16

En el que confieso y me confiesan

Sasuke regresó unas dos horas después, o al menos eso creía, era difícil medir el tiempo, sobre todo cuando el sol no se dignaba aparecer en el cielo en todo el día. Muchas veces me descubría mirando mi muñeca izquierda como si milagrosamente fuera a aparecer un reloj. De hecho el único reloj que había visto en el castillo era una pequeña obra de arte bávara que colgaba de una de las paredes del despacho del laird. Tampoco creía que le hicieran mucho caso. En ese tiempo la gente se movía por impulsos, al amanecer a trabajar, cuando tenían hambre a comer, cuando estaban cansados a descansar. Para mí era un pequeño suplicio no saber cómo rellenar la mayoría de las horas del día, normalmente mi vida solía estar planeada al milímetro. Se regía por horarios de entrada, de reuniones, de cierre, de descanso... Añoraba incluso la televisión para llenar esos momentos muertos. Aunque tampoco había tenido mucho tiempo para pensar en ello. De repente imágenes de películas, series, programas inundaron mi cerebro sintiendo una tremenda añoranza por la comodidad de mi vida anterior. Desde luego no se aprecia lo que se tiene hasta que se pierde. Con un simple botón calentabas tu casa, encendías una luz, lavabas la ropa, la secabas... Ahora todas esas tareas implicaban un gran gasto de tiempo y un considerable esfuerzo.

—Ya está todo preparado, ¿tienes algo que llevarte? —preguntó distrayendo mis pensamientos.

—Solo la caja que me regalaste —señalé.

Él la miró y sonrió, luego se acercó a mí y cogió mis manos. Las volteó dejando las palmas extendidas frente a su rostro. Chasqueó la lengua y cogió un paño que empapó en agua limpia. Las limpió con cuidado y luego las vendó, besándome las muñecas cuando terminó. Yo lo observé todo con un extraño brillo en los ojos. Sus manos grandes y encallecidas podían ser muy suaves cuando se lo proponía.

Me tendió una mano para ayudarme a levantarme de la cama y salimos de la habitación. ¡Por fin! Y del castillo, ¡gracias a los dioses!

Nos encontramos con alguna mirada curiosa, pero nadie se acercó para despedirse, excepto Jiraiya, que cuando montamos en el frisón de Sasuke apareció a nuestro lado sorprendiéndonos a ambos.

—Ten cuidado, hijo —dijo haciéndole un gesto con la cabeza.

—Lo tendré —contestó Sasuke.

—Y tú, preciosa, espero verte pronto —me sonrió con dulzura.

Yo asentí, sin atreverme a contestar. Lo más probable es que jamás volviera a verle, pero sin duda lo recordaría con cariño.

Cuando perdimos de vista la silueta del castillo, la curiosidad de Sasuke se volvió insaciable, me llenó de preguntas sobre mi tiempo, sobre mi vida y mi familia. Yo contesté a cada una de ellas intentando explicar lo mejor que podía los aspectos técnicos. Tuve especial cuidado en omitir los detalles de la rebelión, ya que él parecía evitarlos también. Lo que más le gustó fue mi explicación de los edificios, le comenté cómo ciudades que ahora no existían se convertirían con los años en grandes urbes. Me preguntó cómo era posible que no supiera montar a caballo, y entonces llegó el turno de explicarle las máquinas, le describí trenes, coches e incluso los aviones.

—¿Vuelan? —preguntó totalmente extrañado.

—Sí, por el cielo —contesté sonriendo. Él me miró entrecerrando los ojos.

—No lo entiendo, me has dicho que pesan toneladas y que incluso llevan a más de cien personas en su interior, ¿cómo es eso posible?

—Pues la verdad no tengo ni idea, me imagino que será por la inercia, la velocidad... No sé, algo así —expliqué sin mucha convicción.

—¿Y tú te has montado en una de esas máquinas sin saber cómo son capaces de volar? —preguntó incrédulo.

—Muchas veces. Las distancias se acortan mucho. En ocho horas puedes estar en la costa este de Estados Unidos, las colonias —expliqué.

—Eso es imposible.

—No lo es. He volado mucho, me gustaba mucho viajar —dije.

Paramos a comer y continuó el interrogatorio, y después durante varias horas más hasta que mi mente estuvo tan cansada y confusa que me quedé dormida explicándole lo que era un ordenador.

Desperté cuando noté que el caballo paraba su balanceo.

—¿Qué ocurre? —pregunté desorientada.

—Ya hemos llegado. —Su tono de repente se había vuelto impersonal, distante, y comprendí que había estado todo el camino distrayéndome para que no pensara en mi encuentro con la mujer.

Bajó de un salto y me ayudó a bajar. Estábamos en la cima de una pequeña colina. Una formación rocosa se erguía a nuestra derecha, tres láminas de piedra de más de tres metros cada una, sosteniéndose sobre su simple apoyo cada una en la otra.

—¿Esta es la chabola de la bruja? —pregunté acercándome con cuidado.

La abertura era de un metro más o menos y la profundidad igual.

—Sí —contestó simplemente él.

Yo metí mi cabeza dentro de las rocas y la saqué un segundo después.

—Aquí no vive nadie —exclamé frustrada.

—No, ahí no. Pero ahí sí —dijo señalando una pequeña casa de piedra a unos veinte metros oculta bajo unos árboles.

—Entiendo —dije, sintiéndome algo estúpida.

Me quedé parada. Por un momento mis pies se negaron a dar un paso. Miré a Sasuke quieto a mi lado, miraba al horizonte como si viera algo que a los ojos de los demás estaba oculto. Tuve miedo, pero no por regresar, sino miedo de perderlo a él.

—No hay nadie —dijo volviéndose de repente hacia mí.

—¿Ah, no? —pregunté sintiéndome por un momento aliviada.

—No. No sale humo de la chimenea, y la casa parece abandonada desde hace tiempo. Esa mujer suele pasar largas temporadas perdida en los bosques. Es posible que ahora se encuentre cerca de aquí. ¿Quieres que intente buscarla? —preguntó con voz firme y completamente serio.

—No —respondí yo. ¿No?, pero si lo estaba deseando.

—¿Por qué, mo anam? —Su voz se había vuelto suave.

—Será mejor esperar hasta que regrese, ¿no crees? —pregunté.

—Eso es algo que tú debes decidir. Estoy a sus órdenes, señora —contestó. En sus palabras no había burla, solo ternura.

—Prefiero esperar a que regrese —respondí dándome la vuelta. De repente el aire se volvió opresivo y hasta me dificultaba la respiración. Allí en ese pequeño claro había algo, algo demasiado familiar y a la vez algo desconocido. Sentí deseos de salir corriendo.

Sasuke notó mi turbación y sin decir más me llevó junto al caballo y volvimos a montar.

Seguimos camino en silencio mientras la oscuridad nos iba cubriendo. Yo estaba a punto de quedarme dormida otra vez, cuando una maldición en gaélico hizo que levantara la cabeza de un golpe.

—¿Qué ocurre? —pregunté mirando alrededor asustada. No podía ver más de un metro, todo era oscuro y tenebroso.

—Me he perdido —contestó Sasuke. Lo dijo con tal tono de frustración que yo me eché a reír.

—¿Qué te hace tanta gracia?

—No es porque te hayas perdido, sino por tu tono molesto. Yo no sería capaz de orientarme ni con un GPS —señalé.

—¿Un GPS?

—Sí, es parecido a una brújula pero más preciso, bueno, en ocasiones —contesté.

—Jamás me he perdido, ni he necesitado brújulas para orientarme. He vivido en estas tierras toda mi vida —repuso molesto.

—¿Y qué hacemos?

—Acamparemos aquí. No quiero adentrarme más en el bosque, puede que no sea seguro —dijo escrutando la noche.

—Está bien —dije saltando del caballo.

Sasuke me siguió y encendió un pequeño fuego. Comimos algo de pan con queso y bebimos de la cerveza que traía del castillo. Me indicó que durmiera, pero yo estaba helada, así que prácticamente lo obligué a que se tendiera a mi lado, y como siempre que nuestros cuerpos se juntaban, una cosa llevó a la otra y...

Desperté con un grito. Algo había saltado sobre mí. Un animal. Abrí los ojos desorientada. Un lobo. Era un lobo. Sasuke se había puesto en cuclillas y ya tenía la daga en una mano, sin embargo, el lobo se acercó a él, lo olisqueó y de repente le dio un lametón en toda la cara. Estaba tan sorprendida que no me di cuenta de que varios hombres nos rodeaban.

—Sasuke —susurré—, estamos rodeados, y un lobo te está lamiendo la cara. ¿Me lo puedes explicar?

Él apartó al animal con fuerza, y este aulló haciendo que yo volviera a gritar. Uno de los hombres me cogió y me sujetó con fuerza. Sasuke se levantó al instante.

—Colum, suéltala, es mi esposa —dijo tranquilamente.

—Grgsgrg —dijo el hombre que me sujetaba como toda respuesta, pero sus manos me soltaron los brazos.

