XVII
- ¿Hermano Judas? – . El joven hermano Serafín golpeó con los nudillos la puerta de la celda del fraile-. El Prior quiere verte-. Dijo con voz atiplada y nerviosa. Fray Judas suspiró. Durante un buen rato había permanecido de rodillas sobre el frío suelo de su celda, desnudo, golpeándose la espalda con una correa de cuero mientras contemplaba, sin retirar la vista ni por un instante, dos trozos largos de madera que yacían desde hacía mucho tiempo en el hueco que con sus propias manos había cavado en el suelo.
Se levantó trabajosamente, se echó el hábito de arpillera por encima del cuerpo, colocó la loseta que ocultaba la madera y abrió la puerta. El hermano Serafín no pudo reprimir una expresión de asombro al contemplar el rostro rojo y sudoroso del bibliotecario, pero entendió y no preguntó nada. Se iba habituando, aunque todavía era demasiado joven para mostrar naturalidad ante aquellas formas de penitencia.
- ¿Sabes por qué me convoca? – preguntó el Hermano Judas al joven novicio. Juntos avanzaban bajo los soportales del claustro, camino de la celda del Prior.
- No tengo idea, hermano-. Contestó el muchacho. "No, claro. No era lo habitual que el Prior fuera contando a sus emisarios las razones por las cuales llamaba a éste o aquel fraile a su presencia", reflexionó Fray Judas, Ferdinand Fortesque en el mundo, y sintió un repentino escalofrío cuando pasaban ante un capitel que representaba la figura apocalíptica de un dragón de siete amenazadoras cabezas. El hermano Serafín no se percató de ello.
- Hay un monasterio en el continente cuyo hermano bibliotecario está muy enfermo y teme que la fecha para reunirse con el Creador esté próxima-. Dijo el Prior cuando lo tuvo ante su presencia.
- ¿Me mandáis al continente?
- A Normandía. A Mons Sancti Michaeli in periculo mari, aunque la gente lo conoce como Mont Saint Michel. Está en un lugar privilegiado, un promontorio que queda como una ínsula cuando sube la marea. Y tiene una importante biblioteca.
- Perdona, hermano Prior, pero ¿no es más habitual que se elija un nuevo bibliotecario entre los hermanos del Monasterio?
El Prior le dirigió una mirada enigmática.
- Prestaste voto de obediencia, hermano. Y la orden quiere que seas el próximo bibliotecario de Mont Saint Michel-. Cortó en seco.
- Perdón, hermano Prior. No era mi intención cuestionar lo que se me ordena. Simplemente, tenía curiosidad...
- La curiosidad es peligrosa. Puede inducir al pecado. Harías bien en hacer penitencia, como medida preventiva.
Fray Judas suspiró.- Sí, hermano Prior-. Contestó con docilidad.
- Te dirigirás a Dover y embarcarás en cuanto el tiempo lo permita. Partirás inmediatamente, mañana después de vísperas. Ya lo he dispuesto todo.
Fray Judas regresó cabizbajo y pensativo a su celda. Prácticamente ninguno de sus compañeros del convento conocía su identidad en el mundo, mucho menos su condición de mago renegado. Meditó que debía tratarse de un castigo del Señor por su iniquidad, puesto que él aborrecía el mar y se había jurado a sí mismo que jamás en la vida pondría los pies en la cubierta de una nave. Tenía poco que empacar, aunque solamente le preocupaba una cosa. Pero no la abandonaría, porque tenerla frente a él, partida en dos trozos, era su permanente calvario. Su varita rota le obligaba a recordar que debía ser humilde porque le ponía frente a su propio pecado. Lo que el prior no le había dicho era que el Rey, de vez en cuando, se veía obligado a ordenar a los monjes del monasterio que tomaran las armas para defender tanto el monasterio como el pequeño pueblo que se asentaba en sus laderas, puesto que en el permanente y complicado conflicto de la Guerra de los Cien años, de vez en cuando los franceses, por alguna razón misteriosa, intentaban tomarlo al asalto. La presencia de un mago, aún a sabiendas de tratarse de uno con los conflictos de conciencia de Fray Judas, era una aportación valiosa. Y en eso, tanto el Prior como otros interesados, incluido el Rey, estaban de acuerdo.
