17

¿Y ahora qué voy a hacer?

Partimos al amanecer. No llovía, pero el cielo era tan gris que en ocasiones parecía de noche. Hicimos el camino en silencio envueltos en la bruma escocesa y en el frío invernal. Todo estaba dicho. Notaba su brazo fuerte sujetándome la cintura y escuchaba el latir de su corazón, pero ni él ni yo pronunciamos una sola palabra hasta que llegamos al lugar.

Bajamos del caballo y con paso titubeante yo, más firme él, nos dirigimos a la cabaña bajo el abrigo de un árbol. La anciana nos abrió la puerta antes de que nos diera tiempo a llamar.

—Os estaba esperando —fue lo único que dijo, y abrió más la puerta para que pudiéramos pasar al interior.

Cuando entré tuve el impulso de taparme la nariz, y como supervivencia comencé a respirar únicamente por la boca. Cientos de plantas colgaban de las vigas del techo secándose y un caldero hervía al fuego desprendiendo un olor nauseabundo. La cabaña en general era pobre, hasta el suelo era de tierra prensada, y estaba bastante sucia.

Sujeté la mano de Sasuke con desesperación, él me la apretó poniendo su otra mano sobre la mía.

—¡Siéntate! —me ordenó señalándome el único banco de toda la estancia.

Lo hice, y Sasuke se apostó a mi lado de pie, con su mano apoyada sobre mi hombro.

—¡Tú! —le dijo a Sasuke —, ¡espera fuera, aquí no hay nada para ti!

—No la dejaré sola contigo —fue su tranquila respuesta.

—Oh, no le haré daño, si es eso lo que te preocupa, porque el daño ya está hecho, ¿no es cierto? —preguntó mirándome a mí.

Yo, desconcertada, no supe qué contestar. Pero viendo que la mujer no iba a decir nada si Sasuke seguía allí, le pedí que me esperara fuera.

Ella rio de forma brusca y cascada.

—¿Esperar? ¿Y cuánto podrás esperar, escocés? ¿Una vida? ¿Una eternidad?

—Lo que sea necesario —repuso Sasuke con la mano en el espadón que colgaba de su cinturón.

Notando su crispación, le volví a susurrar que saliera, que yo estaría bien. Bueno, al menos eso esperaba. Sasuke salió en silencio y cuando la puerta estuvo cerrada la anciana me entregó una taza de madera llena del líquido que hervía al fuego.

—¡Bebe! —ordenó.

Olí el líquido y negué con la cabeza.

—Bebe, porque lo vas a necesitar.

—¿Por qué?

—Porque has venido a saber y puede que no te guste demasiado lo que veas.

—¿Es algún tipo de droga? —inquirí.

—Solo son unas hierbas —repuso ella. «¡Sí, claro!, como la mayoría de las drogas», mascullé silenciosamente.

Bebí tapándome la nariz y a pequeños sorbos que escocían en la garganta. No pude identificar ningún sabor en especial, pero al poco noté cómo la habitación se difuminaba y todo se volvía de alguna forma más irreal. ¿Opio tal vez? ¿Algún alucinógeno? Me inclinaba más por la segunda opción.

—Dime, Sakura, o debería llamarte por otro nombre —susurró con su agrio aliento frente a mí.

—Soy Sakura —contesté sintiendo turbia mi mente.

—Sí, ahora lo eres, ¿pero cuánto tiempo más? ¿La ves? ¿Aparece en tus sueños? —Sabía a quién se refería.

—Sí, lo hace. ¿Qué soy?

—Una ladrona de cuerpos.

Yo me erguí y un escalofrío subió por mi espina dorsal hasta rodear mi cuello estrangulándome.

—¿Por qué yo?

—Porque se ha roto el hilo de las Parcas.

—¿Las Hilanderas del Destino?

—Sí, Nona, Décima y Morta, que para cada mortal regulan el destino desde su nacimiento hasta su muerte. La primera hilaba, la segunda enrollaba y la tercera cortaba el hilo. Y tú has hecho algo en tu vida anterior que ha propiciado que el hilo se rasgue y esté a punto de romperse, por eso tu alma ha huido y se ha refugiado en el cuerpo de otra mujer. ¿Qué hiciste?

—Me intenté matar —contesté con un hilo de voz.

