21
Te estaba esperando
Caminé con paso firme hasta el Fuerte George. Cuando llegué ya habían abierto las puertas. Informé al guardia de la puerta de que el capitán me esperaba. Una mentira, pero ya había tantas en mi haber que una más no tendría ninguna importancia.
Subí las escaleras acompañada por un soldado. Tuve que esperar en el despacho vacío hasta que el capitán terminara su desayuno y se acicalara lo suficiente para recibirme.
Entró dando un pequeño portazo.
—Vaya, la joven escocesa, ¿qué se le ofrece? Creo que ayer quedó todo claro —dijo yendo directamente al grano.
—Vengo a hacer un trato —dije enfrentándole.
—¿Trae más diamantes? —preguntó con un brillo desconcertante en los ojos.
—No, le traigo algo mejor —contesté.
—¿El qué? —dijo sentándose con un suspiro en su silla, lo que hizo que parte de los polvos se desprendieran de su cara y quedaran flotando en la habitación suspendidos en el aire, trayéndome un tenue aroma a rosas.
—A usted no le gusta estar aquí —expuse.
—Eso es de sobra conocido, joven —contestó.
—Bueno, pues yo le ofrezco la salida hacia otro destino, digamos que más apetecible.
—¿Y cómo puede ser eso?
—Le puedo entregar a un peligroso delincuente que lleva en paradero desconocido varias semanas. Y que me consta que tiene un alto precio para los ingleses.
Los ojos se abrieron expectantes.
—Eso lo haría merecedor de otro destino, ¿me equivoco?
—No, no se equivoca, joven. Pero ¿cómo puede conocer usted a nadie con esa descripción?
—Bueno, dejémoslo en que lo conozco. Pero claro, quiero algo a cambio.
Entrecerró los ojos hasta que fueron una ranura oscura en su rostro blanco.
—¿El qué?
—Quiero el indulto de Sasuke Uchiha. Solo cuando lo tenga en mis manos y se lo entregue a su familia le daré lo que desea.
—Bueno, yo..., eso es... algo inusual... —Se quedó pensativo unos instantes, demasiados.
—¡Redáctelo! Piense que es su salvoconducto para salir de aquí. De todas formas, solo es un escocés y nadie tiene por qué conocer nuestro acuerdo —dije perdiendo la paciencia—, si quiere yo puedo ayudarlo —intenté suavizar el tono.
Él dudó un momento en el que mi corazón dejó de latir.
—Acepto —dijo finalmente. Mi corazón recuperó el latido, irregular pero latido al fin y al cabo.
Esperé pacientemente hasta que redactó el documento mientras miraba por la ventana. Lo firmó y sacó de uno de los cajones un sello. Añadió cera líquida sobre la firma y lo estampó contra ella. Solo entonces me permití respirar con algo de tranquilidad. Y como esperaba, en ese momento Itachi montado a caballo atravesó la puerta de entrada al fuerte.
Cogí de las manos sorprendidas el documento que ponía en libertad a Sasuke y abrí la puerta. Se lo entregué al soldado y le insté a que se lo llevara al escocés pelinegro que estaba en el patio del fuerte. Él miró al capitán y luego a mí dudando. El capitán le dio permiso con un gesto de la cabeza.
—Un momento —sujeté al soldado por la manga—. No permita que ese hombre suba aquí por nada del mundo —le ordené.
—Hágalo, hágalo, deprisa —le instó su capitán.
Me volví y cerré la puerta. Me dirigí a la ventana y observé la escena. El soldado paró a Itachi cuando este acababa de desmontar del caballo y le entregó el documento. Itachi lo leyó deprisa y miró hacia donde me encontraba. Esbocé una pequeña sonrisa. No sé si me vio, pero leí en sus labios una maldición gaélica. Intentó enfrentarse al soldado, pero varios compañeros le impidieron la entrada.
Me volví hacia el capitán.
—¿Y bien? —preguntó él—, ¿dónde está ese hombre tan buscado?
—Nunca he dicho que fuera un hombre —contesté desatando el nudo de mi capa dejándola caer al suelo. Solté mi pelo y lo agité hasta que quedó enmarcando mi rostro.
—¿No me reconoce? —pregunté sonriendo.
—Yo..., esto..., usted es...
—Sí, lo soy. La Española. Creo que ofrecen bastante dinero por mi captura. Pues aquí me tiene —dije esbozando una mueca.
—¿Sabe lo que acaba de hacer?
—Sí.
—No, no lo sabe. Acaba de entregar su vida por la de ese escocés, ¿por qué lo ha hecho? —Lo dijo con tanto desprecio que rechiné los dientes.
—Porque él salvó mi vida y salvar la suya es lo menos que podía hacer. Se llama lealtad, aunque a usted ese concepto quizá le sea desconocido —exclamé.
—Deslenguada —musitó él.
Yo reí con carcajadas histéricas.
—Está loca, además de ser una asesina —gritó con voz aguda.
—No lo maté, aunque lo mereciese, pero de todas formas ya he matado antes. Y respecto a lo de estar loca, eso no, le puedo asegurar que estoy bastante cuerda —contesté tranquilamente.
