mayor, y caminaba ayudada por un bastón hecho con una rama retorcida. Parecía bastante pobre y algo... trastornada.
Ella mostró sorpresa.
—Sé quién es, pero ¿para qué quieres saber dónde vive? Esa mujer es peligrosa, dicen que es una bruja. No te conviene acercarte a ella —dijo irguiéndose apenas y mirándome con gesto adusto.
—Vino a... darme unos consejos y viendo su aspecto había pensado acercarme con algo de comida y ropa y así agradecérselo —respondí sabiendo que como respuesta era bastante pobre, pero no tenía otra.
—Vive en un chachlann cerca de la choza de la bruja, está a casi un día de camino en caballo hacia el este. Además, suele acercarse al castillo de vez en cuando y Elsphet se ocupa de proporcionarle algo de comida y mantas para que se caliente en el invierno. Aunque dicen que es una bruja, yo creo que es una pobre mujer que enloqueció cuando su marido y sus tres hijos murieron en el quince.
Recordé las explicaciones de Obito; había habido otro levantamiento en 1715 que había fracasado, propiciando la huida del viejo pretendiente a Italia. Sentí pena por la mujer, toda su familia destrozada por una quimera estúpida.
—No deberías acercarte a esa mujer. A Sasuke no le gustaría. Sería exponerte demasiado, y además dudo mucho de que sus consejos tuvieran mucho sentido —dijo. ¡Ach! ¡Sí que lo tenían!, pero yo no podía desvelar más.
Sintiendo su cansancio, le pregunté si necesitaba algo y ella lo negó. Me despedí dándole las gracias y salí en silencio de la habitación.
Ya era cerca del mediodía, así que bajé al comedor buscando a Sasuke, tenía que hablar con él para explicarle por lo menos en parte lo que había visto esa mañana. No lo encontré. Pregunté a uno de los hombres y me dijo que seguía en las cuadras.
Cogí un hatillo con algo de comida, las vendas y el ungüento que olía a menta y me dirigí allí. Atravesé el patio hasta llegar a los establos. La puerta estaba cerrada, pero no atrancada. La empujé con la espalda y entré.
Al principio no pude ver nada por la oscuridad del lugar, y el olor a estiércol y a animal encerrado hizo que arrugara la nariz. Cuando mis ojos se adaptaron a la luz, lo vi al final del largo pasillo, amontonando heno con una horca. Lo hacía con furia, como desahogándose. Intenté pensar que no me imaginaba a mí cuando clavaba la horca y la levantaba una y otra vez. Sus músculos estaban tensos y la camisa se le pegaba a la espalda por el esfuerzo.
—¿Qué haces aquí? —Yo me erguí sorprendida. ¿Tenía ojos en la espalda?
—Vengo a curarte el brazo —contesté suavemente.
—No lo necesito —contestó sin volverse.
—Sasuke, mírame —exigí.
Él se puso derecho y vaciló, finalmente se volvió con la horca en la mano. Parecía el mismísimo Neptuno saliendo del mar, sus ojos brillaban con la misma furia que en los grabados del dios romano.
—Te he traído algo de comida. —Le alargué el hatillo, pero él no hizo ningún movimiento para cogerlo, así que lo dejé cuidadosamente en el suelo—. No es lo que piensas —dije.
—¿Ah, no? ¿Y qué crees que pienso?
—Es que, es... demasiado pronto para tener hijos, ¿no crees? Apenas nos conocemos y...
—¿Apenas nos conocemos? Querrás decir que apenas te conozco, Sakura. Estamos casados. Tú me perteneces, por si no había quedado claro. Si no querías hijos debiste decírmelo antes de entregarte a mí.
—Lo siento. Ni siquiera lo pensé. Yo... ha sucedido todo tan deprisa que... —Estaba balbuceando y notaba que su enfado iba subiendo grados por momentos.
—¿No soy suficiente hombre para ti? ¿Crees que no sabré ser buen padre? La verdad, a veces me enfadas tanto que me dan ganas de sacudirte para poder ver algo de emoción en tus ojos, y otras me gustaría montarte sobre el mondo suelo y hacerte comprender de una vez por todas que eres mía, y eso ya no puedes cambiarlo. —Su tono era brusco pero contenido.
—Conque ¿soy tuya? Es eso, ¿no? Me compraste y crees que soy de tu propiedad, y por lo tanto no tengo derecho a tener mis propias opiniones sobre ciertas cosas, excepto el servirte a ti y darte calor en la cama. Pues que sepas, Sasuke, que no soy tuya, no soy de nadie, y si me entrego a ti es porque quiero, no porque tengas más o menos derecho sobre mí —lo dije gritando toda mi frustración.
Él tiró la horca a un lado, que rebotó en el suelo haciendo que varios caballos piafaran molestos por el ruido y se acercó peligrosamente a mí.
—No te acerques —dije poniendo mi mano frente a él y retrocediendo un paso hacia la puerta.
—Haré lo que me plazca, contigo y sin ti. Y si ahora quiero tomarte lo haré por mucho que protestes.
—No quiero que me toques —repuse con voz entrecortada.
—¿Ah, no? —contestó atrayéndome hacia él con fuerza y dándome un beso con tanta brusquedad que me obligó a abrir la boca para poder respirar.
Se separó y juntó mis manos a la espalda.
—Soy tu marido, te guste o no, y, maldita sea, me obedecerás o te atendrás al castigo que quiera imponerte —susurró con voz ronca.
Intenté soltarme y como no pude levanté mi pierna para propinarle una patada donde más le dolía. Él juntó las piernas atrapando la mía, y me arrastró contra la pared.
—Ya te advertí una vez que ni siquiera lo intentaras, esta es la segunda. No habrá una tercera, Sakura, o sabrás con quién te has casado —dijo a mi oído de una forma suave y sibilante.
—¡Suéltame, maldito escocés! Solo me ves como un recipiente para llevar tu hijo. Si es eso lo que quieres de mí, ya puedes ir buscándote a otra, seguro que hay muchas deseándolo en el castillo —gruñí contra su pecho.
—No quiero a ninguna otra, te deseo a ti y ahora. —Se restregó y pude notar cómo su cuerpo indicaba sin duda alguna lo que estaba por hacer.
—¡Maldito bastardo! —grité a su oído.
Él se retiró de repente, dejándome tan sorprendida que casi me caigo al suelo.
—Es eso, ¿no? Es porque soy un bastardo. —Su voz tenía un tono de dolor oculto bajo la furia.
—No, no lo es —grité. ¿Pero qué me ocurría? Yo normalmente era dialogante y solía llevar este tipo de situaciones con bastante más elegancia y prudencia de la que estaba mostrando—. Eso no me importa en absoluto. Lo que no entiendo es por qué te molesta que yo ahora no quiera un hijo. No te he dicho que nunca lo vaya a desear, sino que pienso que es demasiado pronto. Además, en cuanto vi lo que tenía que hacer se me quitaron todos los reparos al respecto.
—¿No te has puesto la esponja? —preguntó quedamente.
—No, ¡maldita sea! —contesté y de repente se me ocurrió algo—, ¿qué sabes tú de esponjas?
—Bastante. Te recuerdo que además de haber estado casado dos años, luego fui viudo durante otros siete. ¿No pensarás que no he estado con otras mujeres? De todas formas, no es un método fiable —contestó entrecerrando los ojos. Si lo dijo para hacerme daño, lo consiguió. Celos ardientes brotaron de mi vientre y fueron subiendo hasta que creí que podía estar echando humo por las orejas.
—Sasuke —susurré broncamente.
—¿Qué? —preguntó él mirándome fijamente y sabiendo que había dado certeramente en el blanco.
—¿No habrá algo que debería saber?
—¿Como qué? —contestó suavemente. Quise golpearle su bonito rostro con todas mis fuerzas.
—Como por ejemplo que ya seas el padre del hijo de alguna de tus amantes —solté con furia resoplando por la nariz...
Él rio fuertemente, haciendo que los caballos volvieran a relinchar inquietos.
—No. De eso estoy seguro, mo anam —contestó entrecerrando los ojos hasta que solo fueron dos líneas brillantes—. Estás celosa, ¿acaso?