—Tú eres la fuerte, entonces, tú eres la que ha usurpado el cuerpo, y su cuerpo solo está dando cobijo al alma expulsada.

—¿Pero, cómo he podido hacer eso?

—Cierra los ojos y piensa, recuerda qué ocurrió en realidad.

—Ya lo he intentado y no lo consigo.

Ella miró lo que había bebido y repitió.

—Concéntrate y recuerda.

Hice lo que ordenaba. Cerré los ojos y recordé cómo me había quedado dormida con el sonido de la televisión de fondo, cómo mi cuerpo se iba paralizando, cómo un frío aterrador me atenazaba desde dentro y cómo iba cayendo en la oscuridad más profunda. Quise agarrarme a algo, estaba cayendo y no tenía dónde asirme. Un terror profundo me inundó y grité y grité sin pronunciar una sola palabra, y entonces las vi, cientos de luces alrededor, algunas más brillantes que otras, que me circundaban. Y dejé de caer. Flotaba observándolas con curiosidad. «¿Quiénes sois?» «Somos las almas», contestó una voz de la nada. «¿Mamá?» Pregunté con dolor. «No está aquí», volvieron a contestar. «¿Hija mía?» Aullé sin pronunciar una palabra. Una pequeña luz se aproximó a mi lado rozándome y dándome por un instante una sensación de plena paz. Quise seguirla, pero varias luces me impidieron el paso. «Ella es nuestra ahora.» «No, es mía», grité sin gritar. Quise luchar, pero mi cuerpo no era ya mi cuerpo, me había convertido en otra luz, pero de un color azulado y no amarillo brillante como las demás. «Vete ya, te están esperando.» «¿Quiénes?» «Los que te aman.» «¿Dónde?» «Donde el destino te lleve.»

Desperté al sentir unos golpes en la puerta y la voz de Sasuke llamándome.

—¡Sakura! ¡Sakura!

La puerta estaba atrancada y la anciana, de pie en el centro de la estancia, miraba la puerta con expresión ausente.

—Estoy bien —grité, pero en realidad fue un susurro.

No obstante, él parece que lo escuchó y los golpes cesaron.

—¿Cuándo naciste? —preguntó la voz cascada de la anciana haciendo que diera un respingo.

—En mil novecientos ochenta —respondí cautamente. Ella rio.

—Esa fue la última vez que has nacido, pero ha habido otras anteriormente, muchas a lo largo de los siglos, la misma alma en diferentes cuerpos, diferentes almas en un mismo cuerpo. Al nacer ya se rasgó el hilo y siempre fue así. Tú quizá no quieras recordarlo. —Observó mi rostro—. Oh, sí, lo recuerdas, recuerdas cosas que no pudiste o no quisiste entender y las olvidaste.

Era cierto, después de lo que me contó Sasuke sobre la aparición de esa niña en el bosque, todo tenía sentido y no lo tenía. Siempre había sentido la sensación de que había cosas que me eran familiares, la famosa sensación d e déjà vu, tan familiar y en mí tan intensa, como cuando estuve en Culloden, como cuando traspasé el burdel reconvertido en sala de fiestas. Nunca le di demasiada importancia, porque tampoco era más que sensaciones sin explicación, no había recuerdos tangibles, no había nada más que un sentimiento de reconocimiento.

—Tú eres una de nosotras —dije.

—Lo soy, y por eso sé que estás perdida. Nací en mil novecientos setenta y tres, y llegué aquí con quince años, en el año mil seiscientos noventa. Al principio intenté luchar por volver, pero me enamoré y me casé. Tuve tres hijos y mi castigo fue que todos murieron dejándome sola y en un cuerpo que nunca fue mío. Por eso sé que tú estás perdida, que solo hay muerte a nuestro alrededor, que estamos malditas. —Su tono era enloquecido y por primera vez tuve miedo de estar allí.

—¿Qué tengo que hacer para volver?

—Yo no lo llegué a averiguar nunca, solo tuve una oportunidad, una en la que estuve frente a la muerte y luché por quedarme con el hombre que amaba y mis hijos. Vencí, y el alma de la otra mujer se perdió en el infinito. Pero ella se vengó años después arrebatándome la única cosa que me importaba. La gente piensa que estoy loca, pero estoy más cuerda que todos ellos, porque sé lo que va a ocurrir, porque veo cosas que ellos no ven, porque sé cosas que ellos desconocen.