En ese momento entró el soldado que normalmente hacía guardia en la puerta sin ceremonia alguna.
—Capitán, el coronel Darknesson acaba de llegar —exclamó sin resuello.
—¿Cuándo? —preguntó con un chillido el capitán levantándose.
—Ahora mismo —dijo una voz muy familiar desde la puerta.
Yo levanté la vista y lo miré. Acababa de entregar mi alma al diablo, pero me había equivocado de persona.
—Querida —dijo con voz melosa el coronel Darknesson—, te estaba esperando.
El terror se apoderó de mis entrañas estrangulándolas sin compasión. Frente a mí tenía al hombre de mis pesadillas. Mi marido. Estaba vestido con el uniforme de los dragones, la casaca roja le caía hasta la rodilla, puños, cuello y sobrevuelta eran azules ribeteados en blanco, igual que las calzas hasta media rodilla, las polainas de cuero repujado con pequeños engarces negros le cubrían de la rodilla a los pies. Los botones dorados y perfectamente abrillantados de la casaca y los puños adornaban su apariencia, junto con el fajín de un rojo más oscuro que llevaba prendido de un hombro y sujeto a la cintura con un lazo, deshechas las hebras finales. Su presencia era intimidatoria y peligrosa. Alto, un poco más que yo. Fibroso y delgado y con un rostro masculino y desafiante. Sus ojos de color avellana oscuros brillaban con maldad y con diversión apenas contenida. Su cabello lo tapaba una sencilla peluca gris atada con un lazo negro de seda en la nuca. Se quitó el sombrero azul en forma de barco en cuanto traspasó la puerta. Yo no podía quitar los ojos de él y él no podía apartar los suyos de mí. Nuestras miradas se entrelazaron en un abrazo de amantes, furiosas y chisporroteantes. Si en ese momento hubiera sonreído juraría que podría verle los colmillos, como la mismísima reencarnación de Vlad el Empalador.
—¿La conoce, mi coronel? —preguntó el capitán.
Antes de que pudiera contestar, la puerta se abrió de repente y entró un furioso escocés pelinegro perseguido por tres guardias, que se tiraron sobre él intentando sujetarlo.
—Lo siento, mi capitán —dijo uno de ellos resollando—, hemos intentado sujetarlo, pero es demasiado fuerte.
Ni siquiera se había dado cuenta de la presencia del otro hombre hasta que observó el silencio del despacho. Se giró y ahogó una exclamación.
—Mi coronel —dijo intentando hacer un saludo militar mientras sujetaba el brazo de Itachi.
—¿Qué está ocurriendo aquí? —exclamó el furioso escocés.
—Eso me gustaría saber a mí —aulló el capitán con un chillido casi histérico. Él también notaba el peligro danzando en el aire.
—Bien —habló el coronel—, quizá mi esposa pueda explicarlo.
—¡¿Esposa?! —exclamaron a la vez el capitán y Itachi, haciendo estallar el silencio de la sala.
—Sí, lady Darknesson —repuso el coronel cruzando los brazos en su pecho y en actitud de espera.
Y yo por primera vez en mi vida me quedé sin palabras. El miedo se había apoderado de mí con tanta fuerza que tenía las cuerdas vocales totalmente paralizadas.
—Pero esta mujer no puede ser su esposa, ella es la mujer conocida como La Española, debe de haber oído de ella —dijo el capitán con actitud confusa.
El coronel rio bruscamente.
—Debo reconocer, Matsuri, que tienes bastante talento para el disfraz, pero tampoco has llegado muy lejos. ¿Qué ha ocurrido? Te has cansado de la vida en las montañas escocesas, donde no hay bailes, ni vestidos, ni joyas. ¿O es que ellos se han cansado de ti? —Me observó con curiosidad—. Sí, esa es la opción más creíble.
Yo seguí callada mirándolo a mi pesar con miedo. No conocía de nada a ese hombre, sin embargo, los recuerdos de Matsuri se mezclaban con la sensación que tuve cuando lo vi parado en la fría noche escocesa, en la carretera de Culloden. Algo terrorífico, un miedo desconocido brotó de mi pecho y amenazó con ahogarme.
—¿Está seguro de que es su esposa, mi coronel? Sobre esta mujer pesa la condena de la horca, ella misma acaba de confesar hace un momento que ha matado a un hombre —dijo con un susurro agudo el capitán.
El coronel se volvió hacia el hombrecillo con gesto hastiado.
—¿Cree que no podría reconocer a mi propia esposa?
—No, no, yo..., perdone..., no quería..., mi coronel.
—Respecto al tema de la condena eso es algo que yo me ocuparé de solucionar. Desde luego recibirá el correspondiente castigo, pero de él me encargaré yo personalmente —dijo mirándome directamente a los ojos.
Yo me encogí temblando de miedo. Casi prefería la horca.
Itachi buscó mi mirada y yo enfoqué su rostro pétreo, igual que el de su hermano cuando ocultaba las emociones. Le supliqué silencio con la mirada y él asintió imperceptiblemente.
