II
Dumbledore creía que eran magos de talento, y posiblemente así fue,
Creía que crearon tres objetos fantásticos, y puede que así fuera,
Pero,¿y sí ya existían y se hicieron con ellos…?
MundoPotter es de la Rowling. Esta historia no me dará dinero, tal vez algún review y, por si alguien tiene interés, está totalmente planificada, así que debería ser buena y dejarse escribir.
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El castillo de Ethan era una fortaleza de reciente factura y, como tal, seguía fielmente el estilo eduardiano imperante. Era, pues, grande, con un patio espacioso y agradables estancias para los señores, todo ello rodeado de impresionantes defensas. Los Peverell fueron admirando su perfección arquitectónica mientras eran conducidos en presencia del príncipe, en el gran salón.
- ¡Mi señor y Rey de Castilla.- dijo el siervo.- Aquí están los tres magos.- El hombre inclinó la cabeza mostrando sumisión y se retiró a un lado.
Juan de Gante era delgado y alto, de pelo y ojos de un castaño oscuro, casi negro, enmarcados en un rostro alargado y un tanto sombrío, rematado en una fina perilla. Se hacía llamar "My Lord Of Castille" puesto que, como consorte de la infanta Catalina, hija de Pedro I El Cruel, reclamaba para si el trono.
Antioch se fijó en el inmenso tapiz que cubría la pared que quedaba tras el Príncipe. En el se representaba su escudo, con las flores de lis de Francia, los tres leones de Inglaterra, y las armas cuarteadas de Castilla y León. El príncipe les dirigió una mirada altiva, como si los sopesara, antes de dirigirles la palabra.
- Podéis acercaros.- dijo resueltamente, sin mostrar el más mínimo atisbo de temor o respeto hacia ellos y su magia.
- Gracias, mi señor.- Antioch, el mayor, asumió tácitamente la portavocía del trío.
- Os he hecho llamar porque se dice que sois los magos más poderosos de Inglaterra.- le interrumpió el príncipe.- ¿Es eso cierto?
- Eso, mi señor, tendrán que juzgarlo otros.- contestó Antioch.
- Al menos, mostráis más sentido común que la mayoría de los de vuestra clase- .dijo el príncipe.- Iré a grano. Nuestros ejércitos son poderosos. Nuestros longbowers no tienen parangón en Europa. Mi hermano cosecha victoria tras victoria y, sin embargo, la guerra con Francia no termina. Quiero algo más, hechiceros, quiero la victoria total y definitiva...
- Y ¿Qué podemos hacer nosotros? No somos guerreros...
- ¿Habéis oído hablar de la Piedra del Destino?
Los tres magos se miraron desconcertados.
- No, mi señor.- Continuó respondiendo Antioch.
- Se dice que hace mucho tiempo cuatro poderosos hechiceros acompañaron a unos guerreros invasores hasta la isla vecina de Irlanda. Trajeron consigo cuatro objetos mágicos legendarios, que los hicieron invencibles: la Piedra del Destino, una lanza que siempre acertaba en el blanco y después retornaba a la mano de su propietario, una espada invencible y un caldero que nunca se vaciaba y que además producía una panacea para sanar todas las heridas y enfermedades. El hombre que reúna las cuatro reliquias liderará un ejército invencible.
Los tres magos volvieron a intercambiar miradas.
- Quiero que vayáis a buscarlas y me las traigáis.- dijo el príncipe.- Si lo conseguís, os colmaré de riquezas, os concederé títulos, y pasaréis a los anales de la Historia como los hechiceros más poderosos que jamás conoció el mundo.
- Si me permitís hablar, mi señor.- Ignotus, el más joven, tomó la palabra por primera vez.- Esos objetos ¿dónde están? ¿A dónde tenemos que ir a buscarlos?
- ¡Ah!.- dijo el príncipe.- Eres sagaz. He ahí la cuestión. Hace siglos que desaparecieron de las islas.
- ¿Desaparecieron?.- Repitieron al unísono Antioch y Cadmus.- Entonces, mi señor.- continuó el hermano mayor.- ¿Cómo se supone que podríamos traéroslos?
El príncipe se recolocó ligeramente en la silla ornamentada que le hacía las veces de trono.
- ¿No sois los hechiceros más poderosos del Reino? Entonces, ¿qué mejor demostración de poder que encontrar esos objetos y traerlos ante mí?
- Perdonad, mi señor. Pero no creo que...mis hermanos y yo... .- Antioch buscaba las palabras mas adecuadas para rechazar la oferta del príncipe. Su indecisión le perdió, porque el príncipe hizo un gesto casi imperceptible y los tres hermanos se vieron de repente rodeados de magos que les apuntaban con sus varitas. Con sorpresa, vieron que algunos rostros les eran harto familiares.
Era inútil intentar sacar las varitas. Ninguno tuvo tiempo de pensar en nada, porque el cerco se estrechó a la vez que se abría una puerta disimulada tras el tapiz, tras la cual apareció un hombre vestido con ropas principescas.
- ¿Padre?.- Dijo el hombre
- Buenos días, Mortimer. -Contestó el príncipe. Los ojos de los tres Peverell se posaron en la varita que el joven Mortimer lucía al cinto, a modo de daga.
- Mi hijo.- continuó el príncipe.- es como vosotros. Tal vez lo conozcáis ya…o tal vez no, claro, puesto que él no ha sido educado en el castillo de Hogwarts. El ha tenido los mejores preceptores privados.
