15
En la verdad está la redención
Desperté sola en la inmensa cama. Ya era de día, Sasuke me había dejado descansando viendo lo agotada que había acabado la noche anterior. Escuché la puerta cerrarse y me erguí sorprendida y tapándome hasta la barbilla. Luego me tendí y me relajé, era él, que venía sosteniendo con una mano un plato con bollos y con la otra una jarra.
Me senté en la cama y le sonreí. Él me devolvió la sonrisa y de repente me sentí orgullosa de mi terco y guapo marido. Dejó la jarra en la mesilla y me tendió uno de los bollos que tanto me gustaban, él cogió otro y ambos comimos en silencio. Sirvió el líquido de la jarra en dos vasos que encontró en el aparador. Cerveza, para variar.
—Un penique para estar borracho, dos para estar borracho de muerte —susurré, recordando una de las historias de Obito, que afirmaba que era una especie de lema de los ingleses en siglos pasados en las tabernas, ya que por un penique podías beber una botella de ginebra, un alcohol bastante barato y pernicioso, y por dos casi morir en el intento.
—¿Dónde has oído eso, mo anam? —preguntó sorprendido por que yo conociera la expresión, no porque a él no le fuera familiar.
—Me lo contó mi cuñado —contesté.
—¿Es inglés?
—No, es escocés. Bueno, en realidad es mitad escocés, mitad ruso. Mi hermana dice que es una combinación interesante, sobre todo en... —dejé la frase sin terminar, súbitamente azorada.
Sasuke rio con ganas.
—Me gustaría conocerla. Si es tan parecida a ti, tiene que ser como poco divertida —exclamó.
—¡Oh! No te gustaría. Físicamente somos idénticas, pero su carácter es bastante peor que el mío. En realidad, yo soy la hermana servil, callada y formal y ella es la alocada y rebelde —le expliqué.
—¿Tú, servil, callada y formal? Pero ¿quién demonios te ha dicho eso? —preguntó sorprendido.
Medité la respuesta.
—Todos los que me conocen. Cuando murió mi madre tuve que hacerme cargo de la casa y supongo que me volví bastante más responsable. En realidad, mi hermana dice que soy bastante aburrida.
—¿Aburrida? Estoy empezando a pensar que el único que te conoce de verdad soy yo, mo anam. Eres capaz de volver loco a un cuerdo, y cuerdo a un loco si te lo propones.
—Y tú quién eres —pregunté—, ¿el cuerdo o el loco?
—Todavía no lo sé —contestó rascándose la barbilla en una expresión concentrada.
Ambos reímos.
—¿Cómo está Hinata? —pregunté cuando dejamos de reír.
—Bien, ella y nuestro ahijado están bien. Acabo de verlos. Te están muy agradecidos —contestó con una sonrisa.
—Me alegro —dije sintiéndome aliviada. Todavía me sorprendía lo que había hecho, pero el ser humano en situaciones extremas reacciona de formas a veces difíciles de explicar.
Según me contó, las celebraciones habían durado hasta la madrugada y todos se habían levantado más tarde de lo normal, así que desayunamos con calma, sintiendo que lo que ambos habíamos vivido la noche anterior nos había unido más que cualquier otra cosa. Después me ayudó a vestirme con el traje gris perla y a atar los numerosos lazos, que constituían una pequeña tortura. Recordé con cariño las tan preciadas cremalleras de mi época.
—¿Adónde vamos? —pregunté bajando las escaleras.
—Al salón. Se va a celebrar un juicio.
—¿Un juicio? —exclamé totalmente emocionada.
Se paró y me miró muy confundido.
—Mo anam, tienes aficiones de lo más extrañas.
—¿De qué se trata? —inquirí ignorando su comentario.
—Es sobre las lindes de unas tierras. Algo sumamente aburrido. Ambas partes expondrán su caso y elegirán a un testigo que refrende las mismas. Luego mi padre decidirá.
—¿Aburrido? —Yo estaba que bailaba sobre mis zapatos de sencillo cuero marrón.
—Sí, todo estará lleno de palabras altisonantes y largos párrafos legales. Será eterno. Incluso vendrá un abogado, creo.
—¿Un abogado? —Ahora estaba casi saltando.
—Sí —repuso él cada vez más extrañado.
—¿Acaso te gustan los abogados? —preguntó.
—Psss..., algo. ¿A ti no? —dije sin mostrar toda la excitación que sentía por ver con mis propios ojos un juicio real en el siglo XVIII.
—No. Me aburren y me dan dolor de cabeza —repuso, y siguió andando.
Pero justo antes de pasar la puerta del salón se paró.
—Sakura.
—¿Sí? —pregunté intentando asomarme sobre su ancha espalda.
—Esta vez te mantendrás en silencio —dijo aludiendo a mis comentarios emitidos durante la cena de la noche anterior.
Sentí un jarro de agua fría sobre la cabeza.
—Está bien —contesté—, callada como una muerta. Solo observaré.
Entramos y nos sentamos en unas sillas algo apartadas. Habían establecido una tarima y dos sillas lujosas. En una estaba sentado el laird del castillo, Fugaku; Itachi estaba a la derecha, con gesto adusto y de fastidio. Por lo visto le gustaban tan poco estas cosas como a su hermano, aunque él iba a ser el sucesor y como tal tenía que aprender cómo se realizaba el proceso. El sistema de los clanes era medieval, el laird actuaba como juez, él decidía el castigo o la redención y todos tenían que acatar sus decisiones. Era un sistema arcaico e injusto, pero aún en mi época pocos juicios llegaban a ser justos del todo. Supuse que el abogado era un hombre vestido a la manera continental, al que le habían dispuesto una pequeña mesa de escritura bajo la tarima. Era bastante mayor, o lo aparentaba. Estaba completamente calvo y se afanaba en escribir algo de forma presurosa. Las partes, situadas en sendas sillas de madera a ambos lados, se miraban de forma furibunda. Eran dos hombres con el atuendo de caza del clan, parecían granjeros y su aspecto era pobre y austero.
El juicio comenzó, y yo, atenta, me incliné hacia delante. Maldije en silencio, hablaban en gaélico y no entendía una sola palabra. Sasuke me traducía de vez en cuando, pero noté que sus pensamientos no estaban precisamente centrados en lo que acontecía frente a él. Distraída, me fijé en Ian sentado en una silla frente a mí. Me saludó con un gesto de cabeza y yo le sonreí con dulzura. De repente me di cuenta de que tenía la mirada de Sasuke fija en mí.
—¿A quién miras? —susurró molesto.
—A... —miré otra vez en la dirección donde estaba Ian, pero había desaparecido— a nadie.
Las partes discutían y se habían levantado gesticulando de forma brusca. Uno de ellos levantó la voz y de repente pararon.
—¿Qué ha dicho?
—Ha ofrecido a su esposa a cambio de las tierras.
—¡Qué romántico! —repliqué incómoda.
—Él no ha aceptado, dice que come mucho, es cara de mantener y además le faltan casi todos los dientes.
—Será...
—Chsss —escuché a una de las mujeres a nuestra espalda.
Por fin el juicio terminó, y el juez actuó como Salomón, dividió las tierras en conflicto más o menos hacia la mitad y las repartió entre los dos hombres. Estábamos a punto de levantarnos cuando el laird hizo una pregunta con la misma voz de barítono que su hijo bastardo.
—¿Alguien más quiere exponer algún tipo de asunto conflictivo?
Por un momento nadie dijo nada, hasta que se escuchó una voz aguda de fondo, que se fue acercando a medida que la portadora se aproximaba al centro de la sala.
Era Kō, ¿cómo no? Explicó su caso en gaélico y de repente sentí todas las miradas centradas en mi persona. Un escalofrío recorrió mi espalda.
—¿Qué has dicho? —pregunté en voz alta dirigiéndome a ella.
Contestó Sasuke, que se había levantado con gesto furioso.
—Te acusa de conducta impropia y adulterio. Dice que te vio ayer yaciendo con un hombre a la orilla del lago. —Su tono era suave, pero como empezaba a conocerle muy bien, eso hizo que un profundo terror me invadiera.
—¡Cómo te atreves! —me levanté y salté hacia delante.