—¿Yo? —dije con exagerada afectación—, ¡jamás! —O sí, lo estaba y mucho, y eso hacía que mi furia creciera con intensidad.
—Bueno —dijo con indiferencia—, desde que te conocí a ti no ha habido otra, así que...
—Así que, ¿qué? —respondí plantándole las dos manos en los hombros, viendo cómo se acercaba.
—Que voy a domarte, mo anam, y a calmar tu furia, porque solo sé una forma de hacerlo, y hasta que conozca otra, esta sirve perfectamente para mis propósitos —dijo besándome otra vez.
De repente me vi tumbada en el montón de heno sin saber cómo había llegado hasta allí. Me revolví debajo de él, y solo conseguí acabar medio asfixiada y tosiendo polvo. Él se rio y volvió a besarme, yo me deshice del beso y le mordí el brazo, ya que las manos las tenía fuertemente sujetas sobre mi cabeza. Él se echó hacia atrás sorprendido, pero solo para tomar impulso, me abrió las piernas con una de las suyas y se posicionó en el centro. Dejó mis manos sujetas por la muñeca solo por una de sus manos y la otra se deslizó bajo mi falda hasta alcanzar mi entrepierna. Yo gemí involuntariamente.
—A Dhia!, estás húmeda y caliente, esperándome —susurró.
¡No!, quise gritar, pero me arqueé buscando más su contacto. Desató los lazos de mi blusa y mordisqueó un pezón hasta que grité. De fondo escuché el relinchar de los caballos, totalmente nerviosos, pero no podía parar. Me retorcí buscando más, y él notándolo no me hizo esperar. Entró en mí de forma brusca y rápida. Me dejó sin respiración y le mordí el hombro mojado en sudor salado ahogando otro grito. Tras varios empujes ambos caímos desmadejados sobre el montón de heno.
—¿Qué voy a hacer contigo, a ghràidh? —susurró en mi oído con la respiración agitada.
—Domarme desde luego que no —contesté yo, haciendo que él riera.
—Permíteme dudarlo, eres como un arpa. Solo hay que saber qué cuerda tensar lo suficiente —contestó con un brillo en sus ojos negros.
Yo bufé como respuesta.
—Ahora déjame ver qué has traído para comer, estoy famélico —dijo ayudándome a levantarme.
.
.
.
.
Por la tarde salí a dar un paseo, no sabía muy bien adónde dirigirme, pero mis pasos inciertos me llevaron otra vez al borde del lago, a las rocas que me protegían del viento del norte. No había vuelto a nevar, pero el cielo era gris. Me senté y contemplé la inmensa belleza del paisaje que me rodeaba. Casi estaba a punto de conocer cómo volver a mi tiempo, y sin embargo, esa perspectiva ahora me hacía pensar en lo que iba a dejar tras de mí. Estaba perdida en mis pensamientos cuando escuché dos voces que se acercaban por detrás. Un hombre y una mujer. Me asomé con cautela, protegida por las rocas y descubrí que eran Kō y el hombre de su clan, que había visto la noche de su boda.
No me convenía que descubrieran mi presencia, así que me cubrí con mi capa gris de lana y me junté todavía más a las rocas intentando mimetizarme con ellas.
Se sentaron a unos pocos metros tras de mí, podía escucharles retazos de conversación que me traía el viento, pero no frases completas. Él parecía algo enfadado por no haberla podido ver en esos días, ella le instaba a que tuviera paciencia, que todo acabaría pronto. Cuando llegaron a este punto sus voces susurraron y no pude escuchar más hasta que a mis oídos llegó un profundo gemido agudo. No pude evitar mirar, y me asomé con cuidado. Estaban haciendo el amor sobre una roca apartada, ella estaba totalmente entregada. Toda su apostura de noble estirada había desaparecido con las faldas levantadas hasta la cintura. Se retorcía y gemía como si en ello le fuera la vida. Aparté la vista azorada. Dudaba mucho de que Itachi lograra sacarle aquellos sonidos cuando ella le dejaba tocarla. No obstante, era algo más que una relación de amantes, aquellos dos tramaban algo, y desde luego, viendo lo que me rodeaba sabía que no tenía que ser nada bueno para el clan de los Otsutsuky. Tenía que contárselo a Sasuke, él sabría lo que hacer.
Al poco terminaron y se alejaron, dejando a su paso el silencio de la tarde escocesa. Esperé unos minutos como protección y me levanté para dirigirme al castillo. Al rato me tropecé con Ian.
—Hola —saludé—, ¿qué haces fuera del castillo? Hace mucho frío, vamos o cogerás un resfriado.
—No soy tonto —contestó él apartándose de mí un paso.
—No he dicho que lo fueras —dije yo suavemente.
—Pero los demás lo dicen a mis espaldas, y creen que no les oigo. Pero yo veo y oigo cosas que los demás no ven ni oyen —contestó de forma misteriosa.
Yo ya me había perdido, pero aun así lo intenté de nuevo.
—Yo no pienso que seas tonto, solo eres diferente. Si todos fuéramos iguales, el mundo sería muy aburrido, ¿no crees?
Pareció pensárselo.
—Sí, tienes razón. Tú eres buena, como Sasuke. Pero ella es mala —señaló.
—¿Quién? —pregunté yo.
—Nadie.
—Ah —dije como único comentario.
—¿Me enseñarás a bailar? —preguntó de pronto.
—¿Yo? Si no sé bailar —le dije.
—Sí sabes, lo vi el día de la boda. ¿Me enseñarías ahora? Las jóvenes no quieren bailar conmigo en las celebraciones, dicen que no sé bailar, y es verdad, nadie me ha enseñado. Si tú me enseñas a bailar, puede que alguna joven me quiera como tú quieres a Sasuke —soltó bruscamente.
Ignoré la última frase, y valoré las opciones. No tenía nada mejor que hacer, y me pareció que Ian necesitaba algo de cariño que no obtenía de los habitantes del castillo.
—Te enseñaré, si tú quieres —dije aceptando la oferta.
Él sonrió y por un instante su rostro deformado se pareció mucho al de sus hermanos.
—Vamos —dijo cogiéndome del brazo—, conozco un sitio donde podemos bailar.
Lo seguí hasta un pequeño claro rodeado de álamos. No sabía muy bien qué se esperaba de mí, así que, tarareando un vals austriaco, le enseñé cómo situarse frente a su pareja de baile y cómo sujetarme, y comenzamos a girar una y otra vez. Tropezamos, lo pisé, me pisó y nos reímos como dos chiquillos, pero al final podíamos conseguir un rondó entero sin más percances que algún pequeño resbalón.
Viendo que estaba oscureciendo y amenazaba otra vez nieve, le insté a regresar al castillo.
Caminamos juntos y en silencio.
—¿Me enseñarás ahora a besar? —exclamó de pronto.
—No —respondí algo bruscamente—, eso creo que deberías pedírselo a alguno de tus hermanos.
—Entonces —mascullé una maldición en silencio. ¿Nunca se rendía? Tenía la misma terquedad que toda su familia—, ¿me enseñarás palabras bonitas para decírselas a las jóvenes?
Me relajé.
—Eso sí que podré hacerlo, pero con tiempo. Por hoy ya han sido suficientes lecciones —contesté sonriendo.
—Me gustas —dijo dándome un beso en la mejilla, lo que me dejó sorprendida—, no eres como las demás, tú eres diferente, como yo.
Poco antes de llegar al puente se separó de mí, diciéndome que tenía algo que hacer. Yo me encogí de hombros y apreté el paso. Entré en el patio y me encontré con varios hombres desconocidos que estaban desmontando de sus caballos. Me aparté dirigiéndome a la puerta.
—¿Dónde demonios estabas? —La voz de Sasuke resonó a mi lado como un trueno.
Me volví abriendo los ojos de forma inocente.
—Dando un paseo.
—A Dhia!, tengo la sensación de que cada vez que me doy la vuelta desapareces —dijo pasándose las manos por el pelo con gesto de frustración.
Yo sonreí.
—No sonrías, Sakura, es peligroso que salgas sola. Daré orden de que te acompañe algún guardia.
—¿Desde cuándo necesito escolta? —pregunté sintiendo que volvía a enfurecer.