—He ordenado que se destruyan todas las proclamas. Hablaré con lord Collingwood y llegaré a un acuerdo con él. En realidad, solo tiene herido el orgullo, que a veces es más grave que las heridas mortales. En cuanto a ti, mi querida esposa —di un respingo—, fuiste tan estúpida que no aprovechaste la única oportunidad que tuviste de escapar a Francia. Aunque no sé de dónde sacaste el valor para enfrentarte a lord Collingwood.
Un rostro de mujer dulce y agradable se filtró entre mis recuerdos.
—¿Ayame? —conseguí decir con voz entrecortada. No sabía quién era, pero algo me hizo preguntar.
—Estará con su familia, supongo, partió en el Lady Arabella, ella se ocupó de ocultarte en el prostíbulo donde conocía a una de las mujeres y tú en vez de aprovechar la oportunidad que te brindó, decidiste escapar a Escocia. Siempre te consideré bastante idiota, pero desde luego esta aventura tuya ha sido desde el principio lo más ridículo que has hecho desde que te conozco. Lo pagarás caro y lo sabes. Pero eso es algo que discutiremos en la intimidad marital, como hemos hecho siempre.
Yo me estremecí y noté cómo Itachi se puso tenso por el esfuerzo de mantenerse quieto.
—Pero ella... Acaba de hacer un trato que... —La aguda voz del capitán se perdió en la mirada furiosa del coronel.
—¿Qué trato?
—Se entregó a cambio del indulto de un prisionero, mi coronel —dijo con voz un poco más firme.
—Ese trato ahora no tiene ningún valor. ¿Dónde está ese documento? Y ¿quién es el prisionero? —preguntó con voz autoritaria.
—El documento ha sido entregado a laird Itachi Otsutsuky —señaló a mi cuñado—, y el prisionero es su hermano, laird Sasuke Uchiha Otsutsuky.
El coronel se volvió hacia Itachi y lo observó atentamente.
—Conozco a su padre. Pero veo que no ha heredado su prudencia. Por lo que veo la ayudaron a esconderse en Escocia. —Se acercó a él, demasiado, hasta que sus rostros casi quedaron a la par. Itachi intentó soltarse y lo único que consiguió fue que los tres hombres que lo sujetaban apretaran con más fuerza.
El coronel palpó el pecho de Itachi, notando el documento escrito con mi sangre; introdujo con cuidado su mano dentro de la camisa y lo sacó triunfante. Itachi hizo un movimiento de ataque y solo consiguió acabar arrodillado en el suelo bajo el peso de tres dragones ingleses.
Lord Darknesson lo leyó con calma, luego me miró con una expresión indescifrable en sus fríos ojos avellana oscuro y lo arrojó al fuego de la chimenea, donde se deshizo en cenizas en cuestión de segundos.
—¡No! —grité—, ¡eso no! Sasuke es inocente, él solo intentaba protegerme.
—¿Protegerte? —preguntó como en un descuido.
¡Mierda! Había hablado demasiado.
—¿Qué hay entre ese prisionero y tú?
—Nada, solo me ayudó a escapar, pero él no sabía quién era yo. Yo le mentí, mentí también a Itachi, los engañé a todos para poder mantenerme oculta.
Los ojos de Itachi me miraron con dolor. Los de mi marido, con odio y desprecio. Se acercó peligrosamente a mí. Yo retrocedí un paso. Cogió mi mano derecha y la acarició con delicadeza. Lo miré extrañada. Había un brillo demente en sus ojos e intenté deshacerme de su sujeción. Él sujetó mi mano con más fuerza y la levantó hasta que estuvo frente a mi rostro.
—Siempre odié tu forma de aporrear el piano, creyendo que eras lo suficientemente buena como para sacar una melodía decente. Me dabas dolor de cabeza, ahora eso ya no lo volverás a hacer. Sé lo que te gustaba y yo te lo voy a impedir —dijo con una voz extraordinariamente suave.
Yo intenté decirle que no sabía tocar el piano, de hecho ningún instrumento musical para ser exactos.
La protesta murió en mis labios cuando noté que cogió mi dedo anular y lo retorció de tal manera que mi cuerpo se retorció igual. Hasta que se escuchó un chasquido. Grité de dolor y caí al suelo protegiéndome la mano. Me había roto el dedo. Escuché la exclamación ahogada del capitán y noté cómo Itachi volvía a luchar para acercarse a mí, maldiciendo en gaélico. Quedó tumbado a mis pies bajo el peso de tres soldados sobre él.
—¡Sakura! —escuché su grito ronco.
Yo no podía contestar, una espiral de dolor me rodeaba, surgía de mi dedo y atravesaba mi brazo hasta llegar a mi cabeza, que estaba a punto de explotar.
No contento con eso, mi marido el coronel Sasori Akasuna se agachó a mi lado y susurró en mi oído.
—¿Crees que soy tan idiota como para no ver que entre ese prisionero y tú ha habido algo? No pienso cargar contigo y con un bastardo en tu vientre.