Noté que Sasuke me sujetaba por la cintura.
Pronto el revuelo fue in crescendo. Todos a una comentaban la acusación, mientras Kō, con una sonrisa de satisfacción malévola en el rostro, se quedó en el centro observándome con los ojos fríos como el hielo.
En un acto reflejo llevé mi mano al bolsillo donde seguía llevando el abrecartas. Sasuke lo notó y sujetó mi muñeca.
El laird se levantó y se dirigió hacia nosotros.
—Vamos —dijo instándonos a seguirle—, este es un asunto de familia y lo discutiremos en privado.
Itachi cogió a Kō de la mano y los siguió, así como nosotros, y también lo hizo Jiraiya como hombre de confianza del laird.
Mi sangre hervía de furia y mi mente maquinaba una defensa en los pocos minutos en que duró el camino al despacho del que era mi suegro. Notaba el enfado de Sasuke por la forma que tenía de sujetarme el brazo, casi me llevaba en volandas, sin ningún tipo de consideración.
Una vez dentro, el laird se posicionó tras la mesa del despacho, de pie, y sacó una botella de whisky, se sirvió en un vaso y no ofreció a nadie más. Lo bebió de un trago, él también estaba molesto y bastante enfadado.
Los demás hicimos dos grupos. Por un lado, Sasuke y yo. En el otro, Itachi y Kō; Jiraiya se quedó un poco apartado, todavía sin decidirse por uno u otro bando.
—Bien, querida hija —comenzó Fugaku—, ¿puedes explicarnos qué viste exactamente que te diera la sensación de que la esposa de Sasuke estaba cometiendo adulterio?
Ella avanzó un paso y, con valentía, con la valentía que da el saber que mientes y que lo tienes ganado, sacó un pequeño pañuelo de su bolsillo y se enjugó unas lágrimas de cocodrilo que comenzaban a correr por su rostro redondo y feo.
—Verá, mo athair, yo salí a dar un pequeño paseo ya que tenía una terrible jaqueca y el aire frío me ayuda a disipar el dolor. Llegué hasta el lago y escuché unas risas y unos... gemidos agudos —aquí paró y se enjugó una lágrima silenciosa como si se avergonzara de algo—, yo sabía que no debía acercarme, pero aun así la curiosidad me pudo, creí que alguien podía estar en peligro. Me asomé tras unas rocas y la vi.
—¿A quién viste, hija?
—A ella —dijo levantando un dedo acusador hacia mí—. Yacía con un hombre, pero a él no lo pude ver. Me sentí tan avergonzada que corrí otra vez hacia el castillo. Pasé toda la tarde bordando mi mortaja, ya que la había empezado cuando me casé con mi amado Itachi.
—¡Mentirosa! —exclamé yo de repente. Desde luego, dada mi experiencia como abogada, esa no era precisamente una defensa ni remotamente coherente, pero estaba tan furiosa que solo quería propinarle un buen puñetazo. No hay peor abogado para uno que uno mismo.
—¿Es eso cierto, Sakura? —Fugaku se volvió hacia mí, y noté por el tono de su voz y por cómo se había referido a mí por mi nombre y no como otra de sus hijas que todo estaba perdido.
Respiré hondo intentando calmarme y ordenar mis ideas. No podía entender el odio que sentía esa mujer hacia mí, y cómo se había atrevido a difundir tal historia en presencia de casi todo el clan en pleno.
—No —dije frunciendo los labios—, en realidad ocurrió todo lo contrario. Yo estaba en el lago cuando escuché a dos personas acercarse, era ella y un hombre de su clan, que reconocí por el tartán. Hablaron un rato y luego los vi acostarse juntos. Yo me escondí tras una roca evitando que me vieran. Al poco rato terminaron y se alejaron. No sé dónde se dirigieron ni qué hicieron a continuación.
—¡Eso no es cierto! —gritó ella—, aquí ya no queda nadie de mi clan, y yo ya no soy Hyūga, sino una Otsutsuky, soy lady Otsutsuky —remarcó con saña—. Además, solo estuve fuera un breve rato, mi doncella atestiguará que eso es cierto, ya que pasé el resto de la tarde con ella. Tú sin embargo volviste al anochecer, y sin explicar a nadie dónde habías estado.
Me volví hacia Sasuke.
—Tú no la crees, ¿verdad? —imploré.
—No, no la creo —respondió él firmemente—, pero necesito que expliques qué estuviste haciendo toda la tarde de ayer fuera del castillo.
—Mo brathair —era la voz de Itachi—, no la escuches, te tiene hechizado.
—¡Cállate, y deja que se explique! —tronó Sasuke a mi lado reprimiendo la furia que amenazaba con explotar de un momento a otro.
Pensé en contárselo, pero el rostro de su hermano pequeño vino a mi mente, y sentí que traicionaba su secreto, que si lo contaba todos se burlarían de él sin remedio.
—Estuve paseando. Lo dije ayer y lo mantengo. Sola. Y jamás le he sido infiel a mi marido.
—Padre —susurró igual que una serpiente Kō—, esta mujer no es de fiar, está claro que no es una dama y además..., ha llegado a mis oídos la noticia de que trabajaba en un burdel, e Itachi me lo ha confesado todo.
Yo me quedé blanca. Blanca por la traición de Itachi y blanca por las consecuencias que esa confesión traería sobre nosotros.
—Ella no trabajaba en ningún burdel sino como institutriz en casa de un conocido mío. Fue allí donde la conocí —repuso Sasuke aparentemente calmado, aunque noté la tensión de sus hombros. Me cogió la mano y me la apretó con fuerza. Su gesto decía «estoy contigo».
Kō se volvió hacia Itachi.
—Él dijo que vosotros la habíais encontrado en un burdel.
Itachi apretó los dientes con tanta fuerza que pude oír el golpe a varios metros de distancia.
—¡Cállate! Ya has dicho suficiente —abroncó. Ahora dudaba entre mi versión y la de su supuesta honrada esposa.
—Pero, pero —protestó ella—, es una prostituta, una meretriz. Me niego a compartir casa con ella. Quiero salir de aquí ahora mismo. Hasta su propia madre se avergonzaría de ella.
Esa fue la gota que colmó el vaso.
—¡¿Meretriz?! No te atrevas a ensuciar el nombre de mi madre con tus palabras, ¡mala pécora! —grité yo ya totalmente descontrolada—, ¡tú sí que eres una puta! Si quieres te lo puedo decir en varios idiomas para que lo entiendas mejor. Y si ya has terminado de tejer tu mortaja puede que la necesites antes de lo que crees.
Y diciendo eso me lancé sin ningún tipo de elegancia hacia ella y le propiné un puñetazo justo en el centro de su estúpida y falsa cara. Ella cayó hacia atrás impulsada por el golpe, arrastrándome a mí del pelo. Por un momento ambas rodamos por el suelo en un amasijo de brazos, piernas y faldas volando. Ella me tiraba del pelo y me arañaba el rostro, yo me resarcía y la golpeaba con toda la fuerza que podía reunir. Hasta que dos pares de brazos nos cogieron y nos separaron.
Me dolía mucho la cabeza, tenía arañados el rostro y el cuello, y vi cómo Kō agitaba entre sus manos un largo mechón de mi pelo rosado como un trofeo, pero ella no tenía mejor aspecto, un ojo se le estaba empezando a amoratar y sangraba profusamente por la nariz.
Notaba los brazos de Sasuke sujetándome con fuerza por la cintura casi sin dejarme respirar y me retorcí, consiguiendo que la presión fuera aún más fuerte.
—¡Eres una desgraciada! Atacarme a mí, una dama, ¡habrase visto! ¡Salvaje! —gritó Kō, que también estaba siendo sujetada por Itachi de la misma forma que yo por Sasuke.
—¡Zorra! —siseé con el poco aliento que me quedaba.
Si Sasuke seguía apretando así pronto perdería el conocimiento, aunque ya estaba empezando a perder algo la cordura.
Jiraiya se posicionó a nuestro lado.