Un hombre mayor se acercó y nos observó con interés.

—Así que es cierto lo que dicen los rumores.

—Lo es —contestó divertido Sasuke—, Sakura, te presento a Kendrick, el guarda de mi hogar, Mo Pròis. —Ya entendía algunas palabras en gaélico y, si no me equivocaba, significaba «Mi Orgullo», curioso nombre para una casa.

—¿Tu hogar? Yo creía que volvíamos al castillo —dije.

—Es un honor para mí recibirla en nuestras tierras, milady —dijo el hombre haciendo una pequeña reverencia.

Yo lo imité con bastante menos gracia que él. Otro hombre más joven se acercó.

—¡Gracias a Dios, por fin has regresado! Por tus misivas creímos que no deseabas salir de las faldas de esa francesa... —dijo sonriendo. El hombre mayor le dio un codazo en las costillas haciéndolo callar.

—¡Francesa! ¿Quién es esa francesa que te tenía tan obnubilado? —pregunté con furia.

—Nadie, Sakura, no era nadie de importancia. —Su tono era brusco y noté que si hubiera podido convertir al hombre en piedra lo habría hecho.

—¿Y estos hombres quiénes son? —pregunté señalándolos—. ¿Nadie de importancia también?

—No, ellos son mi clan.

—Claro —dije sin entender nada.

Kendrick habló otra vez.

—Uchiha, te has vuelto descuidado con el tiempo. Llevamos aquí bastante rato. Desde luego no es que hayáis sido precisamente discretos, os habéis hecho oír como una manada de vacas enfurecidas —sonrió hacia mí.

¡Mierda!, mascullé mientras enrojecía, tenía que aprender a controlarme un poco mejor. ¿Vacas enfurecidas? Ahora aparte de avergonzada me sentía también insultada.

Iba a protestar, pero Sasuke previéndolo me sujetó de un brazo. Yo me mordí un labio y agaché la cabeza.

—¿Se puede saber qué hacéis tan lejos del hogar? —preguntó Sasuke.

—Oh, hemos salido a una pequeña excursión nocturna. —Las risas de los hombres nos rodearon.

—¿Grant? —preguntó Sasuke.

—MacKenzie —contestó Kendrick.

—¿MacKenzie? No le hará ninguna gracia. ¿Cuántas son? —volvió a preguntar.

Pero ¿de qué hablaban?

—Solo unas diez, pero tiene tantas que no lo notará hasta pasado un tiempo. Para entonces ya las habremos hecho desaparecer convenientemente —respondió con tranquilidad Kendrick.

—Os dejé muy claro que no quería incursiones mientras yo estuviera fuera —repuso Sasuke enfadado.

—Sí, hijo, sí, pero los jóvenes en el invierno no tienen mucho que hacer y se aburren, necesitan algo con lo que entretenerse. Ya veo que tú en eso no has perdido el tiempo, pero los pobres... —Señaló a los hombres del clan.

A mí no me parecían ni jóvenes, ni pobres, ni aburridos, más bien eran guerreros armados que estaban disfrutando de lo lindo con la experiencia de robar ganado a un clan vecino.

Nos invitaron a unirnos a ellos y recogimos lo poco que teníamos para seguirlos. Habían acampado no muy lejos de allí. Eran unos ocho hombres ataviados con el tartán de los Uchiha. Todos saludaron a Sasuke con respeto. Al poco nos tumbamos a dormir unas pocas horas antes de que amaneciera.

—Sasuke.

—Hummm —contestó adormilado.

—Aparte de ser un espía, un comerciante, un arquitecto, un soldado, el hijo bastardo de uno de los clanes más importantes de las Highlands, ¿eres algo más?

—Sí, soy su laird. Lo que quiere decir que tú eres su señora.

—¡Ay, Dios! —exclamé—, y ¿qué se supone que tengo que hacer?

—Solo permanecer a mi lado, mo anam. Simplemente eso —susurró a mi oído.

Desperté con el ruido de los hombres al desperezarse y el mugido de las vacas robadas a nuestro alrededor. Sasuke ya estaba levantado y ayudaba a despellejar unos conejos, que nos servirían como desayuno. Los miré con algo de asco. Otra de las cosas que añoraba eran los supermercados, esas grandes extensiones donde podías encontrar cualquier cosa que deseases, convenientemente limpia y deshuesada.

No obstante, cuando el olor a carne asada llenó mis fosas nasales me senté junto a Sasuke y comí con avidez. El lobo también se había tumbado al otro lado de mi marido y él le entregaba pequeños huesos con restos de carne.

—¿Tienes un lobo como mascota? —le pregunté.

—No es un lobo, es un , un pastor alemán —contestó.

Yo lo observé, me parecía igual de amenazante que un lobo.

—¿No tenéis perros en vuestro tiempo? —preguntó en castellano y en voz baja.

—Sí, pero suelen llevar bozal —contesté.

Me miró totalmente horrorizado. La verdad es que no tenía ni idea de la imagen del futuro que podía haberse creado en su cerebro, pero eso me daba una idea.

—Algunos, no todos. Solo los peligrosos.

—Stoirm no es peligroso. Además, creo que le gustas —sonrió. El perro se había acercado a mí y me extendía el hocico buscando más comida. Yo le ofrecí con una mano temblorosa un trozo de la pata de un conejo y él se apoyó en mis faldas a masticarlo. Lo miré asustada y con miedo de moverme, hasta que vi la risa bailar en los ojos de Sasuke. Entrecerré los míos y le saqué la lengua, lo que hizo que él riera con ganas.

Después de recoger los restos, montamos en los caballos y nos dirigimos al hogar de Sasuke. Me esperaba un castillo más pequeño que el de los Otsutsuky, pero al subir una pequeña elevación quedé totalmente sorprendida. Al pie de la colina, rodeada por montañas nevadas, había una casa de piedra gris, de tres pisos con el tejado de pizarra inclinado, una casa fuerte y robusta, construida para la dura vida en las montañas. Pequeñas luces titilaban en las ventanas y brotaba humo negro de las numerosas chimeneas. Al fondo se veía un pequeño lago, y un riachuelo a la izquierda que moría en las aguas negras. Parecía una estampa de una postal navideña. Y me recordó mucho a las construcciones de mi tierra.

Me emocioné y no sabía muy bien por qué, pero sentí que aquel era mi hogar también. Sasuke me abrazó y me besó en la coronilla, como si hubiese adivinado mis pensamientos. Yo le apreté la pierna con una mano en señal de entendimiento.

Bajamos al trote y llegamos en unos minutos hasta la puerta de la casa. Al escucharnos llegar salieron varias personas a recibirnos. Dos doncellas bastante jóvenes que miraban azoradas a Sasuke, un hombre mayor apoyado en un bastón y una anciana que se apoyaba en el hombre.

Sasuke se bajó del caballo y abrazó a ambos. Supuse que eran sus abuelos. Busqué algún rasgo identificativo, pero salvo los ojos negros del hombre, iguales a los de su nieto, Sasuke seguía siendo un Otsutsuky.

Ciamar a tha thu mo cridhe? —Los ojos de su abuelo se iluminaron con lágrimas no derramadas.

—Thag mi gu math, seanair màithreil —contestó Sasuke con amplia sonrisa.

—Así que te has casado, pequeño bribón —exclamó su abuelo dándole un pequeño pescozón—, no sabes lo triste que has dejado a tu abuela, que no ha podido preparar un enlace en condiciones.

—Todo fue precipitado, abuelo —contestó él escapando de un tirón de orejas.

Yo sonreí, hasta que vi la mirada de su abuela posada en mí. Más bien posada en mi vientre completamente plano.

Su abuela se acercó y le preguntó algo en gaélico susurrando.

Sasuke enrojeció hasta las orejas.

—No, abuela, no ha sido por eso —contestó él.

—Y bien, ¿qué razones ha habido para que tus propios abuelos se tengan que enterar por un simple mensajero de tu enlace? —exclamó ella en inglés con voz cascada.

—Ya os las explicaré dentro y con calma, y si puede ser con un guiso caliente y una jarra de cerveza —sonrió a su abuela, y noté cómo esta se deshacía ante su nieto.

—Pues yo veo dos importantes razones —expuso su abuelo mirándome el corpiño. Yo en un reflejo me crucé las manos sobre los pechos, lo que provocó que él emitiera una carcajada cascada y ronca por la edad.

Entramos y el calor del hogar nos recibió. Pasamos directamente a la cocina, donde otra mujer mayor se afanaba en amasar pan. Sasuke me la presentó como la esposa de Kendrick. Ambos se ocupaban de las tierras mientras Sasuke estaba en uno de sus numerosos viajes.

—Comeréis aquí —dijo su abuela—, no quiero que manchéis el salón ni el resto de la casa con barro y lo que quiera que traigáis con vosotros. Observó mi pelo desgreñado y probablemente adornado con alguna hoja y rama pegada por dormir en el suelo.