Yo me volví apenas, pero no fui lo suficientemente rápida. Una patada en mi vientre hizo que me encogiera de dolor y la habitación comenzó a girar peligrosamente sobre mi cabeza. Las náuseas amenazaron mi garganta y tragué saliva con dificultad, respirando entrecortadamente. Mascullé algo entre dientes.
—¿Qué has dicho? —Él se volvió a agachar a mi lado.
—He dicho —dije resollando— que me arrepiento de haberme casado contigo.
La palma abierta de su mano voló hacia mi cara y me propinó una bofetada que me hizo girar el rostro golpeándome contra el suelo de piedra. Intenté incorporarme, pero el esfuerzo era demasiado, el dolor demasiado intenso, la oscuridad demasiado tenebrosa y caí inconsciente viendo cómo Itachi recibía un golpe en la nuca en un intento desesperado de acercarse a mí.
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Desperté en una cama desconocida. Sentía todo el cuerpo dolorido, me costaba respirar, pero hice un esfuerzo por levantarme. Me incorporé apoyándome con la mano izquierda y conseguí sentarme en la cama. Miré alrededor. Estaba en una de las habitaciones de los oficiales del acuartelamiento. La habitación era austera, apenas una cama, una mesa, una silla y una chimenea encendida, que desprendía más humo dentro de la habitación que por el respiradero. Me miré la mano herida. Alguien había vendado mi dedo, pero la mano estaba hinchada y amoratada, ni siquiera quería pensar cómo estaría mi dedo debajo de la venda. Me dolía horrores. Punzadas me atravesaban a lo largo de todo el brazo. Intenté ignorarlas, pero no pude. Lágrimas de dolor asomaron a mis ojos y me incliné hacia delante peligrosamente. Entonces el dolor en mi estómago me hizo retroceder hacia atrás. Me aflojé el corpiño con la única mano que tenía servible y vi un inmenso moratón que me cubría la parte derecha del estómago, las costillas y el abdomen. Palpé con cuidado, no parecía haber ninguna rota. Me pasé la mano por el rostro arrastrando mis lágrimas y vi sangre. Me había vuelto a romper el labio. ¡Mierda! Ahora entendía por qué Matsuri había huido de su hogar en Inglaterra para regresar con su familia a Francia. Yo no hubiera resistido ni la mitad que ella, si ese era el pan de cada día con ese hombre, engendro del demonio.
Intenté pensar con claridad, pero tenía la cabeza tan embotada por el dolor que casi me era imposible. «Piensa, Sakura, piensa», me dije, «y sobrevive. Por él, por ti, por los dos». Pero estaba perdida, ahora sí que no sabía qué hacer.
Un hombre vino a buscarme, se identificó como el ayuda de cámara de lord Darknesson. Me miró buscando reconocimiento, pero no lo tuvo, su rostro no me era familiar. Querían que acudiera al despacho del capitán.
—¿Por qué? —pregunté temiéndome otra paliza.
—Yo solo he recibido las instrucciones de llevarla allí —expuso el hombre tranquilamente.
Atravesamos los corredores de piedra hasta llegar a la puerta del despacho del capitán. Llamó y al escuchar respuesta la abrió y me indicó que pasara.
Estaban solos el capitán y el coronel.
—¿Qué ocurre? —pregunté casi sin voz.
—He pensado, querida esposa, que te gustaría ver el espectáculo. —Su tono era malicioso.
Yo, de forma involuntaria, retrocedí un paso.
—¿Qué espectáculo?
—Asómate a la ventana.
Me dirigí hacia donde me había dicho, extrañada por su repentina amabilidad y totalmente alerta.
Me asomé y lo comprendí todo. El cadalso estaba preparado y pude ver a los hombres de Itachi y a él mismo en primera fila con los brazos cruzados esperando. Kendrick y el pequeño John también estaban, este último con una expresión horrorizada en su joven rostro.
No noté que mi marido se había posicionado a mi lado con una expresión de absoluto disfrute. El capitán, mucho más impresionable, se quedó sentado tras su mesa.
Quise huir, pero no podía. Tenía que verlo, tenía que estar ahí, era lo único que podía ofrecerle a Sasuke en ese momento. Lo vi salir por la puerta escoltado por dos soldados. Se encaminó con paso firme hasta el cadalso y esperó con calma a que le quitaran los grilletes. No aceptó la ayuda de nadie para encaramarse al horrible escenario. Intentó quitarse la camisa pero su hombro herido se lo impidió. Uno de los soldados sacó un cuchillo y la rasgo de arriba abajo mostrando su espalda fuerte y musculosa, blanca y sin heridas. Sentí que las lágrimas se deslizaban por mi rostro quemándomelo. El tartán cruzado sobre su pecho se deshizo y cayó como un manto carmesí y verde sobre la tarima. Lo ataron a las cuerdas y lo dejaron en posición de cruz. Solo entonces su rostro se dirigió a la ventana. Me vio y me miró fijamente con gesto triste. En sus ojos había una súplica silenciosa. No quería que lo viera, en ese estado no. Pero yo tenía que estar allí. Apoyé mi mano izquierda en el cristal y acerqué más mi rostro mostrándole que estaba con él, quería transmitirle algo de mi fuerza si eso era posible. Él asintió y miró al frente con la mirada perdida. Nunca vi nada tan increíblemente obsceno y cruel como lo que sucedió a continuación. Sin embargo, no pestañeé ni un instante durante el largo rato que duró la tortura.