—Fugaku —dijo con voz tranquila dirigiéndose al laird—, confío en el criterio de Sasuke, y si él la ha elegido como esposa sus motivos tendrá. Desde luego no creo que eligiese a ninguna prostituta, cuando podía haber elegido a cualquier otra mujer que desease. Tú bien lo sabes. Además, no he visto en Sakura ninguna actitud reprochable en estos días. Bien es cierto que a veces se comporta de forma extraña, pero sus ojos solo miran en una dirección, que es hacia su marido, aunque he sabido que ha recibido insinuaciones de más de un hombre.
Yo lo miré sorprendida y a la vez agradecida. En realidad, estaba defendiendo a su pupilo y no a mí, pero ahora eso era indiferente.
—Todo eso que has dicho lo sé, mo charaid —contestó el laird—, pero aun así no puedo dejar que algo como lo que acabo de ver se repita, por el bien del clan y de mi familia. Sakura tiene que recibir el castigo correspondiente. No ha explicado con claridad qué hacía realmente fuera del castillo tantas horas y su... ataque hacia mi hija ha sido del todo imperdonable.
Todos lo miraron mientras él meditó unos segundos.
—Veinticinco azotes y una semana encerrada me parecen justos, dada la gravedad del asunto —exclamó finalmente.
Yo me ahogué en mi propia vergüenza y sentí un profundo miedo.
—¿Azotes? —pregunté totalmente desquiciada.
—Sí —contestó él—, será tu marido quien se encargue del castigo, ya que él ha sido el principal agraviado. A no ser que quieras enfrentarte a la ordalía.
—¿Qué es eso? —pregunté sin resuello.
—La prueba de Dios —respondió Sasuke a mi espalda—. Deberás caminar sobre nueve rejas de arado al rojo vivo descalza, si en pocos días se curan tus heridas demostrarás tu inocencia. También se te puede arrojar al lago con una piedra atada al cuello y si sales a flote Dios demostrará que no eres culpable.
—¿Dios? —dije gritando—, ¿y qué demonios tiene él que ver en todo esto? ¡Hatajo de bestias! Cualquiera de esas dos pruebas pueden provocar mi muerte, y todos lo sabéis.
—No dejaré que te enfrentes a ellas. Yo me encargaré del castigo —contestó Sasuke.
—Ni muerta dejaré que me azotes, antes me tiro por una ventana, ¡maldito escocés! —sollocé con voz entrecortada por la furia y el dolor.
—¡Pues explica de una vez por todas qué hiciste ayer! —explotó Sasuke.
Yo cerré la boca y tensé tanto la mandíbula que esta me comenzó a doler como si me hubiesen golpeado con una piedra. Ahora era mi propia terquedad la que me impedía hablar.
—Estuvo conmigo —exclamó una voz desde la puerta.
Todos se volvieron a mirar, observando cómo el joven Ian entraba cojeando.
—¡¿Cómo?! —exclamaron varias voces al unísono.
—Es cierto —el joven no se amilanó ante las miradas de los demás hombres y fijó sus ojos negros en mí, como buscando apoyo, yo asentí con la cabeza—, estuvo enseñándome a bailar. Yo se lo pedí. Las jóvenes no quieren bailar conmigo porque dicen que soy tonto, pero ella me enseñó. A ella no le parezco tonto, dice que soy diferente, y que eso es especial. Cuando sale del castillo la sigo, va siempre a la piedra de los contrabandistas y se sienta allí durante horas, pero nunca se ha reunido con ningún hombre. Ella —continuó mirando a Kō— sí que lo ha hecho. Yo lo vi. Es mala, no quiere a Itachi, dice que es violento con ella y se queja de él al otro hombre y luego se tumban y hacen cosas desagradables y gritan mucho.
Cuando calló, el silencio se apoderó de la habitación y aspiró todo el oxígeno de la misma. Todos se miraban de hito en hito. Kō oportunamente se desmayó. Itachi no movió un dedo por cogerla. Yo me di cuenta sin notarlo de que estaba llorando. Lágrimas ardientes y saladas me recorrían el rostro haciendo que este me escociera por los arañazos. El abrazo de Sasuke se había suavizado, pero su tensión seguía latente.
—Hijo, ¿es cierto lo que has dicho? ¿No será alguna historia que hayas oído por ahí? —La voz de Fugaku había bajado varios grados hasta ser un simple murmullo.
—Lo es, mo athair. Ella me enseñó a bailar en el claro de los álamos, y también le pedí que me enseñara cosas bonitas para decírselas a las jóvenes, pero me dijo que otro día, que seguro que Sasuke la estaría buscando. Yo... Yo no sabía cómo darle las gracias así que robé unas flores del invernadero de la abuela y se las dejé en la habitación —contestó él.
Yo lo miré asombrada por su valentía, un niño enfermo, alguien para todos insignificante y molesto, pero sin embargo con mucho más coraje que algunos de los que estaban en la sala.
—¿Te gustaron? —me preguntó desconcertándome.
—Sí, eran muy bonitas. Gracias —contesté sollozando.
—Está todo dicho entonces —terminó el laird—; no obstante, no puedo consentir la conducta tan inapropiada que Sakura ha tenido hiriendo a Kō —la miró, tendida en el suelo todavía con el pañuelo sujeto sobre su nariz sangrante—, así que mantengo el castigo, pero únicamente en la parte del encierro. Creo que una semana encerrada a pan y agua le dará tiempo suficiente para que medite su actuación, se arrepienta y suplique perdón a Dios.
Yo me encontraba en estado de shock. Todo volvía a ser incomprensible para mí. No entendía la crueldad que acababa de soportar, y sin embargo en mi fuero interno comprendía que el laird se había visto obligado a imponer un castigo que él consideraba leve para reprobar mi comportamiento.
Todo volvió a ser real, la nube en la que había estado envuelta los últimos tres días desapareció dando paso a la oscuridad más absoluta. Tomé conciencia de la realidad que me rodeaba, un mundo duro en el que se pagaba caro cualquier tipo de acción. Entendí perfectamente la frase del gran filósofo inglés Hobbes «el hombre es un lobo para el hombre». Y comprendí también mi propia estupidez al no saber valorar a Kō como una digna contrincante.
El laird rebuscó en uno de sus cajones y sacó un libro encuadernado en piel negra, con una inscripción dorada donde se podía leer la palabra Biblia, sobre él depositó un ajado rosario de cuentas de madera.
—Tómalo —dijo entregándomelo—, te servirá de consuelo estos días.
—No lo quiero —dije despreciándolo—, Dios dejó de ser un consuelo para mí hace casi veinte años.
Expresiones de asombro y gestos adustos oprimieron el ambiente todavía más.
—Cógelo, Sakura —soltó bruscamente Sasuke.
No lo hice. Crucé los brazos sobre mi pecho en actitud de rebeldía. Finalmente lo cogió él y me sacó a rastras de la habitación.
Me llevó en silencio y totalmente furioso hasta nuestra habitación.
Entró conmigo y dejó la Biblia y el rosario sobre la mesilla.
—Permanecerás aquí una semana. Tres veces al día se te traerá agua y pan. Y, ¡maldita sea tu estampa!, te leerás el libro sagrado hasta aprenderte cada renglón —me abroncó.
—¿No pensarás dejarme aquí sola?
Maldijo en gaélico y se pasó ambas manos por el pelo con gesto frustrado.
—Claro que lo haré. No me has dejado otra maldita opción. Si me hubieras explicado ayer dónde estuviste y lo que viste todo esto no hubiera ocurrido. Te lo mereces, Sakura, por ser tan obstinada y rebelde, y esta semana espero que medites y cambies tu actitud, porque si no este matrimonio no tiene ya ningún sentido.
Sus palabras fueron más hirientes para mí que los veinticinco azotes perdonados.
—Está bien, Sasuke —contesté de forma fría y cortante—, meditaré, no te quepa duda. Pero solo te digo que si no lo conté fue porque le hice una promesa a tu hermano. Y yo cumplo mis promesas, sean cuales sean, porque así me han educado. Si crees que voy a pedir perdón por ser leal a quienes lo son conmigo puedes esperar cómodamente sentado, porque ese perdón no llegará. Y déjame decirte una sola cosa más. Este matrimonio nunca ha tenido sentido, desde el principio fue una farsa. —Decir esto último fue lo más doloroso que había hecho en mucho tiempo, pero no pude evitarlo, fluyó de mí con naturalidad. Me sentía tan herida que pronto solo quedó un vacío muy familiar en mi interior.
