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La bella durmiente

Edimburgo, Royal Infirmary

Diciembre de 2010

El médico entró en la habitación y se enfrentó con la familia. Maldijo en silencio, él no había estudiado medicina para esto. Él había estudiado para salvar vidas, pero la vida y la muerte están intrínsecamente entrelazadas.

—¿Se han despedido ya? —preguntó a nadie en particular.

La joven delgada y bella se acercó a él. Él reprimió el impulso de acariciarle el rostro pálido, enmarcado en unos ojos verdes grisesáceos extraordinariamente tristes. El mismo rostro que estaba tendido en la cama cubierto por cables.

—¿No puede darnos algo más de tiempo? —suplicó con ese acento tan peculiar.

—Verá —el médico hizo una pausa, lo había explicado una y otra vez, pero siempre tenía que repetirlo en el último instante—, ya les he dicho que el cuerpo de su hermana y de su hija —dijo volviéndose al hombre mayor que esperaba junto a la cama— no responde a ningún tratamiento. Ella ya no está aquí, por mucho que nos empeñemos en negarlo. Está en coma inducido desde hace semanas y no tiene respuesta cerebral. Lo siento, pero no hay otra opción.

La joven estalló en sollozos y su pareja, un pelinegro con aspecto nórdico, la abrazó con fuerza. El médico por un instante quiso ser él el que abrazara a la joven, consolarla, tenerla en sus brazos, acariciar su piel suave como el alabastro. Desterró esos pensamientos de su mente, llevaba más de cuarenta y ocho horas de guardia, el cansancio le estaba pasando factura.

El hombre mayor dijo algo en voz baja pero audible.

La joven se volvió sorprendida.

—¿Ha parpadeado? —preguntó.

El médico frunció la boca. Siempre ocurría lo mismo. En el último instante alguien decía que había visto parpadear o mover un dedo al cuerpo inerte y claramente sin movimiento consciente.

—Es posible que sea un simple reflejo muscular —contestó.

—No obstante, ¿puede comprobarlo, doctor? —El tono de la joven era desesperado. Y el médico no pudo negarse a la súplica de sus ojos.

De forma cansada se acercó al cuerpo de su hermana y lo volvió a examinar, le abrió los ojos y enfocó la luz en ellos, nada. Comprobó las constantes vitales, nada, ningún cambio. Le levantó la sábana y probó los reflejos pasando una uña por la planta del pie. Nada otra vez.

—Lo siento —dijo sinceramente. Era una pena que una mujer tan joven por un simple accidente perdiera la vida. Pero él había visto cosas peores en sus años de residente.

—Déjenos unos días más, por favor —volvió a suplicar la joven.

Habló el hombre joven y moreno con un acento terrible.

—Unos días más, se acerca la Navidad y... —Su voz se quebró.

El médico lo miró sin conocerlo.

—Y usted, ¿quién es? —preguntó mirando el informe.

—Soy su marido —respondió él.

—Su ex marido —respondió con restos de furia contenida la joven.

—Sí, pero estoy aquí con ella —repuso el hombre con gesto hastiado.

—Ahora, que ya es demasiado tarde —contestó la joven enfrentándose a él.

El médico retrocedió, estaba demasiado acostumbrado a escenas de este tipo, cuando todos acudían a despedirse, tuvieran mucho o poco que ver con la persona que perdía la vida. Sin embargo, volvió la vista hacia la mujer tendida sobre la cama, Sakura, se llamaba, se llama, corrigió su mente embotada, y finalmente tomó una decisión.

—Miren, tengo un congreso en Londres que durará tres días. Les doy ese plazo, si cuando regrese no hay cambios, tendremos que desconectarla, son las normas del hospital. Lo siento —dijo saliendo por la puerta.

Desde el pasillo escuchó un pequeño grito de alegría de la joven, acompañado de sollozos. Se alejó cuanto pudo, pero aun así la imagen de las dos hermanas no desaparecería de su mente en mucho, mucho tiempo.

Dentro de la habitación la joven se acercó a su hermana y susurró a su oído.

—¡Maldita seas, Sakura!, ya basta de hacer el tonto. Te hemos conseguido unos días más, así que aprovéchalos y vuelve con nosotros —se le quebró la voz—, vuelve con nosotros, Sakura, te necesito, por favor, busca en tu interior y encuéntrame para regresar, mi hermana del alma.

Horas después, sobre el cielo inglés, el joven médico sacó el informe de su maletín de piel negra y lo puso sobre la pequeña mesa de plástico extendida sobre él. Una azafata se acercó presurosa con una sonrisa en su rostro.

—¿Desea que le traiga algo?, una manta, una bebida... —sugirió apartándose un mechón de su melena que había resbalado hacia su rostro con coquetería.

Él sonrió a medias y se pasó la mano por el pelo negro. Le pasaba a menudo, ya estaba acostumbrado. La miró directamente con sus ojos ónix y asintió con la cabeza.

—Un whisky estaría bien.

—Ahora mismo —contestó la azafata retirándose presurosa.

Él abrió el informe y comenzó a leer. Lo había repasado una y mil veces sin encontrar dónde estaba el fallo. Con una mano distraída cogió el vaso depositado en la bandeja por la azafata y bebió largamente dejando que el licor le pasara por la garganta deslizándose como fuego líquido.

Tuvo el turno de urgencias aquella noche. Él fue el primer médico que reconoció a la joven de pelo rosado. Recordaba su vestido brillante y corto, muy corto, mostrando unas piernas largas, delgadas pero firmes. También recordaba la forma redondeada de su cráneo cuando exploró. El golpe en la cabeza. Se había caído, dijo el hombre inglés que la acompañaba. Parecía asustado, él no había tenido nada que ver, explicó. La joven había tropezado y caído y no habían podido despertarla.

Conmoción cerebral leve, había diagnosticado. Recordó haber sonreído de forma tranquilizadora a su hermana y al joven pelinegro que la acompañaba. En unas horas estaría bien y se podría ir a casa. Pero no fue así, horas después entró en coma y la tuvieron que intubar. Llevaba así varias semanas. Le había hecho todo tipo de pruebas, el escáner cerebral no mostraba lesiones, los análisis eran correctos y sin embargo no despertaba. Era como si estuviese dormida profundamente, como aquel cuento que le gustaba tanto a su sobrina, ¿cuál era?, La bella durmiente, sí, aquel en el que la princesa despierta con un beso. ¿Quizá debiera besarla para que despertara? Frunció el entrecejo y se bebió el resto de whisky del vaso. Llevaba muchas horas sin dormir y su mente no le funcionaba de forma correcta. Sin embargo, no podía quitarse de la cabeza a la joven, como si un hilo invisible lo atara a ella. Bajó la vista y se centró en el informe. Comenzó a leer de nuevo desde el principio. Tres días, les había dicho. Tenía tres días de plazo. Pero tres días no era nada en comparación con toda una vida. La vida que Sakura iba a perder si él no descubría qué demonios le había ocurrido. Con gesto furioso retomó la lectura.