20
El diamante es el mejor amigo del... hombre
Itachi paró el caballo frente a la entrada al fuerte. Las puertas de madera maciza estaban abiertas de par en par, pero extrañamente eso no lo hacía menos amenazante. Las verjas levantadas apuntaban como lanzas al suelo. Miré los altos muros y me estremecí. Yo lo conocía, pero no este en concreto, ya que lo destruyeron después del Levantamiento. No obstante, me impresionó más todavía que el que visité hacía ya algunos años. Dejamos paso a un carro con provisiones y varios soldados que pasaron detrás en formación. Cada vez que veía uno de esos uniformes me echaba a temblar, pero no podía mostrar temor, no podía dejar que ninguna emoción me delatara.
Itachi informó a los guardias de la puerta de quién era y que venía a ver al comandante del fuerte. Ellos nos dejaron pasar y entramos en el patio de tierra prensada. A nuestro alrededor la vida transcurría como en un hormiguero, pequeñas hileras de soldados corrían de un lado a otro, entrenándose o efectuando las tareas de avituallamiento y mantenimiento del fuerte. Sin pretenderlo sujeté la mano de Itachi. Él no dijo nada, solo acercó un poco más su cuerpo al mío.
Desmontamos del caballo una vez que atravesamos el patio y Itachi lo ató a un pequeño poste, junto con otros dos animales. Miré un momento a mi izquierda, en el centro se encontraba el cadalso, muy parecido al que había visto en Grassmarket. Una estructura de madera de un metro de altura con dos postes y una barra de madera que los sujetaba. Volví a estremecerme y no precisamente de frío.
La puerta de entrada era pequeña en comparación con la estructura. Un soldado nos guio por unos pasillos estrechos de piedra y subimos unas escaleras hasta el primer piso. Nos informó de que el comandante estaba fuera de permiso, pero el capitán al mando nos recibiría. Todo estaba más o menos limpio. No era la zona donde encerraban a los prisioneros, sino la zona de las viviendas de los oficiales y sus despachos. Nos dejó junto a una puerta cerrada. Llamó y al escuchar la orden de paso nos abrió la puerta y nos indicó que pasáramos. Hasta ahora todo había sido muy formal, muy inglés, diría mi hermana, pero eso a mí solo me producía más preocupación. No estaba acostumbrada a las dobleces ni a las sutilezas, solía ir de frente, y aunque me habían advertido muchas veces de que debía tener más mano izquierda, la derecha seguía dominando mi carácter directo. No obstante, hice un ejercicio de contrición y pasé la puerta como si fuera la mismísima reina de Francia.
No sé a quién esperaba encontrar, pero desde luego que a ese hombre no. Rompía todos mis esquemas de lo que debía ser el capitán de un fuerte con trescientos hombres a su mando, al menos mientras el comandante estuviera fuera. Era un hombre bajito y rechoncho, yo le sacaba más de una cabeza; con una peluca dos veces más grande que su cabeza redonda y pequeña, excesivamente empolvado y enjoyado también. Varios anillos de oro y piedras preciosas le adornaban las manos, atrapando la luz que entraba por la ventana, cuando nos dio paso con una pequeña inclinación de cabeza y un arco dibujado en el aire con su mano regordeta. Sus ojos sobresalían de las órbitas como los de los sapos mirándonos con curiosidad. Casi esperaba verlo saltar sobre la mesa croando.
Escuché resoplar a Itachi a mi espalda y reprimí un acceso de risa histérica que se tornó en un carraspeo disimulado.
—Y bien, ¿a quién tengo el placer de recibir en este desagradable lugar?
—inquirió con una voz tan aguda que me recordó a un cochino gritando.
—Soy laird Itachi Otsustsuky, y ella es lady Otsustsuky, mi prima —dijo mirándome.
«¿Su prima?» Tenía que reconocer que pensaba con más rapidez que yo. Me había incluido dentro de la protección de los Otsustsuky con un simple comentario, sin comprometer mi relación con Sasuke. Me pregunté qué sabría él que yo desconocía.
—Oh, bien, siéntense, por favor —dijo indicando dos sillas de madera frente a la mesa llena a rebosar de papeles amontonados de cualquier forma y manera. Reprimí una exclamación ante tanto desorden.
