XIV

Toledo, finales de primavera de 1371

Una figura embozada permanecía apoyada en la pared en una callejuela, cerca de la mezquita del Cristo de la Luz. Aunque pareciera paradójico, se trataba de uno de los edificios más antiguos de la ciudad, pues ya estaba ahí en el siglo X, y, como tantos otros, a pesar del cambio de dominadores había seguido su destino religioso.

De vez en cuando, algún personaje de aspecto un tanto estrambótico aparecía por alguno de los extremos de la calleja, se detenía delante de una fachada destartalada, miraba a un lado y a otro, y de repente ya no estaba allí.

La figura embozada llevaba tiempo prestando atención, disimuladamente, a aquellas personas, hombres y mujeres, y algún niño, que pululaban por el lugar. Dos muggles pasaron ante la sombra hablando entre susurros. La sombra los siguió disimuladamente.

- … el judío Levi, que entiende de piedras, la ha tasado en dinero suficiente para aliviar la situación de la familia durante mucho tiempo…

- Y ¿dónde dices que la ha encontrado?

- En los cigarrales. Por supuesto, no dicen exactamente dónde. Pero parece que hubo un desprendimiento de tierras y la dejó al descubierto…

- ¿No han encontrado más?

El muggle negó con la cabeza. – De todas formas, no creo que se acerquen por allí en mucho tiempo. No quieren que los sigan y descubran el lugar.

- Siempre se ha sabido que tanto los visigodos como los moros escondieron tesoros en los alrededores de Toledo…

La figura embozada se detuvo en una esquina, pensativa, y después emprendió una marcha rápida por una calleja lateral.

Mientras, frente a la antigua mezquita, apareció otra figura. Al contrario que la anterior, caminaba resueltamente y a cara descubierta. Se trataba de un hombre muy grande que se dirigió directamente hacia la fachada destartalada. Se detuvo, contemplándola unos instantes sin pestañear, y después alzó el largo brazo e hizo ademán de empujar la puerta. Solo hizo el ademán, porque en realidad, la puerta se lo tragó.

- ¡Ah! – una tercera figura, un muchacho delgado y moreno, ahogó un grito al verlo desaparecer. Y, tras mirar a ambos lados para comprobar que no había ningún no mágico, cruzó la calle corriendo y desapareció tras la puerta.

- ¡Ay! – dijo el chico. Había chocado contra la espalda del hombre, que se había quedado parado justo después de traspasar la puerta, absorto en la contemplación de un patio inmenso, muy luminoso, en cuyos soportales había frases en distintos idiomas que se hablaban o se habían hablado en los reinos. El hombre se dio la vuelta con una rapidez inesperada para su tamaño.

- Ten cuidado.- dijo el hombre. Hablaba con un marcado acento franco. El muchacho se le quedó mirando, sorprendido.

- Lo…lo siento. No sabía que estaba aquí… que había alguien aquí…

- No importa.- dijo el hombre.- Pero debeguías mirar con más cuidado por dónde vas.

- Si, si señor… de veras que lo siento…

- No ha sido nada.- El hombre comenzó a caminar a grandes zancadas. El chico esperó un poco, y cuando comprobó que la gente le ocultaba, lo siguió. Tuvo que correr, porque el hombre avanzaba deprisa y él era más bien menudo. El hombretón llegó al extremo del patio, y se detuvo para leer una frase en latín. El chico también se detuvo.

-Rodrigo de Rada.... 1212. ¡Vaya! – murmuró el hombre.

El hombre siguió avanzando por el amplio corredor que se extendía tras el patio. Hacia la mitad, dos sujetos que se le antojaron centinelas acreditaban a todo aquel que quería ir más allá. El hombre se acercó a ellos tranquilamente. El muchacho aminoró el ritmo.

- Tu nombre.- dijo uno de ellos.

- Jacques de Amigaut. Soy bearnes.

- ¿Puedes mostrarme tu varita?

El corazón del muchacho empezó a latir apresuradamente. El hombre, indiferente, metió la mano en su bolsa y extrajo una vara. El muchacho tuvo que taparse la boca con la mano para no gritar.

- Hmmmmm.- dijo el guardián.- Puso la vara sobre una especie de balanza, y levantó un trozo de pergamino salido de la nada.- Haya ¿no?

- Del bosque de Irati.

- y…¿unicornio?

