18

No me rendiré

Caí y caí por un precipicio sin final hasta que súbitamente quedé suspendida en la nada que me rodeaba. Todo era oscuro y frío y sentí un terror irracional. Entonces apareció ella frente a mí.

—¿Sakurasou? —pregunté sabiendo que no era ella.

—No.

—¿Quién eres?

—Ya me conoces, Sakura —contestó en francés y llamándome por el nombre que utilizaba mi familia.

—¿Qué quieres?

—Que me devuelvas mi vida.

—No lo haré —intenté mostrarme fuerte pero el agotamiento era extremo, no sentía mi cuerpo como propio, sabía que me estaba alejando, muriendo. Y eso no lo podía consentir.

—Lo harás, porque tú me la has robado.

—Lo mismo que has hecho tú —la increpé casi al borde de la extenuación.

—No quiero tu vida, tiene demasiado dolor. Quiero la mía —rio amargamente.

—Si tanto la querías, ¿por qué huiste?

—Porque era el camino para recuperarla.

—No te dejaré vencer.

—Lo harás, tarde o temprano. No tendrás otra opción —dijo desapareciendo en la oscuridad.

Levanté mi mano y aparté algo incómodo sobre mi rostro. Algo con olor a amoniaco. Abrí los ojos de repente, regresando de la oscuridad a la tenue luz de la habitación.

—Tranquila, mo anam. Estás aquí, has vuelto. Estás conmigo. —Era Sasuke el que hablaba. Tenía un pequeño frasco que agitaba bajo mi nariz.

—Aparta eso —le dije con voz ronca.

Yo intenté girarme en la cama, apenas pude, me dolía todo el cuerpo.

—La has visto, ¿verdad? —preguntó Sasuke con un tono de voz que me estremeció.

—Sí. Está enfadada y quiere volver.

—¿Te has enfrentado a ella?

—Lo he intentado, pero me ha dejado agotada. Empiezo a dudar de las palabras de la anciana. Quizá yo no sea la fuerte —susurré cansada.

—Cuando vuelvas a enfrentarte a ella, piensa en mí, aunque no tengas mi presencia, tendrás mi espíritu ayudándote —dijo Sasuke.

—Aun así, no sé si será suficiente. —Lo miré a los ojos. Su rostro por lo general acostumbrado a ocultar sus emociones ahora era un tapiz que exponía toda la preocupación y mostraba el peligro en el que estábamos—. Sasuke, ¿qué nos puede suceder? —pregunté temiendo la respuesta.

—La muerte para los dos. Nunca podremos explicar que nos casamos ignorando tu matrimonio anterior. Nadie nos creería. Tu marido es muy poderoso. Estamos en peligro. No es necesario que te lo diga. Tú misma ya conoces las consecuencias —explicó con voz cansada.

—¿Y qué podemos hacer?

—Tenemos que huir. No estoy dispuesto a entregarte a otro hombre, aunque con ello pueda salvar tu vida y pierda la mía. Es eso o que intentes regresar a tu tiempo. La decisión es tuya. —Me miró fijamente atrapando mi mirada con la suya.

—Jamás te dejaré, Sasuke. No tengo otro marido que no seas tú, ni quiero otro tampoco. Decido huir. Pero, ¿y tú? Toda tu familia, tu clan está aquí.

—Lo sé, pero mi vida entera eres tú. Donde tú estés allí estará mi hogar.

—Diciendo eso me besó en los labios y se tendió a mi lado.

Yo me volví hacia él.

—¿Adónde iremos?

—No lo sé. El continente puede ser peligroso. Lo mejor será ir a las colonias o incluso La Española o Jamaica. Allí será más difícil que nadie nos reconozca.

—No quiero ir allí, hace demasiado calor —repuse. Él puso los ojos en blanco.

—A ambos nos persigue la horca y tú te preocupas porque en aquellas islas hace demasiado calor. Que Dios me asista, ¡jamás entenderé a las mujeres!

Entrecerré los ojos, todavía sin ser consciente del peligro que se cernía sobre nosotros.

—Está bien —se rindió él—, tengo unas tierras en propiedad, apenas valen nada, bastante al norte. Las gané en una partida de cartas. Puede que ir allí nos dé algo de tiempo. Pero son tierras vírgenes y llenas de peligros que aquí nos son ajenos.

—Lo sé, sé perfectamente lo que hay allí y lo que habrá. Recuerda de dónde vengo. Me da igual vivir debajo de un árbol si estoy contigo.

—Bueno, lo haremos entonces —dijo levantándose—, al menos hasta que nos ataque un oso o nos coma un jaguar.

—O nos ataquen los indios, no lo olvides —le sonreí haciendo una mueca.

—Sí, esa es otra amenaza a tener en cuenta —contestó él pasándose la mano por el pelo.

—No te preocupes, mi amor —le contesté—, un buen amigo me dijo hace tiempo que yo soy de las que coge un arma y no grita cuando atacan los indios. Puede que sea de utilidad, si llega el momento.

—Solo espero que no llegue, mo anam. Solo espero que no llegue. Y mientras tanto, me consideraré afortunado si conseguimos llegar vivos a las costas de América. Allí, ya veremos... —contestó mostrando una prudencia que yo no sentía.

Me quedé observándolo mientras recogía las cartas. Algunas las guardó y otras las quemó en el fuego.

Se volvió hacia mí.

—Descansa. Hay mucho que preparar y pocos días para hacerlo. —Me dio un casto beso en la frente y abandonó la habitación.

