Disclamer: Los personajes, los lugares y parte de la trama no me pertenecer a mí, sino a Rumiko Takahashi. Escribo este pequeño relato para divertirme y entretener a quien se atreva a leer XD.

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Nota: Esta es mi humilde aportación a la dinámica #Sextember2 de la maravillosa página de facebook "Fanfics y Fanarts de Ranma Latino". Sé que el plazo pasó, jeje, pero esta historia ya estaba muy adelantada como para no terminarla, así que aquí está. En cualquier caso, fue esta convocatoria la que mi animó a escribirla y por ello, les doy las gracias ^^

Nota 2: Esta historia es todo un acontecimiento para mí porque, los que me conocéis, ya sabéis que no suelo incluir lemon en mis fics. Me ha costado mucho lanzarme a escribir uno pero me siento orgullosa por haberlo logrado *_* No será como otros lemon maravillosos que hay por ahí en el fandom, porque aún me queda mucho por aprender de este tema, pero aquí está mi pequeño aporte. Puede que algo más cursi y sentimental pero lo he dado todo, jajaja. ¡Por favor, ser amables conmigo!

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-○- Lunático -○-

Luna Llena de Cosecha

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1.

—○—21 de Julio. Boda. Noche—○—

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Los árboles estaban estresados.

Unos días atrás, en el noticiario de la mañana, apareció un científico con el pelo gris alborotado y la frente muy despejada en medio de un enorme parque de Tokio. Tras él había cientos de árboles con sus quebradizas ramas vacías, y un mar de hojas oscuras a sus pies. El buen señor explicó a los espectadores que debido a los contrastes climáticos de los últimos tiempos los árboles estaban estresados y por eso perdían sus hojas en verano, y no en otoño.

Ranma, que oyó tales declaraciones al tiempo que se rascaba la barriga, distraído y aun así algo interesado, pensó que aquello era muy extraño. ¡Árboles que se estresan! No es que le interesara la naturaleza hasta el punto de que dicha noticia se le quedara grabada; la mayoría de cosas que oía solían atravesar su mente y desaparecer en pocos segundos. Pero, por alguna razón, aquello sí se quedó con él, aunque no volvió a pensar en ello hasta esa noche.

La noche del desastre.

Árboles estresados meditaba mientras se arrancaba la mugre de cientos de hojas secas, aplastadas y pegadas a su ropa. Después se revisó la cabeza y comprobó que ahí también tenía unas cuantas, incluso se le habían colado algunas por dentro del traje después de aterrizar en aquel montón de hojarasca. No recordaba quien le había lanzado sobre ellas… Frunció las cejas un instante antes de darse cuenta de que carecía de importancia.

Sostuvo una de las hojas en la palma de su mano y la observó como si fuera algo más o constituyera un secreto, hasta que sopló una brisa que se la llevó. No tardó en perderse en la oscuridad.

Así que los árboles también se estresan.

Se sacudió el resto del cuerpo para que la suciedad se desprendiera del traje (o de lo que quedaba de él) y trató de meter las manos en los bolsillos, pero no pudo. Los brazos le dolían demasiado como para doblarlos y comprobó, además, que las costuras habían reventado.

No obstante, suspiró aliviado porque por fin estaba solo y había tranquilidad a su alrededor.

Se dejó caer sobre las irregularidades del tejado de los Tendo y cerró los ojos para realizar un recorrido mental por su cuerpo. No tenía nada roto, pero tanto las piernas como los brazos le ardían, tenía rasguños que le escocían en la cara y los nudillos despellejados; no era para tanto, pero hizo una mueca de disgusto. Se cuadró buscando una postura más cómoda y aspiró ese aire nocturno tan cálido.

Caliente. Hacía mucho calor esos días.

A mí también me estresa decidió. Realizó una nueva respiración y captó algo que vibraba en la masa oscura del cielo cuajado de estrellas. Un olor especial. Un aroma suave que bailaba en torno a su pelo y su nariz, y que no sabía a qué pertenecía. Abrió los ojos y sobre el horizonte de tejados puntiagudos, edificios rectangulares y antenas parabólicas vio la luna.

Una enorme luna llena.

—Mmm —Sintió la necesidad de emitir algún sonido ante esa imagen tan absoluta—. Mmm.

El satélite emitía una luz intensa, con una aureola de un dorado claro en torno a ella; Ranma se imaginó la luz amarilla llenando sus pupilas azules así como ese olor meloso llenaba sus pulmones. La energía pura de esa imagen se le metió dentro con cada inspiración, limpiándole, y ahuyentó por un instante el recuerdo de los nefastos acontecimientos de ese día.

Pero las retinas le ardieron y parpadeó.

La bella imagen desapareció y todo volvió; la boda trampa que sus padres habían organizado, el último barril con agua encantada que se había perdido, Akane vestida de novia, la explosión, el dojo destrozado, los gritos, las peleas, el dolor…

Se llevó las manos a la cara y apretó, dejando que la frustración saliera entre sus labios y chocara en forma de gemido contra sus palmas.

El agua rememoró con furia. Recorrió su cuerpo con las manos y retiró los últimos trozos del traje que le habían puesto contra su voluntad. La chaqueta se deshizo como la tierra en el fondo de un río y el pantalón y la camisa estaban tan sucios por el sudor y la sangre que tampoco podrían salvarse.

Destruidos. Todo había sido destruido.

Akane…

Apartó las manos y giró sobre sí mismo, abarcando con su mirada la extensión del tejado de la casa. Después echó un vistazo al portón, al dojo y giró de nuevo para mirar el jardín de atrás; los rayos dorados de la luna llena se reflejaron en las tranquilas aguas del estanque que emitían un delicado rumor que le consoló.

Olvídalo se dijo, destensando los hombros. Pensaba en el agua y en su maldición. No vale la pena darle más vueltas.

Dejó caer los brazos y se libró de las prendas inútiles quedándose solo con los pantalones y una camiseta de tirantes. También se deshizo de los zapatos cerrados que le apretaban los pies; lo convirtió todo en una bola de tela y suciedad y la lanzó bien lejos, por encima de los tejados. No hizo ruido al aterrizar.

Sus pies desnudos se balancearon sobre el filo de las tejas, este era un dolor eléctrico que terminó de animarle a moverse, a dejar de compadecerse por lo que podía haber sido y nunca sería. Eso no era propio de él.

Es tarde se dijo, observando la posición de las estrellas, la negrura asfixiante sobre su cabeza. Todos estarán ya dormidos… y no tendré que responder preguntas.

Preguntas sobre a dónde había ido, qué había estado haciendo… Incluso un simple "¿Cómo estás?" le habría sentado como un puñetazo en el estómago y ya estaba bastante dolorido. Le había costado librarse de los invitados al circo que había organizado su familia, de sus supuestos amigos que le habían arrancado de los dedos su última oportunidad de ser un hombre completo.

Entonces supo algo con absoluta seguridad; Akane sí le haría preguntas y él estaba demasiado agotado como para responderlas.

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Usó sus últimas fuerzas para colgarse de la cornisa y deslizarse a través de la única ventana que no daba a ningún dormitorio, sino al pasillo de la planta superior. Cayó sobre sus pies desnudos con agilidad y sigilo, aunque se balanceó un poco para recobrar el equilibrio.

Sonrió al silencio que le recibió, pero no al calor pesado y zumbante que de inmediato se pegó a sus brazos desnudos. El sudor acudió veloz a la base de su cuello y aunque agitó la camiseta para airearse un poco, no le ofreció alivio.

Le sorprendió que todos durmieran pese a ese calor sofocante; respiraciones, ronquidos, alguien farfullando al fondo del pasillo con la candencia somnolienta del sueño rasgando cada sílaba… La casa entonaba también su cántico previo al sueño y Ranma se pasó una mano por la nuca, pensativo.

No le apetecía ir a su cuarto.

El cuarto que comparto con mis padres.

No le importaba dormir cerca de su madre pero cada vez llevaba peor compartir su espacio con un panda maloliente, peludo y de más de cien kilos. En el brevísimo lapso de tiempo en que él y su padre se mudaron a casa de Nodoka Ranma había disfrutado, por primera y única vez en su vida, de tener su propio cuarto. Jamás había sentido que echara en falta tenerlo hasta que tuvo uno… pero sabía que en el dojo Tendo era imposible. Su familia, el maestro Happosai y él ya habían ocupado todas las habitaciones disponibles, quedaba una opción disponible: el diminuto desván del último piso pero…

Si aquí hace este calor, en el desván debe ser insoportable se recordó con pesar. Se encogió de hombros. Puede que más adelante.

Porque aunque Ranma no supiera cuándo, ni por qué había surgido en él dicha necesidad, sabía que ansiaba tener su propia habitación. Y cuanto mayor se hacía ese deseo, más pesada y molesta se le hacía la presencia de sus padres junto a él.

No obstante, se acercó a la habitación y llegó a alargar la mano hacia el asidero, pero la retiró sin llegar a tocarlo.

No hay espacio suficiente para tres personas ahí dentro concluyó, de modo que tomó la dirección contraria rumbo a las escaleras. Se detuvo un momento delante de la puerta de Akane y aguzó el oído al tiempo que el corazón se le aceleraba. No oyó nada y separó la cabeza con fastidio.

Debe estar furiosa conmigo por lo de la boda adivinó sin ningún problema.

También entonces hizo el ademán de coger el pomo, pero la mano se crispó y la retiró. Sabía lo que le esperaba al otro lado: regaños, reproches, gritos y puede que incluso algún golpe. No, no tenía fuerzas para soportarlo.

Akane siempre encontraba el modo de culparle a él de todo lo malo que ocurría.

Esto no ha sido mi culpa se dijo. La oscuridad del piso superior comenzó a aclararse, los bordes de la barandilla y el brillo de los paneles de madera de la escalera se descubrieron ante su mirada y Ranma sintió que la temperatura descendía unos maravillosos grados según él bajaba escalones.

Ni la condenada boda, ni la inesperada llegada de mis otras prometidas buscando problemas… ¡Ni siquiera el lío que se armó entre los malditos por hacerse con el barril de agua habían sido por su culpa! ¿Verdad?

No, claro que no.

¿Estaba seguro?

¡Por supuesto! ¡Yo solo hice lo que tenía que hacer!

¿Había alguna posibilidad de que su prometida lo viera del mismo modo?

Ranma suspiró con cansancio, deteniéndose en el último escalón.

No la hay… ella me echará la culpa de todo aceptó sin más. Como siempre.

Era absurdo esperar otra cosa, la conocía demasiado bien. Por eso sabía que Akane no lo hacía porque le creyera culpable todas las veces, sino más bien porque él era el único a quien podía confrontar, con quien podía quejarse y hacer una rabieta terrible por cualquier cosa. A él no le importaba y era lo bastante fuerte como para soportarlo con calma.

Sus gritos o sus golpes de mazo.

Hacía tiempo que Ranma había asumido que recibir tanto unos como otros era el pago por todos los problemas y malentendidos en los que metía a la chica y que ella no solía echarle en cara. Y después de lo de Jusenkyo… en fin, Akane tenía barra libre para castigarle del modo en que quisiera. Estaba listo para soportarlo todo porque pensaba que lo merecía y daría las gracias porque ella estaba allí con él, viva y a salvo, para apalearle por el más ridículo de los motivos.

Daría las gracias hasta el final de su vida porque era preferible aguantar sus regañinas y palizas que vivir sin ella un solo día.

Pero esta noche no pensó con el ceño fruncido y sintiendo el crujido de sus huesos doloridos al mover el cuello y los hombros. Necesito descansar.

Decidió acostarse en el comedor. Con un poco de suerte refrescaría de madrugada y si abría las puertas que daban al jardín y se tumbaba lo más cerca posible, tal vez podría disfrutar de algo de ese frescor exquisito que se descolgaría del cielo cuando este empezara a aclarar anunciando un nuevo día.

El cántico de los grillos le arrullaría y el resplandor de la luna le…

La luna.

Al recordarla, tan redonda y dorada, sintió un tirón extraño en su interior y sus pies se movieron más rápido. Las puertas entreabiertas del comedor dejaban escapar una columna luminosa tan clara que Ranma pudo contar las motitas de polvo que flotaban atrapadas en ella. Las manos le temblaron al deslizar las puertas, su pecho se agitó ante el silbido del aire y fue cegado por la luna llena. Las puertas al jardín estaban ya abiertas de par en par y ese olor dulzón que había captado en el tejado llenaba la habitación.

Respiró y fue atraído al interior.

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Apenas dio un par de pasos cuando se percató de que había alguien más en la estancia. Una figura sentada sobre la madera, con solo la mitad de su espalda apoyada en la puerta, estirada en una postura lánguida y relajada no muy habitual en ella.

¡Akane! pensó él, sobrecogido.

Ranma se movió despacio para no llamar su atención hasta ocultarse en las sombras del cuarto y frunció el ceño, receloso. Se preguntó que hacía allí, despierta a esas horas… ¡¿Tan enfadada estaba con él que le esperaba para castigarle?!

O quizás… también tenga calor se le ocurrió.

Se asomó para verla mejor y tratar de adivinar su estado de ánimo.

La joven Tendo respiraba tranquila dentro de su pijama corto, estirando sus piernas y hundiendo sus pies desnudos en la hierba del jardín. Los pelillos de su nuca se agitaban cada pocos segundos, así como la manga de su brazo. Ranma entornó los ojos, notaba algo distinto en ella… podía ver el perfil de su rostro y el modo en que su piel resplandecía por acción de la luna. Cuando Akane deslizó su mano, como si nada, por encima del suelo él observó embobado el movimiento de sus dedos.

Nunca se había fijado antes en sus dedos; tan largos y finos, en apariencia suaves y cálidos. Seguro que se sentían así sobre la piel. Recordó Jusenkyo, el único momento en que Akane le había acariciado el rostro…

Aquel día estaban temblorosos y fríos por el agua rememoró. Aun así, si no hubiese estado tan asustado habría disfrutado del gesto. Apretó el puño y volvió a mirar la mano de la joven notando que nacía en él un impulso novedoso y desconcertante; deseó que Akane le tocara así de nuevo. Solo porque ella quería hacerlo y no porque uno de los dos estuviera en peligro.

¡Qué tontería! Se dijo, avergonzado. Ellos no hacían esas cosas, ¿verdad? Estaban prometidos y vivían juntos, pero jamás habían hecho algo parecido. No, de ningún modo. En cambio, participaban en bodas trampa que acababan con explosiones y heridos. Sí, eso era más típico de ellos.

Aplastó ese impulso dentro de él y se atrevió a salir a la luz.

Pisó lo bastante fuerte como para llamar la atención de la chica que dio un respingo, encogiendo las piernas y estirando la espalda.

Estoy listo se dijo, anticipando lo peor. Ella se enfadará, yo me enfadaré, me atizará con su mazo y yo le recordaré lo poco femenina que es por hacerlo… Incluso en el interior de su mente escuchó un suspiro de decepción. Eso es lo que nosotros hacemos.

Y una vez más se recordó que debía dar gracias por poder seguir haciéndolo.

Akane giró el cuerpo sin apenas despegarse de la puerta. Con las piernas dobladas le miró desde el suelo.

—¡Vaya!… Así que ya has vuelto —comentó. No era su voz de enfado, apenas si captó reproche en su entonación pero Ranma no pensaba confiarse.

—Pues sí…

—¿Dónde te habías metido?

—Librándome de los invitados indeseables —respondió con aplomo. Akane torció la cabeza, su barbilla pegada a sus rodillas.

—Y de las invitadas... ¿No?

Ahora sí. Ranma notó un ápice de fastidio y no pudo evitar una sonrisilla maliciosa.

—¿Estás celosa?

—¡Ja! ¡¿De qué iba a estar yo celosa?! —exclamó ella. Esa dulce máscara de tranquilidad e indulgencia que Akane le había mostrado se resquebrajó un poco y a él le gustó. Prefería verse las caras con su prometida predecible y temperamental de siempre. La joven respiró hondo y volvió a estirar las piernas, blancas y esbeltas, sobre el suelo. Ranma apartó los ojos en cuanto notó que las contemplaban como si nunca las hubiera visto antes—. Tampoco creo que te costara tanto librarte de ellas. Al fin y al cabo se salieron con la suya, estarán muy contentas.

Contentas no era la palabra con que él habría definido el estado enloquecido y rabioso que tanto Shampoo como Ukyo habían mostrado, pero decidió callárselo. Ni Akane le creería, ni quería hablar de eso, en realidad.

—No estamos casados —añadió ella, de un modo más apesadumbrado del que Ranma habría imaginado. Contempló el movimiento pesaroso de sus pestañas al parpadear y como apretó los labios un instante antes de mostrarle una sonrisa desenfadada—. Aunque tú también estarás contento, ¿verdad?

—¿Yo? —preguntó sin pensar. Ah, ya veo adivinó, ocultando sus manos crispadas en la espalda. Por ahí era por donde le atacaría… Él había negado sus sentimientos antes de la boda, él había salido corriendo tras el barril en lugar de quedarse a su lado y, por supuesto, él tenía que ser quien se alegrara de que la boda no se hubiera realizado. Ya, como si ella no estuviera aliviada en el fondo. Se cruzó de brazos, acercándose unos pasos a la chica—. Y supongo que tú estás muy enfadada conmigo, ¿no?

. Porque todo ha salido mal y ha sido por mi culpa.

Akane bajó sus brazos hasta su regazo y le miró fijamente. Daba la sensación de haber dejado incluso de respirar. Muy despacio, llenó sus pulmones de aire y cuando él creyó que la chica estallaría en gritos e insultos, tan solo lo dejó salir y echó la cabeza hacia atrás para apoyarla en la madera.

—No —murmuró—. No estoy nada enfadada.

—¡Venga ya!

—Que no estoy enfadada.

