III
Y comenzaron la búsqueda de los tres objetos mágicos legendarios
Y no tenían todavía ninguna de las reliquias por las que pasaron a la Historia.
Y Jo Rowling los puso en un cuentito, y se hizo de oro, y seguro que su idea de lo que hicieron no coincide en absoluto con esta historia, que no dará un céntimo de euro, como mucho, algún review
Maud gritó. Gritó con todas sus fuerzas. Y, en vez de consuelo o ánimo, se llevó una buena reprimenda por parte de Meg.
- ¡Haz el favor de dejar de chillar y concéntrate en empujar! - dijo airada.- ¡Que se te va la fuerza por la boca!
Agnes Prewett, la vieja bruja, le hizo bajar la cabeza hasta que la barbilla le tocó el esternón. Agnes consideraba una gran suerte haberse topado con Meg de regreso a casa. Por el contrario, lamentaba no haberse llevado del castillo a Cadmus Peverell a punta de varita.
- ¡Vamos! ¡Vamos! - ordenó Meg. Maud tenía el rostro rojo del esfuerzo y la frente perlada de sudor. Baruc Ben Abraham, el viejo sanador semita, en cambio, estaba pálido. La sostenía por la espalda mientras empujaba, inclinándola para ayudar a que la criatura se deslizara como por una pendiente interior. Desde donde estaba no tenía un primer plano, pero podía ver perfectamente cómo se abultaban sus partes femeninas. Esperaba que acabara pronto porque no estaba seguro de poder aguantar mucho más.
Mientras, Maud, con las manos asidas a las rodillas, los codos al aire y Meg prácticamente subida encima de su barrigón, sacaba fuerzas donde hacía instantes creía que ya no había. Y empujaba.
La contracción se aligeró.
- Me arde entre las piernas.- se atrevió a decir. Posiblemente, Meg volviera a reñirla. Sorprendentemente, exclamó - ¡A la próxima le sacas la cabeza!
Maud fue a decir algo, pero no pudo. La tripa se le volvía dura otra vez. El dolor y la necesidad imperiosa de empujar regresaban. Después de tanto rato y tanta bronca de Meg, había aprendido algo sobre parir. Cogió aire, bajó la cabeza hasta el pecho, se asió a las rodillas con las manos empapadas en sudor y empujó. Vaya si empujó.
- ¡Muy bien! ¡Muy bien!.- Meg la animaba.- ¡Para! ¡Para! ¡Que trae vuelta de cordón! ¡Jadea! ¡Jadea!
Maud gimió. Era casi imposible resistirse a la necesidad de pujar. Inclinada podía ver la cabeza del bebé asomando. Meg asió un cuchillo reluciente de su instrumental de partera, pero Maud no pudo ver qué hacía con él.
- ¡Ahora!
Esta vez, Maud no se permitió ni un débil quejido. Volvió a coger aire y empujó. Notó cómo el hombro del bebé salía de su cuerpo, y después cómo Meg tiraba del resto.
- ¡Es una chica! - gritó Meg mientras la niña, con los ojos abiertos como platos, comenzaba a berrear.
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- Y ahora ¿qué hacemos?.- preguntó Ignotus.- ¿Por dónde empezar?
- Creo que lo primero que deberíamos hacer es informarnos más.- contestó Antioch.
- Y ¿cómo nos informamos?.- volvió a preguntar Ignotus.
- Acudiendo al mejor conocedor de la historia mágica vivo.- le contestó otra vez su hermano.
- ¿Crees que estará dispuesto?.- intervino Cadmus.
- Si no lo está, le persuadiremos
- ¿De quién estáis hablando, si se puede sab…- Ignotus no terminó la pregunta. Sus hermanos le asieron cada uno por un brazo y se desaparecieron con él a rastras.
El fraile contemplaba el fresco recién pintado. Se trataba del Juicio Final, y era impresionante. Posó sus ojos en el infierno. Las almas condenadas descendían apesadumbradas hacia la tortura eterna. Estaban representadas mediante figuras desnudas, cuya única prenda era algún atributo en la cabeza que permitiera identificar quiénes eran. Allí, de camino hacia el averno, había gente de toda clase y condición. Se veía una mitra, una corona y un gorro de cantero; una cofia de panadera y la diadema de alguna dama de la nobleza…Buscó ávidamente y allí estaba, el gorro picudo de un mago. O eso le pareció. El fraile comenzó a sudar copiosamente. Aquella noche haría penitencia con un cilicio.
Unos golpes en la puerta le hicieron dar un respingo.
- Fray Judas, ¿estás ahí dentro?.- una voz aflautada, adolescente, se dirigía a él desde el otro lado de la puerta.
- ¿Quién va?
- El hermano Serafín.- Contestó la voz.
- Hermano Serafín, estoy ocupado con mis meditaciones.- contestó tras la puerta mientras se secaba el sudor con la manga áspera del hábito de arpillera.
- Perdóname, pero tienes visita.
- ¿Visita?
- Tres almas de Dios. El hermano portero los ha hecho pasar al reflectorio.
