Bestialidad

— ¡Muy bien! ¡Una vez más! Vamos, ese se escapa.

La inocente voz de Schordinger sobresalía entre los gritos de miedo y clemencia.

— Mira, esa es carne tierna, como te gusta.

Señaló a un niño pequeño que se aferraba al inerte cuerpo de su madre, destazado minutos antes.

— ¿Acaso ya te llenaste? Yo sé que te queda espacio para un bocadillo más.

Un par de ojos rojos se clavaron en el infante que no prestaba atención a nada más que su mamá. Fue solo un instante, un movimiento veloz y certero sobre el tierno cuello; las vértebras cervicales se quebraron al momento, el llanto del niño fue sustituido por el grito de victoria de Schordinger.

La agresiva mirada del lobo se calmó y el pelaje plateado cedió a un cuerpo humano y lampiño.

— Hay que hacer esto más seguido, ¿no te apetece?

Hans permaneció en silencio, sin si quiera dignarse a mirar al niño gato. Schordinger bufó.

— Como sea, mejor ellos que yo. Hay que saciar esa bestialidad para mantener domada a la fiera.