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Decepcionado y confuso. Así se encontraba Cadmus tras su visita a Murias de donde solamente se había llevado advertencias y dudas. Durante varios días apenas atendió a las explicaciones de Martín sobre los lugares por los que pasaban ni las gentes que encontraban. En algunos sitios había bastantes magos, en otros pocos, en la mayoría ninguno. El jaleo organizado por uno de los peregrinos, que se quejaba de que le habían robado unas monedas de oro vagamente le distrajo durante un rato, pero finalmente le produjo tanto hastío que, por no oírle, cuando nadie le veía utilizó un encantamiento convocador para devolverle su oro, que curiosamente salió del equipaje de otro compañero de viaje, hasta entonces su amigo del alma.
Un día llegaron a un lugar llamado Frómista. Se trataba de una villa con una hermosa iglesia dedicada a San Martín situada junto a un monasterio y una importante aljama. Por primera vez vio a Martín disculparse y entrar en el templo con los peregrinos para rezar. Supuso que se debería a que la iglesia estaba dedicada a su santo patrón, y el navarro, aunque no iba cumpliendo escrupulosamente todos los hitos religiosos del peregrinaje, había dado muestras de cierta sensibilidad espiritual.
Cadmus se quedó en el exterior, sentado a la sombra, pensativo y entonces vio venir un mago. No era joven, pero tampoco muy viejo, de estatura mediana y un poco barrigón, con una barba entre gris y negra bastante encrespada y poco pelo muy rizado. Vestía de manera un poco descuidada pero pulcra. Hizo un gesto de alegría al verlo allí sentado y se aproximó sonriente.
- Nicolás Flamel.- se presentó extendiendo la mano.- Vengo de Francia paga….- No terminó la frase. Cadmus le estaba apuntando con su vara, directo al corazón.
- Pego…
- Expelliarmus.- La vara de Flamel salió del bolsillo interior de su capa y aterrizó a los pies de Cadmus.
- ¡Ah! ¿Pog qué ha hecho eso?
- Quieto.
- Pego oiga. Yo soy un hombre pacífico que…
- ¿Qué pasa aquí? - De entre las sombras apareció una figura gigantesca armada con un enorme espadón.
- ¡Cagamba! ¡Qué hombre tan enogme! Pego habréis de sabeg que tamaño y magia no van necesaguiamente unidos.
- ¡A mí me lo va a decir! ¿Quién es usted? - Martín preguntó con toda la corrección posible, habida cuenta de que no había retirado la espada.
- Me llamo Flamel, Nicolás Flamel, y viajo con mi esposa por la ruta santa, esperando aprendeg a leeg la Qabalah. Este mago me ha desagmado sin ninguna explicación ni motivo apaguente. Ni siquiega había sacado mi varita…
- Es un francés.- dijo Cadmus lacónicamente.
- Pego yo solo estaba contemplando los canecillos. Son muy integuesantes. Toda la iglesia es muy integuesante…
- Este hombre parece bastante pacífico.- Terció Martín. - Y además, los dos estáis en territorio castellano y en la ruta jacobea. Se supone que no debe haber hostilidades entre los peregrinos.
- Bien dicho, señog…
- Martín de Baygorri. Capitán del Vizconde de Baygorri, del reino de Navarra.
- Señog Baygorri. Capitán. Como le decía, estaba contemplando los canecillos.
- Este mago es Cadmus Peverell, que viene de Inglaterra.- dijo Martín.
- ¡Ah! Ya comprendo…el señog Peveguell me ha confundido con un mago del guey de Francia… pego yo soy un estudioso.- Flamel, dispuesto a hacer tabla rasa de lo que había ocurrido, volvió a tender la mano a Cadmus.
Cadmus no dijo nada, pero tampoco se movió.
- Creo, Cadmus, que harías bien en estrechar su mano. Al fin y al cabo, no estamos ni en Francia ni en Inglaterra.