- Ajá. Unicornio del Pirineo. Difícil, muy difícil de capturar.

El guardián lo miró unos instantes, le devolvió la varita y lo dejó pasar.

- ¡Siguiente!

Tres o cuatro magos pasaron por el control del centinela, hasta que le tocó el turno al chico.

- ¡Siguiente!

El muchacho se quedó clavado en el lugar.

- ¡He dicho que el siguiente!

Un brujo de malos modos le dio un empujón. - ¡Venga, que no tengo todo el día!

El chico se apresuró a sacar su varita del interior de su camisa. Mientras el centinela la verificaba, levantó la vista varias veces para ver por dónde se iba el hombre. Observó cómo se detenía tras un corro de gente, y después se encaminaba al ala sur. Cuando le dieron el pase y le devolvieron su vara, salió corriendo por el pasillo por el que el hombre había desaparecido. Cruzó delante del corro que se apelotonaba ante la Mesa de Salomón y suspiró aliviado al distinguir la cabeza del hombre subiendo la gran escalinata. Era evidente que buscaba algo muy concreto. Lo vio detener a un brujo diminuto vestido al uso de los de la tradición cabalista.

- ¿Puedes hacerme un favog?. Soy francés, y estoy de visita. Quisiera informarme sobre la seguridad en estos reinos. Estoy buscando la oficina de los verdes.- El hombre seguía hablando con un marcadísimo acento franco.

- ¡Los túnicas verdes! – dijo el mago con voz chillona.- ¡La policía mágica de los reinos!

- Eso. La policía. Me ha comprendido perfectamente.

El diminuto mago le dio una serie de explicaciones. El hombre dio las gracias y siguió caminando con paso resuelto. El chico le siguió. De pronto, el hombre se detuvo en seco y se dio la vuelta. El chico se encontró frente al hombre.

- ¡Ah! Tu otra vez. ¿Sabes por dónde está la oficina de los túnicas verdes?

El chico negó con la cabeza. El hombre le dio unas palmaditas en el hombro.

- ¿Por dónde me han dicho...? ¡Ah! ¡Por ahí! – y resueltamente se dirigió hacia una sala a la que iban a parar numerosos corredores. Tomó el situado más a la izquierda y fue mirando las puertas. Se detuvo ante una de brillante color verde y dio unos golpecitos. La puerta se abrió sola y el hombre avanzó hacia el interior. El muchacho se dio prisa, extrajo su varita del interior de su camisa, pronunció unas palabras mágicas sobre su cabeza, y desapareció de la vista. Por los pelos pudo colarse tras la puerta antes de que la cerraran. El corazón le latía con fuerza. Tras la puerta, había una sala larga y estrecha, con mesitas en las que magos con túnicas de un verde chillón trabajaban. Sentado frente a una de ellas estaba el hombre, ya enfrascado en una conversación con una bruja.

- ... un tal Cadmus Peverell...- decía.

- Es un asunto reservado, de momento.- Contestó la bruja.

- Tengo entendido que asesinó a dos personas.

- Parece que mató a un brujo, pero hasta que no se le capture y se compruebe su varita, no se podrá confirmar.

- ¿Y la mujer?

- Estrangulada. Pudo ser obra suya o no.

- ¿No hubo testigos?

- Un NoMago, pero esos, ya se sabe. No cuentan. Ven lo que quieren ver, o no saben lo que ven. Puede tranquilizar a sus superiores. Los reinos son seguros.

El chico alzó las cejas asombrado, aunque nadie le podía ver. El hombre se despidió de la bruja, se levantó, dio media vuelta y se marchó a grandes zancadas. El chico le siguió corriendo. De milagro evitó chocar con un brujo despistado que caminaba leyendo un largo pergamino.

- ¡Maldita idiota! – oyó decir al hombre cuando estaban fuera. Y lo vio caminar otra vez a buen paso.

- Finite incantatem.- murmuró.- Y visible de nuevo volvió a correr detrás de él. Pero el hombre se alejaba demasiado deprisa. Estaban en una zona desierta, y al muchacho le dolía el costado. Ya no podía más.

- ¡Martín! – gritó el chico.

El hombretón se dio la vuelta súbitamente - ¿Cómo has dicho?

- ¡Martín de Baygorri!

- ¿Cómo diablos sabes ese nombre?