Fray Judas sintió que el corazón se le encogía. ¿Quién podía preguntar por él, el humilde bibliotecario de un apartado monasterio benedictino? Solo podía tratarse de ellos. Cerró los ojos y quiso llorar.
- Fray Judas ¿Estás bien?.- la voz le devolvió a la realidad. Respiró hondo, procuró calmarse, y rebuscó la llave en el bolsillo del hábito.
- Ya voy…ya voy…
No se sorprendió demasiado Fray Judas cuando encontró en el reflectorio a tres magos. A los dos mayores los conocía bien.
- ¡Fortesque! ¡Qué bien te ves! Yo diría que hasta has engordado.- Antioch le dio una palmadita en la espalda.
- Dios me perdone, pero ¿qué diablos habéis venido a hacer aquí?.- Fray Judas contestó santiguándose a la vez.
- ¿Es esa la manera de recibir a unos antiguos camaradas del colegio?.- intervino Cadmus. – Ignotus, mira, éste es nuestro compañero Ferdinand Fortesque, de la casa Hufflepuff. Ferdinand, nuestro hermano menor Ignotus.
- Fray Judas, si no te importa.- dijo el fraile.
- Ferdinand Fortesque en el mundo, como decís los religiosos.- terció Antioch.- El mejor historiador mágico del siglo.- añadió.
- ¡Vamos, vamos!.- el fraile intentó resistirse a la lisonja.
- ¡Pero si es verdad! ¡Nadie ha sacado nunca unas notas tan espectaculares como las tuyas en Historia. ¡Este mago lo sabe todo! .- Antioch seguía ahondando en la vanidad del hombre.
- Saber de historia no es sacar buenas notas en un examen.- contestó el fraile.
- Precisamente. Y por eso te buscamos. Necesitamos que nos ilustres.
- ¿Ilustraros? ¿Sobre qué?.- se arrepintió de su malsana curiosidad según salían las palabras de su boca.
- No te importará que nos sentemos….- dijo Antioch dejándose caer en un banco.
- No, ya que más da….
Los dos hermanos menores y el fraile tomaron asiento.
- Verás. Estamos interesados en conocer el paradero de tres objetos mágicos.
- ¿Tres objetos mágicos?
- Si. Tres objetos que acompañaban a la Piedra del Destino que…
- ¡Ah! ¡Las Reliquias del Reino de Irlanda!.- Fray Judas interrumpió a Antioch.
- Vaya, veo que no te resultan desconocidas.
- Cuatro objetos mágicos legendarios y magníficos.- el fraile se entusiasmaba por momentos.- A saber.- comenzó a enumerar con los dedos.- la lanza de Lugh, hecha de saúco del Tigris y rellena de crin de thestral, que alcanzaba siempre en el blanco y después retornaba a la mano de su lanzador; la espada de Duada, forjada en el lejano oriente por goblins a fuego de dragón, refulgía con luz propia y era invencible; el caldero de Dagba, que producía alimento sin fin y la piedr…
- Ya, ya sabemos lo de la piedra.
- ¿Y bien? ¿Entonces qué queréis saber?.- Fray Judas miró a Cadmus indignado. El mediano de los Peverell nunca había hecho gala de buenas maneras.
- Queremos saber qué pasó con ellos. Con los tres que faltan.- aclaró Antioch.
- Los cuatro objetos fueron llevados a Irlanda por magos, cada uno proveniente de un lugar del mundo, durante la invasión de los Tuatha de Daanan. Esras el Noble trajo la lanza desde la ciudad de Gorias, Arias la Poetisa trajo la espada desde Findias, Morfessa el Sabio trajo la piedra desde Falias y Senlas la Maestra fue la que se trajo el caldero. Desde Murias, para ser exactos. Con la ayuda de los cuatro magos y los cuatro objetos los Tuatha de Daanan conquistaron la isla y la gobernaron durante siglos. Cuando su tiempo terminó, fueron sometidos por otro pueblo y los objetos mágicos, salvo la piedra, retornaron a sus lugares de origen.
- Bien, entonces están en esos sitios…¿cómo has dicho que se llamaban?.- preguntó Antioch mientras sacaba pergamino y pluma para apuntar aquellos nombres tan extraños.
- Gorias, Findias y Murias.- recitó el fraile como si se tratara de una lección bien aprendida.
- Eso. ¿Dónde están esas ciudades?.- preguntó Antioch.
- Eran nombres mitológicos. Como los mismísimos Tuatha.
- ¡¿Cómo?! ¡¿Ciudades mitológicas?!.- los tres hermanos se levantaron de sus asientos casi a la vez.
- Calma, calma.- el fraile intentó templar un poco los ánimos.- Como casi todos los mitos, tienen su localización geográfica, más o menos.
- ¿Y?
- Según la Crónica de Teobaldo, Gorias está en Persia, y Findias en algún lugar de lo que se denomina la India, allá donde Alejandro el Grande perdió la sandalia…¡Bueno! ¡Bueno! ¡Que solo era una broma!