Reticente, Cadmus extendió su mano. Flamel, más efusivo, la cogió con ambas.
- Ah, qué satisfacción que pog fin se haya aclarado el malentendido. ¿Tal vez podría pegmitigme guecuperar mi varita? - dijo mirando al suelo, cerca de la bota de Cadmus, que procedió diligentemente a poner el pie encima de la varita.
- ¿Y si me ataca?
- Tendrá que cogueg el riesgo. Pego le asegugo que esas no son mis intenciones.
- ¡Nicolás! ¡Nicolás!.- una mujer regordeta se acercó a paso ligero.
- Mi esposa, Peguenela.
- ¿Dónde te habías metido? ¿Te espegaba hace un buen gato para comeg.
- He encontrado a éstos colegas. Señogues, ¿aceptarían que les invitaga a compagtig la mesa conmigo y con mi esposa?
- Se lo agradezco mucho.- dijo Martín.- pero debo ocuparme de los asuntos del vizconde. Y además, me temo que no puedo ser calificado de colega suyo. No soy un mago.
- Eso no impogta.- terció Perenella.- Parece que la magia le resulta familag. Sólo le pediguía que no llevaga ese mandoble.
Martín rió.- De veras que me encantaría, pero es cierto que tengo que ocuparme del alojamiento de unos peregrinos que escolto y de mi tropa.
- Entonces, podremos contag con usted.- dijo la mujer dirigiéndose a Cadmus. Su vista se posó en el pie del mago, por cuyos lados sobresalían los dos extremos de una varita.
Cadmus se agachó despacio y la recogió. La tendió a Flamel.
- Procure no perderla.- dijo.- Muchas gracias, pero estoy muy cansado. Sin dar ninguna explicación adicional, Cadmus marchó tras Martín.
- Veo que no has aceptado su invitación.- dijo Martín.
- Podrían tener la intención de emborracharme y después matarme.
- ¿Por qué? ¿Solo porque es francés?
- Tal vez. No lo se.
- ¿Tiene que ver con lo que andas buscando?
- Pudiera ser. – Cadmus se sinceró un poco.- El príncipe Juan de Gante nos encargó, a mis dos hermanos y a mí, que partiéramos en búsqueda de unos objetos mágicos legendarios, con los que presuntamente serían invencibles los ejércitos ingleses.
- Pfffiiiuuu.- Martín silbó.- ¿Dónde están tus hermanos?
- Cada uno buscando un objeto, uno en Persia y otro en la India. No podemos regresar a Inglaterra hasta que no encontremos los tres objetos. Un bastardo del príncipe, que resulta ser un mago, nos ha hechizado para que no podamos regresar sin ellos. Ese Flamel podría ser un espía del rey de Francia.
- O tal vez no. Viaja con su mujer.
- Podría no ser su mujer. Incluso podría no ser una mujer.
- ¿De veras? - Martín alzó las cejas.- Bueno, Frómista es pequeño. Ten presente que seguramente lo volverás a ver antes de partir.
Pero se marcharon de la villa sin que Cadmus hubiera detectado el menor signo de la presencia de Flamel, y eso no le gustó. Meditaba, inquieto, sobre si sería un espía del rey de Francia o tal vez un secuaz de Mortimer que le seguía con a saber qué aviesas intenciones, cuando vislumbraron en el camino a una pareja, un hombre y una mujer de cierta edad, que avanzaban montados en borriquillos. Cual no sería su sorpresa al constatar que eran los Flamel.
- ¡Qué sorpresa tan agradable! ¿Tal vez podamos haceg la jornada juntos? - Flamel preguntó a Martín. Cadmus le miró fijamente, pero el navarro era el responsable de la expedición, y entre los peregrinos debía haber cierta solidaridad, así que aceptó su compañía. Los Flamel se situaron junto a Cadmus.
- Voy consultando a todo mago de la Tradición Cabalística. Pego hasta la fecha no he encontrado a uno que me tome por aprendiz. Me temo que soy demasiado mayog.
