Primera Ley Fundamental de la Magia, según Adalbert Waffing: "Sólo debe tantear los más profundos misterios – el origen de la vida, la esencia del yo – quién esté preparado para las consecuencias más extremas y peligrosas"

XII

- Quiero ir a León con vosotros. Quiero aprender de ese Maestro Canches.- Le dijo aquella misma noche Cadmus Peverell al mago francés. Flamel, perspicaz, notó que algo le ocurría. El brujo inglés era de natural desconfiado, pero ahora estaba embargado por una extraña melancolía, pero le acogió, y juntos partieron.

Los días pasaban y el recuerdo de Beatriz le atormentaba. Era una mezcla de deseo y repulsa. Deseo porque era la criatura más hermosa que había conocido, repulsa porque cada noche se entregaba a un hombre que no era él.

Cuando llegaron a León no se dirigieron inmediatamente a casa del maestro Canches. Flamel, a fuerza de haber empleado años, había aprendido a ser paciente. Hicieron noche en una fonda y por la mañana, temprano, buscaron su casa en la aljama. Era un brujo entrado en años, de luengas barbas y lentos movimientos. Miró primero a Flamel.

- ¿Cuál es el número mágico más notable? – preguntó.

Esa era fácil.- El siete.- Cadmus se apresuró a contestar.

El Maestro Canches le miró fijamente y después asintió.- ¿Y por qué el número siete es tan importante en la magia?

- Porque es el número de la perfección universal. Siete son los días de la semana… siete son las notas musicales…- dijo Cadmus. El maestro Canches no dijo nada. Flamel, tras titubear unos instantes, se atrevió a hablar.

- Siete son los Fines de la Alquimia, y para culminarlos el camino implica siete Misterios que hay que aprender, siete Pruebas que hay que superar, siete Fórmulas que hay que entender; y siete Sustancias que deben transformarse.

Durante varios días, en jornadas de mañana y tarde, el Maestro Canches los interrogaba implacablemente. Cadmus tenía la sensación de que sus respuestas sobre magia en general eran mucho más precisas que las de Flamel, pero éste era más ducho en la filosofía que subyacía a cualquier rama del saber mágico. Una noche, agotado de tanto examen, entró en una taberna.

- ¡Hombre! ¡Mira quién anda por aquí! - Vicente de Mena, el orondo mago que había conocido en Logroño, estaba allí sentado degustando un guiso que parecía muy apetitoso.

- Te veo abatido.- Le dijo al cabo de un rato. Compartían mesa, el excelente guiso de carne de vaca y un buen vino.

- ¿Crees que los muertos pueden volver? - preguntó. El mago riojano se echó a reír.

- La magia gallega te ha tocado con su influjo. Hasta los ingenuos la perciben.

- ¿Qué quieres decir?

- La comunicación entre las dimensiones, o los mundos, es fuerte en esas tierras.

- No comprendo.

- Piensa bien. ¿Qué se supone que hace un alma? Pues, desde la Mente Divina, se encarna en una criatura, nace, vive una vida, y retorna a Dios.

- Nacimiento y muerte.

- En efecto. En Galicia, cuna de la Tradición Celta, saben de lugares dónde el paso entre los mundos es sutil. La noche de San Juan las mujeres que desean ser madres se bañan en determinadas playas, hay piedras sobre las que se dice que si yace una pareja ella se quedará preñada… y lo mismo pasa con la muerte. Aquí todos creen en la Santa Compaña, o en que a la ermita de San Andrés de Teixido va de muerto quién no fue de vivo… Quiero decir con todo esto que para un mago o bruja gallegos el trato con los difuntos, y no me refiero a los fantasmas, es algo habitual. Y no se trata para nada de nigromancia ni de ninguna magia oscura. Simplemente, es su sensibilidad mágica. Son un poco médiums…

- ¿Y los de la cábala?

- Eso es otra cosa. La Tradición Cabalista hace magia mediante métodos numéricos.

- Se dedican a la alquimia ¿no?

- No te confundas. La mayoría de los magos cabalistas no son alquimistas, aunque no creo que pueda haber alquimistas que no conozcan la cábala en profundidad.

- ¿No es lo mismo, entonces?

- No, claro que no. Como ya te he dicho, el mago de la tradición cabalista hace magia basada en las matemáticas. Un pensadero, por ejemplo. Sabes lo que es ¿no?

- Se lo que es, aunque no he visto nunca uno.