Me quedé dándole vueltas a mi mente. Desde que lo conocí no había hecho otra cosa que ponerle en peligro y ahora esto. ¿Cómo podía pedirle que huyera conmigo obligándolo a dejar todo lo que amaba cuando él me había dado la oportunidad de regresar a mi vida y a mi familia sin pedirme nada a cambio? Él tenía mucho más que perder que yo. Por una parte, me sentía afortunada y orgullosa de tener su amor, y por otra me sentía tremendamente culpable de apartarlo de todo cuanto quería. Me pregunté si podría enfrentarme a lord Darknesson, mi desconocido marido, y suplicarle que me diera el divorcio. ¡Maldita sea! Ni siquiera sabía si existía el divorcio en esta época. Lo dudaba, eso sería un pecado contra Dios y como poco seríamos excomulgados y proscritos de por vida. ¿Podríamos vivir así? O, sin embargo, ¿nos hundiría para siempre?

Cuando regresó al poco rato con una bandeja de comida, me levanté y me enfrenté a él.

—Sasuke. No puedo permitir que lo hagas. No puedo pedirte que huyas conmigo y abandones toda tu vida —le expuse tranquilamente.

Él me miró y yo finalmente le enfrenté la mirada.

—Tú no me has pedido nada, mo anam, es mi decisión. La misma que has tomado tú al decidirte a quedarte conmigo y no regresar con tu familia. ¿Crees acaso que yo soy menos fuerte que tú? ¿Crees acaso que yo te amo menos que tú a mí? —soltó bruscamente.

—No, no es eso —contesté intentando calmar su enfado.

—Entonces, ¿qué es? —inquirió bajando la voz, lo que hacía siempre que se aproximaba una discusión.

—No quiero que eso nos destruya. Que nos demos cuenta de que lo hemos abandonado todo y que no merezca la pena —susurré entrecortadamente.

—Tú, Sakura, eres mi corazón y mi familia entera. Solo seré destruido si te pierdo, solo entonces perderé mi alma. Y créeme si te digo que haré todo lo posible por que eso no ocurra. —Se acercó a mí peligrosamente.

—Sasuke, no creo que... —Mis palabras murieron silenciadas por sus labios. Me tendió en la cama.

—Sasuke —volví a protestar.

—Chsss, no tardaré mucho, aunque no te puedo prometer dulzura, ya que ahora mismo solo tengo deseos de poseerte hasta hacerte olvidar esas tonterías que estás pensando. —Me volvió a besar con más fuerza.

Y yo a mi pesar le respondí con la misma intensidad. Sus manos levantaron mis faldas y buscaron inquisitivas y curiosas hasta lograr su objetivo. Yo abrí más las piernas en respuesta, gemí y busqué más su contacto. Él no me hizo esperar, me tomó con fuerza. Comencé a sentir placer al primer contacto y estallé cuando lo tuve dentro de mí llenándome con toda su fuerza, grité y le mordí el hombro. Él empujó con más fuerza y sentí dolor, el dolor límite del placer, en que deseas que pare, pero sin embargo tu cuerpo se arquea sin voluntad propia deseando más dolor, más placer. Él lo notó y se hundió más profundamente en mi cuerpo, quebrando también mi alma y borrando todos los restos de duda que quedaban entre nosotros.

—Te amo —grité.

—Yo también, mo anam, espero que nunca lo olvides —susurró con voz ronca.

—No lo haré —prometí—, jamás lo haré.

El día siguiente lo pasamos encerrados en la habitación apenas sin salir. Sasuke escribía sin cesar cartas a todos sus contactos. No había olvidado la promesa que me había hecho de encontrar a mi madre, aunque yo creía que eso era una empresa casi imposible. Yo me entretuve preparando algo del pequeño equipaje que íbamos a llevar. Saqué los dos únicos vestidos que me habían preparado en tan poco tiempo, adaptándolos a mi cuerpo, busqué entre su ropa, sacando jubones, pantalones y pelucas, que peiné y empolvé con cuidado.

—No podremos ser Sasuke y Sakura. Lo sabes, ¿no? —preguntó observando cómo peinaba una peluca.

—Lo sé, pero me gusta tanto verte así vestido... —repliqué.

—Bueno, tampoco seré monsieur Courtois otra vez —explicó.

—¿Y quién serás?

—Alguien que ya he sido anteriormente, lord Greystone —dijo simplemente.

—¿Y yo? —pregunté.

—¿Cómo te gustaría llamarte?

Lo medité un momento.

—Elizabeth, ¿te gusta? Siempre deseé tener un nombre común.

—Sakura es un bonito nombre, y bastante común. —Yo puse los ojos en blanco. Puede que en el siglo XVIII lo fuera, pero en el siglo XXI... Él prosiguió ignorando mi gesto—. Sí, me gusta. Espero que sirva para pasar desapercibidos. Deberías evitar hablar demasiado. Aunque estás perdiendo el acento español, todavía es demasiado pronunciado para que resulte creíble —dijo.

—Está bien. —Entonces recordé algo.

—Sasuke.

—¿Sí?

—¿Puedes hablarme en francés?

—¿Qué quieres que te diga? —preguntó sorprendido.

—Cualquier cosa, lo que te venga a la mente —repuse.

Me miró y comenzó a hablar, al principio despacio y después con más velocidad. Su acento era impecable, parecía nativo. Y yo al poco de que estuviera hablando comencé a enrojecer. Él paró al notarlo.

—¿Me has entendido? —preguntó.

—Sí —le dije, riéndome entre dientes—. ¿Todo eso piensas de mi cuerpo, de mis pechos, de mi... —me silencié, totalmente roja.

Él me miró de hito en hito.

—El padre Shisui tendría mucho que decir respecto a su vocabulario, señor Uchiha —le reprendí.

—¿Cómo es posible que me comprendas si hace unas semanas no sabías ni una sola palabra en francés? —Me miró con incredulidad.

—Creo que tiene mucho que ver con que comparta cuerpo con una francesa. En mis sueños ella habla en francés y yo la entiendo. Solo quería comprobar que también lo podía hacer en la realidad —repuse incómoda.

—¿Sabes hablarlo también? —preguntó.

—Pues..., no lo sé. No lo he intentado —repuse dudando.