Comí en silencio, mientras Sasuke les explicaba todas nuestras aventuras. Bueno, me imaginé que omitió algunos detalles importantes, como que los ingleses me buscaban para ahorcarme. Lo hizo en gaélico y deprisa. Yo lo observaba con curiosidad. Estaba completamente relajado, mucho más que en el castillo de los Otsutsuky, no dejaba de mirarme y me instaba a sonreír a cada comentario, como si yo pudiese entender algo.

Su abuela me observaba a mí y a Sasuke como en un partido de tenis. Si por lo general las suegras no se me daban bien, me temía que las abuelas tampoco, al menos esta en particular. Porque en realidad esta tenía más de madre que de abuela. Había criado a Sasuke de niño, hasta que el viejo Fuagaku se lo arrebató de su lado, y ahora que había vuelto a casa era yo la que se lo había quitado. Le sonreí intentando demostrarle que no suponía ninguna amenaza, pero su gesto serio no me devolvió la sonrisa.

Al poco nos instaron a que subiéramos a la habitación, en la que habían preparado una bañera para nuestro aseo mientras comíamos.

Me desvestí y me metí en la bañera mientras Sasuke me observaba. Emití un suspiro de agradecimiento al sentir el agua caliente en mis músculos doloridos. Él se desvistió y se metió conmigo dejándome apoyada entre sus piernas. Me masajeó el cuello dolorido y me enjabonó el pelo con pericia. Me pregunté si ya lo había hecho antes con otras mujeres. Mi instinto me decía que sí, y mis celos amenazaban con brotar de nuevo, hasta que sentí que sus caricias pasaban a otros lugares más sensibles.

—Sasuke. —Lo paré sujetándole una mano.

Él se quedó quieto.

—No podré darte hijos. Después de que mi hija muriera no pudimos volver a concebir, y eso destrozó mi matrimonio, ¿lo sabes, verdad? —susurré con voz entrecortada. Me dolía a mí más que a él.

—Lo sé, mo anam, pero también me has dicho que este cuerpo no es el tuyo, así que puede que sí que puedas concebir, ¿no lo has pensado? —Sus caricias siguieron.

¡Dios! No, no lo había pensado, y una emoción que creía enterrada hacía mucho tiempo comenzó a aflorar como una esperanza. Sin embargo, era imposible, no podía abandonar este cuerpo sabiendo que dejaba en él un hijo de Sasuke.

—No, no lo pienses, Sasuke. Es imposible. Tengo que regresar a mi tiempo, y hacerlo sabiendo que podría estar embarazada sería demasiado cruel. —Respiré con fuerza sintiendo que me faltaba el aire.

Él no dijo nada. Simplemente se levantó, se secó y se vistió con otra ropa limpia. Salió en silencio de la habitación, pero su furia quedó clara cuando dio tal portazo que un cuadro que colgaba de la pared se tambaleó.

Sintiéndome súbitamente triste, me levanté y me puse un camisón. Cepillé mi melena enredada, y cuando estuvo seca me acosté en la cama. Sola.

Desperté en medio de la oscuridad sintiendo cosquillas en mi vientre. Me retorcí entre sueños, y el aleteo de mil mariposas se hizo más intenso. Abrí los ojos y lo vi besando mi pecho. Me había subido el camisón, que ahora tenía enrollado en mi cuello como una bufanda. Lo miré con curiosidad y emití un gemido involuntario. Él parecía ajeno a todo.

Mo anam, no puedo apartar mis manos de ti. Cuando no te tengo cerca mis dedos hormiguean con la necesidad de tu contacto, y cuando estoy entre tus piernas, siento que puedo perderte y tengo que poseerte con fuerza hasta hacer que esa sensación desaparezca. No puedo evitarlo. Contigo no. —Pero no hablaba para mí, hablaba para él, mientras hacía exactamente eso.

Me arqueé al sentir sus dedos en mi entrepierna.

—A Dhia! Tha gaol agam ort.

No entendía nada, pero no me hacía falta. Sus caricias se recrudecieron y su fuerza se intensificó. Quería poseerme, con brusquedad, demostrándome su superioridad sobre mí, pero a la vez con infinita dulzura, como si temiera que me fuera a romper. Atrapé su boca y jugué con su lengua, mientras deslizaba mis manos por su cuerpo fuerte y esbelto. Abrí mis piernas para recibirlo, y cuando lo sentí dentro de mí me arqueé queriendo más, queriendo romperme entre sus brazos, hasta que sentí que mi vientre se contraía en un violento orgasmo que hizo que ahogara un gemido contra su hombro, mientras respiraba entrecortadamente su olor a jabón sintiendo la suavidad de su piel contra mi rostro.

Desperté al escuchar movimiento en la habitación. Sasuke se había levantado y estaba afeitándose frente al enorme ventanal. La luz entraba y quedaba atrapada por su pelo creando reflejos azules. Tenía un pequeño espejo sujeto con la mano izquierda y la parte inferior del rostro cubierto por jabón. El olor me llegó con claridad. Lirios. Estiró su largo y musculoso cuello y comenzó a rascar con cuidado y destreza de abajo arriba. Escuché el raspar del cuchillo contra su piel desde mi refugio en la cama. Él, ajeno a mi escrutinio, paró y se apartó un mechón del rostro molesto, metiéndoselo tras la oreja. Este, rebelde, se deshizo y volvió a caer en una ondulación oscura. Sonreí. Sentí un deseo enorme de sujetar el mechón de pelo grueso y rebelde entre mis manos. Suspiré a mi pesar. Sasuke sorprendido se volvió.

—¿Te he despertado, mo anam? —dijo sonriendo.

—Ah... no —contesté sintiendo que me ruborizaba. ¿Ruborizaba? Había visto mil veces afeitarse a Shikamaru y jamás había sentido tanto erotismo centrado en un simple gesto como aquel.

—Bien. Puedes seguir durmiendo. He dado orden de que nadie te moleste. Supongo que estarás bastante cansada —repuso él volviendo a la tarea y ajeno a mi turbación.

—Ajá —susurré yo, observándolo atentamente.

Terminó en unos minutos, se aclaró los restos de jabón con agua y se secó. Antes de irse me besó en los labios con calidez, y yo me rocé contra su piel suave y olorosa. Me volví cuando salió en silencio dispuesta a dormir, pero no pude, la cama era tan grande y estaba tan vacía sin su presencia que me fue imposible. Finalmente me levanté y al ir a buscar mi vestido gris, encontré otro similar, aunque de lana más oscura. Junto a él habían dejado unas medias y unos pequeños escarpines. Me vestí, y bajé a la cocina. La estructura de la casa era sencilla y funcional, una sola escalera comunicaba el piso de abajo con las habitaciones del piso superior. Las paredes en piedra canteada estaban lisas y cuidadas, el suelo era de madera oscura pulida. Podía considerarse moderna, bueno, todo lo moderna que podía ser una casa del siglo XVIII. Nuestra habitación era amplia, pero cálida. Me gustó mucho más que el castillo, con todos los lujos que este podía ofrecer.

Entré en la cocina y vi a la esposa de Kendrick afanándose junto a la chimenea. Se levantó nada más verme. Me saludó con una pequeña reverencia. Yo, extrañada, se la devolví, a lo que ella me miró todavía con más extrañeza. No estaba acostumbrada a que me trataran como alguien especial y eso me ponía algo nerviosa.

—¿Quiere que le prepare algo y se lo lleve al salón, milady? —preguntó.

—Oh, no será necesario, y por favor, mi nombre es Sakura —dije.

—Claro, milady, ¿desayunará aquí entonces? —Si su rostro ya no mostraba sorpresa, sus palabras sí.

—Sí, cualquier cosa servirá —dije viendo la mesa central repleta de viandas—. Gracias —dije, y me senté en uno de los taburetes de madera, cogiendo un pequeño pastel.

Ella siguió con sus quehaceres y yo me centré únicamente en desayunar. Sin embargo, el chorreo de gente entrando y saliendo llevándose comida era incesante. Conocía de sobra la hospitalidad escocesa, pero hasta a mí me parecía excesivo. Cuando terminé quise recoger mi plato y mi vaso, pero la esposa de Kendrick me lo impidió.

—No, milady. Ese es mi trabajo —repuso arrancándolos de mi mano.

—Está bien, pero mi nombre es Sakura, no milady. Me gustaría que me llamara así —contesté sonriendo.

—De acuerdo, milady —respondió y se volvió para continuar con su trabajo.

Yo suspiré fuertemente y salí de la cocina. No veía a Sasuke por ningún sitio, así que me dirigí al salón, con la única intención de esperar su regreso. Y si además conseguía no meterme en más problemas, el día sería completo.

El salón, como el resto de la casa, era amplio y cálido. La chimenea estaba encendida y había varios sillones tapizados en terciopelo, con los brazos algo desgastados, y un pequeño sillón para dos o tres personas. Las paredes estaban cubiertas por estanterías llenas a rebosar de libros y recuerdos, y había un pequeño tapiz tejido en lana en el único sitio libre. Me paré a observarlo, era como una fotografía de la casa y los alrededores, bordado con todo cuidado y con un gran realismo.