—¿Ya te has desquitado? —replicó él, sin darse por vencido. La única explicación posible para que ahora se mostrara tan relajada era que se hubiera pasado las últimas horas partiendo bloques de piedra por la mitad. Sus ojos se movieron hasta su mano derecha y descubrió el vendaje en su muñeca, a pesar de que ella trató de ocultarlo en su espalda.

—¡Vale, al principio estaba muy molesta! —admitió, exaltada por la repentina vergüenza—. Contigo… ¡Aunque no solo contigo!

—¿No me echas la culpa de todo?

—¡¿Y de qué sirve eso?! —preguntó Akane, malhumorada. Con un resoplido se puso en pie y empezó a moverse por el comedor. Ranma la siguió con la mirada, alerta, y adoptó una postura defensiva para cuando ella le cayera encima. Pero no lo hizo. Solo siguió moviéndose como si le picara todo el cuerpo—. ¡¿Qué más da?! El agua de Jusenkyo se ha perdido, y la boda se ha estropeado…

. Nada de eso puede cambiarse ya así que… ¿de qué sirve enfadarse?

¿De qué sirve enfadarse? Ranma la vigiló más intrigado que nunca.

¡Pero si era siempre ella la que se enfadaba por las tonterías más insignificantes del mundo! Trataba de engañarle, era obvio. Pretendía que él se relajara para después atacarle por sorpresa. ¡No había otra explicación!

¡Pero ¿por qué se molesta en algo así?! Se preguntó nervioso. Le desconcertaba esa actitud y quiso gritarle que él estaba dispuesto a recibir su castigo, pero que lo hiciera de una vez. Ni por un instante se creería que Akane, por una vez en su vida, había aceptado la inutilidad de enfadarse por algo ya pasado.

Al fin, dejó de moverse. Se frotó los brazos desnudos despacio y Ranma sintió un picor nervioso en los suyos pero se mantuvo quieto.

—He estado pensando —continuó ella y de nuevo le miró con fijeza. Alzó los ojos hacia él con rapidez, como si pretendiera atraparle por sorpresa pero su semblante serio, con tintes de gravedad, no parecía obedecer a algo planeado. Sus palabras sonaban genuinas y había una verdad tímida en sus gestos—. He pensado en Jusenkyo… Estuve pensando en eso mientras me quitaba el vestido de novia y después de recordar lo que nos pasó allí, me di cuenta de que lo de hoy no tiene tanta importancia.

Ranma tembló ante esa revelación. Tembló al oír el nombre de ese lugar en los labios de la joven, no creyó que ella pensara en aquello. Nunca habían vuelto a mencionarlo desde que regresaron y estaba seguro de que se daría cuenta en seguida si el recuerdo de tal temible experiencia atormentaba a la chica.

Ahora sabía que ella también pensaba en ello.

Apretó los labios al darse cuenta del modo intenso en que las pupilas castañas lo escrutaban, quizás a la espera de que dijera algo al respecto pero la garganta se le secó al respirar hondo.

Jusenkyo…

—E… ese día nosotros… —enmudeció, consternado y avergonzado. Akane desvió la mirada.

—Estuvimos a punto de morir —concluyó ella. Ranma experimentó un dolor que lo partió por la mitad ante la crudeza de tal afirmación. Levantó su mirada cuando una sospecha terrible le alcanzó. ¿Sería que ella le culpaba? ¿Le consideraba responsable, al menos? Pero Akane se miraba las manos como si no hablara de nada tan importante—. Comparado con eso, ¿qué importa una boda fallida?

. ¿No crees?

—Supongo…

Y entonces, su prometida se encogió de hombros y declaró:

—Puede que haya sido mejor así.

Un nuevo dolor le golpeó, más feroz e inesperado que el anterior.

¿Mejor? Pensó. ¿Qué no nos hayamos casado?

Cree que ha sido mejor que no llegara a casarse conmigo, claro.

Arrugó el entrecejo y estiró la espalda, trató de crecer sobre sus tobillos y adoptar su habitual expresión de indiferencia. Repasó su viejo inventario de frases e insultos contra ella, buscó alguno con el que herirla como ella acababa de hacer con él, pero las palabras se le amontonaron en la mente y por alguna razón, volvió a verla en Jusenkyo.

Pálida, quieta, empapada, sin vida…

—Sí —soltó, afectado. Eso fue todo lo que se le ocurrió para defenderse, un triste monosílabo sin poder alguno, pero que se le atoró en la garganta y le hizo tragar varias veces para volver a repetir—. Sí.

Marimacho tonta se quejó en su mente, clavando los ojos en el suelo. ¡Yo tampoco quería casarme contigo para empezar! Deseó poder decirlo en voz alta, pero algo se lo impidió. Un temblor inquietante se había adueñado de su mandíbula. ¡No te merecías que yo te dijese… que yo repitiese…!

Molesto, apretó los dientes. No es que hubiese creído que Akane había considerado casarse porque sintiera amor verdadero por él, aunque puede que sí lo hubiera pensado después del modo en que ella se sacrificó en Jusenkyo por salvarle.

¿Por qué lo habría hecho si no?

¡Por lo visto por nada! Puede que fuera un simple acto impulsivo, quizás ni siquiera creyó que podría pasarle nada malo. Akane no siempre actuaba pensando con racionalidad.

—Me voy a dormir, es tarde —anunció ella, estirando los brazos por encima de su cabeza, arqueando su cuerpo ante él. Ranma la ignoró—. Buenas noches.

—Buenas noches.

Oyó su caminar tranquilo pero se contuvo antes de decir algo más. Por una vez no le apetecía pelear con ella, sino que se alejara y quedarse solo para digerir la decepción. Necesitaba hacerlo para poder fingir que todo estaba bien al día siguiente, cuando se sentaran el uno junto al otro a la mesa del desayuno como hacían cada día.

Pero cuando Akane pasó por delante de él se detuvo y torció la cabeza, buscando su mirada que seguía anclada al suelo.

—¿Sabes por qué es bueno que no nos hayamos casado hoy, Ranma?

El chico guardó silencio unos instantes, más perplejo que furioso. ¡¿Acaso pretendía burlarse de él además?! Sin embargo, su orgullo le indicó que no debía dejar que notara su malestar. Debía mostrarse tan indiferente y despreocupado como ella.

Así que abrió los brazos en una postura desenvuelta y relajó sus rasgos.

—Supongo que hay muchas razones —contestó y la miró a los ojos—. A ver… ¿por qué?

Akane no pareció hacer caso a su sarcasmo, de hecho le sonrió. Y la sonrisa que le mostró no se parecía a ninguna otra que él hubiese visto antes.

—Porque ni siquiera nos hemos besado todavía, tonto.

Jamás habría imaginado una respuesta como esa y por eso se quedó callado. Tuvo un fugaz pensamiento que después no recordaría.

¿Es…Akane de verdad?

Era ella, pero se comportaba de un modo diferente. Ya había notado algunos cambios en su prometida después de volver de Jusenkyo pero nada comparado a esa noche. Fue la primera vez que al mirarla Ranma sintió un poco de temor, uno que se adheriría a él y volvería a sentir un sinfín de veces, que no se parecía al miedo que estaba acostumbrado. Era un temor placentero, de esos que te hurgan en el centro del estómago, te aceleran el corazón, te susurran al oído que algo está a punto de ocurrir.

Sostuvo la mirada de la chica, confuso y expectante, y observó como esta se acercaba y levantaba sus manos para posarlas en su rostro. Calidez y suavidad, como él lo había imaginado. Suspiró como un tonto. La vio impulsarse sobre las puntas de sus pies y cerrar los ojos justo antes de besarle.

Se le escapó un jadeo leve y sus manos se crisparon en el aire. Pánico. No sabía qué hacer. Se quedó quieto, apenas si acertó a cerrar los ojos cuando los labios de Akane le acariciaron con ligereza al principio, ofreciéndole breves besos que empezaban y acababan en un segundo hasta que encadenaron un sinuoso movimiento cada vez más hambriento.

Ranma trató de apartar la angustia y la vergüenza para responder a esos movimientos pero no lograba una sincronización con ella. La peor frustración de su vida latía entre sus cejas. Entonces Akane se pegó más a él y notó la curva de su cintura presionando en su cadera, percibió la redondez de sus pechos sobre su pecho y la electricidad de sus dedos acariciándole la nuca. Tantas sensaciones juntas, sintiéndolas por primera vez le ahogaron y, anonadado, descubrió que… le gustaba.

Le gustaba mucho y le hacía sentir eufórico.

Empujó su cadera hacia ella y sus manos, por fin, se atrevieron a sostenerla. Se deslizaron por la espalda de la chica, bajaron a la cintura y dejó que sus dedos apretaran un poco más hasta alcanzar un pequeño reducto de piel.

Akane no retrocedió, como él habría sino que descargó parte de su peso sobre su pecho, levantó más la cabeza y separó los labios para él. Y ese gesto lo cambió todo. Ranma adelantó los suyos y su lengua; captó el sabor de Akane, parecido al aroma mágico de la luna pero más íntimo, más familiar. Al fin sintió que podía alcanzarla y entendió que encajaban a la perfección. Unos instantes antes se había sentido perdido y torpe, pero ahora había algo en su cabeza que le conducía con calma y placer por un camino que saboreó con regocijo hasta que sus sentimientos se mostraron ante él, con la misma claridad que en Jusenkyo.

Ranma había estado pensando mucho en aquel momento de pánico y desesperación, cuando al fin pudo ver lo que escondía su corazón y creyó que solo el miedo a la pérdida podía ser tan crudo al confrontarle con ellos, pero no era así. Existía más de una manera. Y él acababa de descubrir otra mucho más maravillosa.

No obstante, esa verdad tan intensa le afectó y necesitó un momento. Sus brazos se negaron a despegarse de la espalda de la chica, pero echó la cabeza hacia atrás con la respiración acelerada.

Akane permaneció en silencio, respirando igual de rápido. Sus mejillas resplandecían rosadas, sus pupilas se habían vuelto de una tonalidad ámbar bañadas por la luz de la luna… Al contemplarla con esa expresión de amor y éxtasis, volvió a sentir miedo por sí mismo, por su corazón que lo sentía colgando sobre un gran abismo.

Ella le besó de nuevo en la cara obligándole a cerrar los ojos y le dedicó un tierno abrazo.

—Buenas noches, Ranma —susurró en su oído.

No… pensó él al sentir que ella se alejaba. Su cuerpo suave y acogedor se separó unos centímetros, aunque sostuvo una de sus manos hasta que echó a andar. Antes de que Ranma obedeciera al impulso de aferrarse a esa mano, se le escurrió entre los dedos y la chica desapareció por la puerta del comedor.

La sensación que le dejó fue la de haber visto algo imposible.

Y por un segundo se preguntó si había pasado de verdad… Apretó los párpados, se llevó las manos a la cara y captó el olor de la chica aún en sus palmas. Abrió los ojos y la luz hipnótica de la luna le cegó por segunda vez. Un escalofrío nervioso invadió su cuerpo por la espalda y lo recorrió con tanta fuerza que tuvo que moverse, sacudirlo y sujetarse el pecho.

Sí había pasado. Era imposible que no fuera así.

El olor en sus manos, el sabor en su boca, había algo nuevo en su interior que no dejaba de tirar y aflojarse a la altura de su pecho, de su corazón.

Akane le había besado. Él la había besado a ella.

Y entonces había pasado algo más…

Se giró sobre sus tobillos y apoyó su cuerpo agotado, aunque aún palpitante, en la madera de la puerta hasta que las rodillas se le doblaron del todo y se arrastró al suelo sin apartar los ojos de la luna.

La luna tenía algo extraño aquella noche. Él tenía algo extraño dentro de él, pero ahora sabía lo que era.

Quiero a Akane se dijo y esta vez le dio menos miedo admitirlo. Meneó la cabeza, con fuerza, con orgullo. Amo a Akane. Rememoró lo que había sentido al tocarla, al abrazarla, al besarla y sentir sus labios sobre los suyos, su lengua acariciando su boca.

—Amo a Akane —susurró y no pudo evitar mirar a su alrededor, nervioso. Pero no era solo eso. Por más que los hubiese negado, esos eran sentimientos familiares. Había algo más. Meditó sobre ello mientras la luna le observaba, incitándole. La piel del cuerpo le ardía, algo volvía a hurgarle en su estómago y por fin creyó entender que era—. Deseo a Akane.

Esta vez no miró a su alrededor, sabía que estaba solo. Fue un alivio soltarlo, entregarse a esa verdad, pero también le asustó un poco lo que aquello significaba.

Deseo…

Se miró las manos y el ardor en ellas se apaciguó un poco.

Finalmente se dejó caer sobre la madera y cerró los ojos. Estaba tan cansado que todo su cuerpo ronroneó anticipando el descanso. Tal como pensó los grillos cantaban, podía percibir los rayos de esa luna amiga acariciando y restaurando los tejidos heridos bajo sus músculos… Dobló un brazo para apoyar la cabeza y aplastó la nariz contra su otra mano. Quería quedarse dormido aspirando el olor de su prometida antes de que este desapareciera.

Quería soñar con ella. Con sus besos y la textura de su piel. Y quería ver si en sus fantasías se atrevía a ir más allá y satisfacer esos impulsos novedosos que le exigían actos tan absurdos como subir al cuarto de la chica y…

Apretó los dientes y no dejó que ese pensamiento fuera más lejos.

Quizás todo fuera por acción de la luna y al despertar lo olvidara. Puede que todo volviera a la normalidad con el nuevo día que estaba por comenzar. Sería lo más fácil para ambos, pero Ranma asumió que eso no era lo que deseaba de verdad.

Porque sus deseos habían cambiado y… sospechaba que los de Akane también.

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2.

—○—21 de Septiembre. Luna llena de Cosecha. Día—○—

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Estaba a punto de bostezar.

Equinoccio —anunció la voz del profesor rompiendo el somnoliento silencio que había atrapado a la clase—. Significa Noche igual

. ¿Alguien sabe por qué?

Aún hacía calor, de ese tipo que le zumbaba en los oídos y emborronaba el horizonte al otro lado de las ventanas abiertas del aula. No corría brisa alguna y Ranma bajó el rostro, apretando la mandíbula contra el pecho en un intento inútil de retener el bostezo dentro de sí. Este curso le había tocado sentarse en primera fila, en un lugar más que privilegiado dentro del campo visual de los profesores que no dudaban en llamarle la atención cada vez que se le escapaba un mal gesto.

—¿Nadie lo sabe? ¡Vamos!

Apretó las manos contra la madera, encorvando los hombros e hizo una mueca cuando la energía enjaulada y perezosa del bostezo le atravesó. Le costó una barbaridad mantener los ojos abiertos y la boca cerrada, pero logró su objetivo.

No estaba durmiendo bien a pesar de que las temperaturas nocturnas habían dado una tregua y por fin el chico tenía su propio dormitorio. Apenas un cuarto en el desván de la casa, enano y con un olor a cerrado que se le metía en la nariz hasta obligarle a respirar por la boca. Era suyo y al fin estaba tranquilo, pero aún le costaba conciliar el sueño por las noches.

Sintió un nuevo bostezo abriéndose paso en su pecho y esta vez, se tapó la boca con las manos para sostenerlo. Alzó, veloz, sus ojos y miró al profesor Tsukiyo creyendo que este le estaría observando también pero tuvo suerte.

El tipo paseaba sus ojillos grises por el aula a la espera de que algún alma cándida y despierta le diera la respuesta, por desgracia para él aquella era la última clase del día y los estudiantes estaban, en su mayoría, derrumbados en su pupitre, somnolientos y hambrientos por igual. A pesar de todo, no desistió de mala gana, ni hizo ningún comentario despreciativo sobre dicha actitud.

Tsukiyo era nuevo ese año y aún tenía paciencia e ilusión por su trabajo.

—Los equinoccios son días en los que se dan las mismas horas de luz que de oscuridad —les explicó. Hizo ese típico gesto de ajustarse sus temblorosas gafas con montura al aire al puente de la nariz con el dedo corazón—. Habréis notado que durante las últimas semanas anochece antes, ¿no? —Nadie produjo el más leve sonido y él continuó—. Mañana se producirá el equinoccio de otoño; día y noche durarán lo mismo.

. Será el inicio oficial del otoño y el fin del verano. Por eso, a partir de mañana, las noches serán cada vez más largas hasta que llegue el invierno.

Hizo una nueva pausa expectante y casi dio un respingo cuando una chica alzó su mano.

—¡¿Sí?! —exclamó Tsukiyo.

—¿De qué nos sirve saber todo eso?

Vaya… pensó Ranma. No es que a él le interesara mucho eso de los equinoccios pero jamás lo habría manifestado de esa forma tan clara.

—Porque todo es parte de la naturaleza —contestó el profesor sin desfallecer. Parecía tan emocionado por hablar de esos temas que la indiferencia que recibía de sus alumnos no podía herirle—. Y nosotros somos parte de ella. Por tanto, todo tiene que ver con nosotros —Movió sus brazos, más excitado que antes—. El clima, el cambio de las estaciones, los ciclos de la luna… ¡Todo está relacionado!

. Y nos afecta más de lo que pensamos.

—¿Ah, sí? ¿Cómo?

Tsukiyo se rozó el mentón un instante antes de que naciera en su rostro una llamativa sonrisa.

—La luna llena.

Ranma se removió en su asiento. De hecho fue como si hubiera estado flotando sobre el aula, captando solo algunas palabras de las que se decían y acabara de caer en su asiento. Se irguió posando los antebrazos en la mesa y parpadeó para despejarse.

Luna llena…

—Este año el equinoccio de otoño coincidirá con la luna llena conocida como Luna de Cosecha.

—¿Luna de Cosecha? —repitió alguien del fondo de la clase.

