XIII

Era una opción arriesgada, pero podía salir bien. Además, no se le ocurrió una alternativa mejor. Cadmus Peverell se apareció en un campo desierto y sembrado de trigo muy crecido junto a un camino. Siguió la senda durante un rato y, de pronto, tras una loma, contempló por primera vez la ciudad. Amurallada como todas las que había visto, pero con un importante foso natural, Toledo, la ciudad de las Tres Culturas, se dejaba abrazar por el río, como una amante zalamera. Por lo que sabía, también era la capital de aquella sociedad mágica, donde estaba la llamada Casa de las Tradiciones, de la que hablaban maravillas. Entre la multitud intentaría pasar desapercibido y a la vez informarse sobre la situación. Después, tomaría una decisión. Al fin y al cabo, solamente llevaba encima su varita y la piedra, así que, en realidad, solamente podía confiar en su magia, en su ingenio, y en su suerte.

Muy lejos de allí, en la entrada de la cueva de Zugarramurdi, lugar de reunión por antonomasia del aquelarre de Navarra, se apareció un hombre. Era muy grande, no era un brujo y estaba muy magullado. Destacaba especialmente un espléndido chichón que lucía en la sien izquierda. Estaba tan mareado que se tambaleaba peligrosamente. En aquel momento allí solamente había dos brujas.

-¡MARTÍN! – gritó Ane.- ¡MATEA, CORRE, ESTÁ HERIDO!

La otra bruja, ya entrada en años, salió de la cueva limpiándose las manos con un delantal, justo cuando el hombre se desmayaba y caía cuan largo era a las puertas de la gruta.

- ¡AYÚDAME!- gimió Ane corriendo hacia el hombre.

- Wingardium leviosa.- murmuró la bruja agitando su varita. Cual si fuera una pluma, el cuerpo del hombretón se elevó del suelo. La bruja, con precisión, le apuntó con su varita y lo metió dentro de la cueva.

Le dieron una pócima a base de tila concentrada, valeriana y anís para que durmiera y le apretaron una moneda de oro enfriada en el arroyo contra el chichón. Cayó rendido en un sueño agitado, gimiendo y sollozando de vez en cuando. Llevaba dormido unas tres horas cuando en el horizonte observaron una figura encorvada montada en una escoba. Se trataba del anciano maestro tallador, que viajaba apesadumbrado y cargado con una enorme bolsa de viaje.

- Nos ha ocurrido una desgracia.- dijo Ioannes tras tomar tierra y recuperar el resuello.- Beatriz y Iago han muerto.

- Pero ¡Cómo! - Ane, con lágrimas aflorando de sus ojos, no se lo podía creer del todo.

- El fue el primero en llegar.- dijo el maestro dirigiendo una mirada al durmiente.- Martín pilló al asesino in fraganti. Intentó detenerlo, pero se le desapareció entre las manos.

- ¿Sabéis quién lo hizo? - preguntó Matea.

El anciano asintió con la cabeza.- El brujo inglés. Cadmus Peverell mató a mi nieto y a su mujer.

- ¡Cadmus! – Ane se llevó las manos a la cara.- ¿Cómo es posible…?

- Iba tras el amuleto de Beatriz…

- ¿El colgante de azabache?

- El mismo.

- ¡No me lo puedo creer! ¿Por un amuleto de azabache matar a dos personas? ¡Con la de amuletos que se pueden adquirir en Compostela!

- Se trata de un amuleto muy particular.- dijo el viejo mientras bebía una reconfortante infusión de hierbas que le ofreció Matea.- Hace mucho tiempo, el mayor de mis nietos, Iago, encontró una piedra muy, muy especial. La talló primorosamente como una hermosa vieira, la concha que más amamos en Compostela, y pidió a un brujo de León perteneciente a la Tradición Cabalista que realizara sobre ella un hechizo muy singular. Tan singular que nunca antes lo había invocado, y así habría seguido siendo si no hubiera visto algo en él que lo convenció… Se trata de una piedra poderosa. No es un amuleto de azabache corriente.

- ¿Habéis enviado lechuzas a todas las Tradiciones? – preguntó Matea.- Si alguien lo ve…

El anciano asintió.- He traído las cosas de Martín. - dijo mientras sacaba de la bolsa un diminuto caballo ensillado con numerosos pertrechos colgando de sus alforjas, metido en una minúscula caja de madera desde la que relinchaba nervioso y devolvía todo a su tamaño habitual.

- Dentro de nada se le pasarán los efectos de la infusión- dijo Matea.