Él me miró con dolor en sus ojos, que pronto escondió bajo una capa de estudiada indiferencia.
—Está bien, entonces, hablaremos dentro de una semana. Ahora me voy. Tengo que encargarme de otro problema. —Sin explicarme nada yo supe a qué se refería. Itachi me había traicionado, pero también lo había traicionado a él. Y si conocía bien a Sasuke, su hermano lo iba a pagar caro.
Cerró la puerta tras de sí, y escuché el sonido de la llave girando.
Me quedé completamente sola con mi alma herida y mi cuerpo robado a otra persona.
Como un eco de cómo me sentía el cielo retumbó con un tremendo trueno que hizo que hasta los cristales de las ventanas engarzados solo con madera temblaran. Me reí, me reí a carcajadas amargas, y por un momento creí que verdaderamente me estaba volviendo loca.
En ese momento un calambre recorrió mi vientre y noté cómo se deslizaba un líquido caliente por mis piernas. El periodo, me había venido el periodo. Y, con gran alivio, por primera vez en los últimos tres años de mi vida me alegré verdaderamente de que mi compañera de dolor me visitase. No estaba embarazada. Me quité el vestido y, en camisa, me metí en la cama. Cogí la Biblia que reposaba sobre la mesilla y la abrí al azar: «Y Jesús dijo a los hombres, amaos como yo os he amado...» ¡Y una mierda!, cerré de golpe el libro y lo lancé con furia contra una esquina, donde quedó semiabierto y tirado en el suelo, como un recordatorio de mi triste existencia. Me tumbé y me encogí sintiendo calambres cada vez más dolorosos. Finalmente, cansada, hambrienta y claramente desquiciada, me quedé dormida.
Desperté varias horas después. La tormenta había arreciado y la lluvia golpeaba con furia los cristales. Los demás dirían que Dios se había enfurecido por mi comportamiento, yo sentía que Dios estaba comunicándome su enfado con los demás.
Miré hacia la puerta y vi una bandeja con una jarra de agua y un mendrugo de pan. Ni me acerqué a cogerlo. Prefería morir de inanición que tocar algo de aquello. Jamás en toda mi vida me habían castigado. Ni siquiera cuando mostraba rasgos típicos de terquedad adolescente, mi padre siempre había preferido el diálogo al castigo físico. Y desde luego jamás me habían privado de la comida como lo hacían ahora. Después de siete días comiendo pan y bebiendo agua me iba a quedar en los huesos. Me reí otra vez de forma histérica. Yo, que jamás había hecho dieta, ahora me veía obligada a ello.
No quise pensar en Sasuke. Quería borrarlo de mi mente como fuera. El cariño, la dulzura y la posesión que me había mostrado desde que lo conocí ahora carecían de sentido. Aun así, cada vez que cerraba los ojos veía sus ojos negros posados en mí, a veces divertidos, a veces serios, a veces enarcando una ceja, a veces entrecerrados, y la mayoría oscurecidos por la pasión. Me esforcé y lo arrinconé en mi mente, sabiendo que me visitaría en sueños, como había hecho antes incluso de que lo conociera, porque en mi fuero interno sabía que estábamos unidos por algo más que un falso matrimonio.
Me arrebujé en las mantas aspirando el olor a fresco y madera tan familiar y me quedé dormida, pero no fue Sasuke el que me visitó en sueños, sino mi reflejo, mi otro yo, el cuerpo que mi alma había robado.
Notaba la frescura del ambiente primaveral a mi alrededor, el árbol bajo el que nos encontrábamos nos protegía del ardiente sol, dejando pasar entre sus tupidas hojas haces de luz mágica alrededor. Las flores brotaban de la hierba en racimos de colores vivos, y todo era bello y resplandeciente. Pero yo no tenía ojos para nada más que el hombre que se inclinaba sobre mí, besándome con dulzura. Noté su sabor a vino en mi boca, su lengua insistente sobre la mía, sus manos revoloteando curiosas sobre mi pecho cubierto de encaje, y sentí un súbito calor que subía hasta mis mejillas.
¿Sería esto de lo que hablaban las mujeres casadas entre susurros y risas? Conseguí pensar con algo de claridad. Tenía que ser así. Solo había algo que oscurecía la sensación placentera y a la vez la enardecía, el peligro de que alguien nos viera. «Si mon père se entera estoy perdida», pensé, pero ya estaba perdida entre sus brazos.
—Gaara —susurré con voz entrecortada... En ese momento un grito proveniente de un hombre y una súbita sombra nos acorraló.
—¡Matsuri!
Desperté empapada en sudor y temblando de miedo. «Es solo un sueño, un maldito sueño», intenté hacerle entender a mi mente confundida. Pero no lo era, era un recuerdo y yo necesitaba conocer más. Como si la misma Matsuri me llamara, volví a quedarme dormida.
Ahora estaba en una habitación con las paredes cubiertas por una tela en colores claros y dibujos floreados. Había una cama con dosel cubierta por cortinas de encaje rosáceo. Era mi habitación, lo sabía, la reconocía. Me volví hacia la persona que estaba frente a mí, era mi propio reflejo. Era yo, no, no era yo, era mi hermana, mi hermana del alma, Sakurasou, pero no era ella, era la hermana de la joven francesa. Me sujetó las manos con dulzura.
—¿Qué voy a hacer? —sollocé.
—Mon père no será muy duro contigo, siempre has sido su preferida —contestó, pero no había ira ni reproche, sino solo reconocimiento.
—Lo será, esta vez he ido demasiado lejos, pero es que Gaara es... es... tan intenso y tan... excitante.
—Calla, Matsuri, no hables así, solo conseguirás que mon père se enfade más contigo.
—Dice que me va a castigar con lo que llevo evitando tanto tiempo...
—Si lo hace tendrás que acatar sus decisiones.
—No podría dejarte —susurré.
—Yo tampoco. —Ella me abrazó.
—¿Qué voy a hacer? —volví a preguntar arropada por mi gemela.
—Sois belle et tais-toi. —«Sé bella y estate en silencio», fue su respuesta.
Desperté con las primeras luces del amanecer. Me sentía extrañamente tranquila y recordaba perfectamente el sueño, hasta podía sentir el dolor de esa mujer y el amor de su hermana como míos. Sin embargo, un miedo aterrador comenzó a subir por mi espalda como las raíces de un árbol viejo, hasta que atrapó mis pulmones de tal modo que me quedé sin respiración. Esa mujer, Matsuri, quería regresar a su cuerpo, lo sentía, la sentía cada vez más cercana a mí.
Pero a la vez ya contaba con los suficientes datos como para comenzar a buscarla, sabía que era francesa, noble por el aspecto de su vestimenta y que estaba enamorada de un hombre llamado Gaara. También sabía que había tenido la desgracia de apropiarme del cuerpo de la hermana equivocada, la hermana tonta y alocada, en vez de la cariñosa y prudente, justo al contrario que mi hermana y yo. Y sobre todo sabía su nombre: Matsuri. Lo pronuncié en voz alta y con un perfecto acento francés. De hecho todos los recuerdos eran en francés y los entendía como si fuera esa mi lengua materna. Maldije en silencio, en realidad era mi lengua materna.
Me levanté de la cama y, olvidando mi promesa de la noche anterior, bebí agua y comí algo de pan. Había tomado una decisión irrevocable. Tenía que salir de allí lo antes posible, tenía que encontrar a la anciana, porque la anciana, estaba segura, tenía todas las respuestas. Si no lo conseguía tendría que volver a Edimburgo y arriesgarme a ir al burdel, donde la prostituta francesa me había intentado enviar un mensaje: tenía que haber acudido a los muelles y embarcar en el Lady Arabella, un barco que cruzaba el canal hacia Francia. Ella tenía que saber quién era yo. Por fin una a una las piezas del puzle iban encajando. Solo esperé que Sakurasou pudiera ayudar a Matsuri en mi época a volver a la suya, al menos una de las dos tendría que conseguirlo. Si fuera así, pronto podría regresar y olvidar toda esta pesadilla. Justo en ese momento el rostro de Sasuke se coló en mi mente, pronunciando sus votos: «Hasta que la muerte nos separe.» Sin quererlo, comencé a llorar como una niña, pero no podía flaquear, ahora no, cuando estaba tan cerca.