Yo tenía la garganta seca y la cabeza me dolía por el esfuerzo de recordar.

—Por eso solo te puedo dar un consejo. Intenta volver lo antes posible para que no causes más daño. He visto a tu hombre y sé lo que hay entre vosotros, pero tú, al igual que yo, lo acabarás perdiendo todo por egoísmo, porque tu vida no es esta, tu alma reclama el regreso a tu cuerpo y el cuerpo que ocupas reclama que su alma regrese. Si no lo haces, pasarás toda una eternidad lamentándolo, porque lo perderás todo, todo lo que fuiste, todo lo que eres, todo lo que serás —sentenció roncamente.

Me levanté de un salto. No quería escuchar más. Cuando me dirigí a la puerta, ella me sujetó del brazo y me susurró algo más al oído. Asentí y salí de la choza corriendo y tropezándome en el suelo mojado. Busqué a Sasuke con la mirada, lo vi apoyado en las rocas llamadas «la choza de la bruja». Corrí hacia él. Él levantó la mirada mirándome con un gesto de dolor, me recibió en sus brazos y ambos nos sujetamos el uno en el otro.

Permanecimos un rato así balanceándonos como si tuviéramos miedo de soltarnos. Por fin levanté la mirada y busqué sus ojos. Estaban enrojecidos. ¿Había estado llorando? ¿Sasuke llorando?

—Sasuke —dije con voz entrecortada.

Mo anam, estás conmigo —contestó y me abrazó con fuerza.

Yo me separé apenas para poder respirar.

—Sí, estoy contigo.

—Creí que te había perdido, perdido definitivamente. Durante todo el camino luché contra mi voluntad. No quería traerte, pero sabía que debía hacerlo, tenía que darte la oportunidad de saber quién eres... —Su voz se perdió en un suspiro entrecortado.

—Sasuke, ¿por qué no me lo dijiste? —pregunté con lágrimas en los ojos.

Jamás me había hablado de amor. Yo le había dicho que lo amaba y él nunca me había contestado que él también a mí.

—¿Qué querías que te dijera? —Me miró traspasándome con sus ojos negros.

—Lo que sientes por mí —repuse suavemente.

—¿Es que no lo he demostrado desde el principio? Sakura, solo tienes que mirarme a los ojos y verás todo el amor que siento por ti. Pero no podía decirlo, porque con eso te sentirías más culpable de dejarme y no podía permitirlo. No puedo ser el responsable de separarte de tu familia, de la gente que amas. Eso solo conseguiría que me odiaras con el tiempo, que me reprocharas que te obligara a permanecer conmigo. Sí te lo susurraba en la lengua que no conoces, a ghràidh, mi amor, mo breatha, mi aliento. Tha gaol agam ort, te quiero. —Su voz tenía un dolor implícito que traspasó mi corazón.

—No, no lo sabía, creí que tú, tú tenías tus motivos... Y yo..., yo... —Me silenció con un dedo sobre mis labios.

Sacó un pañuelo de su sporran y me lo entregó. Yo me quedé mirándolo reconociendo el pañuelo que me entregó en Edimburgo, bordado con sus iniciales.

—¿Todavía lo tienes? —pregunté.

—Siempre lo he llevado conmigo, porque siempre te he querido. En él guardo tus lágrimas y tu dolor y los hago míos cada vez que lo tengo entre mis manos —contestó.

—Te amo, Sasuke —le susurré apoyándome sobre su pecho. Yo no tenía dulces palabras susurradas en el idioma de sus antepasados, pero esas tres simples palabras mostraban todo lo que sentía por él, porque él lo era todo para mí.

—Un hombre sabio me dijo hace mucho tiempo qué razones debía tener para casarme con la mujer adecuada —explicó.

Lo miré entrecerrando los ojos. Y él sonrió mostrando un hoyuelo en su mejilla.

—Me dijo que había cuatro razones, la primera es que mis ojos no pudiesen apartarse de los de aquella. Eso me ocurrió la noche que te conocí en la sala de juegos. La segunda fue que sintiera la irremediable sensación de protegerte. Eso fue lo que sentí cuando vi lo que te hacía madame La Marche. La tercera razón fue que siempre quisiera secar tus lágrimas, lo que sucedió un poco más tarde después de presenciar la ejecución en Grassmarket, y la cuarta es que fuera merecedor de tener su corazón en mis manos y ella el mío en las suyas, lo que sucedió cuando ambos nos salvamos en el camino al castillo.

