Epílogo

Highlands. Escocia 1745

Me volví incómoda sobre el frío suelo helado de las montañas. ¿Dónde demonios se había metido Sasuke?, me pregunté por centésima vez. Escuchaba a lo lejos el murmullo de pasos y conversaciones perdiéndose en la espesura del bosque amparados en la oscuridad invernal. Sentí que el sudor cubría mi espalda haciendo que las gotas me recorrieran por debajo del vestido como lenguas de hielo. Alguien se acercaba sigilosamente. Busqué la siang dhu en mi bolsillo y la saqué en silencio sujetándola con fuerza en una mano. Cuando sentí su presencia casi junto a mí me volví de improviso y alcé el arma como defensa.

Sasuke se abalanzó sobre mí y me inmovilizó la mano con un brazo cubriéndome la boca con la otra. Tuve el impulso de mordérsela.

Tuch! Soy yo —susurró en mi oído. Fue muy prudente al ordenarme silencio ya que yo estuve a punto de aullar como un lobo del terror que sentí. Me debatí entre sus brazos y él me soltó.

—¿Has visto algo? —pregunté en un susurro viendo cómo él se tendía junto a mí en el suelo haciendo una mueca de disgusto al notar el frío.

—Demasiado. Están por todas partes, pululando como los piojos en el pelo de un niño. Es imposible calcular cuántos hay —dijo casi sin resuello.

A mí un regimiento completo del Ejército de Su Majestad el rey Jorge II no me parecía una masa informe de inofensivos piojos, más bien me recordaban a las sanguijuelas sedientas de sangre. De sangre escocesa. Es decir, nuestra, y ese pensamiento hizo que temblara de miedo.

—Déjame que te dé calor —exclamó Sasuke acercándome a su cuerpo cálido malinterpretando mis temblores.

—¿Qué vamos a hacer? —pregunté acurrucada contra su amplio pecho.

—Solo tenemos una opción. Tendremos que descender la colina. Rápidamente. Si conseguimos esquivarlos podremos rodear el campamento inglés y regresar a la línea escocesa —explicó con calma.

—Y una vez en el valle, ¿hacia dónde?, ¿izquierda o derecha? —inquirí sintiendo cómo poco a poco iba entrando en calor.

—Centro —contestó él brevemente apretando los labios.

El calor huyó de mi cuerpo arrastrado por el viento del norte. Me aparté súbitamente.

—¿Pero...?

—¿Sabes nadar, Sakura? —preguntó él adelantándose a mis temores.

—Perfectamente —repliqué con cinismo—, braza, mariposa, espalda... ¿qué prefieres?

—Que no te ahogues. Eso será suficiente —respondió él con gesto serio.

—¿Estás loco? ¿El río Spey en pleno invierno? Moriremos congelados —señalé ya sin nada de sarcasmo sino con una lógica tétrica y aplastante.

—Es la única oportunidad —dijo él—. ¿Escuchas? Se acercan. Están rastreando el terreno. Si nos encuentran estaremos perdidos.

—Está bien —concedí. Y pensar que nos encontrábamos en esta situación porque mi intención había sido la de buscar algo de intimidad. No había contado con la desorientación espacial tan habitual en mi persona.

Mo anam, tha gaol agam ort. Lo sabes, ¿verdad? —susurró junto a mi boca besándome con pasión.

—Lo sé. Yo también, mo ruin —le respondí perdiéndome en sus ojos negros. Solo había conseguido aprender esa palabra en gaélico. Era suficiente. No necesitaba conocer más. «Mi amor.»

—No te sueltes de mi mano, ¿entendido? —exigió levantándome con un solo brazo.

Afirmé con la cabeza, demasiado asustada como para pronunciar palabra. Escuchamos un disparo a nuestra espalda. Aquella fue la señal. Emprendimos una huida desesperada a través de la colina. Tropecé varias veces, pero la sujeción de Sasuke me impidió caer. Paramos sin resuello frente al pequeño terraplén rocoso bajo el que se deslizaban furiosas las aguas del río Spey.

