Los personajes de Candy Candy no me pertenecen

La Alegría de Mi Vida

Capítulo 2

En el mes de mayo, la fiesta de cumpleaños de Candy había sido todo un suceso y la joven estaba sumamente feliz. Esa noche, cuando todos los invitados se habían retirado sus padres decidieron hacer de su conocimiento lo que habían dispuesto para su futuro…

- Papí, mamí muchas gracias por la fiesta estuvo increíble – dijo la joven abrazándolos.

- Que bueno que te gustó hijita, pero ven siéntate ahora que eres mayor de edad hay algo que debemos decirte. ¿Recuerdas a tu tía Emily la hermana de tu papá?

- Si, todos dicen que me parezco mucho a ella.

- Así es, era tan bonita como tú. Cuando ella cumplió la mayoría de edad Ernest McLiard, heredero de los Mcliard, se presentó ante tus abuelos para pedir su mano en matrimonio sin que ella lo supiera. Desde entonces, los McLiard han tenido fama de enriquecerse con negocios ilícitos por lo que tu abuelo rechazó la petición. Seis meses más tarde, el hombre contrajo nupcias con Abigail Aiton y fuimos invitados al banquete al cual asistimos por tratarse del clan vecino. Esa misma tarde Ernest McLiard hizo lo impensable y raptó a tu tía abusando de ella. Ernest fue llevado ante las autoridades acusado de violación y cumplió una condena de tres años y cuatro meses de prisión. La pobre de tu tía Emily, dejó de comer y murió de tristeza y vergüenza pues a la reunión habían asistido la gran mayoría de los clanes y todo el mundo se enteró de lo que pasó.

Aunque McLiard pagó su deuda de acuerdo a las leyes inglesas, los escoceses tenemos nuestras propias reglas por lo que su clan fue excluido del consejo y despojado de todo derecho. El hombre pudo haberse divorciado y reparar el daño hecho a tu tía casándose con ella, pero para cuando salió de prisión ella ya había fallecido.

Cuando tu naciste su hijo Draco tenía cuatro años de edad y, en un intento por limpiar su nombre y recuperar los derechos de su clan, Ernest se presentó en el consejo invocando una antigua ley que dice que el hijo puede reparar el daño causado por el padre y pidió tu mano en matrimonio. Como los derechos de su clan estaban suspendidos, el consejo contestó que enviaría un comunicado a todos los demás clanes dando prioridad a sus herederos para proponerte matrimonio y estableciendo un plazo de tres días.

Ernest McLiard comenzó entonces una campaña de intimidación amenazando a todo aquel que se atreviera a pedir tu mano, sobra decir que casi todos temieron a las represalias y se abstuvieron. Faltando media hora para que venciera el plazo, William Connor Ardlay se presentó con una petición formal para su hijo William Albert Ardlay quien estaba por cumplir diez años. Además de la petición, William depositó medio millón de libras esterlinas como depósito de seguridad. Como sabes, los Ardlay son uno de los clanes con más tradición y prestigio de toda Escocia y son poseedores de vastos terrenos en las tierras altas. Además, por tratarse de un joven de mayor edad, el consejo determinó que tenía prioridad sobre Draco y le otorgó tu mano.

- Pero entonces…

- Si hija estas comprometida en matrimonio. William y tu padre han sido amigos desde que eran niños por lo que, en cuanto se enteró de la situación, decidió apoyarlo.

- ¿Por qué mi padre no se negó desde el principio? – dijo la joven con lágrimas en los ojos.

- Porque la petición fue presentada directamente en el consejo, y de acuerdo a la ley, tu padre no podía negarse a darle la oportunidad de redimirse a los McLiard.

- ¿Cuándo se supone que debo casarme?

- Los Ardlay tienen un año a partir de hoy para cumplir su promesa, de lo contrario perderán el dinero depositado y sus derechos ante el consejo…

- ¿tan pronto? Ni siquiera sé quién es esa persona ¿por qué nunca me lo presentaron?

- Como te dijimos, William vive en los Estados Unidos donde tiene la mayoría de sus negocios. Aquí en Escocia la señora Elroy está a cargo y vive en Dunardlay Castle con dos de sus sobrinos.

- ¿Qué pasará conmigo si ese hombre no se presenta?

- Si para tu próximo cumpleaños no te has casado, Draco podría presentar una nueva petición…

- ¿por qué me dicen esto ahora?

- Porque de ahora en adelante tu prometido se puede presentar en cualquier momento.

- ¡Esto es una pesadilla! – dijo la joven corriendo a su habitación, donde lloró hasta quedarse dormida.