—Cada luna llena recibe un nombre diferente dependiendo del mes del año y del hemisferio en que nos encontremos —les explicó Tsukiyo. Había estado paseando por delante de la pizarra, pero en este punto se detuvo y se sentó en el pico de su mesa de cara a los jóvenes. Ya no parecía tanto un profesor, sino más bien un sabio que se disponía a relatar leyendas a la luz de una hoguera—. La del mes de septiembre se llama Luna llena de Cosecha.

—¿Por qué?

—Es especial… ¿Alguien la ha estado observando estos días?

Ranma tragó saliva. No pensó, ni por un instante, responder a tal pregunta pero de todos modos cerró sus manos en torno al filo de la mesa y su ceño se frunció.

Él había estado observando la luna.

.

.

Habían pasado dos meses y no lograba sacarse de la cabeza aquella luna llena de julio, aquella noche en que brilló con tanta fuerza y… ¡Vaya, ni él mismo entendía porque perdía su valioso tiempo con eso! Sin embargo, no había dejado de observar al satélite desde entonces, en todas y cada una de sus fases hasta que la luna llena regresó en agosto.

Despegó una mano de la madera para rascarse la nuca al rememorar el poderoso sobrecogimiento que había experimentado la noche anterior, cuando se quedó dormido tras mirarla como hipnotizado durante horas. Faltaba poco más de un día para que esta se llenara por completo.

Cada mes había brillado con más fuerza. Había sido más grande, luminosa y Ranma se había sentido a merced de ella de un modo que le avergonzaba demasiado como para compartirlo con nadie.

—A lo largo del mes la luna va retrasando su salida unos cuantos minutos —Tsukiyo retomó sus explicaciones, quitándose las gafas al tiempo que suspiraba—. Pero la luna llena de cosecha es distinta. Estos días podréis ver que aparece siempre a la misma hora, durante el anochecer y que tiene un peculiar aspecto.

. Cuelga en el horizonte más grande, más redonda y despide una luz amarillenta brillante, casi anaranjada, que afecta al sueño de muchas personas.

—¿Es más grande? —preguntó alguien, confuso y Tsukiyo se rio.

—¡No, por supuesto! Solo lo parece por un efecto óptico, también su luz es más intensa —Les relató—. De ahí su nombre.

. Esta luna solía coincidir con el momento de cosechar y gracias a su intensa luz dorada los agricultores podían seguir trabajando en los campos hasta bien entrada la madrugada.

Sí… esa luz dorada.

Con reflejos que eran casi anaranjados.

Llevaba un par de noches colándose por la ventana con una fuerza abrumadora, como una marea que se alargaba para alcanzar los rincones más recónditos del desván y… del cuarto de Akane. Se trataba de un brillo etéreo, parecido al de una llama y que hacía resplandecer de un modo indescriptible la piel suave y lechosa del rostro del Akane, de la palma de sus manos, de la superficie de su tembloroso vientre descubierto…

Ranma volvió a removerse sobre la silla con el rostro acalorado y cayó en la cuenta de que había perdido el hilo de la conversación. Miró al profesor justo cuando este se disponía a responder a otra pregunta:

—Por supuesto que la luna llena afecta a muchas cosas: las mareas, la lluvia, la vegetación cambiante, la fertilidad… ¡Incluso podemos usar sus fases para medir el tiempo! —Los rasgos del hombre se tensaban en su alargado rostro juvenil a medida que hablaba más rápido y subía el tono de su voz. Había un brillo incandescente en sus ojos desvaídos que empezaban a despertar del todo—. La luna simboliza el tiempo, lo intuitivo, la imaginación, el destino de los hombres… —Sus alargadas manos crujieron en un movimiento involuntario—. Pero más que nada, la luna representa una verdad que es incuestionable.

. El cambio como condición de todo lo existente.

—¿El cambio?

—Sin cambio no habría vida. Es necesario, a veces molesto, pero inevitable a fin de cuentas —Tsukiyo movió sus ojos y Ranma se vio sorprendido por ellos—. Un cambio que, en último término, puede implicar la muerte… pero también, renacimiento.

¿Muerte?

Un escalofrío le recorrió entero. Se tensó sobre su asiento y sus pupilas se alejaron del profesor para buscar a Akane. La chica no parecía impresionada por esas palabras, aunque sí interesada en la charla.

Renacimiento.

Esas palabras le afectaron y, de hecho, quedaron grabadas en su mente con tanta rotundidad que todo lo que había a su alrededor se hundió en el silencio. Desapareció y Ranma se encontró a solas con una inquietante pregunta… ¿Sabía en verdad lo que había sucedido en Jusenkyo? Él pensaba que sí; le había parecido evidente hasta ese instante en que las palabras de Tsukiyo le sugirieron algo más.

Hasta ahora él había pensado que en Jusenkyo Akane estuvo al borde de la muerte y él, por suerte, logró salvarla en el último momento. Parecía lo más lógico, aunque estaba el pequeño detalle de que la muñeca Akane llegó a cerrar los ojos antes de que el agua la devolviera a la normalidad. Y de hecho, él la sostuvo inerte en sus brazos, fría, sin percibir su corazón o que el aire recorriera su cuerpo.

Muerta.

En apariencia muerta. Pero ella despertó, así que no podía estarlo.

A no ser…

¿Y si Akane sí llegó a morir en Jusenkyo? Puede que durante unos instantes estuviera muerta y después renaciera. Muerte y renacimiento. Justo lo que el profesor había dicho. Parecía una locura y desde luego, Ranma no sabía cómo podría su prometida haber renacido pero había algo más que encajaba con esa teoría, otra de las cosas que Tsukiyo había dicho.

El cambio.

Un cambio que implica muerte y remamiento.

Akane había cambiado. No era la misma que era antes de Jusenkyo, al menos no todo el tiempo. La mayor parte sí se comportaba como siempre pero había momentos concretos en que era como si fuera otra persona.

Otra Akane.

¿Y si una nueva Akane había renacido aquel día entre el agua de las pozas?

Ranma se retorció las manos sobre el regazo y pensó que tenía sentido. Él, más que nadie, había sido testigo de esos momentos en que la Akane de siempre se retiraba para dar paso a la otra. No era como si desapareciera, sino algo más sutil. La Akane original se encogía, se ocultaba con una pequeña sonrisa en su interior y entonces la otra aparecía. Esa que a él le daba un poco de miedo, la que se reunía con él por las noches, a solas. Esa que él, Ranma, había empezado a adorar con desesperación y vergonzante secretismo.

Volvió a mirarla. Era obvio que ahora se trataba de la Akane de siempre; la que llevaba el uniforme escolar sin demasiada gracia, con el pelo algo revuelto después de todo el día y que se encorvaba sobre la mesa. Ranma siguió mirándola, escrutando su postura y cada detalle de su aspecto hasta que sintió un tirón en su estómago y apartó los ojos. El sudor recorrió su cuerpo a toda velocidad.

Incluso en esos momentos de normalidad la presencia de Akane tan cerca era como la luna: gigante, resplandeciente y poderosa. Se sintió vulnerable ante ella, como si tuviera la capacidad de aplastarle contra el suelo si se lo proponía, así como la facilidad de hacerle volar hasta lo más alto.

La campana de la escuela sonó, al fin, liberándoles. Ranma respiró hondo al amparo del jaleo de sillas arrastrándose y voces que le trajo de vuelta a la realidad. Todo lo que había pensado unos segundos atrás le resultó extraño y dramático.

—¡Hasta mañana, chicos y chicas! —Se despidió Tsukiyo—. ¡No olvidéis observar la luna esta noche!

Siempre se las apañaba para abandonar el aula junto a los primeros estudiantes que se apresuraban por salir. Ranma, en cambio, se estiró sobre su silla, alargando los brazos y las piernas, cerrando los párpados y gimiendo bajito para expulsar toda la tensión acumulada. La cabeza le dio vueltas en torno a equinoccios, ciclos lunares y cosechas así que la agitó de un lado a otro para intentar despejarla.

Parpadeó y miró de nuevo a Akane, pero esta ya no estaba.

¿Eh?

.

.

Volvió la cabeza a la puerta y la vio saliendo del aula junto a su grupo de amigas entre risitas y susurros. Dejó, pues, que su cuerpo se relajara un momento contra la madera.

Por supuesto, no iba a salir corriendo tras ella.

Podría haberlo hecho, claro. Era su prometido y eso no tendría nada de raro, pero no lo haría. Entornó los ojos y se dedicó a mirar a los demás, como recogían sus enseres y se echaban la mochila al hombro para salir por la puerta.

Cuando se hubo quedado solo en el aula, se puso en pie y repitió sus estiramientos con deliberada lentitud. Recogió sus cosas del mismo modo y atravesó la puerta moviendo los hombros.

Fuera de la clase había más bullicio y eso le alegró. Oír algo más que sus pensamientos y también sentir la energía nerviosa de otros a su alrededor le espabilaron y el flujo normal de ideas se restauró en su cabeza. Esbozó una sonrisa simple y dio un paso en dirección a las escaleras para bajar a la planta inferior. No se fijó en las personas que se cruzaba y dejaba atrás, caminó imbuido en sí mismo hasta los casilleros y se cambió los zapatos. El sol de septiembre, aún ardiente y demandante, le dio en los ojos cuando salió al patio. El asfalto desprendía también calor y como el cielo estaba despejado, sin querer buscó la imagen de la luna en el horizonte pero aún era pronto para verla.

Se ajustó una vez más las correas de la mochila y se encaminó a la salida. Se percató de que había un corrillo de chicas justo al otro lado y que Akane estaba entre ellas. Alzó la vista al verle.

—Miyu nos ha invitado a un helado por su cumpleaños —Le informó—. Así que volveré a casa más tarde.

Ranma arqueó las cejas.

—No deberías comer tantos helados o te pondrás aún más… —La mochila de Akane se estampó en su cara antes de que pudiera acabar esa frase.

—Llévate mi mochila a casa.

—¡Bruta!

—¡Tonto del bote!

Ranma chasqueó la lengua, apretando la mochila y apartó la mirada con orgullo cuando las chicas pasaron por su lado y empezaron a alejarse. Esperó un par de segundos y movió sus ojos justo en el instante en que Akane volvía la cabeza sobre su hombro. Sus miradas se encontraron y ella le sonrió, divertida y con las mejillas ruborizadas. Él también sonrió, temeroso e ilusionado.

Algo más había cambiado y debía reconocer que le gustaba, pero también había instantes en que se sentía tentado a volver a ese estado seguro de inmovilidad en el que había estado el último año de su vida; en ese donde todo era siempre igual y todo se daba por sentado sin que nadie esperara nada de él.

Ranma tampoco esperaba que nada pasara y lo pusiera todo patas arriba. Nunca fue amigo de los cambios o la novedad porque a menudo le resultaban incómodos, molestos y le exigían un gran esfuerzo y voluntad para adaptarse a ellos.

Cuando llegó a casa de los Tendo por primera vez y cambió su vida nómada con su padre por esa existencia familiar también fue incómodo y difícil para él. Aprender a vivir en compañía, llevar unos horarios que no siempre decidía él, el mero hecho de tener a las mismas personas a su alrededor sabiendo que se preocupaban por él y que él también debía hacerse responsable fue muy complicado. Y aunque en ese caso había sido para bien, no contaba con que todos los cambios fueran así. Jamás llegaría acostumbrarse del todo a su maldición, por ejemplo. Siempre lo sentiría como algo un poco desagradable para él.

Sin cambio no habría vida había dicho Tsukiyo. Es necesario, a menudo molesto, pero inevitable…

Dentro de él también se estaban dando cambios; en sus sentimientos, en sus actos, en su forma de ver el mundo y a las personas. Y más en concreto, Ranma empezaba a verse a sí mismo de un modo distinto.

Durante toda su vida se había centrado en entrenar, mejorar su físico, aprender técnicas de combate y fortalecer la parte de su personalidad orientada a la acción. Era seguro de sí mismo, valiente, temerario y podía reírse de casi cualquier penalidad que le ocurriera. Como contra, la parte emocional de sí mismo había caído en las sombras porque Ranma supo desde niño que si le prestaba atención a esa parte surgirían cosas que no le gustarían. Tendría que hacerse preguntas incómodas.

¿Por qué su madre le dejó ir de niño?

¿Por qué su padre nunca le mostró cariño?

¿Por qué sus propias emociones le hacían sentir tan extraño, tan inseguro?

No, era mejor no mirar ahí. Y no lo hizo hasta que llegó a Nerima y… otras emociones empezaron a surgir en él. Pero, de todos modos, el chico hizo lo que había hecho siempre y trató de echar tierra sobre ellas. Ocultarlas. Huir. No quería cambiar bajo ningún concepto…

El cambio es inevitable pensó con sarcasmo hacia sí mismo. Tal vez sea verdad.

Jusenkyo le confrontó con esas nuevas emociones del modo más brutal que pueda existir. No es que Ranma fuera tan tonto… Sospechaba, aunque nunca lo dijera, que su afán imperioso por proteger a Akane de todo peligro, así como ese otro afán casi igual de fuerte por fastidiarla, le estaban queriendo decir algo. Algo que quizás él no quería escuchar. Sentir algo y no decirlo, negarlo y luchar contra ello puede hacerlo parecer menos real. Y esos sentimientos se quedaron escondidos al otro lado de su consciencia hasta que algo los hizo salir.

La posibilidad de perder a Akane para siempre.

Fue como si le abrieran un agujero en el pecho y ese amor doloroso y absoluto que se había estado conteniendo brotó de él hasta ahogarle. Tal y como se había temido, resultaba aterrador… tan aterrador que el día de la boda cedió al impulso de volver a negarlos, de regresar a ese lugar seguro para él donde las emociones no tenían importancia. No era necesario decirlas. Donde el cambio no existía y él podía seguir siendo él.

Esos sentimientos podían haberse perdido de nuevo en su inconsciencia.

Pero Akane los trajo de vuelta con aquel beso. Los atrapó justo cuando estos se replegaban, trayéndolos a la superficie y ahora Ranma los sentía a todas horas, por todas partes.

Sobre todo por la noche se dijo. Sobre todo durante la luna llena.

Volvió a mirar al cielo cuando dobló la esquina de su calle. Al fondo de esta vislumbró el dojo, pero no la luna. El sol aún dominaba y su luz picaba en los ojos.

Y a pesar de todo… él ya sentía los efectos del hechizo. Ese cosquilleo nervioso en la palma de sus manos, en el fondo de su estómago; creía oír una melodía suave que le atraía a la casa, al recuerdo de los dulces momentos que ocurrían cuando llegaba el ocaso y volverían a darse en unas horas. No importaba que Akane no estuviera allí, su esencia y su olor flotarían encerradas entre las paredes de la casa, esperándole.

Gimió, algo frustrado y se tocó la cara. ¡Todo aquello le hacía sentir cursi y tonto! Había perdido parte de su voluntad y no podía hacer nada por recuperarla.

Bueno se dijo, tratando de consolarse mientras nadie más se entere.

Atravesó el portón de entrada y recorrió el camino de piedra hasta la puerta de la casa. Nada más abrirla se encontró con su madre que le miró, sorprendida.

—H-hola, hijo…

—Hola —respondió él. Captó su nerviosismo y torció la cabeza—. ¿Pasa algo? —La mujer sacudió la cabeza—. ¿Y eso?

Su madre cargaba con una maleta abultada en las manos.

—Nada, nada… ¡Problemas de espacio! —Suspiró, adoptando una expresión grave—. Tu padre es un… —Ranma se relajó al comprobar que no estaba nerviosa, sino enfadada. Eso era más normal si su padre andaba por medio—. ¿Y Akane-chan?

—Se ha ido a comer un helado con sus amigas.

—¿Y no te han invitado?

—¡No son mis amigas!

—Pero Akane-chan…

—Nos pasamos juntos todo el día en esta casa y luego también en clase —declaró Ranma para cortar aquella conversación—. ¡Me alegro de despegármela aunque sea solo un rato!

Nodoka frunció el ceño.

—¿Lo dices de verdad?

—¡Pues claro!

La mujer le miró con fijeza para después sonreír.

—¡Bueno, eso me alivia! —exclamó y de inmediato añadió—. ¡En fin, no es muy varonil que un chico persiga a su novia a todas partes, ¿verdad?! ¡Es mejor que cada cual tenga su espacio!

—Supongo…

Su madre aún le lanzó una mirada extraña pero retrocedió y desapareció por el pasillo.

Qué raro… pensó, mientras se descalzaba. Aunque esa apreciación desapareció en cuanto su estómago emitió el primer gruñido de protesta.

.

.

.

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.

.

3.

—○—21 de Septiembre. Luna llena de Cosecha. Noche—○—

Un ruido que no existió le despertó.

Abrió los ojos sin mayor espasmo y estos se movieron de forma histérica sin ver nada. Sentía el sudor bañando su rostro y su cuello, y que la cabeza le zumbaba en la parte posterior, un dolor vago que fue ganando intensidad hasta que le obligó a incorporarse sobre el futón. Se pasó la mano por la zona afectada y el dolor huyó de él al instante. No así el calor y el zumbido en sus oídos.

Ranma respiró hondo y empujó el aire entre sus labios resecos haciendo un sonido que quedó atrapado en aquel diminuto espacio que era el desván. Antes de acostarse ya sabía que pasaría mala noche, había notado que la temperatura en ese cuartucho había vuelto a subir acompañada de una asfixiante humedad.

Se tocó su pelo trenzado y también lo notó mojado. Apartó la sábana del futón de una patada y volvió a apoyar la cabeza en la almohada, pero al instante el dolor volvió y maldiciendo se sentó con las piernas flexionadas. Era un dolor nervioso, fruto de la tensión. Igual que el insomnio, el picor que recorría su piel o los espasmos que sufría su corazón sin razón aparente.