—Desde que te buscan por asesinato —susurró él acercándose a mi oído para que los demás no escucharan. Yo sentí un escalofrío. Se me había olvidado completamente. A veces tenía la sensación de que vivía en una montaña rusa, subiendo con dificultad por los raíles, cayendo hasta el infinito y dando vueltas de campana.
—Ven —dijo cogiéndome de la mano—, ¡estás helada!
Antes de que pudiéramos entrar al refugio del castillo un hombre paró a Sasuke.
—Sasuke, viejo amigo, ¿has vuelto a casa? —preguntó un hombre algo mayor que él, moreno y atractivo, con barba canosa.
—¡Indra! —sonrió Sasuke—, no sabía que habías acompañado a los hombres. —Me soltó la mano y ambos se fundieron en una especie de abrazo acompañado de fuertes golpes en la espalda.
—¿Y qué es eso que dicen?, ¿es cierto que te has casado? Sé de algunas jovencitas que se entristecerán cuando conozcan la noticia. —El hombre mostró su dentadura bajo la espesa barba.
—Es cierto —sonrió Sasuke acercándome a él—, Sakura es mi esposa.
El hombre se inclinó ante mí, y yo hice un amago de reverencia algo torpe. Levantó su vista, me observó y se rascó la barbilla con gesto divertido.
—Vaya, ahora lo entiendo todo, si yo tuviera quince años y cinco hijos menos también hubiera intentado conquistarla.
Sasuke rio con ganas, llenando el espacio con su risa clara y musical.
—¿Conquistarla?, mo charaid, yo todavía estoy en fase de asedio, y no sé si lograré llegar algún día al torreón del castillo.
Yo lo miré con fastidio, lo que hizo que ambos hombres cruzaran sus miradas y se echaran a reír.
Otros hombres se acercaron a saludarnos, y observé cómo el laird salía a recibirlos junto con Itachi y Kō.
El viejo Fugaku se acercó a nosotros y saludó calurosamente a Indra.
—¿Cómo está mi amigo Lochiel? —preguntó. ¿Lochiel? Ese nombre danzaba en mi mente y me resultaba familiar. Por fin le puse un nombre, Indra de Lochiel, el laird de un gran clan jacobita, los primeros en unirse al príncipe Carlos.
—Preocupado, pero de momento tranquilo. Con este tiempo esperamos tener al menos unos meses para prepararnos —contestó escuetamente Indra.
Nos interrumpió el hijo mayor de Hinata.
—Mo seanair màithreil —dijo tirándole de las faldas a su abuelo.
—Mac ighne, no interrumpas cuando hablan los adultos —le reprendió el laird, aunque sonriendo.
—Es muy importante, mo seanair màithreil —protestó el pequeño.
Los hombres pusieron los ojos en blanco, a esa edad la importancia de las cosas se medía de forma diferente.
Fugaku se agachó junto a él.
—¿Qué ocurre que sea tan importante como para interrumpir la llegada de estos invitados?
—Tienes que castigar a Sasuke. —No utilizó la forma cariñosa con la que solía dirigirse a él y eso me extrañó.
—¿A mí? ¿Y qué he hecho yo para merecer un castigo? —exclamó Sasuke confuso.
A esas alturas y a mi pesar ya teníamos la atención de casi todos los reunidos en el patio.
—Has pegado a una mujer —dijo el pequeño Itachi levantando su espada de madera como defensa.
—¿Yo? —Sasuke estaba realmente sorprendido.
—Sí, a mo piuthar màthar, Sakura —dijo dirigiendo su vista hacia mí.
—¿A mí? —exclamé. Ahora la que estaba realmente sorprendida era yo.
Sasuke se arrodilló junto a él hasta quedar cabeza con cabeza.
—Créeme, mo cridhe, que he sentido muchas veces ganas de propinarle una buena azotaina a tu tía, pero todavía no se ha presentado la ocasión —dijo sonriéndole.
Yo le di un pellizco en el brazo.
Él hizo un gesto de protesta y se volvió hacia su sobrino.
—¿Ves? —dijo simplemente.
El niño lo ignoró y se volvió a su abuelo.
—Los he visto en los establos —dijo misteriosamente—, él la ha tirado al suelo y luego se ha echado sobre ella, y mo piuthar màthar gritaba y protestaba. Incluso le mordió, pero claro, Sasuke es mucho más fuerte que ella y no ha podido hacer mucho, solo gemía y se retorcía como si le estuviera haciendo mucho daño.
Mi cara se tornó rosada, luego roja, luego carmesí y de repente me quedé blanca de nuevo. Respiré con dificultad al notar todas las miradas sobre mí, y en ese momento deseé tener la facilidad de las mujeres del siglo XVIII para desmayarse, que ahora se había vuelto esquiva.
Los hombres circundaron sus miradas y como en un eco prorrumpieron en broncas carcajadas. Excepto Sasuke, que había entrecerrado los ojos y lo miraba con gesto furioso, aunque brillando sus pupilas con diversión contenida.
El pequeño, molesto por las risas, volvió a tirar de su abuelo.
—Mo seanair màithreil, tú siempre me has dicho que los hombres honrados no pegan a las mujeres, que ellas son más débiles que nosotros y que debemos protegerlas. Una vez ya me azotaste por pegar a Caitlin, aunque fuera una niña tonta. Yo no puedo defender a mo piuthar màthar porque soy todavía joven —diciendo esto se irguió en su metro diez como si fuera un gigante—, pero es tu deber castigarlo porque es tu hijo. ¿Lo azotarás como hiciste conmigo?
—Naruto —bramó Fugaku—, creo que deberías explicarle algo a mi nieto.
—Y tú —dijo poniendo un dedo en el pecho de Sasuke—. ¿Los establos? ¿Es esa la educación que te he dado? ¡Maldita sea! Hay más de treinta habitaciones en todo el castillo, ¿es que no encontraste un lugar más adecuado?
Sasuke se encogió de hombros con indiferencia.
—Cuando la necesidad aprieta, mo athair... —contestó haciendo que una nueva ronda de carcajadas nos envolviera.
Por lo visto, yo, siendo la otra parte, no tenía mucho que decir, ya que nadie me había pedido opinión.
Naruto se había acercado e intentaba llevarse a su hijo a rastras. Él pataleó y protestó gritando que seguía exigiendo un castigo para devolver la honra a la dama.
La dama en cuestión quería salir de allí corriendo y esconderse en una cueva de por vida, y su honra había emprendido el camino al averno saltándose la invitación del Can Cerbero.
Jiraiya se acercó a nosotros.
—Vamos, Sasuke —dijo desenvainando el espadón que llevaba colgado a un costado—, yo me encargaré de tu castigo. —Una sonrisa franca le iluminó el rostro haciendo que pequeñas arrugas se formaran alrededor de los ojos confiados.
Sasuke dudó un momento.
El hombre insistió de nuevo.
—No me irás a decir que como llevas tanto tiempo envuelto en satenes y viviendo entre medios hombres has olvidado quién eres —le soltó provocándolo.
Sasuke desenfundó su espada despacio y la calibró pasándosela de una mano a otra con gesto decidido.
—Mo charaid, yo jamás he olvidado quién soy ni de dónde provengo —contestó lanzando un mensaje a su padre y los que lo rodeaban.
—Muy bien, entonces no hay más que hablar —exclamó Jiraiya.
Todos abrieron un pasillo y se situaron circundando el centro del patio de armas. Ambos hombres se posicionaron uno frente a otro a una distancia de unos siete pasos.
Yo los miraba estupefacta.
—Pero ¡qué demonios van a hacer! —exclamé a nadie en particular.
Itachi estaba a mi lado y me miró con una expresión indescifrable.
—Tranquila —dijo—, es solo un juego.
—Sí, también la ruleta rusa es un juego, y uno de los jugadores acaba siempre muerto —solté bruscamente.
Él me miró sorprendido.
—¿Qué es la ruleta rusa?
—Nada, déjalo —contesté fastidiada y enfadada con el terco escocés que era mi marido, y que a mi pesar parecía estar disfrutando de lo lindo.
—A primera sangre —dijo Jiraiya.
—De acuerdo —contestó Sasuke —, en garde. Se posicionó para el ataque con una pierna delante de la otra levemente flexionadas y volteó la espada.