- ¿Por qué tiene interés en la cábala?
- Soy librero en Paguis. Recibo muchos libros. Y me gusta leeglos.
- Entonces tendrá contactos con los libreros ingleses…- Cadmus preguntó como si tal cosa. Era una forma de averiguar si decía la verdad o era una tapadera.
- ¡Oh! ¡Clago! Tengo muchas relaciones comegciales con Flourish y Bloots, en Londres, seguramente los conoce…
Cadmus suspiró. Al fin y al cabo, era posible que Flamel dijera la verdad.
- Y, perdone que le pregunte, pero ¿Por qué viajan así? - interrogó Martín al cabo de un rato.- Siendo lo que son, pueden utilizar medios más rápidos.
- No, no. Quiero aprendeg a leeg la Qabalah para leeg filosofía alquímica, y la filosofía alquímica requiere una transfogmación interior. Hasta que el hombre no ha cambiado pog dentro y es un seg mejor, no se le revelan todos los misterios. Salimos de Paguis en 1355 ¿o ega 36?
- ¿Y todo ese tiempo han estado viajando?
- Todo pog el camino.
- ¿De veras? ¿Llevan más de quince años recorriendo el camino?
- Si. Más o menos. Egstuvimos casi un lustro en la judería de Tudela, la conocerá. Pego no se ha hecho laggo. En cada lugar permanecemos el tiempo necesaguio para podeg afrontar la siguiente etapa. Tengo la impresión de que nos acercamos a nuestro destino final.
- ¿Destino final?
- Ya se lo he dicho. Encontrag un maestro que me tome por aprendiz.
- ¿Y su negocio en París?
- Bien atendido. Periódicamente me mandan lechuzas.
Y así fue como Nicolás Flamel y su esposa Perenella se incorporaron al grupo. El era un hombre bastante hablador, y Cadmus aprovechó sus charla para aprender todo lo posible sobre la alquimia. Pero Flamel parecía más interesado en la filosofía de la alquimia que en la práctica, de manera que Cadmus acabó concluyendo que le serviría de poco en su búsqueda de un caldero mágico. Los Flamel estuvieron a punto de dejarlos en León, porque al parecer Nicolás había contactado con alguien que tal vez estuviera dispuesto a enseñarle, pero por alguna razón, decidió continuar. Los días se sucedieron hasta que una mañana, desde lo alto de una cima, Marín dijo: "¡Mirad! Estamos en la cima del Monte do Gozo. Eso que veis ahí abajo es Santiago de Compostela".
Todos, fueran magos o no, contemplaron largamente la ciudad desde lo alto del monte, en completo silencio, sobrecogidos.
Más tarde entraban en Compostela por la Puerta del Camino y continuaron por la Calle de las Casas Reales, rodeada de palacios y soberbias casas solariegas.
- Estamos llegando a la Capilla de las Ánimas.- informó Martín. Y en un ensanche apareció una iglesia enorme que se erguía solemne.
- ¿Y pog qué lo llaman capilla, con semejante tamaño? - inquirió Flamel. Y se quedó con la boca abierta al contemplar el descomunal relieve que mostraba un purgatorio lleno de sufrientes inquilinos.
- Un poco inquietante ¿no? - dijo Cadmus.
- Bueno, yo pienso que el purgatorio es un estado lleno de esperanza.- dijo Martín.
- Y eso ¿pog qué? - preguntó Flamel.
- No se lo contéis a ningún cura, que nunca se sabe si a uno lo tomarían por hereje. Pero si hay tres virtudes teologales, fe, esperanza y amor, y cada una debe predominar en cada estado del más allá, entonces el purgatorio debe estar lleno de esperanza de pasar al paraíso.
- Integuesante. ¿Y en los otros dos estados?
- En el cielo, por supuesto, el amor, porque es el estado de máxima contemplación del Creador, y se dice que Dios es Amor.
- En el infierno, pog tanto, la fe.