El invierno no era la época más propicia para la navegación, aunque solamente se tratara de cruzar el canal. Generalmente, las naves languidecían en los puertos a la espera de la primavera, y solamente los más experimentados o los más temerarios pilotos se atrevían a hacerse a la mar. Fray Judas había pensado que aún tendría que aguardar bastante tiempo hasta encontrar un barco que le trasladara pero, para su sorpresa, en el puerto había una inusitada actividad. El monarca aprovisionaba algunas de sus posesiones inglesas en Francia. Algo se cocía. Suspiró apesadumbrado y se dirigió hacia dos soldados del rey que parecían guardar la entrada a los muelles.
- Parece que hay nubes en lontananza.- estaba diciendo uno de ellos.- ¿Qué quieres, fraile? – preguntó, en un tono un tanto irreverente, cuando se percató de su presencia. Fray Judas no quiso darse por aludido.
- Busco un barco que haga la travesía hasta Normandía.- contestó de buena formas.
Entonces, un tipo grandote se aproximó. Fray Judas sintió cómo el corazón incrementaba frenéticamente el ritmo de sus latidos. El conocía a aquel tipo.
- ¿Fortesque? ¿Eres Fortesque? ¿No me reconoces? – Philip Longuebateau se aproximó sorprendido. No esperaba encontrarse con otro mago en aquel lugar, mucho menos vestido de aquella guisa.
- ¡Claro que te reconozco! Eres Philip Longuebateu, de Gryffindor.
- ¿Qué haces vestido de fraile?
- Soy un fraile. Ahora soy el hermano Judas.
Philip alzó las cejas asombrado.- ¡Vaya! ¡Esto sí que es una sorpresa! No tenía ni idea... ¿Es que quieres viajar ?
- En efecto. Me envía el Prior de mi, hasta hace nada, monasterio, a otro en Normandía. Al parecer, necesitan un nuevo bibliotecario.
- Siempre te gustaron los libros y las bibliotecas. ¿Por eso te metiste a fraile? ¿Para estar entre libros?
- Para expiar mis culpas y alcanzar la redención por obra de la infinita misericordia del Creador.
Philip volvió a levantar las cejas. No quiso caer en la indiscreción de preguntar, pero él recordaba a un compañero de estudios muy ducho en historia, un muchacho alegre y sociable de la Casa Hufflepuff que nunca hizo daño ni a una mosca. ¿Qué culpas podría tener alguien como él? Fortesque le miró fijamente durante un instante.
- Espero que encuentres la paz.- murmuró, aunque en el fondo tenía serias dudas. Al menos, en lo tocante a la paz física, porque todo el mundo sabía que Francia era un inmenso campo de batalla.- ¿Puedo ayudarte?
- Debo embarcar en el primer navío que se dirija a las tierras del rey en el continente.
- Pues estás de suerte. Estamos preparando ese barco -. Y señaló una embarcación próxima-. Zarpará inmediatamente, en cuanto terminen de cargarlo y le aplique los últimos hechizos para reforzar su flotabilidad.
- ¿Te dedicas a hechizar los barcos de los muggles?
- Es lo que siempre hemos hecho en mi familia, desde antes de que un antepasado llegara navegando con el Rey Guillermo.
- ¡Ah! ¡Sí! Eso se dice del Rey Guillermo, que empleaba magos en su flota.
- Pues, como ves, sus descendientes siguen haciéndolo.
- Creía que los reyes ya solamente empleaban astrónomos, y algún que otro adivino, generalmente bastante mediocre...
- ¡Ah, Fortesque! Sin duda sabes mucho de Historia pasada, pero el presente es el presente, y los monarcas no renuncian a que sus súbditos magos les sirvan, aunque tienen una tendencia enfermiza a pedir imposibles.
- ¿Imposibles? ¿A qué te refieres con imposibles?
- A que creen que uno puede convocar o desconvocar una tormenta, por ejemplo. Puedo hechizar el casco de un buque para que algunos monstruos marinos no se acerquen, o blindar la cubierta para que no se escuchen los cantos de sirena, pero no puedo evitar una tormenta en el mar, ni proteger un buque de los piratas...