Sin proponérmelo agarré fuertemente el brazo de Itachi.
—Solo ha sido el saludo, Sakura —contestó él mirándome con los ojos brillantes.
—Ya, claro —contesté algo avergonzada y le solté el brazo, para unir mis manos y retorcerlas como si fuera el cuello de Sasuke.
El duelo comenzó, ambos hombres se movían con destreza y elegancia, primero avanzando, retrayéndose y dejando paso al otro. Al poco me di cuenta de que no era en serio, sino una simple exhibición de orgullo masculino. Y el saberlo hizo que me sintiera todavía más furiosa.
El pelo suelto de Sasuke le molestaba, y con una mano se lo apartaba del rostro una y otra vez. Jiraiya aprovechó y atacó con más fuerza. La espada pasó casi rozándole el pecho.
Yo ahogué un grito, pero no lo debí de silenciar demasiado bien, ya que el rostro de Sasuke se volvió a mirarme. Jiraiya viendo cuál era su debilidad arremetió ya sin gracia alguna y con insistencia, pero Sasuke era más rápido que él y esquivaba una y otra vez las envestidas furiosas de su maestro.
«Si no lo mata, lo mataré yo», pensé sintiendo hervir la sangre en mis venas.
La voz de Kō me distrajo un momento.
—Desde que te vi, supe que no eras una dama, y lo que has hecho demuestra perfectamente que yo tenía razón —dijo de forma maliciosa.
Itachi parecía ignorarnos y estaba atento al combate.
—Tienes razón, Kō, igual los establos no eran un lugar apropiado, la próxima vez buscaré una roca donde apoyarme. —Por el gesto de sorpresa y miedo que mostraron sus ojos supe que la había herido certeramente. Y al mismo tiempo me di cuenta del error que había cometido, de principiante; nunca muestres todas tus cartas antes de comenzar el juego. Yo lo había hecho olvidándome de dónde estaba y de quién era ella, y desde luego del odio que me profesaba.
Se volvió hacia su marido, que parecía no haberse percatado de nada. Por un momento entrelazamos nuestras miradas retándonos con el mutuo reconocimiento de la enemistad, hasta que ella torció el gesto y se volvió hacia los hombres que luchaban.
Yo hice lo mismo. La lucha se había recrudecido. Notaba la camisa de Sasuke pegada a su espalda sudorosa y su rostro enrojecido, pero no cejaba una y otra vez en las arremetidas, hasta que por fin en un quiebro logró traspasar la tela de la chaqueta de Jiraiya y herirlo de tal forma que al poco manó un pequeño reguero de sangre.
Ambos hombres se pararon, se acercaron y se saludaron.
—Veo que no se te ha olvidado lo que te enseñé —le dijo él sonriendo, pese a que apenas podía mover el brazo.
—¿Acaso lo pensabas, viejo? —sonrió Sasuke.
Unos hombres les acercaron unas jarras de cerveza y ambos bebieron. Sasuke la tomó hasta dejarla vacía y ello ocasionó otra ovación. Sonrió y recibió las felicitaciones de los hombres. Se abrió paso hasta mí y yo lo miré con furia.
—¿Un beso al ganador? —dijo inclinándose sobre mí.
—Antes muerta —le contesté furiosa volviéndome.
Él me atrapó entre sus brazos y volvió mi rostro hacia el suyo besándome de forma apasionada, lo que provocó otra ovación y más risas del grupo. Yo le di una patada en la espinilla, que me dolió más a mí que a él, y soltándome de su brazo entré lo más dignamente que pude al castillo, con un coro de risas que me persiguió hasta el primer piso.
Cerré la puerta de la habitación con un portazo. Entonces vi una bañera en medio de la habitación, me acerqué y toqué el agua, todavía estaba templada. Sin pensar en otra cosa y agradeciendo mentalmente a la persona encargada de aquello, me desvestí y me metí hasta el fondo, recreándome en la calidez del agua esperando que eso calmara mi enfado. Sasuke entró cuando estaba saliendo y me enrollé en la toalla rápidamente volviéndome de espaldas a él.
—Tranquila, mo anam, no voy a lanzarme sobre ti. Quizá después de la cena cuando haya recuperado algunas fuerzas —exclamó riendo.
Yo me volví mirándolo con furia.
—Pero ¿cómo se te ha ocurrido hacer semejante estupidez? —exclamé.
—No ha sido una estupidez. Desde que llegué he sido observado y evaluado igual que lo has sido tú, y tenía que dejar claro quién soy. Ha sido la opción más conveniente. Jiraiya también lo sabía al darme esa oportunidad —dijo con voz suave mientras se desnudaba y se metía en la bañera. Yo lo observé de reojo, maravillándome de su escultural cuerpo, y maldiciendo a la vez por hacerlo.
—Has sentido miedo por mí, ¿acaso? —preguntó emergiendo del agua.
Yo no respondí y me centré en secarme el pelo con otra toalla, frotando furiosamente.
—No. Sí. Por supuesto, ¿qué creías?
Él rio.
—Mo anam, me he visto en situaciones de ese tipo desde que era apenas un poco mayor que mi sobrino, y he sobrevivido, a esas y a otras bastante más peligrosas. No deberías preocuparte. —Su tono era serio.
—Desde luego tengo que reconocer que el aprender a tocar el arpa te ha servido muy bien como entrenamiento —contesté simplemente.
Él rio.
—Sí, para luchar y para otras cosas —repuso observándome. Yo me volví y comencé a vestirme. Me habían dejado otro vestido sobre la cama, este era de un color granate con bordados en plata. Parecía más adecuado para la corte que para un castillo en medio de las Highlands. Lo cogí extrañada.
—Esta noche tenemos invitados, son los Cameron de Achnacarry, se quedarán solo esta noche, y la cena es más formal —explicó viendo mi titubeo.
—Ya sé que son Cameron —contesté entretenida en desatar las numerosas cintas del corpiño.
—¿Y cómo lo sabes? —preguntó bajando la voz.
¡Mierda! Tenía que controlar mejor mis palabras.
—Lo he oído en el patio —contesté esbozando una sonrisa que esperaba que pareciera sincera.
—Claro. —Él no me creyó ni por un instante.
Se vistió con el traje de boda, que era el único presentable que tenía y yo lo ayudé a prenderse el medallón.
«Per ardua», leí viendo la inscripción grabada que rodeaba una mano sujetando una espada en alto.
—Sí, es el lema de mi clan. ¿Sabes lo que significa?
Asentí con la cabeza.
—A través de dificultades —contesté—, la verdad, es muy apropiado, dada la vida junto a ti las últimas semanas.
Él rio quedamente. Lo que no le dije es que ese junto con otra frase: «Per ardua ad astra», por medio de la adversidad hacia las estrellas, iba a ser el lema de la Royal Air Force varios siglos después, pero claro, entonces escoceses e ingleses lucharían juntos frente una amenaza mucho mayor, como lo era la Alemania nazi.
—Mo anam, la mayor dificultad que me he encontrado en las últimas semanas has sido tú, no te quepa duda —rio, me cogió de la mano y bajamos al salón.
Allí nos recibió un gaitero tocando el pioh rah del clan e invitándonos a unirnos a la cena. Sonreí, hacía mucho tiempo que no escuchaba el solo melancólico y agudo de una gaita y me recordó a mi tierra con tanta intensidad que sentí unas fuertes ganas de llorar.
—¿Qué te sucede? —me miró preocupado antes de traspasar la puerta.
—Me he acordado de mi tierra, siempre me ha gustado el sonido de las gaitas.
—¿También tenéis gaitas en España? —preguntó con curiosidad.
—Únicamente en el norte. En realidad nuestros respectivos hogares tienen más en común de lo que crees. Incluso compartimos bandera, fondo azul con un aspa blanca.
—Lo desconocía, pero me alegra que te sientas un poco más cómoda en mi tierra —dijo empujándome ligeramente hacia la mesa principal, donde nos habían dejado dos asientos libres a la izquierda del laird. Lamentablemente, los asientos frente a nosotros eran los ocupados por Itachi y Kō.