- ¡Mírame bien! ¡Soy Ane! De todas formas, con el tamaño que tienes, aunque pongas acento franco es difícil disimular...

Martín se acercó, se inclinó hasta que sus ojos negros se situaron a la misma altura que los del chico.

- No te pareces mucho a una mujer. Y mucho menos a la mujer que dices ser.

- Claro que no. Es una apariencia obtenida mágicamente con una poción que se llama multijugos.

- Tienes bigote. Y nuez. Y te salen gallos al hablar. ¡Pero si ni siquiera has terminado de cambiar la voz!

- Tengo la apariencia de un chico de quince años. Pero sigo siendo yo. La que te hechizó las botas sin querer cuando tenías trece años y se te volvieron pequeñas mientras las tenías puestas. La que te volvió locos los renglones de aquel libro que te había prestado el monje y pensaste que no veías bien.

El hombre alzó las cejas sorprendido.

- Pues te faltan unas cuantas cosas que me gustaban bastante. Y por el contrario seguramente tienes algunas otras que casi no quiero ni saber… ¿Por qué diablos pareces un hombre?

- Porque si me hubieras reconocido habrías huido de mi o habríamos discutido...

- Seguramente. ¿Qué haces aquí?

- Tengo el amuleto de Beatriz. Me lo dio el maestro Freixo después de que te marcharas y yo… - dijo sacando del bolsillo el colgante de azabache.

- ¡Guarda eso!

Ane volvió a meterlo en el bolsillo.

- No, mejor cuélgatelo. En un bolsillo lo puedes perder. Estará mas seguro en el cuello.- Ane hizo lo que le decía con rapidez, y lo metió dentro de la camisa.

- ¿Por qué no salimos de aquí y vamos a algún lugar más tranquilo para hablar?

Martín suspiró.- No parece que pueda hacer mucho de momento con esos obtusos. Bueno, vamos a salir de este caserón. Por aquí también tiene que llegarse al patio...

- ¡Espera! ¡Mejor volver por dónde hemos venido!

- ¿Por qué? Por aquí es más corto.- Y resueltamente se metió por un pasillo muy ancho decorado hasta la saciedad con tapices que representaban, en su totalidad batallas. Martín se detuvo para contemplarlos. Los personajes se movían y hacían gestos como de estar vociferando. Martín se rascó una oreja.

- Parece que tengo un ligero zumbido en el oído...- Se dio la vuelta y vio a Ane con las orejas tapadas con ambas manos y un gesto de visible incomodidad.

- ¡¿Zumbido?! – dijo ella casi gritando.- ¡Es un estruendo! ¡Vámonos! ¡Rápido! – y se lanzó corriendo hacia el otro extremo. Martín la siguió.

- ¿Por qué hacían tantos aspavientos?

- ¡Es el corredor de los energúmenos! Representa batallas en las que han participado los reinos. Los tapices están embrujados. Si detectan a un mago o bruja cuyos antepasados intervinieron, los del otro bando le abuchean. Si tiene antepasados en los dos bandos, como suele pasar, todo el tapiz le abuchea. Nadie se libra...

- ¡Ah! Y ¿Por qué?

- Para recordarnos la neutralidad acordada entre los magos de los reinos en 1212.

- La que proclamó el tal Rada que aparece en el patio de la entrada...

- Ese fue el principal artífice, sí...

- Interesante...

- Y tu ¿Sólo has oído un zumbido?

- Si. Molesto, pero soportable. Será porque no soy un mago. ¡Vaya! ¡Ahora no hay nadie delante de la mesita!.

- ¿Mesita? ¡Esa es la Mesa de Salomón!

- ¿La famosa mesa? ¡Pero si es una pequeñez!

- Se han corrido muchos bulos...

En efecto, había leyendas que decían que era de oro macizo y tenía cien patas llenas de perlas y piedras preciosas incrustadas. En cambio, era una mesa redonda y pequeña, una especie de velador, hecha de madera de acacia. La única ornamentación eran unas láminas de pan de oro muy finas en las patas que dibujaban una preciosa y delicada filigrana. El tablero, en cambio estaba muy gastado, rayado y viejo. Ambos posaron la vista en él. Entonces Ane sintió un súbito calor en el cuello.

- Está aquí…- dijo

- Si. En los cigarrales. Míralo.

Martín señaló al tablero. Ane miró y también lo vio. Los dos vieron en el fondo del tablero desgastado a Cadmus Peverell caminando por el campo toledano.