—Venimos a conocer el estado del prisionero laird Sasuke Uchiha Otsustsuky —explicó Itachi con voz excesivamente calmada.
—Ah, ya recuerdo, sí, lo trajeron ayer. Un hombre grande, sí señor, y bastante indisciplinado. Bueno, los escoceses suelen ser así por lo general, tanto que lo hemos tenido que alojar en una dependencia aislada del resto de los presos —contestó él hojeando los papeles sobre su mesa. El que un escocés, grande, obviamente indisciplinado y bastante furioso se encontrara frente a él no le importó lo más mínimo.
Rebuscó y pasó hoja tras hoja. Paró, se puso un monóculo que colgaba de su pechera en una cadena de oro y examinó con más atención las hojas desplegadas por su mesa.
Yo empecé a impacientarme y moví mis piernas con nerviosismo debajo del pesado vestido. Itachi lo miraba fijamente sin pestañear y sin mover un músculo, aunque apretaba las manos sobre los reposabrazos de la silla como si deseara que fuera el cuello del capitán.
—Debe de estar por aquí —dijo el hombrecillo cogiendo un fajo de papeles.
Finalmente, y harta de esperar, me levanté y arranqué de su mano los papeles.
—¡Démelos!
Me miró totalmente sorprendido, bien porque tuviera voz, bien por mi actitud.
—Le ayudaré —dije esbozando una sonrisa que intenté que fuera cordial mientras me sentaba a leer.
—Escocesa también, claro —dijo el capitán dirigiéndose a Itachi.
Él gruñó.
Ajena a los dos hombres, repasé la lista de los prisioneros buscando desesperada el nombre de Sasuke. Lo encontré casi al final de la hoja, escrito de forma apresurada, con una letra pequeña y prieta. Sujeté con fuerza la hoja entre mis manos, al lado del nombre una simple palabra:
«juzgado» y la fecha en números: «7 de diciembre de 1744».
—¿Ya lo han juzgado? —pregunté con voz ahogada.
—Sí, esta misma mañana, el juez se ha ido un poco antes de que llegaran. Tenía bastante prisa, su madre está enferma y tenía que emprender viaje —explicó el capitán.
—¿A qué lo han condenado? —Mi voz sonaba extraña y lejana.
—Cincuenta latigazos y la horca, obviamente, dada la gravedad de los cargos —expuso el hombre.
—¿No les parecía suficiente la horca, que tienen también que castigarlo a latigazos? —repliqué con furia contenida.
Él pareció horrorizado por mi pregunta. Itachi me cogió el brazo. Yo estaba a punto de saltar sobre el hombre y morderle en su rostro colorado y empolvado.
—¿Cuándo lo ahorcarán? —pregunté casi ahogándome con las palabras.
—En tres días a contar desde hoy —contestó el capitán.
—¿Qué defensa ha tenido en el juicio?
—Ninguna, por supuesto. Con seis soldados como testigos de cómo atacó sin premeditación alguna a uno de mis hombres, no necesitaba ninguna defensa. Ya sabía a lo que se exponía —dijo quitándose una mota de polvo de su inmaculado uniforme.
Yo apreté los dientes y miré a Itachi. Él tampoco se esperaba que todo se hubiera desarrollado con tanta rapidez.
—Quiero verlo —dije.
—Eso no puede ser. Solo puede recibir la visita de un sacerdote —contestó mirándome como si yo fuera estúpida con sus ojos saltones en un rostro cargado de excesos. Comenzó a tamborilear con sus dedos sobre la mesa claramente molesto. Hasta ese simple gesto era afeminado. Me pregunté qué habría hecho para recibir el destino de ser un capitán de un fuerte en el norte de Escocia, dado el poco aprecio que mostraba por sus habitantes. Podía imaginármelo y enrojecí bruscamente de forma involuntaria.
Tenía que actuar y pronto. Me aparté la capa echándola detrás de mis hombros. Los ojos del capitán se dirigieron hacia mi pecho atraídos por las luces que refulgían de mi collar. Lo observé parpadear y pasarse la lengua por la comisura de los labios. Itachi volvió a gruñir y noté cómo se tensaba a mi lado.