Claro que hay una razón, protestó su cabeza. Pero no podía alcanzarle en el desván puesto que no había ventanas ni rendijas allá arriba.

Aunque aún tenía sueño, se puso en pie con tal rapidez que volvió a olvidar lo bajo que era el techo y se golpeó la coronilla.

—¡Ah, será…! —Se llevó las manos a la zona y se frotó con todas sus fuerzas. Un intenso enfado terminó de despertarle, pero tuvo la buena idea de sofocarlo con un simple puñetazo al futón antes de que le hiciera estallar del todo—. Esto no funciona…

Cada vez lo tenía más claro, pero se resistía a admitirlo.

Ese diminuto cuarto no era para él. No tenía espacio para moverse y la temperatura le hacía sentirse incómodo todo el tiempo… Le encantaba la intimidad que le proporcionaba pero no había resultado como él esperaba.

No debería haberme cambiado de cuarto pensó, fastidiado. Se imaginaba que su padre ya habría reconquistado todo el dormitorio de abajo y que sería muy complicado que le dejara volver. Aunque su madre obligara a Genma a permitírselo, tendría que soportar el mal humor (y el acoso) de ese panda infernal hasta que volviera a irse.

Ranma bufó, pero su aliento cálido solo sirvió para que notara aún más el rostro pegajoso por el sudor y no pudo soportarlo.

Esto pasar por pretender cambiar las cosas…

Arrastrándose sobre sus rodillas alcanzó el rincón donde estaba la trampilla que daba al piso inferior. La abrió con dificultad y sacó las piernas por ella, quedando colgando del techo. Saltó al suelo del pasillo con sigilo y volvió a respirar. Por el silencio que encontró supuso que debía ser muy tarde así que se dirigió con cuidado hasta el baño y se refrescó con abundante agua fría. El alivio que sintió fue inmediato, aunque permaneció unos instantes observando su rostro pálido y empapado.

¿Y ahora qué hago? Se interrogó. Se retaba con la mirada enfurecida, como si estuviera mirando a otro, el verdadero culpable de sus problemas y le costó sentir compasión por él. Meneó la cabeza y entonces, en el espejo que tenía frente a su cara creyó ver algo que se movía detrás de él.

¿Eh?

Se volvió a toda prisa hacia la puerta abierta pero no encontró nada.

Frunció el ceño mientras se secaba el cuello y se acercó a echar un vistazo. Miró a un lado del pasillo y no vio nada, pero por el rabillo del ojo captó algo en la otra dirección.

¿Una luz?

Salió del baño, alerta, siendo consciente del sonido de sus pies descalzados sobre la madera. Llegó a la esquina que doblaba dando paso a los dormitorios y al cruzarla se encontró con que el suelo estaba totalmente bañado por una poderosa luz dorada. Ranma se quedó paralizado, con las rodillas temblorosas.

Oh, oh musito su mente en un tono infantil y vacilante. Tragó saliva. La ventana estaba abierta.

Alzó su mano para taparse los ojos y retroceder, pero fue incapaz. En lugar de eso, cometió la estupidez de asomarse al exterior y se encontró con una enorme luna casi llena en medio de un mar negro y profundo.

Ahí estás pensó, apretando los dedos al alfeizar. Sintió su influjo de inmediato, traspasando su piel y llegándole a la sangre que comenzó a correrle más deprisa por todo el cuerpo. Un círculo casi perfecto, grande y anaranjado, con un halo que iluminaba el jardín trasero con una fuerza tal que casi parecía de día.

Luna llena de cosecha.

Había tal claridad que distinguía sin problemas los parterres de flores, las rocas asomando entre la hierba y las ondas del estanque que el movimiento de los peces hacían llegar a la superficie. Un tétrico sol de medianoche. Una esfera de luz en mitad de la oscuridad que tenía algo de mágico, pero de la cual manaba una energía arrebatadora.

Ranma supo que debía dejar de mirarla de inmediato pero entonces captó su aroma. No sabía si era posible percibir el perfume de la luna llena pero él sí podía: esa esencia dulzona, atrayente y envolvente que se le metía por la nariz y adormecía sus pensamientos. Cuando quiso darse cuenta, había cerrado los ojos para paladearla en el interior de su boca.

No, no se dijo y se asestó un golpe en la cara para reaccionar. Giró el rostro y de nuevo algo se movió al fondo del corredor. Era escurridizo. Brilló solo una vez y se coló por la rendija abierta del cuarto de Akane. Permaneció quieto aunque el corazón se le aceleró. El mismo intenso sobrecogimiento que le inspiraba la luna, le sobrevino al pensar en la chica.

Akane

Más bien le ocurrió al pensar en la otra Akane.

La que había renacido en Jusenkyo y por la noche se transformaba en la criatura más adorable, más dulce y apetecible del mundo. Tragó saliva. El ansia por ir a su lado le recorrió la espalda como un mudo latigazo y no pudo evitar echar a andar. Todo el tiempo sintió la vigilancia de la luna sobre su cabeza, un ojo enorme y astuto que ocultaba una sonrisa velada entre sus sombras.

La puerta estaba entreabierta y la luz dorada le llamó para que entrara.

Cuando la puerta chirrió al empujarla, Ranma salió del hechizo y aguzó el oído, asustado, por si alguien se movía en las otras habitaciones pero no oyó nada más. Suspiró y cerró la puerta a toda prisa para evitar un nuevo quejido de las bisagras.

El cuarto también brillaba por acción de aquel sol de medianoche. Las cortinas estaban abiertas del todo y en el recuadro de la ventana, la luna llena flotaba como si este fuera el objetivo de una cámara que la enfocaba solo a ella. Su luz le cegó, tuvo que parpadear pero el roce de sus rayos le lamió la espalda cuando se giró hacia la cama.

Akane…

La chica estaba echada sobre las sabanas, con la holgada camiseta del pijama levantada. El resplandor mágico de la noche incidía con particular fuerza en el pedazo de su vientre descubierto, o al menos eso fue lo primero en que Ranma se fijó. Brillaba por igual en la parte interna de sus brazos, en su cuello y en los pedacitos de su frente que veía entre los mechones del flequillo, pero sus ojos se anclaron en esa diminuta porción de piel refulgente, disponible…

Se acercó un poco, agachándose junto a la cama y la observó hasta quedarse sin aire en los pulmones. Sabía que buena parte de su mente estaba bajo el control de la luna, pero aún quedaba un atisbo de lucidez que se puso a hablarle.

Es otra chica. Y no albergó dudas al respecto. Es ella, pero no lo es…

Y sin embargo… quiero a las dos por igual.

La Akane normal seguía metiéndose con él, mirándole con ira de vez en cuando y haciéndole rabietas que podían acabar en golpes inesperados, mientras que la otra era quien le ofrecía su cariño más sincero y excitantes momentos de placer e intimidad. Sin embargo, ambas formaban una única mujer especial y Ranma se sentía incapaz de preferir a ninguna por encima de la otra. Amaba y deseaba a ambas. En ese instante el deseo le quemaba los dedos por tocarla, por rozar la curva de su estómago y desviarse hasta su cintura, pero su corazón se oprimía de amor al mirar el rostro relajado, dormido, con una mueca casi infantil que le hacía recordar mil momentos pasados juntos.

Una y otra le atraían y le importaban por igual y se sentía a merced de ellas.

Los dedos dorados de la luna le acariciaban la nuca y tuvo que cerrar los ojos con fuerza. Movió los hombros hasta que estos crujieron y apretó los dientes. La energía de la noche le invadía y sus pensamientos se amodorraban o se volvían extraños, tanto que era incapaz de comprenderlos. Le costaba pensar, pero sus sentidos se afilaban cada vez más.

—¿Por qué gruñes?

Abrió los ojos. Akane había despertado (¿o había estado despierta todo el tiempo?) y le miraba con el ceño fruncido.

¿Había gruñido?

—Por nada… —Se rascó la nuca, estirando las cervicales—. La luz me molesta.

—¿La luz de la luna? —El chico asintió y ella miró de soslayo el resplandor que entraba por la ventana. ¿Podría verlo tan brillante como él? ¿Notaba ella ese olor? Por la expresión de su rostro era obvio que no. Para ella no había nada raro, todo estaba como siempre… pero no era cierto. Porque ahora ya nada era como antes. Volvió a mirarle y arqueó las cejas al tiempo que sus labios se estiraban en una lenta sonrisa, tan lenta como el amanecer.

Ranma la vio aparecer, a esa otra chica a la que también amaba y le devolvió la sonrisa.

Luna llena de cosecha pensó, por alguna razón.

Se inclinó y besó la parte descubierta del estómago, haciendo que ella se retorciera y soltara una risita. Se subió a la cama gateando y escuchó el leve quejido de los muelles acogiendo su peso, volvió a besar la piel suave y fresca sin preocuparse por contar las veces hasta que notó una mano posarse en su cabeza, acariciando su pelo.

—¿Qué haces? —preguntó Akane, aún con la voz divertida. Alzó sus ojos para mirarla—. Estoy aquí.

—Ya te veo… —Se incorporó, arqueando la espalda para llegar hasta el rostro de la joven. Vio puntitos de luz decorando sus mejillas, sus pupilas habían adquirido un tono incandescente y tenía el flequillo desordenado—. Hola.

—Hola… —murmuró ella, pasándole una mano por el cuello—. ¿Por qué estás mojado?

—Ahí arriba hace mucho calor —confesó alargando los brazos por encima del colchón, rodeando el cuerpo de la chica, apretándola contra él hasta que la envolvió por completo y sintió la presión de su cadera.

—Ya te dije que esa era una idea absurda —le recordó ella. Sus dedos también llegaron a la nuca desterrando el sinuoso roce de la luna—. Como casi todas las que se te ocurren…

—Lo que es absurdo es seguir durmiendo con mis padres a mi edad…

—Ya te he dicho que puedes dormir aquí.

—Ya duermo aquí…

—Me refiero a toda la noche —especificó ella.

Sí, él ya sabía lo que quería decir y un pinchazo de pánico le golpeó en un costado. Le puso la misma excusa de siempre.

—Es mejor que nadie sepa nada de esto… por ahora.

Sabía que Akane estaba de acuerdo con él porque de eso sí habían hablado. Tan solo habían pasado dos meses de la traumática experiencia de la boda y ninguno quería repetir. Seguía pareciéndole una idea ridícula que dos adolescentes se casaran pero Ranma, además, sospechaba que esta vez sería más duro para él si otra boda entre ellos fracasaba.

Si volvía a tener a Akane vestida de novia, dispuesta a aceptarle y con todas esas emociones nuevas que habían surgido entre ambos ahogándole el corazón, no soportaría que nadie viniera a estropearlo. Y si alguien lo intentaba, no se iría de rositas.

Una brisa empujó las cortinas que pendían de la barra de la ventana haciendo que las arandelas que las sostenían arañaran el metal. Junto al aire entró de nuevo ese olor justo cuando Ranma inspiraba con fuerza; lo sintió recorriendo su nariz, cálido, y bajando por su garganta. Miró, solo un instante en esa dirección, y la luz dorada llenó sus ojos. Tomó su mente al tiempo que las manos de la chica tomaban su rostro con dulzura. Encontró su mirada y su rostro tan cerca que apenas si tuvo que bajar un poco la cabeza para besarla.

Creyó oír un suspiro quejumbroso brotando de su pecho, se preguntó si ella también lo habría oído…

Espero que no.

Ranma rememoró como habían sido los besos dos meses atrás. A pesar de lo intenso que fue el de la noche de la boda, Akane solía besarle siempre con suavidad al principio. Despacio, paciente, prudente… a veces aún lo hacía, él sabía que todo dependía de su estado anímico y la dejaba hacer. Pero esa noche Ranma apretó los labios con más fuerza para separar los de ella porque ansiaba acariciarla y porque sabía que ella nunca le rechazaba.

Hundió más la cabeza, apoyando una mano en la almohada y profundizó en los sabores conocidos, en los olores deseados, en los movimientos que podía anticipar y en los que no. Las manos de Akane bajaron despacio por su cuello y siguieron por sus hombros, sus dedos se metieron por debajo de las tiras de la camiseta.

Ranma entreabrió los ojos evitando así un nuevo suspiro, o puede que un gruñido; algo pugnaba por salir de él, libre. La luz dorada viajaba por el cuerpo de Akane y se vio impulsado a seguirlo con los labios: la barbilla, el delicado hueco bajo la oreja, la garganta que temblaba y después el cuello.

El olor de la luna se mezclaba con la fragancia pegada a la piel de Akane y él la degustó con la lengua.

—Ranma… —susurró ella, apoyó las manos en su espalda y le estrechó con fuerza. Puede que por eso su voz sonara así, tan diluida, tan sin fuerzas, suplicante—… te quiero.

La primera vez que lo oyó meses atrás, el chico se quedó paralizado unos instantes. Fue de repente, sin pistas ni señales previas (que él pudiese captar, claro) y lo dijo de un modo tan natural y sencillo que él solo pudo balbucear.

En realidad, aún ahora no estaba seguro de si Akane lo decía en serio. Lo susurraba en esos momentos, solo entonces, cuando él no la miraba, como si fuera una especie de necesidad con la que se satisfacía a ella misma y después las palabras se evaporaban sin más. Y él no se sentía mal por ello, tampoco quería hacerse demasiadas ilusiones. Quizás las chicas necesitaban decir eso en ese tipo de situaciones sin que tuvieran ningún significado.

Y Akane podía decir o hacer lo que quisiera con él.

Bajó por el cuello hasta que notó el ligero elevamiento de los huesos del esternón, el portón de entrada a un nuevo lugar que Ranma no siempre se atrevía a explorar. No obstante, cuando sus manos se hundieron bajo la camiseta del pijama de ella y palparon los bordes de su cintura y su estómago, Akane le abrazó con más fuerza, respirando con amplitud y dejando ir un gemido.

—Te quiero… —volvió a susurrar.

Ranma se estremeció, apretando los labios contra la piel de su pecho y moviéndolos en silencio: yo también te quiero. En su caso sabía que era cierto y por eso no podía decirlo en voz alta. Bajó un poco más, allá donde la piel se volvía más suave, más blanda, donde el olor parecía ser más penetrante.

Tiró de la camiseta hacia abajo para abrir camino y oyó que un botón se desgarraba. Ese sonido le produjo un efecto extraño, liberó algo en su propio cuerpo que despertó del todo. Por un momento, vaciló al notar su propia reacción y trató de apartarse de la chica para que ella no lo notara, pero ocurrió lo contrario. El hueco entre sus cuerpos dio espacio a Akane para que pudiera moverse en busca de una postura más cómoda y que le acercara más a él. Separó las piernas a ambos lados de la cadera de él y dobló las rodillas, ejerciendo una presión que fue leve, aunque novedosa. Las rodillas de Ranma fallaron en mantenerle erguido y descendió sobre ella de modo que sus cuerpos se acoplaron el uno al otro.

Volvían a encajar a la perfección.

No obstante, debía apartarse o girar a un lado pero aquella sensación de unión, de sentirse acogido le abrasó por dentro y quiso disfrutar un poco más. Su intimidad se apretó contra la de Akane, y supo que ella misma la sintió por el respingo que dio. Pero… las piernas de la chica no le soltaron, sus brazos no dejaron de abrazarle y cuando se atrevió a mirarla, captó un entendimiento en sus ojos.

¿Akane?

Un entendimiento que le indicó que ella no estaba asustada, apenas sorprendida por lo que pasaba en sus cuerpos.

Akane volvió a besarle, extendiendo sus brazos y atrayéndole aún más a ella. Sus labios se separaron y las piernas del chico flaquearon de nuevo. Se hundió sintiendo una descarga de placer que le tensó el cuerpo y aflojó al instante. Empujó su cuerpo hacia ella buscando otra vez esa sensación y Akane se encogió echando la cabeza hacia atrás.

—Ranma… —el quejido que escapó de su garganta, igual de ahogado que su voz, llenó las paredes del cuarto.

Y un miedo repentino atenazó la mente del chico.

¿Soy yo? Preguntó su mente nublada. Se sentía fuera de sí mismo, algo desconcertado. Hasta ahora no había permitido que Akane descubriera la magnitud de lo que provocaba en su cuerpo por temor a que ella se asustara pero, ella no tenía miedo. Su expresión anhelante y la presión de sus manos parecían firmes. Eso significaba que esperaba que él…

Yo… yo…

Se detuvo, estirando la cabeza y el rostro le ardió cuando la luz le dio de lleno. El deseo azotaba su cuerpo con más fuerza, recorriendo su torrente sanguíneo, alentándole a seguir adelante para hundirse en un placer aún mayor que el que ya había conquistado.

La luna pensó, de pronto, nervioso. Su influjo, su hechizo. Era ella quien dominaba su mente y sus sentidos. No era su voluntad la que gobernaba sus actos sino el poder de la luna.

Y eso no estaba bien.

—Ranma… —La chica le miró, preocupada—. ¿Estás bien?

—No… —Un fuerte zumbido le azotó los oídos y tuvo que incorporarse sobre el colchón. Se llevó las manos a la cabeza y apretó los párpados—. No sé que… —trató de abrirlos pero esa luz le quemó las retinas—. Me pasa algo en la cabeza.

Sintió que Akane se sentaba frente a él y le rozaba las manos con que él se sujetaba las sienes. Le escrutó con esa mirada suya recelosa y se las apartó con cuidado.

—¿Te duele? —Él negó. No, no era dolor. Era otra cosa… estaba como fuera sí, nervioso y descontrolado. Aún podía notar la tensión de su cuerpo, ese pánico vergonzante calentando su piel—. Ranma… —La miró y ella le asestó un golpecito en la frente con su dedo.

—¡Ay! —exclamó él con exageración.