—Inténtalo —me instó él.

Cerré los ojos y me concentré hasta que las palabras flotaron en mi mente claras y concisas. Entonces comencé a hablar.

Me paré a los pocos minutos.

—¿Qué tal lo he hecho? —pregunté abriendo los ojos.

Lo tenía frente a mí.

—No sabía que tu voz sonaba tan sensual en francés, mo anam. —Me besó con pasión y se apartó un momento—. Lo has hecho perfectamente. Y sí, acepto —contestó cogiéndome en brazos y arrojándome sobre la cama.

Ambos reímos y nos amamos pronunciando palabras hasta ahora desconocidas para mí, pero tremendamente excitantes, no había duda.

Poco después me desperté sola en la cama, pero noté su presencia en la habitación. Había cogido un papel en blanco y un trozo de carboncillo. Estaba pintando algo.

—¿Qué haces? —le pregunté somnolienta.

—Estoy dibujando tu rostro, o al menos lo intento —contestó con el entrecejo fruncido y totalmente concentrado en el papel frente a él.

—Vaya, me siento como Kate en Titanic, ¿quieres que me desnude? —le pregunté algo incómoda.

—No sé quién es Kate, ni lo que es Titanic, pero de todas formas ya estás desnuda —me hizo notar, esbozando una media sonrisa—, y jamás te dibujaría desnuda. Tu cuerpo es solo mío.

Le conté qué sería el Titanic y la película a la que hacía referencia. No sé si me entendió. Tampoco estaba muy segura de que me escuchase, dada su concentración.

—No sabía que dibujabas —le dije.

—No suelo hacerlo. Lo hacía a menudo cuando vivía en Italia, pero aquí no hay mucho tiempo, ni tampoco tiene mucho sentido. Sin embargo, cuando te he visto dormir, no he podido resistirlo —contestó con voz tranquila.

—Lo sé, se te da bien trabajar con las manos —dije.

—¿Quién te ha dicho eso? —preguntó levantando la vista del papel.

—Casi todos los que te conocen.

Rio y se pasó la mano por el pelo en señal de reconocimiento.

—¿Me dejas verlo? —pregunté incorporándome.

—No, cuando esté terminado. Ahora solo es un boceto.

—Está bien. Pero ¿me dejas que te dibuje yo algo a ti?

—¿Quieres dibujarme? —preguntó con curiosidad.

—No, no soy tan buena. Pero quizá pueda hacerte un regalo que sé que te va a gustar.

Me entregó un papel limpio y un carboncillo. Y yo, recordando mi última visita a Nueva York, me esforcé por hacerle un dibujo del Empire State. Sabía lo que le gustaba la arquitectura y así quizá pudiera entender un poco más cómo era el mundo en el que yo vivía. No era muy buena dibujando, pero el resultado fue alentador. Si lo viera alguien que ya lo hubiera visto anteriormente, lo reconocería. Con eso me bastaba.

Se lo entregué con una sonrisa.

Él lo observó con cuidado.

—¿Es tu casa? —preguntó finalmente.

—No —me reí—, es el Empire State, durante muchos años fue el edificio más alto del mundo. Está en Nueva York. Desde la azotea se puede ver a kilómetros de distancia. Tiene ciento dos pisos.

—¿Y cómo sube la gente tantos pisos? Debe de ser agotador —repuso desconcertado.

Yo me reí y le expliqué lo que era un ascensor. Él asintió comprendiendo.

—Vaya, parece bastante sencillo, ¿y cuándo se construirá el primer ascensor de esos?

—No tengo ni idea. Muchísimo tiempo antes de que yo naciera. Creo que a mediados del siglo XIX.

—¿Me lo puedo quedar? —preguntó con el dibujo en la mano.

—Claro, es un regalo —contesté.

—Nunca me han hecho un regalo —repuso algo desconcertado.

—¿Nunca? —pregunté sorprendida.

—No que yo recuerde.

¿Se había emocionado o fue mi imaginación?

Me atrajo hacia él y me sentó sobre sus rodillas.

—Solo lamento una cosa, mo anam —dijo con voz ronca.

—¿El qué? —pregunté mirándolo a los ojos negros.

—No haberte encontrado antes. —Me besó.

Poco tiempo después, me dejó ver por fin mi dibujo. Era de un realismo impresionante. Mis ojos miraban al infinito como si pudiera ver algo desconocido por los demás, mi pelo flotaba suelto alrededor de mi rostro de pómulos altos y frente ancha y despejada. Una sonrisa quería asomar a mis labios, una sonrisa dirigida solo a una persona. Había sabido captar mi alma y no únicamente mi rostro. Me encantó y así se lo dije. Sasuke rio con satisfacción.

—Lo guardaré con cuidado —le dije, poniendo otro papel sobre él y envolviéndolo en un trozo de tela. Luego lo escondí en el arcón con el resto de nuestras escasas, pero muy preciadas pertenencias.

Mientras Sasuke bajaba a la cocina a buscar algo de cena, yo cogí un papel en blanco y me senté en su escritorio. Escribí una larga carta dirigida a mí, explicando cosas y recuerdos que solo tendrían sentido si era yo la que lo leía. Cuando terminé, no supe muy bien qué hacer con ella, así que la doblé y la escondí en el libro que estaba leyendo, uno de los preferidos de mi madre, Moll Flanders, de Daniel Defoe. Un libro que mi madre atesoraba como las joyas de la corona en su inmensa biblioteca.

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Al día siguiente salimos al exterior. Casi todo estaba preparado, pero ambos nos negábamos a abandonar nuestro hogar y nuestro refugio. No iba a haber despedidas, no podíamos dejar rastro alguno. Sasuke quiso enseñarme parte de su tierra y con ello hacer que yo también guardara el recuerdo, por si algún día pudiésemos volver. Habíamos cogido provisiones y pasaríamos todo el día fuera, y por extraño que pareciese, el tiempo, aunque frío, nos acompañaba. Había caído una pequeña nevada, lo que hacía que el paisaje fuera todavía más impresionante.