—¿Te gusta? —preguntó una voz cascada por la edad.

Me volví sorprendida hacia donde había salido la voz, pero no pude ver más que el respaldo de un sillón frente al fuego. No obstante, reconocí el tono de la abuela de Sasuke.

—Sí, es precioso y muy..., muy real —acerté a decir.

Ella rio.

—Lo tejí yo cuando aún veía lo suficiente para hacerlo, ahora solo soy una pobre vieja, un estorbo que se pasa el día frente al fuego sin conseguir nunca calentar mis huesos.

Me acerqué a ella, que me indicó que acercara uno de los sillones y me sentara a su lado. Estaba sentada y cubierta por una manta de tartán, con un pequeño libro que reposaba sobre sus piernas.

—Bueno, cuéntame, mo nighean, qué hay de nuevo en Stalker —pidió ella.

—Pues la verdad no sabría qué decirle, apenas estuve unos días —contesté sin conocer qué le había contado Sasuke al respecto.

—¿Es cierto que Itachi también se ha casado?

—Sí, el mismo día que nosotros.

—¿Fue una boda bonita?

—Sí, muy bonita.

—La esposa de Itachi, ¿es una buena mujer?

Entrecerré los ojos ante el interrogatorio, cada vez más peligroso. Decidí ser sincera.

—No, es una arpía —contesté intentando que no se me notara demasiado la furia que sentía por esa mujer.

Ella rio.

—Sí, ya me lo dijo Sasuke. Aunque creo que por fin ese hombre ha encontrado la horma de su zapato.

—¿Por qué lo dice? —pregunté con curiosidad. Itachi me había parecido un hombre imprudente, pero no una mala persona.

—Porque a Sasuke se lo hizo pasar muy mal cuando lo enviaron al castillo. Pero gracias a Dios nosotros lo habíamos educado mucho mejor que ese niño cubierto de encajes y lleno de atenciones, y supo hacerse valer, hasta tal punto que a veces me da la impresión de que al viejo Fugaku le habría gustado que fuese su verdadero hijo.

—Es su verdadero hijo —contesté yo algo incómoda.

—¿Crees eso? Sasuke es un bastardo.

—Es su hijo, sea fruto de una esposa o de otra mujer. Un hijo siempre es un hijo —exclamé yo. Por su gesto creí que la había enfadado, sin embargo, de sus labios brotó una sonrisa desdentada y cordial.

—Yo también lo pienso, pero para Sasuke ha sido una carga toda su vida. Pero a ti no te importa, ¿verdad? —inquirió curiosa.

—En absoluto —repuse. Punto para mí.

—Dicen que eres una selkie y que lo hechizaste —soltó ella de repente.

—No lo soy, y desde luego no he hechizado a nadie. —Hice un gesto de la mano demostrando la poca importancia que le daba yo a las supersticiones e historias escocesas. Si ellos supieran...

—Lo sé. Soy demasiado vieja para creer esas historias. Pero he visto cómo os miráis. Entre vosotros no hay secretos, ¿verdad?

—No, no los hay.

—Eso es extraño, querida. Apenas he visto a parejas con esa cualidad.

Me encogí de hombros. No tenía nada que añadir. En mi verdad había estado mi redención, y no me arrepentía de habérselo contado todo a Sasuke, porque sabía que él estaba de mi lado.

—¿Puedo preguntarle una cosa?

—Dime.

—¿Por qué la gente entra y sale de la cocina continuamente, como si fuera una posada?

Ella rio, con una risa vieja y cascada.

—¿No pensarías que Sasuke nació aquí?

—¿No?, bueno me dijo que era su hogar, yo pensé...

—¿Has visto la choza que hay a la derecha de la casa, donde ahora se guardan las cabras?

—Sí. —La había visto al llegar. Poco más que un pequeño establo.

—Sasuke nació en el castillo Stalker, porque su madre trabajaba allí de doncella. —Paró un momento como recordando, yo eso lo sabía, me lo habían contado—. Nosotros vivíamos en esa casa que ahora es un establo. Éramos pobres como ratas y nos vimos obligados a enviar a nuestra pequeña a trabajar al castillo, con todo el dolor de nuestro corazón. Era una joven dulce y preciosa, con un cabello negro y liso y los mismos ojos que ha heredado Sasuke. Había noches que apenas teníamos un mendrugo de pan que llevarnos a la boca. Solo estuvo unos meses, en cuanto dio a luz a Sasuke nos lo trajeron medio muerto de hambre para que lo cuidáramos. Nadie lo quería en el castillo. También había muerto la madre de Itachi, y creyeron que era cosa de brujería. Fueron tiempos oscuros y difíciles. Sasuke se crio con nosotros en esa cabaña hasta que siete años después nos lo arrebataron de las manos.

Me incliné sobre ella queriendo saber más.

—Apenas pudimos ver a nuestro nieto en varios años. Después del entrenamiento del castillo lo enviaron al continente a seguir sus estudios. Le dieron las mismas oportunidades que a Itachi, pero Sasuke siempre ha sido más inteligente y las supo aprovechar bastante mejor. Regresó poco antes de volver al castillo. Tenía dinero ahorrado, no me preguntes cómo ni de dónde lo sacó, pero era el suficiente para poder construir la casa que ves a tu alrededor. Contribuyó él mismo junto con los canteros y carpinteros. Siempre le gustó la arquitectura. Por algún lado hay un arcón con sus diseños guardados. Se le da muy bien trabajar con las manos.

—Sí, estoy de acuerdo, tiene gran facilidad para manejar los dedos. —Miré a la anciana, que me observaba con los ojos abiertos. ¿Lo había dicho en voz alta? Sí, ¡maldita sea!

Ella de repente rio a carcajadas y yo enrojecí profundamente. Cuando se recobró prosiguió la historia:

—Unió al clan desperdigado y pobre. Juró protegernos y defendernos, y se alzó como jefe. Como has podido ver, somos apenas treinta familias, pero Sasuke procura que nunca nos falte de nada. Él pasó hambre de pequeño, y lo que no puede soportar es ver a alguien a su lado en la misma situación, por eso nuestra cocina está siempre abierta a todas las familias del clan, algunas más necesitadas, otras menos, pero que siempre saben dónde tienen un lugar al que acudir.

Yo estaba estupefacta y altamente orgullosa de Sasuke. Desconocía su sufrimiento de niño, y mientras yo le había estado contando cómo había sido mi infancia llena de amor, regalos y todo lo que pudiese tener al alcance de mi mano, él nunca me había mirado ni con reproche ni con envidia.

—Poco después se produjo el juramento ante el nuevo laird, de forma voluntaria los hombres junto con sus familias vinieron a ofrecer el juramento de la sangre a Sasuke, que aceptó, con las consecuencias que eso conlleva. Fue algo emocionante y para recordar durante mucho tiempo. Después volvió al castillo Stalker a comunicar su decisión a su padre, que me consta no le sentó nada bien, ya que debía de tener otros planes para él. Allí se casó. ¿Sabías que estuvo casado?

—Sí, lo sabía.

—Yo no llegué a conocerla, ya que los sucesivos embarazos le impedían viajar, y nosotros éramos ya demasiado viejos para movernos de aquí. Llegaban noticias desalentadoras, hasta que recibimos la visita de Sasuke. Estaba destrozado, su mujer había muerto y su hijo pocos días después. No quiso permanecer aquí más tiempo y se marchó. No habla mucho de esa época, sé que estuvo en muchos lugares, pero siempre se ocupó de nosotros, nos mandaba dinero a menudo, y puso a un hombre de toda su confianza al frente del clan.

Carraspeó aclarándose la voz y dejó la mirada perdida en el fuego.

—Sasuke es un hombre de honor. Si se siente obligado a hacer algo, lo hace. Pero nadie ha podido nunca obligarle a hacer algo que no quería. Es terco y obstinado como una mula cocera.

—Es cierto —concedí riéndome.

—También me ha dicho que mataste a un hombre.

Yo di un respingo y me quedé sin respiración ante el giro de la conversación.

—Un hombre que os atacó junto con otros dos, y que en la refriega hirieron a Sasuke.

Me relajé pero solo lo indispensable para poder contestar.

—Sí, es cierto.

—¿Por qué lo hiciste?

—Porque al igual que su nieto había prometido protegerme, yo no podía ser menos, y puedo llegar a ser tan terca y decidida como lo es él o incluso más —respondí resoplando.

Ella rio con ganas, y luego masculló algo que no entendí.

—¿Qué ha dicho? —me incliné un poco hacia ella.

—Estaba preguntándome qué clase de mujer había hecho que mi nieto incumpliera su promesa de no volver a casarse, y ahora ya tengo la respuesta a mis plegarias. Hija, bienvenida a tu hogar —dijo esbozando una sonrisa de oreja a oreja.

—Gra... gracias —contesté bajando la cabeza ante el súbito rubor de mis mejillas.

—Ahora solo espero que antes de morir pueda ver al menos a un hijo de mi nieto correteando por aquí. —Cogió mi mano y me la apretó con fuerza.