—Tranquilo, tu cabezota está bien —Le dijo. Por supuesto, él pensaba replicar a eso pero descubrió que gracias a ese golpecito el zumbido y todo lo demás se había ido. Akane le sonrió y le besó en la frente—. Estás bien, tontorrón —Le besó también en la nariz y después en los labios. Gateó hasta él y apoyó su frente en la suya—. Tranquilo…

Ranma suspiró, se dejó abrazar mientras trataba de recomponerse, aún sin saber del todo qué le había ocurrido. Durante unos minutos permanecieron callados y un único pensamiento acudió a su consciencia.

Cobarde.

Bajó la mirada y se percató de algo.

—Akane… está pasando algo.

—¿Qué es lo que pasa?

—He roto uno de los botones de tu camiseta —Trató de retener la sonrisa maliciosa—. Y aún puedo ver tus diminutos pechos asomando por… —El cuerpo de ella se tensó y su mano, bien abierta y con los dedos estirados, se estampó en la cara del chico.

—¿Qué has dicho?

—Que puedo ver tus… ¡Ay!

La presión de su mano aumentó hasta que las puntas se hincaron con dolor en su piel. Ejerció presión para alejarle de ella y entonces Ranma vio su familiar mirada mortífera, esa con que le miraba la Akane de siempre y no la otra.

—Serás… ¡Serás lerdo! —exclamó, furiosa—. ¡¿Por qué eres así?!

—¡Shhh! No hagas ruido.

—¡No son diminutos! —protestó ella—. ¡¿Por qué sigues con esa tontería?! ¡Ya te dije que tuve que comprarme ropa nueva porque habían crecido, grandísimo pervertido!

Ranma cogió su muñeca para apartarla de su cara y logró atrapar la otra mano de Akane cuando esta la lanzó contra él.

—¡Y te creo! Pero siguen siendo pequeños si los comparamos con…

La energía del cuarto cambió al instante volviéndose gélida. Le cortó la voz de raíz.

—¿Con los de quién, Ranma?

Pero el chico chasqueó la lengua, apenas preocupado.

—Con los míos, por supuesto —respondió—. Sin duda, los pechos de mi forma femenina son los más bonitos.

Akane apretó los labios un instante y después estalló.

—¡¿Y quién te manda a ti andar comparando nada?!

Ranma suspiró aliviado en su interior.

A pesar de tener que sujetarle las manos para evitar que Akane le diera un buen golpe, recuperó su buen humor. Incluso se sintió bien al notar lo rápido que le latía el corazón a su prometida. Se sintió más valiente, más seguro, más… él mismo otra vez.

—¡No pasa nada porque sean más pequeñas! —aclaró él. Y en un alarde de chulería y temeridad estiró el rostro y besó uno de los pechos por encima de la ropa—. A mí me gustan.

Lanzó su ataque a la desesperada, pero obtuvo el éxito que buscaba. Akane perdió fuerza en sus brazos por la vergüenza y su rostro se puso más rojo que el fuego, incluso se cubrió el pecho con las manos.

—¡Pervertido! —Le chilló y cuando Ranma se echó a reír, ella aprovechó para darle un empujón tan fuerte que su cabeza rebotó contra la almohada, aunque siguió riendo de todas formas—. ¡¿De qué te ríes?!

—¡De la cara que has puesto!

—¿Ah, sí? —Entonces Akane, desde su superior altura, se dejó caer con toda su fuerza sobre el cuerpo del chico cortándole las risas y hasta la respiración cuando su huesudo codo se clavó en el estómago de él.

Ranma enmudeció y apretó la mandíbula pensando, no obstante, que se lo merecía. Por lo cual prefirió guardar silencio y no empeorar las cosas.

No había podido evitarlo.

Durante un segundo había sentido auténtico pánico y después una profunda agonía por no ser más valiente. Akane parecía tan segura, tan cómoda con la intimidad que… cuando eso ocurría él necesitaba traer de vuelta a la Akane de siempre. A la enfadica, la que sentía tanta vergüenza como él, la que ponía esa carita tan adorable cuando se molestaba y olvidaba la delicadeza.

La necesitaba para recuperarse, para hacerse de nuevo con el control de la situación y volver a ser él mismo. Y también porque era un masoquista y la echaba de menos.

Ahora ya ha vuelto pensó, dolorido. Pero sonrió al techo sin poder ocultar que esos instantes de enfado y risas también le gustaban. A fin de cuentas, ellos siempre habían funcionado así. Era algo familiar y querido.

Akane se retorció sobre él, hincando más el codo en sus costillas, dándole una patada al meter una pierna entre las de él, hundiendo con saña la cabeza en su hombro y cuando se encontró a gusto, extendió un brazo sobre su pecho y enganchó los dedos a su otro hombro, lista para dormir. El momento incómodo fue quedando atrás sin palabras que lo recogieran. Ranma dejó libre su cuerpo sobre el colchón.

Aún con todo, esto es más cómodo que ese condenado desván pensó él.

—No sé por qué tienes que molestarme con tonterías sobre mis pechos —murmuró Akane. Se forzaba por mantener un tono de fastidio pero él sentía su cuerpo más relajado encima del suyo, incluso podía imaginar esa sonrisita que ponía cuando estaba satisfecha consigo misma.

—Porque te pones muy graciosa cuando te enfadas.

La rodeó con un brazo y enterró su otra mano en su pelo. El cuerpo de Akane se cobijó en él.

—Tonto —soltó, ya adormecida. Después estiró la cabeza para depositar un beso fugaz en su cuello—. Buenas noches, Ranma.

—Buenas noches, Akane.

Se acomodó lo mejor posible y antes de cerrarlos, Ranma dirigió sus ojos a la ventana. No podía ver la luna pero sí su luz hipnótica, su fulgor sobresaliendo por los bordes de aluminio y traspasando las trasparencias de las cortinas para rociar el suelo.

Parece que el sol brilla en un cielo de medianoche pensó, recordando la apabullante vista del pasillo. Tsukiyo tiene razón; la luna llena nos afecta. Me afecta a mí…

Suspiró, preocupado, pero al aspirar el olor del pelo de la chica, su pecho se hinchó y volvió a sonreír.

Sabía que ella no se lo tendría en cuenta, que no le iba a juzgar por sus continuas vacilaciones aunque él sí lo hiciera. No quería verse controlado por la luna, que mes tras mes, había intentado empujarle sobre Akane, desatando sus instintos y cegándole para que perdiera el control de sí mismo. Por más agradable que eso resultara, el dejarse ir en sus deseos, porque hasta esa noche había temido incomodar a la chica.

Ahora ya sabía que eso no ocurriría.

Y entonces… ¿Por qué aún se resistía? ¿Por qué seguía albergando en su interior el patético deseo de que todo continuara como hasta ahora? Una inseguridad apabullante le impedía ir más allá, como si tuviera delante un gran muro de ladrillos que fuera necesario escalar.

Y por más que la luna le empujara, todavía temía descubrir qué le estaba esperando al otro lado.

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4.

—○—22 de Septiembre. Equinoccio de Otoño. Día—○—

Los sonidos metálicos de los casilleros eran flechas afiladas.

Ranma sentía que de verdad algo puntiagudo atravesaba su piel hasta provocar calambres eléctricos en su cabeza, de un lado a otro. Se llevó los dedos a la frente y masajeó la zona por encima de sus cejas mientras hacía una mueca. Estaba de espaldas a la puerta del instituto y la cristalera dejaba pasar los reflejos rojizos del cielo.

—¿Estás bien? —le preguntó Akane. Con uno de sus zapatos en la mano se mantenía en equilibrio sobre su pie derecho cuando se detuvo a mirarle. Él asintió y ella terminó de calzarse—. ¿Cómo está tu cabeza?

Hacía ya unas cuantas horas que el influjo de luna sobre él se había desvanecido.

—Está bien.

Aunque había llegado el equinoccio de otoño, el profesor Tsukiyo se había encargado de repetirlo varias veces durante la clase y él había intentado no prestar mucha atención a eso porque ahora, por fin, se encontraba bien.

Bueno, todo lo bien que podía estar después de lo que había pasado la noche anterior.

—¿Seguro? —insistió la chica. Cogió su maletín del suelo y se colocó ante él.

Se pararon frente a frente mientras el resto de estudiantes los esquivaban para salir del edificio ahora que las clases habían acabado. Ranma apretó los labios, molesto consigo mismo por provocar en Akane esa mirada de preocupación.

—Sí, no seas pesada —Le soltó en un tono soberbio, quizás con la intención de enfadarla un poco, aunque no lo logró—. ¡No te preocupes! Vete con tus amigas —La joven abrió la boca, puede que para repetir la pregunta y él, harto, resopló y la tomó por los hombros—. ¡En serio, Akane, estoy bien! —La hizo girar sobre sus talones y la empujó con calma hasta la puerta. Atravesaron juntos el umbral y así fue como el sol les recibió.

El grupito de amigas de la chica estaba junto a la salida del recinto, igual que el día anterior, también formando un corrillo mientras miraban algo que estaba en el centro de todas. No hacían más que soltar risitas y agitarse como si compartieran el secreto más interesante del mundo.

—Vete —le indicó él con un movimiento de mano.

—Bueno, vale —claudicó por fin—. Nos vemos luego.

—Sí, sí…

La observó alejarse unos pasos y, aunque jamás lo admitiría, sintió un desgarrón por dentro. La madrugada anterior había sentido algo similar cuando abandonó su lado en la cama para arrastrarse de vuelta a su recalentado y enjuto desván. Ahora el desasosiego parecía haber aumentado en su interior; era un mal presentimiento que se acrecentó con cada paso que ella dio para apartarse de él.

Entonces se paró, giró sobre sí misma y fue trotando hasta él. Se puso de puntillas y le besó. Ranma la atrapó de manera automática y olvidó dónde estaban los segundos en que saboreó ese beso. Después, ella salió corriendo igual de rápido para alcanzar a sus amigas.

¿Eh…?

Cuando sintió de nuevo el calor del sol en el rostro y escuchó las voces del resto de estudiantes que se paseaban por allí, recordó que seguían en el instituto y se puso histérico enrojeciendo hasta la raíz del pelo. Miró a su alrededor y comprobó que, o bien nadie los había visto, o bien no les importaba.

Quizás Akane y él ya no eran tan relevantes en ese instituto. Quizás el resto de estudiantes del Furinkan se habían aburrido de sus idas y venidas, o consideraban más interesantes sus peleas que sus muestras de cariño. En cualquier caso, fue su propia reacción lo que más le sorprendió.

Sin dudar un instante, sin sentir miedo. Aquel beso fue un gesto natural, simple… y no había sido por la luna o su maligno influjo. Había nacido de él, de su corazón y por eso, no se avergonzaba.

Se encogió de hombros, aún con las mejillas ardientes, y atravesó el patio rumbo a la salida.

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Las calles de Nerima eran un revoltijo de actividad que lo acogió con rapidez. Se distrajo observando los rostros de las personas que se iba cruzando o los reflejos de los rayos del sol sobre los escaparates, pero sus pensamientos se revolvían en su mente.

Esa noche, la luna estaría llena el todo. Equinoccio de otoño. Algo le decía que debía andarse con cuidado porque podría pasar cualquier cosa y aún no estaba seguro de lo que quería que pasase.

¡Por supuesto que una parte de él quería estar con Akane! Una parte primitiva y despreocupada ansiaba ir hasta el final; desnudar el cuerpo de su prometida mientras lo observaba poco a poco, acariciarlo, unirse a ella y volver a sentirse acogido y amado entre sus brazos, entre la presión deliciosa de sus piernas… Lo había imaginado muchas veces, pero puede que la misma exactitud de esas fantasías fuera lo que luego, en el momento clave, le frenaba.

Eso y la sospecha de que la luna le controlaba, aunque fuera inverosímil y absurdo.

Y si lo era… ¡¿Quién podría tranquilizarle al respecto?!

Frunció el ceño y los labios ante esa idea y siguió caminando con el sol sobre su hombro y arrastrando una alargada sombra tan densa y oscura como su ánimo abatido. Cruzó una carretera y ascendió una cuesta para llegar hasta el puente que atravesaba esa zona de la ciudad.

Se dio cuenta de que este estaba desierto salvo por una única figura que estaba quieta junto a la barandilla fumando de manera distraída. Alguien a quien el chico conocía aunque al principio le pareció otro.

—¿Profesor Tsukiyo?

Tsukiyo apartó sus ojos grises del horizonte y por un instante, tampoco él pareció reconocer al joven que tenía delante. Parpadeó y al fin sonrió.

—¡Ranma-kun! —exclamó a modo de saludo—. ¡¿Todavía estás por aquí?!

—Sí… —Observó el color del cielo—; no es tan tarde…

—¿Y tu prometida? —Le preguntó, entonces. Ranma dio un respingo y el hombre se carcajeó—. Las noticias vuelan en ese instituto, ¿sabes? Tengo entendido que tú y Akane Tendo estáis prometidos y vivís juntos en su casa.

—Sí, sí… es verdad —admitió el chico sin darle demasiada importancia—. Pero ella ha salido con sus amigas.

—Te ha dejado solo… —Tsukiyo regresó su mirada al horizonte y no añadió más, como si esa fuera la única conclusión posible. Su mano colgaba por el borde de la barandilla, la mano con la que sostenía el cigarrillo cuya ceniza se desprendía ante el más leve movimiento de la muñeca.

Ranma siguió la dirección de su mirada y observó el cielo. No estaba del todo despajado, la verdad, pero las escasas nubes que lo salpicaban como manchurrones de tinta eran escasas y de un color blanco intenso. Tsukiyo parecía estar mirando una en concreto.

—Solo es una nube —dijo el chico. Colgando sobre la línea del cielo había una solitaria nube que parecía haberse dejado alguien olvidada—. No es la luna.

—No, no lo es —coincidió el hombre, descubriendo una sonrisa. Entonces se llevó el cigarro a los labios y añadió—. ¿Cómo has sabido que pensaba en ella Ranma-kun?

—Bueno, habla mucho de ella en clase…

—¿Y tú, muchacho? ¿Piensas en la luna? ¿La observas salir cada noche? —Aplastó la colilla casi consumida contra el metal de la barandilla y apoyó las palmas en ella tras arrojarlo al suelo. Después volvió el rostro hacia su alumno—. ¿Tú también eres un lunático?

—¿Lunático?

—¿No sabes lo que es un Lunático, Ranma-kun?

—¿No es así como llaman a… los locos?

Tsukiyo frunció el ceño un instante y después rio, como si jamás se le hubiera ocurrido hasta ese momento. Ranma se balanceó sobre los tobillos pensando que el comportamiento de ese hombre solía resultarle algo estrambótico, pero nunca tanto como en aquellos momentos.

—¡Llevas razón! —convino el otro—. No obstante, también se usa para denominar a las personas que se ven más afectadas por la luna y sus fases —le explicó—. En especial cuando está llena… nos produce insomnio, cambios de humor bruscos, hasta un tipo de demencia especial…

Ranma espatarró los ojos, impresionado. ¡Eso era justo lo que le estaba pasando! Desde que esa luna llena de cosecha había aparecido apenas lograba dormir unos cuantos minutos seguidos antes de despertarse agitado, estaba alterado todo el tiempo y esa demencia

¡Eso podía ser lo que le pasó la noche anterior!

¡Por supuesto!

La demencia de la luna se había apoderado de él y por eso casi había perdido el control, por eso había traspasado todos los límites que se había impuesto y había permitido que Akane percibiera lo excitado que estaba.

Era cosa de la luna tal y como yo sospechaba.

Ahí estaba la respuesta que le había tenido en vilo todo ese tiempo. En verdad, la luna le controlaba cuando se encontraba con su prometida, con la otra Akane…

Tsukiyo le miró de reojo, curioso, aunque se movió con ligereza cuando extrajo del bolsillo de su chaqueta la cajetilla de cigarrillos y se dispuso a prender otro.

—¿A ti también te ocurre? —Le preguntó. Ranma dio un nuevo respingo bastante tenso y no respondió. Tsukiyo expulsó la primera bocanada de humo y arqueó la espalda para apoyar los codos en el metal—. No tiene nada de malo —Se encogió de hombros—. Le pasa a mucha gente.

Al joven le irritó la calma con que hizo esa declaración.

—Yo no estoy loco.

—Nadie ha dicho tal cosa

—Pero no me gusta —replicó Ranma haciendo una mueca de frustración—. No quiero que nada, ni nadie me controle —Bufó aún más fastidiado—. ¿Por qué ocurre?

. Antes no me pasaba nada con la luna.

—Bueno, todos cambiamos con el tiempo —apostilló el profesor. Fumó en silencio unos segundos y ante el mutismo del chico, dibujó una sonrisa divertida—. Me da que a ti no te gustan los cambios —Soltó una nueva risotada y dejó el cigarrillo entre sus labios— ¡A casi nadie le gustan!

El artista marcial se encontró más irritado que antes. Le ponía nervioso ver a un profesor en esa actitud tan relajada y hablándole de ese modo, así que chistó y trató de acabar con aquella conversación para poder irse cuanto antes.

—Pero son necesarios, molestos e inevitables —recitó con sorna—. Ya lo sé…

—¡Ja! —Tsukiyo torció el rostro hacia él. Pareció complacido por saber que al menos un alumno le prestaba atención en clase—. Así es, y debes saber que cambiarás muchas veces a lo largo de tu vida. Y la gente a tu alrededor también. Todo cambia.

¡Pero él no había cambiado tanto!

Si todo era culpa de la luna, él seguía siendo él mismo solo que no era capaz de controlarse. Y eso era lo que le preocupaba: no ser él mismo cuando llegara un momento importante… el más importante de todos.

¡¿Y qué podía hacer entonces?!

Se sintió tan frustrado, tan impotente… ¡Odiaba sentirse así! No estaba acostumbrado. Él siempre luchaba, incluso cuando su oponente parecía llevar la delantera, se convencía de que podría encontrar otra estrategia con la que plantar cara en lugar de quedarse parado.