—Verá —dije con voz suave y aterciopelada—, quizá no me he explicado bien. Desearía ver a mi primo y poder despedirme de él en tan trágicas circunstancias.
—Ya le he explicado que eso es del todo imposible —repuso el hombre sin apartar los ojos de la joya que adornaba mi cuello.
—¿Está seguro? —volví a insistir—, eso quedaría entre usted y yo. Nadie tiene por qué enterarse de nada en absoluto. Cogí entre las manos el diamante que caía justo en la hendidura del centro de mis pechos y lo mostré sin disimulo alguno.
—Bueno, quizá pudiéramos llegar a un acuerdo favorable para ambas partes —sugirió él. Yo asentí con la cabeza entendiendo.
—Itachi —dije volviéndome a él—, arráncame el diamante de los engarces.
Él sacó su daga de la media y rozándome apenas con su mano áspera en el comienzo de mi pecho lo cogió y soltó los cuatro engarces de oro que sujetaban el diamante en forma de lágrima con la punta de su siang dhu. Uno de ellos saltó al suelo como una pulga dorada y observé de reojo cómo el capitán extendía el pie y lo pisaba con disimulo. Cerré los ojos ante su actitud tan miserable.
Itachi depositó el diamante en mi mano. Yo jamás había tenido nada de tanto valor y hasta su peso me sorprendió.
—Una hora —dije mostrándole el diamante bajo su rostro.
—Es demasiado —contestó él. Yo cerré la mano y oculté el brillo de la joya de sus ojos. Conté hasta cinco en silencio.
—Una hora, está bien —aceptó el capitán. Abrí mi mano y solté el diamante sobre la mesa.
—Bien, lléveme hasta él —dije levantándome.
El capitán llamó al soldado que esperaba fuera de la puerta y le dio indicaciones en susurros. Itachi no apartaba sus ojos de los míos.
—No has conseguido mucho —dijo acercándose a mi rostro.
—Tengo una hora, ya pensaré cómo conseguir más —contesté brevemente. En ese momento mi único pensamiento era ver a Sasuke.
El soldado nos acompañó hasta el piso inferior. Una vez allí, Itachi salió en silencio. Yo me dirigí siguiendo al soldado por otras escaleras más oscuras hacia la zona de la cárcel. Intenté memorizar los pasillos oscuros y sucios, pero me perdí en el tercer recodo. Era un laberinto lleno de puertas en las que se escuchaba de vez en cuando algún gemido y gritos entrecortados. Me froté las manos sudorosas en el vestido. Olía a sudor agrio y a miedo, a terror, y yo empezaba a sentir el mismo temor. Tenía la sensación de que una vez metida en ese sitio era imposible volver a ver la luz del día. Las antorchas humeaban colgadas en las paredes, lo que hacía que el ambiente fuera más tenebroso y oscuro. Era una tumba, una tumba de fría piedra. Costaba respirar entre tanto humo de brea y poca ventilación. Aguanté la respiración hasta que paró en una puerta y sacó unas llaves que colgaban de una anilla metálica de su cinturón. Buscó la que correspondía y abrió.
—Volveré a buscarla en una hora —dijo empujándome dentro. Cerró la puerta tras de mí y escuché su taconeo perdiéndose en el pasillo.
Dentro la oscuridad era absoluta y el silencio también. Por un momento me pregunté si no me habría encerrado a mí también. Di un paso y tropecé con algo, cayendo de bruces al suelo.
Maldije en silencio y escuché un gemido a mi izquierda.
—¿Sasuke? —pregunté esperando que mis ojos se aclimataran a la oscuridad.
—¿Sakura? —contestó él en un susurro como si le costara respirar.
Me acerqué hacia el bulto de rodillas. Estaba sentado contra la pared con las piernas extendidas. Sus brazos colgaban inertes de unas cadenas que sobresalían de la pared. Me acerqué un poco más y casi retrocedo asustada por su aspecto. Tenía un ojo entrecerrado, hinchado y amoratado. Su pelo estaba pegado a un costado ensangrentado y tenía un labio partido. Su camisa otrora blanca estaba manchada de sangre, barro y rota por algunos sitios. Tenía su brazo izquierdo doblado sobre su pecho.