El soldado encargado chasqueó el látigo de siete cuerdas contra el suelo. Yo me estremecí. El coronel sonrió y yo lo odié con toda la intensidad que pude. Nunca había odiado a nadie de esa forma y el sentimiento era extraño y a la vez liberador.
Conté cada uno de los cincuenta latigazos. El primero golpeó la espalda haciendo que Sasuke se tambaleara un poco por el impulso, pero de su boca no salió ninguna exclamación. Solo afirmó más los pies al suelo de madera. Con el quinto latigazo pude ver cómo se abría la carne y la sangre comenzó a manar, cayendo a través de su espalda y mojando su kilt, deslizándose entre las grietas de la madera hasta caer en gotas granates sobre el suelo, en pequeñas burbujas que se mantenían un instante antes de ser engullidas por la tierra. Seis, siete, ocho, nueve, diez. El soldado paró con gesto cansado. Sasuke seguía mirando a un punto infinito en la lejanía, totalmente abstraído, de su boca no se escuchó ni un grito, ni un susurro. Metí mi mano herida en el bolsillo del vestido y apreté el abrecartas con intensidad hasta que noté cómo mi mano herida sangraba por el corte. Necesitaba sentir dolor, sentir dolor por él, con él. Diecisiete, dieciocho, diecinueve, veinte. El látigo estaba impregnado de sangre y restos de piel, que el soldado arrastró con su mano con un gesto de asco. Las lágrimas manaban de mis ojos sin control alguno empañándome la vista. Sentía cada golpe en mí, cada herida de su carne como si fuera mi propia carne. Veintiocho, veintinueve, treinta. Sasuke gimió y se desmayó dejando que su cuerpo colgara inerte de las cuerdas. Yo me estremecí y ahogué una exclamación. El coronel me miró y sonrió, tenía las mejillas enrojecidas y los ojos brillantes. Otro soldado cogió un cubo de agua y lo lanzó contra el rostro de Sasuke. Este agitó la cabeza desconcertado, pero se despejó lo suficiente como para erguirse otra vez. La tortura siguió. Cuarenta, cuarenta y uno. Recé para que pararan de una vez. Lo estaban destrozando, podía ver asomarse el músculo bajo la piel deshecha. Su espalda era una masa informe de carne, músculo y piel que caía descolgada de cada una de sus heridas. Cuarenta y ocho, cuarenta y nueve y cincuenta. Solo entonces respiré. Soltaron a Sasuke de las cuerdas y este cayó al suelo de rodillas. Dos soldados se aproximaron y lo cogieron por los brazos levantándolo. Vi a Itachi y a todos los hombres con gestos de furia contenida. Uno o dos intentaron acercarse a él. No se lo permitieron. Lo cubrieron con una manta gris y le pusieron los grilletes. Se lo llevaron arrastrándolo al interior de la fortaleza.
—¿Has disfrutado, querida? —El coronel se volvió hacia mí con una sonrisa apenas disimulada.
—No tanto como tú —le contesté mirándole a los ojos con odio. Y entonces me agaché y vomité todo el contenido de mi estómago dolorido en su pulcro uniforme.
De vuelta en la habitación dejé que todo mi dolor aflorara y me abracé las piernas con desesperación balanceándome buscando un consuelo que no llegaba. Recordé a mi madre y me pregunté si su vida en este siglo había sido igual de cruel que la mía. Deseé tenerla a mi lado, ella seguro sabría qué hacer. Yo me encontraba totalmente perdida. Sin embargo, su rostro amado apareció en mi mente mostrándome una salida.
Estábamos haciendo un puzle bastante complicado y mi impaciencia me podía, intentaba encajar las pocas piezas que me quedaban sabiendo que ese no era el lugar correcto. Mi madre se acercó por detrás y cogió una pequeña pieza.
—Ves —me dijo.
—Claro que la veo —contesté yo frustrada.
—No, Sakura, no lo ves, ves la forma, pero no te fijas en las aristas, en los bordes sinuosos de la pieza. Te ocurre lo mismo con las personas, no todo es blanco o negro, no todo encaja a la fuerza, siempre hay que saber mirar con más atención lo que nos rodea, observa y encontrarás la respuesta.
Cogí la pieza que tenía en la mano y busqué la forma correcta, ese pequeño detalle que hacía que, aunque iguales, cada una tuviera su sitio. Lo encontré y lancé una pequeña expresión de triunfo.
—¿Lo entiendes ahora, pequeña? Las personas son igual a las piezas de los puzles, parecen iguales, pero todas son diferentes, solo hay que encontrar cuál es el hueco y la arista que la hace distinta a las demás. —Me dio un beso en la coronilla y esperó hasta que yo conseguí terminar el puzle sin más ayuda por su parte.