Yo lo abracé llorando de amor, de felicidad y de pena apenas contenida.

Mo anam, te amé de niño cuando te llevaste mi miedo y te amo de hombre para cuidarte y protegerte durante toda mi vida. Y, Dios mediante, será eso lo que haga hasta el fin de mis días —prometió con voz firme.

Todavía abrazados montamos en el caballo y emprendimos camino de regreso a nuestro hogar. Cuando bajamos la pequeña colina, miré hacia atrás y vi la silueta de la anciana envuelta en la niebla como un recordatorio de lo que yo era, de lo que yo había sido, de lo que sería. Me apreté más a Sasuke y pronto su amor y su consuelo llenaron el vacío.

Llegamos a casa bien entrada la noche. En silencio nos dirigimos a la habitación y una vez que cerramos la puerta ambos nos volvimos y, sin mentiras, sin verdades ocultas, con nuestros corazones desnudos, nos entregamos el uno al otro como si fuera la primera vez que nuestros cuerpos se encontraban y se reconocían. Me amó, lo amé y los dos nos perdimos en la locura y en la pasión.

Rato después le conté lo sucedido en la cabaña, mientras él escuchaba con atención y en silencio. Finalmente se quedó dormido abrazándome.

Antes de que amaneciera me levanté. Sasuke seguía dormido. En silencio me arropé en una manta y salí al pasillo. Me dirigí a una pequeña ventana con un alféizar en piedra en el que cabía sentada con las rodillas apretadas contra mi cuerpo. Y solo entonces, cuando estuve sola mirando la luna llena, permití que las lágrimas se deslizaran de mis ojos. No hubo gemidos, ni sollozos, únicamente lágrimas ardientes brotando sin cesar arrasando mi rostro a su paso. Y solo entonces me permití recordar la última advertencia de la anciana: «Si vuelves no recordarás nada, todo lo que has vivido aquí desaparecerá de tu mente, porque esos recuerdos pertenecen a otra persona.» Eso me aterraba. Me aterraba el volver y mucho más el no recordar a Sasuke. Desde luego estaría agradecida de olvidar muchas cosas, pero él, a él no podría olvidarlo, porque él formaba parte de todo lo vivido en esas semanas. Me negaba a regresar a un lugar en el que él ya no estuviera, en el que no recordara sus caricias, su mirada, su voz, su risa, su amor... Y seguí llorando, sabiendo que algún día llegaría el momento de la separación y del olvido.

Sentí su presencia sin verlo, me hizo volverme y se puso entre mis piernas. Estaba completamente desnudo y la luz de la luna destellaba en su piel como la plata.

—¿Qué es lo que no me has contado? —preguntó en un susurro.

Yo lo miré en silencio, intentando memorizar su hermoso rostro y negándome a que olvidarlo fuera una certeza.

—Dímelo, mo anam, tengo derecho a saberlo —instó él.

—Te olvidaré, Sasuke —dije finalmente con todo el dolor que podía mostrar mi voz.

—¿Cómo? —preguntó sin entender.

—Si regreso, no recordaré nada de lo que he vivido aquí, no te recordaré a ti, no recordaré tu amor, nuestro amor. Te perderé definitivamente. Siempre creí que por lo menos podría mantenerte en mis recuerdos, pero ni eso se me permite. Si vuelvo, no quedará nada tras de mí. —Sollocé contra su pecho.

Mo anam, solo puedo dar gracias al cielo por ello. Saber que no estarás a mi lado ya será demasiado doloroso, el único consuelo que puedes ofrecerme es tener la seguridad de que tú no sentirás ese dolor, que serás libre de comenzar una nueva vida, que yo no seré un lastre para ti —susurró con voz ronca.

—¿Cómo puedes decir eso? Me moriré si ni siquiera te recuerdo.

—No, al contrario, Sakura, serás libre para vivir al fin.

—Pero tú... —repuse.