—¿Qué te han hecho? —pregunté con el corazón encogido.
—Sería demasiado largo de contar, mo anam, pero bastante más de lo que yo le hice al soldado. De eso no tengas duda —contestó con voz un poco más fuerte.
Me acerqué a él y comencé a tocarlo con suavidad. Lamenté no haber traído nada con lo que prender una luz.
—¿Qué haces? —preguntó Sasuke sorprendido.
—Comprobar que estás entero —le dije concentrada en su rostro.
Él emitió un sonido gutural que lo hizo toser.
—Bueno, mo anam, por lo menos de cintura para abajo tengo todo lo que debería tener. O al menos eso creo —rio volviendo a toser—, aunque no puedo levantar mis faldas para comprobarlo. Extendió la mano derecha con un tintineo de cadenas, que solo alcanzó hasta su pecho.
Fruncí los labios, el maldito escocés todavía tenía ganas de reírse.
—El brazo izquierdo, ¿está roto? —pregunté viendo que no lo movía.
—No, es el hombro, me caí cuando me arrastraban hasta aquí. Me duele menos si lo tengo así apoyado —explicó con un quejido.
Por su forma de respirar me temía que también tuviera alguna costilla rota. Y eso sí que podía ser muy peligroso si esta perforaba el pulmón.
—¿Puedes respirar bien? —pregunté preocupada.
—Duele, así que estoy vivo, al menos de momento —añadió.
—¡Maldito seas! —exploté—, ¿por qué lo hiciste?
Él pareció sorprendido.
—Para darte tiempo para escapar. Pero por lo visto has decidido como siempre actuar por tu cuenta y te has metido de lleno en la boca del lobo. Y además te atreves a increparme a mí —contestó sin furia en la voz.
—He venido para sacarte de aquí —dije acariciándole el rostro. Pasé el dedo por su labio partido, y aunque lo hice con suavidad, la sangre volvió a manar. Me incliné y lo besé notando el sabor metálico de la sangre en mi boca, como había hecho él conmigo la primera vez.
—Dios, ven. Te necesito, te necesito, aunque sea la última vez —contestó él con voz ronca.
Me acerqué un poco más con miedo a tocarlo.
—Tendrás que hacerlo tú, mo anam. Yo apenas puedo moverme —hizo un esfuerzo por incorporarse y emitió un quejido apenas disimulado.
Me senté sobre sus piernas levantando mis faldas. Deslicé mi mano por debajo de la suya hasta alcanzar mi objetivo. Él gimió con fuerza. Lo volví a besar con cuidado y él atrapó mi cuello con la mano encadenada atrayéndome más hacia él.
Me sorprendí de que ya estuviera preparado, por lo visto tenía razón, de cintura para abajo estaba intacto y listo. Lo guie hacia mi interior y me acomodé sobre sus piernas. Sentí placer con el primer contacto. Me moví primero con cuidado y luego, viendo que no le hacía daño, con más intensidad.
—Abre los ojos —dijo.
Abrí los ojos y miré su rostro herido.
—Necesito recordarte, necesito memorizar tu rostro una vez más para recordarlo cuando muera, necesito verte perdiéndote en mí, gritando de placer. Dame solo eso, mo anam.
Lo hice, guardando en mi pecho el dolor y dándole lo que pedía. Lo hice por amor, lo hice por pasión, lo hice para recordarlo, lo hice para perderme en él, lo hice para no perder la cordura, lo hice por él, lo hice por mí, lo hice por nosotros.
Me arqueé con fuerza sintiendo su calor derramándose en mi interior y jadeé con las manos apoyadas en el suelo de tierra.
—Te amo —susurró.
—Te amo —susurré.
—Escúchame —dijo todavía sintiendo los últimos latigazos de placer en mi interior—, tienes que ponerte a salvo. Intenta volver a tu tiempo antes de que sea demasiado tarde también para ti. Y, ¡por Dios!, sal de aquí lo antes posible, cualquiera puede reconocerte otra vez, hasta yo mismo vi al llegar una proclama con tu rostro. Lo extraño es que todavía no te hayan apresado.
