Nueva redacción, habida cuenta de que la anterior versión resultaba cuando menos acelerada en acontecimientos. Ha quedado mucho más larga, de manera que lo he partido en dos capítulos (los actuales 11 y 12). Ahora sabremos mucho más sobre la Alquimia y sobre los personajes.
XI
Durante buena parte de la mañana siguiente Cadmus se dedicó a vagar por Compostela. No contemplaba la ciudad ni pensaba en su misión. Su mente la ocupaba Beatriz. Por ella estaría dispuesto a olvidar Inglaterra, su familia, Mortimer y el caldero. No se le escapaba que era un mago de talento y las gentes mágicas de las Hispanias eran amables y hospitalarias. Seguramente no tendría problemas para instalarse en alguno de los reinos. Sería capaz de labrarse un brillante porvenir y tenerla como una reina. "Al diablo con todo".- pensó. "Hablaré con ella, y si acepta..."
Buenos días, señog Peveguell.- una vocecilla de mujer le sacó de sus pensamientos.
- Buenos días, señora Flamel.
- Voy a hacer unas compras. Un pequeño presente de bodas para los Freixo. Han sido muy amables al invitagnos a las celebraciones, pero no estamos seguros de encontrarnos de regreso para el día de la boda.
- ¿Se marchan, entonces? - dijo sorprendido.
- Sí. Nicolás opina que debemos concluig la ruta.
- ¡Pero si ya hemos llegado a Santiago!
- No. Se refiegue al Finis Terrae, donde las legiones de Decio Junio Bruto se aterraron ante la desapaguición del Sol en el horizonte de lo ignoto. Partiguemos ahora mismo... El Maestro Canches, que encontramos en León, está dispuesto a probar a Nicolás antes de aceptarlo como aprendiz, pero para ello es menester que llegue hasta el final.
- ¡Ah! – Exclamó. Y ambos reiniciaron la marcha en la misma dirección. Al fin y al cabo, él también había decidido encaminarse a casa de los azabacheros.
- Sabe, creo que debe dejag de pensar en ella. – dijo ella de pronto.
- ¿Cómo dice?
- Soy una mujer. Y además soy vieja. He visto cómo la miraba, y cómo ella miraba a Iacobus. Está enamorada de él.
- Pero…
- Ah, el cogazón tiene gasones que la gasón no comprende. Es usted apuesto, y tiene talento, y es joven. Encontrará otro amor. Hágame caso, olvídela o se hagá daño.
Cadmus quiso pensar que había sido un sueño. Acompañó a Perenella en silencio, sorprendido de que sus cuitas fueran tan evidentes y dudando de su decisión de un rato antes. Próximos a la Calle de la Azabachería, ella tomó otra dirección y Cadmus, tras titubear un poco, decidió continuar hacia la casa de los azabacheros. Entonces la vio en la puerta de una casa, una de tantas de aspecto humilde que sin ella hubiera pasado completamente desapercibida. Estaba hablando con su hermano. No, Beatriz no había sido un sueño. Era muy real, y muy hermosa. Les saludó desde lejos y aceleró el paso.
- ¡Cadmus Peverell! ¡El brujo inglés con más secretos e intrigas que debe haber en todo el reino de Castilla y León! – soltó Martín a modo de saludo.
- ¡Calla! ¿Qué van a pensar los vecinos si te oyen? – le reprendió Beatriz.
- ¡Pensarán que estoy borracho! – contestó su hermano jovialmente.
- Interrumpes el paso. Deja que entre en casa.
- Ella manda.- dijo él haciéndose a un lado. – Te invita a entrar en su hogar, a pesar de que estás hecho un sinvergüenza.
- Y puede quedarse a comer con nosotros.- añadió ella. Cadmus sonrió y entró en la casa. Se encontró en una sala amplia muy limpia y ordenada. En el fondo, además de una escalera, había una puerta que supuso llevaría al dormitorio. En un lateral, bajo una ventana, estaba la mesa de tallar con numerosos instrumentos afilados, y en el otro el hogar en el que crepitaba alegre un fuego muy rojo sobre el que había depositada una olla con agua hirviendo.