—Yo jamás te olvidaré, siempre serás mi esposa, mi corazón, mi amor, mi aliento, y viva los años que viva te amaré con la misma intensidad que lo hago ahora. Tendré el consuelo de que tú no sentirás mi agonía y podré imaginar que encontrarás la felicidad entre las personas que te esperan. —Su tono mostraba todo el dolor que sentía, aun así, me mostraba su fuerza dándome el consuelo que yo ansiaba.

—No podré...

—Sí lo harás, mo anam —dijo levantando mi barbilla para que le mirara directamente a los ojos, unos ojos brillantes, negros, los ojos más hermosos que había contemplado nunca y nunca volvería a contemplar—, porque si alguna vez mi rostro aparece en tus recuerdos, si algo remueve tu corazón, solo tienes que levantar la vista y buscarme en el cielo, porque allí será donde estaré esperando a que tú regreses a mi lado.

Me cogió en brazos y me llevó hasta la cama donde nos amamos largo tiempo, recorriendo con lentitud cada centímetro de nuestros cuerpos intentando memorizar cada lugar, cada recoveco, cada gesto, hasta que agotados nos dormimos cuando las primeras luces del alba entraron por la ventana.

Nos levantamos a media mañana, descansados pero preocupados, la amenaza de la anciana estaba implícita entre nosotros como una sombra oscura.

—No quiero volver —le dije antes de bajar a la cocina.

—Lo sé, mo anam, pero quizá no tengas opción. La vida aquí es peligrosa, cualquier cosa, accidente, caída, puede ponerte al borde de la muerte y obligarte a regresar —dijo con seriedad.

—Sí, pero lucharé contra ella; soy fuerte y me quedaré —afirmé con una seguridad que no sentía.

—Eso lo sé —contestó—, pero ¿de verdad te merece la pena, mo anam? Es peligroso estar aquí, tendremos que irnos pronto. Además está la amenaza del Levantamiento, que según mis informadores y lo que me dijiste, ocurrirá este año que va a comenzar.

—Me quedaré contigo, Sasuke, no hay más que hablar. Y respecto al Levantamiento, ya te dije que había estado en el campo de batalla y había visto las tumbas de los clanes y recuerdo con toda claridad que no había ninguna con el nombre Uchiha.

Un sonido gutural típicamente escocés brotó de su garganta.

—¿Qué sucede? —pregunté.

—Nosotros somos un clan pequeño, lucharemos bajo el mando de uno mayor, el clan de los Otsutsuky. ¿Había alguna tumba con su nombre? —preguntó directamente.

Paseé la mirada recordando cada trozo de piedra clavada en la tierra y leí como si la tuviera delante de mí: Otsutsuky de Appin.

—Sí, la había —contesté con tristeza.

A Dhia! —Se pasó las manos por el pelo y comenzó a pasear por la habitación.

—Sasuke, puedes elegir, no tienes por qué luchar. Sé que no crees que la guerra llegue a triunfar, lo sé por lo que has hecho y dicho hasta ahora —protesté quedamente.

Mo anam, si llega la Cruz Ardiente a buscarme, tendré que acudir a su llamada con mis hombres. A veces no hay otra elección. Puede que no luche por el príncipe, pero lucharé por la libertad de Escocia. Soy un hombre de honor y leal a mis principios. No podría actuar como un cobarde —exclamó.

—Nadie podría pensar que eres un hombre cobarde si no acudes a la llamada del pretendiente, sino más bien prudente. Tienes poco que ganar y mucho que perder —exploté enfadada, y de repente me di cuenta de una cosa—. Lo has estado intentando evitar, ¿no es así?, trabajando como espía, mezclándote con los ingleses, en la corte francesa...

—Sí, pero poco se puede hacer cuando todo está escrito. De todas formas, tenemos todavía un poco de tiempo para ver cómo se desarrollan los acontecimientos. Si estás a mi lado también serás de ayuda, ya que conoces los pasos de los dos ejércitos. Quizá consigamos que algo cambie —suspiró frustrado.

—Sasuke —le insté a que me mirara—, no creo que pueda ser de mucha ayuda, solo conozco la historia del Levantamiento que me contaron, no sé nada de ejércitos ni de luchas, más que los nombres de las batallas y quiénes perdieron y ganaron cada una.

—Bueno, mo anam —expuso—, por lo menos tenemos esa ventaja sobre los ingleses. Que en principio no es poco.