—No —repliqué con intensidad—, te sacaré de aquí. Lo prometo, aunque tenga que vender mi alma al mismísimo Diablo.
Él rio quedamente.
—Mo anam, me van a colgar dentro de tres días.
—Bueno, pues todavía tengo tres días para salvarte. Tres días puede ser mucho tiempo según como se mire. Además, he venido con Itachi, él también tiene influencia. Algo se me ocurrirá. No sé el qué ni cómo lo haré, pero de lo que estoy segura es de que no te voy a perder. —Las lágrimas asomaron a mis ojos cansados—. Sasuke, ya he perdido demasiado en mi vida, me niego a perderte también a ti.
—No, ni amor. Agradezco a Dios que me haya concedido algo de tiempo para despedirme de ti, pero no estoy dispuesto a que tú pierdas tu vida también. Prométeme que te pondrás a salvo. Promételo, promételo a un hombre como su último deseo en vida —dijo mirándome con una mezcla de tristeza y fuerza conmovedoras.
Lo miré durante un momento. ¿Había llegado el momento de la despedida final? ¿Tendría alguna oportunidad de salvarlo? Yo también era obstinada, y desde luego lo intentaría hasta el final, pero él no tendría por qué saberlo. Le di el único consuelo que podía ofrecerle. Una mentira, una colosal mentira.
—Lo haré, Sasuke, lo prometo, aunque eso me cueste el alma —le dije besándolo con pasión.
Él me separó con la mano y me cogió por la barbilla obligándome a mirarlo.
—¿Recuerdas lo que te dije la noche que vimos a la anciana? — preguntó.
—Sí —contesté con un suspiro entrecortado.
—Sigo pensando lo mismo, mo anam. Si alguna vez me recuerdas, búscame en el cielo, porque allí estaré esperándote. Toda la eternidad, si fuera necesario, y mientras no acudas a mí, Sakura, vive e intenta ser feliz, porque yo estaré protegiéndote en la distancia, aunque no me veas ni me sientas, yo estaré a tu lado —susurró.
Lo abracé con manos temblorosas y lloré junto a su cuello. Él me abrazó con el único brazo con que podía, ignorando su dolor.
La puerta se abrió de repente y me erguí frotándome las lágrimas. Me levanté deprisa y él emitió un quejido. Salí sin mirar atrás, sintiendo cómo su semilla se deslizaba entre mis piernas.
En el exterior la fría luz del invierno hizo que entrecerrara los ojos. Caminé como en un sueño hasta que atravesé las puertas del fuerte. Itachi estaba esperándome junto al caballo.
—¿Cómo está?
—Herido.
—Bueno, eso es mejor que estar muerto —dijo ayudándome a subir al caballo.
Él montó detrás con un salto.
—Hueles a él —soltó de repente.
—Sí. —No tenía por qué negarlo.
—Entonces no está tan mal.
—No.
Hicimos el camino en silencio hasta llegar a la posada. Los hombres que nos acompañaban esperaban en el salón jugando a los dados y a las cartas, algunos con soldados ingleses. Yo miré a estos últimos con desprecio apenas contenido.
Jiraiya se levantó y vino a nuestro encuentro. Le contamos lo sucedido.
Chasqueó la lengua.
—Mal asunto —dijo simplemente.
—Y ahora ¿qué? —dije en voz alta sin dirigirme a nadie en particular.
—Tú quédate en la habitación. Si los hombres están aquí abajo no te pasará nada. Yo volveré a hablar con el capitán y veré si puedo conseguir una prórroga o algo que nos dé más tiempo —dijo Itachi volviéndose hacia la puerta.
Subí a la habitación y cerré la puerta tras de mí. Me deshice el peinado y me solté el pelo, que cayó en rizos hasta casi la cintura. Me senté en la cama y comencé a llorar. ¿Qué pensaba que podía hacer? Ni que fuera Lara Croft. Por un momento se me pasó por la cabeza dinamitar el maldito fuerte. Pero esa no era la solución.
Di vueltas y vueltas por la habitación esperando desesperada el regreso de Itachi y rezando para que consiguiera algo con su influencia.