Cuando paramos en la cima de una colina cercana aspiré el aire fresco con fuerza, sintiendo el olor de la tierra mojada, del pinar a nuestra espalda y del agua del lago a nuestros pies.

Lo miré sentado a mi lado observando el paisaje, el sol lanzaba reflejos sobre su oscura melena suelta y su perfil regio se recortaba en el horizonte. Se volvió hacia mí y me cogió la mano.

Nunca fui tan feliz como en aquel instante y nunca lo amé con tanta intensidad, y de repente recordé el olor, el lugar y al hombre. Mis sueños se volvieron realidad y mi realidad se hizo sueño. «Ya estás conmigo», fueron sus palabras sin pronunciar y alcé la mano para tocar su rostro recorriendo con los dedos sus cejas tupidas y negras, sus ojos oscuros como los mares del Sur, el contorno de su frente ancha, sus pómulos altos y vikingos, su nariz recta y que se ensanchaba un poco al final, sus labios gruesos, su mandíbula cubierta por barba negra y rasposa y su media sonrisa de pícaro.

De repente una sombra cubrió su rostro.

—Ingleses —dijo simplemente.

Yo miré en la dirección que indicaba. Varios dragones a caballo se habían parado en la base de la colina, cerca del oscuro lago. Sus uniformes rojos destacaban como la sangre en el paisaje nevado. Temblé.

—¿Nos escondemos? —pregunté dirigiendo mi mirada al bosque.

—No, ya nos han visto, eso solo los haría sospechar más. Vamos a su encuentro. Tápate y agacha la cabeza, procura que no te vean el rostro. —Por su tono de voz noté la tensión implícita en su cuerpo.

Desató el caballo de un árbol donde este rebuscaba algún hierbajo valiente que sobresalía del suelo y lo cogió de las riendas. Ambos bajamos andando tranquilamente la colina a su encuentro. Los dragones habían descendido de sus monturas y nos esperaban. Tuve un presentimiento, un mal presentimiento, y un escalofrío de terror me recorrió el cuerpo entero. Me cubrí todavía más con la capucha de la capa y miré al suelo intentando no resbalar, fuertemente agarrada a la mano de Sasuke.

Nos paramos a unos cinco metros de ellos. Eran siete hombres.

—Un día frío para pasear —dijo el que parecía el de mayor rango, frotándose las manos y pasándose una a continuación por la nariz enrojecida.

—Un día como otro cualquiera del invierno en las Highlands —contestó Sasuke con fuerte acento escocés, que no se molestó en disimular.

—¿Son de por aquí? —volvió a hablar el inglés.

—Sí, estas son mis tierras. ¿Qué les trae por aquí? —repuso Sasuke cortante.

—Nos han informado del robo de algunas cabezas de ganado. —El tono del dragón era cordial pero frío como el ambiente.

—Por lo que puede ver —Sasuke circundó con su mano alrededor—, aquí no encontrarán ese ganado.

—Me imagino que ya las tendrán a buen recaudo y no pastando por las laderas heladas —contestó el hombre.

—Puede ser. De todas formas, yo no tengo conocimiento de ningún robo en los últimos días —contestó Sasuke sujetándome la mano.

Yo tenía la cabeza agachada, pero aun así notaba las miradas de curiosidad dirigidas hacia mí. Intenté ladear un poco el rostro y me fijé en un hombre apostado detrás del capitán, ahora le veía el rango, que me miraba con extrañeza. Yo agaché más la cabeza hasta casi enterrarla en mi plexo solar.

—¿Y quién es la dama? —volvió a preguntar el capitán.

—Nadie de su incumbencia —contestó bruscamente Sasuke. Yo le apreté la mano. Estaban efectuando una danza peligrosa y ambos lo sabían.

—Capitán, capitán —llamó el hombre apostado detrás de él.

El cuerpo de Sasuke se tensó como una cuerda y la fuerza sobre mi mano se intensificó.

—¿Sí? —contestó con hastío el capitán.

—La mujer es... Creo recordar que..., ese rostro..., es la mujer que...

Sasuke se soltó de repente de mi mano y se lanzó contra el hombre derribándolo de un golpe. Hizo propia la frase «no hay mejor defensa que un buen ataque». No obstante, al ver que algunos de los compañeros del soldado se lanzaron en su ayuda, dudé de que esa frase alguna vez tuviera sentido. De repente todo se ralentizó. Levanté mi rostro y encaré al capitán. Este me miró sin reconocerme, lo vi en sus ojos. Intenté acercarme para ayudar a Sasuke. Pero este en una maniobra desesperada se volvió y emitió un sonido estrangulado de su boca:

Ruith!

«¡Corre!» Esa fue su orden. Yo me volví y emprendí la huida subiendo la colina de forma desesperada, resbalándome y cayéndome una y otra vez. Escuché la voz del capitán a mi espalda.

—¡Cogedla!

Yo renové las fuerzas con el miedo, perdí los zapatos y me arrastré con las medias de lana. Hasta que no nos vemos en una situación de verdadero peligro, desconocemos cómo puede reaccionar nuestro cuerpo. Por el mío corría la adrenalina por la sangre impulsándome cada vez con más velocidad. Mis perseguidores, calzados con botas, resbalaban y caían como lo había hecho yo antes. Corrí y corrí internándome en el bosque de pinos. Sabía que tenía que atravesarlo y girar hacia la derecha para encontrar el camino de regreso a casa. Paré un momento en el centro del bosque, súbitamente en silencio. Solo se escuchaba mi respiración agitada. ¡Dios!, ahora no podía perderme. Con desesperación miré alrededor buscando una salida, escuché la respiración de los hombres acercándose a su presa. Y, desesperada, giré hacia la derecha, llevándome ramas y hojas a mi paso, que apartaba del rostro y de la tela de la capa del vestido con furia sin pararme una sola vez. Después de lo que pareció una eternidad, salí del refugio de los árboles a cielo abierto y allí al fondo vi la casa con las chimeneas humeantes y las luces titilando en las ventanas. Bajé deslizándome la colina, incluso rodé un par de veces. No sentía dolor ni cansancio, solo determinación. Ya no escuchaba a mis perseguidores. Recorrí los últimos cien metros como si fuera la maratón de Boston, esquivando piedras y arbustos hasta que llegué al camino de piedra de la casa. No me paré hasta que entré y cerré la puerta tras de mí.