"¿Piratas?" Fray Judas sintió un vacío en el estómago. Ya de por sí le daba miedo navegar, y a eso ahora habría que añadir los riesgos derivados de los piratas. Intentó sobreponerse al horror creciente.
- ¿No sientes inquietud?- preguntó de repente a Philip.
- ¿Por lo que pueda acontecer durante el viaje? Mucha. Siempre me preocupa que llegue a puerto sano y salvo...
- Me refiero a practicar la magia.
- Somos magos ¿Qué otra cosa íbamos a hacer?
- No te engañes-. Dijo Fortesque en voz baja.- Podría citarte tanto...he sido el bibliotecario de mi abadía, el único autorizado a moverse por el laberinto de los libros.. Los otros monjes trabajan en el Scriptorium, pero solo el bibliotecario conoce sus secretos. No tienes idea de lo que nos espera. Es grande nuestra cruz...
- ¿Por qué? La verdad es que no te entiendo.
Fray Judas iba a comenzar a hablar, pero vio a un hombre justo detrás de Philip y calló.
- Bien, mago-. Philip se sorprendió mucho. Detrás de él, el mismísimo acompañante de Meguera Slytherin había interrumpido sin contemplaciones la charla que ambos mantenían- ¿Ya está dispuesto todo para la travesía?
Philip asintió.
- ¿Y este fraile?
- Desea viajar al continente.
- Puedes pagarme el pasaje. Yo soy quién fleta el barco. Son cuatro libras de oro.
- Es un precio un poco desorbitado. Y yo soy un pobre fraile.
Mortimer de Gaunt alzó los hombros.
- Es lo que hay. Lo tomas o lo dejas.
- No tengo tanto dinero. El Prior de mi monasterio solamente me ha dado dos libras de oro para el viaje.
- ¿Solo dos libras? ¡Qué pocos recursos te ha entregado tu Prior! ¿Dónde está tu monasterio?
- En un lugar llamado Kingsdale.
- Lo recordaré. Está bien. Dame tus dos libras y sube a bordo. Tengo que hablar en privado con este hombre.
Fray Judas le tendió el dinero, se despidió de Philip con un ademán y marchó hacia la pasarela
- ¿Cómo te llamas tú? – preguntó Mortimer dirigiéndose a Philip.
- Philip Longuebateu.
- Un mago de los barcos.
- Si, Sire.
- ¿El fraile también es un mago?
- Eso deberíais preguntárselo a él, Sire.- contestó Philip.
Mortimer se acercó más y Philip sintió algo que se le clavaba en el costado.
- Pues yo creo que tu también lo sabes. Seguramente lo has visto antes ¿Tal vez en el castillo de Hogwarts?
Philip asintió con la cabeza.
- Muy bien, mago. Dicen los mareantes que amenaza tormenta. El capitán está poniendo pegas para zarpar. Irás con ellos. Se sentirán más tranquilos con un hechicero a bordo.
- Pero Sire, yo...
- No hay peros que valgan, salvo que quieras que te hechice aquí mismo.
Philip se encogió de hombros.
- Está bien, Sire, lo que mandéis.
- ¿Ves, Henry? – Poco tiempo después, Mortimer le decía a un joven caballero que había aparecido por los muelles.- Aprende el ejercicio del poder-. Henry de Bolingbloke, hijo de Juan de Gaunt y por tanto medio hermano de Mortimer de Gaunt, le miró con admiración. Cuando fuera señor de vastos estados lo recordaría. Como casi todos los hijos de un príncipe segundón, soñaba con convertirse en un notable señor, pero en ese preciso momento no podía ni imaginar que acabaría alzándose en el trono inglés, como Enrique IV.
Un búho real sobrevoló sus cabezas haciendo un majestuoso círculo y se posó elegantemente frente a Mortimer. Desde la cubierta un hombre le observaba. Mientras el barco recién zarpado se alejaba, Philip pensó con tristeza que no había tenido tiempo de enviar una lechuza a su esposa. Meg, su adorada Meg Y la melancolía le invadió.
Cuando Mortimer terminó de leer la misiva, apenas un par de renglones en un trozo de pergamino de la mejor calidad, las manos le temblaban de emoción.