¡Maldita sea! Algo se me había escapado y no lograba saber el qué. Intenté introducirme en los recuerdos de Matsuri para lograr algún indicio, pero no encontré nada. Cerré los ojos y me concentré en lo que había sucedido desde que había aparecido lord Darknesson. Rememoré cada comentario, cada gesto y entonces lo encontré. Cuando se acercó a Itachi, esa forma de mirarlo tan íntima, la delicadeza con la que puso su mano sobre el pecho, cómo tragó saliva cuando introdujo su mano dentro de su camisa y tocó su piel, el movimiento sinuoso de su nuez de Adán, el pequeño suspiro. ¡Joder! Lo tenía. Era eso. Al conde Sasori Akasuna, lord Darknesson, conde y coronel, le atraían los hombres. Con una sonrisa triste recordé cómo había pensado al principio viendo que Sasuke entraba en una Molly House que era él quien tenía esas apetencias, cuando en ningún momento mostró ningún signo al respecto. Mi madre tenía razón, tenía que aprender a fijarme más en las personas. Todos tenemos secretos y yo acababa de descubrir el más preciado de mi marido. El único que él necesitaba mantener oculto a los demás. Volví a cerrar los ojos con una pequeña expresión de triunfo y una escena desconocida y a la vez familiar se apropió de mis recuerdos, un hombre desnudo de espaldas, con el sudor brillando sobre su piel que lanzaba destellos iluminada por el fuego de la chimenea besando a otro hombre con unos grandes ojos azules. Abrí los ojos sorprendida. Ahora lo entendía todo, ahora sabía por qué Matsuri había huido. Tenía miedo de que su marido la silenciara para siempre, enterrando con ella su secreto. Pero yo no era Matsuri, era Sakura y ahora jugaba con ventaja.
Me levanté y me dirigí a la puerta. Moví el pomo esperando que estuviera cerrada. No lo estaba. Musité una plegaria de agradecimiento. Corrí por los pasillos silenciados por la noche amparada por la oscuridad hasta que encontré el despacho del capitán. Entré con cuidado y rebusqué en su mesa, solo la débil luz de la luna iluminaba el espacio, cogí un papel en blanco y me senté dispuesta a escribir el indulto de Sasuke. Lo había leído y podía reescribirlo de memoria. Me costó bastante, con la mano inutilizada por el dedo roto, el resto de los dedos hinchados como salchichas y el corte en la palma, pero finalmente lo terminé y me froté la mano herida con cuidado. Lo guardé en los pliegues de mi vestido y salí furtivamente dirigiéndome otra vez a la habitación.
Cuando llegué me senté en la cama a esperar. Lo iban a ahorcar al amanecer. Solo tenía que esperar que lord Darknesson viniera a buscarme. Disfrutaba con el dolor ajeno y estaba segura de que quería que yo viera cómo ahorcaban al hombre que me había salvado.
No dormí absolutamente nada, el dolor que sentía en mi cuerpo y por Sasuke, así como la excitación del enfrentamiento con el coronel me mantuvieron en un estado de alerta semiinconsciente durante las largas horas de la noche.
Poco antes del amanecer se abrió la puerta y entró el coronel. Se había cambiado de ropa, ya no llevaba el uniforme de los dragones y tampoco la peluca, pude ver que era pelirojo, y, muy a mi pesar, que resultaba bastante atractivo.
Su rostro estaba arrebolado y yo me imaginaba muy bien por qué, lo que no sabía era por quién.
—Veo que estás despierta —fue su comentario nada más entrar al verme sentada en la cama.
—Estaba esperándote —le dije como él en mis pesadillas.
—¿Qué quieres? —inquirió él con gesto brusco.
—Algo muy sencillo, solo que firmes un simple papel.
—¿Cuál? —Ahora había conseguido su atención por completo.
—El indulto de laird Sasuke Uchiha Otsutsuky.
—Eso ni lo sueñes —repuso riéndose.
—Oh, lo harás, no te quepa duda —dije con un tono de voz que no reconocí como propio.
—¿Por qué tendría que hacerlo? —dijo con tono hastiado, pero percibí la duda en su voz.
—Porque si no me encargaré de que todo el mundo, incluida la corte inglesa y francesa, conozcan tu secreto.
—¿Quién eres?
—Soy Matsuri Lusignant, lady Darknesson, pero soy más fuerte de lo que tú recuerdas y no tan estúpida como crees.
—No serás capaz...
—Lo seré. Porque no tengo nada que perder y tú si. Tú tienes mucho. Todo lo que has construido se derrumbará como un castillo de naipes si yo lo cuento.
—Nadie te creerá.
—Lo demostraré con pruebas, de todas formas una vez que lanzas un pábulo siempre queda la duda. Te perseguirá como una sombra oscura de la que no podrás huir. Te convertirás en un paria. Y eso es algo que no te gustaría. «Calumniad con audacia, siempre quedará algo» —dije citando a Francis Bacon.
—Podría silenciarte ahora mismo y nadie se enteraría.
Cogí el abrecartas de plata que tenía en el bolsillo. Tal vez me fuera de utilidad otra vez, como había dicho Sasuke. Él vio mi gesto y el reflejo de la plata en la luz de la vela que había mantenido encendida toda la noche en la mesilla.
