Tercera Parte: El invierno de 1371-72
XV
Inglaterra, noviembre de 1371
- Así, así...¡Muy bien! ¡Esta niña es listísima! – Agnes Prewett estaba entusiasmada con su sobrina adoptiva Catriona Peverell. Meg Sprout alzó las cejas mientras removía el caldero en el que se cocía una sopa de pescado que desprendía un olor la mar de apetitoso. Catriona era un bebé de ocho meses, y aunque efectivamente estaba bastante espabilada, era evidente que Agnes exageraba. Y eso que a Agnes no le gustaban nada los niños. Incluso proclamaba a los cuatro vientos que no se había casado para no tenerlos.
- ¿Dónde está su madre? – preguntó Meg.
- Ha ido al pueblo. Es día de mercado y ha terminado bordados.
Maud, la madre de la pequeña Catriona, era una bordadora muggle, abandonada por el padre de su hija justo cuando ésta iba a nacer. Se había quedado a vivir con Agnes Prewett, la bruja solterona que la recogió cuando estaba de parto, sola y completamente aterrorizada. Agnes había insistido en ser la bruja madrina de la niña, la cual ya había dado precoces muestras de haber heredado la condición mágica de su papá.
- ¿Sabes? – dijo Agnes acercándose a probar el guiso– Hace meses que nadie ha visto a los Peverell...hmmmmm...sí, le queda muy poquito para estar listo...
- ¿Insinúas que se esconden?
- Creo que no están en Inglaterra.- dijo Agnes mientras bajaba el fuego con un toque de varita. La pequeña Catriona, sentada en una trona, palmoteó encantada al ver la magia.
- ¿Se han marchado? ¿Los tres?
- Si. Y creo que esa paciente tuya, esa Slytherin...¿Cómo se llama?
- ¿Te refieres a Meguera Slytherin?
- Esa. Meguera Slytherin. Creo que sabe algo...¡Esto está listo! ¡Voy a servirte un buen plato de mi famosa sopa de pescado!
- ¿Por qué?
- ¡Porque lleva lo mejor de lo mejor, porque soy una excelente cocinera y porque es la hora de comer! ¡No me digas que me vas a hacer el feo de no aceptar mi sopa!
- No, no me refería a tu sopa. Estoy deseando probarla. Preguntaba que por qué crees que Meguera Slytherin sabe algo.
- Porque corren rumores... Vieron a los Peverell juntos por última vez en el castillo de Ethan, que por si no lo sabes pertenece al Príncipe John de Gaunt. Y ¿sabes quién se dice que es el padre del hijo que espera Meguera?
- No cotilleo con mis pacientes sobre los padres de sus criaturas. Eso es cosa de ellas.- Y se introdujo una buena cucharada de sopa.- Excelente...
- Pues un tal Mortimer de Gaunt. Lo conoces ¿verdad?...Ya te lo dije...
- No me habías mencionado nunca a ese tal Mortimer. ¿Es pariente del Príncipe?
- Ya te dije que mi sopa era excelente... Mortimer de Gaunt es un hijo bastardo del Príncipe. Y lo más importante. Es de los nuestros.
Meg no contestó. Meguera solamente había aparecido sola en su consulta la primera vez, cuando le confirmó que estaba embarazada y que todo iba bien. Desde entonces, un hombre la había acompañado todas las veces. Se quedaba fuera, esperando, y cuando salía, le saludaba con la cabeza y se desaparecía con ella.
- Perdona.- dijo Meg. Se había puesto muy pálida. - Tengo que vomitar.- Y sin más Meg salió al exterior. Volvió a los pocos minutos, con mucho mejor aspecto.
- ¿Tal malo es mi guiso? – Agnes preguntó preocupada.
- Tu guiso es estupendo. Habría vomitado aunque hubiera tenido el estómago vacío.
- ¡Oh, no! ¿No me digas que....?
- Pues si.
- ¡No hace ni un mes que te casaste!
- Una se queda embarazada en una y solo una de las veces que lo hace.
- ¡No me refería a eso! ¿Qué van a decir las mujeres que te piden remedios para no preñarse?
Meg abrió mucho los ojos.
- No veo qué tiene que ver. Seguirán acudiendo a mi, como siempre...
Agnes negó con la cabeza.
- ¡Quién iba a decirlo! ¡Con lo tímido que es tu marido!
Meg volvió a alzar las cejas.
- De nuevo, no veo qué tiene que ver.