Lo miré con intensidad y él me sujetó la mano con más fuerza.

—Mantente con vida, Sakura. Solo concéntrate en eso. Si... Si... nos soltamos intenta salvarte. No podría soportar perderte otra vez —exclamó con voz serena.

—¿Y crees que yo sí que podría soportar perderte a ti? —inquirí con fiereza.

—¿Vas a discutir quién ama más a quién? —preguntó algo sorprendido—. No ganarías la batalla —añadió como al descuido.

Estuve a punto de pegarle un puntapié ante su sonrisa de suficiencia. No hubo tiempo. Escuchamos el sonido de pasos acercándose. Me dio un rápido beso y me apretó con fuerza la mano.

—Per ardua —susurró.

—Per ardua —contesté yo.

Saltamos enlazados por nuestras manos y nuestros corazones. La ropa flotó volando impulsada por el viento helado de las montañas. A través de las dificultades.
Pero juntos. Por siempre.

Choqué con un golpe sordo en las heladas y revueltas aguas del río. Sentí que me hundía sin remedio, que me ahogaba, que no podía respirar, que me estaba quedando paralizada por el frío, que soltaba la mano de Sasuke. Todo al mismo tiempo y sin poder reaccionar. Pataleé desesperada intentando emerger del agua que me rodeaba en remolinos furiosos y boqueé sin que el aire llegara a mis pulmones. «Ya está —pensé—. Juntos por siempre en la tumba cristalina y húmeda del río.» Luché por nadar sin sentir apenas mi cuerpo. La corriente me arrastraba empujándome sin que yo lograra encontrar algo a lo que asirme. Sasuke sí lo encontró. Sentí su mano sujetándome el brazo y fui izada para caer sobre el húmedo lodo del cauce del río sin aliento y casi desfallecida.

Sus brazos me dieron la vuelta y sus manos cogieron mi rostro. Ni siquiera sentí el roce de su piel encallecida.

Mo aman, a Dhia!, respóndeme —susurró junto a mi boca frotándome con vigor los brazos y hombros.

Abrí los ojos sin poder hablar y parpadeé buscando su rostro.

—Es... es... estoy bien —conseguí decir finalmente tartamudeando y entrechocando los dientes a causa del frío helador.

Me levantó con facilidad y me abrazó con tanta fuerza que el poco aire que tenían mis pulmones desapareció y tosí contra su pecho. Me separó un momento y me observó con intensidad asegurándose de que realmente estuviera bien.

—Vamos, tenemos que darnos prisa. —Me sujetó de la mano y me obligó a seguirle entre las aliagas que cubrían aquella parte del reborde del Spey.

No pregunté adónde íbamos, no podía hablar. Estaba sin resuello y seguía temblando como una hoja. El vestido mojado se pegaba a mis piernas casi impidiéndome caminar y el aire gélido de la noche escocesa escocía y mordía mi rostro de tal manera que las lágrimas brotaron molestas por la intrusión.

Llegamos a los pocos minutos a una pequeña hendidura en un promontorio de piedra. Me alzó y me empujó sobre la piedra. Intenté sujetarme, pero rodé cayendo al otro lado totalmente sorprendida y bastante furiosa. Él saltó un segundo después y tras acuclillarse a mi lado y posar un dedo en mis labios en señal de silencio, circundó la pequeña cueva buscando algo concreto. Pareció encontrarlo y mientras yo seguía tiritando sin poder moverme sentada en el suelo de tierra, él prendió un pequeño fuego con el pedernal y comenzó a desprenderse de la pesada capa de lana. La arrojó a un lado y se descalzó, quitándose también la camisa. Yo lo miré estupefacta y lo único que pude hacer fue acercarme gateando hasta el magro fuego que luchaba por sobrevivir en la oscura cueva.

—Desnúdate —ordenó suavemente.

