Empalamiento
Seras Victoria se congeló frente a la enorme ventana de la habitación. Quería desviar la mirada, pero no sé podía mover ni un milímetro.
Perturbada, asqueada, y con cierta culpa, agradecida de no ser ella la víctima del sadismo de su maestro.
Su aprendizaje sobre vampiros era muy poco, y antes de aquel carnicero espectáculo ya sentía que jamás sería un buen vampiro, ahora estaba convencida.
¿Era requisito ser un monstruo demente y cruel? No lo sabía. Lo que sí sabía era que Alucard, el único vampiro no artificial que conocía, disfrutaba asesinar seres vivos, buenos o malos, disfrazando su morboso placer bajo la excusa de seguir órdenes.
Le habló de un juego de guerra, piezas de ajedrez y otras cosas a las que no le presto atención porque el nosferatu era muy intimidante.
Una vez más trató en vano de apartar la mirada, y es que había algo atrayente en la dantesca escena: los gritos, la sangre escurriendo de las estacas hasta los escalones que Alucard recorría lentamente, recreando una pantomima de una celebración con alfombra roja.
Sus ojos de vampiro le permitían ver en cámara lenta, sin perder detalle alguno, como los cuerpos se clavaban más en las astas, efecto de la gravedad. Imploraba que esas personas hubiesen fallecido por un infarto, ruptura de cuello o algo más benevolente y no por ser víctimas del empalamiento que tanto entretenía a su maestro.