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Cadmus había oido hablar de tesoros escondidos por los ingenuos, primero los cristianos cuando los moros invadieron la península, y después por éstos cuando los cristianos reconquistaron Toledo. Unas cuantas joyas eliminarían de un plumazo su precaria situación, así que, se alejó de la ciudad y cruzó el río por uno de los puentes. Se encontró entonces en uno de esos campos que los lugareños llamaban cigarral. Allí sacó la piedra del bolsillo y le dio tres vueltas, invocando a alguno de los guerreros que habían escondido un tesoro. Y ante él, apareció un hombre vestido a la usanza de los moros.

- Shalam, poderoso hechicero.- dijo el espectro con una inclinación. Parecía muy sólido, pero a diferencia de lo que recordaba de la dama, era gris plomizo, y parecía como oculto tras una especie de velo translúcido invisible.

- La paz sea contigo, espíritu. No pretendo retenerte. Solo quiero que me digas dónde se oculta un tesoro.

- ¿Un tesoro?

- Se que por aquí se oculta un tesoro.

- En la cueva de Hércules. Allí.- señaló el espíritu.- Un tesoro fastuoso, ciertamente. Pero está bien guardado.

- ¿Algún hechizo lo protege?

- No. Pero está en lo profundo de la cueva. Es difícil recorrerla sin perderse…

- Lo conseguiré. Gracias espíritu. Puedes desaparecer.

- Pero… - el espíritu se desvaneció. No le dio tiempo a advertirle de qué era lo que guardaba el tesoro.

"Los muertos cooperan bastante bien".- pensó Cadmus con satisfacción. "Mejor. Así el ejército de no vivos del príncipe será muy disciplinado". Y emprendió la marcha hacia el lugar señalado por el espíritu. Estaba seguro de que conseguiría una piedra preciosa, o dos. Lo suficiente para adquirir una serie de cosas, material básico para un mago en apuros como él. Si había suerte, tal vez podría llevarse algunas monedas o joyas adicionales que permitieran mejorar su patrimonio. Animado, caminó por el monte hasta que encontró el lugar escarpado en cuya parte superior había una boca de gruta apenas visible, sobre todo si uno no era un mago.

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- ¡Vamos! – dijo Martín tendiéndole la mano. - ¡Lo atraparé y lo entregaré a esos romos! ¡Para que luego digan de los NoMagos!

- ¡Espera!

- ¿Qué pasa?

- Que se me están pasando los efectos de la poción...

Martín abrió mucho los ojos. Ante ellos, Ane, se estremeció unas cuantas veces y fue recuperando su aspecto normal.

- Mucho mejor... – fue capaz de balbucear. Ella sonrió.

- Estoy lista. Vamos.- dijo alzando su varita. Y los dos treparon por el monte.

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- Lumos.- Cadmus penetró en la gruta iluminada con su varita. Fue dejando marcas en las rocas para encontrar la salida cuando regresara con las joyas. La cueva era profunda y llena de recovecos, pero él era un mago. Al final del corredor, había una sala ancha en la que de alguna manera penetraba la luz exterior, y en el centro de la misma, un cofre roto por el que asomaban piedras preciosas enormes. Cadmus sonrió satisfecho. Pero entonces observó una sombra en el suelo. Eran las fauces de una enorme serpiente.

- ¡Un basilisco! – murmuró horrorizado.- Pero entonces la sombra desplegó dos enormes alas como de murciélago.

- ¡Un dragón!.- gritó Martín mirando hacia abajo desde una de las aberturas superiores de la gruta.

- No. No es un dragón.- intervino Ane. El animal había olfateado a Cadmus y lo estaba buscando. El mago hacía lo posible para escabullirse, pero no era nada fácil. El animal se había situado en la entrada del corredor por el que había entrado.

- ¿Qué es, entonces? – preguntó Martín.

- Un cuélebre. Una serpiente alada. Son típicos de la zona de la Tradición del Norte. Nunca pensé que tan al sur pudiera haber alguno. Son muy ponzoñosos y capaces de comerse a un hombre entero.

Martín desenvainó su espada.

- Entraré a por él, lo libraré de esa bicha y lo entregaré a los pazguatos esos de los trajes verdes…

- Iré contigo.

- Ni hablar.

- No podrás vencer con esa espada. Es una criatura mágica.