- Bueno, yo ya me iba.- dijo Martín.- Debo dejaros por un rato. Tengo asuntos que resolver.- Martín guiñó un ojo a su hermana.- Pero volveré pronto. Pórtate bien.- Esto último lo dijo dirigiéndose a Cadmus.
Beatriz troceaba verduras con un cuchillo y las iba echando dentro de la olla. El puchero desprendía un olor francamente apetitoso. Aunque realizaba tareas más propias de la servidumbre, seguía pareciendo una dama.
- ¿No usas la magia? - preguntó Cadmus.
- Algunas cosas prefiero hacerlas así, sin magia.- Contestó ella.- Al final, es como mejor resultan.
- ¿De veras?
- Claro. Imagina, por ejemplo, que se pierde un instrumento de tallar, y lo convocamos con un Accio. Entonces el objeto llega volando de no se sabe dónde y alguien sale dañado accidentalmente.
- ¿Tienes miedo de los cuchillos de cocina?
Ella rió. Cadmus se sorprendió, pero no dijo nada. La siguió con la vista mientras se dirigía hacia una alacena y seleccionaba entre unas hierbas que colgaban del techo.
- Cadmus…Cadmo….- dijo mientras elegía. Y su nombre sonó como una melodía en los oídos de él.- ¡Qué nombre tan clásico!
- Los nombres clásicos son habituales entre nuestra clase en Inglaterra. Al menos, entre los que pertenecen a familias de magos.
- ¡Ah! Pues yo no había conocido antes a ningún Cadmus.
El se encogió de hombros.
- El fundador de Tebas.- dijo ella.
- Prefiero el vencedor del dragón.
- Claro. Es más heroico. Después enterró sus dientes, de los que brotaron hombres que pelearon entre si hasta que solo quedaron cinco…
- Veo que has leído a Ovidio.
- Tu también.
- Hace mucho tiempo y con bastante desgana. Era cuando mi preceptor me enseñaba latín. Y era bastante aburrido. Mejor soñar con derrotar al dragón…
Beatriz rió otra vez mientras deshacía las hojas secas entre sus dedos y las vertía uniformemente en la olla hirviente. Siguieron charlando sobre mitología mientras el guiso se iba haciendo. Para cuando regresó Martín la mesa estaba puesta y el puchero humeante a punto para servir.
- ¡Mira quién está aquí! – Bramó el navarro agachándose para no golpearse contra el quicio de la puerta.
- ¡Ane! – Beatriz se echó en los brazos de su amiga. Cadmus, aunque se alegró de volver a ver a la bruja, no pudo evitar compararlas mentalmente. Si se hubiese tratado de un partido de quidditch, habría dicho que Beatriz había ganado por goleada.
Comieron poniéndose al día sobre los avatares de parientes y conocidos y comentando anécdotas varias, entre ellas una particularmente jocosa en la que tomaba parte una criatura mágica que llamaban Coco, un ser tan obtuso como temible, cuya sola mención asustaba a los niños, al que se habían enfrentado las dos cuando todavía eran casi unas niñas y que acabó huyendo con unas tijeras clavadas en la nariz. Cadmus pensó que debía tratarse de una especie de trolllocal. Recordó el curioso elfo doméstico, ese que llamaban trasgo, y anotó mentalmente que debería preguntar un poco más sobre las criaturas mágicas peninsulares. Cuando terminaron, Beatriz y Ane se disculparon porque la recién llegada tenía que instalarse, y quedaron solos los dos hombres.
- ¿No le has dicho nada? – preguntó Cadmus.- No pareces disgustarle.
- ¿Bromeas? ¿Qué clase de vida tendría, con un NoMago que se dedica a las armas?