Yo lo dudada. Quién no nos decía que hubiera más gente como yo, pero en el lado inglés. Nadie podría saberlo, no se nos identificaba precisamente por llevar una señal de neón en la cabeza. Pero de una cosa estaba completamente segura, jamás lo abandonaría.

Después de desayunar en el salón, llegó el correo. Sasuke recogió un pequeño paquete atado con una cuerda destinado a él. Subió a la habitación a leerlo con tranquilidad, yo lo seguí con un libro de aventuras que había encontrado en el salón. Fuera llovía con intensidad y hasta la animada casa parecía que se hubiera calmado. Los habitantes se recluían en sus habitaciones o en el salón calentándose al fuego de las chimeneas.

Me senté en uno de los sillones y comencé a leer con la mente distraída. Sasuke se sentó en una silla frente a su escritorio y abrió y leyó cuidadosamente cada carta.

Yo lo miraba de vez en cuando y noté su cansancio, varias veces se había pasado la mano por el cuello con fastidio.

Me levanté y, acariciándole un tirabuzón negro que le nacía de la nuca, lo que hizo que él se volviera y me sonriera, empecé a masajearle los músculos tensos del cuello.

Él gimió y se echó para atrás. Yo froté con más fuerza.

—¿Te gusta? —pregunté.

—Sí.

—A Shikamaru también le gustaba mucho —contesté sin pensar. Al momento me di cuenta de mi error. Los músculos de Sasuke se tensaron involuntariamente.

—Sakura —dijo atrayéndome hacia él y sentándome en sus piernas—, no tienes que avergonzarte de recordarlo, pasaste muchos años con él y es normal. ¿Se parecía a mí?

—No —contesté más relajada—, se parecía mucho a Shikamaru...

—¿Shikamaru el guardia de la puerta norte, Shikamaru el caballerizo, Shikamaru el Galés, Shikamaru el...

No lo dejé terminar.

—Shikamaru Nara el preceptor de tus sobrinos —contesté sin saber quiénes eran esos hombres.

—¿Ese mequetrefe? —me miró sorprendido.

—Sí —le sonreí yo.

Agitó la cabeza, lo que hizo que su pelo volara descontrolado.

—Es muy poco hombre para ti —dijo bruscamente.

—Eso decía mi hermana —reí yo.

—¡Hummm! Tu hermana es una gran mujer, me habría gustado conocerla.

—A mí también, Sasuke—dije abrazándolo.

Recordarla era doloroso. Sin querer caer en la tristeza, me volví mirando los papeles sobre la mesa.

—¿Qué estás haciendo? —inquirí con algo más de fuerza en la voz.

—Estoy intentando descifrar esta carta, pero no lo consigo —repuso.

—¿Me dejas intentarlo?

Abrió los ojos extrañado.

—Se me dan bastante bien los acertijos —contesté algo ofendida.

—Toda tuya. —Me la entregó mientras él cogía otras misivas.

Yo me levanté y la leí con cuidado. Parecía una simple carta de una mujer francesa informando sobre cotilleos de la corte y aspectos domésticos de una casa. Pero había algo en ella que me llamó la atención. La forma de la letra a no terminaba en un trazo recto, sino que se giraba como creando un lazo enredado en la propia letra. Yo había visto eso antes. ¿Pero dónde? Leí con más atención y las letras se despegaron del papiro volando y girando sobre sí mismas. Uno, dos, dos más tres. Primera vocal, primera consonante, segunda vocal con primera consonante... Fui probando varias combinaciones sin encontrar la adecuada. Era complicado, pero cada vez estaba más intrigada. Para descifrar una carta lo primero que tienes que conocer es el sistema de cifrado y yo lo desconocía. Frustrada, cogí la carta y la miré a contraluz. Después la olí, estaba perfumada con un tenue olor floral, pero también pude distinguir algo más picante, ¿limón? Con un destello de lucidez sujeté una vela bajo ella y vi cómo se formaba entre líneas otro mensaje completamente diferente. Me senté a transcribirlo y un escalofrío me recorrió la espalda, por lo que leí y porque había recordado dónde había visto esa escritura.

Mantos de brillantes colores

Se deslizaron desde el norte

Atravesaron valles y lagos

Hasta llegar a las puertas

¿Qué puertas?