- Debo marcharme, Henry –.Dijo a su medio hermano –.Asuntos importantes me requieren-. Y sin más, se envolvió en su capa y se alejó por el malecón dejando a su medio hermano contemplando cómo el navío se alejaba rumbo al continente.
Al cabo de poco tiempo, alguien aporreó la puerta de la casa de Meg Longuebateau con tanta violencia que las dos mujeres que estaban en la casa dieron un respingo.
- ¡Ya ha empezado! – se oyó bramar desde el exterior. Meg no reconoció la voz, pero la situación le resultaba harto familiar. Al fin y al cabo, en su profesión se repetía constantemente. No se apresuró en correr hacia a la entrada. Cuando abrió la puerta allí encontró a un nervioso y vociferante Mortimer.
- ¡VAMOS! ¡NO HAY TIEMPO QUE PERDER!- ordenó.
- Ya voy.- contestó Meg con mucha calma. No estaba dispuesta a perder los estribos por un padre primerizo, y mucho menos ahora - ¿Me acompañas? – preguntó a su madre.
- ¡Estoy retirada! - protestó Maggie mientras se levantaba y recogía su capa del gancho de la puerta en el que colgaba.- ¡Ya no tengo edad, ni vista ni reflejos para atender a quejosas parturientas! – añadió mientras se abrochaba el cuello.- ¡Y mucho menos a papás histéricos! – comentó dirigiéndose hacia la puerta, donde un rígido Mortimer continuaba apalancado -¿Qué haces ahí parada? ¡Ve a por tus cosas! – grito a Meg.
Meg parpadeó un momento y se dirigió a un armario del que extrajo su bolsa con su instrumental. Maggie le tendió su capa.
- ¿Estáis listas? – preguntó Mortimer con una expresión un tanto hastiada.- Acompañadme, entonces.
Los tres se desaparecieron con un sonoro POP. Aparecieron en lo alto de una colina desde la que se vislumbraba un pueblecito.
- ¿Dónde estamos? – preguntó Maggie tirando de la manga de Mortimer para no caerse. Se había aparecido sobre una madriguera de topos y a punto había estado de dar con sus huesos en el suelo.
- Esa es la villa de Hangleton.- contestó Mortimer desarrugándose la manga de la túnica.- Nos dirigimos a una casa fortaleza, allí...- y señaló un lugar en el extremo del valle. A continuación, sin decir nada más, Inició un descenso rápido por el camino. Meg se puso en marcha inmediatamente. Su madre tardó algo más en reaccionar. Las dos mujeres marcharon tras él.
- ¿Este es el mago del que me hablabas? ¿El bastardo del Príncipe Juan? Pues no me parece que sea aquel bebé.- jadeó Maggie cuando alcanzó a Meg.
- ¿Cómo puedes estar tan segura?.- Sus mejillas empezaban a adquirir un vivo color rojo - Es casi imposible deducir de un adulto los rasgos que tuvo de pequeño.
- Cierto. Pero este hombre tiene unos veinticinco años, y el niño debería tener ahora unos dieciocho ¿no?
- Si. Pero también es cierto que hay personas que aparentan más o menos edad de la que realmente tienen.
- Este tiene el pelo castaño y los ojos muy oscuros. El niño aquel tenía el pelo muy negro y los ojos grises...
- El pelo y los ojos de los bebés también cambian.
Maggie se detuvo súbitamente.
- ¡Meg Longuebartó! ¡Longbotá!... ¡MEG SPROUT! ¡¿Hasta cuándo vas a estar rebatiendo todo lo que te dice tu madre?! ¡Por las barbas de Merlín! ¡Qué falta de respeto! ¡Si te digo que no es, pues no es!
Meg también dejó de caminar y se dio la vuelta lentamente. Las dos mujeres quedaron frente a frente.
- Está bien.- dijo con calma.- Si tu lo dices...- Empezaba a preguntarse qué extraña enfermedad se iba apoderando de sus allegados y conocidos, que se manifestaba impidiéndoles pronunciar debidamente su apellido de casada.- Pero entonces estás insinuando que hay dos magos bastardos en la familia real y que...
- ¡¿QUÉ ESTÁIS HACIENDO AHÍ PARADAS?! ¡MEGUERA OS NECESITA! .- El bramido de Mortimer la interrumpió.