Cadmus se encogió de hombros. Tenía una respuesta, y esa era que la decisión sobre el tipo de vida que quería llevar correspondía a Ane. Pero la respuesta, aún sabiendo que era acertada, no le gustaba. Pretextó cualquier tontería y salió a pasear. Llevaba un buen rato vagando sin rumbo fijo cuando oyó su voz.
- Ven conmigo.- decía Beatriz dulcemente. Por un momento mágico creyó que se dirigía a él. Y entonces la vio pasar llevando de la mano a su hermano. Cadmus los vio marchar calle abajo, hacia las puertas de la muralla y después, a cierta distancia, los siguió. No era difícil, habida cuenta de la altura del navarro. Se alejaron hacia el mar, hasta llegar a una playa solitaria.
Embozado en las sombras, la vio quitarse el colgante y darle tres vueltas entre sus dedos. A continuación, una dama apareció junto a los dos hermanos. Martín se arrodilló ante ella y se aferró a su regazo. La dama le acarició la cabeza en actitud maternal. Cadmus contempló la escena completamente estremecido. No pudo oír de qué hablaban, pero se dio cuenta de que Beatriz se parecía notablemente a la dama. Y supo sin que nadie se lo explicara que la dama estaba muerta. Tras un largo rato, los dos hermanos hicieron un ademán de despedida y el espíritu desapareció.
Los hermanos entonces marcharon camino de la villa, abrazados, con una extraña expresión de felicidad en sus rostros. Cadmus permaneció un rato en su escondite, reflexionando. Aquello era mejor que un caldero. En definitiva, era un objeto que permitía recobrar a un soldado caído. Un ejército de difuntos sería imbatible, y no necesitaría avituallamiento. Un objeto así...
Regresó inmerso en sus pensamientos y se encaminó a casa de los azabacheros. Llamó a la puerta de los Freixo y le abrió Ioannes, el anciano maestro azabachero. Lo invitó a entrar. Estaba tallando una hermosísima vasija de piedra.
- Háblame de la magia de estas piedras.- pidió.
- El azabache es una piedra mágica conocida desde antiguo.- dijo el anciano.- Aprendemos el arte de la lapidación, o la talla, igual que nuestros compañeros ingenuos. Pero nosotros, los magos azabacheros, seleccionamos la piedra cuidadosamente y activamos sus propiedades mágicas mediante hechizos que aprendemos de padres a hijos. El azabache se convierte en un potente protector del portador.
- Y ¿no tiene otros poderes?
- ¿Otros poderes?
- Además de los protectores…
- Puede. Depende de la piedra, del tallador, del mago que conjure su poder, del momento en que lo haga… Una vez conjurada, hasta el más minúsculo grano estará impregnado del hechizo.
- Enséñame a extraer la magia de estas piedras.- le pidió.- Tengo talento, puedo ayudaros.
- Requiere muchos años. Hay que empezar a aprender de niño...
- Aprenderé.
El anciano sonrió. - Podrías aprender a tallar decentemente. Pero conjurar su magia te llevaría mucho tiempo…
- ¿No quieres enseñarme?
- ¿Realmente quieres tú aprender?
Cadmus iba a replicar cuando oyó cierta algarabía en el exterior. Se trataba de Flamel, que llegaba cubierto de conchas, causando la consiguiente algarabía entre la muchachada divertida que nunca había visto un peregrino tan estrafalario. Flamel saludó alegremente.
- ¡Qué alegría! Podremos acompañarles mañana!
¡Mañana! La boda era el día siguiente. La escena de la playa le había hecho olvidar la boda, y hasta la atracción que Beatriz ejercía sobre él. Aquella noche no se atrevió a salir de la fonda porque había luna llena, y había oído que los hombres lobo, o lobishomes, como los llamaban los magos de allí, eran abundantes por la zona, y permaneció despierto la mayor parte del tiempo, mezclando pensamientos dedicados a Beatriz con la nueva fascinación que había experimentado gracias a su misterioso colgante mágico.