Yo sonreí mecánicamente y no contesté. Quizá si todo iba bien pronto ni siquiera yo estuviera en aquella casa.

—¿Puedes leerme algo? Mis ojos ya no son los que eran —preguntó entregándome el libro que tenía en el regazo.

—Claro —contesté. Lo cogí, lo abrí y comencé a leer.

Al poco rato me di cuenta de que su respiración se había vuelto acompasada y respiraba reclinada sobre el respaldo con la boca semiabierta. Callé, ella se removió y emitió un pequeño ronquido. Me levanté y curioseé en las estanterías buscando algún libro más adecuado a mis gustos literarios. Finalmente me acerqué a la ventana y observé el exterior con curiosidad.

Frente a mí estaba Sasuke hablando con Kendrick. Gesticulaban y señalaban con profusión explicando y asintiendo con la cabeza. Me gustaba observarlo sin que él se diera cuenta. Estaba impresionante, era bastante más alto que la mayoría de los hombres, pero no era eso lo que llamaba la atención, sino su apostura, su seguridad al hablar, su forma de atraer las miradas de todos los que lo rodeaban, incluyendo a las doncellas, ya que una de ellas pasó por su lado mirándolo con algo parecido a la adoración en sus ojos. Entonces llegó un niño pequeño de no más de cuatro o cinco años que se situó al lado de Sasuke y le tiró de la falda, de forma tan insistente que él dejó de hablar con el guarda y lo cogió con ambas manos haciéndolo girar en sus brazos, consiguiendo chillidos de risa y diversión del pequeño, y del mayor, que reía con la misma alegría. Yo sonreí y me acaricié los labios recordando su beso de esa mañana. Como si algo invisible le indicara que yo le estaba observando, Sasuke levantó la vista y, reconociéndome, me guiñó un ojo. Yo lo saludé con la mano. «¿Todo bien?», preguntaron sus ojos. «Todo bien», respondieron los míos.

Escuché la voz de su abuela a mi espalda.

—Es muy fácil amarlo, ¿no crees?

Me volví sorprendida.

—¿Amarlo? No, nosotros no..., nunca... —Las palabras murieron antes de ser pronunciadas.

Ella sonrió con dulzura. Yo fruncí los labios. De repente la habitación se hizo demasiado pequeña y el calor demasiado pronunciado.

—Tengo que salir a..., bueno tengo que..., cosas... —dije, huyendo de forma despavorida por la puerta.

Me dirigí directa a la cocina, que milagrosamente estaba vacía. Busqué en los armarios sin saber qué buscaba, hasta que lo encontré. Una botella de alcohol. Lo destapé y el fuerte e intenso aroma del whisky llenó mis fosas nasales. Miré alrededor temiendo que alguien me viera y corrí escaleras arriba al refugio de nuestra habitación. Una vez allí me senté en la cama y bebí directamente de la botella hasta que el cálido licor consiguió calmar mi acelerado corazón. «¿Cómo no lo había visto antes?» Estaba tan preocupada por encontrar el modo de huir, de regresar a mi mundo, que los acontecimientos que sucedían alrededor envolviéndome como un manto de bruma se mostraban distantes como algo inevitable que tenía que pasar para conseguir el objetivo final.

Me levanté de la cama y, sin soltar la botella, de la que daba largos tragos, rememoré cada instante desde que noté sus ojos fijos en mí, en aquella noche que me parecía demasiado lejana en Edimburgo. Al principio había confiado en él, me había apoyado en su fuerza, lo había necesitado desesperadamente para no caer en la locura. Y él estuvo ahí en cada momento, sujetándome para que no cayera, protegiéndome una y otra vez, sin que yo apenas me diera cuenta de que lo hacía.

Paseé de un lado a otro de la habitación maldiciendo y riendo a partes iguales. Era un hombre muy atractivo. Demasiado atractivo. Era apuesto vestido como un noble francés e impresionante en su atuendo escocés. Era normal que me sintiera atraída por él, ¿no? Sus manos callosas cuando me tocaban hacían que mi piel ardiera y que toda yo le respondiese con ansia e impaciencia. Pero eso podía ser por haber pasado tanto tiempo sin contacto con un hombre, con un hombre de verdad. ¿No? Pero si era así, ¿por qué me costaba tanto olvidarlo cuando no lo tenía a mi lado? La piel suave de sus hombros, que se volvía algo más áspera a lo largo de sus brazos. Su ancha espalda, la línea recta de su columna vertebral, la suave curva de su clavícula. Su espalda fuerte que terminaba en un trasero musculoso y cubierto por una fina pelusa negra. Sus largas piernas, que me rodeaban con pasión cada noche. Las pequeñas depresiones de sus pezones de piel más oscurecida, la delgada cicatriz blanca que cruzaba sus costillas, su mata de pelo rizado que asomaba de su entrepierna y su..., su... A Dhia!, su apéndice grueso y largo, que se tensaba como el acero y era suave al tacto como el algodón.

Paré y bebí otro largo trago de whisky. La habitación comenzaba a tambalearse peligrosamente, y mi conciencia también.

«Esto no puede estar pasando», pensé totalmente angustiada. No a mí. Yo no soy así, necesito más tiempo con un hombre para sentir lo que siento por él. En realidad nunca había sentido nada parecido por ningún hombre, ni por Shikamaru, ni por mis novios anteriores. Me sentía perdida y extrañamente encontrada.

«¿Y ahora qué voy a hacer?» Casi había matado a un hombre en Edimburgo, habían intentado violarme, no una sino dos veces, los ingleses me buscaban para ahorcarme, había asesinado a un salteador en el camino, me había peleado con Hō recibiendo como castigo el encierro y el ostracismo, y todo ello ni juntándolo me parecía tan terrible como lo que acababa de descubrir: estaba loca y perdidamente enamorada de Sasuke.

En ese momento, como si hubiese invocado su presencia, entró el mismísimo diablo escocés en la habitación, sacudiéndose el pelo. Por lo visto había comenzado a llover.

Se paró en la puerta y me observó con curiosidad.

—¿Qué te ocurre? —Se fijó en la botella ya mediada que sujetaba con desesperación en mi mano izquierda y abrió los ojos.

—¿Estás ebria?

—Todavía no, muy a mi pesar —respondí bruscamente. Su rostro se tornó preocupado e intentó acercarse.

—No te muevas —le dije poniendo mi mano derecha frente a él.

—¿Qué ha ocurrido, mo anam? ¿Alguien te ha herido? —Su voz era suave y cada vez más preocupada.

—Sí. Tú, ¡tú lo has hecho!

—¿Yo? ¿Qué he hecho yo? —Ahora estaba sorprendido.

—¡Todo! Te odio. Te odio —repetí zarceando por si no lo había escuchado la primera vez.

—¿Y por qué me odias, si puede saberse? —Cruzó los brazos sobre el pecho.

—Porque..., porque... ¡Te amo! ¡Maldito escocés! —grité totalmente descontrolada.

Él me observó un momento mientras yo respiraba de forma agitada y de repente rio.

—¿Me amas? —preguntó sonriendo de oreja a oreja.

Yo sentí hervirme la sangre en las venas como la lava de un volcán. Cogí lo que tenía más a mano, que fue un cepillo y se lo lancé a la cara. Fallé y rebotó en su pecho cayendo al suelo y silenciándose en la mullida alfombra. Por un momento nos quedamos quietos entrelazando nuestras miradas y haciendo que saltaran chispas a nuestro alrededor.

—Me amas y por eso me odias. No tiene sentido, lo sabes, ¿no?

—Sí lo tiene. Porque, ¿qué demonios voy a hacer yo ahora? —Noté lágrimas en mis ojos y los cerré con fuerza. No quería llorar. Ahora no. ¿Pero qué me pasaba? Desde que estaba en este siglo me había pasado más tiempo llorando que nunca en mi vida antes.

—Bueno, esa respuesta es simple. Amarme —dijo él suavemente.

—No, no puedo amarte. A ti no, no cuando sé que te voy a perder cuando regrese a mi vida. Es demasiado doloroso. Duele, duele mucho. Me duele amarte. —Ya estaba dicho. Era eso, ahora no sabía qué hacer. ¿Cómo podría dejarle y regresar a mi vida sabiendo que jamás volvería a verlo, a sentirlo, a besarlo? Cerré los ojos y deseé que nada de todo aquello hubiera sucedido.

Se acercó a mí en silencio y solo noté su presencia cuando me abrazó. Con una mano intentó quitarme la botella y yo me separé de él con rapidez. Estaba muy cerca de sufrir un ataque de nervios, o quizá ya lo estuviera sufriendo.

Lo comenzaba a ver todo doble o triple, ya me daba igual. Me reí amargamente, por fin había encontrado a un hombre de verdad al que amar, con el que ser feliz, y sabía que me iba a ser arrebatado en cuestión de días o semanas.

Pese a mis protestas me abrazó con fuerza, y yo respiré entrecortadamente en su pecho, rozándome con la tela áspera del kilt y sintiendo su olor a fresco, mojado y humo llenándome.