- ¡UN POCO MÁS DE RESPETO, JOVENCITO! – contestó Maggie a gritos.
- ¡SEÑORA!
- Calma, ya vamos, ya vamos...- Meg, con la cara como un melocotón, reinició la marcha.
- Y digo yo…- Maggie volvió a la carga - ¿Por qué rayos nos hemos tenido que aparecer tan lejos de la casona?
Mortimer no contestó, sencillamente porque no la oyó. Había echado a correr en el último tramo con la varita en ristre.
- ¡ALOHOMORA! – Gritó sin preocuparse por si habría algún muggle que pudiera verle en los alrededores, y ya estaba junto a Meguera.
Meg sí la oyó, pero estaba demasiado cansada como para emplear energías en atender a su madre. Acababa de alcanzar la puerta y se estaba haciendo una rápida composición de lugar. La bruja, en cuclillas, sudaba copiosamente.
- ¡Vaya! ¡Si ya casi está! – soltó Maggie desde detrás de Meg resumiendo perfectamente los pensamientos de su hija.
Sin más preámbulos, madre e hija se quitaron las capas y se aproximaron a Meguera. Durante el rato siguiente, Mortimer obedeció sin rechistar la numerosa retahíla de órdenes que Maggie Sprout se dedicó a lanzarle.
Se trataba de un chico. Un hermoso chico que Meguera decidó llamar Manfried. Manfried de Gaunt, descendiente directo del mismísimo Salazar, en duodécima generación, y bisnieto del Rey de Inglaterra. Meguera suspiró con orgullo cuando Meg se lo tendió envuelto en una manta fina. No era un sangrepura, pero ¿se podía esperar mejor pedigree de un mediasangre?
Mientras, en un barco en medio del Canal, Ferdinand Fortesque dejó vagar su mirada por la superficie azul grisácea. No le agradaba en absoluto aquella extraña sensación de bamboleo bajo los pies. Estaba seguro de que no tardaría en marearse. Philip se reunió con él.
- No ha sido muy amable ese mago. ¿Quién era? – preguntó Fray Judas, contento de encontrar algo de lo que hablar que pudiera distraerle de sus lóbregos pensamientos sobre la mar.
- Creo que se llama Gaunt, Mortimer de Gaunt.
- ¡Qué nombre tan extraño! No lo había oído nunca...
- Como ya te he dicho, creo que no prestas atención al presente. El hijo menor del Rey, el Príncipe Juan, es conocido también como Juan de Gaunt, porque nació en Gante.
- ¿El conde de Richmond y Duque de Lancaster?
- El mismo.
- ¡Entonces es hijo del príncipe!
- Eso parece.
- Eso explica su presencia y su comportamiento en los muelles. ¡Pues aviados estamos si ahora la realeza empieza a tener hijos mágicos!
Philip no contestó. El razonamiento político de Fray Judas se le escapaba un tanto. Ademas, no podía quitarse de la cabeza que, en cuanto fuera posible, tenía que enviar un mensaje a su mujer. Contempló el mar con sus ojos azules, y entonces vio la silueta de un barco aproximándose en el horizonte. El corazón comenzó a latirle muy fuerte. O mucho se equivocaba, o aquello era un navío pirata.
- ¡CORSARIOS! ¡CORSARIOS DEL REY DE CASTILLA! – bramó el capitán poco después.- ¡TODO EL MUNDO A LAS ARMAS!
Philip se estremeció. Había oído hablar de aquellos piratas. Sabía, incluso, de que el propio Rey de Inglaterra ya se había quejado de ellos en más de una ocasión. Y que el Rey se quejara en persona era algo significativo. Eran los temibles y feroces vizcaínos que, no contentos con desvalijar las naves, luego andaban presumiendo de sus hazañas en cualesquiera puertos. Asió su varita con fuerza preguntándose qué podía hacer él, un simple mago, contra una horda de salvajes armados hasta los dientes con todo tipo de armas punzantes.
- ¿Fortesque? ¡FORTESQUE! – llamó a su compañero.- ¡SACA TU VARITA! ¡RAPIDO!
- He renunciado a practicar la magia.- murmuró Fray Judas.
- ¿QUÉ ESTÁS DICIENDO?
- Lo que has oído.