Al día siguiente, de buena mañana, Beatriz y Iago, cogidos de las manos y rodeados de familiares y curiosos, callejearon hasta llegar a una pequeña e insignificante capilla. Ella llevaba una hermosa túnica azul añil, y en la cabeza una guirnalda de flores. El parecía que se había aseado. Cadmus siguió a la comitiva a cierta distancia.
En la puerta los esperaba un cura. Alrededor se dispuso la multitud de curiosos, vecinos de la calle de los Azabacheros y algunos otros que claramente eran magos. Beatriz y Iago quedaron el uno frente al otro, se miraron y se dijeron algo que Cadmus no llegó a oír, pero dedujo que era el intercambio de votos. El cura bendijo sus manos entrelazadas y la multitud estalló en un griterío ensordecedor.
Cadmus los observó pasar entre la gente recibiendo parabienes, dando gracias y entregando dulces a los niños. Se encaminaron hacia la que sería su residencia, la casa en la que Cadmus había almorzado el día anterior, seguidos de la familia y de unos pocos allegados, entre ellos los dicharacheros Flamel y él mismo. Allí tendría lugar un pequeño banquete. Quedó sentado en una mesa larga, obviamente hechizada, rodeado de Flamel, Ane y Martín. Durante un rato consiguió no prestar demasiada atención a Beatriz hablando de alquimia.
- ¿Es una obra voluminosa ese libro que no puedes leer? – preguntó a Flamel.
- Pues no. En realidad lo llevo encima.- Dijo el mago mientras metía la mano en un bolsillo interior de su túnica. Esperaba un grueso mamotreto. Un tumbo enorme con cierres de latón. Se llevó una decepción. El librillo de Flamel tenía 21 hojas, bueno, 22 si se contaba con el título, dividido en tres partes iguales. Lo ojeó con desgana. Estaba lleno de dibujos incomprensibles.
- ¿La alquimia tiene algo que ver con la resurrección de los muertos? – preguntó.
- Teóguicamente.- contestó Flamel.- el Dzain, el séptimo privilegio del alquimista, guarda el secreto de la resurrección de los muertos y la llave de la inmortalidad.
- ¿Aspira a la inmortalidad, señor Flamel? – Ane intervino.
- No. En realidad, nadie es completamente inmortal. Hasta los más reputados alquimistas de la Historia, comenzando por el rey Salomón, el más grande de todos, acabaron aburriéndose de este mundo y pasando a la siguiente aventura. Por otra parte, para alcanzar la piedra filosofal hay que ser un mago de gran talento, lo que no es mi caso. Solo aspiro a comprender un poco mejor el mundo que nos rodea y la naturaleza humana.
- Según tengo entendido, nadie completa el proceso alquímico, alcanzando los Siete Fines.- siguió hablando la bruja.
- Verdad es. He ahí la grandeza de esta rama de la magia. ¿Ha estudiado alguna vez alquimia, mademoiselle de Santxorena?
Ane negó con la cabeza.- No pertenezco a la Tradición Cabalística. Y además considero que la alquimia puede ser una magia peligrosa.
- ¿Peligrosa? – Cadmus se sorprendió - ¿Por qué?
- Porque confiere un poder tal que el mago o bruja que lo alcance debe ser una persona sumamente equilibrada para no sucumbir al mismo.
- ¿Por qué iba nadie a sucumbir al propio poder?
- ¿Le darías la Panacea Universal a un enemigo herido mortalmente?
- No.
- Y ¿a tu mejor amigo?
- Seguramente.
- Pero todas tus decisiones se han basado en la relación personal que mantenías con ellos.- Terció de pronto Martín.- Yo me he enfrentado con terribles enemigos, pero si las alianzas se tornasen diferentes, agradecería tener a dos o tres que recuerdo de mi parte, porque demostraron un valor, una lealtad y una competencia con las armas envidiable.
- Bueno. Tal vez habría que reconsiderar cada caso con más calma…- contestó Cadmus.