- Pues que ahí le tienes. En el corto espacio de cinco meses Philip ha tenido arrestos para cortejarte, llevarte al matrimonio y dejarte preñada prácticamente en el tálamo nupcial.
- ¡No te metas con Philip!
- No, si no me meto con Philip. Me meto contigo, Meg Sprout, o mejor dicho, Meg Longbateau. Tu, una mujer resuelta, joven, competente en su profesión de partera, independiente... ¡Mirate! ¡Vas camino de llenar tu casa de pequeños Longbateauz...Longbataux...Longbottoms...¡Augh! ¡Me has puesto nerviosa!
- ¡Agnes! ¡Sólo espero un bebé! ¿Qué se supone que hay de terrible en que una mujer espere un hijo?
- Nada...nada... Solamente que no se si has pensado en que de ahora en adelante cualquier cosa que decidas estará condicionada por el bebé. No podrás hacer lo que te venga en gana sin más ni más nunca más.
- ¡Eso ya lo sopesé cuando me casé! Por si no lo sabías, el matrimonio implica justamente eso. Pensar en el otro antes de tomar decisiones de cierta importancia. Me parece que estoy averiguando por qué realmente no te casaste. No es que no te gusten los niños, es que quieres hacer siempre tu santa voluntad...
- Puede....
- ¡Cuidado!
Meg cogió al vuelo un tazón antes de que se estrellara contra el suelo.
- Creo que deberías dar de comer a la niña. Parece que tiene hambre.
- ¡Catriona! ¡No se tira al suelo la vajilla de la tía Agnes! ¿Se lo has dado tu?
Meg negó con la cabeza.- Estaba en el estante. Lo ha hecho levitar ella solita.
- ¿Ves cómo tengo razón? ¡Tiene talento! ¡Con mi supervisión, se hará una gran bruja!
Meg no dijo nada. Pensó que, si efectivamente Cadmus Peverell era el padre de la niña, entonces no podría negarse que había sangre mágica de talento en sus venas.
- Así que sigues buscando a Cadmus Peverell...
- Abandonar a la madre de tu hija a punto de dar a luz no tiene nombre...
Ocho meses atrás, Meg había respondido a un comentario semejante que los hombres eran así. Esta vez guardó silencio. Estaba absolutamente segura de que Philip no haría nunca cosa semejante.
- ... además es una niña para estar orgulloso de ella...
- Sigo sin ver qué me quieres decir con todo eso del príncipe John, su presunto hijo Mortimer y los Peverell...
- ¡El matrimonio te ha vuelto de revés las meninges! ¿O es el embarazo?
Meg pensó que el embarazo debía tener algo que ver, porque en condiciones normales habría respondido airada. En cambio, mantuvo la calma y pensó antes de hablar.
- El príncipe Juan tiene un bastardo que es un brujo, hasta ahí no hay mucho de particular. El mundo está lleno de bastardos, sobre todo de la nobleza y la realeza. El mismísimo rey Guillermo era un hijo bastardo....
- De donde se puede concluir que el príncipe tiene sus aliados mágicos. Ya sabes que los gobernantes siempre quieren tener a los magos de su parte.
- ¿Y?
- El príncipe está casado con una infanta de Castilla.
- ¿Y?
- ¡Se hace llamar Rey de Castilla!
- ¿Quiere ese reino?
- ¡Lo vas entendiendo!
- Pues no. No entiendo cuál es la relación de todo lo que me estás contando ¿Por qué no me resumes todo en lugar de darme trocitos y esperar que yo arme el rompecabezas? Tardaríamos menos. Piensa que tengo que irme dentro de poco. Tengo a una paciente citada.
- ¡Definitivamente, el matrimonio es malo para las brujas!
- ¡Agnes!
- Está bien, está bien. Se rumorea que el príncipe quiere involucrarse más activamente en la guerra con Francia. Ya sabes que la guerra con Francia en realidad es un conflicto más complejo. El rey de Navarra entra y sale del mismo, el Príncipe Negro cosechó una gran victoria en un sitio llamado Nájera, en el reino de Castilla... En fin, que todo el que puede mete baza cuando le interesa para intentar sacar tajada. El príncipe quiere ser rey, así que se está inmiscuyendo más activamente para intentar hacerse con el trono del reino de Castilla y León. Los Peverell, nadie que los conozca lo niega, son magos de talento. Pero también son ambiciosos. Se rumorea que el príncipe los ha enviado a una misión en tierras lejanas, una misión que consiste en encontrar tres objetos mágicos legendarios que le harían invencible.