- Cuando regresó al colegio y les contó a sus amigas…

- Wow, no sabía que podían hacer eso en Escocia y ¿qué vas a hacer? – dijo Patty

- No hay nada que hacer, el amigo de su padre ofreció a su hijo y mucho dinero para salvarme de los McLiard, sería una ingratitud rechazar la propuesta

- Y entonces, la universidad…

- No podré estudiar hasta que se decida lo de la boda, para saber dónde voy a estar. Yo no quiero ir a los Estados Unidos – dijo Candy llorando.

- No llores amiga, al menos estaremos cerca, prometo que te visitaré – dijo Eliza.

Candy tenía mucha pena en el corazón, pero era tan buena hija que haría lo que le pidieran sus padres…

Un par de meses después, la señora Elroy llegaba a Chicago con motivo de la celebración de cumpleaños de su hermano William. Después de la cena, la familia se encontraba reunida en el salón, cuando la mujer comentó…

- William, es necesario que hablemos del asunto de los Mackenzie, el tiempo ha llegado y…

- Si te parece, lo hablaremos en otra ocasión – la interrumpió el señor Ardlay aclarándose la garganta.

Desde lo de Susana, el compromiso con los Mackenzie no se había vuelto a mencionar y los padres de Albert no sabían cómo abordar el asunto con él pues deseaban darle tiempo.

- Lo haré – dijo el joven.

- ¿dijiste algo hijo? – preguntó el señor Ardlay.

- Dije que lo haré, me casaré con esa muchacha – repitió Albert dejando el lugar en absoluto silencio.

- Pero, no es necesario que… - comenzó a decir su padre.

- Si, si lo es. Estamos sobre el plazo y hay mucho que organizar – dijo la señora Elroy quien ignoraba lo sucedido unos meses atrás.

- Por favor tía, organícelo todo y hágame saber lo que necesite – agregó Albert.

- ¿estás seguro hijo? – le preguntó su madre preocupada.

- Totalmente. Ahora, si me disculpan debo regresar a Lakewood hoy mismo. Papá, que la sigas pasando bien – se despidió con un abrazo.

Mientras veían el automóvil del rubio alejarse por la entrada principal, el señor Ardlay le comentó a su esposa:

- Dime que estoy loco, pero preferiría mil veces que peleara como antes…

Candy se graduó de la escuela y regresó a Edimburgo. La señora Elroy viajaba constantemente para planear los detalles de la boda y estaba muy complacida por el carácter alegre y educado de la joven quien había terminado por aceptar las circunstancias y participaba en la planeación al lado de su madre.

Era la primera vez en cuarenta años que los Ardlay celebraban la boda de un heredero al patriarcado por lo que estaban dispuestos a echar la casa por la ventana. Todos los hoteles de la ciudad estaban reservados a su máxima capacidad para albergar a los asistentes y algunas de las planicies cercanas se habían rentado para montar campamentos pues no todos habían alcanzado habitaciones disponibles.

William Connor había rentado un enorme y hermoso castillo a las afueras de Edimburgo donde se hospedarían los miembros más cercanos a la familia y se llevarían a cabo la boda y la recepción. Sigfred y su hijo se habían hecho cargo de las invitaciones, el banquete, la música y todo lo relacionado al evento, por su parte Albert había tenido que pagar un costosísimo ajuar de novia, la luna de miel en un lugar exclusivo y las joyas que luciría Candy y que le serían entregadas como regalo de bodas.

Todo era de primera, no porque Candy lo exigiera de esa manera, sino porque la señora Elroy pre-seleccionaba lo mejor de lo mejor y de ahí le daba a escoger a la rubia.

Faltando un poco más de una semana para la boda, Albert abordaba un avión que lo llevaría a Edimburgo donde se encontraría con George para viajar a Dunardlay Castle, ahí se reuniría con su familia para iniciar las celebraciones tradicionales de los Ardlay y luego viajarían todos juntos de regreso a Edimburgo para la boda. Estaba agotado, había tenido que trabajar a marchas forzadas para dejar todo en orden y poderse ausentar de su trabajo por cuatro semanas… contratar y capacitar a la persona adecuada para atender la oficina había sido un verdadero reto pues no todas las personas tenían facilidad para entender y manejar las finanzas adecuadamente.

En cuanto despegó el avión, el joven reclinó su asiento de clase ejecutiva y se quedó profundamente dormido. Horas más tarde, despertó y el avión estaba en completa oscuridad. Por primera vez en un largo tiempo, el joven se encontraba despierto y sin tener nada que hacer más que hundirse en sus pensamientos…Era extraño viajar hacia algo que cambiaría por completo su destino sin sentir emoción alguna…

Aquella noche en el hospital, escuchar a su padre tan angustiado, lo había hecho entender que nadie tenía la culpa de lo sucedido, nadie excepto él quien había sido lo bastante estúpido para creer en las mentiras de una mujer, por lo que se obligó cortar de tajo todo el dolor que sentia y se prometió nunca más hacer sufrir a sus seres queridos.