Después de lo que me pareció una eternidad llamaron a la puerta. Sin esperar respuesta entró Itachi como un vendaval. Por su rostro vi que no traía buenas noticias.
—¿Qué ha ocurrido? —pregunté.
—Nada, ¡maldita sea! ¡Nada! Le he amenazado, le he suplicado, le he advertido de las consecuencias de enfrentarse con nuestro clan. Lo único que me ha faltado es ofrecerle mi trasero —exclamó dando un puñetazo a la pared de madera, que tembló por el impulso.
—Bueno, tú por lo menos puedes hacer eso, a mí ni siquiera me ha mirado —dije tristemente.
Me miró de una forma extraña.
—¿Crees acaso que no he hecho todo lo posible? —preguntó con un brillo en sus ojos negros.
—La verdad, no lo sé, Itachi, dices que es tu hermano, pero te jactas de que tú eres el heredero y él solo un bastardo. El que Sasuke desaparezca te es muy conveniente para ganarte el respeto de tu padre —contesté tranquilamente.
—¿De verdad crees eso? Sakura, sigues sin entender nada —dijo él.
—¿Ah no? —exclamé enfadada—, tú pusiste a todos en mi contra al contarle a Kō que me habíais encontrado en un prostíbulo. Desde que me casé con Sasuke te has esforzado en cada momento por destacar que yo era la extranjera, de la que nada sabíais. ¡Dios! Si hasta tu padre piensa que puedo ser una espía, cuando en realidad la espía la tiene bajo sus mismas narices.
—Te dije que yo no fui quien se lo contó a Kō. Además, ya te vengaste lo suficiente, le has dejado un bonito recuerdo de por vida torciéndole nariz —suspiró pasándose las manos por el pelo como hacía Sasuke cuando algo le molestaba.
Incapaz de seguir mirándole, me volví y me puse a mirar por la ventana el crepúsculo escocés, sintiendo cómo la luz se mantenía negándose a desaparecer ganada por la oscuridad.
—Está embarazada —dijo a mi espalda.
Yo me erguí.
—¿Es tuyo? —pregunté con maldad.
—No lo sé, puede serlo, quizá no, solo Dios lo sabe con certeza —expuso tranquilamente.
Me volví hacia él.
—Vaya, tiene mucha gracia. Ahora vas a ser tú quien tenga que aceptar a un bastardo. —No pude reprimir la inquina.
—Ya tengo un hijo, Sakura, un bastardo, vive en Francia. Cuando te conocí venía de visitarlo, a él y a su madre. Tiene cinco años. Jamás lo abandonaré, aunque no lleve mis apellidos.
Lo miré con total incredulidad.
—Nunca intenté hacerte daño. —Su tono era de tristeza.
—Aun así, lo hiciste —repuse.
—No fue esa nuestra intención, pero todo se nos fue de las manos. Ninguno nos podíamos imaginar que atacarías con tanta furia a mi esposa.
—¿Lo sabíais?
—Sí.
—¿Sabías que tu mujer tenía un amante y que están conspirando contra los ingleses?
Hizo un gesto con la mano de desprecio.
—¡Bah!, Kō no sabría conspirar ni aunque se lo propusiera en serio. Solo está jugando, de una forma peligrosa, pero jugando. Todos los que estábamos en la sala lo sabíamos, excepto tú y mi esposa.
—¿Todos?
—Sí, Sasuke también. En realidad, fue idea suya el enfrentaros. Sabía que ella tenía algo contra ti desde el primer momento y decidió aprovechar el juicio esperando que Kō cayera en la trampa y te acusara a ti de algo que había hecho ella.
—¿¡Cómo!?
—¿De verdad has pensado alguna vez que Sasuke no se da cuenta de todo lo que ocurre a su alrededor?
—Yo... Sí, lo creí. —Me sentía herida y completamente estúpida.
—Le contó a Hinata de dónde venías y ella fue la encargada de transmitírselo a Kō.
—¿El juicio ante tu padre fue una farsa?
—Sí, teníamos que saber quién eras en realidad. Sasuke creyó que poniéndote al límite acabarías confesando. Sin embargo, no contamos con tu honestidad. Todos sabíamos que habías estado con Ian y que no tenías ningún amante. ¿Crees que dejaría que salieras del castillo sin vigilancia? Pero, aun así, te negaste a contar nada.