- ¿DÓNDE ESTÁ TU VARITA, FERDINAND?
- Está rota.
- ¿ROTA? ¿NO TE HAS HECHO CON OTRA?
- He renunciado a la magia.
- ¿QUE HAS HECHO QUÉ COSA?
- Practicar la brujería es uno de los pecados que impide entrar en el Reino de los Cielos.
- ¿QUÉ ESTÁS DICIENDO?
- Que los hechiceros no tendrán cabida en la Ciudad Celestial.
- ¿Quién ha dicho eso?
- El Libro del Apocalipsis.
- ¡PUES ME PARECE QUE VAMOS A COMPROBAR MUY PRONTO TUS TEORÍAS!
se oyó un grito sordo y terrible procedente del navío que abordaba. Muchos marineros palidecieron. Varios charcos aparecieron en cubierta, a los pies de algunos de aquellos hombres.
- ¡A LAS ARMAS! – Bramó el Capitán. Philip asió con más fuerza su varita y apuntó al frente. Nunca fue gran cosa para los duelos mágicos, pero en esta terrible hora daría la cara, por supuesto. Que nadie pudiera decir a su viuda que su marido había sido un cobarde.
Los piratas cayeron sobre la cubierta del buque mientras Philip conjuraba el más potente hechizo para repeler objetos cortantes que pudo.
Al cabo de poco tiempo fue consciente de que él solo no podría contra toda la tripulación pirata. La magia tenía sus límites. Podía desconcertar por un momento a un muggle y evitar una estocada, pero no conseguiría poner fin a la batalla. Se apuntó con su varita y formuló un hechizo de invisibilidad.
Uno de los piratas, que estaba a punto de atacarle, abrió mucho los ojos.- ¡POR SATANÁS! – gritó, pero su asombro no duró mucho. Una espada le asomó por el estómago. Un valiente marino había aprovechado su momento de asombro para ensartarle por detrás.
La invisibilidad no convertía a Philip en humo. Caminó con cuidado esquivando las luchas. De vez en cuando, dejaba caer un palo o cualquier otro objeto sobre algún pirata, o ponía una zancadilla, cualquier cosa que permitiera a la tripulación de su barco obtener ventaja. Miró alrededor ¿Dónde estaba Fortesque? Se le había ocurrido que podía volverlo invisible, y así le ayudaría en su particular estrategia. Pero no lo encontró por ningún lado. Entonces sintió un golpe sordo en la nuca y cayó por la borda. Afortunadamente, había un tonel flotando al que, medio inconsciente, pudo asirse.
En ese preciso momento Ferdinand Fortesque se levantó del suelo. Su cuerpo yacía bajo el de un marinero grueso y poco ágil que había caído casi tan rápido como él mismo. Se quedó sorprendido de que no le hubiera resultado pesado o trabajoso liberarse del cuerpo que le oprimía. No se percató de que flotaba unos diez palmos por encima del suelo hasta que miró hacia abajo y vio su cuerpo degollado. "¡Qué extraña sensación!" – pensó – sobre todo porque el terror irracional que siempre le había producido pensar en la muerte se disipó totalmente.
La batalla continuaba a sus pies. Vagó largo rato contemplando la lucha como si se tratara de una compañía de actores representando una farsa. Caían de ambos bandos, aunque era evidente la superioridad de los corsarios, hombres dedicados a la lucha frente a una marinería comercial. Buscó a Philip con la vista, pero no lo encontró. Entonces los vio. Una dama de aspecto lánguido y un noble con los ropajes manchados de sangre, que miraban desde lo alto a algún punto en el agua.
- Venimos a buscarte – le dijo la dama. Y por primera vez, en su actual situación, Ferdinand Fortesque sintió miedo.
- ¿Para llevar mi alma al Averno? – preguntó temeroso.
- Mucho peor – contestó el caballero mostrando una sonrisa fantasmagórica– Para mostrarte el lugar en el que permanecerás retenido… por toda la eternidad.
Fray judas suspiró. Era mejor que el temido infierno. El fantasma debió darse cuenta, porque inmediatamente rectificó.
- Para casi toda la eternidad. Has tenido suerte.
- Y ¿cuál es la diferencia?
