IX
Burgos era una ciudad enorme, con una impresionante catedral de un gótico brillante y mucho trajín de gentes. Una ciudad que a pesar de haber perdido la capitalidad del reino, seguía siendo muy importante. Pero la dinámica urbe no era en ese momento el foco de la atención de Cadmus Peverell, excepto porque el bullicio le permitiría escabullirse con cierta facilidad.
Había consultado los mapas de Martín, aunque infructuosamente, de lo cual dedujo que Murias no era una población importante. También preguntó a todo aquel mago o bruja con el que se topó, con la suerte de que una bruja que había residido muchos años en la Asturias del interior pudo indicarle aproximadamente por dónde podía estar la población, cuyo nombre vagamente le sonaba, aunque jamás la había visitado.
Así, aprovechando el alboroto que se producía entre sus compañeros de viaje cada vez que se instalaban en un hospital de peregrinos, sobre todo si el destino era grande y populoso como el caso de Burgos, Cadmus se escabulló disimuladamente, y una vez en el exterior buscó un lugar apartado de las miradas de curiosos y, con un sonoro Pop, se desapareció.
Se corporeizó en lo alto de una loma completamente cubierta de hierba verde, que despedía un olor a humedad que le trajo recuerdos de su Inglaterra natal. Aparte de alguna que otra edificación rural aquí y allá y vacas pastando, no se veía ni un alma. Pensó que tal vez había equivocado el lugar, y ya estaba sopesando el marcharse cuando oyó un cencerro detrás de él. Se volvió y vio que, cansinamente, un tipo ancho y bajo, con la barba crecida de varios días y vestimenta de campesino, subía por la senda guiando a cuatro enormes vacas marrones y blancas. Decidió preguntarle, y esperó hasta que el hombre se encontró a su altura. Sin embargo, el vaquero pasó de largo como si no le hubiera visto.
- ¡Eh! ¡Eh!.- intentó llamar su atención gritando. Pero el hombre siguió adelante sin inmutarse. Cadmus se quedó mirando cómo las vacas seguían su cansina marcha colina abajo, y con ellas el vaquero.
- Maldita sea.- murmuró. Y entonces, al darse la vuelta, se encontró con una vieja que le miraba fijamente a pocos palmos de distancia.
- ¡Ah!.- gritó sorprendido mientras levantaba su vara en un gesto reflejo de autoprotección. La vieja no movió ni una ceja.
- ¿Quién eres?.- preguntó en latín.
- ¿Y quién eres tú?.- contestó la vieja tranquilamente.
- Soy un viajero.
- Pues sigue tu viaje.- contestó la vieja mientras echaba a andar como si tal cosa, apoyándose en un palo a guisa de bastón.
- ¡Espera!
- ¿Qué quieres?
- Busco un pueblo que se llama Murias...
- Murias es eso.- contestó la vieja señalando un par de casas en la ladera.
- ¿Eso?
- ¿Esperabas otra cosa?
- Esperaba una población.
La vieja no contestó. Se encogió de hombros y de nuevo hizo ademán de proseguir su camino.
- ¡Espera!
- ¿Quieres algo más?
- Tu eres...tu eres... eres como yo ¿no?
- ¿Qué quieres decir?
- Que puedes...que sabes... que tienes algo como esto.- le mostró la varita. La vieja arrugó los ojos, como para enfocar mejor.
- Tengo un bastón.- Contestó la vieja mostrándole el palo.
- No me refería a eso. Me refería a ...
La vieja negó con la cabeza. – Así no se puede ir por el mundo.- murmuró. Y echó a andar.
- ¡Espera!.- gritó Cadmus por tercera vez.
- ¡Bah!.- fue todo lo que dijo la vieja, sin mirar atrás. Cadmus la siguió. Sorprendentemente, le costó un poco alcanzarla.
- ¿Hay alguien más de los tuyos por aquí?.- preguntó mientras caminaba a la par.
- ¿Y a ti qué te importa?.- contestó la vieja. Cadmus suspiró. La mujer le resultaba recalcitrantemente cerrada y desconfiada. Si no hubiera estado cerca el vaquero, le habría hablado a las claras. Pero temía que, a pesar de su apariencia rústica, el hombre fuera algo más que un simple campesino, y, como por otra parte, aunque estaba casi seguro de que se trataba de una bruja, alguna pequeña duda aún albergaba, intentó en vano sonsacarle.
- ¿Has oído alguna vez hablar de sortilegios?
- ¿Sortilegios? Eso es cosa de brujas.- contestó tranquilamente. Ante la mirada casi suplicante de Cadmus, debió ablandarse un poco, porque tras una pausa reveladora añadió - Y de magos.
- Sabes de lo que estoy hablando.
- ¿De qué estás hablando exactamente?
- Vamos. No me lo pongas difícil.- Estaba perdiendo la paciencia y sopesó usar la varita.
- Está bien.- dijo la bruja.- Se lo que haces aquí. Y te diré una cosa. Eso que buscas, no lo encontrarás. Es un imposible.
- Entonces ¡Sabes perfectamente de lo que te hablo! ¡Claro que eres una bruja!