—¿Piensas atacarme? —preguntó con un deje divertido en la voz.
—Podría hacerlo. Crees que me conoces, pero no sabes quién soy. Mírame a los ojos, mírame bien. Ya he matado antes y volvería a repetirlo si fuera necesario.
—No eres Matsuri —repuso desconcertado.
—Oh, lo soy, tú has hecho que vuelva a serlo.
Observé su gesto dudando y a la vez mirándome de forma incrédula.
—¿Y qué obtengo yo a cambio? —dijo finalmente.
Yo exhalé fuertemente. Ni siquiera me había dado cuenta de que contenía el aliento.
—Mantendré tu secreto a salvo, seré tu escudo ante el mundo. No me importa lo que hagas con tu vida, siempre que me mantengas al margen.
—¿Cómo puedo creerte?
—Porque eres lo suficientemente inteligente como para darte cuenta de que en realidad no soy Matsuri, aunque a los ojos de los demás lo sea. Matsuri pensaba traicionarte, yo no lo haré. No lo haré a cambio de la vida de Sasuke.
—Esto lo pagarás caro —soltó bruscamente.
—Lo haré seguro, te conozco, aunque tú no me conozcas a mí. Pero de momento firma, ya tendremos tiempo de discutir más adelante —repuse con un pequeño estremecimiento.
Se acercó y le ofrecí la pluma y la tinta. Firmó.
—Séllalo —dije.
Deslizó un anillo con su escudo de su mano y presionó con fuerza sobre la cera caliente que yo había arrojado sobre el pie de página.
Un rayo tímido de sol iluminó de repente la estancia, parándose justo en el documento que significaba la salvación de Sasuke. Sentí que por fin encajaba todo en su sitio. Yo lo había perdido, pero había conseguido salvar su vida. Eso me bastaba.
Salí de la habitación sin volverme.
Bajé las escaleras y encontré a un soldado que hacía guardia en la puerta. Le entregué unas monedas y le insté a que fuera a la posada a buscar a laird Itachi Otsutsuky. Le transmití un mensaje.
—Dile que Sakura le llama porque nadie va a beber a la salud de Sasuke. ¿Lo recordarás?
El soldado miró las monedas y calculó.
—Sí, señora.
—Bien, date prisa.
Después subí al despacho del capitán, llegué justo cuando el coronel estaba entrando.
Noté la incomodidad del capitán nada más traspasar la puerta. Su cómoda y aburrida vida en el fuerte se había trastocado en los dos últimos días de una forma que lo molestaba, y no lo disimulaba en absoluto. Además de perder la oportunidad de salir de allí. «Bueno —pensé—, todo habrá acabado dentro de un rato.»
Sin decir una palabra le entregué el indulto firmado y sellado por lord Darknesson.
Él lo leyó incrédulo y nos miró a ambos. Hablé yo, cogí de la mano a mi marido y lo miré con ojos de adoración. Al final iba a resultar una estupenda actriz.
—Mi marido ha accedido a mis deseos, ha comprendido que ese hombre solo intentaba ayudarme engañado por mis argucias al esconderme y me ha concedido el deseo que le pedí anoche. —Agité mis pestañas hacia el coronel.
Este me miró como si fuera la primera vez que me veía. Me acerqué más a él.
—Fui una estúpida, me asusté e intenté huir y no me he dado cuenta hasta ahora de cuánto lo había echado de menos y de que mi lugar en el mundo es estar junto a él —dije con voz melosa.
El coronel tragó saliva pero siguió en silencio. Noté que su mano me apretaba con más fuerza, entendí su señal. Me callaría por el momento.
Al poco llegó Itachi. Tenía un fuerte golpe en la frente y parte de su rostro estaba amoratado, pero aparte de eso parecía estar bien. El capitán le entregó el indulto y le explicó que el coronel había accedido a perdonar a su hermano. Itachi me miró entrecerrando los ojos, yo le hice un gesto de silencio con los míos y él calló. No había tiempo para explicaciones, tampoco podía ofrecérselas de todas formas.
Mandaron traer a Sasuke. Yo aguanté la respiración. Aquello iba a ser lo más difícil.
Sasuke llegó encadenado y con paso tambaleante. Se paró en silencio frente a mí. Yo lo miré con dolor, su rostro estaba enrojecido y sus ojos brillaban vidriosos por la fiebre. Tenía la camisa rota y manchada de sangre. Parecía desconcertado y perdido. Sentí unas irremediables ganas de abrazarle y decirle que estaba a salvo. Que lo amaba más que a nada en el mundo y que nada cambiaría eso. Pero sin embargo compuse mi gesto y lo miré con dureza y frialdad.
—¿Sakura? —preguntó titubeando.
—Sakura est morte. Je suis Matsuri.
Él abrió un ojo negro y me interrogó con la mirada buscando confirmación a lo que había expresado.
—Je ne vous connais pas —dije con frialdad. «No te conozco», lo negué por primera vez.
Sasuke parpadeó incrédulo y miró a Itachi, luego se volvió otra vez hacia mí.
—Mo cridhe —susurró. «Mi corazón.» Yo me mordí un labio soportando el dolor.
