Vampirización Forzada

"Bum"

El estruendo de la detonación lastimó sus tímpanos, pero ese fue el más ligero de sus males. La bala se abrió paso hasta su pulmón izquierdo, la vida se le escapaba entre los rios de sangre que brotaban del enorme agujero que ahora era su pecho.

El sacerdote la soltó, víctima de una suerte parecida, y el inerte cuerpo de Seras cayó al suelo como si no fuese más que una muñeca de trapo. Sus ojos se llenaron de lágrimas, el dolor era insoportable y en un segundo revivió el más grande de sus traumas.

"Bum bum – bum bum"

Su corazón bombeaba con esfuerzo, la sangre que quedaba en sus venas no era suficiente para oxigenar. Empezó a boquear como un pez fuera del agua, aferrándose de forma inconciente al deseo de vivir, como aquella vez en su infancia lejana.

Pero esta vez no quería vivir, ya no más. Estaba lista para ir con sus padres a través de aquel camino de luz y calidez, lista para trascender s un efímero mundo más allá del dolor o el placer.

Creyó escuchar una voz masculina acercándose, pero ya nada importaba, salvo la silueta masculina que se posó frente a ella.

"Papá"

No podía ser alguien más. Seras juntó la fuerza que quedaba en sus debilitados músculos y alzó la mano para que su padre la sujetara y la llevara lejos, donde su mamá también aguardaba por ella.

Seras no quería estar más en esa existencia vacía, incontables veces trató de acabar con su vida pero el miedo era más fuerte y ahora le habían dado la oportunidad.

Sintió un frío aliento en el rostro, pero ya no importaba nada, ni el filo que desgarró su cuello ni las garras que se aferraron a sus brazos como si fuera la víctima de un ave rapaz.

"Papá, mamá"

La imagen de sus padres se difuminó y el camino del luz y calidez se volvió un mar negro como la noche más oscura, sin luna y sin estrellas. Estaba varada en medio de la nada, tragada por las tinieblas y tan solitaria como siempre estuvo.

Gritó con todas sus fuerzas, la desesperación aumentaba a cada instante, quiso correr pero las tinieblas frenaban sus pasos, sujetaban sus piernas y paralizaba cada intento de movimiento.

La oscuridad la devoró, perdió la conciencia y no supo más del mundo, salvo que la perversa risa que se escuchaba en todos lados la condenó a una existencia sin tregua ni amparo.