Habían asado un venado cazado días antes de nuestra llegada y lo habían mantenido hasta llegar al punto justo antes de la putrefacción para que la carne fuera tierna y jugosa. Lo sirvieron con diferentes salsas, de cebolla, frutos del bosque y castañas. Estaba delicioso, me centré en la comida y en el vino tinto, traído por Sasuke, igual de sabroso, seco y áspero, el complemento perfecto para la carne de caza. La conversación pronto giró en torno a la política. Callé mientras bebía de mi copa observando la mesa.
—Sasuke, Itachi, vosotros acabáis de llegar de Francia. ¿Traéis nuevas de interés? —preguntó Indra.
Sasuke calló.
—El joven pretendiente es un mequetrefe a quien solo le interesa meterse bajo las faldas de la Comtesse de Boisseau y esconderse de su marido, mientras entierra sus penas de amor en coñac e intenta desesperadamente conseguir financiación para la causa —contestó Itachi.
Kō lo reprendió.
—¿Cómo puedes hablar así de tu rey?
—¿Mi rey? Ni siquiera creo que llegue a pisar estas costas, eso si está en condiciones de levantarse de la cama después de una de sus correrías. Tú también lo has visto, mo brathair —señaló a Sasuke.
—Cierto —contestó Sasuke cogiendo la copa y dejando que el líquido oscuro atrapara las luces titilantes de las velas—, pero también sé que es empecinado y terco, más que su padre, y que en contra de sus consejos, conseguirá llevarnos a la guerra contra Inglaterra.
Yo me estremecí.
—Tenemos hombres apostados en las costas a la espera —explicó Indra.
—Sí, también los tienen los ingleses. Y no deberíamos subestimarlos —contestó Sasuke.
—¡Bah! Los ingleses no tienen nada que hacer frente a las hordas escocesas —respondió Indra.
—¿Estás seguro, amigo? ¿Y qué hordas serán esas? Forbes está ofreciendo tierras y dinero a los clanes para que no se levanten contra Geordie. —El rostro de Sasuke era amable, pero hablaba con decisión, y ocultaba más de lo que sabía.
—Es posible que algunos acepten, pero la mayoría está deseando alzarse, ahí tienes a los MacDonald, los MacKenzie o los Fraser, todos ellos católicos, y por supuesto nosotros los Cameron. Y esperamos contar con los Otsutsuky —se dirigió hacia Fugaku.
—Los Otsutsuky siempre hemos sido un clan leal a los Estuardo —aseveró este.
—Sí, pero ¿las Lowlands?, no parecen muy dispuestas a unirse a una causa que pueda llevarles otra vez un rey católico. La mayoría abraza el protestantismo, y algunos se creen más ingleses que los propios ingleses. —Lo miré e imperceptiblemente asentí. Sasuke era católico y podía notar su odio genuino por los ingleses, pero a la vez había vivido entre ellos y era prudente y cauto.
—Y tú, querida, ¿crees que España nos apoyará como hizo en el quince? —preguntó el laird dirigiéndose a mí.
Yo me atraganté con el vino y tosí sin disimulo alguno.
—España no mandará tropas. Estoy segura. —Noté miradas extrañas—. Tiene demasiados frentes abiertos. De todas formas, ni siquiera sabía que hubiera enviado tropas anteriormente.
Si tenía alguna oportunidad de advertirles del peligro era ahora.
—Sí las envió, aunque tú ni siquiera habías nacido entonces. —Vaya, qué razón tenía—. Grandes guerreros, trescientos alabarderos que desgraciadamente acabaron muertos o encarcelados. Pero esta vez será diferente, lo presiento.
A partir de ese momento tomé nota mental de no fiarme nunca de los presentimientos de ese hombre, si acaso, tomármelos en la dirección contraria.
—Pero su primo Luis de Francia ha prometido tropas —comentó Indra de nuevo.
—Si es así, yo lo desconozco. Más bien me atrevería a aseverar que lo que está haciendo es jugar al ratón y al gato con el pequeño Charles —contestó Sasuke. Yo lo miré sorprendida.
—¿Has estado en Versalles? —le pregunté susurrando.
—Sí, claro —contestó él como si fuera lo más normal del mundo estar en la corte de uno de los palacios más importantes de Europa.
—Bueno, querida, y qué piensas tú sobre el posible levantamiento de Escocia, ¿crees que estos valientes hombres que te rodean tienen alguna posibilidad de éxito? —Las miradas del laird y de todos los presentes en la mesa se dirigieron hacia mi persona. Estaba juzgándome y valorando si yo era jacobita o por el contrario me inclinaba más por el lado del rey Jorge.
—Entiendo que después del Acta de Unión de 1707 y de lo que supuso perder el parlamento escocés, con el consiguiente ahogo comercial que está sufriendo Escocia, quieran un rey propio y una independencia. Pero no creo que sea buena idea enfrentarse con el ejército inglés, un ejército mucho más numeroso, preparado, con armas, frente a un ejército de granjeros en su mayoría, hombres preparados para luchar entre ellos, en pequeñas camarillas, pero no contra un ejército organizado, con escuadrones y caballería. Sería un despropósito. No creo que llegue nunca la tan ansiada ayuda francesa, ni tampoco la española, aunque ello les cueste a ambos países perder otro país católico y su poder en Europa se vea debilitado frente al avance de los protestantes y luteranos. Además, en las guerras nadie gana, sino que todos pierden, de una forma u otra. Y mucho me temo que si pierden esta guerra, los ingleses no se conformarán con verles retraerse y refugiarse otra vez en las montañas a la espera de otro momento adecuado para agruparse y atacar. —Terminé la explicación y bebí un largo trago de vino ante la atenta mirada de toda la mesa, consciente de que podía haberme metido en problemas, pero a la vez sintiendo que había liberado un gran peso en mi pecho.
El silencio se hizo opaco y oscuro alrededor. Noté cómo Sasuke me observaba con una expresión indescifrable en el rostro, pero vi su vena latir en el cuello y sentí un poco de miedo. ¿Me había sobrepasado en mis explicaciones?
De repente una voz rompió el momento incómodo.
—¿Qué sabrán las mujeres sobre guerras? Ellas deberían dedicarse a tejer, cocinar y cuidar de los niños —exclamó riendo Indra. Lo que hizo que toda la mesa riera acompañándolo, excepto Sasuke. Porque Sasuke era el único que sabía que yo no sabía coser, ni cocinar, ni cuidar de los niños, y eso era de lo más extraño dada mi condición femenina.
La conversación cambió de tono y se comentaron otras cosas. Yo no volví a intervenir, ni Sasuke tampoco. Seguía notando miradas dirigidas hacia mí de soslayo, curiosas, inquisitivas y desconfiadas, incluso la de mi marido. Al poco, Sasuke me sujetó de un brazo y se levantó diciendo que el día había sido muy largo y nos retirábamos a descansar.
—Claro, claro —el viejo Fugaku nos hizo una inclinación de cabeza—, reconozco que la cama es mucho más cómoda que un montón de heno.
Las risas nos acompañaron hasta que salimos del salón.
Cuando entramos en la habitación noté el enfado de Sasuke en la forma en la que se iba deshaciendo de la ropa tirándola a medida que se la quitaba. Yo estaba cansada y no tenía ganas de discutir. Había liberado un poco la presión de mi alma y creía que había conseguido el efecto contrario, que todos desconfiaran aún más de mí.
—¿Qué sabes tú del ejército inglés? —exclamó bruscamente.
—No más que tú, eso seguro —contesté igual de brusca que él, mientras luchaba con las lazadas de mi corpiño. Finalmente me rendí y él se acercó a desatarlas. Una vez que lo hizo cogió mi rostro entre sus manos y me obligó a mirarlo. Yo lo hice sin ocultar nada.
—¿Eres poseedora de la visión?
—¿La visión? ¿Qué es eso?
—¿Puedes ver cosas que aún no han sucedido y por eso has intentado advertirnos de lo que va a suceder? —preguntó suavemente. Ya no había enfado en su voz, solo curiosidad y algo de preocupación.
—No —contesté de forma escueta—, solo sé lo que he visto y he oído estos días.
Él me miró sin creerse una sola palabra.
—¿Quién es Shikamaru, mo anam? —preguntó dando un giro a la conversación que me pilló desprevenida.