Tiempo atrás se había enterado del compromiso con los Mackenzie y lo que su negativa implicaría para la familia, pero estaba tan enamorado, que egoístamente había buscado su felicidad sin importarle nada más. Ahora era diferente, sabía que como heredero del patriarcado tenía la obligación de casarse y tener hijos por lo que decidió ser fiel a su promesa y darles esa tranquilidad a sus padres. Estaba más que comprobado que en el amor era un completo fracasado, así que lo mismo daría Candice Mackenzie que cualquier otra mujer.

Llegó a Edimburgo tres horas antes que George quien volaba desde un punto diferente. El rubio viajaba prácticamente sin equipaje pues sus padres lo habían llevado todo en el avión privado de la familia unos días antes, por lo que rápidamente completo los tramites de entrada al país y tomó un taxi para dirigirse al taller de un joyero muy especializado para recoger las argollas de matrimonio por encargo de la señora Elroy. Al llegar al lugar, un anciano muy amable lo atendió entregándole de inmediato el par de alianzas. Al recibirlas, Albert sintió por primera vez el peso de la responsabilidad que estaba a punto de adquirir y abandonó el lugar con la boca seca. Justo enfrente, se encontraba un bar por lo que el joven decidió tomar un trago para relajarse… Eran las seis de la tarde y el lugar estaba casi desierto, el joven caminó directo a la barra y pidió un whisky que tomó derecho e inmediatamente pidió el segundo.

En una mesa cercana, una pelirroja no había perdido detalle de sus movimientos. Desde que lo vio cruzar la puerta, le pareció el hombre más sexy del mundo, el joven vestía informal con jeans, botas y chamarra de piel. Eliza no había perdido detalle de los rasgos perfectos de su cara y el bello azul de sus ojos, pero lo que más le había llamado la atención la forma en que su cintura estrecha contrastaba con el amplio pecho alineándose con el trasero más lindo que había visto en su vida…

- Candy, que afortunada eres, ¡tendrás una boda de ensueño! – comentó Patty.

Annie, Patty y Eliza recién habían llegado para ser las damas de honor de Candy y, después de ir a la ciudad a probarse los vestidos, habían decidido parar a tomar algo antes de volver a casa de los Mackenzie.

- Si, con todo lo que una novia podría desear – confirmó Annie.

- Con todo menos amor – dijo Candy lamentándose.

- Eso sí, apenas puedo creer que el novio no haya venido a conocerte ni una vez; es un desconsiderado. Ha de ser porque es viejo y horrible; diez años es una eternidad, cuando sea mayor vas a tener que empujar su silla de ruedas y ponerle la dentadura – dijo Eliza sin dejar de mirar en dirección al rubio.

- Eliza, por favor no digas eso… Sé que debo estar agradecida, pero nada más de pensar en la noche de bodas me dan escalofríos – dijo Candy.

- Ay amiga pues como no, el sexo con un perfecto desconocido es una violación, aunque sea tu marido. ¿Qué tal que le guste el sadismo? o que tenga alguna enfermedad venérea – continuo la pelirroja.

- Basta Eliza deja de decir esas cosas, que de verdad estás asustando a Candy – dijo Patty.

- Ay bueno yo nada más decía.

En eso, Albert pago los tragos y le dijo al encargado que cobrara también las bebidas de las chicas. Luego, se paró y caminó directamente a la mesa donde se encontraban y mirando a Candy de frente le dijo: "señorita, si me permite un consejo: si tanto le preocupa la boda, diga que no y cásese con alguien de quien sí esté enamorada, así no tendrá que ser abusada por un desconocido."

- pero ¿Quién se ha creído usted que es para hablarle a mi amiga de esa manera? ¡entrometido! – dijo Eliza furiosa.

- ¿Yo? nadie… simplemente un desconsiderado, viejo y horrible. Con su permiso – dijo abandonando el lugar y dejando a las jóvenes sumamente desconcertadas.

- Ay Dios mío, Candy ¿tú crees que en verdad sea él? – dijo Annie cubriéndose la boca.

- No lo sé, a la única que conozco es a la señora Elroy, pero es morena de ojos color avellana.

- Yo y mi gran bocota – dijo Eliza avergonzada.

- Tal vez solo escucho la conversación y quiso gastarnos una broma – dijo Patty para tratar de tranquilizar a Candy quien había perdido por completo el color.

Albert salió del lugar y se dirigió a donde había quedado de verse con George. En cuanto lo vio, lo saludó mientras abordaba el automóvil y el francés comenzó a conducir rumbo al norte. Tardarían tres horas y media aproximadamente en llegar a su destino por lo que el rubio acomodó el asiento para estirar sus largas piernas y cerró los ojos pretendiendo dormir, pues por alguna razón, no podía apartar de su mente el hermoso rostro de la rubia que le había parecido tan bello como el de un ángel.