La puerta se abrió y una doncella entró sigilosamente a avivar el fuego de la chimenea y a llevarse la bandeja, que reemplazó con otra exactamente igual. No me miró en ningún momento. Me imaginé que tenía órdenes estrictas de no hablar conmigo, cuestiones adicionales al castigo.
Me levanté de la cama y comencé a andar de un lado a otro de la habitación. Anduve tanto que hasta hice un surco en el suelo de piedra. Lo peor de la cárcel no es que no tengas comida y una cama caliente, lo peor es que sabes que solo puedes dar diez pasos y te tropezarás con una pared. La sensación de ahogo y de falta de libertad hizo que abriera una de las ventanas e, ignorando el frío y el viento que me mordió el rostro, sacara casi medio cuerpo aspirando con fuerza. Miré hacia abajo y a los lados, y entonces se me ocurrió una idea.
Sasuke había construido esa habitación con una excelente ubicación, estaba en el ala nueva y más tranquila del castillo. No daba como la mayoría de las habitaciones al patio de armas. Ante mí vi una salida. La pared de piedra canteada de solo siete u ocho metros descendía hasta unirse como en una misma estructura con las formaciones rocosas del lago, cuya agua lamía las mismas con languidez. Si conseguía descender lo suficiente para poder saltar sobre esas piedras, podría rodear el castillo por el exterior y huir. Hinata había dicho que la chabola de la bruja estaba a casi un día de camino a caballo, no tenía ni idea de qué podía suponer eso yendo a pie, quizá tres. Aun así, estábamos casi en invierno, y los días y mucho más las noches eran muy frías, sin un fuego era posible que muriera de congelación antes de conseguir mi objetivo. También recordé la amenaza de los animales salvajes, como los lobos. ¿Sabría evitarlos? No tenía ni idea, pero la sensación de libertad al abrir la ventana fue tan fuerte que no lo pensé más. Ya había tomado la decisión, y lo haría, dejaría todo aquello de una vez por todas sin mirar ni una sola vez atrás, ni siquiera para tomar impulso.
Recordé una de mis canciones favoritas de One Republic y cerrando la ventana comencé a cantar en susurros.
Hello world,
Hope you're listening,
Forgive me if I'm young,
For speaking out of turn,
There's someone I've been missing.
I think that they could be
The better half of me,
They're in their own place trying to make it right,
But I'm tired of justifying.
So I say you'll come home, Come home.
«Aguanta, Sakurasou, pronto estaré contigo.» Seguí cantando en voz baja.
Cause I've been waiting for you,
For so long,
For so long,
And right now there's a war between the vanities,
But all I see is you and me.
The fight for you is all I've ever known,
So come home,
come home.
Aquí me paré con sorpresa, ya que ahora la canción parecía estar dirigida a Sasuke y a mí.
Dejé de cantar, y de pensar en mi marido. No me convenía nada dado lo que tenía intención de hacer.
Me dirigí al arcón buscando algo que pudiera utilizar como cuerda para deslizarme pared abajo. Encontré otro juego de sábanas de lino. Las saqué y las extendí sobre la cama. Cogí el abrecartas de plata, con el sello que ahora sabía a quién pertenecía, y las rasgué en tiras, y como una Rapunzel moderna, en vez de trenzar mi pelo, comencé a trenzar la tela hasta formar una cuerda lo suficientemente resistente como para aguantar mi peso.
Antes de que retiraran otra vez la bandeja cogí el mendrugo de pan y lo escondí. Necesitaba llevarme provisiones, y a falta de pan buenas eran... pues pan, porque no tenía otra cosa.
El tiempo pasó deprisa entretenida en lo que tenía entre manos. A media mañana escuché unos golpes en la puerta. Ni me molesté en contestar, solo corrí a esconder la tela rasgada en el arcón por si entraba otra vez la doncella. Pero no entró nadie, solo escuché una voz amortiguada por la puerta que me llamaba.
—Sakura, Sakura, soy Hinata.
—Hinata —contesté pegándome a la puerta—, ¿no entras?
—No puedo, el guardia que te ha puesto Sasuke me lo impide.
Mascullé un insulto en voz baja.
—¿Qué ocurre? ¿Estás bien? —pregunté algo preocupada.
—Sí, yo sí, y el pequeño Sasuke también. Venía a ver cómo estabas.
—Estoy bien, enfadada, muy enfadada, pero bien.
—Ya, lo imagino. Pero... Sabes que él no tuvo otra opción, ¿no?
No sabía si se refería a su padre o a su hermano, pero me dio lo mismo.
—Siempre hay otras opciones —señalé.
—En este caso no, Sakura. Todo el mundo está bastante alterado. Sasuke gruñe y maldice continuamente, todos le rehúyen, él e Itachi tuvieron una fuerte pelea. ¿Qué ocurrió?
—Que tu otra cuñada es una zorra. —No quise decir más.
Sentí que ella ahogaba un gemido por mis palabras. Pero no podía decir nada mejor de Kō, de hecho en mi lengua tenía guardados adjetivos mucho peores, que dudaba que Hinata hubiera escuchado en su vida.
—Yo te creo, Sakura, pensé que no podrías hacer nada que hiriera a Sasuke, pero aun así..., lo has hecho.
—No, no lo he hecho —contesté bastante cabreada—, todos me habéis juzgado sin conocerme realmente y os habéis equivocado.
Hubo un silencio al otro lado de la puerta. Insistí:
—A Kō, ¿qué castigo le han impuesto?
—Ninguno, la verdad es que está bastante dolorida y creo que le rompiste la nariz, su rostro no volverá a ser el mismo. Eso debería ser bastante castigo para una mujer tan presumida, ¿no crees?
—No, no lo creo. Creo que ella debería estar encerrada igual que lo estoy yo, apartada de todos como si fuese una apestosa.
—Lo siento, Sakura.
—Tú no tienes por qué disculparte de nada, Hinata. Es otro el que debe hacerlo.
—No creo que lo haga, aun así, ¿lo perdonarás?
—No.
Otro silencio.
—Me tengo que ir, el guardia se está impacientando.
—Adiós, Hinata. Me alegra saber que le importo a alguien. Gracias —dije alejándome de la puerta. Estaba llorando otra vez y me froté los ojos con cansancio y furia. Volví a mi trabajo de trenzar la tela y pronto me olvidé de todo y de todos.
Los minutos pasaron y se convirtieron en horas, y las horas en días. Dormitaba y despertaba sin saber muy bien si era día o noche. Cuando estaba despierta trenzaba y cuando dormía soñaba con mi hogar, pero ni Sasuke ni Matsuri volvieron a aparecer en mis desvelos.
Al tercer o cuarto día, no lo sabía muy bien, lo tuve todo preparado. Até fuertemente el trenzado al dosel de la cama y tiré con fuerza calculando el peso. La pesada cama no se movió un ápice. Lo tenía. Cogí un hatillo con el pan que había conseguido reunir y una manta para protegerme del frío. Todo ello me lo até con un trenzado más fino alrededor de la cintura.
Abrí la ventana, calculaba que era media mañana, pero tampoco estaba segura. Tiré la tela trenzada y esta llegó con facilidad hasta las rocas del lago. Pasé por la ventana aupándome con una de las sillas y con cuidado apoyé mis pies sobre la pared de piedra y me dejé caer al vacío. No tenía vértigo, pero tampoco quería mirar la distancia que me separaba de las rocas. Al principio fue muy difícil, las manos resbalaban y pronto las tuve enrojecidas y sangrientas, aun así, cuanto más me dolía más viva me sentía. Un paso, otro, otro más. Paré un momento, estaba agotada y miré hacia arriba. No había bajado ni un metro siquiera. Intenté tantear con los pies algún pequeño hueco entre las piedras del castillo para descansar un momento y coger fuerzas. En ese momento un golpe de aire me hizo trastabillar y perdí pie saliendo disparada casi un metro a mi derecha. Me golpeé el hombro y casi suelto la trenza. Emití un grito, que se perdió con el viento. Pateé desesperada sintiendo cómo la voluminosa falda se abombaba y se pegaba a mis piernas dependiendo de los remolinos de aire.