En efecto, al poco Martín apareció en la entrada de la cueva visiblemente nervioso.

- ¡LA HA MATADO! HA MATADO A BEATRIZ! ¡CADMUS PEVERELL! ¡EL MAGO INGLÉS, ESE MALDITO BASTARDO! - Martín se echó a llorar - ¡HA MATADO A BEATRIZ! ¡HACED ALGO! ¡CONVOCAD A LAS TRADICIONES! ¡QUIERO JUSTICIA! ¡JUSTICIA DEL AQUELARRE!

- Cálmate. Ya hemos enviado lechuzas.

- ¿Y?

- Es todo lo que podemos hacer… Dar parte, y esperar…- dijo el anciano.

- Puede que no lo encontremos nunca… - terció Matea.

- ¿PARA ESO OS SIRVE VUESTRA MAGIA?

- Martín, tranquilízate… - intervino Ane.

- ¿Que me tranquilice? ¿Qué pretendes? ¿Que me olvide porque él es un mago y yo no?

Ane puso la mano en el brazo de Martín. En otras ocasiones ese simple gesto había servido. Pero él se desasió bruscamente.

- No es tan sencillo. Ten en cuenta que…

- ¡Déjame en paz, bruja! ¡Vete a revolotear con tu escoba por el valle del Baztán! ¡Ya me las arreglaré yo solo!

- ¡MARTÍN!

Martín recogió la bolsa de Beatriz, asió las riendas de su caballo, montó y espoleó violentamente. Se alejó al galope sin que Ane supiera qué hacer. Se quedó apoyada en un árbol, con las lágrimas a punto de desbordarle los ojos por segunda vez.

Ioannes se acercó lentamente y se situó a su lado. Al cabo de un rato, habló.

- ¿Sabes lo que le ocurrió a la madre de los Baygorri?

Ane negó con la cabeza, con la vista todavía fija en el camino por el que Martín hacía rato que había desaparecido.

- Murió en la hoguera.

- ¿En la hoguera? – Ane miró al anciano mago y puso cara de horror.- Pero ¿no era una bruja?

Ioannes asintió.- La condesa era una hechicera francesa de renombre. Era querida por sus vasallos, que encontraban en su magia una poderosa aliada para los pesares de la vida, y temida por sus enemigos. Y estaba muy enamorada de su marido, un hidalgo navarro segundón e ingenuo. Un pariente que ansiaba el título y sus tierras se alió con unos cazadores de brujas, asesinó al marido y secuestró a los niños. O entregaba su varita, o los quemarían vivos.

Ane se estremeció.

- Como la mayoría de las madres, antepuso la vida de sus hijos a la propia y entregó su varita. Y entonces la apresaron y la ataron a un poste, y frente a ella, en postes menores, ataron a sus hijos. La abuela de los niños, una vieja bruja que vivía en la Baja Navarra retirada de casi todo fue avisada por algunos leales y consiguió rescatarlos, pero no pudo salvar a su hija ni a los ingenuos víctimas de aquella barbarie. Los niños llegaron a ver a su madre entre las llamas. Martín tenía ocho años, y Beatriz tres.

- Es espantoso.

- Fueron a vivir con la abuela y por prudencia adoptaron como apellido el nombre del lugar donde comenzaron una nueva vida.

- Supongo que nadie utilizó con ellos un hechizo de olvido…

- No. La abuela siempre había sido abiertamente contraria a ellos. Pensaba que eran como una violación de los recuerdos. Mantuvo su postura aún en un trance tan singular. No les ocultó la verdad, pero tampoco los educó en el odio.

- Siempre pensé que era una mujer notable…

- Al cabo del tiempo, el pariente fue asesinado. Era un hombre despiadado, y ya se sabe, acabó encontrando la horma de su zapato.

- Beatriz nunca me lo contó. Y Martín tampoco…

- Son penas muy profundas. Hay que estar preparado para contarlas. Este amuleto - y el viejo extrajo del bolsillo de su túnica el colgante.- a pesar de estar roto sigue conservando todo su poder.

- Creí que lo habían robado.

- Solamente se llevó un trozo de la piedra.- el anciano señaló el hueco donde faltaba un fragmento.- Se le rompió entre las manos. Como te decía, es un amuleto muy especial.- El viejo se lo tendió. Ane lo tomó entre sus manos.

- Es una Piedra de la Resurrección.

- ¿Una Piedra de la Resurrección?

- Dándole tres vueltas, traerá al difunto que quieras.

- ¿Cómo si fuera un fantasma? ¿O un espíritu?