- Dime cuál es su punto débil.

- La garganta. Pero ya te he dicho que con una espada es inútil.

- Escúchame bien. No consentiré que entres ahí y te pongas en peligro.

- Escúchame tú. No tienes ninguna posibilidad sólo. Así que, decide. O lo dejas a merced del cuélebre, o me dejas ir contigo.

- Entonces me quedo aquí y que le aproveche a la bicha.

En ese momento la tierra tembló y se abrió un boquete bajo sus pies. Sin poder evitarlo, cayeron a lo profundo de la gruta. El animal olisqueó el aire y se percató inmediatamente de que había mas gente.

Martín alzó la espada.

- ¡Dime cómo se vence a esa bicha! ¡Rápido!

- Haciéndole tragar una piedra al rojo vivo.

- Bien. Vamos a hacer una cosa. Yo la distraigo y cuando abra la boca le lanzo esta piedra. Tu la hechizas en el aire.

- Hay que tener mucha puntería y no se si....

- Yo tengo buena puntería. Acertaré con la boca. Seguro que la abre mucho al verme, como soy un bocado pequeñito...

- ¡Ja! No es momento para chistes. Yo soy la que no está segura de tener puntería.

- Seguro que la tendrás. Escucha. Quédate aquí sin moverte. La pondré a tiro. Tu apunta directamente a las fauces, y yo te diré cuándo debes pronunciar el hechizo.

Ane le miró dubitativa. Martín sonrió intentando tranquilizarla. Alzó la espada y se irguió.

- ¡EH! ¡BICHA! – Gritó. Cadmus se dio la vuelta sorprendido. El cuélebre también se dio la vuelta. Como había previsto Martín, prefirió el bocado más grande y, con un rugido feroz, se lanzó hacia él. Martín esquivó la primera dentellada con habilidad. Y también la segunda. Fue saltando entre las rocas y esquivando la boca y las alas del animal, hasta que bajó la espada y alzó la piedra.

- ¡EH! ¡ESTOY AQUÍ! ¿VAS A DEJAR ESCAPAR UN APERITIVO TAN GRANDE?

El animal soltó un enorme rugido, echó la cabeza para atrás dispuesto a embestir, y cuando se abalanzó hacia Martín este le lanzó la piedra con fuerza.

- ¡AHORA! – Gritó.

- Ignitio.- dijo Ane aferrando su varita con ambas manos. Un rayo rojo brillante salió de la punta. Por un segundo, Ane pensó que había fallado. Pero la piedra soltó un resplandor rojo y desapareció entre las fauces del cuélebre. El animal se convulsionó y empezó a dar tremendos coletazos y derribó a Martín con un golpe de ala. Comenzaron a caer rocas del techo. Ane chilló, pero en ese momento sintió una sensación desagradable en la mano. Con el otro ala, el animal acababa de pulverizar su varita. Corrió a esconderse tras unas rocas. Cuando levantó la cabeza para mirar, vio con horror una avalancha de piedras que caía sobre el cuerpo de Martín y lo enterraba.

- ¡NOOOOOOO!

Con una última sacudida terrible, el cuélebre cayó muerto haciendo retumbar toda la gruta.

Cadmus y Ane se levantaron cuando la tierra dejó de temblar. Ambos estaban magullados y cubiertos de polvo, y no había rastros del tesoro. Martín estaba debajo de un montón de piedras. Cadmus miraba fijamente el cuello de Ane. Ella se llevó la mano al pecho. El colgante estaba visible.

Camus sopesó la situación. No tendría un tesoro, pero se apañaría con dos piedras. Incluso con más, si partía la principal.

- Entrégame el colgante.- dijo con voz fría.

- Libera primero a Martín.

- Lo haré, pero antes, dame el colgante.

- No hasta que cumplas tu parte del trato.

- No estás en posición de negociar.

Ane dio un paso hacia atrás.

- No.

Cadmus se acercó lentamente, varita en ristre...

La tenía agarrada por el cuello, contra la pared, con una mano, mientras con la otra la amenazaba con su varita. La historia se repetía. Tiraba del cordón de cuero y no se rompía. Acabaría estrangulándola, igual que había ocurrido con Beatriz, y no quería que ocurriera tal cosa. Forcejearon, y estaba a punto de inmovilizarla con un hechizo cuando un enorme y furioso guerrero con los ojos fuera de las órbitas salió de debajo de los escombros y le lanzó una patada. Consiguió desaparecerse, casi sin sentido. Martín le había acertado en la entrepierna. El dolor era insoportable.