«Bueno —pensé—, si caigo puede que estas faldas tan amplias me hagan de paracaídas.»
No debí mirar hacia abajo, pero aun así lo hice y el suelo rocoso y puntiagudo se acercó peligrosamente a mi rostro. Cerré los ojos y me sujeté con fuerza a la cuerda. Quedé colgando de la trenza como un chorizo puesto a secar, bamboleándome con el viento como una marioneta. No conseguía encontrar ningún punto donde asirme, así que intenté bajar solo con la fuerza de mis manos. Fue un error, me deslicé casi otro metro rasgándome la piel de las manos hasta que paré con un golpe sordo sobre un pequeño saliente. Estaba en esa posición cuando me pareció escuchar un grito de hombre, un grito de hombre con voz de barítono y muy, muy enfadado.
—¡¿Qué demonios estás haciendo, Sakura?!
—¿Tú qué crees? —grité levantando mi rostro y enfrentándome a su mirada negra llena de furia.
Otro golpe de aire hizo que me tambaleara de nuevo. Agaché la cabeza e intenté sujetarme.
—¡Estate quieta! ¡Ahora bajo!
—Como si pudiera ir a algún sitio —mascullé entre dientes.
Sentí cómo tiraban una cuerda cerca de mí y al poco llegó Sasuke a mi lado. Con un pequeño salto se posicionó a mi espalda y me aprisionó contra la pared. Yo me revolví por instinto. Él apretó con más fuerza.
—¡Quieta o harás que ambos nos matemos!
Sin darme tiempo a contestar cogió la cuerda y la ató a mi cintura. Con una señal sentí el tirón de los hombres que me izaron como si fuera un fardo de avena. Llegué a la repisa de la ventana y cuando entré en la habitación me caí de bruces contra el suelo. Uno de los hombres tendió una mano para levantarme.
—¡No me toque! —contesté yo levantándome de un salto y recuperando parte de la dignidad con ese simple gesto.
Un segundo después entró Sasuke y con la gracia de un gato saltó dentro de la habitación. Se volvió, arrastró las dos cuerdas y las tiró hacia dentro. Cerró la ventana con tanta fuerza que uno de los cristales se resquebrajó.
Se volvió a los tres hombres que aguardaban instrucciones.
—¡Fuera todos! —atronó.
Y como si todos fuéramos uno solo, nos dirigimos hacia la puerta, cuando estaba a punto de traspasarla, un brazo pasó por encima de mi hombro y la cerró con fuerza.
—¡Tú no!
—Ah —atiné a contestar.
—¿Qué demonios te proponías? ¿Matarte? —Su voz era baja y ronca, como cuando estaba enfadado y yo retrocedí un paso hacia atrás.
—Si hubiera querido eso habría elegido un método menos doloroso —contesté sintiendo que la sangre hervía en mi interior. Aun así, estaba tan espectacular, alto, fuerte y completamente enfadado, que sentí unas irremediables ganas de abrazarlo. Se me pasaron en cuanto comenzó a hablar.
—Estoy cansado, Sakura, muy cansado y enfadado de tener continuamente que sacarte de un problema tras otro, sin tener ni la más remota idea de lo que te propones hacer a continuación. Me he pasado cuatro días en la orilla del lago, haciendo que pescaba con la simple esperanza de que tú miraras alguna vez por la ventana, y cuando por fin veo que te dignas hacerlo, observo que lo único que intentas es escapar, y te veo colgada a merced del viento a punto de caer sobre las rocas. Creía ser un hombre paciente, pero la paciencia se me ha acabado. —Se pasó las manos por el pelo.
—¿Que se te ha acabado? ¿A ti? ¿Y qué me dices de mí? Me habéis castigado por algo que no hice, me he visto privada de libertad y encerrada en esta habitación muriéndome de hambre y de soledad, mientras la causante de todo esto está disfrutando de un merecido descanso, arropada por todos. ¡Os odio! —grité—, ¡os odio a todos y no quiero volver a tener nada que ver con nadie de este castillo en mi vida! Quiero volver a mi hogar, quiero beber una coca-cola sentada en mi sofá viendo cómodamente una película en la televisión, quiero conducir mi coche por una autopista y sentir la velocidad en todo mi ser, quiero pasear entre la gente sin que me observen con curiosidad y quiero escuchar música. ¡Oh, sí! Quiero escuchar música a todo volumen sin preocuparme por nada más.
Me callé sintiéndome dolorida y cansada. Las manos me escocían, pero más lo hacía mi alma y mis deseos de regresar.
—¿Música? —dijo sin entender apenas nada de mi exabrupto anterior—, ¿quieres escuchar música?
—¡Sí! ¡Joder! ¡Sí! —exclamé perdiendo el control. No me había dado cuenta de lo que añoraba las pequeñas cosas que había perdido.
Sasuke retrocedió ante el estallido de toda mi furia, para luego atacar con más fuerza.
—Si es eso lo que piensas, yo mismo te llevaré al lugar de donde procedes, sea el que sea —espiró profundamente.
—¡Ojalá, Sasuke, pudieras hacer eso!, pero no puedes, porque no tienes ni idea de quién soy ni de dónde vengo, y eso es lo que te está volviendo loco —seguía gritando a mi pesar.
—Sí, ¡tú me estás volviendo loco!, daría mi mano derecha por saber qué demonios ocultas y quién eres realmente. ¡No entiendo nada de lo que dices!
—¿Quieres saber, Sasuke? ¿Estás seguro?, pues te diré quién soy. —Paré para tomar aire mientras me deshacía de la manta enrollada alrededor de mi cintura y del hatillo de pan que cayó justo donde estaba la Biblia, que él miró con un brillo peligroso en sus ojos, y me enfrenté a él, que había adoptado la postura de un guerrero, de pie con las piernas semiabiertas y los brazos cruzados sobre su pecho—, soy Sakura Haruno. Tuve la suerte de nacer en una familia acomodada en la que me dieron la libertad para elegir lo que quería hacer con mi vida. Decidí estudiar Derecho y Economía en la Universidad. Sí —lo miré al ver su gesto sorprendido, no sabía por qué había elegido comenzar por lo que yo era, quizá porque creía que eso me identificaba como tal—, soy abogada, esa clase de personas que te dan dolor de cabeza; trabajé varios años para una Sociedad de Inversiones, donde me encargaba de gestionar el patrimonio de mis clientes, mientras compaginaba esa labor con el ejercicio del Derecho. Y era bastante buena en mi trabajo. Y estaba casada, pero no soy viuda, estoy divorciada, porque mi marido me abandonó, un día llegué a casa y me dijo simplemente que ya no me amaba, eso ocurrió después de que diera a luz a mi hija muerta. Sí —afirmé con dolor—, tuve una hija que murió, la tuve en mis brazos y deseé morir con ella. Y poco tiempo después yo también lo intenté, intenté matarme, y de hecho dicen que estuve unos minutos muerta, pero los médicos consiguieron salvarme. Después de aquello comencé a ver y sentir cosas que no entendía. Perdí a mi marido, a mi hija, mi trabajo, mi familia y casi pierdo la cordura. Entonces mi hermana vino de Edimburgo y me obligó a viajar con ella. El día treinta y uno de octubre se celebraba una fiesta a la que acudí con ella y su pareja y subí al ático de esa maldita casa con un hombre, cuando tropecé y caí sobre un arcón golpeándome la cabeza, y voilà!, sin saber cómo, aparecí en un burdel del siglo XVIII. —Paré y me reí con amargas carcajadas. Su rostro era de estupor y a la vez de preocupación.
—Eso no tiene ningún sentido —dijo suavemente intentando acercarse a mí. Yo volví a retraerme mientras frotaba mis manos heridas una y otra vez contra la tela del vestido en un movimiento mecánico. Comprendí por su gesto que creía que me había vuelto loca. Bueno, quizá lo estaba, pero yo ya no podía parar.