- Más bien como un espíritu. Pero muy sólido.

Ane tendió de nuevo el amuleto al viejo.

- No. Creo que ella hubiera querido que lo tuvieras tú.

- ¿Yo?

- Si.

Ane lo miró fijamente un momento.

- Nunca sería capaz de usarlo ¿No es cruel sustraerle a alguien su vida, aunque sea la otra?

- Se les puede devolver al otro mundo. Basta con no tener intención de retenerlos. Hay algo más.- continuó el viejo.- Toda la piedra fue hechizada.

- ¿Quiere decir que el trozo que se partió también es ahora una Piedra de la Resurrección?

- En efecto.

Ane suspiró. Entonces, en el fondo, Cadmus Peverell había conseguido salirse con la suya.

- Pero no hay que olvidar que es un fragmento de la piedra principal, y que por tanto está unido a ella mágicamente.

- ¿Y?

- Y que, aunque Cadmus Peverell sabe que ahora es poseedor de una Piedra de la Resurrección, tarde o temprano querrá probarla. Y cuando lo haga, el fragmento principal dará una señal. Entonces el portador podrá averiguar desde dónde ha invocado el brujo su poder.

Ane suspiró.- Y entonces podría ir a buscarlo…

- Eso, querida, es decisión del portador.

Ane volvió a suspirar.- No. No puedo asumir esa responsabilidad. No me veo capaz.- volvió a tenderle el colgante, pero el viejo no lo aceptó.

El anciano mago fijó sus ojos negros en los ojos grises de la joven bruja.- Ane de Santxorena.- dijo.- Sólo un corazón noble y bueno sabrá qué hacer con esta piedra. - Y, montando en su retorcida escoba, el mago emprendió el vuelo. Según lo veía alejarse, Ane reconoció en él a un poderoso hechicero.

Ane penetró en el interior de la gruta, se envolvió en su capa y, con un suave CRAC, se desapareció. El valle del Baztán, su destino, estaba envuelto en la bruma. Ane se dirigió al bosque, junto al río, y encontró el árbol al que solía encaramarse de niña usando la magia, cuando ni siquiera ella misma sabía lo que era. Escondida entre sus ramas pasaba horas contemplando el camino y las gentes que lo recorrían y el bosque y sus criaturas. Ya no era una niña, y además era una bruja, así que no sintió deseos de trepar ni esconderse entre las ramas. Se apoyó contra el tronco rugoso y contempló el río. Pensó en el drama de los niños Baygorri, en el chico de doce años que conoció cuando las brujas la encontraron y la llevaron a educarse en la Tradición. Ya entonces pasaba una cabeza larga al resto de chavales, tan alegre y a la vez tan extrañamente responsable…

Una pregunta la inquietaba ¿Por qué habría pedido Iago al mago cabalista que hechizara de aquella manera tan particular la piedra? Levantó la cabeza. Desde el otro lado de la orilla, dos ciervos la contemplaban. Era una madre joven con su cervatillo, un cervatillo hembra. Un instante después, otro cervatillo, un macho, se movió nervioso entre la espesura. Los tres salieron corriendo y desaparecieron. Ane lo comprendió entonces. De haber sido un mago, Martín, con ocho años, ya habría sido iniciado cuando aquel drama ocurrió. La impotencia que debió sentir aquel aciago día seguía latente, y se disimulaba con su exceso de jovialidad y con su extrema responsabilidad. Beatriz había querido atenuar el dolor de su hermano, y el artífice del mecanismo había sido Iago. Después de lo que había pasado, no podía ni imaginar cómo sería el dolor de Martín. Y fue aquello lo que la convenció.

Resueltamente, Ane dio tres vueltas al colgante roto de azabache, como le había indicado el anciano Ioannes, invocando el nombre de Beatriz de Baygorri, y al instante se corporeizó ante ella. Era completamente sólida, a diferencia de un fantasma, o al menos eso le pareció, pero de una tonalidad diferente a como había sido en vida. No sabría explicarlo, pero resultaba como si estuviera tras una especie de aura brillante. En realidad, resultaba una visión hermosa. Y sonreía beatíficamente. Sostenía en sus manos una pequeña luz muy blanca, muy brillante y muy hermosa. Ane pensó que nadie hubiera creído que había muerto tan violentamente.

- Hola, Ane.- Saludó con su voz dulce, sacándola de la contemplación de la luz.

- Hola, Beatriz.

- ¿Dónde está Martín?

- No lo se...- Ane contestó casi llorando.- Salió hecho una furia. Supongo que pretende encontrar al mago inglés, para vengarse.