- No me extraña. Son objetos escasos y muy caros. Pues el funcionamiento mágico de un pensadero es esencialmente cabalístico. También hacen clepsidras mágicas y estudian el tiempo. Creo que Sileno Silvano, el fabricante de varitas, también emplea magia cabalística para equilibrarlas… En cambio, un alquimista persigue alguno de los Siete Fines de la Alquimia. Necesitan conocer el lenguaje cabalístico, pero van mucho más allá. Y es peligrosa.

- ¿Peligrosa? ¿Por qué?

- Eso deberías saberlo.- dijo mirándole fijamente a los ojos. - Una parte de la alquimia.- Vicente insistió.- es peligrosa. El mago o la bruja puede creerse con un poder que corresponde al Creador.

- ¿Saber pársel es peligroso?

- ¿Es peligroso domesticar un dragón?

- Eso es imposible. Pero, suponiendo que no lo fuera, supongo que hasta cierto punto. Siempre, claro está, que uno conozca bien el hechizo aquamendi y similares…

Vicente rió.- La nigromancia, por ejemplo, está próxima a la alquimia.- añadió más serio.- Y no me negarás que es magia oscura.

Cadmus no dijo nada.

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- No me ha admitido.- dijo Cadmus cuando el Maestro les comunicó a cada uno su decisión. Flamel, en cambio, sería aprendiz de cabalista.

- No se pog qué, pero la alquimia requiegue en primeg lugar un cambio integuiog, desde el corazón. Cuando uno está listo, entonces la magia se le guevela a uno. Miga dentro de tu corazón…

Si Cadmus miraba dentro de su corazón lo único que veía era desolación, celos, dolor, envidia.. -Y todo eso ¿para qué sirve? – preguntó con amargura.

Flamel se encogió de hombros. No era un hombre hábil expresando aquellas sutilezas.

- ¿Continuarás buscando? - se atrevió a preguntarle.

- ¡Claro!- ¿Qué otra cosa podía hacer, si no?, se preguntó.

Al día siguiente regresó a Compostela. Pasó la noche en la misma fonda en la que se había alojado la vez anterior, repasando mentalmente lo que había decidido hacer. De buena mañana se dirigiría a casa de los Freixo para volver a pedir al maestro Ioannes, el abuelo, que le enseñara a tallar y conjurar la piedra negra. Insistiría lo que hiciera falta. Un no por respuesta, en sus circunstancias, se le antojaba inadmisible.

- Necesito aprender esa magia.- le dijo.- Sin una piedra como la de Beatriz, no puedo regresar a Inglaterra.

- Tal vez no sea lo mejor para ti regresar a Inglaterra.- dijo el viejo.

- Entonces no volvería a ver a mi familia. Ni a mis amigos.

- Eso no lo sabes.- insistió el maestro Ioannes.

- ¿No quiere ayudarme?

- No es que no quiera ayudarte. Es que aprender a tallar y conjurar el azabache podría llevarte toda la vida, y aún así no conocer todos sus secretos. Y además podrías no encontrar nunca una piedra como esa.

- ¿Es que acaso puedo hacer otra cosa? – preguntó.

El maestro calló. – Bien, puedes intentar de aprendiz. Veremos si en tanto no se te presenta otro camino que puedas recorrer…

Transcurrió un mes y lo que se le antojaba un trabajo manual relativamente fácil se había tornado una tarea pesada. Se cortaba las manos, cortaba de menos y cuando intentaba corregir cortaba de más, y si la talla no era perfecta, los complicados hechizos que requería no funcionaban. Comenzó a cansarse y una idea comenzó a rondarle. Si no era capaz de fabricarse su propia piedra, entonces tal vez lo que tenía que hacer era convertirse en el poseedor de la existente. Pero, aunque hubiera podido ofrecer mucho, Beatriz no se la vendería, de eso estaba seguro, porque era un regalo de compromiso de su marido. Después de pensarlo mucho, decidió robársela. Una mañana, a la hora en la que ella solía salir para hacer las compras del día, se fue derecho a su casa.

- Alohomora.- murmuró. Pero la puerta estaba abierta.

- ¡Cadmus!.- dijo Beatriz. No esperaba encontrar a nadie en la casa. Apuntarla con su vara fue una reacción instintiva.

- Solo quiero tu colgante.- Beatriz se llevó la mano al cuello.

- ¿Por qué?