Intenté deshacer la lazada de mi corpiño, pero mis dedos rígidos no me obedecieron. Estuve a punto de echarme a llorar. Él se acercó y con un suspiro divertido me desprendió de toda la ropa en segundos, arrojándola junto a la suya. Comenzó a frotarme fuertemente hasta dejarme rojeces en cada extremo de mi piel, que tiritaba y temblaba como si yo no tuviese control sobre ella. Me llevó hasta el fuego que ya ardía con intensidad y me sentó. Después se perdió en la profundidad de la tierra para aparecer de nuevo con una manta a cuadros que desplegó y sacudió invitando a los ocupantes que se habían acogido a la cálida lana a abandonarla. Se sentó tras de mí y cubrió nuestros cuerpos con la manta. Estuve unos momentos en silencio hasta que poco a poco el calor de su cuerpo a mi espalda y el del fuego frente a mí me devolvieron lentamente a la vida.

—¿Dónde estamos? —pregunté girando el rostro.

—En una cueva —contestó él brevemente, sonriendo.

Yo entrecerré los ojos en su dirección.

—Itachi me habló el otro día de este sitio y no se me ha ocurrido otro mejor donde escondernos hasta que el regimiento deje de buscar. Aunque supongo que si han visto que saltábamos estamos a salvo, ya que habrán creído que la corriente nos habrá arrastrado y que moriremos ahogados —explicó—. Por cierto, ¿no habías dicho que sabías nadar? —añadió con una gran sonrisa.

Yo le pellizqué un brazo y él emitió un pequeño quejido de protesta.

—¿Y cómo es que había leña seca y una manta? —inquirí con curiosidad ignorando su crítica a mi estilo de nadadora profesional recostándome sobre su pecho.

—Hummm... Estos últimos días ha venido aquí... ya sabes...

Lo interrumpí levantando la mano.

—No lo sé. Y no quiero saberlo. Gracias —contesté. Y él rio con ganas.

—¿Estás mejor? —preguntó abrazándome.

—Creo que sí. Por lo menos ya siento todas las extremidades —contesté estirando una pierna y acercando el pie al fuego para atrapar su calor. Él apoyó su barbilla sobre mi hombro y respiró aliviado.

En ese momento una nube oscura fue arrastrada por el viento y la luna llena se reflejó en el cielo estrellado, filtrando su luz por el resquicio de piedra de la entrada y llenando el pequeño refugio de una luminosidad blanquecina y fantasmal. La miré con fijeza evocando.

—¿Sabes? —murmuré—, cuando estuvimos separados y recordé tus palabras indicándome que te buscara en el cielo...

Escuché un suspiro entrecortado. Jamás le había hablado de aquellos días oscuros. Sin embargo, su fuerte abrazo me instó a seguir hablando.

—Solía mirar al firmamento por las noches, buscándote desesperada, sabía que estabas allí, sentía tu presencia, tan cercana, tan lejana. A veces extendía mi mano como si pudiera rasgar el velo del tiempo y acercarte a mí... —Mi voz se perdió en un sollozo—. Te llamaba una y otra vez, pero no conseguía escucharte.

Sasuke me volvió para ponerme de costado y poder levantar con una mano mi rostro cogiéndolo por la barbilla hacia él.

—Sakura, si alguna vez no lograras escuchar mi voz, si no pudiera pronunciar mi amor con los labios, solo tienes que apoyar tu rostro en mi pecho —me empujó levemente hasta que reposé sobre él—, ¿lo escuchas ahora?

—Sí —susurré.

—En cada latido están impresas las mismas palabras. Te amo. Cada vez que mi corazón bombea, lo hace por ti, porque eres la fuerza que me impulsa a seguir viviendo —dijo suavemente, y las palabras flotaron a nuestro alrededor enlazando nuestras almas.

Lo rodeé con mis brazos y el silencio nos envolvió como un manto cálido. Y lo escuché, filtrándose en mi ser, el bombeo lento y fuerte de su sangre, de su corazón, con las palabras que jamás olvidaría. «Te amo.»

Fin.


Continuará en: No todo fue un sueño, segunda parte.