Esa noche Candy no pudo dormir, estaba preocupada y apenada porque Albert había escuchado la conversación, no estaba segura si en realidad era su prometido o le habían gastado una broma, pero de solo pensar las cosas terribles que habían dicho quería que se la tragara la tierra. Además, no dejaba de pensar en lo increíblemente buen mozo que era el muchacho del bar; era como un modelo de revista ¿y si de verdad era él? No podía ser que fuera tan buena y tan mala su suerte….

A la mañana siguiente todos en Dunardlay Castle saludaban a Albert con emoción…

- Hola hermanito ¿Qué tal el viaje?

- Muy bien Ross ¿Cómo está todo por aquí?

- De locura, la tía Elroy nos trae a todos de cabeza, no puedo creer que en unos días más te nos casas.

- Para ser sincero, ni yo tampoco.

- Bert ¿estás seguro de que quieres casarte así, sin conocer a tu novia?

- Creo que uno nunca deja de conocer a las personas. Hay personas que llevan noviazgos de años y se casan para divorciarse después y otras que lo hacen sin conocerse y construyen relaciones duraderas…

- Tienes razón.

En eso, apareció Anthony…

- Buenos días mamá, que tal tío… dice la abuela que ya está listo el desayuno.

Desayunaron todos en familia y después Stear y Archie quienes vivían con la señora Elroy en el castillo, se ofrecieron a darles un paseo a caballo por los alrededores a Anthony y Albert. Al pasar la gente reconocía al rubio de inmediato como el heredero pues parecía una copia al carbón de su padre cuando era joven. Todos lo saludaban gustosos y le deseaban felicidad en su próximo matrimonio. Por la tarde comenzarían tres días de celebraciones por la boda de Albert con baile, música, eventos deportivos y culturales y por supuesto comida y bebida sin límite cortesía de William padre quien festejaba con júbilo el matrimonio de su hijo. Los festejos terminaron dos días antes de partir a Edimburgo para que todos tuvieran tiempo de recuperarse y preparar lo necesario. El día de la partida, un gran contingente de personas en autobuses y automóviles particulares salían en caravana con una gran algarabía.

Al llegar a su destino, su presencia de sintió de inmediato; unos estaban registrándose en los hoteles, otros buscaban domicilios particulares donde habían rentado habitaciones y otros levantaban los campamentos. Por la tarde todos estaban instalados y listos para el día siguiente. La familia Ardlay se había instalado en las habitaciones del castillo y a Albert se le había asignado la suite principal donde compartiría con Candy la noche de bodas antes de salir de luna de miel al día siguiente.

Candy estaba sumamente nerviosa al ver la magnitud del evento. Esa noche cenó con sus padres, sus familiares y amigos más cercanos en un exclusivo restaurant que habían cerrado para la ocasión. Esa sería su última noche como Candice Mackenzie, pues a partir del día siguiente se convertiría en Candice Ardlay. Con mucho sentimiento portó por última vez la banda hecha de tartán con los colores de su clan azul y negro y recibió bendiciones de su madre y de algunas de las ancianas del clan que habían tenido la fortuna de tener matrimonios felices y duraderos. La rubia se sentía sumamente agobiada por tener que alejarse de su familia y todo lo que hasta ese día había sido su hogar para mudarse a América. En ese momento llegaron, William, Priscila y Rosemary…

- Candy, sabemos lo difícil que va a ser para ti dejar todo para mudarte a los Estados Unidos. Quiero que sepas que estamos muy felices de recibirte en nuestra familia y que puedes contar con nosotros como unos segundos padres – dijo William.

- Este es un pequeño regalo de nuestra parte para darte la bienvenida a la familia, dijo Priscila entregándole una elegante caja cuadrada que contenía una brazalete de diamantes.

- Gracias, no se hubieran molestado.

- ¿Molestarnos? Siempre quise una hermanita y ahora, gracias a ti, mi sueño se cumplirá – contestó Rosemary abrazándola cariñosamente.

Al día siguiente, la boda se llevaría a cabo a las seis de la tarde en la iglesia del castillo que habían rentado los Ardlay. Por tradición, el cortejo del novio debía entrar por el lado opuesto de la ciudad y recorrer las calles hasta llegar a la iglesia.

A las cuatro de la tarde un gran numero de hombres y mujeres que conformaban el cortejo de Albert se alineaban perfectamente para comenzar la procesión. Al principio iban las mujeres vistiendo casaca negra con bordado en plata y kilt en el tartán verde. La primera línea portaba banderas blancas con el emblema de Albert, enseguida un grupo de cincuenta jóvenes bailaban elaboradas coreografías al ritmo de la música tradicional escocesa que era interpretada por un gran número de gaiteros todos vistiendo el kilt de los Ardlay. En seguida un contingente de hermosos caballos pura sangre, en los que montaban gallardamente Albert y su familia. Al centro William Connor, a su derecha Albert, a su izquierda Anthony, al lado de cada uno de ellos Stear y Archie y así sucesivamente. En una carroza decorada con hermosas rosas viajaban Priscila, Rosemary y la señora Elroy; al final la guardia personal del patriarca conformada por treinta hombres armados los custodiaba.