Meg había terminado su sopa. De buena gana se habría tomado otro plato, pero ya era tarde y tenía que marcharse.
- Así que piensas que Cadmus Peverell está fuera de Inglaterra en una misión encargada por el mismísimo Príncipe John, y que si regresa lo hará con un artefacto mágico importante....
- Si. Y entonces el príncipe lo hará rico y noble. Y entonces alguien debería recordarle que tiene una hija....
- Ya veo por dónde vas... De todas formas, todo eso son rumores....
- Muy bien fundados, Meg Sprout...Longbotton.
- ¡Longbateau!
- ¡Longbotton suena más inglés!
- ¿Y cuales son las fuentes de esos rumores, si puede saberse?
- Muy, pero que muy buenas fuentes.
Meg no insistió. Era tarde. Seguro que su paciente ya la estaba esperando. Paciente que no era otra que Meguera Slytherin.
- Me tengo que marchar ya.- dijo levantándose.- Continuaremos esta conversación otro día.
- Por supuesto, Meg Longbotton.- dijo Agnes mientras introducía una cucharada de gachas en la boca de Catriona.
- Longbateau.- dijo Meg mientras salía.
- Longbotton...- contestó Agnes. Meg ya había cerrado la puerta tras de si.
- ¡Oye! ¡Eso no se le hace a la tía Agnes!.- La pequeña Catriona había escupido las gachas y la había manchado entera.
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- ¿Y bien? – preguntó Meguera.
- Todavía nada.- contestó Meg aplicando la oreja al barrigón de Meguera. Acababa de palpar la posición del bebé constatando que se encontraba todavía muy alto.
- Pero ¿No tendría que haber nacido hace una semana? ¿Seguro que va todo bien?
Meg Sprout levantó la cabeza. – Los bebés nacen cuando les da la gana.- contestó.- No es cuestión de aritmancia. Y tranquilízate. Está estupendamente.
- Pues será por eso por lo que no quiere salir. Pero yo estoy muy pesada, tengo un calor horrible, no duermo y tengo las piernas y los pies muy hinchados. Y eso sin contar que hace meses que no me veo los pies.
Meg sonrió.
- Todo es normal. No te inquietes.
- ¡Quiero parir de una vez!
- Si dentro de otra semana no te has puesto tu sola, te provocaré el parto.
- ¿No será peligroso?
- ¿En qué quedamos?
- ¡Oh! ¡Perdona! Tu eres la experta...
- Mira, el bebé está muy bien ahí. Pero si pasada una semana no se decide lo mejor es darle un empujoncito. Podría volverse muy grande.
Meguera tragó saliva, pero no dijo nada. Meg le había recalcado dos cosas desde el principio. La primera, que la única que no podía permitirse el lujo de perder el control cuando llegara el momento era ella, y la segunda, que debía confiar en su partera. Y Meg Sprout, Meguera lo reconocía, era una excelente profesional.
No habían coincidido en el castillo de Hogwarts, pero aunque lo hubieran hecho, no habrían hecho amistad, porque Meguera Slytherin era la descendiente del mismísimo Salazar, la reina indiscutible de su casa, y además una bruja de talento. Glamour y poder. En cambio, Meg Sprout era una hufflepuff grande, de cabellos rojizos, ojos azules y tez sonrosada, nunca excesivamente preocupada por su apariencia, aunque siempre muy limpia. Profesionalidad y discreción. Pero, a raíz de su embarazo, Meguera había confiado en Meg, y ambas habían entablado una curiosa relación.
Mortimer la esperaba fuera, bajo la nevada. Tenía el pelo medio blanco, lleno de copos de nieve. Hizo una inclinación de cabeza hacia Meg, como siempre, y se desapareció con ella.
Meg volvió al interior de su casa. Se quedó pensativa unos instantes y después se dirigió al dormitorio. Sacó su varita.
- Aparitio.- murmuró. Y en su mano se corporeizó un libro pequeño. Meg se sentó en la cama y lo abrió. Era el diario de partera de su madre. Meg no era partidaria de llevar esos diarios, porque mezclaban datos profesionales con cosas personales, tanto de la partera como de sus pacientes. Pero en esos momentos pensó que podía ser información útil. Ojeó entre las páginas. Tenía tiempo de sobra hasta que Philip regresara para encontrar lo que buscaba.
- La duquesa de Kent...- murmuró.- ¡Ajá! - Y se dispuso a leer.