- Por favor, dame el colgante.- dijo sin dejar de apuntarla.

- Está bien.- dijo ella con calma. Y se llevó las manos a la nuca para deshacer el nudo.

La puerta se abrió de golpe y apareció Iago con su varita en la mano.

- ¡EXPELIARMUS! - gritó, pero erró. No era particularmente ducho en duelos.

- ¡Petrificus totallus! - Cadmus lanzó el hechizo sintiendo un particular regusto de ironía, puesto que se trataba de petrificar a un tallador de piedras. Pero también falló. Una mano blanca y firme le había agarrado por la muñeca y había desviado el hechizo.

- Estúpida.- murmuró mientras se desasía con fuerza y la empujaba contra una pared.

- ¡IMPEDIMENTA! - el azabachero no perdió tiempo.

- ¡PROTEGO!

La onda expansiva del potente Protego de Cadmus dejó aturdido a Iago por un momento, un valioso instante que Cadmus aprovechó sin dudar.

- ¡STUPEFY! - Iago salió expelido hacia atrás yendo a caer sobre una mesa de tallar repleta de afilados instrumentos cortantes. La mesa se derrumbó y el mago cayó al suelo inerme.

- ¡IAGO!- gritó Beatriz mientras corría hacia su habitación. Pero Cadmus la alcanzó antes de que pudiera coger su varita. La agarró por el cuello y la empujó contra la pared. Su rostro enrojeció. No quería matarla, solo quería el colgante. ¿O no? Tiró con fuerza de la piedra y ésta se rompió.

- ¡Maldita sea!- maldijo sin soltarla mientras miraba su puño cerrado que contenía el trozo de piedra. Culpó a Beatriz del desastre. Si no se hubiera resistido....Su pecho jadeaba cada vez más rápido bajo la presión de su cuerpo intentando desesperadamente agarrar cualquier pizca de aire que le permitiera seguir con vida. Cadmus sintió que la locura le invadía. Al fin y al cabo el marido estaba inconsciente...

- ¡HIJO DE PUTA! ¡SUÉLTALA! - Como una exhalación, Martín había entrado en la casa y en dos zancadas se había situado muy cerca. Extendió los brazos para agarrarle por el cuello. Fue un instante, pero lo consiguió. Con un potente ¡CRAC! se desapareció.

Martín cerró sus manazas en el aire.

- ¡COBARDE!- gritó mientras se abalanzaba sobre el cuerpo de su hermana. Beatriz tenía los ojos y la boca abiertos y se había deslizado hasta el suelo. No respiraba.

- ¡BEATRIZ! ¡BEATRIZ! - Como soldado que era, había visto muchas veces el rostro de la parca. - ¡LO MATARÉ! - gritó llorando.

Una mano temblorosa y pequeña se posó sobre su hombrazo. Era la madre de Iago, que con ojos llorosos miraba hacia dónde yacía el joven azabachero. Un charco de sangre se iba extendiendo bajo su cuerpo. Había caído sobre los instrumentos de tallar y se le habían clavado en la espalda. Martín recogió la vara de Beatriz, se irguió en toda su imponente estatura y en dos zancadas se metió hasta el fondo del dormitorio. Salió de la habitación con el hatillo en el que los brujos solían llevar sus pertenencias mágicas cuando viajaban. Eran las cosas de Beatriz. Hurgó en ellas y sacó un tarro de barro cerrado con un tapón de corcho que contenía un ungüento de agradable olor a lavanda. Se arremangó los brazos y se untó. Después los extendió en cruz. Y entonces pronunció el embrujo

- Sasi guztien...

Por encima de las nubes, por debajo de las matas, van las brujas al Akelarre de Zugarramurdi…

Con horror, constató que, puesto que no era un mago, el hechizo se había auto protegido, así que había cambiado nubes por matas. Sería un viaje doloroso, pero efectivo. Observó como las puntas de sus dedos se disolvían en humo...y convertido en humo salió volando por la chimenea.

Notas Varias:

- La Primera Ley Fundamental de la Magia. La redacción ha sido tomada de las notas de Dumbledore en Los Cuentos de Beedle el Bardo.

-El azabache de Beatriz es una piedra con propiedades inherentes particulares, que fue encontrada por Iago, un mago experto en piedras, y tratada alquímicamente por el Maestro Canches.