Usualmente, el cortejo del novio no era tan numeroso, especialmente si la boda se llevaba a cabo fuera de los terrenos de su clan, pero en esta ocasión, se había decidido hacerlo de esa manera para enviar un mensaje a los McLiard: estaban preparados para cualquier cosa que pudieran intentar. Todos los gaiteros pertenecían al clan, pero no eran jóvenes cualquiera, estaban perfectamente bien entrenados para responder a cualquier situación de emergencia; llevaban armas enfundadas a la altura de los muslos que se disimulaban perfectamente con el kilt.

Entre los hombres y mujeres que se alineaban para ver pasar al cortejo, se comentaba de la esplendida demostración de status de los Ardlay y lo increíblemente apuestos que eran los integrantes de la familia del patriarca. Las muchachas suspiraban y fantaseaban con algún día casarse con un príncipe como Albert…

Al llegar a la residencia de Candy, el cortejo se detenía y los gaiteros tocaban hermosas melodías románticas…

- El corazón de la rubia, se sobresaltó al escuchar el impactante sonido de tantas gaitas juntas tocando junto a su ventana y sus ojos se humedecieron de emoción. Al terminar la serenata, el cortejo siguió su camino…

- Hay señorita, que hermosa música escogió su novio, debe estar muy enamorado de usted – dijo una de las jóvenes que la ayudaba a arreglarse pues la verdadera razón del matrimonio no se había hecho del dominio público.

- Ya se van, ¿Por qué no saliste a darle las gracias? – preguntó Eliza asomándose por la ventana.

- Es de mala suerte que el novio vea a la novia antes de la iglesia. En Escocia la serenata es una tradición y cumple dos propósitos: el novio selecciona la música personalmente para reafirmar su amor y luego el cortejo sigue su camino a la iglesia haciéndole saber a la dama que la estará esperando – intervino la madre de Candy.

- ¿Entonces si no hay serenata posiblemente el novio la dejó plantada? – preguntó la pelirroja

- Algo así…

- Bueno, al menos les evitan la vergüenza de ir a la iglesia.

- Bueno hija, iré a terminar de arreglarme ya casi es hora de salir. ¡Te ves preciosa! Albert se va a desmayar cuando te vea…

Candy estaba lista y todas las empleadas que la ayudaron se retiraron dejándola sola con sus amigas, la joven no dejaba de caminar nerviosamente de un lado para otro.

- Candy ya siéntate, me estás mareando – dijo Eliza.

- Es que estoy muy nerviosa. Anoche conocí a mi familia política y ¿Qué creen? El señor Ardlay es idéntico al muchacho del bar, obviamente con más años, pero estoy segura que si era él. Se me cae la cara de la vergüenza después de todo lo que nos escuchó decir ¿Qué voy a hacer? ¿y si ya no se quiere casar conmigo?

- No pienses eso Candy, el cortejo ya va de camino a la iglesia – dijo Annie.

- Pues si amiga y cómo que ¿qué vas a hacer? Si de verdad es él, pues tu flojita y cooperando que un semi Dios como esos no cae del cielo todos los días. Lo que hubiera dado yo porque me comprometieran con alguien como él, ni siquiera lo tuviste que conquistar, te lo sirvieron en bandeja de plata.

- ¡Eliza! – estás hablando del futuro esposo de Candy.

- Tranquila Annie, solo estoy bromeando… mejor dinos ¿Qué método vas a usar Candy?

- ¿método?

- Anticonceptivo. No me digas que nunca has usado uno.

- Pues no, es que yo nunca… ¿tú ya?

- Cuando cumplí 18 lo hice con Ernest, fue mi manera de festejar.

- Qué aventada eres Eliza, yo no me atrevería ni siquiera a pensarlo – dijo Annie.

- ¿Crees que esta noche quiera…? – preguntó Candy perdiendo el color.

- ¡Pues claro! No seas tonta para eso es la noche de bodas… ¿Qué creías? ¿Qué te va a contar un cuento y a darte tu besito de buenas noches? ya no pongas esa cara, duele mientras se abre camino, pero después lo vas a disfrutar.

Candy estaba a punto de replicar, pero su padre llamó a la puerta… era hora de salir.

Mientras tanto en el castillo, el cortejo había llegado y ya todos ocupaban su lugar en espera de la llegada de Candy, Albert se preparaba en una habitación bajo la nave principal de la iglesia. El rubio aparentaba estar tranquilo y relajado, pero en su interior un torbellino de dudas y confusión lo atormentaba; había llegado la hora de cumplir con lo que el destino le tenía preparado. Él había elegido por voluntad propia cumplir con la promesa hecha por su padre, pero después de escuchar el temor y las dudas de Candy, rogaba por que al menos pudieran vivir en paz.