- En efecto. La certeza absoluta de la existencia de Dios.
Flamel se adelantó para contemplar mas de cerca la impresionante escena.
- ¿Estudiaste en un monasterio? - Preguntó Cadmus.
- No.- contestó Martín sonriente como siempre.- Pero mi padre sí. Era un segundón de un hidalgo de cierta fortuna, así que mi abuelo lo destinó a la carrera religiosa. No contaba, claro está, con que se enamoraría de una bruja, que por supuesto disponía de argumentos suficientemente convincentes para hacerle ver que era mejor que olvidara esa vocación para su hijo.- Martín volvió a reir.
Penetraron en el barrio judío, y llegaron hasta la Calle de la Azabachería, que Cadmus miró con mucho interés, hasta llegar hasta la Catedral, obra cúlmen del románico en la que penetraron por la Puerta del Paraíso. Cadmus contempló largamente el pórtico de la gloria, hasta que Martín le hizo una seña.
- Tiempo tendrás de extasiarte en la belleza de la ciudad y su catedral.- dijo el navarro.- pero ahora te voy a buscar alojamiento. A ti y a los Flamel.- Y dicho y hecho los condujo a una fonda de magos donde los dejó alojados.
- Venid a cenar con mi hermana y la familia de su prometido. Os vendré a buscar a la puesta de sol.
- No queguemos seg un estorbo pog más tiempo…- dijo Flamel.
- No sois un estorbo. Además, ha sido idea suya.
- ¿Suya? ¡Si no la ha visto!
Martín guiñó un ojo.- ¿Es posible, señor Flamel, que todavía no se haya dado cuenta?
- ¡Pues claro! - dijo Perenella.- Nicolás ¿Es que no lo entiendes? ¡El capitán es de una familia de magos!
- ¡Ah! ¡Claro!.- Flamel sonrió.- Estaguemos encantados.
- Os vendré a recoger a la puesta de sol, entonces. Y marchó con paso firme, destacando entre la multitud, puesto que sacaba varias cabezas a la mayoría de los que estaban en la calle.
Cuando regresó vestía ropas limpias y había visitado al barbero. Les condujo hasta la calle de la Azabachería, y se detuvo en la casa más humilde, una situada en una esquina, un poco metida. Cadmus pensó que no era un sitio muy comercial, pero también su clientela sería especial.
Los Freixo eran una familia de magos artesanos, compuesta por el abuelo, un hombre enjuto y muy anciano con brillantes ojos tan negros como el azabache que tallaba, el padre, la madre y los tres hijos, que se parecían todos entre sí. El mayor era Iacobus, al que llamaban Iago, el prometido de la hermana de Martín, un brujo delgado y algo desgarbado, más alto que su padre del que había heredado unos ojos de un azul brillante y el pelo negro y despeinado. No hablaba mucho. Su madre, una bruja pequeña y morena, hablaba bastante más, aunque no la comprendió del todo. La casa tampoco era gran cosa. "Gente corriente", pensó Cadmus.
Beatriz de Baygorri, en cambio, le dejó impresionado. Era delgada y alta, aunque no tan exageradamente como su hermano. Iba embutida en una túnica azul oscuro ceñida, de excelente calidad, y tenía ademanes de gran señora. No perdió detalle de su rostro: la cara ligeramente alargada rematada en una suave barbilla, el cabello corto y castaño claro que despedía destellos dorados con el reflejo de la luz, sus ojos brillantes, de un color marrón verdoso, las cejas finas, la nariz recta...Se embelesó con su voz dulce y educada, con su sonrisa radiante, su erudición y su simpatía.
Todo en ella le pareció perfecto. Era un sueño de mujer. Era su sueño de mujer hecho realidad. Y se preguntó cómo podía haberse comprometido con el azabachero, un brujo con las manos llenas de cortes por el trabajo manual, un patán de uñas sucias por el polvo de la piedra negra que igual ni sabía hablar.