Me recibieron Kendrick y su mujer, que salieron en ese momento de la cocina.

Yo estaba pegada a la puerta, como si mi cuerpo fuera defensa suficiente.

—Ingleses —dije resollando—, se..., se..., se han llevado a Sasuke.

—¿Por qué? —preguntó Kendrick desconcertado.

—Atacó a uno de ellos —respondí al borde del infarto.

En dos minutos se movilizó y quiso llamar a los hombres del clan para que se reunieran en la casa. Sus abuelos habían salido del salón y se habían sentado con gesto preocupado en las sillas de la cocina.

—No —le paré. Ahora era mi problema, y yo tenía la obligación de solucionarlo.

—Esto no es cosa de mujeres, lady Uchiha —me instó con tono brusco.

—Déjese de tonterías. Es mi problema porque es mi marido. Necesito que avisen a su padre. Él tiene mucha más influencia que cualquiera de nosotros —expuse intentando parecer calmada, aunque mi corazón latía a cien por hora.

Lo meditó un momento.

—Yo iré a buscarlo —dijo finalmente dirigiéndose a buscar las armas que los hombres depositaban en un arcón cerca de la puerta.

—Necesito otra cosa —repliqué.

—¿El qué? —Él se volvió con el espadón en la mano.

—Necesito un hombre que sea habilidoso en sustraer ciertas cosas —dije.

—¿Cómo dice? —preguntó sin entender.

—Necesito que me traigan los contratos matrimoniales que Fugaku guarda en su despacho. Es de vital importancia. Y nadie debe saberlo. ¿Conoce a alguien que pueda hacerlo? —pregunté.

Si le pareció una sugerencia extraña no lo hizo notar.

—Sí —se volvió a su mujer—, llama al pequeño John, me acompañará. El pequeño John en realidad era su hijo mayor, un joven de unos veinte años, delgado y fibroso y mucho me temía que el instigador del robo de ganado.

—¿Algo más? —inquirió Kendrick.

—Sí.

—¿Qué?

—Tengan mucho cuidado y sean discretos. No se fíen de nadie en el castillo.

—Eso no hacía falta advertirlo, lady Uchiha —contestó, pero esbozó una pequeña sonrisa.

En pocos minutos estaban listos para partir y si había suerte al día siguiente al mediodía habrían llegado.

Cuando las mujeres nos quedamos solas, la esposa de Kendrick comenzó a rezar quedamente, la abuela de Sasuke se apoyó en su marido sollozando y yo cogí una botella de whisky y serví dos dedos en vasos para todos.

—Lo necesitamos —dije. A mí los rezos no me ayudaban, estaba tan nerviosa que sentía ganas de salir corriendo detrás de los dragones y enfrentarme yo misma a ellos, pero de momento me tenía que contentar con esperar. Sabía sin lugar a dudas que ningún destacamento inglés se enfrentaría al laird de uno de los clanes más poderosos de las Highlands asesinando a su hijo, y menos en ese momento, lo que podría ser la chispa que prendiera la llama. Pero aun así sentía un miedo irracional y una inexplicable sensación de soledad al no tener a Sasuke a mi lado. Él era el fuerte, el decidido y el que sabría lo que hacer. Bueno, ahora era mi turno, si toda mi vida anterior y la presente no me habían servido como aprendizaje a lo que me esperaba, es que era completamente estúpida. En ese momento alcé los ojos al cielo y exclamé—: ¡Estúpida no, por favor! —sorprendiendo a los que nos encontrábamos en la cocina, que me miraron con estupor. Di gracias por haberlo dicho en castellano, pero aún así me miraron como si estuviese loca.

La mujer de Kendrick se acercó y observó mi vestido destrozado, completamente embarrado, y los arañazos que mostraba en el rostro y las manos.

—Ven, querida, te limpiaré las heridas —dijo.

—No hace falta —contesté yo—, solo son unos arañazos sin importancia.

—¿Te han hecho daño? —fue la abuela la que habló.

—No. Pero a él sí. —Y sin pretenderlo no pude contener las lágrimas al recordar a tres hombres golpeando sin piedad a Sasuke. Me froté con furia los ojos. «Sakura», me dije, «tienes que ser fuerte, por él y por ti. Piensa y sobrevive».

Observé a través de las ventanas el crepúsculo infinito de las Highlands, transformándose en noche oscura. Me volví a todos.

—Es hora de descansar, mañana será un día muy largo —dije retirándome a la habitación.

Una vez allí rebusqué en nuestro arcón y encontré lo que buscaba. Una copia del contrato matrimonial. Lo examiné por fin y vi lo que Fugaku le había obligado a firmar para acceder a nuestro enlace. En él renunciaba a cualquier derecho que le perteneciese por ser hijo suyo. Con una maldición, lo tiré al fuego y me senté a observar cómo las llamas lamían el papiro hasta deshacerlo en cenizas. Luego me levanté y saqué el mejor vestido que tenía, uno de seda gris marengo, con una sobrefalda abierta de color gris humo con bordados de hilo de plata. Aquel sería mi atuendo para el día siguiente.