Mortimer se aproximó al corro de magos con una sonrisa de oreja a oreja en su rostro.
- Bien, os superamos en número. Entregad vuestras varitas. Más tarde , ya se verá si os son devueltas.
No había otra alternativa, así que los tres Peverell entregaron sus varas.
- Para estar seguros de que atendéis a la petición de mi padre, os colocaremos un sencillo hechizo que nos informará puntualmente.- El joven asió su vara, hizo unos movimientos bastante floridos y murmuro un conjuro que ninguno de los tres llegó a escuchar. Aunque no sintieron nada, los tres se estremecieron. Alguno de los matones soltó una media risilla.
- Bien, ya esta la traza puesta sobre los tres. Tenéis un mes para abandonar Inglaterra. Si regresáis, en cuanto hagáis magia os detectaremos. Y tened por seguro que iremos a buscaros para reclamaros lo que os hemos pedido. No es nada personal, pero yo que vosotros no volvería a poner los pies en el país sin ellos.
Los tres Peverell se miraron. Los habían atrapado en una tela de araña. Si se negaban, posiblemente no salieran con vida del castillo, y si aceptaban, pero no lo conseguían, estarían condenados al exilio permanente, al menos hasta que Mortimer falleciera y el hechizo se desvaneciera. Sin embargo, si tenían éxito, puede que el príncipe cumpliera con lo prometido. Se dijeron que no tenían más remedio que aceptar la propuesta del príncipe. Los magos les escoltaron fuera del castillo, y allí, entre risotadas, amenazas y alguna chanza de mal gusto, les devolvieron sus varas.
- ¡Y que no os veamos por Inglaterra sin los regalos para nuestro señor!.- a modo de despedida soltó uno que reconocieron como un tal Crabbe. Y, bajo la mirada amenazante de aquellos magos, se marcharon de allí cabizbajos.
- ¿No habría sido mejor encargarles la fabricación de algún objeto poderoso?.- Mortimer preguntó a su padre.
- A veces, Mortimer, creo que la magia reseca las mientes. Precisamente, se trata de evitar que tu querido tío Edward los encuentre y los contrate para algo semejante.- dijo el príncipe con voz hastiada. - Ahora, hijo, puedes retirarte a continuar tus estudios.
Con una inclinación de cabeza a modo de despedida, Mortimer abandonó el gran salón y se dirigió a los aposentos de su preceptora. Meguera le esperaba acompañada de una doncella, a la que despidió en cuanto le vió apoyado en el quicio de la puerta. Se contempló un momento en el espejo de cuerpo entero. Llevaba una túnica de seda verde con ricos bordados en plata que enaltecía su larga figura, y de su cuello blanco y fino pendía un medallón de oro y esmeraldas con una S bellamente labrada. Un objeto de familia heredado del mismísimo Salazar.
- ¿Y bien?.- Preguntó la bruja.
- Todo ha salido según lo previsto.- Contestó Mortimer.
- Excelente.- Meguera miró de arriba abajo a Mortimer sin ningún recato ni disimulo. No era tan alto como su padre. Sus facciones eran más cuadradas y su contextura más recia. Con todo, era un tipo atractivo. Y joven. Se apoyó en el escritorio con una bien estudiada indiferencia, dejando que su túnica resaltara la curva de sus caderas y algo más que insinuara sus senos generosos. Mortimer esbozó una media sonrisa y se humedeció los labios.
- Deberíamos celebrarlo como se merece.- Murmuró ella.
Mortimer entró en los aposentos y cerró la puerta tras de sí. No le quitaba los ojos de encima mientras se desabrochaba el cinturón. Estaba seguro de que, debajo de la túnica, Meguera, como siempre, no llevaría nada. Absolutamente nada.
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Notas:
Efectivamente, John of Gaunt reclamó el título de rey de Castilla y como tal se hacía llamar.
Longbowers: arqueros ingleses. El arco, o longbow, era un arma temible en aquella época.
Piedra del Destino o Stone of Destiny: se conserva actualmente en Escocia, como parte de los Tesoros del Reino. Se coloca bajo el trono, en la abadía de Westminster, en cada Coronación. Dicen que se pondría a chillar si el coronado no es el legítimo rey. No consta que haya emitido sonido alguno nunca.
The Hallows of the Kingdom son, efectivamente, la espada de Luan, el caldero de Dagba, la lanza de Lugh y la piedra del Destino. Se trata de un mito irlandés relativo a la invasión, no menos mítica, de los Tuatha de Daanan, que por cierto fueron derrotados por los gallegos de Miles Espaine (todo según sus mitos, claro).
Mortimer: nombre normando que significa "mar de muerte". Parecía adecuado para un supuesto bastardo de Juan, antepasado remoto de alguien que gusta de ser llamado Voldemort.
El hechizo de la traza sobre los niños debe datar de la época del Estatuto del secreto, 1692, por tanto anterior a la época en la que transcurre esta historia así que no resulta descabellado que Mortimer pudiera invocar uno parecido.
Meguera: nombre de una de las tres furias (las otras son Alecto y Tisífona). Porque entre los Gaunt parece que gustaban los nombres que comienzan por M, y eso tiene que venir de algún sitio….
La versión fabulada del viaje de Cadmus se puede leer en el cuento para niños brujos Maitane y el Azabachero. Por supuesto, es versión infantil. La realidad fue mucho más sórdida.
Muy pronto…., el próximo capítulo.