¡Y funcionaba! Siempre vencía. En cambio ahora…

—Yo preferiría que las cosas se quedaran como están…

—¡Ya, pero eso no puede ser! —El profesor alzó la voz. No como lo hacía en clase para llamar la atención a alguien o para hacerse oír a través del jaleo, sino con auténtica vehemencia. Ranma le observó intrigado aunque sintió el impulso de retroceder—. No puedes pretender que todo siga igual. Ni siquiera tú mismo, por más que lo intentaras, lo conseguirías.

. Cambiarás profundamente antes incluso de ser consciente de que lo has hecho…

¿Podía ser así?

¿Podía ser que Ranma ya hubiera cambiado y no se diera cuenta porque seguía aferrándose a sus viejas ideas, a sus viejas e inútiles formas de actuar? ¿A su insistencia por enterrar las emociones?

Akane si ha cambiado se recordó, de pronto. ¿Y si me deja atrás?

Estaba tan perdido en sus pensamientos que se olvidó de responder al profesor, pero igual este le sonrió como si nada, sin ofenderse. Terminó su cigarrillo sin prisas y después dijo algo que tomó por sorpresa a Ranma.

—Cuando nos negamos a aceptar que la vida cambia, también nos negamos la posibilidad de vivir —Se irguió sobre aquel puente, se ajustó las gafas y recuperó algo de su aspecto de profesor despistado—. ¡No lo olvides, Ranma-kun!

El chico asintió y Tsukiyo se dispuso a irse, pasando por delante del joven para echar a andar en dirección contraria. Pero antes se paró sobre su pie más adelantado y se balanceó como si caminara por un cable a cienos de kilómetros de distancia del suelo.

—Falta poco para que salga la luna de cosecha —anunció—. Ten cuidado cuando la observes esta noche… lunático.

Se despidió con un gesto más afable que sus palabras y por fin, se marchó.

.

.

Ranma esperó hasta que dejó de oír los pasos de aquel hombre extraño y después, también echó a andar. Abandonó el puente tan aturdido que en un momento dado se paró de golpe y miró a su alrededor preocupado por no saber por dónde había ido. Por suerte, sus piernas le habían guiado en la dirección correcta, aunque a un paso tan lento que las luces del día casi se habían apagado cuando llegó a su casa.

Frente al portón, sus ojos se vieron atraídos por el cartel de madera donde estaba escrito el nombre del dojo. La extravagancia con que Tsukiyo había hablado de la luna aún resonaba en sus oídos; lo hacía ahora como una advertencia cada vez menos velada.

¿Soy un lunático? Se preguntó. ¿Eso es lo que me pasa o…?

Alzó la mano para acariciar los trazos sobre la madera y fue entonces que se fijó en que la tinta brillaba como recién pintada. Notó un estremecimiento y se mantuvo firme, sin girar la cabeza. La tinta no era nueva, era la aún tenue luz de la luna la que iluminaba los caracteres como recién pintados.

Una descarga eléctrica le atravesó.

Luna llena de cosecha recordó. Ahí estaba de nuevo, siguiéndole los pasos a donde quisiera que fuera. Lunático…

De repente Ranma escuchó un golpe en el interior de la casa, seguido del grito histérico de una mujer y todos sus instintos se activaron. Entró corriendo a la propiedad y se olvidó de la luna.

—¡¿Qué ha pasado?! —exclamó al abrir la puerta de la casa. El pasillo estaba desierto así que se descalzó y corrió hacia el interior en busca de alguien—. ¡¿Hola?!

—¡Ranma, hijo, estamos aquí!

La voz de su madre le condujo hacia el comedor. Al otro lado de las puertas se encontró con una escena más ridícula, que peligrosa. Su madre, con el rostro rojo, apuntaba con su katana a su padre que, convertido en panda, daba manotazos y patadas al suelo bajo el peso de un montón de maletas y bultos.

—¿Qué puñetas…?

—¡Levántate, Genma! ¡No seas holgazán! —Le ordenó Nodoka. El animal intentó enarbolar uno de sus clásicos carteles pero la mujer lo cortó por la mitad con su arma—. ¡Nada de excusas, viejo embustero! ¡Prometiste ayudarme con el equipaje!

—¿Equipaje? —preguntó Ranma, descolocado—. ¿A dónde te vas?

Nodoka irguió el cuello y le miró casi sorprendida. Bajó un poco la espada y se secó el sudor de su perlada frente al tiempo que sonreía a su hijo.

—Nos vamos todos, Ranma —Le reveló entonces—. Hace unos días me llamaron para comunicarme que mi casa ya está reparada, ¿no es genial?

. ¡Podrás tener tu propio cuarto de nuevo!

Ranma dejó caer la mochila en el suelo y retrocedió hasta apoyar la espalda en la pared. Anonadado, respiró despacio un par de veces y las palabras se le escaparon.

—¿Y… Akane?

—Pues ella se queda aquí, claro —contestó su madre—. ¡Aunque podrá venir a casa cuando quiera!

—¡No! ¡Lo que quiero decir…! —Meneó la cabeza, sintiendo que la respiración se le atascaba en la garganta—. ¿Ella lo sabe?

Nodoka negó.

—Pensé que era mejor que se lo dijeras tú… —Le señaló el piso de arriba con una mano—. Ha llegado hace un rato.

¿Hace un rato? Ranma movió sus ojos en busca de un reloj. ¡¿Cuánto tiempo había estado en ese puente?! ¡¿Y qué más da?! Akane… Ella estaba en casa y no sabía que él se iba, que se separarían…

¡Estúpidos e inevitables cambios!

—¿Está todo bien, hijo? —Nodoka soltó la katana en el suelo y Genma se liberó de su prisión de maletas para salir del cuarto dando bandazos contra las paredes—. Me dijiste que Akane-chan y tú pasabais juntos demasiado tiempo y estaba bien que cada uno tuviera su espacio.

—¡No! —replicó él—. ¡O sea sí! ¡Pero…!

—Anda, sube y díselo —Le animó la mujer sin percatarse de su malestar—. ¿Por qué no le pides ayuda para hacer las maletas? —Nodoka colocó sus manos en sus caderas—. Los chicos sois un desastre para esas cosas y… ¡Ah!

. ¡¿A dónde ha ido el sinvergüenza de tu padre?!

—Mamá, yo creo que no…

—Hijo, debes darte prisa. Quiero que estemos instalados en casa en un par de días.

—¿Un par de…?

Pero Ranma calló en cuanto su madre se remangó, tomó su espada y salió del cuarto siguiendo el rastro de olor que había dejado el panda sudoroso. Permaneció sobre aquella pared unos segundos, hasta que la idea terminó de penetrar en su cabeza.

Tendría que dejar el dojo Tendo otra vez.

Tendría que dejar a Akane.

No, no, no, no…Golpeó el suelo con un pie y después se recriminó por no haberlo visto venir. ¡Ayer mismo vio a su madre cargando una maleta! Ah, pero todo el asunto de las reparaciones de su casa se le había olvidado, con todo lo de Jusenkyo, la boda fallida y lo demás… ¡¿Cómo iba a acordarse de algo así?!

Aquello era lo peor que podía pasar.

Se separó de la pared y caminó por el pasillo ensimismado, recordando el infierno que había sido la última vez. En cuanto Akane y él dejaron de convivir bajo el mismo techo, casi les había resultado imposible verse. Sus prometidas tomaron la casa de su madre y por más que él perseguía a la joven Tendo, no lograba alcanzarla sin que otros se interpusieran en su camino.

¡Y todo volvería a pasar igual!

—Seguro que sí —Se tropezó con el primer escalón y cayó sobre la madera. Aguantó el dolor de sus espinillas pero golpeó el suelo por la frustración que sentía—. ¡Todos ellos volverán a molestarnos!

Ryoga, Kuno, Kodachi, Shampoo, Ukyo… ¡Era imposible evitarlo!

¡¿Por qué justo ahora?!

Dejó caer la cabeza sobre su pecho y empezó a subir las escaleras sin dejar de gruñir y hacer crujir los músculos de su cuello. Todo se había venido abajo de un momento a otro. Todos los momentos especiales que compartía con su prometida estaban a punto de desaparecer y él no podía hacer nada para evitarlo.

Nada… ¡Nada!

Se ahogó en esa inesperada pérdida de control, de inutilidad e impotencia…

—Ranma.

Se paró en el penúltimo escalón y alzó la mirada. Akane estaba frente a él, junto a la pared que hacía esquina y le sonreía como si hubiese estado esperándole.

—Akane… —Eso también se acabaría, ¿verdad? A partir de ahora volvería a una casa donde ella no estaría.

Donde no habría nadie para él. Solo sus padres discutiendo o peleándose por cualquier tontería.

¿Qué sería de él?

La chica, ajena a los oscuros pensamientos que invadían su mente, mostraba una expresión alegre, de felicidad nerviosa a punto de desbordarse. Caminó hacia él de puntillas para no hacer ruido y abrió sus brazos para abrazarle. Ranma la atrapó por la cintura y sostuvo su peso, cerrando los ojos un momento hasta que ella se apartó unos centímetros y le besó tomando su rostro.

Ranma respondió al contacto como si estuvieran solos en esa casa y nadie pudiera sorprenderles. Apretando su cintura, atrayéndola tanto hacia así que casi la levantó del suelo hasta dejarla sin respiración.

—¿Ocurre algo? —quiso saber ella y el chico endureció su expresión.

—Sí, ocurre algo —respondió—. Algo horrible.

Akane abrió más sus ojos, asustada.

—¿Qué pasa?

.

.

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5.

—○—22 de Septiembre. Equinoccio de Otoño. Noche—○—

Aguantó bajo el agua hasta quedarse casi sin oxígeno.

Tuvo que sacar la cabeza cuando el pecho le ardió y como un tonto, se atragantó al abrir la boca demasiado pronto y empezó a toser. Se agitó en la bañera hasta que el agua se movió en pequeñas olas que rebasaron los bordes y cayeron al suelo.

Estúpido se dijo al ver el estropicio que había provocado. Debía limpiarlo, pero estaba demasiado enfadado.

Marimacho tonta…

Volvió a poyar la espalda en la bañera y se encogió lo más que pudo hasta que su boca quedó sumergida de nuevo, dejando esta vez la nariz libre por si acaso.

Gruñó y observó las burbujas diminutas que se formaban en la superficie estallar frente a sus ojos, escuchó el ruido pegándose a las paredes junto al vapor. No había más sonidos, Ranma suponía que todos los demás ya estaban durmiendo y eso le irritó más todavía.

Panda de traidores pensó, ofuscado.

¿Traidores?

En realidad no, puesto que la gente de esa casa nunca había mostrado verdadera consideración hacia él o sus sentimientos, salvo quizás su madre y Akane. Pero esa noche incluso ellas le habían disgustado.

A nadie le importo un comino.

Volvió a gruñir y el agua le salpicó en el ojo derecho. Se irguió maldiciéndolo todo y frotándoselo con el puño mientras pensaba que lo peor había sido la sorpresa. Y sorprenderse a esas alturas de la actitud de la gente con la que vivía era una tontería impropia de él.

Era esperable que su madre quisiera volver a su casa si esta ya estaba reparada, reflexionó con cierta resignación. Y también lo era que quisiera llevarse a su hijo con ella, aunque eso significara cargar con Genma en el mismo paquete. Por otro lado, Ranma no contaba con que la noticia de su marcha entristeciera a los Tendo más de lo que lo hizo la primera vez. Y si ya entonces su reacción fue casi indiferente, esta vez incluso había percibido un cierto aire festivo cuando Nodoka lo anunció en la cena.

Supongo que no se les puede culpar por querer recuperar su casa.

No tenía ninguna esperanza, todo hay que decirlo, en que su padre fuera a resultarle de ayuda en este tema. Cuando acorraló al hombre justo después de cenar y le pidió explicaciones, Genma se revolvió contra él, incómodo y molesto, jugando la misma carta que usaba siempre que quería quitarse de encima un problema.

—¡Haré lo que quiera, Ranma, para algo soy tu padre!

—¿Y seguro que lo quieres es dejar el dojo para irte a vivir solo con mamá?

Ante eso, el patriarca de los Saotome llevó a cabo su ataque más exitoso, ese que le había sacado de casi todos los apuros que se le habían planteado en el último año.

—¡Cielo santo, Ranma! ¡Mira eso! —Genma le señaló la pared contraria a sabiendas de que su hijo no miraría, pero él actuó como si lo hubiera engañado; se sacó un cubo de agua de la manga, se lo echó por encima y un enorme panda apareció en su lugar.

Del mismo lugar inexacto se sacó una pelota de colorines con la que empezó a jugar adoptando una mirada de desconocimiento tan real que podría haber pasado por un animal de verdad.

—¡Esa es tu maldita solución para todo, ¿verdad?!

Ranma se enfureció y lo dejó allí plantado, sabía que no le sacaría más.

Ahora, mientras contemplaba como el jabón brillante se deslizaba de un dedo de su mano a otro según los agitaba, tenía que admitir que podía haber anticipado todas y cada una de esas reacciones con gran facilidad.

Pero no esperaba la respuesta que le dio Akane cuando le contó la noticia de su inminente marcha.

Tonta

Después de explicarle cuáles eran las intenciones de su madre a toda velocidad, el chico estaba seguro de lo que ocurriría; y ya estaba abriendo sus brazos para acoger a una Akane sorprendida, apenada y puede que incluso llorosa cuando la joven se encogió de hombros y le dijo.

—Esto tenía que pasar algún día —Dibujando una sonrisa que, aunque no era muy grande, parecía auténtica—. No pasa nada. Nos seguiremos viendo muy a menudo.

¡¿Nos seguiremos viendo muy a menudo?! Ranma quedó anonadado, tan impresionado con la despreocupación con que hizo tal afirmación que no pudo decir ni una palabra.

¡¿Cómo pudo decir algo así?!

¿Es que Akane no entendía lo que significaba en realidad su marcha?

Si dejaban de vivir juntos no podrían verse por las noches. ¡Sería imposible encontrar otro momento propicio para estar así! Sí, por supuesto que se verían cada día en el instituto, él seguiría acudiendo al dojo a entrenar y ella podría visitarle en casa de su madre cuando quisiera pero…

¡No será lo mismo! Protestó, tensándose de nuevo en el agua. Lo hizo hasta que su espalda rugió y sus riñones quedaron sin fuerzas. Entonces, se hundió. ¿Es que no le importa?

Los momentos de intimidad que compartían por las noches eran muy importantes para él y jamás, ni en un millón de años, podrían encontrar el modo de estar así durante el día. Porque de día todos los vigilaban, todos les acechaban esperando descubrirles en esas actitudes y si eso pasaba…

El infierno respondió su mente con dramatismo.

La alegría que había coloreado los últimos meses estaba por terminarse y para él era lo peor, sin embargo a Akane no parecía importarle en absoluto. Y no comprendía su indiferencia, ella también disfrutaba de esos momentos…

¿Verdad?

No le hizo falta meditar demasiado sobre esa cuestión para oír la egocéntrica voz de su mente afirmar con rotundidad y sin dudas: sí, por supuesto que ella disfruta también…

Se rozó el mentón con los dedos y torció la cabeza.

Quizás… Akane esperaba algo más de mí y como yo no… Resopló, notando la quemazón de la vergüenza sobre su piel húmeda. Puede que por eso no le importe tanto.

Quizás la he decepcionado.

Echó hacia atrás la cabeza para apoyarla sobre la madera de la pared y de reojo observó la ventana que tenía a su izquierda. Había colocado unos trozos de cartón sobre el cristal para no ver la luna, pero intuía una fina línea dorada que se estiraba, intentando asomarse por el reducido hueco libre en una de las esquinas. La miró y sintió la electricidad en la punta de sus dedos, esa llamada extraña contaminada con el olor dulzón de la luna…

¡No! Se ordenó, apretando los párpados cerrados. No pienses en ella. No dejes que te controle.

No eres ningún Lunático.

La luna estaba llena del todo y por eso debía andarse con cuidado. No quería caer bajo su hechizo, esa demencia de la que Tsukiyo le había hablado y que ya se había apoderado de su voluntad antes. No obstante, era innegable la atracción que tiraba de su estómago, las ansias que estaba despertando en su carne a pesar de que el agua empezaba a quedarse fría.

No debo…

Pero no pudo resistirse. Estiró un dedo para introducirlo por el borde del cartón y tiró con suavidad hasta que un poco de esa luz se derramó sobre su mano como una caricia. Se estremeció sin querer, entrecerró los ojos y todo se volvió dorado ante él. Sonrió cuando su cuerpo ronroneó, cuando un cosquilleo apabullante recorrió sus terminaciones nerviosas, despertándole al tiempo que el aire se espesaba cargado de ese perfume.

Su último atisbo de lucidez fue preguntarse cómo era posible que ese aroma se hubiera colado en el baño si la ventana seguía cerrada. Con la siguiente inhalación lo olvidó todo. Y con la siguiente, creyó ver algo entre las volutas de vaho.

Había una figura frente a él, recostada en el otro extremo de la bañera. La piel blanca encendida, las puntas de su cabello se enroscaban en pequeños bucles a causa de la humedad. Akane le sonreía con el agua rozándole los senos semicultos por el jabón.

—Akane… —Al hablar parpadeó y cuando su vista se aclaró, la imagen de la joven se desvaneció dejando solo a la vista la pared. Contrariado, volvió a entrecerrar sus ojos y ella regresó, menos nítida, pero Ranma se dijo que no podía ser nadie más que ella—. ¿Qué estás haciendo aquí?

No le respondió. Todo lo que oyó fue el movimiento del agua cuando ella se alzó para acercarse. El corazón se le subió a la garganta al ver los caminos del agua que resbalaban por el cuerpo desnudo de ella, diviendose en finos hilos resplandecientes para abarcar más espacio hasta perderse de vuelta en la bañera.