Me desnudé y me limpié las heridas. Me lavé el pelo y lo perfumé mientras me lo secaba frente al fuego. No dejaba de pensar en Sasuke. ¿Dónde estaría? ¿Estaría herido? Bueno, eso lo sabía, pero ¿muy herido? Lo que en realidad no sabía es lo que esperaba que yo hiciera a continuación. Quizá quería que intentara regresar a mi tiempo y ponerme definitivamente a salvo. Eso era algo que tenía claro que no iba a hacer. No lo dejaría. Intentaría por todos mis medios ponerlo a salvo. Desconocía cuál podía ser su castigo y esperaba llegar a tiempo para el juicio. Desde luego no podría opinar, pero algo se me ocurriría. Ahora no podía hacer mucho más que rezar por él. Y aunque no recordaba ninguna oración, por él más que por mí, supliqué a Dios que lo mantuviera a salvo y que a mí me diera la fuerza y la sabiduría suficientes para poder llevármelo conmigo.

Me acosté sabiendo que no podría dormir. Sin embargo, una calma fue creciendo como una pequeña llama en mis entrañas, el momento que tanto había temido ya había llegado y por fin podría hacerle frente.

Al amanecer abrí los ojos y me levanté. Me vestí con cuidado y bajé a la cocina. Los hombres no habían llegado, maldije otra vez la lentitud de este siglo. En coche la distancia la podríamos haber recorrido en un par de horas. Con los nervios a flor de piel me obligué a comer algo. En ese momento bajó la mujer de Kendrick.

—Buenos días, milady —exclamó sorprendida de verme allí tan pronto y vestida de forma tan elegante.

—Buenos días —contesté mecánicamente.

Nos mantuvimos en silencio unos minutos. Ninguna de las dos quería hablar. Ambas estábamos preocupadas por nuestros respectivos maridos y aunque a veces hablar consuela, en ese momento nuestro grado de crispación era tan patente que permanecer calladas fue lo mejor.

—¿Sabe de alguna mujer que pueda peinarme? —dije finalmente.

Si le hubiera dicho que el demonio acababa de atravesar la puerta no me habría mirado tan sorprendida.

—Sí, claro, yo misma puedo hacerlo. Pero ¿por qué? —preguntó.

—Quiero parecer una dama —contesté mirándola a la cara.

—Milady, ya es una dama —dijo ella con un amago de sonrisa.

—Sí, pero esta vez quiero parecerlo —le dije haciendo una mueca.

—Está bien, espere en el salón. Cogeré lo necesario —dijo saliendo de la cocina.

Me dirigí al salón y me senté en un sillón junto al fuego. Mi mente volaba una y otra vez hacia Sasuke. ¿Habría dormido? ¿Dónde estaría? ¿Le habrían curado sus heridas? Paré de pensar, ahora tenía que concentrarme en otras cosas, como por ejemplo en qué hacer para sacarlo de este lío.

La mujer de Kendrick vino con una pequeña cesta y se situó a mi espalda. Me peinó y desenredó el pelo durante un buen rato sin hablar. Ese simple gesto sirvió para relajarnos a ambas. Me recogió el pelo en un complicado moño en lo alto de mi cabeza, dejando varios rizos sueltos alrededor de mi rostro. Como adorno me entrelazó una pequeña tira de perlas salvajes que sobresalían y se escondían en mi pelo negro. Me mostró el resultado entregándome un espejo. Yo me miré casi sin reconocerme. La salvaje y descuidada joven había desaparecido y la dama que yo esperaba demostrar que era había hecho su aparición. Simplemente, estaba siguiendo los consejos de mi jefe, «vístete como los demás quieras que te vean». Lo había conseguido.

—Muy bonito, gracias —le contesté con una sonrisa.

Los abuelos de Sasuke bajaron y se sentaron en el salón a esperar. Sus gestos eran preocupados y no dejaban de sujetarse las manos.

—No dejaré que le ocurra nada —les dije, sin saber si era cierto o no.

—Lo sabemos, hija, ¡que Dios te ayude! —contestó su abuela.

Su abuelo cabeceó, conocía la situación y dudaba de mi capacidad. No se lo reproché, pero yo tenía un as en la manga y pensaba utilizarlo si fuera necesario.

Pasó una eternidad hasta que escuchamos el sonido de caballos al trote. Todos nos dirigimos a la entrada.

Yo me asomé y no vi al padre de Sasuke. Sin embargo, el viejo astuto había enviado a su hijo Itachi.

Me acerqué a él cuando desmontaba.

—¿No ha venido tu padre? —le pregunté.

Él me miró de arriba abajo, casi sin reconocerme. Yo, a mi pesar, sonreí.

—No, tenía asuntos más importantes que tratar —contestó.

—¿Más que la vida de su hijo? —exploté en un susurro bronco.

Él simplemente se encogió de hombros. Yo quise patear el suelo. Con el viejo Fugaku de nuestro lado teníamos más posibilidades, ahora estas se habían reducido a la mitad, que era más o menos lo que representaba su hijo legal.

Me dirigí al joven John.

—¿Lo tienes? —pregunté en un susurro.

—Sí, señora —dijo entregándome un pequeño fajo de papeles. Yo los escondí presurosa en los pliegues de mi vestido.

—¿Te ha visto alguien? —pregunté temiendo por su castigo.

—Solo los duendes —contestó sonriendo.

Le sonreí a mi vez y musité un gracias silencioso. Mientras los hombres comían algo, yo subí a la habitación y arrojé los papiros al fuego. Ahora ya no quedaba ninguna prueba tangible de nuestro matrimonio, solo palabras. Y las palabras se las lleva el viento. Respirando más tranquila, cogí mi mejor capa forrada en piel, una bolsa de dinero de Sasuke y otro objeto que guardé con cuidado en un pequeño bolso de terciopelo y que pensé que me sería de utilidad.