—Era mi marido —contesté dándome cuenta de que cada vez tenía menos posibilidades de ocultar mi pasado. Al menos frente a él, que tenía la capacidad de traspasar mi alma.
—No me habías dicho que eras viuda.
Estuve a punto de decir que no lo era, pero me mordí la lengua.
—No lo preguntaste, simplemente te has dedicado a sospechar de mí una y otra vez. Y si quieres saber algo más, él fue el único hombre con el que me he acostado antes de ti —respondí simplemente.
—¿Dónde has estado toda la tarde? —volvió a preguntar.
Yo esta vez lo miré con enfado.
—Ya te he dicho que paseando.
—¿Con quién?
—Sola.
—¿Y esto qué es? —Cogió entre sus manos un pequeño ramillete de flores silvestres atado con una cinta. Reconocí algunas por haberlas visto antes en el invernadero de Karura.
—No tengo ni idea —respondí con sinceridad.
—¿Un admirador secreto?
—Lo dudo, ¿me estás acusando de serte infiel? ¡Por Dios! Apenas llevamos unos días casados, ¿crees que me habría dado tiempo a buscar a otro? —Mostré toda mi frustración en esas dos simples frases.
—Puede que no lo hayas tenido que buscar, puesto que ya lo conocieras. —La alusión a su hermano flotó entre nosotros como una amenaza.
—Ni se te ocurra pensarlo siquiera —le dije recurriendo a una de sus frases.
Comenzó a pasear de un lado a otro de forma furiosa y a la vez contenida.
—No sé qué pensar de ti, Sakura, y eso me pone furioso, me desconcierta y no me gusta nada sentirme así. Sé que eres una persona culta, algo extraño en una mujer, inteligente y con estudios, pero a la vez eres totalmente ignorante en la mayoría de las cosas que te rodean y no encuentro por más que la busco una explicación razonable —estalló de pronto.
Es que no la había, le quise decir. Sin embargo, me puse el camisón en silencio y me metí en la cama ignorándolo.
—Ah no. Esta vez no vas a huir de mi otra vez. —Me miró con un brillo malicioso en los ojos.
—Dijiste que estabas muy cansado —repuse tapándome hasta la barbilla.
—Sí, pero contigo no sé de dónde demonios saco tanta energía. —Pareció sorprendido de su propia afirmación.
Se acercó completamente desnudo a mí, como un guerrero vikingo y peligroso, me quitó la manta de un tirón y me sacó el camisón por la cabeza pese a mis protestas.
—¿Algún día vas a dejar de quejarte? —inquirió molesto.
—Nunca —contesté frunciendo los labios.
Negó con la cabeza.
—Respuesta equivocada. Tendré que castigarte por ello. Eres mi esposa y me debes obediencia, y no cejaré en el empeño de conseguirlo. Aunque tenga que atarte a la cama —suspiró fuertemente.
—No te atreverás —exclamé.
—Oh, sí lo haré —dijo cogiendo su cinturón de cuero.
Yo intenté saltar de la cama y él me lo impidió sujetándome por la cintura. Me ató las dos muñecas al cabezal de la cama de madera y me dejó completamente desnuda y a su merced.
Quise patearle, golpearle, azotarle, machacarle, y sin embargo lo que más deseaba era abrirme de piernas y dejarle que me amara.
—Desátame —dije entre dientes.
—No lo haré, al menos no de momento. No voy a hacerte daño, pero sí a castigarte, porque no muestras obediencia y porque no confías en mí, y tengo intención de conseguir que todo eso se termine de una vez por todas —susurró a mi oído.
Se puso sobre mí e intentó besarme, yo giré la cara. No pensaba ni mirarlo. Noté que suspiraba frustrado y cómo su lengua bajaba por mi cuello hasta llegar a la areola de mi pecho izquierdo, que circundó con suavidad, pero sin alcanzar el pezón. Hizo lo mismo con mi pecho derecho, parándose en mi lunar y besándolo. Siguió bajando pasando su boca húmeda por mi estómago, hasta llegar al ombligo. Notaba su pelo suelto haciéndome cosquillas y comencé a sentir un calor abrasador en el vientre. Besó justo sobre mi monte de Venus y cuando yo ya estaba a punto de arquearme para recibirlo, lo saltó y acarició la parte interior de mis piernas, primero una, luego la otra hasta subir y parar justo donde yo más necesitaba sus caricias. Me estaba volviendo loca y él lo sabía. Sus manos se dirigieron a mis pechos y volvió a rodearlos, pero sin llegar a tocarlos. Yo suspiré inquieta por sentir y por no sentir y me arqueé contra él. Él rio y volvió a bajar. Me separó las piernas y me dejó totalmente expuesta a él.
—Seall orm —dijo roncamente.
—No —contesté yo con los ojos cerrados y la cabeza todavía girada sin entender lo que me decía.
—¡Mírame! —exigió.
Yo abrí los ojos y me perdí en su mirada negra oscurecida por la pasión y vi cómo su boca se hundía en mis pliegues sensibles. Contuve el aliento y un remolino de sensaciones me atenazó dejándome completamente paralizada.
—Quiero saborearte, quiero que seas toda mía —susurró frotando su incipiente barba contra la piel delicada de mi pierna.
Su boca jugó, chupó y succionó hasta que yo ya no pude más y estallé en un grito desgarrador en el que perdí parte de mi cordura.
—Ahora —exclamó él.
Cogió mis piernas con sus manos y las levantó sobre sus hombros. Se introdujo en mí hasta lo más profundo. Yo gemí ante la intrusión.
—Por favor, suéltame —dije.
—No —contestó él.
—Por favor —volví a repetir arqueándome para que la penetración fuera más profunda.
—Eres mía, ¡dilo! —Empujó con fuerza.
—¡No!
—¡Sí, lo eres! —Salió solo unos centímetros y volvió a entrar con mucha fuerza.
—¡Ah! —exclamé sintiendo que me partía en dos.
—¡Dilo!
—¡Lo soy! —grité.
—¿El qué? —dijo saliendo de mí.
—¡Tuya! —Volvió a introducirse en mí y yo le sujeté con fuerza por los brazos empujando con la misma intensidad que él, hasta que un estremecimiento profundo hizo que mi sangre borboteara en las venas como la lava y sintiera el estallido del eco de mis latidos en mi alma y en mi corazón, haciendo que él se perdiera junto a mí. Entonces me di cuenta de que tenía las manos sueltas.
—¿Cuándo me has soltado? —pregunté respirando agitadamente.
—Hace bastante rato, mo anam —respondió él y noté sobre mi pecho su risa.
—Te odio —le dije.
—No es cierto —contestó él.
Rodó hasta quedar tendido a mi lado y me giró para dormir como solíamos hacer con su mano posada en mi pecho. Noté que nuestros corazones latían al unísono y estábamos a punto de dormirnos, pero todavía tenía algo que decirle.
—Sasuke.
—Hummm.
—Si esta es tu forma de castigarme, puedes hacerlo cuando te plazca.
Él rio y resopló haciendo que mi pelo se alborotara.
Nos quedamos dormidos acunados por el silencio, hasta que poco después un agudo grito nos sobresaltó. Yo me incorporé asustada y Sasuke se levantó de un salto. Me quedé mirándolo.
—Hinata —dijo simplemente.
Nos vestimos en silencio y salimos a la oscuridad del corredor. Se escuchó algo parecido a un gruñido animal que provenía de la habitación de Naruto y Hinata. Yo me estremecí sin poderlo evitar.
—Vamos —me instó Sasuke junto a su puerta—, puede necesitarte.
—¿A mí? —pregunté con incredulidad.
—Sí, esto no es cosa de hombres —contestó con una sonrisa.
—Pues déjame que te diga que estáis bastante implicados en el proceso —repuse frunciendo los labios.
—No lo discuto, mo anam, pero ahora poco más podemos hacer —dijo encogiéndose de hombros.
Yo mascullé un insulto y aproveché que venía Elsphet con una jofaina de agua y toallas en el brazo y entré con ella. Hinata estaba sentada en la cama, con gesto arrebolado y sujetándose la enorme barriga con las manos. Junto a ella había una joven que no había visto antes en el castillo.
—¿Cómo estás? —le pregunté. Parecía una pregunta estúpida, pero en ese momento mi mente estaba tan bloqueada que no se me ocurrió ninguna más apropiada.