De su cuello delgado y largo pendía, en un cordón de cuero negro, un hermoso colgante. Era un medallón de piedra de azabache, primorosamente tallado con la forma de una vieira. Cadmus pensó que el pálido escote de Beatriz ensalzaba aún mas la piedra, y no al revés como se habría esperado.
Aquella noche, Cadmus solo tuvo ojos y oídos para Beatriz, aunque ella no le prestó más atención que la debida a un invitado. No se le escapó el brillo especial de su mirada cuando sus ojos se posaban en su prometido, y sintió celos. De vuelta a la fonda, en su cama, no pudo conciliar el sueño durante horas, pensando en ella. Y cuando finalmente, cayó vencido por el cansancio, soñó con Beatriz. Fue un sueño de los que no se van contando por ahí, y que terminan cuando uno se despierta y tiene que usar su vara para arreglar la cama. Aquella mujer podría volverle loco, pero tenía que evitarlo. Era de otro, y además tenía una deuda de gratitud con su hermano.
Notas Varias:
Sobre Nicolás Flamel: librero parisino que, según la leyenda, hacia 1355, en plena Guerra de los Cien Años, se hizo con un grimorio alquímico que excedía con creces sus conocimientos, de manera que necesitó 21 años para descifrarlo, para lo cual viajó a España donde consultó tanto a las autoridades sobre Cábala como a los especialistas en el mundo antiguo (puesto que en las Universidades hispanas era donde se producían las mejores traducciones de Griego), hasta encontrar en León, después de preguntar a muchas personas, a un anciano rabí, el Maestro Canches quién identificó la obra como el Aesch Mezareph del Rabí Abraham, y enseñó a Flamel el lenguaje y simbolismo de su interpretación. Así que podemos imaginar a Flamel en 1371 aprendiendo y buscando entre la Tradición Cabalística. Se dice que, además de descubrir la Piedra Filosofal, Flamel adquirió el conocimiento de la creación de homúnculos (algo parecido a los gólems) mediante la palinginesia de las sombras.
Rowling en nota a pie de página de los comentarios de Dumbledore sobre la fábula de los tres hermanos dice que muchos críticos creen que Beedle se inspiró en la piedra filosofal para crear la piedra de la Resurrección. Así que, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, aquí tenemos una manera de enlazarlo todo, aunque iremos viendo cómo en los próximos capítulos.
- Sobre la aritmancia: Parece que la aritmancia es una especie de introducción a la cábala, y la cábala es la puerta a la alquimia. En el potterverso la alquimia existe, pero no se estudia en Hogwarts. No sabemos dónde se estudia, pero la leyenda dice que Flamel, personaje real en el potterverso, la aprendió en España.
- Sobre la magia hebrea y la Tradición Cabalística: acabo de leer lo siguiente en el libro de J. Caro Baroja "Vidas mágicas e inquisición": "la magia hebrea medieval se recubre casi siempre de cierto aparato científico, pues en casos el mago debe realizar varias operaciones matemáticas como preliminares. En ella, el valor de las letras es inmenso; es decir, que está ligada estrechamente con la Cábala, una disciplina en la que también descollaron primordialmente los judíos sefardíes…"
- Frómista en el siglo XIV: parece ser que había un cenobio, que desapareció durante la desamortización. Era una villa con una importante comunidad judía. Según he leído, su iglesia, San Martín, fue fundada por la reina Munia (o Mayor) de Navarra, esposa de Sancho III El Mayor hacia 1066. Muchos de sus detalles exteriores han desaparecido, especialmente los canecillos que, en algún momento, podían resultar indecorosos (hay mucho canecillo románico erótico. Al respecto, los hay que sostienen que el exterior del templo reflejaba lo malo del mundo, de lo que el penitente quería librarse al entrar en el recinto sagrado, pero también los hay que piensan que, dadas las tasas de mortalidad de la época, con aquellos canecillos se pretendía incitar a la fertilidad. Quién sabe…).