Bajé corriendo las escaleras sabiendo con una certeza absoluta que no volvería a esa casa, pero no quise mirar atrás. Solo tenía una idea en la mente, que era salvar a mi marido, costara lo que costase. Los hombres estaban fuera esperando y conversando entre ellos.

—Kendrick —me dirigí hacia el hombre, que tenía el rostro cansado por el viaje—, tú y el pequeño John ya habéis hecho suficiente. Es mejor que os quedéis aquí.

—Eso desde luego que no, milady. Nosotros vamos también, se lo debemos a Sasuke y él no nos perdonaría que la dejáramos en manos de los Oysutsuky sola —dijo mirando al pequeño John, que asintió serio.

—Está bien —contesté agradecida.

—¿Dónde lo habrán llevado? —pregunté en alto.

Fue Itachi el que contestó.

—Estará en el acuartelamiento de Invermoriston, está a unas horas de camino.

—Bien, vamos entonces.

Ningún hombre se movió.

—Señores —grité—, ahora soy yo el director de la orquesta, así que espero que cooperen y la melodía sea la correcta.

Todos se miraron entre sí.

—¿Ella va a venir? —preguntó uno.

—¿Qué es un director? —preguntó la voz familiar del joven John.

—¿Y una orquesta? —dijo otro.

—¿Quiere que toquemos música? Nosotros somos soldados —expuso otro confuso.

—¡Silencio! —grité más fuerte—, monten sus caballos y vayámonos de una maldita vez al acuartelamiento de los ingleses.

—Tú no, Itachi. —Me volví hacia él.

Él se volvió sorprendido.

—Ayúdame a montar, iré contigo —dije mostrando por primera vez algo de debilidad.

—De acuerdo —respondió él, sonriendo maquiavélicamente.

—¿Dónde está el frisón de Sasuke? —preguntó Jiraiya desde su montura.

—Se lo llevaron con él —contesté.

Chasqueó la lengua.

—Eso no le gustará —dijo.

—Los traeré de vuelta —contesté yo.

—¿Al caballo o al hombre? —preguntó Itachi.

—A ambos —dije yo con una voz que no reconocí como mía.

Y sin nada más que hablar emprendimos camino al trote, acompañados por unas nubes negras amenazantes de lluvia a nuestra espalda. Yo me arropé en la capa e intenté acomodarme en una silla, un caballo y un hombre que no me eran familiares.

—¿Esto es porque te han reconocido? —preguntó Itachi en un susurro.

—Sí, en parte gracias a ti, por contárselo a tu querida esposa —repuse mascullando.

—Yo no fui, Sakura, ella ya lo sabía, se lo había dicho otra persona antes. Yo jamás te pondría en peligro, deberías saberlo —repuso él con voz enronquecida.

—Eso permíteme que lo dude, Itachi.

Él emitió un sonido gutural escocés que podría significar cualquier cosa. Y después calló.

El trayecto se hizo interminable, los caminos estaban embarrados y en ocasiones helados y eso hacía que los hombres tuvieran que tener mucho más cuidado en controlar a sus caballos. Y después de una eternidad llegamos al acuartelamiento. No sé lo que me esperaba, pero desde luego eso no. Parecía una posada al uso, un simple edificio de madera separado de una pequeña agrupación de casas.

—Espera aquí —me dijo Itachi desmontando.

Hice lo que me pedía a regañadientes y esperé junto con el resto de los hombres.

Al poco salió. Su rostro estaba serio y circunspecto. No esperó a que le preguntáramos.

—Se lo llevaron directamente al Fuerte George. Los dragones que lo apresaron no pertenecen a este acuartelamiento.

—¿Eso qué significa? —pregunté.

—Nada bueno —contestó él. Observé los gestos serios de los hombres.

—¿De qué lo han acusado? —lo interrogué.

—De obstrucción y agresión. El hombre al que atacó era un cabo, pero su hermano era el capitán, así que no creo que eso le beneficiara en nada. Lo juzgarán en cuanto lleguen, si es que no han llegado ya. Debemos darnos prisa —dijo montando otra vez en el caballo, que relinchó protestando por el peso.

Atravesamos las Highlands hacia el norte, el Fuerte George estaba cerca de Inverness. Yo sujetaba con tanta fuerza la silla que los nudillos se me pusieron blancos del esfuerzo. Obstrucción y agresión a un soldado inglés. Sabía lo que significaba, la horca. Apenas podía respirar. Y el paso lento de los caballos me ponía todavía más nerviosa. Estaba acostumbrada a una actividad incesante, a que las comunicaciones fueran instantáneas, solo pulsando una tecla, y la lentitud me estaba crispando los nervios hasta tal punto que creí que iba a tener un ataque y de un momento a otro iba a empezar a gritar.

Itachi sin embargo se mantenía en calma.

—Chsss, tranquila, Sakura, a él seguramente lo llevan atado detrás de los caballos y eso hará que vayan más lentos.

Me imaginé la escena y gemí. Eso no era ningún consuelo.

—Eso si no ha conseguido cabrearlos tanto que lo hayan matado por el camino.

—¿Pueden hacer eso? —pregunté horrorizada.

—No, pero siempre pueden decir que fue un accidente, nadie les pedirá cuentas por un simple escocés muerto —repuso con amargura en su voz.

Al anochecer paramos en una posada a cenar y descansar un poco. Los hombres parecían cansados, pero yo estaba en tal estado de excitación que la tranquilidad que mostraban me inquietaba más.

—No pensaréis hacer noche aquí, ¿no? —pregunté a Jiraiya.

—No, comeremos algo y seguiremos camino, esperamos llegar al amanecer —contestó tranquilizándome al menos un poco.