Ranma hizo una mueca al sentir ese familiar tirón en su ingle, pero no se inquietó esta vez. Lo que veía ante él era tan hermoso que ningún otro pensamiento pudo invadir su mente. Mantuvo los ojos fijos en la imagen, en cómo esta flotaba sobre el agua para detenerse frente a él, sostuvo su mirada a tan corta distancia; los ojos castaños oscurecidos le mostraban una sonrisa dulce y amable.

Ranma deseó estirarse hacia ella y besarla, sentir el frescor del agua en sus labios y en su piel pero se quedó paralizado, atemorizado ante la perfección de lo que veía.

Akane alargó su mano grácil y pálida hacia él y le rozó el rostro con la punta de sus dedos hasta obligarle a cerrar los ojos. Ranma notó ese roce bajando por su cuello, por su pecho y su abdomen, y como seguía bajando por su bajo vientre. Entonces se descubrió ansioso y recibió con un gemido ahogado la descarga que recorrió su cuerpo cuando el roce alcanzó su intimidad de un modo tan real que abrió los ojos de golpe.

¿Qué?

Delante de él no había nadie, claro, pero su respiración enloquecida se atascó en su garganta y jadeó, desorientado. Bajó la vista y encontró su propia mano sobre su erección. La apartó al instante y entonces se volvió hacia la ventana, aplastó el cartón contra el cristal con todas sus fuerzas y se tomó un instante para calmarse mientras se mojaba la cara con el agua.

¡Maldición! No quería que las cosas fueran así, se negaba a dejar que la luna, su influencia o el extraño poder que tenía sobre él le dominara de esa forma. ¡No era ningún estúpido sin voluntad!

¡No era un Lunático!

¡Soy un artista marcial! Dominaba su cuerpo porque lo había expuesto a todo tipo de entrenamientos y esfuerzos. Si se dejaba ir de ese modo, si permitía que la luna se hiciera con su voluntad… ¿qué era entonces? ¿Un tonto emocional?

Tsukiyo le había dicho que quizás ya había cambiado sin darse cuenta… Y tal vez fuera verdad, porque desde la noche de la boda Ranma se había ido perdiendo a sí mismo, se sentía más vulnerable e indefenso que en toda su vida, su voluntad había dejado de pertenecerle y ahora la luna…

No, la luna no… entendió de pronto. Akane. Salió del agua y se tapó con la toalla, aún agitado. Ahora es como si le perteneciera a ella…

Por eso, a pesar de seguir molesto por su respuesta de unas horas atrás, le resultaba imposible dejar de pensar en ella, dejar de fantasear con ella, dejar de desear estar con ella. Pero, ¿por qué sentía miedo entonces?

Si al final me entrego a Akane…

¿Qué pasaría después? Esa era la pregunta que le atemorizaba, porque era incapaz de imaginar la respuesta. ¿Qué pasaría con él, con sus emociones? ¿Qué encontraría tras el muro que había levantado en su niñez, tras el cual ocultaba todas esas molestas preguntas?

¿Qué había? ¿Amor, aceptación, seguridad…?

Cambios…

.

.

Ranma se vistió en silencio, sin dejar de pensar, con el ceño fruncido con tanta fuerza que le dolió.

Salió del baño olvidándose de limpiarlo o quitar los cartones de la ventana y atravesó el pasillo con la mirada baja. Casi cerró los ojos del todo cuando pasó por delante de la ventana y continuó su camino hasta la puerta de su prometida. Esta volvía a estar abierta, pero Ranma solo asomó la mano y la agitó.

—¿Akane? —susurró—. ¿Puedes cerrar las cortinas antes de que entre? —Esperó con los ojos clavados en sus pies pero no obtuvo respuesta—. Akane… ¿estás dormida?

De nuevo, nadie respondió.

Apretó los dientes hasta que estos rechinaron y con cuidado, asomó un ojo por la rendija. No se encontró con el baño de luz mágica porque las cortinas estaban cerradas, así que abrió la puerta, más tranquilo y entonces, el corazón se le saltó de la peor manera posible.

La cama de la chica estaba abierta con las ropas revueltas, pero ella no estaba.

—Akane —la llamó, pero el cuarto estaba vacío.

¿Dónde se ha metido?

Ya era muy tarde y sabía que no estaba en el baño porque él venía de allí. Se le ocurrió que quizás su prometida había notado su mal humor anterior y había subido al desván a buscarle.

Ranma se dirigió hacia allí, pero el cuartucho también estaba vacío. Le inquietó un poco pero se forzó a bajar las escaleras tranquilo.

Estará en la cocina bebiendo agua adivinó. Solo eso… aún hace tanto calor.

Tuvo cuidado de esquivar las ventanas o cualquier otro agujero de la casa por el que pudiera colarse la luz de la luna. Se encontró la cocina desierta y ahora sí, el corazón se le encogió un poco.

Revisó el comedor y el pasillo pero tampoco la encontró. Salió fuera para mirar en el dojo y nada. Giró sobre si mismo junto a la puerta de la casa para ver si oía algo y para cuando se decidió a salir por el portón y explorar la calle, el corazón ya le bombeaba a toda marcha y la respiración acelerada le molestaba.

La calle estaba silenciosa de madrugada. No había perros ladrando en la lejanía, ni el chasquido del motor de un coche proveniente de la carretera. Le dio el aire en la cara, aún cálido y Ranma se dio cuenta de dos cosas de manera igual de súbita.

Estaba fuera. Había salido al exterior y todo brillaba con tal fuerza que costaba recordar que seguía siendo de noche. Alzó su mirada al cielo y vio la enorme y anaranjada luna llena de Cosecha, atrajo su mirada como si nada más existiera en el mundo. Parecía estar tan cerca de él que podría rozarla tan solo con saltar.

La otra cosa que descubrió fue que su hechizo no le afectaba tanto como habría creído porque estaba asustado.

¿Dónde estás, Akane?

Apretó los puños y le dio la espalda a la luna.

Saltó con todas sus fuerzas hasta el tejado de la casa y lo cruzó en apenas dos zancadas, jadeante, se agarró al borde para no caer y miró al jardín de atrás.

Allí estaba. Sentada junto al estanque, con los pies en el agua y esa misma actitud lánguida y serena que tenía la noche de la boda. Ranma no se concedió ni un segundo para recuperarse; saltó dibujando un arco y aterrizó a escasos metros de ella.

—¡Cielos, Ranma! —exclamó la chica—¡Qué susto me has dado!

—¿Yo? —inquirió el chico sin aliento—. ¡¿Dónde te habías metido?! ¡Te he estado buscando!

—Pues estaba aquí —respondió ella sin más. Le miró con las cejas arqueadas y una sonrisita de guasa—. ¿Qué pensabas? ¿Qué me habían secuestrado?

Ranma abrió la boca pero no dijo nada. La impresión se lo impidió porque sí, eso era justo lo que había pensado. Por un momento había creído que de nuevo alguien se la había llevado lejos de él.

—¡Eso no volverá a pasarme! —Se quejó ella al notar su inquietud—. Fue cosa de una vez…

—Te ha pasado más de una vez.

—Bueno… —Akane cabeceó, resistiéndose a admitirlo de forma tajante—. Tú siempre me encuentras —añadió. El chico respiró hondo y relajó sus hombros. Ella siguió mirándole con fijeza mientras sacaba las piernas del estanque. El agua resbaló por sus pantorrillas dejando regueros luminosos, como si la luz naciera en el interior de las gotas y no se reflejara en ellas—. ¿Qué te pasa, Ranma?

. ¿Todavía estás molesto por lo que te ha dicho tu madre?

—¿Por qué tendría que estar molesto? —preguntó a su vez. Apartó los ojos de las piernas de su prometida y retrocedió—. No es para tanto, ¿no?

—Estás molesto por lo que yo te dije…

—No, me da igual —mintió, cruzándose de brazos. Se dio la vuelta y observó el modo en que la luz de la luna hacía brillar la hierba, como ese resplandor coloreaba el aire, todo brillaba y le picaba en la piel—. ¡Estoy feliz, de hecho!

. Tendré mi propia casa, mi propio cuarto…

—¿Ah, sí?

—¡Lo único malo de este plan es que tengamos que llevarnos al viejo con nosotros!

Sobre el suelo, entre los árboles y alrededor del agua flotaban diminutos insectos que refulgían como bombillas. Podía ver sus movimientos alados al tiempo que su zumbido mudo se colaba por sus oídos.

—¡Como me alegro! —declaró Akane, colocándose ante él. Sonreía pero con las cejas fruncidas y un leve tic en el ojo izquierdo—. ¡Parece que estás deseando irte de aquí!

—¡Y parece que tú estás deseando que me vaya!

—¿Yo? ¡¿Yo?!

—¡Tú dijiste que no pasaba nada! ¡Que nos veríamos muy a menudo!

—¡Y tú eres tan tonto que no has entendido nada!

—¡¿A quién llamas tonto?! —Ranma se irguió molesto pero dio un salto hacia atrás cuando Akane sacó su mazo. Lo sostuvo entre sus manos unos instantes, con esa mirada feroz que solía poner antes pero de pronto, lo dejó caer como si pesara demasiado para ella. También bajó la mirada—. ¿Akane?

—Tonto, más que tonto… —repitió, ocultándole su mirada tras el flequillo—. Pues claro que me importa que te vayas del dojo, claro que me da pena que no podamos seguir viviendo juntos pero no podía decírtelo.

—¿Por qué no?

—Porque ahora es distinto —respondió y su voz tembló un poco—. Si admitía lo triste que estaba, quizás me habría puesto a llorar —Alzó la mirada y Ranma descubrió que sus pupilas brillaban—. Y tú te habrías burlado de mí.

Una pequeña lágrima desbordó su ojo, pero ella la recogió con el puño apenas tocó su pómulo.

Ranma la contempló, estupefacto.

Para sí mismo admitió sin problemas que sí, lo más seguro era que sí se hubiese burlado primero, ¡pero después la habría consolado! ¿Por qué no confiaba en él para hablarle de sus sentimientos?

A lo mejor estaba equivocado. Akane no se sentía más segura que él en según qué aspectos de su intimidad.

Tal vez es normal que todos nos sintamos inseguros en algo.

—A mí también me da pena —reveló él—. Y sí, estaba molesto porque pensé que a ti te daba igual…

—¿Cómo iba a darme igual?

Se encogió de hombros. Ya no recordaba porque se le había ocurrido esa idea, se sentía un tonto. Avanzó hasta la chica, alejando con disimulo el mazo de ella con ayuda de su pie.

—No quiero irme del dojo —admitió. Así como la vez anterior no tuvo valor para dejarlo claro, ahora lo dijo sin más. Y se sintió bien al hacerlo aunque también un poco vulnerable.

—Y yo no quiero que te vayas —Otra lágrima escapó pero Ranma la sostuvo con su pulgar. Akane respiró hondo, cogiendo su mano y manteniéndola cera de su rostro—. ¿No puedes hablar con tu madre y pedirle quedarte?

—Si lo hago…

Si lo hacía todo se destaparía. Su madre adivinaría la razón por la cual él quería quedarse, le obligaría admitir su amor por Akane y se lo contaría al resto de la familia. Y cuando todos se enteraran…

Todo cambiará pensó. Pero, las cosas iban a cambiar de un modo u otro y ahora se daba cuenta de que no podía evitarlo.

No puedes pretender que todo siga igual. Ni siquiera tú mismo, por más que lo intentaras, lo conseguirías.

Tsukiyo se lo había dicho esa misma tarde y llevaba razón.

El cambio es inevitable, por más que él pretendiera luchar contra eso. ¿De qué serviría? No tenía opción de ganar y eso no le gustaba, aún le costaba aceptar que en la vida existen batallas invencibles.

Cuando nos negamos a aceptar que la vida cambia, también nos negamos la posibilidad de vivir

Miró a Akane. Con esa expresión tan desconsolada que le partía el corazón. La Akane de siempre. Ella no se resistía al cambio, sino que se adaptaba una y otra vez para que ambos siguieran juntos. El mazo olvidado en el suelo era la prueba más reciente de ello y entonces, Ranma tuvo que admitir con una sonrisa triste que su prometida le había dejado atrás. Era más lista, más madura y puede que hasta más valiente que él.

¿Qué podía hacer sino seguirla y tratar de estar a su altura?

—Lo haré —determinó. Movió su mano de la mejilla de la chica hasta su nuca y se acercó más—. Hablaré con mi madre y haré que comprenda.

La besó, más tranquilo y Akane se puso de puntillas para abrazarle. Recorrió su espalda con las manos hasta alcanzar los hombros masculinos y apretó con fuerza. Ranma aspiró su olor, en paz y encantado, pero no tardó en notar otro olor dulzón que se abría paso hasta sus fosas nasales.

La luna.

Y en cuanto su cerebro la nombró, su brillo se hizo tan insoportable que le quemó los párpados cerrados. Al mirarla de nuevo, parecía que esta hubiese descendido unos cuantos kilómetros y estuviera a punto de aplastarles.

El jardín resplandecía como en un día de verano. Los olores y los sonidos empezaron a danzar en torno a ellos y la casa pareció retroceder, oscura y silenciosa, aún perdida en esa noche que ellos habían dejado atrás.

—Ranma, te quiero —dijo Akane. Esta vez mirándole, acariciándole los brazos y con una firmeza que hizo que el cuerpo entero le ardiera—. No puedo esperar más para que lo sepas —Su rostro se encendió también—. Ni para estar contigo.

Él entendió, porque ese era el mismo deseo que le corroía por dentro. A pesar de que se le secó la garganta y sus músculos parecieron convertirse en piedra. El zumbido, el calor… el hechizo de la luna llena de Cosecha le estaba invadiendo de nuevo.

No, no es la luna se negó a creer. Llevaba un rato ahí fuera y solo ahora empezaba a sentir su efecto, luego él no estaba a su merced. Era su propio deseo el que le azotaba. Su deseo por unirse a Akane, pero también por cambiar, por ser distinto.

Ya es hora se dijo. Si unos estúpidos árboles pueden cambiar el momento de perder sus hojas, yo también puedo hacerlo.

Delineó la cintura de la chica con sus dedos mientras la besaba de nuevo, percibiendo la suavidad del corto camisón que llevaba. No era muy atrevido pero dejaba más a la vista que su habitual pijama y para él fue suficiente. La forma en que la tela dibujaba sus caderas o el vuelo que hacía sobre sus muslos le pareció tan adorable como excitante.

Bajó la mano por la tela hasta encontrar el corte y estiró los dedos para rozar la piel, tan fresca y suave a pesar de la calidez que flotaba a su alrededor. Acarició un lado y otro hasta que finalmente se atrevió a rozar la cara interna del muslo y percibió una calidez aún mayor.

Akane soltó una risita involuntaria.

—¿Nos vamos a quedar aquí? —preguntó con una vocecilla que resultaba tímida o vacilante.

Ranma parpadeó y miró a su alrededor. La casa no había desparecido, por supuesto, seguía en el mismo lugar de siempre pero resultaba un escenario gris comparado con la belleza exuberante del jardín bañado por la luz de la luna.

—Podemos quedarnos aquí…

—Me gusta aquí —afirmó ella, aunque sus ojos se movieron hacia las ventanas de la casa e hizo una mueca—. Pero…

Entonces, Ranma la levantó en sus brazos y se dirigió al otro lado del jardín, donde un diminuto grupo de árboles que jamás habían dado fruto se alzaban formando un pequeño corro. Bajo su sombra el aire era más fresco y los insectos revoloteaban en torno a las hojas vibrantes. La cúpula vegetal era de un entrañable color dorado y marrón suave.

Akane observó el lugar con una sonrisa encantadora y se irguió sobre sus piernas para volver a besarle. Ranma avanzó un poco más, sintiendo lo mullida que estaba la hierba bajo sus pies, en esa zona protegida de las inclemencias térmicas y de los desastres que ocasionaban sus continuas peleas con su padre, había crecido fuerte y sana.

Apoyó la espalda de Akane en la corteza del árbol y siguió besándola, empujándola con su cuerpo para mantenerla en alto. Movió una de sus manos por su vientre, apretando la tela suave y le rozó el cuello.

Akane le miró con una sonrisa divertida.

—Sé que quieres tocarlos —Susurró y él se puso rojo. Su mano había subido por su cuerpo, pero se había saltado los pechos de la joven—. Aunque creas que son diminutos, te mueres por tocarlos.

—¡Bueno, yo…! —Calló avergonzado. ¿Era tan evidente? Sí, desde hacía un tiempo deseaba acariciar los pechos de Akane, casi tanto como ansiaba verlos sin nada que los cubriera. Sentía una enfermiza curiosidad a pesar de que había visto los suyos mil veces y conocía su aspecto de sobra—. S-sí que quiero…

—Pues hazlo.

¿Así de fácil? Se preguntó, aturullado. Puede que aquello fuera un sueño y cuando despertara y se lo contara a su prometida, esta le respondiera estampándole el mazo en su cara.

Eso me parece más real.

Pero debía aprovechar el sueño, ¿verdad?

Llevó la mano, trémula, hasta el pecho izquierdo de la joven y extendió los dedos. Tardó unos segundos en atreverse a posarla y después en apretar con cuidado; se deleitó más de lo que habría creído notando su turgencia y al tiempo su suavidad desparramándose por su palma. Era la mejor sensación del mundo.

Hasta que Akane emitió un sonido y él apartó la mano, asustado.

—¿Te he hecho daño?

—No, no… —la joven respiró hondo—. Me ha gustado —Le indicó—. Vuelve a hacerlo.