Todo había estado preparado de antemano y yo, ajena, había representado el perfecto papel protagonista. ¡Joder! Me merecía un Oscar, un Oscar por la estupidez y la confianza que deposité en todos ellos.
—Ibais a azotarme por ello —dije con furia.
—Sasuke no lo hubiera permitido —respondió él, tranquilo.
—Me amenazasteis con la prueba de Dios.
—Las ordalías dejaron de practicarse hace siglos, ¿es que no lo sabías? —Miró mi rostro—. No, está claro que no.
—¡Me encerrasteis durante días! —grité.
—Sí, mi padre no tuvo más remedio dado tu comportamiento con Kō, pero intentamos estar a tu lado.
—¿Que lo intentasteis? —contesté apretando los puños.
—Sí, yo mismo hice guardia muchos días frente a tu puerta. Hinata acudió a ver cómo te encontrabas y Sasuke vigilaba desde el lago esperando verte.
—¿Qué demonios esperabais de mí?
—Bueno, tal como es tu carácter, esperábamos que patalearas y gritaras hasta que nos exigieras que te sacáramos de la habitación. Esperábamos que no aguantaras más de un día. Sin embargo, te quedaste en silencio y trenzaste una cuerda para colgarte por la ventana. A Dhia!, nunca has dejado de sorprenderme desde que te conozco. A Sasuke casi lo matas cuando te vio colgada de la ventana, creyó que no le daría tiempo a llegar antes de que cayeras a las rocas.
—Me alegro —dije entrechocando los dientes—, ¡malditos intrigantes escoceses!
—Pero al final le dijiste quién eras, ¿verdad? —preguntó bajando la voz inmune al insulto.
—Sí, lo hice, y ¡créeme que ahora mismo me estoy arrepintiendo! ¿Te lo contó? —pregunté temiendo la respuesta.
—Solo me dijo que habría preferido que mi teoría fuera cierta.
—¿Qué? —pregunté sin entender.
—Que fueras una selkie.
Por un momento deseé matar a Sasuke con mis propias manos.
—Bueno, si querías un castigo, ya lo tiene. Dentro de tres días lo ahorcarán —dijo simplemente.
Yo aplaqué mi furia con ese simple comentario. Era cierto, ya no iba a tener la oportunidad de enfrentarme a él. Dentro de tres días desaparecería de mi vida igual que había aparecido.
Él se acercó a mí, cogió mi rostro entre sus manos y me obligó a mirarlo.
—Sakura, sé que no soy Sasuke, nunca lo seré, pero déjame consolarte. Eso sí puedo hacerlo. —Bajó su boca hasta mis labios y me besó. Yo me paralicé. No esperaba eso. De forma inconsciente abrí la boca y su lengua tanteó en mi interior con cautela y suavidad. Se parecía tanto a su hermano..., pero no era él. Me aparté empujándolo con la mano.
—No —le grité—, ¿quién te crees que soy?
—No tengo ni idea, Sakura, solo espero que con el tiempo confíes tanto en mí como en Sasuke y me lo confieses. Tengo una esposa, pero no la amo. A ti podría amarte, te deseo desde que te vi, pero tú lo elegiste a él. Tengo dinero y podría mantenerte. Buscaría una casa apartada y ese sería nuestro hogar mientras las obligaciones del clan Otsutsuky no me tengan atrapado en el castillo. Pero sería todo tuyo, si tú me quisieras.
—No te quiero —dije fríamente.
—Ahora no, pero quizá con el tiempo lo hagas y puede que yo sea libre también para casarme contigo. Podríamos tener hijos, yo les daría mi apellido y nunca les faltaría de nada, ni a ti ni a ellos.
—¿Estás loco? —fue lo único que se me ocurrió—, tu hermano ni siquiera ha muerto y me estás proponiendo matrimonio.
—Sí, estoy loco, pero loco por ti, Sakura, ¿es que no te has dado cuenta todavía?
—Vete a la mierda —le espeté.
Él retrocedió un paso ante mi brusquedad. Pero acto seguido volvió a acercarse.