- Bert ¿puedo pasar?

- Adelante.

- Llamaron de la casa de los Mackenzie, Candy está saliendo en este momento.

- Gracias…

- Sé que imaginaste este momento completamente diferente, sin duda extrañas a… bueno, tu sabes. Siempre he creído que Dios tiene un plan para todos nosotros y probablemente esta sea su forma de guiarte a la felicidad que tanto mereces. ¡Te amo hermanito y te deseo lo mejor! – dijo Rosemary dándole un gran abrazo.

- Yo también te amo, Ross.

- Será mejor que me vaya, ya pronto llegará la novia – se apresuró a decir Rosemary tratando de contener las lágrimas.

En eso llegó su madre para acompañarlo al altar.

- La iglesia está preciosa, no cabe duda que Elroy sabe cómo organizarlo todo.

- Mamá… ¿y si esto no funciona? – preguntó finalmente el joven liberando su corazón. Albert, compartía con Priscila ese vínculo tan especial que se da entre los hijos varones y la madre. El rubio había recibido de su padre una educación recia encaminada a formar a un líder con responsabilidad y buenos valores, pero de su madre y de su hermana, el joven había recibido el cariño y la ternura que lo habían convertido en un hombre sumamente especial, trabajador y entregado, pero al mismo tiempo amoroso y cariñoso o al menos, eso solía ser antes de la experiencia con Susana que lo había herido profundamente.

- Hijo, independientemente de lo que diga tu padre, no tienes que hacer esto si no quieres. Sabes que tienes todo mi apoyo – dijo enderezándole la insignia que portaba en su pecho.

- No es eso, es que…

- Aunque no lo creas, te comprendo y lo único que te puedo decir es que este matrimonio puede funcionar tanto para ti como lo hizo para tu padre y para mí.

- ¿Entonces ustedes?

- También fuimos comprometidos al nacer. Mi padre era el patriarca de los Anderson, por años mi madre trató de quedar embarazada sin éxito y mi padre se negó a tener concubinas. Cuando finalmente nací, ellos ya eran mayores y, al ser mujer, sabían que nuestro clan estaba destinado a la extinción por lo que prefirieron comprometerme con William. Los Ardlay, además de vecinos, habían sido amigos y aliados de mi familia por lo que al unirnos los dos clanes se fusionaron, por eso el tartán de tu kilt es verde el color tradicional de los Ardlay, pero tu capa es roja como el de los Anderson.

Cuando tu padre me habló de comprometerte con Candy, lo pensé mucho y acepté porque sus padres han sido amigos nuestros de muchos años y sus familias son reconocidas por su honestidad y valores, así que pensé que Candy se convertiría en una joven bonita y de buen corazón y, por lo que veo, no me equivoque, basta con oír como se expresa Elroy de ella y ya sabes que tu tía no es fácil de complacer… ¿Por qué no te das una oportunidad con ella? Solo tienes que ser gentil…

- ¿Solo eso? - preguntó el joven con una encantadora sonrisa de lado mientras le ofrecía el brazo.

- Solo eso – contestó su madre con la misma sonrisa mientras abandonaban el lugar.

Al comenzar la ceremonia, Stear, Archie y Anthony acompañaron a Patty, Annie y Eliza para entrar a la iglesia, después fue el turno de William Connor quien llevaba del brazo a la madre de Candy.

Mientras subían la escalera para llegar a la puerta de la iglesia, el corazón de Albert se serenó y como por arte de magia sus dudas se disiparon permitiéndole caminar al altar con seguridad y aplomo. Mientras lo hacía, el rubio pudo apreciar que su madre tenía razón, la iglesia se veía espectacular, con enormes arreglos de flores blancas, algunas de ellas con delicados matices en rosa. La música de coro y orquesta era tan hermosa que hacía que todo el mundo se estremeciera de emoción.

Un par de minutos más tarde, la marcha nupcial comenzó a sonar y las miradas de todos se fijaron en la entrada de la iglesia donde Candy entraba del brazo de su padre. Los ojos de Albert se posaron en la rubia hechizados por su impactante belleza. La joven llevaba un vestido en línea A de manga larga hecho en encaje y pedrería bordados a cien por ciento a mano que resaltaba su diminuta cintura; el escote se abría desde la línea del busto hasta los hombros dejando al descubierto su largo y delgado cuello. Llevaba el cabello recogido y decorado con diminutas flores que la hacían lucir fresca y juvenil. Al recibirla de manos de su padre, el rubio admiró el rostro de la joven… era mucho más bella de lo que la recordaba de aquel día en el bar.