Ranma obedeció, esta vez sin considerar si tanta suerte podía ser posible. Repitió el gesto con toda su concentración, mientras su otro brazo sostenía la cintura de la chica. Las manos de Akane le acariciaban la nuca, suaves sonidos se escapaban de sus labios que aún mostraban una pacífica sonrisa. La excitación del chico despertó con fuerza en su cuerpo cuanto más exploraba ese nuevo lugar, descubriendo como el pezón se iba haciendo visible a través de la tela del camisón cuanto más lo rozaba.

Se inclinó para besar a Akane y esta levantó sus piernas para rodearle la cadera. Un chispazo se encendió entre ellos cuando los cuerpos entraron en contacto. Ranma acarició el cuello de su prometida con la lengua, llevando su cuerpo hacia delante, sintiendo que la urgencia empezaba a agujerarle el vientre. Las descargas empezaron a darse, más deprisa que la noche anterior, y de nuevo su erección se alzó.

Pero esta vez no retrocedió. Alzó la mirada hacia la chica que torció el rostro, con las mejillas sonrosadas, los ojos de un tono ámbar hipnótico…

—Yo tampoco puedo esperar para estar contigo —admitió. Dejó a un lado el miedo, la sensación de estar entregando demasiado—. No quiero que nos separemos, Akane.

. Te quiero.

Por su expresión supo que ella le creyó. Casi al instante o pude que incluso antes de que lo dijera, ella lo adivinó. Ranma creyó ver como ella asentía, pero no estuvo seguro. Se inclinó hacia él, separándose del árbol y le besó con verdadera pasión. Él retrocedió un paso para sostenerla y respondió, consciente de que el miedo empezaba a abandonarle.

Como aquella noche de julio, surgió un instinto dentro de él que parecía complacido por su valor y comenzó a guiarle, con una seguridad que le sorprendió. Se olvidó de pensar y trató de enfocarse en ese instinto que sin hablar le iba indicando qué y cómo debía hacer, como si ya lo hubiera hecho antes.

Puede que en otra vida. Pero seguro que también lo había hecho con Akane.

Así supo el momento justo para descender al suelo, con la joven sobre su regazo. La rodeó por la cintura, pegándola más, suspirando cada vez que ella adelantaba sus caderas y se balanceaba sobre su entrepierna. Experimentó el placer naciendo en su cuerpo hasta que comenzó a tornarse un dolor agudo que exigía algo más para su satisfacción. Entonces, del mismo modo, supo que era el momento de buscar el dobladillo del camisón.

Lo alzó con cuidado y prudencia, pero se complació cuando ella levantó los brazos sin dudar para que se lo sacara por la cabeza. El perfume de la chica se expandió, liberado y Ranma se quedó paralizado al encontrarse de frente con sus pechos sin nada más sobre ellos.

No fue capaz ni de moverse, si quiera de parpadear.

—Tampoco es que sea la primera vez que los ves —murmuró Akane, luchando contra su propia vergüenza.

—¿Qué?

—¿No recuerdas cómo nos conocimos?

La verdad era que Ranma tenía un recuerdo al borroso de aquel día. Entonces había sido capaz de registrar que tenía una chica desnuda delante pero para ser sincero, sus ojos apenas hicieron un barrido rápido por su cuerpo antes de quedar anclados en su rostro, en su expresión de sorpresa.

No era como en ese momento que podía mirarlos todo lo que quisiera, fijarse en su forma y grabar esa imagen en su cerebro.

—Quizás… si están un poco más grandes —murmuró él, intentando salir del shock.

—¿En serio? ¿Justo ahora que estamos…?

—Lo siento —dijo a toda prisa. Se había dejado llevar por su vieja costumbre pero entendió que no necesitaba tener el control—. Es que… estoy nervioso.

. Eres tan preciosa que… me asusta mirarte.

Akane se quedó sin habla.

—¿Preciosa? —repitió como si no entendiera del todo lo que significaba aquella palabra. Cogió aire y añadió con una vocecilla temblorosa—. ¿Lo dices de verdad?

—Pues claro, ¿no te has visto? —respondió él con franqueza. La joven calló y él entendió que aquello era otra de las inseguridades de Akane y se maravilló del valor con que ella la había enfrentado. Le acarició los brazos despacio, desde los hombros hasta las muñecas una y otra vez—. Siempre lo he pensado, desde que me sonreíste por primera vez, pero no podía decírtelo.

—¿Por qué no?

—Por si te burlabas de mí.

Ella dejó ir una sonrisa divertida, más relajada.

Ranma la abrazó y siguió acariciándola. Los brazos y la espalda desnuda, abarcando cada uno de los rincones que habían estado prohibidos hasta ahora, acercándose poco a poco a los pechos para no mostrarse demasiado desesperado, aunque se le escapó un suspiro de lo más tonto cuando al fin posó sus manos sobre ellos.

Los acarició con calma, de todas las formas que se le ocurrieron hasta que Akane tiró de su camiseta para quitársela. Le pasó las manos por el pecho y por el torso, pegando su boca pequeña y húmeda a su hombro. Ranma cerró los ojos, dejándose ir en las sensaciones, inclinándose hacia atrás sin dejar de pasar sus dedos por la cintura de ella.

Estaba tan perdido en la sensación de su boca recorriendo su piel que no notó que las manos de ellas rozaban la cinturilla del pantalón, hasta que una de ellas se introdujo y acarició con vacilación su intimidad. Ranma jadeó por la sorpresa, pero también por la descarga de adrenalina, tensó su espalda y apretó los párpados. Temió que al abrirlos se encontraría solo como en el baño, pero no fue así.

Los labios de Akane buscaron los de él mientras su mano seguía explorando, rozando con la punta de sus dedos, a veces con la palma, sin llegar más lejos. El dolor que ya venía torturándole desde hacía unos minutos se hizo tan fuerte que gruñó.

—Akane…

No estaba seguro de cómo decirle que ya no podía aguantar más, pero ella apretó los labios y retrocedió sobre el suelo sin dejar de mirarle. Se echó sobre la hierba dorada y la piel de su rostro brilló inmaculada. Los rayos encendieron sus brazos, su cuello, sus pechos y su vientre de un modo mágico.

—Ven, Ranma —Le llamó.

El chico respiró hondo con la mente perdida. Sería la luna, o sería la chica… Sería que sí, que era un absoluto Lunático, pero la sangre avanzaba por su cuerpo pesada y caliente, su corazón parecía ahogado por el esfuerzo y aun así le animaba a continuar.

Se quitó los pantalones con las manos tambaleantes y gateó sobre ella para besarla de nuevo. Se concedió unos minutos para repasar su cuerpo con las manos otra vez, su cuello con la boca. Sus ojos quedaron a la altura de sus pechos y se atrevió a besarlos también. Con algo más de arrojo pasó la lengua por uno y Akane gimió.

Cerró los ojos, con la cabeza hacia atrás, respirando con dificultad. Su pelo se mezclaba entre las hebras de hierba, y los brillos de los insectos. Su instinto le dijo que era el momento de salvar la última barrera. Muy despacio, retiró los extremos de las braguitas de Akane y las deslizó por sus piernas. Sintió un pánico terrible cuando se le atascaron en sus tobillos, pero logró sacarlas y ella no pareció darse cuenta.

Ella tiró de él y sus intimidades se rozaron sin capas de ropa, la piel encontró la piel y la sensación fue tan honda que Ranma se quedó sin respiración. Se deleitó en ella e hizo bien, porque el siguiente movimiento no fue tan agradable.

Akane flexionó sus piernas en torno a él, acogiéndole con amor y él la besó sin refrenarse mientras se preparaba. Empujó con cuidado y una nueva descarga le atravesó cuando penetró en ella, pero casi al instante percibió la tensión en la chica, el modo en que se encogió debajo de él y escuchó un quejido pegado a su oído.

Alzó el rostro para mirarla y ella respiró hondo. Le miró con resignación un instante y después cerró los ojos, con las cejas fruncidas. Ranma se lamentó, cualquier rastro de sensación gratificante huyó de él. Esperó, inquieto, sintiendo que Akane se retraía en sí misma, alejándose de él.

Debo hacer algo.

Alzó su mano para acariciarle el rostro con suavidad, lo hizo de arriba abajo, tocándole el pelo y la nariz hasta que ella entreabrió los párpados. Adelantó los labios y la besó en la frente, en la mejilla, sobre la nariz, sobre las cejas, en la mandíbula hasta que ella movió sus manos sobre su espalda con delicadeza. Siguió besándola hasta que Akane suspiró contra sus labios. Su cuerpo se relajó un poco, pero el chico esperó hasta que fue ella la que hizo un leve movimiento con sus caderas.

Ranma revisó su expresión y comprobó que ya el rictus de dolor se había desvanecido. Probó a moverse con cuidado al principio, tan pendiente de las respuestas de Akane que apenas apreció nada en su cuerpo pero cuando escuchó que ella comenzaba a jadear entre susurros, el placer se despertó en él de nuevo. Fue consciente de la plenitud que sentía recorriendo sus músculos y como la urgencia le empujaba y le recompensaba con descargas más fuertes, haciendo más intensa esa sensación de envolvimiento, de acompañamiento y unión que sentía.

Se movió más deprisa sobre ella, sintiendo las manos de Akane apretando sus hombros, su aliento acariciando su piel… sus pensamientos se convirtieron en una vertiginosa rueda de palabras inconexas que le hicieron sentir descontrolado y su corazón golpeaba tan fuerte en su pecho que pensó que estaba a punto de morir.

Muerte le susurró su mente. Y renacimiento.

Observó a Akane, mostraba una expresión anhelante e impaciente que le hizo desearla aún más.

La otra Akane.

Moriré ahora y renacerá como ella. Tenía sentido, porque estaba enamorado y el amor se trataba de eso: dar todo lo que tienes por otra persona. Ranma ya sabía lo que era sacrificar algo valioso por amor, lo hizo en Jusenkyo cuando cambió su cura por la vida de Akane.

También sabía lo que era que alguien sacrificara su vida por él.

Ahora estaba listo para sacrificar todo lo que era y había sido por Akane. Por morir por ella y volver convertido en otro, si era preciso.

—Akane… —Sintió el deseo de decírselo. De explicarle que acababa de comprenderlo todo y estaba dispuesto, pero tantas ideas explotaron en su consciencia perdida en las sensaciones; en el placer del contacto, en el cosquilleo que amenazaba con romperle por la mitad si no lo liberaba, en el amor que le oprimía la garganta. Solo quedó un único pensamiento—. Te amo.

Y esas palabras lo liberaron todo.

El orgasmo estalló tirando de él, aplastándole sobre la chica que le abrazó con más fuerza aún. Le atravesó con tal brusquedad que perdió la fuerza en sus brazos y todo a su alrededor desapareció… todo, salvo la chica que le abrazaba y respiraba igual de sofocada debajo de él.

Y la luna.

La luna llena de cosecha que aún brillaba sobre ellos, entre los recovecos que dejaban las hojas temblorosas de los arbolitos. La brisa las mecía, golpeando unas contra otras, coreando un aplauso silencioso que celebraba el acto de amor que acababan de contemplar.

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Cuando Ranma se despertó, horas más tarde, Akane estaba sobre él.

Parpadeó con el cuerpo dolorido a causa del peso de la chica y porque llevaba demasiado tiempo sin poder cambiar de postura. Por suerte, su espalda estaba sobre el cómodo colchón de la cama de su prometida. Delante de su nariz estaba la coronilla de ella, su pelo fragante se desparramaba por su cuello y si torcía un poco la cabeza, el chico podía ver algo del rostro dormido.

Había recuperado su suave tonalidad lechosa y mostraba una expresión somnolienta y relajada, con los labios curvados en una pequeña sonrisa soñadora. Extendió su mano y la deslizó por la espalda de ella, por la piel de sus hombros y por la deliciosa tela del camisón.

Volvió la cabeza hacia la ventana del cuarto y comprobó que la luz de la mañana estaba despuntando en el exterior. Esta vez no se había marchado a escondidas para que nadie le descubriera, sentía un extraño orgullo de sí mismo, de lo que era ahora. Ocultar sus sentimientos se le antojaba algo repulsivo. Además, Akane se había quedado dormida aferrada a él con tanta fuerza que le habría resultado imposible huir de su lado.

Más que como si él hubiera renacido, sentía que el mundo entero había cambiado. En apariencia todo se veía igual, pero ahora que la luna de cosecha y el equinoccio habían terminado, Ranma tenía la impresión de estar en otro lugar. Un mundo nuevo, con reglas y apreciaciones distintas a las convencionales.

Y a pesar de haber dormido poco, estar cansado y aún embriagado por las emociones experimentadas, su mente estaba más despejada que nunca. Tenía muy claro cuál debía ser su primer paso en ese nuevo mundo que se abría ante él.

Logró salir de la cama y dejar a Akane durmiendo. La cubrió con la sabana y se inclinó para besarla. Después miró otra vez a la ventana, el sol comenzaba a brillar con timidez, así que ella también despertaría pronto.

Salió del cuarto con sigilo y escuchó un sonido al otro lado del pasillo.

Nodoka apareció, ya ataviada con uno de sus vistosos kimonos y su fiel katana colgando de su espalda. Bostezaba en silencio al tiempo que se retocaba el cabello. Ranma esperó a que la mujer le viera para salir del todo del cuarto de Akane y cerrar la puerta tras él.

—¿Hijo? —murmuró la mujer con el ceño fruncido—. ¿Qué hacías ahí dentro?

. ¿Akane-chan está bien?

—Sí, está bien… aún duerme —respondió. Le molestó que, a pesar de todo, los nervios le atacaran y las palabras se revolvieran en su garganta—. Mamá, sobre lo de mudarnos del dojo…

—¿Ya tienes preparado tu equipaje?

—Lo cierto es que no.

—¿No? ¿Necesitas mi ayuda?

—No, mamá —Respiró hondo y se cuadró—. No necesito ayuda con eso porque no me voy —Declaró, resolutivo—. Me quedó en el dojo Tendo.

Nodoka frunció los labios, disgustada.

—Pero Ranma no…

—Me quedo con Akane —insistió—. Y no hay más que hablar.

Las cejas de la mujer se elevaron en un par de arcos perfectos, al tiempo que sus labios dibujaban un círculo del que no escapó sonido alguno. Sus ojos se movieron de su hijo a la puerta cerrada, y luego volvieron a él. Acto seguido sonrió y el chico se sonrojó.

Su madre asintió.

—Está bien.

—¿Ah, sí? —preguntó él, dando un respingo. Ella asintió y Ranma resopló aliviado, hasta que su madre le tomó del brazo y comenzó a tirar de él hacia las escaleras.

—Permitiré que te quedes, hijo —Le dijo, para añadir después—. Siempre y cuando vengas a desayunar conmigo y me cuentes todo lo que ha estado pasando en esta casa entre Akane-chan y tú, que por lo visto, yo no he notado.

—Ah… ¿todo?

—Bueno… todo lo que se le puede contar a una madre.

Ranma, rígido como un palo, asintió y dejó que su madre lo arrastrara al piso inferior.

Bueno pensó, con la vergüenza hormigueándole el estómago. No es mi vida, pero estoy dispuesto a hacer este sacrificio por Akane.

Porque la quería. Porque después de lo que había pasado en el jardín sabía que no podría soportar las noches lejos de ella. Y porque quizás no fuera un Lunático como Tsukiyo le dijo, pero no le cabía dudas de que estaba total e irremediablemente loco por Akane.

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-○- Fin -○-

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¡Hola! ^^

¿Y? ¿Y cuál es el veredicto? ¿Tengo que salir de fanfiction corriendo y tapándome la cabeza? Jajajaja.

Bueeeeeeno, pues aquí está ya. He tenido que pelearme con mi inseguridad y mi vergüenza, pero aquí está mi fic. ¿Qué os ha parecido? Tengo ganas de saber vuestras impresiones, la verdad, aunque también me da un poco de miedo. Pero este fandom está lleno de personas maravillosas y sé que tendréis piedad conmigo.

¿Qué más puedo decir? ¿Alguien quiere saber algún dato curioso de la historia?

Deseché hasta tres ideas distintas antes de elegir esta trama para la historia (esto también tiene que ver con el hecho de que me haya pasado de plazo, claro), porque no lograba encontrar la historia donde me viera cómoda relatando la primera experiencia íntima de Ranma y Akane. Al final, recordé un libro que leí hace tiempo donde hablaban sobre una antigua leyenda en la que si una joven recorría el bosque durante la luna del Cazador, aparecería la imagen de su futuro marido o algo así. Investigué un poco y descubrí que todas las lunas llenas tienen nombre propio O.O cosa que me pareció muy curiosa y leyendo sobre la Luna llena de Cosecha que es la que brilla en septiembre, fue que se me empezó a ocurrir esta historia.

Además hice que los días coincidieran con el equinoccio justo como ha sido este año. La noche del 22 de septiembre hubo luna llena, una luna amarillenta preciosa ^^ Mi idea original era publicar el fic ese día para que todo coincidiera, pero por desgracia no llegué a tiempo.

En verdad, los lunáticos existen y se ven muy afectados por la luna llena… No lo sabía, pero cuando lo leí en internet pensé que ese sería el título perfecto para el fic.

Y Tsukiyo, el despistado profesor obsesionado por la luna, lo tomé prestado del personaje Tsukuyomi, que es el dios de la luna en la mitología japonesa según mi amiga Wikipedia ^^.

Bueno, espero que este pequeño relato os haya gustado, os haya entretenido un ratito y que todos y todas hayáis entrado con buen pie en el otoño. Gracias por leerme. Y un gracias especial a mi querida amiga Rowcinzia por animarme tanto, tanto, tanto para que me atreviera a escribir esta historia *_* Será difícil pero espero no defraudar a una maestra como tú ^^

Besotes para todas y todos.

¡Nos vemos pronto porque… Halloween está a la vuelta de la esquina!