- Pero si se está muriendo, no dispones de ese tiempo…- añadió Martín.
- ¿Y no se supone que la alquimia confiere sabiduría? Se supone que uno sabe lo que es mejor.
- Como ha mencionado mademoiselle.- dijo Flamel.- Ese es sólo uno de los Siete Grandes Fines de la Alquimia. Y no se alcanzan todos.
Cadmus suspiró. La conversación se convertía en uno de esos debates filosóficos que tanto gustaban a Flamel y que le aburrían soberanamente.
Flamel y Martín siguieron charlando sobre enemigos, panaceas, elixires y otras cosas a las que no prestó atención, y Beatriz volvió a su mente. La observó durante largo rato. En un momento dado, se volvió hacia Ane.
- Es hermoso el colgante que luce la novia.- dejó caer.
- Un amuleto de azabache.- asintió Ane.- Un regalo de Iago. Talló la piedra él mismo.
- ¿También la hechizó?
- Supongo que sí. Un trabajo tan primoroso, si es para la mujer que se ama, supongo que lo realiza el mismo mago en su totalidad.
- ¿Puedo hacerte una pregunta personal? – inquirió de pronto.
- Bueno, pero si tan personal es, me reservo el derecho a contestar.- dijo ella. Cadmus giró la cabeza hacia el centro de la mesa, donde los recién casados hablaban en susurros entre ellos.
- ¿Por qué crees que le quiere?
Ane alzó las cejas. No esperaba esa pregunta.
- Esa pregunta tendría que responderla ella.- contestó lacónicamente. Cadmus se encogió de hombros.
- Parecen una pareja muy dispar.
- A veces se necesita contraste para que funcione, y otras veces similitud.- contestó ella bastante seria.- Es como la alquimia…- añadió poco después sonriendo, intentando suavizar la sequedad de sus respuestas anteriores.
Cadmus no dijo nada. En realidad, durante el resto del banquete no prestó demasiada atención a ninguna conversación. Se disculpó al concluir el postre, y se marchó. Callejeó durante varias horas.
Cuando empezó a caer la tarde, sus pasos le devolvieron a la casa de Beatriz y Iago. Ya no se oían ruidos. Al parecer, los invitados debían haberse marchado. Era una tarde cálida. Un agudo pensamiento relativo a lo que estarían haciendo los esposos ahora que los habían dejado solos se asomó un momento a su mente, pero por fortuna pudo olvidarlo de un plumazo porque los vio salir.
Los siguió hasta la playa convencido de que volverían a invocar a los muertos. Pensó que, si observaba bien, tal vez descubriera alguna clave del hechizo. Sin embargo, la pareja comenzó a besarse. Primero despacio, con ternura, después apasionadamente. Los vio quitarse la ropa el uno al otro. Beatriz, desnuda, le pareció una diosa, con su piel blanca y tersa, sus piernas largas y sus senos no muy grandes pero firmes. Una diosa del amor en los brazos de un sujeto que estaba lejos de merecerla. Se sorprendió al constatar que, en un constante toma y daca, ambos se repartían mutuamente sus muestras de pasión. Maud, su relación más larga, había sido apasionada, sí, pero siempre bajo su iniciativa, como por otra parte pensaba que debía ser. Vio cómo se tendían sobre una piedra larga como una losa y se estremeció. Fue tal el desasosiego que tuvo que retirar la vista. Cuando fue capaz de levantar la cabeza eran un solo ser con ella encima. No pudo contemplar la escena por mas tiempo y emprendió el regreso a la villa a pie, dispuesto a hacer parada en el primer burdel que encontrara. No podía quitarse de la cabeza la imagen de Beatriz, su idealizada Beatriz moviéndose rítmicamente mientras aquel ignorante de clase baja la acariciaba con frenesí. Instintivamente se llevó la mano hacia abajo y la imaginó estremecerse, gritando mientras él daba rienda suelta a su virilidad, hasta que cayó exhausto con la espalda apoyada en un árbol. Allí permaneció con la mente en blanco un largo rato. Después regresó al lugar de los hechos. Los amantes, o mejor debería decir los esposos, ya no estaban allí.