Por su parte, Candy se enamoró de inmediato de los ojos más bellos que había visto en su vida. Desde aquel día en el bar, la rubia había temido el momento de volverlo a mirar cara a cara, pero el joven lejos de mostrar reproche, la miraba con una calidez indescriptible que la hacía sentirse segura.

La ceremonia continuó y al momento de hacer los votos, Albert la miró directamente a los ojos e hizo su promesa con convicción y ternura a lo que la joven respondió de la misma forma para después intercambiar los votos tradicionales escoceses en gaélico. Aunque en realidad no se conocían, el momento que compartieron los rubios fue realmente íntimo y conmovedor para ambos quienes sentían una energía especial que lo cubría todo.

Cuando el sacerdote, le dio permiso a Albert de besar a Candy, el joven se acercó con delicadeza uniendo sus labios a los de la joven. Ante los ojos de los demás el roce fue sutil, pero para Albert, la deliciosa sensación de acariciar los labios más dulces que había probado en su vida, había hecho que dentro de él ardiera deseo de dejarse llevar profundizando la caricia.

Por su parte, Candy jamás había sentido un beso cargado de tanta pasión, había tenido un par de novios en la escuela, pero eran jóvenes e inexpertos al igual que ella. El aplauso de los asistentes los trajo de regreso a la realidad y el joven le ofreció el brazo para que caminaran juntos hacia la salida. A las puertas de la iglesia, las felicitaciones no se hicieron esperar y más tarde en el salón la fiesta se celebró por todo lo alto hasta avanzada la noche.

Los jóvenes habían bailado un par de piezas y conversado con medio mundo, pero no entre ellos, cuando finalmente tuvieron la oportunidad, Albert notó que Candy se miraba cansada, por lo que le preguntó: ¿te encuentras bien?

- Si gracias, solo un poco cansada.

- Podemos retirarnos a la habitación, si lo deseas.

- La rubia asintió con un poco de temor pues no sabía a ciencia cierta lo que le esperaba, Albert la tomó de la mano y fueron a la mesa donde se encontraban sus padres para despedirse y se escaparon sin que nadie más lo notara.

Los rubios caminaron en silencio hasta llegar a la suite principal, Candy se sentía muy nerviosa y Albert podía notarlo perfectamente. Al entrar a la habitación vieron que estaba románticamente decorada con velas y flores. En una mesita había una botella de champagne bien fría, una bandeja de quesos, frutas secas y embutidos, otra más con frutas frescas y la última con fresas cubiertas de chocolate.

- Mmm fresas mis favoritas, ¿puedo? - preguntó Candy esbozando su primera gran sonrisa genuina

- Adelante – contestó Albert con una sonrisa.

- Candy tomó una de las frutas y le dio una pequeña mordida a la punta y cerró los ojos saboreando la deliciosa mezcla de sabores eran un verdadero placer para su paladar.

- Mmm, ¡están riquísimas! tienes que probarlas – decía la rubia alegremente ignorando que el movimiento había sido tan sensual y sugerente que Albert había tragado en seco teniendo que hacer un esfuerzo titánico para mantener bajo control la parte sur de su cuerpo.

- ¿Gustas algo de tomar? – preguntó el rubio aclarándose la garganta

- Probemos el champagne – contestó con un guiño.

- ¿por qué brindamos? – preguntó Albert después de servir dos copas.

- Por el futuro – dijo la rubia levantando su copa

- Por el futuro – asintió el rubio.

Los jóvenes probaron juntos algunas de las delicias, pues con tanta gente que habían tenido que atender, apenas si les había dado tiempo de probar un par de bocados de la comida que se había servido.

- ugghh, el queso roquefort no es mi favorito – dijo Candy mirando con recelo.

- Trata agregándole algo dulce como mermelada de zarzamora – contestó Albert sirviendo un poco en una galleta.

- Mmm tienes razón es delicioso – dijo con una sonrisa gran sonrisa.

Albert sonrió para sí, Candy era una chiquilla alegre e inocente que no tenía ni la menor idea de lo que le provocaba. Por alguna razón, no había podido dejar de pensar en ella desde que se encontró frente a frente con sus enormes esmeraldas en el bar, en ese momento la notó realmente asustada y se dio cuenta de que la incertidumbre no era solo suya, sino que la joven la compartía por igual. Albert no deseaba volverse a enamorar, pero sentía gran simpatía por la rubia y tenía la mejor intensión de que las cosas funcionaran, sin embargo, había momentos en los que su cercanía le provocaban sentimientos y deseos tan profundos que ponían en peligro la cordura que tanto trabajo le había costado recuperar.

- Será mejor que descansemos – dijo pretendiendo poner distancia y tomando ropa limpia entró al baño con la intensión de darse una buena ducha de agua helada para "aclarar" sus pensamientos.

Había comenzado a desvestirse cuando escuchó el grito ahogado de la rubia. Salió lo más sigilosamente que pudo y miró de espaldas a Draco quien sostenía a Candy por el cuello tratando de forzarla a caminar.