- ¿Bruja? ¡Ja! Cuando era joven y hermosa hubo muchos que me consideraron una xana. Ahora me toman por una guaxa, o una llavandera, y los niños me rehúyen. A mí, que he criado a siete hijos, todos buenos mozos....- dijo señalando al taciturno vaquero.
- ¡Tienes que ayudarme!
- ¿Ayudarte? ¿Por qué? Ya te he avisado, que es precisamente lo que he venido a hacer. Y que conste que nadie me lo ha pedido.
- Pero no puedo volver con las manos vacías. ¡Un príncipe me ha embrujado!
- ¡Ah! ¡Ja! ¡Ja! ¡Jajajajajajajaaaa!.- la vieja se estaba partiendo de risa.- ¡Ésta sí que es buena! ¡El brujo embrujado por el príncipe! ¿Y cómo es que no te ha convertido en rana? ¿O es que ha funcionado al revés y eres un sapo convertido en mago? ¡jajajajajajaaaa!
- No tiene gracia. No puedo volver a mi país, lo cual es una desgracia, y tu te ríes de mi haciendo chistes malos.
- Lárgate ¿Cómo era? ¡Ah, si! Cadmus Peverell.
- ¡Sabes mi nombre! ¡Eres una adivina poderosa! ¡Tienes que ayudarme!
- Escucha. Si sigues empeñado en eso, seguramente solo hallarás desgracia.
- ¡Pero...!
- Vete a vivir a Gascuña. O a Normandía. Son territorios de tu rey ¿no? Estarás como en tu casa.
Por alguna razón, a Cadmus le invadió la melancolía.
- ¿Salió de aquí el caldero?
- El caldero no existe.
- ¿No hay en estas tierras, en las que la brujería es tan sorprendente, ningún mago o bruja capaz de fabricar otro caldero con propiedades parecidas?
La vieja sonrió.
- Dices bien. En las hispanias la brujería es sorprendente. Por algo en el mismísimo centro de la Casa de las Tradiciones está la Mesa de Salomón. Pero no. Aunque encontraras a alguien en alguna de las Tradiciones capaz de invocar los poderosos hechizos aún necesitarías una piedra de cualidades muy particulares.
- Entonces ¿qué dicen tus artes adivinatorias que debo hacer?
- La adivinación no sirve para tomar decisiones por ti. Si así fuera ¿dónde quedaría la libertad? Continúa si quieres la ruta de Saint Jacques. Medita y aprende mientras la recorres. Es posible que los cielos te iluminen. Pero no busques el caldero, porque no lo encontrarás.
Y sin mas, sin ningún ruido, sin ningún signo de magia, Cadmus se encontró solo en lo alto de la loma. No quedaba ni rastro de la bruja, y por ningún lado se veía al vaquero y a sus vacas.
Volvió a Burgos descorazonado, comenzando a dudar si su conversación con la bruja habría sido una alucinación o algo real, y dudando seriamente, por primera vez desde que él y sus hermanos se vieron embarcados en aquella búsqueda, de que aquello tuviera alguna posibilidad de éxito.
Notas Varias.
- Según Internet, el censo de Murias en 2006 ascendía a 5 habitantes (y supongo que también habría algunas vacas y gallinas).
- La Casa de las Tradiciones: Sita en Toledo desde 1212, aunque cuenta con el antecedente de la Schola de Traductores de Alfonso X (en lo que a magos se refería, claro), es el antecedente del Ministerio de Magia. Actualmente, es todo un símbolo de unidad y diversidad, así como sede de conocimiento. Posee la mayor biblioteca de magia de Europa y una colección de objetos mágicos de valor incalculable, incluida la Mesa de Salomón. A todos los niños mago de España y Portugal los llevan alguna vez de excursión para contemplar la famosa Mesa, así como para recorrer el Pasillo de los Pasos Perdidos (popularmente conocido como el Paso de los Energúmenos) donde los personajes de los tapices que representan las batallas en las que intervinieron magos se encargan de abuchear a sus descendientes.
- Guaxa: Bruja asturiana tenebrosa, vieja con un solo diente que por las noches entra en las casas donde hay niños y les abre la arteria carótida y les chupa la sangre lentamente. La Guaxa vuelve noche tras noche hasta ver cumplido su cometido: matar al humano. Se puede esconder en todos lados persiguiendo a sus víctimas. Hay quien dice "por donde pasa un soplo de aire pasa la Guaxa". Vamos, mitad vampiro mitad bruja.
- Xanas: en Asturias están muy ligadas a las fuentes y saltos de agua. Normalmente guardan tesoros bajo las aguas. Representada como una chica joven y de tremenda belleza, de rasgos más bien nórdicos (cabellos y ojos claros), se peina en las orillas con peines de oro, esperando a incautos caballeros para encantarles con sus encantos y promesas de tesoros. En el mito normalmente viven solas, aunque en las noches de San Juan se juntan en grupos y bailan en coros al son de los cantares de los ventolines. Se parecen mucho a las lamias vascas.
- Les Llavanderes: mujeres viejas y arrugadas que lavan ropa en los ríos por la noche. No les gusta que las miren, y si alguien las ve puede que lo ahoguen en el río. Algunas pueden ayudar a apagar incendios en los bosques, desviando el curso de los ríos (menos mal que algo bueno tienen).