- Y ¿el caldero? ¿Dónde está el caldero?
- El caldero.- el fraile carraspeó.- según se deduce del Libro de Kelts, el caldero, que al parecer era de piedra, se destruyó.
- ¿Destruido? ¿Cómo que destruido?
- Del todo. No quedan ni los fragmentos. Según el libro, claro.
- Y ¿entonces? ¿No hay otro caldero igual por algún lugar?.- se le ocurrió decir a Ignotus.
- No. Pero el caldero tenía propiedades alquímicas.
- Y eso ¿qué tiene que ver?
- Pues que, teniendo en cuenta que hay abundante evidencia sobre la posible localización de Murias en el Finnis Terrae...entonces, si yo estuviera interesado en el caldero, lo buscaría, o buscaría otra pieza similar en la ruta de los alquimistas.
- ¿La ruta de los alquimistas?
- El camino de Saint Jacques.
- ¡Santiago!
- En efecto.
- ¿Algo más?
- ¿Qué más se os ocurre que queréis saber?
- Nada. Creo. Muchas gracias, Ferdinand, Fray Judas.
Cuando aquella noche Fray Judas se introdujo en su celda, retiró dos losetas sueltas del suelo y contempló largamente, en el hueco que él mismo había cavado con sus manos, dos trozos largos de madera. Su varita. Mucho tiempo atrás había querido renunciar a su condición, pero parece ser que no lo conseguiría por mucho que viviera. Aquella noche, se golpeó la espalda desnuda con un látigo hasta caer exhausto.
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Mortimer, boca abajo, respiraba profundamente. Meguera abandonó la cama y se dirigió hacia un mueble con cajones. Abrió uno, tomó un fino paño de lino muy limpio y se lo pasó entre las piernas. Nada. A veces, cuando se retrasaba un poco, yacer con un hombre le provocaba la bajada de la regla. Extrajo entonces una botellita de cristal del fondo del mismo cajón y vertió su contenido en una copa pequeña. Tocó con la punta de su varita.
- Ingravio
El líquido comenzó a girar vertiginosamente y se volvió de un rojo intenso, como sangre. No le sorprendió. Desde hacía una semana lo sabía, aunque solo fuera por intuición. Hasta ahora, la poción había ido funcionando, pero Mortimer debía haberla desbordado. Suspiró y se fue hacia el espejo. Se contempló desnuda buscando algún signo incipiente de su gravidez. No vio ninguno.
Ahora tenía que tomar una decisión. Podía buscar una partera que le diera un bebedizo. Por supuesto, no podía ser Meg Sprout, ni ninguna de su cuerda…claro que…también podía tenerlo. Aunque ahí estaba el asunto del padre, que era un sangresucia. Apuesto, eso sí. E ilustre. Mucho. Pero un sangresucia. Uno que en ese preciso instante roncaba desnudo en su cama. No convenía. Era muy, muy inconveniente. Y, sin embargo, el instinto materno jugó hábilmente sus cartas, y una vocecita resonó en su cabeza recordándole que, muy posiblemente, no se presentaría otra ocasión. Meguera tomó una decisión. Tenía 42 años.
Notas
- Por qué pienso que un sanador puede no saber absolutamente nada de partos: porque en San Mungo no hay maternidad. A no ser que las metan en Daños Ocasionados Por Criaturas Mágicas…(aunque entonces ¿qué pasa si es un squib?). Mejor usar esos medimagos que reparaban descalabros en los mundiales o las tradicionales y simpáticas comadronas, antaño denominadas parteras (y herboleras)…
- Sobre fantasmas y en particular el residente de Hufflepuff: ¿nadie se pregunta qué le pudo ocurrir al fraile gordo para no querer pasar a mejor vida, siendo precisamente un religioso? Obsérvese, igualmente, que es el único titular de la representación de una casa del que desconocemos cuando se incorpora a la plantilla fantasmal (la dama y el barón son aproximadamente del año 1000 y algo, y Sir Nicky de 1492).
- De los errores de Dumbledore como director de un colegio. Pretendía ser un buen profesor y un buen director, pero algunas de sus decisiones sobre el claustro son discutibles. Una de ellas, mantener al rollazo del profesor Binns. Seguro que Florean Fortesque, el del tenderete de helados, hubiera sido mucho más ameno. Y ahí se inspira el pariente aficionado a la historia de este fic. En mi otro fic largo, La Rosa y el Enigma, que se sitúa en la Guerra de Grindelwald/Segunda Guerra Mundial, se menciona de pasada que un ataque de magos tenebrosos ha destruido la Biblioteca Fortesque (que, aunque allí no se dice, poseía algunos documentos verdaderamente antiguos).
- De los nombrecitos de los magos y las ciudades. Me resultan tan imposibles de recordar como a los Peverell. Como hay varias versiones, he cogido lo que me venía mejor y he hecho adaptaciones libres.
- De la edad de Meguera: a los 42, en esa época, seguramente uno estaba criando malvas. Pero Meguera es una bruja, así que...
En fin, hasta el próximo capítulo.