—Te amo —le dije.

—Lo sé —contestó él.

—Y eso me está matando.

Se tendió en la cama en silencio y me obligó a tenderme junto a él. Pensé que me iba a hacer el amor, yo lo deseaba, deseaba más que nada perderme en él una y otra vez para olvidar. Sin embargo, comenzó a cantar una balada, la misma que había cantado nuestra noche de bodas, susurrándomela al oído una y otra vez mientras me acariciaba el pelo, hasta que consiguió que me calmara y no sé cómo ni cuándo fue, pero me quedé profundamente dormida.

Desperté al amanecer, seguíamos vestidos, pero Sasuke en algún momento de la noche nos había tapado con una manta.

—¿Qué tal estás? —preguntó dándome la vuelta.

El techo se acercó peligrosamente a nuestras cabezas y la habitación giró como una noria.

—Mal —le contesté—, muy mal.

—No me extraña, te bebiste casi una botella entera de whisky tú solita. He visto a hombres bastante más grandes que tú hacer lo mismo y caer redondos al suelo —contestó de forma reprobatoria.

—Será que me estaré acostumbrando —dije algo enfadada.

Él bufó contra mi coronilla como toda respuesta.

—Y tú, ¿cómo estás? —pregunté cuando me recompuse lo suficiente como para volver a hablar.

—Orgulloso por haber conseguido que me amaras y decepcionado de que necesitaras emborracharte para confesármelo. ¿Tanto miedo te doy, mo anam?

—No. Yo soy la que me doy miedo.

—¿Me sigues amando ahora que estás sobria?

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque he visto a demasiada gente prometer y jurar cosas increíbles estando ebrias.

Abrí los ojos y enlacé su mirada con la mía.

—Te amo, Sasuke, como jamás he amado antes —susurré.

No sé lo que esperaba tras esa confesión, quizás un «te quiero», un «yo también», un «lo sabía», un... No obtuve nada de eso.

—Bien. Vayámonos entonces, quiero que conozcas a alguien —exclamó levantándose de un salto.

Yo gemí involuntariamente al sentir el bamboleo de la cama.

—Vamos, te ayudaré —dijo posicionándose a mi lado y levantándome con cuidado. Mojó un paño en agua fría y me lo pasó por el rostro pálido y de muerta que debía de tener. Eso mejoró bastante mi situación física, pero no lo hizo con mi tormenta interior.

Bajamos con cuidado la escalera. Yo lo tenía cogido del brazo como si fuera un salvavidas en el océano. Entramos en la cocina y el olor a arenques ahumados hizo que mi estómago protestara y tuve que ahogar una arcada.

—No puedo —dije saliendo corriendo de la habitación. Me dirigí al salón y esperé hasta que Sasuke vino a buscarme con un vaso de agua en las manos.

—Bebe —me dijo entrecerrando los ojos.

—¿Qué es? —pregunté.

—Solo agua, para tu desgracia —sonrió él.

Le hice una mueca y cogí el vaso bebiendo hasta la última gota.

Apenas terminé, me entregó una capa forrada en piel y salimos al frío de la mañana. No quise entrar en los establos, preferí quedarme a la intemperie, esperando que el viento y el frío despejaran mi dolor de cabeza.

Salió montado en su caballo frisón y me ayudó a subir.

—¿Adónde vamos? —pregunté arropándome más en la capa. Quería volver a la cama cuanto antes.

—Ya lo verás —fue su escueta respuesta.

Poco rato después llegamos a lo que parecía una pequeña agrupación de casas con un camino principal. Al fondo se veía una pequeña iglesia. Me puse tensa. ¿No será capaz? Pensé. Lo era, muy capaz.

Paramos frente a la iglesia, que parecía vacía, así como el resto de las casas, en las que se veía humo en las chimeneas, pero nadie en el exterior. No me extrañaba, con el frío que hacía, los únicos idiotas que estábamos fuera a esas horas éramos nosotros.

Desmontamos y ató el caballo a un pequeño árbol.

—Vamos —me instó cogiéndome la mano.

—No —contesté—, seguramente si traspaso esa puerta entre en combustión espontánea por todos mis pecados.

Él rio, pero me soltó la mano y se asomó al interior. Salió y se dirigió a lo que parecía la sacristía, que tenía también una puerta exterior. Allí se escuchaba algo de ruido.

Sasuke llamó a la puerta y una voz suave le dijo que pasara.

Si lo que pensaba encontrar era una sacristía al uso, lo que vi me sorprendió hasta tal punto que creí que era una alucinación. Frente a mí tenía a un sacerdote, bueno, el trasero de un sacerdote, inclinado sobre un alambique de whisky, resollando y mascullando palabrotas en gaélico.

—Shisui —dijo Sasuke.

El sacerdote se incorporó de un salto y se volvió hacia nosotros. Era joven, más o menos de la edad de mi marido, pero parecía mayor. Estaba bastante delgado y era considerablemente más bajo, con pelo negro y rizado, y unos chispeantes ojos negros que se iluminaron cuando lo reconoció.

Mo charaid —dijo abrazándolo—, ya sabía que habías vuelto. Estaba esperando que aparecieras. —Se volvió hacia mí.

—Y ella es... ¿Tu esposa? —preguntó dudando.

—Lo es. Sakura, te presento al padre Shisui. Un amigo y un hermano.

El sacerdote no me hizo una reverencia, ni me extendió la mano para que se la besara, sino que se acercó a mí y me propinó el mismo abrazo que a Sasuke. Tenía mucha fuerza para ser un hombre tan delgado.

—¡Loado sea el Señor!, que ha escuchado mis plegarias. —Sonrió a uno y a otro. Sasuke le devolvió la sonrisa y yo le bufé. Y él curiosamente no pareció sorprendido.

—¿Puedo hablar con libertad? —dijo acercándose a Sasuke y susurrando.

—Puedes.

—Bien, porque ya tengo preparado un pequeño cargamento del mejor licor de esta tierra, ya sabes, cuando tú me avises lo llevamos al lugar indicado. Si no fuera por estos malditos sassenachs y sus impuestos. Casi estoy dispuesto a denunciar yo mi propio alambique para que me den las cinco libras de rigor —expuso, y luego añadió mirando al cielo—: Perdón, Señor, pero es que ellos se lo buscan por su herejía.

Yo entrecerré los ojos y miré a Sasuke.

—¿También eres contrabandista? —pregunté. Sabía por Obito que los impuestos al whisky eran elevados y que la mayoría tenía alambiques clandestinos con los que se proveían. También me contó que como los ingleses no lograban controlar la producción de whisky, habían lanzado una proclama en la que, si se denunciaba un alambique ilegal, se recibía una recompensa de cinco libras, lo suficiente para poder comprarse otro. Obito me lo había comentado como una anécdota del carácter escocés y de su inteligencia para la supervivencia hasta en las condiciones más adversas.

—Lo soy. Pero solo para ayudar a mi clan, no en beneficio propio —se excusó Sasuke. ¡Joder! Pero ¿con quién me había casado? ¿Con Robin Hood?

—Y bien, ¿qué os trae a mi humilde morada? —nos interrumpió el sacerdote.

—Es mi esposa —dijo mirándome Sasuke.

—¿Quién? ¿Yo? —pregunté sorprendida.

—Sí, ha mostrado unas irremediables ganas de confesar sus pecados. —Sasuke me miró mostrando una sonrisa lobuna, yo le respondí con un codazo en las costillas. Fue inútil, era como golpear una pared de hormigón armado.

—Bien, bien. Me alegra que te hayas casado con una católica, ¿española, verdad? —preguntó.

—Sí —mascullé yo.

—Pasemos a la capilla, allí estaremos más cómodos. —Me cogió de un brazo y entramos a la iglesia por una puerta interior.

Atravesamos el pequeño altar y nos sentamos en el primer banco. La iglesia era pequeña y parecía de construcción reciente. Las paredes eran blancas y solo las antorchas habían oscurecido su color inicial. El altar era simplemente una mesa y una cruz de madera en la pared frontal.

El sacerdote sacó una Biblia ajada de uno de los bolsillos de su sotana y me instó a que pusiera mi mano en ella. Lo hice sin vacilar.

—Ave María Purísima.

—Sin pecado concebida —contesté mecánicamente. Por lo menos aquella parte no la había olvidado.

El sacerdote se volvió a Sasuke, que nos observaba apoyado contra la pared.

—Sasuke, quizá tu esposa se encuentre más cómoda si tú no estás presente —dijo con delicadeza.

—Shisui, no te preocupes por eso. Entre ella y yo no hay secretos —expuso él negándose a abandonar la iglesia. Yo lo miré furiosa, él se encogió de hombros divertido. El maldito escocés estaba disfrutando. Pues bien, a ver quién disfrutaba más.

—Dime, hija, ¿cuánto hace que no te confiesas? —preguntó el sacerdote.

—Verá, padre... —dije frotándome la barbilla haciendo como que pensaba.