Puta.- Murmuró para sí, con la vista fija en unas gotitas de sangre que, a la luz del sol poniente, relucían sobre la piedra.
Regresó a Compostela presa de una gran tempestad emocional. Tenía que calmarse, se dijo, al fin y al cabo no conocía a fondo a Beatriz. Poco sabía de su forma de ser, de sus deseos, sus inquietudes o su carácter. Se había vuelto loco en poco tiempo y se daba cuenta de que no tenía sentido...Entonces se le ocurrió que debía acompañar a Flamel a León.
Notas Varias:
- Sobre el nombre de Cadmus: fundador de Tebas, que en el proceso mata un dragón. Parece ser que algunos ocultistas han visto en esta lucha contra el dragón un contenido alquímico.
- El Coco: es el protagonista del popular dicho "¡Qué viene el Coco!". No he explotado mucho los Monstruos Fantásticos de España y Portugal (de momento). Es una raza local de troll.
- Sobre el matrimonio de Beatriz y Iago: la Iglesia fue muy tolerante con la forma de celebrar los matrimonios en los lugares en los que la fe se iba extendiendo, admitiendo desde el fiestorro con todo el boato posible hasta simplemente el acto conyugal consentido (de manera que hubo un tiempo en que, ante la hija embarazadísima, el padre podía preguntar con toda propiedad "¿Quién es tu marido?" en lugar de "¿Quién te ha hecho eso?"). Esto se debe a que los ministros del sacramento son los cónyuges (es erróneo decir "los casó tal cura". Se casaron ellos). Como a nadie se le escapa, pronto hubo abusos, sobre todo por la parte masculina, así que hubo que exigir una formalidad pública. En tiempos de Carlomagno se hizo mediante un Decreto (ante un testigo cualificado: el cura, y otros dos: los padrinos. Eso se mantiene hasta hoy. Los demás testigos, a menudo enfundados en el chaqué alquilado – ellos - y ellas emperifolladas, son -somos, que me ha tocado - mero decorado), aunque se dejó bastante libertad para la forma. En algunos lugares, el compromiso o promesa de esponsales era tan importante como los votos, y éstos se podían hacer en público fuera de la iglesia. Con el Concilio de Trento (siglo XVI) se unifican los ritos. Hoy en día, la sociedad ha caminado hacia el "yo no necesito un papel para saber que quiero a tal".
- Sobre la alquimia: después de consultar por Internet unas cuantas obras de un tal Eliphas Levi, famoso ocultista del siglo XIX, entre ellas una Historia de la Magia, he encontrado por qué le gusta tanto el siete a Rowling, pues se considera el número que resume la perfección del universo. Destaca en particular que siete son los fines de la alquimia (a saber: el elixir de la vida, la piedra filosofal, la panacea universal, convertir cualquier metal en oro, la cuadratura del círculo, hacerse entender por los animales y hablar la lengua de las serpientes; y la sabiduría universal. Los cuatro primeros giran en torno a la piedra: con ella se fabrica el elixir y la panacea y se transmutan los metales. Flamel hizo la piedra, así que los trabajos que llevó a cabo con Dumbledore, muy posterior a él, tendrían que ver con los otros fines (sigo sin ver cuál es el atractivo de conocer la fórmula de la cuadratura del círculo), posiblemente con hablar Pársel (recordemos que en la memoria de Dumbledore éste parece comprender lo que dice Marvolo/Sorvolo). Por otra parte, me ha parecido cuanto menos una magia tentadora, y hasta peligrosa si uno no tiene las cosas muy claras (suponiendo que exista, claro). Según la Historia de la Magia de Levi el libro de Flamel era en realidad un librillo de 21 páginas divididas en tres grupitos iguales (7x3).