- Sobre el hechizo volador: Aparece en varios cuentos vascos, con algunas variantes en su formulación, pero siempre con la misma dinámica: alguien escucha a las brujas invocarlo y lo repite. Se confunde, cambia nubes por matas y es transportado al aquelarre, pero llega bastante magullado con la consiguiente risotada por parte de los brujos. Cedo la palabra a una de mis personajes habituales de otra historia, mucho más entendida, para que explique cómo opera.

"El conjuro que traslada al que lo invoca convertido en humo – y por tanto sin necesidad de escoba, polvos flú u otros mecanismos mágicos – es un encantamiento de la Tradición Vascona hoy en día en desuso por las razones que veremos más adelante. En realidad, consta de dos elementos: las palabras mágicas y el ungüento.

El sortilegio en cuestión puede pronunciarse en vascuence o en castellano con algunas variantes tradicionalmente asociadas a la concreta área geográfica del mago o bruja que lo invoque. Es suficientemente potente como para trasladar a un ingenuo (persona no mágica, muggle en inglés). Se piensa que por esa razón, sus anónimos creadores lo dotaron de lo que llamamos Auto Protección, consistente en que, si el invocador no es un mago, alterará el orden de las palabras, de manera que, al sustituir nubes por matas, se desplazará con múltiples trompicones y porrazos que presuntamente le harán desistir de repetir.

Pero al sortilegio debe acompañar el ungüento. Su fórmula original prácticamente no se emplea, porque requiere como uno de sus componentes esencials la llamada Leche de Brujas, que no es otra cosa que la secreción de los pezones de algunas recién nacidas debido al efecto de las hormonas maternas. En épocas pasadas, cuando la mortalidad infantil era elevada a pesar de la profesionalidad y los desvelos de nuestras compañeras parteras, la bruja extraía disimuladamente de la neonata fallecida el valioso líquido. Desgraciadamente, no siempre era capaz de pasar desapercibida a los ojos de los ingenuos, y de ahí la mala fama de infanticidas de las brujas (sin perjuicio de que también hubiera alguna desaprensiva). Hoy en día hemos descubierto que puede sustituirse por calostro (las primeras secreciones que preceden a la leche madura), aunque el conjuro resulta mucho menos potente. De ahí que las nuevas generaciones de brujos y brujas prefieran otros medios de locomoción, incluida la Aparición a pesar de ser más difícil e incómoda.

Tradicionalmente, cada mago o bruja le daba su toque personal eligiendo el aroma."

Catalina Muruzábal. Miembro del Colegio Oficial de Fabricantes de Ungüentos y Pócimas"

- Sobre la leche de brujas: es verdad y además se llama así. Las hormonas de la madre pasan al feto a través de la placenta. Tras el nacimiento, van desapareciendo de la sangre del bebé, pero en las niñas puede aparecer la leche de brujas e incluso manchar el pañal (realmente, una pequeña menstruación).

- El amago de Wronski: Mencionado durante los mundiales de Quidditch, resulta ser un matemático y filósofo polaco, además de presunto mago. Es casi una ironía, pues parece ser que el tal Wronski a lo largo de su vida vivió de argumentos vacíos, de compromisos profesionales inejecutables y de postulados matemáticos imposibles. Continuamente amagando, vamos.

- La fabricación de varitas: ¿qué hace Ollivander midiendo a Harry hasta entre las fosas nasales? Magia matemática, que en el Potterverso estricto es aritmancia, y en el potterverso sorgexpandido es magia cabalística, que según algunas fuentes ya la practicaba Pitágoras.

En el Potterverso sorgexpandido el fabricante más famoso en las Hispanias es Sileno Silvano (e hijos), y según él mismo hay que equilibrar el interior (sustancia mágica) y el exterior (maderas), de ahí las distintas longitudes. Curiosamente, el peso no influye para nada (Ollivander no lo menciona, y en el Ministerio tampoco las pesan).

- Clepsidra mágica: una versión anterior del giratiempo. Existen leyes para viajar en el tiempo, siempre partiendo hacia atrás. No se ha conseguido, hasta la fecha, un aparato que permita ir hacia atrás más allá de unas pocas horas. Sin embargo, según la Primera Ley Fundamental de la Crononáutica – rama de la magia que estudia el viaje en el tiempo – no se puede ir más allá del momento del propio nacimiento, pues en caso contrario podría darse la paradoja de La Imposibilidad de la Existencia (matar a tu abuelo antes de que haya engendrado a tu padre, por ejemplo).