Los dos me observaron y esperaron, y esperaron...

—Veintiún años exactamente —solté bruscamente con una sonrisa cándida en los labios.

A Dhia! —exclamó el sacerdote dejando caer al suelo la Biblia, que provocó un estallido en el silencio del sagrado lugar. Observé a Sasuke y lo vi poner los ojos en blanco.

—Sasuke, mo charaid, será mejor que busques algo que hacer, esto nos llevará un buen rato —dijo el sacerdote recuperando la compostura.

—Está bien, Shisui, intentaré arreglar el alambique entonces —dijo saliendo por la puerta de la sacristía.

El sacerdote se volvió a mí y me miró con curiosidad, pero no con reproche.

—Y dime, hija, ¿qué es lo que te ha tenido alejada de Dios todo ese tiempo?

—La vida.

—¿Has tenido una vida complicada?

—Podría decirse que sí —respondí. Si pensaba que se lo iba a poner fácil lo llevaba claro.

—Bueno, nos remontaremos al presente cercano, ya que los pecados de una niña Dios ya los habrá perdonado.

—Eso lo dudo.

—¿Por qué? ¿Has roto alguno de los diez mandamientos?

—Algunos. —Sonreí entre dientes, pero a mi pesar no lo estaba poniendo ni remotamente nervioso.

—¿Cuáles?

Pensé un momento, intentando recordar mis lecciones en un colegio de monjas.

—El primero, el segundo, el tercero, el quinto, el sexto, el octavo y el noveno. ¿Le parecen suficientes? —pregunté.

—Me parecen demasiados —contestó él.

—Bueno, es que he vivido mucho.

—Amarás a Dios sobre todas las cosas, no tomarás el nombre de Dios en vano, santificarás las fiestas, no matarás, no cometerás actos impuros, no levantarás falsos testimonios, no consentirás pensamientos ni deseos impuros...

—Exacto —contesté.

—Bueno, lo único que nos queda es robar. Veo que ese sí que lo has cumplido —dijo. En ese momento recordé que mi alma estaba ocupando un cuerpo que no era el suyo.

—No, me he equivocado. También añada ese a la lista.

—¿Puedes explicarte, hija?

—Sí, padre, con toda claridad —dije esbozando una sonrisa—. La última vez que me confesé fue antes de hacer la primera comunión, con nueve años, después no he vuelto a pisar una iglesia a no ser que fuera un funeral o cualquier otra celebración; maldigo a menudo, ya sea a Dios o a los santos; maté a un hombre que nos asaltó a Sasuke y a mí en el camino al castillo de los Otsutsuky; he tenido relaciones antes de casarme, no con Sasuke, ya que estuve casada antes; he mentido y bastante, créame, y desde luego antes y después de casarme con Sasuke he tenido y consentido muchos pensamientos y deseos impuros.

—¿Te arrepientes de alguno de tus pecados?

—Solo de haber matado a un hombre. Nadie debería arrebatar la vida a otro ser humano, excepto uno mismo.

—¿Uno mismo?

—Oh, padre, se me olvidó contarle que también intenté quitarme la vida no hace mucho tiempo.

—¿Y cómo fue eso?

—Pues desastroso, porque no lo conseguí, ¿no me ve? —Le sonreí haciendo una mueca.

—Sí, te veo, hija, veo a una mujer con una herida sangrante que ha ido creciendo con los años, hasta cegarla por completo.

—No es cierto, veo perfectamente —repuse algo molesta.

—No, hija, no ves porque tienes los ojos cerrados a Dios. Algo te ocurrió hace mucho tiempo que hizo que te volvieras contra Él, algo que truncó tu vida y te viste tan perdida que la única opción para sobrevivir fue odiar al que creías culpable de lo ocurrido.

Yo lo miré estupefacta. Había dado en el blanco de forma tan certera que sentí que lágrimas de dolor iban a brotar de mis ojos.

—¿Me equivoco? —preguntó.

—Mi madre murió cuando yo tenía trece años. La atropellaron. Estuvo agonizando dos días, y yo supliqué y recé y prometí a Dios mil cosas antes de que se llevara su vida, y sin embargo se la llevó. Pero no contento con eso, años más tarde me arrebató la vida de mi hija de entre mis brazos. No puedo perdonar, no quiero perdonar, porque no creo, dejé de creer cuando el primer puño de tierra cayó sobre el ataúd de mi madre.

—Hija mía, solo en el pasado encontramos las respuestas a nuestro presente.

—Se equivoca, padre. Porque yo no tengo ni pasado ni presente.

—¿A qué te refieres?

Dudé si decirlo o no, estaba bajo el secreto de confesión, aun así... Lo que me hizo decidirme fue que Sasuke confiaba en él, y yo confiaba en Sasuke.

—Porque yo nací en el año mil novecientos ochenta, y aunque mi alma está aquí, el cuerpo que ocupo pertenece a otra persona. De ahí que pecara también de robo.

Esperaba que se sorprendiera, que tirara la Biblia y saliera corriendo, pero no lo hizo.

—Hija mía, entonces, ¿es cierto? ¿Eso puede ocurrir?

—Sí, pero, padre, ya lo había visto antes, ¿no? —pregunté comprendiéndolo todo.

—Sí. Ahora lo puedo contar porque el hombre ya está en los cielos. Un condenado a la horca al que di la extremaunción hace unos años. Me confesó que él era otra persona encerrada en el cuerpo del hombre que iban a ahorcar. Me contó partes de su vida anterior y me previno de la desastrosa campaña escocesa que tendría lugar años después, como la llamó él. Yo no lo creí, pero me ofreció tantos datos que, a mi pesar y después de muchas noches en vela rezando, comprendí que ese hombre, al igual que tú, sois enviados de Dios.

—¿¡Qué!? Por ahí sí que no paso. Usted puede pensar lo que quiera, pero yo he vivido y he visto cosas que no las creería por mucho que se las explicase. No me considero enviada por nadie, sino por un simple accidente sin explicación.

—Hija mía —me cogió de las manos—, los designios de Dios son inescrutables, inciertos y a veces inexplicables. Solo sé que has conseguido curar el dolor de Sasuke, que eres una mujer sincera y que te arrepientes de lo que crees que es un pecado, por lo que, aunque no sigas los preceptos que la Iglesia de Roma ha promulgado, eres noble y de buen corazón. Y Dios únicamente nos pide eso. No nos pide que nos flagelemos, solo nos pide que seamos buenas personas y leales con nosotros mismos, porque solo así podremos serlo con los que nos rodean.

Y así, en silencio, con las manos de un extraño sujetando las mías, en un lugar sagrado, comencé a llorar quedamente, y con cada lágrima iba desprendiéndose de mí toda la furia, el dolor y la amargura que había acumulado durante años creando una capa de indiferencia tan común en mi carácter que acabó siendo parte de mí.

Le conté todo, desde el principio. Le advertí de los peligros de la guerra y le pedí que, si él pudiera hacer algo, lo hiciera, y también le hice la pregunta más importante:

—Padre, aquel hombre, ¿le dijo cómo volver?

—No, no lo hizo. Pero ¿por qué deseas volver a un mundo en el que casi pierdes lo que vale la pena de la vida cuando aquí lo tienes todo? —La pregunta me dejó sin respiración.

—Porque..., porque..., tengo que hacerlo, mi hermana, mi padre...

—Hija mía, ¿y tu esposo y tu clan y la familia de Sasuke no son ahora tu familia?

No supe qué responder. No quería responder. Simplemente seguí llorando.

Al poco rato salimos a buscar a Sasuke. Seguía en la sacristía-alambique ilegal, agachado y manipulando unos tornillos. No se volvió cuando entramos.

—Ya está —dijo volviéndose con una sonrisa triunfal. Tenía la cara tiznada y la camisa otrora blanca estaba cubierta por hollín. Sus ojos refulgían más que nunca en contraste con su rostro ennegrecido.

—¿Lo has conseguido? —preguntó el sacerdote.

—Sí, aunque hay que tener cuidado con esta parte —señaló un extremo—, el cobre está dañado y puede ser peligroso.

—Lo tendré en cuenta y procuraré no saltar por los aires a reunirme con el Hacedor antes de hora —rio el sacerdote.

Sasuke se levantó y se secó las manos en un paño igual de sucio que todo él. Yo se lo quité e intenté que por lo menos su cara luciera limpia. Solo conseguí emborronarlo más, así que lo dejé. Él, mientras tanto, se dejaba hacer, nos observaba a uno y a otro buscando información. Mi rostro era serio, tenía los ojos enrojecidos y se veían restos de lágrimas. El del sacerdote era impertérrito.

Como vio que no iba a sacar nada, nos despedimos y montamos en el caballo en dirección a su casa, a nuestra casa.

—¿Qué tal ha ido? —preguntó cuando estábamos lo suficientemente lejos de la iglesia.

—Sasuke —resoplé bruscamente—. Primero, no sé cómo te has atrevido a hacerme esto. Lo segundo, del amor al odio hay un paso y yo hoy ya he dado por lo menos tres. Así que por tu bien abstente de comentar nada.