Ella torció el gesto en lo que pretendía ser una sonrisa, pero no dijo nada, solo extendió su mano hacia mí. Yo me acerqué y la cogí. Estaba extrañamente fría en comparación con el calor que hacía dentro de la habitación.
—¡Vamos, niña! —exclamó Elsphet a la joven desconocida. Esta se sobresaltó y levantó la sábana que cubría el vientre de Hinata y palpó con cuidado.
—¿Quién es? —pregunté viendo su gesto temeroso.
—La comadrona —respondió Elsphet—, en realidad lo es su madre, pero está enferma y ha enviado a su hija en su lugar. También está a punto de llegar el cirujano.
—Oh, vaya, eso ya es más tranquilizador —contesté yo con un suspiro. De repente recordé el instrumental del médico de Edimburgo y me arrepentí de mis palabras. A Hinata le sobrevino una contracción y a la vez que volvía a gritar estrujó mi mano de tal forma que escuché crujir todos los huesos.
—¡Joder! —exclamé de pronto. Las tres mujeres dirigieron su mirada hacia mí con idénticos gestos de reprobación. Ninguna entendió la palabra pero todas comprendieron su significado. Yo me encogí de hombros y me froté la mano herida.
—Elsphet, necesito más agua y toallas limpias —dijo con voz temblorosa la joven comadrona recobrando algo de compostura.
Elsphet salió a la vez que dejó paso al cirujano, un hombre vestido de escocés que portaba una pequeña caja de madera. Nos ignoró y se dirigió presto a Hinata. Abrió sus ojos con unos dedos no demasiado limpios y los examinó. «¿Por qué demonios mira sus ojos cuando debe mirar en otro sitio?», me pregunté algo sorprendida. Hecho lo cual, chasqueó la lengua y sacó de la caja un pequeño recipiente de metal y una lanceta. Yo lo miré horrorizada. Subió el camisón de la parturienta hasta el hombro y me dijo que lo sujetara. Yo lo hice sin saber muy bien qué estaba haciendo. Él limpió la lanceta algo oxidada en los bordes en su propia falda y colocó el recipiente bajo su codo. Estiró el brazo de Hinata y se dispuso a cortar. Entonces me di cuenta de lo que se proponía y lo aparté con un movimiento brusco.
—Pero ¿qué está haciendo? —exclamé.
—La voy a sangrar, eso ayudará a que se relaje y el parto será más cómodo —explicó el médico con tono académico.
—¿Es usted idiota? —casi grité sin poderme contener.
Sin darle tiempo a que posara la lanceta sobre la carne blanca del antebrazo de Hinata y ante el gesto de total estupor que puso cuando lo sujeté de los hombros, lo empujé sin ningún tipo de ceremonia fuera de la habitación. Al principio no opuso resistencia, dado su asombro, pero cerca de la puerta se volvió a encararme.
—¡Suélteme! ¡Soy cirujano! —dijo revolviéndose.
—¡Y yo la reina de Saba! —exploté abriendo la puerta y empujándolo con tal fuerza que casi cayó de bruces en el centro del pequeño grupo que esperaba en el pasillo, entre los que se encontraban mi marido, Itachi, su padre y Naruto, que nos daba la espalda apoyado con ambas manos a la pared, como esperando un castigo. Todos se volvieron a una, mirando primero al doctor que se levantó con los puños en alto y luego a mí.
—Sasuke —dije con el mejor tono de abogada que tenía—, no permitas que este hombre vuelva a entrar en la habitación.
Él asintió, pero no contestó. Observé cómo entre ellos se pasaban una botella de licor y los rostros eran serios y circunspectos. No di más explicaciones. Cerré la puerta tras de mí.
—¿Qué ha hecho? —preguntó con voz aguda la comadrona.
—Lo que tenía que hacer —contesté mirándola furibunda. Ella agachó la cabeza y de reojo pude ver cómo Hinata suspiraba más tranquila.
Otra contracción le sobrevino y se arqueó con una fuerza asombrosa sujetándose a la sábana que la cubría. La comadrona se acercó con gesto temeroso sin tocarla.
—¿Cuántos partos has asistido? —pregunté.
—Este es el segundo, señora —contestó con voz ahogada—, pero mi madre me ha enseñado bien.
—Eso espero —dije susurrando—, eso espero.
Levantó la sábana e instó a Hinata a abrir las piernas, se asomó entre ellas y reculó un paso, dos pasos, tres pasos. Se tropezó conmigo, que estaba detrás de ella, levantó su mirada hacia la mía, me miró con los ojos nublados y cayó redonda al suelo.
—¡Ay, mi madre! —exclamé.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Hinata incorporándose.
—Nada, no te preocupes —contesté con una tranquilidad que no sentía. Maldije en silencio y tomé el pulso de la joven comadrona. Latía fuerte y acompasado, pero no nos iba a ser de ninguna ayuda. La arrastré hacia la pared y le puse una toalla bajo la cabeza, sin molestarme en intentar despertarla.
Abrí la puerta otra vez y me asomé. Ya no estaba el cirujano y los hombres me miraron con cara de circunstancias, esperando noticias. Como no tenía nada bueno que decir, opté por cerrar la boca.
—Sasuke, te necesito.
No preguntó nada, simplemente se deslizó dentro de la habitación y cerró la puerta. Una vez dentro circundó con la mirada y vio a la comadrona roncando levemente en una esquina.
—¿Has sido tú? —preguntó con incredulidad.
—Sí, me he propuesto acabar con todo el personal médico del castillo —le contesté con un deje histérico en la voz—. Se ha desmayado —añadí como única explicación.
Sasuke se pasó la mano por el pelo y me cogió una mano.
—Tendrás que ayudar tú.
—¡No!, ¡imposible!, ¡no sé cómo hacerlo!, ¿no puede ser Elsphet? —contesté con un tono desesperado en la voz.
—No, ella está soltera. Sabe mucho de ungüentos y heridas, pero nada de partos —explicó Sasuke susurrando. Hinata nos miraba a uno y otro con gesto de dolor.
—¿Y qué te hace pensar que yo podré hacerlo? —susurré a mi vez.
—Bueno —dijo mirando alrededor—, te has asegurado de que nadie más pueda.
¡Mierda! Tenía razón, como siempre. ¿Podría hacerlo? Lo dudaba mucho. Solo tenía recuerdos dolorosos y emborronados de lo que fue mi parto, pero las imágenes de los numerosos partos que había estado viendo en la televisión durante los meses que estuve embarazada eran bastante más claras. Pero de ahí a la realidad que tenía frente a mí había un abismo. Sasuke notó mi angustia y me sujetó con más fuerza.
—Podríamos llamar a Elinor, una antigua cocinera del castillo, ella ha tenido siete hijos, aunque costará un rato hacerla traer —dijo pensativo.
—No llegará a tiempo —la voz de Hinata nos sobresaltó a ambos—, el bebé ya viene.
La miré a los ojos y lo que vi me dio unas fuerzas que creí que no tenía. Enterrando mis dolorosos recuerdos me enfrenté al presente con decisión.
—Sasuke, ponte detrás de ella y sujétala —dije con voz átona.
Él hizo lo que le pedía sin ningún comentario adicional, lo que le agradecí. Lo observé un momento y comprendí que estaba tan asustado como yo. Ya había vivido esto con su propia esposa y el resultado había sido desastroso. No obstante, su mirada me dijo que confiaba en mí. Pero la cuestión era ¿confiaba yo en mí misma? Eso estaba por ver.
Me acerqué a Hinata, levanté la sábana y le separé las piernas. Había mucha sangre, ¿demasiada? No lo podía decir con seguridad. La limpié con cuidado e intenté ignorar sus gemidos. Luché contra mi propio mareo. No podía desmayarme, ahora no, ya tendría tiempo después, cuando todo acabara. Me volví de repente y avancé con paso rápido hacia la puerta.
—¡Sakura! —exclamó Sasuke con voz angustiada.
Lo ignoré y abrí la puerta. Busqué con la mirada y me dirigí hacia Naruto.
—Entra. Te necesitamos —le dije observando su rostro descompuesto por el dolor y, por lo que olí, por el whisky también. Él me siguió como si fuera al patíbulo.