- ¡ANE! ¡ANE! ¡RESPIRA! - Martín olvidó que le dolía el pie y corrió hacia la bruja, que se había deslizado hasta el suelo medio inconsciente. La cogió entre sus brazos, desesperado. Por unos instantes que se le hicieron interminables pensó que había muerto, hasta que, de pronto, observó incrédulo como el pecho de la bruja subía y bajaba débilmente, recuperando aire y vida.

- Ane....- murmuró estrechándola fuerte contra su pecho.

Muy lejos de allí, al borde de un camino, Cadmus Peverell se corporeizó semiconsciente. El dolor no se aliviaba, y terminó perdiendo el sentido. Allí, recién caída la noche, le encontró un mago sufita, cuyo bastón tropezó con su cuerpo inerme. El mago tanteó el suelo y recogió su vara. Se desapareció con él a cuestas, y lo llevó hasta su casa.

Al Hakim Al Hussain vivía en la hermosa huerta de Ruzafa, en la margen izquierda del Turia. Había olido agua de manera poco habitual, y había intuido que algo ocurría con la acequia. Y había salido a ver. El sistema de riego de las dos márgenes del río era complejo y bien estructurado. Un atasco en la acequia era un acontecimiento grave. Si hubiese tenido mejor vista, habría contemplado a un mago inconsciente impidiendo el fluir natural del agua. Ahora el mago yacía en su camastro, mientras Mustafá Al Hassan, reputado sanador entre los magos y físico o médico entre los que no lo eran, vertía, con gesto preocupado, gotas de una poción en los pálidos labios del herido.

- Una buena coz.- dijo Al Hakim.- ¿Le ha roto los testículos?

- Casi.- Contestó Mustafá.- No se ha convertido en un eunuco, pero sus facultades viriles van a quedar, me temo, bastante mermadas. Creo que quedará estéril, y en cuanto a satisfacer a una mujer, no estoy seguro sobre si podrá.

- Vaya. Tan joven... qué pena...

- Al menos vivirá para contarlo

- Su vara no es de por aquí.

- Parece britano. O normando.

- Tiene las manos cortadas.

- ¿Un tallador?

El otro mago asintió.

- Un tallador extranjero. Me pregunto quién le habrá hecho eso.

- Tal vez un animal.

- ¿Tu crees? A mi me parece un animal humano.

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Martín subió a Ane a su caballo y montó tras ella. La sujetó con fuerza con su brazo izquierdo, mientras sostenía con la mano derecha las riendas. Dio un suave golpecito con los talones en los hijares del animal, y éste emprendió un paso suave.

Ane estaba agotada. Casi no tenía fuerzas ni para hablar, pero tenía que preguntarle algo, y, tras respirar hondo, habló.

- ¿Cómo conseguiste salir de debajo de las piedras sin un rasguño? - Casi no reconocía su débil tono de voz.

- Tuve mucha suerte. Las piedras cayeron a mi alrededor, formando una especie de pequeño muro. Cuando la gran losa se desprendió, la sostuvieron a modo de techo. Así que me quedé en una especie de minúscula habitación completamente cerrada. Empujé con las piernas por el punto que me pareció que podría ceder sin que el resto se derrumbara.

Ane estaba boquiabierta.- Parece cosa de magia.- murmuró con voz trémula.

Martín rió.- ¿Verdad que sí?

Ane no contestó.

- ¿Dónde vamos?- Preguntó al cabo de un rato.

- A casa. Vamos de vuelta a casa.

Ane se sintió reconfortada. Por fin había entrado en razón.

- Sabes...No se ha ido de rositas.

- ¿Qué quieres decir? – preguntó confusa.

- Que creo que le he reventado los cojones.

Ane se dio la vuelta y lo miró a los ojos con expresión de horror.

- ¡¿Cómo...?!

- Antes de desaparecerse le propiné una buena patada en la entrepierna. Noté en el pie algo blando que ...

- ¡No sigas!

- ¡Te estaba estrangulando! No iba a permitir que pasara otra vez... Ya he perdido a Beatriz...no podría...- Martín no fue capaz de continuar. La cara de Ane era suficientemente expresiva como para que se sintiera arrepentido de lo que había hecho. O lo que suponía que había hecho.- Lo hice sin pensar, para que te soltara...