- ¡Ah! Debí haberlo supuesto.

- No pude retenerle...

- Lo creo.

- Hay que comprender. Fue horrible....- Ane no sabía cómo hablar con ella de su propia muerte.

- Ya pasó. En realidad, en esos momentos yo solamente pensaba en ella....- dijo Beatriz alzando las manos. La pequeña luz flotaba a menos de un palmo por encima de ellas.

- ¿Es un...un alma? - Ane titubeó sorprendida de su propia intuición.

- Si. El alma de mi hija. Estaba embarazada cuando Cadmus me mató, y conmigo, a mi hija nonata. ¿No es un alma hermosísima?

- Mucho.

Beatriz miraba embelesada la brillante luz entre sus manos.

- Las almas de los bebés son puras, limpias...

- ¿Que ocurre con los bebés que ...?

- ¿Que no llegan a nacer? - Beatriz terminó la pregunta por ella.

- Si. No creo que vayan al limbo.- Ane añadió sin poder quitar la vista del alma. En realidad, nunca se había planteado el asunto, pero a la vista de aquel diminuto ser de luz, no le cabía en la cabeza que pudiera ser posible semejante destino para un alma tan luminosa.

- Claro que no. Sus almas vuelven al mundo. Con los mismos padres o con otros. Son espíritus creados para vivir una vida. Así que mi pequeña, en algún momento, tendrá que nacer. No se cuando, pero tampoco importa mucho. El tiempo, donde estoy, no tiene el mismo sentido. Cuando lo haga seré su Protectora.

- ¿Su Protectora?

- Todos tenemos un espíritu Protector. Velar por un vivo es un privilegio que puede escogerse donde estoy. Yo velaré por ella cuando esté en el mundo.

- ¿Te refieres a que serás su Ángel de la Guarda?

- Algo así.– Beatriz volvió a mirar con muchísima ternura la pequeña y luminosa alma. Ane también quedó extasiada en su contemplación. Verdaderamente, aunque no supiera explicar por qué, simplemente mirarla era reconfortante.

- Pero no nos olvidemos de mi hermano. Por favor, ve a buscarlo. Te lo ruego. La venganza puede corroer el alma. Dile que estoy con Iago por el resto de la eternidad, y que soy feliz. Dile que quiero que él también sea feliz, en esta vida y en la otra.

- Iría, pero ¿Dónde está? ¿Cómo puedo encontrarlo?

- No lo se con certeza. Si aquí supiéramos todo de nuestros seres queridos no nos preocuparíamos por ellos. Pero conociéndolo, pienso que habrá ido a pedir permiso al vizconde para perseguir a Peverell.

- Sólo Dios sabe dónde está Peverell a estas alturas. Por lo menos, estará de vuelta en Inglaterra.- Suspiró Ane.

- No. Peverell era parte de un plan. No podía regresar hasta que sus hermanos no hubieran cumplido sus cometidos.

- Se enviaron lechuzas a todas las Tradiciones... nadie parece haberle visto. Es como si se lo hubiera tragado la tierra. Se oculta bien. Buscarle sería como buscar una aguja en un pajar…

- Cierto. Por eso hay que encontrar a Martín y hacerle desistir. No puede empeñar su vida en una venganza.

- ¿Y cómo podré encontrarle yo a él?

- Ningún vivo le conoce como tú.- Beatriz le sonrió de una manera significativa. Ane suspiró. Creía que le conocía. Más aún, creía que le amaba y que él, a su vez, sentía algo por ella. Hasta el momento en que la mandó a revolotear por aquel valle. Un insulto velado, pero un insulto. Una clara alusión a que había nacido en una familia de agotes, algo que no importaba a los magos, y que pensó tampoco significaba nada para él. Entonces el mundo se hizo añicos entre sus dedos. Ahora, el espíritu de su hermana le recordaba que aún le quería, a pesar del dolor, y que ella era la única que iría a buscarlo.

Nota del Texto.

Agote: gente que, por razones que no han sido hasta ahora dilucidadas, fueron discriminados durante siglos. En Navarra, vivían sobre todo en Bozate, barrio de Arizkun, en el Valle del Baztán, aunque también los hubo al otro extremo, en Roncal. No podían poseer tierras, ni ejercitar numerosos oficios, ni siquiera podían entrar en la iglesia por la misma puerta ni bautizarse en la misma pila que el resto, y tenían que casarse entre ellos. Hasta mediados del siglo XX la discriminación siguió notándose (en otros reinos se les denominó Agots o Cagots).

Feliz 2009