Me senté en la mesa con los hombres, pero apenas pude comer nada. Estuvimos allí más o menos lo que yo consideré unas dos horas que se hicieron interminables. Mientras tanto observé a la gente de la taberna, escoceses como nosotros, todos hombres excepto un par de mujeres, que por su aspecto y su escasa ropa eran prostitutas. Observé cómo alguno de los hombres que nos acompañaban las miraban sin disimulo alguno. El más concentrado en ellas, el pequeño John.

—Ni se os ocurra —siseé lo suficientemente alto para que me escucharan todos los hombres de la mesa.

Todos a una se volvieron a mirarme.

—Si tenéis ganas de compañía, utilizad el amor propio —dije furiosa. Al principio me miraron con incredulidad y poco a poco con reconocimiento. Alguno tuvo la decencia de enrojecer, la mayoría estalló en carcajadas.

—Eso también nos llevará algo de tiempo, pequeña —susurró Itachi a mi oído.

—Sí, pero bastante menos que si os perdéis con alguna de esas mujeres. No quiero tener que buscaros por las habitaciones sacándoos de cama en cama —exclamé enfadada.

Pero ¿cuándo me había convertido yo en la madre de nadie?, pensé sorprendida.

—Actúa como el capitán de la guardia —exclamó uno de los hombres.

—Yo no acepto órdenes de una mujer —dijo otro.

Los estaba perdiendo y lo sabía. Pasé mi mano por debajo de la mesa y apreté con fuerza el muslo de Itachi pidiéndole ayuda. Él dio un respingo y se atragantó con la cerveza tosiendo. Me miró con una mezcla extraña de sorpresa y deseo en sus ojos negros y por un instante su rostro me recordó tanto al de Sasuke que sentí que las lágrimas afloraban otra vez con libertad. Me mordí el labio y aguanté.

—De una mujer no, pero de tu capitán, sí —dijo Itachi levantándose—. Vamos, ya hemos perdido demasiado tiempo.

Los hombres le siguieron reticentes, pero le siguieron, que era lo importante.

El camino fue largo y tremendamente cansado. Yo finalmente me rendí y me apoyé en el pecho de Itachi, él silenciosamente deshizo su tartán y me arropó con él. Dormité a ratos sobre él. Ni siquiera noté que su mano se había deslizado de las riendas a mi cintura como solía hacer Sasuke.

—Aparta tu mano de mi cintura —le dije, demasiado cansada como para hacerlo yo misma.

—Si lo hago acabarás cayéndote del caballo —contestó él, sin mover la mano.

Cerré los ojos y me rendí. Estaba agotada, los dos últimos días apenas sin dormir me estaban pasando factura, junto con el incómodo vestido y el peinado que me tiraba de la cabeza produciéndome pinchazos en cada una de las hebras de mi cabello.

Desperté del todo cuando noté que nos habíamos parado. Parpadeé desprendiéndome de los restos del sueño y ahogué un pequeño bostezo. Los rostros de los hombres mostraban todo el cansancio acumulado, pero notaba una electrizante excitación en todos ellos.

—¿Qué ocurre? —pregunté con voz ronca.

—Ahí lo tienes, el Fuerte George —dijo señalando a lo lejos Itachi.

A Dhia! —exclamé irguiéndome sobre la montura.

Eso era la fortaleza infernal. Varias estructuras rectangulares, con pequeños ventanucos no mayores que el ojo de buey de los barcos, con un patio de armas extenso que apenas se vislumbraba debido a las murallas altas y de más de un metro de anchura con pequeñas torres de vigilancia cada pocos metros. Acababa de amanecer, la actividad en el fuerte todavía no se había iniciado, aunque se veía humo salir por algunas chimeneas. Sin embargo, el aspecto era frío y aterrador. Nadie podría entrar allí sin permiso y mucho menos escapar. Mi ánimo decayó hasta el infinito y más allá. Me habían dicho que había un regimiento de la Black Guard, escoceses leales al rey Jorge, aunque el comandante era un inglés. Un acuartelamiento de más de trescientos soldados.

—¿Y ahora qué? —me preguntó Itachi.

—Hay que buscar un sitio para que los hombres descansen, luego me dirigiré allí e intentaré hablar con el comandante —dije.

—Está bien, conozco una posada cerca —dijo girando el caballo y haciendo que todos lo siguieran.

Llegamos a la posada y después de comer y beber algo, los hombres se deslizaron silenciosos hacia la habitación común a dormir. Itachi contrató dos habitaciones, una para mí y otra para él.

Entré en la mía e intenté acicalarme lo poco que podía. Saqué el espejo de mi bolso y me miré, tenía profundas ojeras, pero el complicado peinado había resistido. El vestido también. Excepto por alguna salpicadura de barro, estaba más o menos presentable. Me perfumé y cuando me dirigía a la salida me encontré con Itachi en la puerta.

—¿No pensarías ir sola? —preguntó sorprendido.

—Bueno..., sí —dije.

—Cuándo entenderás... —Dejó la frase sin terminar.

Yo lo miré furiosa, pero estaba agradecida de su compañía, aunque no confiaba del todo en él. Antes de salir me volví recordando algo.

—Espera —le dije sacando del bolsito de terciopelo un collar de rubíes y diamantes engarzados en oro.

—Ayúdame a ponérmelo —le pedí y me volví dándole la espalda. Él suspiró, pero lo cogió y lo prendió en mi cuello.

—¿De dónde lo has sacado? —preguntó.

—Es de Sasuke, lo ganó a las cartas el día que nos conocimos. He pensado que me podría ser de utilidad —dije sintiendo todo el peso y el frío de la joya en mi pecho descubierto hasta el borde del corpiño.

—Es probable —contestó él rascándose la barbilla cubierta por barba rubia igual a la de su hermano—, eso depende del valor que tenga su vida para los ingleses. Esperemos por el bien de todos que sea suficiente.

—¿Y si no lo es? —pregunté mirándolo a los ojos.

—Entonces lo recordaremos como el gran hombre que fue, beberemos a su salud y lloraremos sobre su cadáver