- Ya lo se. Pero por favor, no sigas. No creo que fuera capaz de escucharlo.

- Está bien.

Cabalgaron en silencio hasta que el sol estaba bajo, ya cerca de Alcalá y Martín acampó en un refugio que usaban los pastores de la mesta durante la trashumancia. Hizo fuego y cocinó un conejo que cazó hábilmente. Comieron en silencio, aunque en todo momento estuvo atento y solícito, ofreciéndole los mejores trozos y agua de su calabaza. Después, le preparó un lecho de paja que cubrió con una manta que llevaba en sus alforjas.

De entre sus cosas, sacó la bolsa de Beatriz y se la tendió.

- Estoy seguro de que ella hubiera querido que las tuvieras tú.- dijo.- Está su varita. Es madera de haya de la selva de Irati y pelo de unicornio. Úsala.

Ane, algo más recuperada, miró la varita unos instantes, y después la cogió. Dio varias vueltas al refugio recitando una letanía de embrujos en latín, en romance navarro y en vascuence, para dejar el lugar protegido, por si acaso. Martín la contempló sin decir nada, pero sin quitarle la vista de encima.

Cuando ella se echó a dormir, él se envolvió en su capa y se tumbó junto a la puerta. La escuchó dar vueltas.

- ¿No puedes dormir?

- Tengo frío.

- Ven aquí.

Ane se acercó envuelta en la manta. Martín extendió su capa y le hizo un gesto. Ane se tumbó junto a él. La arropó con su capa y la acercó a sí. Ane notó que la capa desprendía un agradable olor a lavanda. Seguramente Beatriz le había cosido saquitos por dentro, para perfumarla. Era muy propio de ella. Pegada a Martín, arropada con el calor que desprendía su corpachón y embriagada por aquel olor tan familiar, se encontró mucho mejor y se fue amodorrando. Cuando estaba casi dormida notó cómo él, suavemente, la besaba en la frente.

- Lo siento mucho, Ane. Siento muchísimo todo lo que te dije...murmuró él muy bajo.

- Lo he olvidado.- contestó ella.

- Creí que estabas dormida.- dijo él sorprendido.

- ¿No querías que lo oyera?

- No creo que merezca tu perdón.

- No seas bruto.- contestó ella acurrucándose más cerca.

- Hoy ha sido la tercera vez en mi vida que he lamentado no ser un mago…

Ane sonrió, aunque en la oscuridad él no podía verla. Sabía cuáles habían sido las otras dos veces. Aquello era la mejor declaración posible. Agotada, pero tremendamente feliz, posó su mano en el pecho de Martín, a la altura del corazón.

- Ane, el merino de Tudela necesita gente…podríamos ir allí...es un cambio de aires que..- Pero Ane no contestó. Estaba profundamente dormida. Martín no se movió. No quería que aquel instante pasara. Se había quedado dormida abrazaba a él. Deseó que siempre, siempre, Ane se durmiera así, en sus brazos.

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Cadmus despertó a la mañana siguiente. Al Hakim tomó una silla y se sentó a su lado.

- Puedes hacer dos cosas.- dijo.- Puedes jurar quedarte conmigo y ayudarme en mi trabajo de jardinero, hasta que muera. Entonces podrás marcharte y además te quedarás con mis cosas. O puedes elegir que te entregue a las Tradiciones para que te juzguen y te condenen.

- ¿Un juramento?

- Un Juramento Irrompible.

Cadmus se estremeció. El brujo sonrió.

- Pero por partida doble, para que veas que soy hombre de honor.

La opción estaba clara.

- ¿Quién oficiará...? – Preguntó.

- Mustafá Al Hassan, por supuesto.- dijo el mago con una gran sonrisa.

Fin de la Segunda Parte

Notas Varias:

- Rodrigo de Rada: Inspirado en Rodrigo Ximénez de Rada, que exhortó a la unidad de los reinos cristianos antes de la batalla de Las Navas de Tolosa.

- Túnicas Verdes: Inspirado en la policía que crearon los Reyes Católicos, los Mangas Verdes. Adquirieron tal fama de llegar muy tarde, que en ellos se inspiró la frase hasta hoy conocida de "A buenas horas mangas verdes".

Felíz noche de Reyes Magos