- Suéltala – dijo el rubio con voz tranquila, pero apuntándole con un arma directo a la cabeza.

Draco había sobornado a uno de los empleados para que lo dejara entrar en el castillo donde había permanecido escondido desde antes de la llegada de los Ardlay, cuando todos se encontraban en la ceremonia, había salido de su escondite vestido como un empleado y se dirigió a la habitación que compartirían los rubios donde se escondió esperando el momento preciso para atacar.

- No tienes las agallas, niño bonito – se burló Draco quien de inmediato sintió un fuerte ardor en la oreja y cómo la sangre comenzaba a brotar.

- La próxima vez, no fallaré. Así que, si quieres volver a ver la luz del sol, te aconsejo que la sueltes.

Draco obedeció y la rubia corrió de inmediato al lado de Albert quien sin dejar de apuntarle le ordenó: "camina" indicando la puerta.

En ese momento llegaban los guardias de seguridad quienes se encontraban en el pasillo y al escuchar el disparo, se habían apresurado a abrir la habitación. Sin darse cuenta, Candy estaba abrazada fuertemente del torso desnudo del joven donde permaneció sin separarse hasta que se llevaron al invasor y registraron la habitación.

Cuando todos salieron, Albert miró a Candy y le preguntó ¿te encuentras bien?

- Si, pero como sabias…

- Todos esperábamos que tratara de tomar por la fuerza lo que no pudo hacer legalmente. Fue una ventaja que decidiera salir mientras estábamos despiertos. Anda vamos a dormir, ya revisaron todo y no hay forma que nadie entre.

Candy lo miró con dudosa pero el joven le dijo:

- Vamos te ayudaré con eso, mientras señalaba la hilera de pequeños botones forrados que se extendía a lo largo de su espalda.

Una vez más Candy, lo miró asustada por lo que Albert le aseguró: "No te preocupes, no voy a tocarte" dormiré en el recibidor.

- ¡No! Por favor no quiero estar sola – dijo la rubia con miedo.

- ¿Sabes? No tengo la costumbre de dormir con desconocidas, así que comencemos por el principio: Mi nombre es William Albert Ardlay, tengo 28 años, nací en la ciudad de Chicago Illinois, soy casado y no tengo hijos. – dijo Albert al tiempo en que la hacía girar para comenzar el arduo trabajo de desabrochar cada uno de los pequeños botones.

La rubia sonrió ante la ocurrencia y contestó: Mucho gusto señor Ardlay, mi nombre es Candice Ardlay, tengo 18 años, nací en Edimburgo, soy casada y tampoco tengo hijos.

- ¿A qué se dedica señora Ardlay?

- Por el momento a nada, me gradué del Real Colegio San Pablo hace unos meses y pronto viajaré a los Estados Unidos donde tal vez pueda comenzar mis estudios universitarios. Y usted ¿a qué se dedica? Señor Ardlay.

- Me gradué en administración de empresas y negocios internacionales con una especialidad en finanzas, actualmente me dedico a invertir en la bolsa de valores de Nueva York.

La conversación continuó hasta que de repente Albert interrumpió: Bien señora Ardlay, está usted servida, ahora… ¿si me permite? intentaré nuevamente tomar la ducha.

Candy asintió con una sonrisa, Albert había sabido perfectamente como distraerla para que se relajara. Mientras el rubio se alejaba, la joven se sentó en el tocador y comenzó a quitar las pequeñas flores de su cabello. Sin poder evitarlo, miró a través del espejo la espalda desnuda del joven, se veía realmente sexy portando únicamente el kilt, había estado tan asustada que no se había percatado antes.

Mientras cepillaba su cabello, la rubia recordaba los sucesos del día: los momentos tan especiales durante la boda, ese beso que hizo que una corriente eléctrica recorriera todo su cuerpo, las incontables veces que se había perdido los hermosos ojos de su esposo, su sentido del humor y su valentía… Si definitivamente, estaba enamorada de él – pensó feliz

Por su parte, Albert trataba de sofocar con agua helada los sentimientos y las emociones que lo asaltaban cuando estaba junto a la rubia. Estando con ella, deseaba dejarse llevar rendirse por completo a los encantos de su ahora esposa, su hermosura, su inocencia y esa sensualidad natural que lo tenía al borde del delirio… Demasiado peligroso. No, no volvería a convertirse en el títere de nadie.

Continuará…

Hola, gracias por leer. Disculpen que no actualicé ninguno de los dos fics durante el fin de semana, pues tuve un evento familiar y no estuve en casa…. Pero aquí les dejo este capítulo con mucho cariño, espero que les haya gustado. Subiré el próximo capítulo de Muñecas de Papel a más tardar el miércoles, ya casí está terminado.

¡Hasta pronto!