—Déjame demostrarte que yo también puedo amarte como Sasuke. —Había un tono de súplica en su voz.
—No. Déjame sola. Jamás vuelvas a mencionar en mi presencia lo que me has confesado. Olvídalo. Nunca te amaré —dije sintiendo la fuerza de mis palabras.
Él retrocedió como si le hubiera golpeado con un puño de hierro en el estómago. Y yo me sentí mal, me sentí como cuando escuché a Shikamaru decirme que ya no me quería. Sabía cómo se sentía él, pero sin embargo no podía consolarlo. Estar al otro lado tampoco era agradable.
—Vete, por favor —le pedí.
—Está bien, Sakura, solo piénsalo. Estaré en la habitación junto a las escaleras —dijo saliendo de la habitación con paso cansado.
Me quedé en la habitación sola, confundida y enfadada. No me podía creer que Sasuke hubiera hecho aquello y sin embargo lo conocía lo suficiente para saber que era cierto. Su carácter forjado como un superviviente vio que esa era la única opción que tenía para que yo confesara y finalmente lo consiguió. De todas formas, tenía un problema mucho mayor al que enfrentarme y ese era cómo salvarlo de la horca, aunque deseara estrangularlo con mis propias manos.
Decidiéndome por fin salí de la habitación y bajé. Me paré junto a las escaleras y busqué al pequeño John con la mirada. Le hice un gesto para que se acercara.
—Necesito papel, pluma y tinta, ¿lo podrás conseguir?
—Claro, milady. —No preguntó para qué lo necesitaba y yo lo agradecí.
Luego encargué que me subieran a la habitación cena y una jarra de cerveza.
Esperé un rato sentada en la cama, meditando mi decisión, pero estaba convencida de que era la mejor opción. Cogí la pequeña bolsa que me había entregado el capitán donde estaban las pocas pertenencias que llevaba Sasuke cuando lo apresaron. Rebusqué y encontré su anillo de bodas. Me quité el mío y los mantuve en la palma de mi mano, perdida mi mirada en su sencillez y su inmenso significado. Dos simples alianzas de plata labrada con entrelazado celta, dentro grabados nuestros nombres. Desconocía cómo las había conseguido con tanta premura. Posiblemente ya estuvieran preparadas, y solo hubo que modificar el nombre de la novia. Apreté fuertemente el puño con las alianzas clavándose en mi palma. Luego la abrí y las guarde en la bolsa. Saqué el pañuelo que me había entregado en Edimburgo y aspiré su olor floral por última vez. Cerrando los ojos lo volví a guardar. No había tiempo para llorar. Llamaron a la puerta y entró una joven con una bandeja. Yo la cogí, había un plato de sopa, una jarra de cerveza, un papel, pluma y tinta. Tenía que reconocer que el pequeño John era el asistente más cualificado que me había encontrado en mi vida.
Escribí una nota a Itachi: «No puedo decirte quién soy, porque ni yo misma lo sé con certeza. Solo puedo suplicarte que, si de verdad me amas, cumplas la promesa que te pido. Cuida a Sasuke y dile que me perdone, que todo lo hice por amor a él».
Después me tendí en la cama esperando el amanecer y recordando cada momento que pasé con Sasuke, los buenos, los malos, los regulares. No lloré, ya sabía lo que tenía que hacer. Mi madre solía decir «enfréntate a tu mayor miedo, solo entonces dejarás de temer». Tenía razón, ya no había miedo en mi interior, ni vacilación, únicamente una certeza. Lo salvaría, aunque ello me costara mi propia vida. Una vez ya había intentado matarme, desesperada y perdida, ahora lo iba a hacer de forma consciente y ello sería la redención a mis pecados.
Cuando las primeras luces del alba asomaron por la ventana me levanté, sin rastro de cansancio, como si el peso de mi alma se hubiera evaporado. Me aseé y salí en silencio de la habitación. Giré a la derecha y paré frente a la puerta de Itachi. Puse una mano sobre la madera gastada y suspiré. Me agaché y metí por la ranura de la puerta el papel doblado con la nota escrita. Después me volví y bajé corriendo las escaleras. Iba a vender mi alma al diablo, solo esperaba que este aceptara el trato.