Las de la libertad

Y la libertad esquiva huyó dejándolos solos

Dejándolos hambrientos, cansados,

Traicionados por su propia suerte

Mantos de brillantes colores

Que se volvieron opacos y débiles

Tendidos sobre el frío suelo

Muertos sobre la tierra carmesí

Enterrados bajo piedras informes

Ahora oscuros y escondidos

Mantos de brillantes colores

Que no volverán a brillar, porque perdieron

¿Qué perdieron?

Su libertad

—Sasuke —llamé con un susurro ahogado.

—¿Sí? —Se volvió él con curiosidad. Debió de asustarse de mi gesto porque se levantó de inmediato.

—Lee —le entregué lo que verdaderamente ponía la carta.

—¿Es un poema? La métrica no es la adecuada.

—No, no lo es. Es solo una sucesión de pensamientos. Son mis pesadillas. Solía tenerlas cuando era pequeña. Mi madre me aconsejó que los escribiera para deshacerme de ellos. Y funcionó. No volví a despertarme gritando. Lo había olvidado por completo —le dije sintiendo otra vez que algo invisible me estrangulaba.

—Pero ¿cómo ha podido llegar a la mujer que escribió la carta? Parece que describa nuestro destino —dijo volviéndolo a leer.

—Creo que esa mujer ya conocía de primera mano lo que escribí —dije casi sin aliento.

—¿Por qué estás tan segura, mo anam? —Me miró intensamente.

—Porque reconozco la escritura. Solo hay una persona que haga de ese modo la a, como si terminara en un lazo, ¿la ves? —Le entregué la epístola.

—Sí, la veo. ¿A quién pertenece?

—A mi madre —expliqué ahogándome. Sasuke, asustado, se arrodilló a mi lado y me tendió en la cama, desató las cintas de mi corpiño y mojó un trozo de tela y me lo puso sobre la frente.

—¿Tu madre es LL? —preguntó señalando la firma de la carta.

—No —repuse yo incorporándome y dejando caer el paño mojado sobre mis piernas—. LL soy yo, así solía llamarme ella. Significa lady Lancelot.

Recordaba como si fuera ayer la función de final de curso. Mi madre era profesora de literatura en la universidad, y se había ofrecido para adaptar al teatro la leyenda artúrica de Ginebra y Lancelot. Yo estaba vestida como un caballero medieval, salí al escenario, y enfadada tiré la espada de plástico contra el suelo.

—No es justo, mamá, yo debería ser Ginebra, no Lancelot —exploté mirándola desde la ventaja que me daba la altura frente al patio de butacas.

—Sakura, deja de protestar —me riñó ella—, sabes que ha habido un sorteo y te ha tocado Lancelot, no te quejes tanto que es uno de los papeles principales.

Yo fruncí los labios y miré a mi hermana, que vestía con ropajes medievales, ella hacía de Ginebra. Me estaba sacando la lengua y riéndose de mí.

—Pero —volví a protestar—, esto es injusto, yo no quiero ser un soldado, quiero ser la dama.

—Hay algunas que nacemos para damas y otras para simples soldados —chinchó mi hermana haciendo girar su hermoso vestido de terciopelo. Yo recogí la espada que había tirado y se la lancé. Ella la esquivó con destreza y volvió a sacarme la lengua.

—Sakura, no consiento ese comportamiento. Discúlpate ahora mismo con tu hermana. —Mi madre apenas levantó la voz, que sin embargo rebotó en todo el teatro.

—Que lo haga primero ella —contesté cruzándome de brazos. Y como una imagen de mí misma, Sakurasou hizo lo mismo y ambas miramos a nuestra madre enfadadas.

—Está bien, está bien —se rindió ella—, vamos a ver, Sakura, alguien tiene que hacer de Lancelot, y es un colegio femenino, así que no hay muchas opciones. Pero si tanto te incomoda, cambiaré las entradillas y escribiré LL.

—¿Y eso qué quiere decir? —pregunté encerrando los ojos.

—Lady Lancelot, a partir de ahora serás Lady Lancelot, la más valiente entre las damas, ¿estás contenta?

—Sí, lo estoy —dije sonriendo.

—¿Sabes quién es? ¿Dónde se encuentra? —pregunté en tono desesperado.

—No, no lo sé. Solo he conseguido averiguar que es una mujer francesa. Cuando estuve en París hice varios intentos de reunirme con ella, pero los esquivó todos. Es una mujer inteligente —repuso tristemente.