Una vez dentro buscó con la mirada a su esposa y respiró aliviado.
—¿Está viva? —preguntó sin mirarme.
—Claro —le contesté, luego miré a Sasuke—, ¿no pensarías que iba a huir?
—Yo... no, yo... no lo creí —dijo finalmente.
Yo cabeceé y lo miré con furia.
—No huyo de los problemas, ya deberías saberlo —le reprendí.
Él me miró traspasándome con la mirada y valorando lo cierto de la afirmación. Aunque en ocasiones había tenido la tentación de huir, nunca había llegado a hacerlo del todo. Y menos ahora, que Hinata me necesitaba.
—Naruto, sitúate detrás de mí y sujétale las piernas hacia atrás —dije.
Yo me subí de rodillas a la cama y volví a explorar y limpiar la sangre que seguía manando sin control. Entonces escuché un gruñido a mi espalda, algo que se deslizaba y finalmente un golpe sordo contra el suelo. Me volví sorprendida y me quedé mirando de forma estúpida a Naruto, que había caído contra el suelo quedando en una posición bastante cómica, casi con las faldas levantadas.
—¡Pero será posible! —exclamé—, ¿esto es un ejemplo de los valientes guerreros que se van a enfrentar al ejército inglés? Pero si nada más ver la sangre ha caído como un árbol talado.
—Y van tres —contestó Sasuke levantando una ceja—, quizá lo mejor sea llevarte a ti como avanzadilla en una batalla.
Su tono era divertido, pero notaba la preocupación latente bajo la superficie.
Me enfrenté a él mirándolo con enfado. Él cambió el rostro y pude ver dolor y algo más que no reconocí. ¿Estaría recordando la muerte de su esposa y su hijo?
—No es su sangre, mo anam, si fuera la de él o la de otro soldado no tendría importancia. Pero es su mujer y su hijo, y contra ello no hay forma de luchar —explicó quedamente.
Lo miré entendiendo todo y sin entender nada. Hinata se agitó en otra contracción y Sasuke sujetó con más fuerza a su hermana. No había tiempo para hablar, solo actuar.
Le abrí las piernas y la examiné mejor, ¿eso que se veía era la cabeza del bebé?
—¿Qué ves, mo anam? —preguntó apenas sin voz Sasuke.
Yo levanté la cabeza con ganas de tirarle algo contundente contra la suya y hacerlo callar.
—¿De verdad quieres que te diga lo que veo? —espeté.
—No, será mejor que no —contestó con un susurro contenido.
—Hinata, escúchame —dije mirando su rostro, que tenía la mirada perdida—, respira tranquila y cuando notes otra contracción inspira largamente y a la vez que espiras empuja con fuerza, ¿lo has entendido?
Ella respondió con un asentimiento.
Yo esperé y noté cómo le sobrevenía otra contracción. Le sujeté las piernas y aguanté la respiración.
—¡Vamos!, ¡ahora!, ¡empuja! —dije como a mí me habían dicho hacía ya mucho tiempo.
Ella lo hizo emitiendo un grito agudo y la cabeza del bebé salió de su cuerpo. La cogí con cuidado y la giré un poco, escuchando la respiración agitada de Hinata y también la de Sasuke. Conté los segundos y cerré los ojos sintiendo como propias las convulsiones de Hinata. En la siguiente contracción, el bebé nació. Hinata se desmayó o se durmió o simplemente cerró los ojos para descansar. Yo cogí al pequeño entre mis brazos sin saber muy bien qué hacer. Lo puse boca abajo y le di un pequeño cachete en el trasero. No lloraba. Yo sí, las lágrimas me corrían por las mejillas sin poder pararlas. Me froté la frente con la mano ensangrentada, en un gesto inconsciente buscando una salida. No tenía ni idea de qué hacer, estaba entrando en pánico. Temblando, lo tumbé en la enorme cama y como si llevara haciéndolo toda mi vida puse mis labios sobre los del bebé, que estaban algo amoratados y aspiré con fuerza. Me atraganté y escupí, restos de moco y sangre salieron de mi boca, junto con el berrido más estruendoso y más maravilloso del mundo. El bebé se revolvió molesto y agitó sus brazos y piernas en protesta por la intrusión.
Levanté la vista y vi a Hinata y Sasuke observándome con idénticos gestos de temor en sus rostros tan parecidos. De repente comencé a reír a carcajadas y no podía parar. Me acordé de mi abuela, que había tenido a mi padre en su casa, sin más ayuda que una vecina. Yo le pregunté una vez cómo había sido posible y ella solo contestó: «Dar a luz es lo más sencillo del mundo, meu ceo, porque el agujero ya está hecho, solo se siente como si parieras un melón maduro.» Sasuke vino a ayudarme y cortó el cordón umbilical, poniéndole una pequeña pinza de madera. Yo lo arropé y se lo entregué a su madre.
—Toma, Hinata, tu melón maduro —dije y comencé a reír otra vez. Ahora ambos hermanos me acompañaron.
Sasuke me abrazó con fuerza y me besó con pasión apenas contenida, mientras escuchábamos el rumor de una nana en gaélico cantada por una madre con todo el amor a su hijo.
—Eres increíble —me dijo simplemente.
—No, no lo soy —dije apoyándome en su ancho pecho sintiéndome desfallecer.
—Sí. Lo eres, y eres la única que no se ha dado cuenta. —Diciendo eso me volvió a besar y nuestros ojos se encontraron con una promesa sin pronunciar. Algún día nosotros también acunaríamos a nuestro bebé.
Un poco después, limpié a Hinata y me aseguré de que la placenta hubiera salido entera, evitando así riesgo de infecciones. Sasuke despertó a Naruto tirándole una jofaina de agua fría. Él despertó con gesto asustado, que se convirtió en aterrorizado al comprobar dónde se encontraba. Sasuke se arrodilló a su lado y lo cogió del hombro.
—Levántate, hombre, tu mujer y tu hijo te esperan —dijo sabiendo que Naruto estaba esperando una noticia completamente diferente.
Sasuke cogió a la joven comadrona, desmayada y ausente de todo lo que había sucedido, y la sacó en brazos cerrando la puerta tras de sí. Yo le iba a seguir cuando la voz de Hinata me paró:
—Gracias, Sakura.
—No hay de qué. Aunque no sé cómo lo he hecho —respondí con una sonrisa al ver la imagen tan familiar sobre la cama. Miré alrededor algo avergonzada, había dejado un rastro que más bien parecía un campo de batalla.
—Tú eras la persona indicada, mo piuthar, porque fuiste la única que verdaderamente se preocupó de mí y de nuestro hijo —dijo mirando a Naruto, que asintió con un gesto—, queremos que seáis los padrinos del pequeño Sasuke.
Yo me sorprendí por la elección del nombre y ellos debieron de notarlo.
—Si hubiera sido niña, se llamaría Sakura, como tú, quizá la próxima vez... —sonrió.
Yo puse los ojos en blanco. No podía entender cómo podía pensar en una próxima vez.
—¿Aceptas?
—Desde luego. A eso sí que no puedo negarme —dije despidiéndome con una mano.
Cuando salí afuera, la celebración estaba en su apogeo. Varios hombres más incluyendo a los Cameron y algunas doncellas se habían reunido de forma improvisada en el oscuro pasillo y se daban palmadas y abrazos pasándose varias botellas de licor entre ellos. Yo sonreí por primera vez en varias horas, hasta que vi a Kō, que me miraba con gesto horrorizado. Bajé la vista a mi vestido y vi que estaba cubierto de sangre y otras sustancias, además debía de tener también el rostro manchado. Mi apariencia debía de ser la de un muerto viviente. Pronunció un quedo suspiro y se desmayó, haciendo que todas las miradas se posaran en su cuerpo tendido sobre el suelo de piedra. Todas excepto una mirada negra que me observaba con gesto divertido.
—Y van cuatro, mo anam. Déjame que te lleve a la cama o no dejarás a nadie en pie esta noche —dijo Sasuke cogiéndome del brazo.
Me dejé guiar como en un sueño. Llegué a la habitación y, sin fuerzas para desvestirme, me tendí en la cama y me quedé completamente dormida.