—Está bien —concedió sonriendo—, sabía que te iba a ayudar.

—El sacerdote no me ha ayudado a nada —contesté sintiéndome completamente vacía.

—No me refería a él —dijo brevemente apretando su mano en mi cintura.

Yo no le contesté, me limité a espirar fuertemente haciéndole notar mi enfado.

Cuando llegamos a la casa me dirigí directamente al dormitorio, sin apenas hablar con nadie, me quité el vestido y me metí en la cama.

—¿Qué haces? —preguntó él, extrañado.

—Dormir, o por lo menos lo voy a intentar. Ahora solo quiero estar sola.

Mi tono brusco y enfadado lo hizo retroceder, pero se paró junto a la puertadudando si salir o no. Yo me volví dándole la espalda. Él abrió la puerta y la cerró tras él con un portazo. ¡Bien!, si estaba enfadado, yo todavía más.

Desperté cuando era noche cerrada, extendí un brazo buscando a Sasuke, pero la cama estaba vacía. Sentí dolor y más enfado si era posible. ¡Será cobarde! Abrí los ojos y estos se fueron aclimatando a la oscuridad despacio; entonces lo vi, sentado frente a mí en una silla. Estaba despierto y me miraba con intensidad.

—¿Qué estás haciendo ahí? —le pregunté.

—Esta mañana me has dejado claro que te molestaba mi presencia, así que no estaba muy seguro de ser bien recibido en la cama —respondió quedamente.

—Hummm —medité un momento.

—Te he traído caldo caliente, por si tienes hambre. Has dormido todo el día y no has comido nada desde ayer.

—Gracias —dije con tono helado. Me incorporé y cogí la taza, parecía algún tipo de caldo de carne y mi estómago vacío agradeció el calor y la comida.

—Todavía no me has contestado —preguntó Sasuke.

—¿A qué pregunta? —respondí yo mirándolo fijamente.

—¿Me recibirás en tu cama? —dijo con tono suave y contenido.

—¿Tú qué crees? —le respondí yo abriendo el cobertor. Se acercó a mí y me quitó el camisón con suavidad. Me tumbó en la enorme cama completamente desnuda. Por un momento me sentí indefensa y a la vez completamente expectante. Lo miré desnudarse con calma. Soltó el broche de plata como un descuido y dejó caer el paño a cuadros a lo largo de sus brazos. Se agachó y lentamente se desabrochó los nudos de las botas de cuero, se las quitó junto con las medias de lana. Se irguió y se sacó la camisa de lino por la cabeza con un solo movimiento de sus brazos, marcando todos los músculos de su torso, creando un juego de luces y sombras en la habitación solo iluminada por la calidez de la turba que ardía en la chimenea. Me miró con gesto serio, a la vez que sus ojos brillaban divertidos. Con una media sonrisa soltó el cinturón que sostenía el pesado kilt sobre sus caderas torneadas. Suspiré entrecortadamente. No había imaginado que verle desnudarse podía ser tan erótico. Ya completamente desnudo se irguió ante mí, su piel suave y luminosa atrapaba con cada pequeño movimiento cada reflejo del fuego. Antepasados vikingos altos, fuertes y demasiado viriles rezumaban en cada poro de su esbelto cuerpo. Debí tener miedo, pero estaba deseando que me tocara. Él se quedó quieto un momento, observando la ansiedad en mi mirada. No pude soportarlo más.

—Ven —le dije alargando un brazo.

A Dhia!, mo anam, ¿cómo puedes haber pasado todo el día en la cama y estar helada? —preguntó sintiendo mis piernas entrelazarse con las suyas.

—Y tú, ¿cómo puedes haber pasado todo el día fuera y parecer una tea ardiendo? —contesté apretándome más a él.

Levantó mi rostro con una mano y me besó.

—Me imagino que si soy bien recibido en la cama también lo seré en tu cuerpo —preguntó brillándole los ojos.

—Hummm. Verás, Sasuke, creo que esta vez eres tú el que te mereces el castigo.

Se levantó acomodándose sobre un codo y me miró.

—¿No pensarás atarme?

—Solo si es necesario.

—No podrás conmigo.

—Sí podré —afirmé seriamente.

Me volví y me levanté hasta ponerme sobre él. Le sorprendí de tal forma que se quedó tendido sobre la cama. Le cogí las manos y se las puse sobre la cabeza.

—Quieto —siseé—, o el castigo será peor.

Él se mantuvo en silencio, intrigado por mi actitud.

Yo bajé la cabeza y le besé la comisura de los labios una y otra vez, mientras él intentaba volverse para atrapar mi boca.

—No, no. Quieto —susurré.

Obtuve un gruñido por respuesta.

Recreándome en su cuerpo bajé lamiéndole el cuello salado hasta sus pezones, que circundé varias veces sin llegar a besarlos, cuando noté que se estaba poniendo nervioso atrapé uno con los dientes. Él se quedó totalmente quieto. Lo solté.

—Ves, yo también puedo domarte, terco escocés.

Siseó algo en gaélico que no entendí. Lo miré y él me devolvió la mirada, y sonriéndole maquiavélicamente, me incliné y arrastré mi lengua por su estómago plano hasta llegar al ombligo, y soplé suavemente. Él se arqueó y yo lo obligué a tumbarse, ante sus protestas.

Seguí bajando y cogí con una de mis manos su pene, lo acaricié con ternura primero y después con fuerza admirando cómo crecía entre mis manos.

—¡Por los clavos de Cristo crucificado! —exclamó bruscamente.

—Chsss, chico malo —lo reprendí—, tendrás que ir a confesarte.

—Haría el camino a Jerusalén de rodillas si fuera necesario, mo anam —dijo con voz ronca.

Yo me reí resoplando en su pelo.

Cuando vi que estaba a punto de cogerme por los hombros y darme la vuelta, atrapé con mis dientes su miembro y él se quedó paralizado otra vez. Observé sus manos tendidas a los lados de su cuerpo agarrando y soltando la sábana con desesperación. Sonreí entre dientes y chupé y succioné con fuerza. Noté sus manos en mi cabeza, guiándome sin presión y succioné más fuerte. Él se arqueó con fuerza y luego se paralizó. Lo miré con ojos divertidos y pude ver la furia en sus ojos mezclada con el deseo. Apartó sus manos de mi cabeza y se rindió. Y por fin recibió su castigo, y yo mi redención. Cuando estaba a punto de perderse me cogió con ambas manos y me izó sobre su erección, llenándome entera. Me levantó y bajó varias veces, pero solo cuando yo me arqueé con fuerza y grité su nombre una, dos, tres veces, él se dejó llevar y juntos nos perdimos el uno en el otro.

Me dejé caer totalmente agotada junto a él. Sasuke se volvió y me abrazó.

—Me estás matando —susurró a mi oído.

—Sería una dulce muerte, ¿no crees?

—La mejor, sin duda —sonrió entre dientes.

Al poco rato volvió a hablar.

—Tu marido, ¿te daba placer? —preguntó titubeando.

Yo no quería pensar en Shikamaru. Lo tenía aparcado en un oscuro rincón de mi mente. No obstante, muchas veces aparecía en algún gesto, en alguna caricia de Sasuke. Sin embargo, eran completamente diferentes el uno del otro. Shikamaru era un amante considerado y gentil, suave y conciso. Sasuke era la pasión en estado puro, fuerte y varonil, tomaba y cogía lo que deseaba sin descuidar en ningún momento mi cuerpo, su fuerza bruta y su intensidad hacían que yo sintiera que me desmembraba con cada acometida, haciendo que me entregara con la misma pasión que él demostraba. Y eso era algo que jamás me había ocurrido con Shikamaru.

—Sí, lo hacía, como me imagino que yo a él —respondí de forma sincera.

Mo anam, quisiera matarlo por lo que te hizo, pero a la vez le estoy profundamente agradecido por que te dejara libre para mí —susurró.

Yo reí, en realidad era la primera vez que reía acordándome de su forma de abandonarme.

—¿Sabes, Sasuke?, yo también me alegro mucho. —Me volví y lo besé.

—¿Todavía quieres volver? —preguntó cogiendo mi rostro en sus manos y mirándome directamente a los ojos con una mirada que traspasó mi alma.

—No lo sé —contesté, bajando mi mirada intimidada ante la suya—, ¿por qué lo preguntas?

—Porque la anciana ha regresado.

Yo me sobresalté.

—¿Tan pronto? —pregunté. Había pensado que tendría por lo menos unos días más para decidir lo que quería hacer.

—Sí. ¿Quieres que te lleve junto a ella? —preguntó con un tono impersonal.

Lo pensé un momento.

—Sí, lo quiero. No sé si podré regresar o no, pero necesito respuestas, necesito saber cómo poder volver —expliqué.

—Bien, mo anam. Ahora duerme, que mañana será un día largo. —Y diciendo eso me volvió hasta acomodarme en su pecho.

Pero ni él ni yo pudimos dormir mucho aquella noche.