—Lo sé, es mi madre. La conozco muy bien —contesté excitada—. Sasuke, ¿no lo ves? Ahora todo comienza a tener sentido; mi madre no murió, sino que le ocurrió lo mismo que a mí. Está aquí, en este siglo, y tengo que encontrarla.

—Lo intentaré —contestó—, escribiré a mis contactos en Francia a ver si nos pueden dar alguna indicación.

Yo maldije, en alto y enfadada, por la lentitud con la que sucedían las cosas en este tiempo. Si estuviera en el mío ya habría cogido un avión directo a París y no pararía hasta encontrarla.

—Tenemos que ir a París. Ella adoraba esa ciudad, sé que tiene que estar allí —dije.

Fan sàmbach, mo anam, eso puede llevar tiempo prepararlo, además está el pequeño asunto del precio de tu linda cabeza. No obstante, no me has preguntado a quién iba dirigida —dijo rascándose la barbilla.

—¿A quién? —pregunté frunciendo el ceño.

—A lord Collingwood —dijo simplemente él.

—¿Cómo? ¿Mi madre es jacobita? Eso sí que no tiene sentido.

—Tampoco estoy seguro de que lord Collingwood lo sea, por mucho que se hiciese notar ante nosotros en aquella mesa de juegos. Quizás está intentando hacer lo mismo que tú, advertirnos del peligro —contestó Sasuke.

La cabeza me daba vueltas y vueltas, mi madre aquí, mi madre una espía. Pero yo también estaba aquí, y ahora era la esposa de uno de los clanes que lucharían por el pretendiente. Era sin duda una señal del destino.

—Necesito pensar —le dije levantándome y comenzando a andar por la habitación sin rumbo.

Mientras él, sin quitarme la vista de encima se sentó otra vez a continuar leyendo las cartas recibidas. De vez en cuando dirigía su vista hacia mí con gesto preocupado. Yo lo ignoraba y seguía maquinando en mi cerebro una solución. Hacia la mitad de mis disertaciones mentales escuché una maldición en gaélico y lo miré sorprendida.

—Sakura, tenemos otro problema —dijo mostrando seriedad en su rostro.

—¿Más? ¿No te parece lo que acabamos de descubrir suficiente?

—Acabo de leer la carta de Jūgo —dijo él.

—¿Y? ¿Lord Collingwood ha muerto? —pregunté gimiendo.

—No, parece que se ha recuperado y bastante bien, porque está utilizando todas sus influencias en encontrarte —contestó.

—¿Jūgo me delatará? —pregunté asustada.

—No —contestó él brevemente.

—¿Por qué estás tan seguro? —inquirí.

—Porque le gustas. Le gustas mucho. Demasiado —repuso él con media sonrisa.

—¿Yo? —Ahora estaba completamente sorprendida.

—Sí, ¿no te habías dado cuenta? Si no llega a ser por él, madame La Marche te hubiera arrojado a la calle el primer día.

—De echo lo hizo —contesté yo. Pero también recordaba que Jūgo había aceptado que me quedara a pasar la noche—. Y tú —añadí—, ¿cómo lo sabes?

—Un hombre sabe esas cosas, mo anam —suspiró él.

—Entonces, ¿cuál es el problema? —inquirí.

—La mujer francesa que a veces se te aparece en sueños, ¿conoces su nombre?

—Creo que puede ser Matsuri, ¿por qué?

—Porque lady Matsuri Darknesson desapareció de su hogar tres días antes de que tú aparecieras y por su descripción está claro que sois la misma persona —contestó pasándose la mano por el pelo.

—Pero hay más, ¿no? —pregunté preocupada ante su gesto serio.

—Sí, lo hay. Lady Matsuri está casada con un par del reino, un conde para ser exactos. Lord Darknesson es un hombre muy influyente en la corte del rey Jorge —contestó mirándome fijamente.

—¡Ay, Dios! —gemí—, entonces... ¿Estoy casada?

—Sí, Sakura, con dos hombres diferentes —contestó él.

Y yo, aunque no llevaba corsé, no había bebido más que agua y creía que ya estaba a salvo de desmayos y ahogos tan propios de las damas de esa época, caí al suelo de la habitación sin ningún tipo de gracia ni decoro.