—Sí tiene sentido. Tiene mucho sentido si te digo que nací el treinta de septiembre de mil novecientos ochenta. Cuando aparecí aquí vivía en el año dos mil diez, doscientos sesenta y seis años después del día en que aparecí.
Él no hizo ningún gesto, solo noté frialdad y estupor por su parte y eso me dio fuerzas para seguir:
—Me preguntaste qué sabía yo del ejército inglés. Pues bien, lo sé todo, sé todo lo que pasará, no porque tenga ningún poder especial, sino porque lo he leído, me lo han contado e incluso he visto el campo de batalla. Sí, Sasuke, vi el último escenario de vuestra derrota, que se convertirá con los años y los siglos en un sitio de culto, donde los restos desmenuzados de los clanes van a rendir homenaje a los caídos en batalla. Recorrí cada tumba de piedra marcada con los nombres de los muertos que están enterrados debajo. —Paré, estaba llorando y ni siquiera lo había notado. Sasuke seguía quieto respirando entrecortadamente, como si le faltara el aire.
»Pero aún hay más. Mi cuerpo no es el mío —ahora su mirada fue de completa incredulidad—, dije que tenía una cicatriz sobre la ceja, además de otras marcas en el cuerpo. Todas han desaparecido, y aunque me miro en el espejo y me reconozco, no soy yo, soy otra mujer, una mujer de este siglo. Al principio creí que había retrocedido en el tiempo y no entendía cómo había sucedido, ahora sigo sin entenderlo del todo, pero estoy segura de que mi cuerpo se quedó en el año dos mil diez, y que mi alma traspasó el tiempo hasta ocupar el cuerpo de una mujer que tiene mis mismos rasgos físicos. Y sé quién es esa mujer, porque me visita en sueños, y tengo recuerdos de esa persona como si fueran los míos propios. ¡Dios mío! Creo que me volveré loca si no consigo salir de aquí y averiguar cómo regresar. —Lloraba ya sin consuelo.
Sasuke se acercó despacio y me abrazó. Al principio intenté resistirme, pero no tenía fuerzas suficientes. El peso de mi alma había desaparecido dejando un profundo agotamiento. Me acunó entre sus brazos murmurando frases en gaélico tranquilizadoras, hasta que un buen rato después dejé de llorar.
Levanté mi rostro con ojos enrojecidos y busqué su mirada.
—¿Me crees? —Necesitaba desesperadamente que dijera que sí.
—Sé que es cierto, mo anam, porque todo lo que has contado responde a mis preguntas sin contestar, aun así, es todo demasiado... increíble —repuso con suavidad.
—Pregúntame lo que quieras, te contestaré con toda sinceridad. No tengo nada que ocultarte.
—¿Quién es el rey de España? —inquirió.
Su pregunta me pilló totalmente por sorpresa. ¿Era algún tipo de juego como el Trivial?
—Hummm —intenté pensar—, Felipe II, no, no, ese fue el de la Armada Invencible, Carlos IV —observé su rostro—, no, ese no, Felipe III, ¿es ese? —Desde luego no entendía cómo había conseguido aprobar la asignatura de Historia Universal.
—Felipe V, el Animoso, es primo del rey de Francia —contestó él con un suspiro.
—¿Es muy alegre? —dije refiriéndome al apodo.
—No, todo lo contrario. Está aquejado de graves periodos de melancolía.
—Ah, no lo sabía.
—Ya me he dado cuenta, ¿quién es el rey de España en el año en que vivías? —observé cómo evitaba decir la cifra. Contesté sin vacilar.
—Juan Carlos I.
—¿Quién es el Papa? —preguntó otra vez.
—¿El Papa? No tengo ni idea —respondí.
—Benedicto XIV.
—Vaya, en el año dos mil diez era Benedicto XVI —contesté sorprendida por la coincidencia.
—El rey de Francia.
—Algún Luis, XIV, o Luis XV. Luis XVI no porque será el último rey de Francia. A partir de él se instaurará la República —contesté.
—¿República? —contestó con voz ahogada.
—Sí —repliqué—, Revolución Francesa. Es demasiado largo de contar, pero si quieres saberlo intentaré explicártelo. Todavía quedan unos años para que comience.
—No, no es necesario —repuso él.
—No me preguntes por más reyes, porque te aseguro que mis conocimientos de Historia Europea son bastante escasos —dije.
—En Escocia, en tu tiempo, ¿habrá un rey escocés?
—No, Escocia e Inglaterra estarán unidas y habrá una reina, Isabel II.
—No quiero saber más —dijo.
—Lo siento —contesté.
—No tienes por qué sentirlo, mo anam, soy yo el que debe pedirte perdón. Ahora empiezo a entender tu comportamiento y tu forma de ocultar tu pasado. Y siento el haberte presionado una y otra vez para que me lo confesaras, sabiendo ahora lo doloroso que es para ti el estar tan lejos de tu familia. —Suspiró sobre mi pelo.
—Bueno, tuve una persona que me ayudó desde el principio —dije contra su pecho. Él me abrazó con fuerza.
—¿Qué piensas hacer conmigo, Sasuke? Ahora que lo sabes todo, si vas a entregarme, intentaré comprenderlo, pero déjame antes que intente regresar a mi mundo, por favor —le supliqué.
—¿Entregarte? No lo había pensado ni por un instante. Haré lo que vengo haciendo desde que te conozco, protegerte lo mejor que puedo. Y el saber quién eres de verdad me ayudará para que sepa hacerlo mejor de lo que he hecho hasta ahora —susurró. Levantó mi rostro con las dos manos y me besó con delicadeza.
—De momento sigo viva, que, con los acontecimientos pasados, es toda una proeza —contesté aliviada en un susurro apagado contra su amplio pecho.
Permanecimos abrazados largo rato, mientras me consolaba susurrándome al oído palabras en gaélico dulces y suaves.
—En el fondo siempre lo supe, lo vi en tus ojos, y solo cuando estamos solos me atrevo a pronunciarlo, porque eres mía, y por algo Dios te ha enviado a mí —dijo como para sí mismo.
—¿Pronunciarlo?
—Sí, porque tú eres mo anam —dijo, llamándome como tantas veces me había llamado anteriormente.
—¿Qué significa?
—Mi espíritu, mi alma —contestó.
—¿Crees en los fantasmas? —le pregunté incrédula.
—Claro, soy escocés —contestó—, además, ¿no deberías tú misma creer en ellos?
—Bueno, ahora que lo dices, quizá tengas algo de razón. —Una leve sonrisa curvó mis labios.
—Quiero hacerte el amor, ¿me dejas, mo anam? —preguntó suavemente.
—¿Alguna vez te lo he negado? Lo extraño es que lo preguntes —contesté ahora riéndome de veras.
—Quiero amarte, porque entonces tu alma y tu cuerpo son solo míos, y yo soy solo tuyo. —Diciendo eso me besó con cuidado al principio y con pasión cuando comprendió que yo le correspondía.
Me tendió en la cama y me hizo el amor como únicamente un hombre fuerte puede hacerlo cuando sabe que su mujer está herida de muerte. Con tiernas caricias y besos fue desarmando los restos de dolor de mi corazón, llevándose con su pasión toda la oscuridad de mi alma.
Desperté varias horas después arropada por su abrazo y su calor, todavía en la oscuridad de la noche. Supe que estaba despierto. Bueno, era lógico,después de lo que le había confesado, tenía mucho que pensar.
—A ghràidh?
—¿Sí?
—No te he dicho otra de las razones por las que me casé contigo.
—Oh, ya te dije que no quiero saberlas.
—Esta sí querrás conocerla.
Me volví para mirarlo a la cara.
—Dime.