—Je ne vous comprends pas. Je ne sais pas qui êtes-vous. —Lo negué por segunda vez.
—Mo anam, ¿por qué lo has hecho? 'S tusa gràdh mo bheatha. —Su voz era ronca y su tono, herido.
Lo miré con frialdad, sabía lo que me había dicho, yo era el amor de su vida, recompuse el gesto y enfoqué mis ojos igual que cuando me enfrentaba a un acusado. No dejé que mis sentimientos afloraran a mi rostro, aunque mi alma se desgarró en jirones sangrientos.
—Vamos, hermano, te llevaré a casa —dijo Itachi poniéndole un brazo sobre los hombros—. ¡Quítenle los grilletes! —ordenó a los guardias. Estos miraron al coronel esperando confirmación. El coronel asintió con la cabeza.
Una vez que se los quitaron alargó su mano hacia mí y dio un paso en mi dirección. Yo di un paso atrás y me tapé el rostro con mi mano izquierda ocultando mi tristeza. No quería que viese el estado en el que había quedado la derecha.
—Écartez-le de ma vue! —dije apenas sosteniéndome—. La puanteur est insupportable. —«¡Apártenlo!, el hedor es insoportable.» Lo negué por tercera vez, igual que hizo Pedro el discípulo con Jesús, su Salvador.
Sasuke se apartó como si le hubiese abofeteado. Yo me tapé el rostro con la mano con más fuerza mordiéndome el labio hasta que noté el sabor metálico de la sangre en la lengua. Si seguía un momento más a mi lado me derrumbaría en sus brazos y eso no podía permitirlo.
Sasuke me dirigió una última mirada desesperada y yo aparté la vista. Se volvió despacio y se dejó llevar por su hermano.
Cuando salieron me dirigí a la ventana. Los observé mientras Itachi ayudaba a Sasuke a montar en su caballo. Entonces recordé algo y me volví al capitán.
—¿Dónde está el caballo frisón? —espeté.
—¿El caballo? —preguntó él desviando la mirada.
—Sí, ya sabe cuál le digo. Quiero que se lo devuelvan, o yo misma les acusaré de robo —dije con furia.
El capitán, cansado y ocultando su fastidio, hizo un gesto al soldado que montaba guardia y le indicó que devolvieran el caballo a su dueño.
Esperé junto a la ventana hasta que vi que sacaban el precioso animal de los establos y se lo entregaban a los escoceses. Tanto Itachi como Sasuke miraron hacia arriba. Yo estaba oculta a su vista. Sakura se hubiera asomado, Matsuri no. Ya estaba todo hecho y dicho. Esperé hasta que ambos desaparecieron por las puertas del Fuerte George.
De repente un tremendo agotamiento me invadió y tuve que sentarme. Quería llorar, pero no podía, quería gritar pero no podía, quería vivir, pero ya estaba muerta. Me doblé sobre mí misma y dejé que toda la agonía que había estado guardando en mi interior los últimos tres días se liberara. Estallé en un agudo grito muy similar al aullido de un animal herido. Y caí hacia delante.
Lord Darknesson se agachó a mi lado.
—Vamos, Matsuri —dijo con satisfacción en su voz—, esto es solo el principio.
Me volví con el rostro contraído por el dolor y la angustia. Sabía lo que me esperaba, lo había estado conteniendo como una presa a punto de reventar tras una riada.
—No —le contesté con el mismo tono de satisfacción que mostró él—, esto es el final.
No escuché más, cerré los ojos y los hilos que me arrastraban a la oscuridad me envolvieron.
—Sakura.
—Matsuri.
—Ha llegado el momento.
—Lo sé. Lo estaba esperando.
—Quiero regresar a mi vida.
—No puedo dejarte, no puedo dejar a Sasuke —intenté concentrarme en su rostro, pero solo veía el dolor de su mirada y la decepción al despedirnos.
—Ya lo has hecho, lo has abandonado.
—No te dejaré volver.
—Sí, lo harás porque aquí ya no te queda nada y lo sabes.
—No, intentaré recuperarlo.
—Ya no puedes, lo que has hecho no tiene vuelta atrás.
—Vete.
—No, he venido a quedarme. Soy Matsuri y quiero recuperar mi vida.
—No es tu vida, es la mía.
—Ya no. Lo has perdido todo. Otra vez.
Sentí que lloraba sin llorar, que una vez más la nada me envolvía sin remedio, que ella tenía razón, lo había perdido todo por salvarlo. Y me rendí, ya no tenía sentido luchar. Sasuke jamás me perdonaría lo que yo había hecho, lo sabía en mi fuero interno antes de intentarlo siquiera. Nunca me perdonaría la traición que había cometido, él era un hombre de honor por encima de todas las cosas. Intenté buscarlo en mis recuerdos, pero estos estaban desapareciendo. «Sasuke, Sasuke», intenté gritar, pero él ya no estaba a mi lado. «Sasuke», supliqué una vez más, «¿dónde estás?». Pero su rostro, su voz, su sonrisa, sus caricias y su amor se perdieron definitivamente en los recovecos de mi mente.