—Cuando me enviaron a vivir aquí, tenía siete u ocho años, no lo recuerdo muy bien, solo sé que no quería venir, pero que mi abuelo me obligó porque Fugaku reclamó su derecho a educarme y me aceptó como uno de sus hijos, un bastardo, pero hijo al fin y al cabo. Yo no me adaptaba a la vida del castillo, era pequeño para mi edad y estaba bastante retrasado en estudios y ejercicios de lucha respecto a mi hermano y otros niños de mi edad. Además, tenía un problema añadido: me daba miedo la oscuridad. Mi abuelo me solía contar que me despertaba gritando en medio de la noche y que tenía que encender varias velas y quedarse conmigo hasta que volvía a dormirme. Eso aquí no lo comprendieron, así que yo también sufrí mi castigo. Me obligaron a pasar una noche a la intemperie, completamente solo y bastante alejado del castillo para que no pudiera ver sus luces. Estaba completamente aterrorizado, y cualquier sonido me sobresaltaba. Entonces vi un fantasma, el primer y único fantasma que he visto en mi vida. Era una niña, vestía con pantalón y camisa, con un curioso dibujo de un cervatillo. La niña se acercó a mí y me dijo que no debía tener miedo de la oscuridad, que los verdaderos peligros se mostraban a la luz del día, y que tenía que estar atento y ser valeroso para conocerlos y enfrentarme a ellos. Hablaba sin mover la boca, pero yo la entendía. Le pregunté cómo se llamaba, y ella me dijo que tenía nombre de reina. Intenté sujetarla por el brazo para que no se fuera, no sentía miedo a su lado, solo paz, pero se desvaneció a mi contacto. Creí que lo había olvidado hasta que te vi a ti en Edimburgo.
—Era Bambi —le contesté con voz trémula.
—¿Quién?
—El dibujo de la camisa de la niña, era mi pijama favorito. Bambi es la historia de un cervatillo al que le matan a su madre unos cazadores, y que acaba siendo el rey del bosque. Era una de mis historias favoritas, mi madre solía contármela antes de acostarme. ¿Por qué no me lo dijiste antes?
—Porque no podía, creí que si te lo contaba pensarías que estaba loco. No reconocía las ropas ni la forma de hablar de esa niña, y cuando vi tu rostro y tu acento, comprendí que eras la misma persona. Durante años fuiste mi refugio en las noches oscuras, hasta que un día lo olvidé. Y de repente, donde y cuando menos lo esperaba volviste a aparecer, como una mujer hermosa y decidida, con nombre de reina. —Su voz era dulce y pausada.
Yo lo besé con calidez, en parte asustada por la historia que me acababa de contar, y en parte sintiendo que estábamos unidos de una forma inexplicable a través del tiempo.
—¿Me recuerdas? —preguntó con algo de pena en su tono de voz.
—No, pero sé que era yo. Tenía que ser yo —suspiré contra su pecho aspirando su aroma a madera y bosque, y me apoyé en él sintiendo el latir de su corazón, hasta que volví a quedarme dormida, acunada por su ternura.
Desperté con las primeras luces del amanecer, cómodamente apoyada en Sasuke, me quedé quieta para no despertarlo. La habitación estaba helada, ya que el fuego se había apagado hacía ya varias horas, sin embargo, nuestro refugio en la cama era cálido y acogedor. Sasuke resopló en mi oreja. Yo me volví sorprendida.
—¿Es que no duermes nunca?
—Contigo en la cama es en lo último que pienso —contestó esbozando una sonrisa sensual y acariciándome un pezón como al descuido.
Agaché la cabeza y le besé en el pecho, pasé mi mano por su torso desnudo y escuché un pequeño gemido. Me retraje y observé con atención. Tenía amoratada toda la zona debajo de su pectoral izquierdo.
—¿Qué es esto? —pregunté señalándole con un dedo.
Él se encogió de hombros.
—Itachi pelea bien —sonrió con suficiencia—, pero no mejor que yo.
—¡Hombres! —mascullé entre dientes.
—Y eso lo dice mi dulce y obediente esposa que solo hace cuatro días estaba tirada en el suelo atizando golpes a su cuñada.
—Nunca dije que fuera precisamente dulce —exclamé algo ofendida.
—Ni obediente, sin duda —repuso él atrapándome con su mirada ónix.
—«... y Dios les prometió a las mujeres que los maridos buenos y obedientes se encontrarían en todos los rincones de la Tierra...» —cité el Génesis.
—¿Y? ¿No es acaso cierto? —preguntó él sorprendido.
—No, porque luego procedió a hacer la Tierra redonda, ¡no te fastidia! —exploté.
Él rio llenando el silencio de la habitación.
—Bueno, mo anam, yo tampoco te dije nunca que fuera un marido bueno y obediente.
—Lo eres —contesté—, ¡al menos la primera parte!
—Ven aquí, mi dulce esposa, que te voy a enseñar cómo ser obediente —dijo atrayéndome hacia él y besándome con pasión. Y yo obedecí siendo por primera vez en mi vida dulce y sumisa.
Algún rato después, cuando nuestros corazones volvieron a latir con normalidad, hizo la pregunta que yo sabía que deseaba hacer desde la tarde anterior.
—¿Querías volver a Edimburgo?
—No —contesté—, en esa casa ya no me queda nada. —Le expliqué que lo que en el siglo XVIII era un famoso burdel, en el siglo XXI era una casa pintoresca convertida en una sala de fiestas improvisada.
—Dijiste que estabas con un hombre, ¿era tu esposo?
—Mi ex marido —remarqué—, no, no lo era. Era un joven inglés con el que estuve casi toda la noche, ambos nos gustamos y subimos al desván a tener un poco de intimidad.
Aquello no le gustó nada, lo noté por su actitud, se puso tenso y se apartó un poco de mí. Después de todo lo que le había confesado, ¿se preocupaba por esa nimiedad?
—¿Te entregaste a él? —preguntó roncamente.
—No. Ya te dije que solo había habido un hombre antes que tú. Sin embargo, si la caída no nos hubiera interrumpido probablemente hubiera habido más que palabras —susurré. Quería que entendiera que mi mundo era muy diferente al suyo. Que las relaciones no se basaban en la simple obediencia, sino en la atracción mutua y, si tenías suerte, en el amor.
—Ese no es un comportamiento adecuado para una dama —repuso resoplando.
—Tampoco dije que fuera una dama, pero te aseguro que soy mucho más sincera que cualquiera de ellas, y si prometo algo lo cumplo —dije recordando mis promesas nupciales—, y tú precisamente no creo que seas quién para criticar mis acciones, ya que estoy completamente segura de que has tenido más de una, o dos, o tres amantes a lo largo de estos años. —Callé y observé su rostro, que se había vuelto pétreo.
—¿Más? —exclamé sintiendo un ramalazo de celos que estrujaron mi vientre.
—Hummm —se limitó él a contestar, haciendo que el sonido brotase de su pecho como un pequeño gruñido de afirmación.
—¿Cuántas? —pregunté con un hilo de voz.
—Un caballero no habla de sus conquistas, y menos con su esposa —repuso tranquilamente.
—Nunca dijiste que fueras un caballero —contesté yo enfurecida.
—Pues lo soy. —Mostró una sonrisa de oreja a oreja. Yo sentí unos irrefrenables deseos de romperle todos los dientes y me di la vuelta. No sirvió de nada, me volvió a coger de la cintura y me giró para tenerme frente a él—. También soy un hombre leal y honesto, y cumplo mis promesas —sonrió sinceramente al decirlo—. De todas formas —añadió —, no me has dicho dónde te proponías ir.
Buena forma de esquivar el tema principal. Un tanto para él.
—Quería ir a la chabola de la bruja —contesté. Le conté cómo me había abordado esa mujer y que yo sentía que sabía algo sobre mí que no había dicho que me podría ayudar en mi regreso.
—Esa mujer está loca, mo anam, no creo que pueda ayudarnos —repuso.
—Sí —contesté yo—, pero ¿no es todo esto una locura en sí misma? Si esa mujer puede ayudarme, por lo menos tengo que intentarlo. Si no, no sé qué va a ser de mí. Cada vez siento más cerca de mí a la mujer francesa, como si quisiera recuperar su cuerpo, y tengo miedo de que lo consiga antes de que yo sepa cómo recuperar el mío.
—Está bien —concedió—, déjame unas horas para preparar nuestra partida. —Diciendo eso se levantó y se vistió—. Procura no salir hasta que regrese, enviaré a alguien con comida —dijo antes de salir por la puerta.
Respiré aliviada, mi castigo por fin había terminado.