- Un mago puede optar por convertirse en fantasma y no continuar más allá. Pero es una situación excepcionalmente cambiable. Antes de que llegue el Juicio Final, por supuesto.- aclaró el barón. Si hubiera estado vivo, Fray Judas habría palidecido ante la sola mención del Juicio Final.
- ¿Cómo te llamas?
- Para ti, soy el Barón Sanguinario.
- ¿Qué clase de nombre es ese?
- El más adecuado para alguien que no desea ser reconocido, ni siquiera en el inframundo.
- ¿Y ella?
- Llámala La Dama Gris.
- Dicen algunos que si olvidas tu nombre jamás pasarás más allá-. Susurró la Dama en su oído, mientras flotaba como una hoja al viento del otoño.
- Y ¿Por quién hemos tenido que salir de nuestra residencia? – preguntó el Barón Sanguinario.
- Solo soy un fraile…
- Un fraile de Hufflepuff.
- Cada Casa debe tener un fantasma titular, pero solo podremos presentarnos como tales cuando verdaderamente haya uno de cada...-. Dijo la Dama Gris.
- ¿Quieres decir que hasta la fecha no había ningún Hufflepuff?
- Tienes el honor de inaugurar la lista.- El barón inclinó la cabeza en una grácil reverencia. Fray Judas pensó que en vida debía haberla realizado mucho.- Entonces vosotros tenéis que haber pertenecido a Slytherin – dijo mirando al Barón. Por alguna misteriosa razón, su propia conclusión no le sorprendió. El Barón le devolvió otra de sus terribles sonrisas – Y… Ravenclaw.- terminó mirando a la dama lánguida, que asintió con tanta levedad que casi ni lo notó.
- Ahora sólo nos falta un Gryffindor para poder ejercer nuestro poder de titulares.- dijo la Dama.
- Entonces, creo que esperaremos por toda la eternidad.- dijo Fray Judas.- Los Gryffindor se caracterizan por ser valientes. No temen a nada ni…
-Te equivocas.- interrumpió el Barón.- Los Gryffindor no son valientes, son temerarios. Y la temeridad no está reñida con el miedo a morir. Es cuestión de tiempo que tengamos a alguno en nuestras filas, ya lo verás.
- Aunque, posiblemente, la Dama reflexionó, le quede un reducto de valor, y quiera que lo conozcan por su nombre.
Sin darse cuenta, flotaban a muchas millas del naufragio. En el horizonte, la costa escocesa cubierta de negros nubarrones ya se podía vislumbrar, sobre todo si uno era un fantasma. Fray Judas reflexionó un momento sobre su nueva condición. Era un erudito, y sin embargo no sabía prácticamente nada sobre fantasmas, y mucho menos sobre los fantasmas del castillo. Podría pasar una eternidad estudiando el tema. De ahora en adelante, decidió, sería el Fraile. Pero el Barón no estuvo muy de acuerdo, y cuando llegaron al castillo lo presentó al resto de la plantilla fantasmal como El Fraile Gordo. Como buen Hufflepuff era de natural conciliador, así que no protestó. Por mor de los piratas vizcaínos, pasó en menos de una hora de ser Fray Judas, Ferdinand Fortesque en el mundo, a ser El Fraile Gordo, fantasma residente de la Casa de Helga Hufflepuff.
Philip miró alrededor con un terrible sentimiento de desolación subiéndole por el pecho. Estaba en medio de la nada, flotando asido a un barril. Demasiado lejos de todo para desaparecerse y sin saber cómo conjurar un traslador. Al menos, pensó, no había perdido su varita.
- Engorgio.- murmuró – y el tonel alcanzó las dimensiones de una pequeña chalupa. Trabajosamente se izó al interior y se tumbó en el fondo. Pensó en Meg y se hizo el firme propósito de sobrevivir. Por ella y por el hijo que juntos esperaban. Un barco de Flandes cargado de paños que se dirigía a Castilla lo recogió cuando yacía inconsciente dentro del enorme barril a la deriva.
Meg sintió que el corazón se le encogía hasta quedar reducido al tamaño de una pasa. No había dormido en toda la noche, inquieta porque Philip no había regresado ni había dado señales de vida. A la mañana siguiente se había encaminado al puerto de Dover, donde le informaron de que el barco había zarpado la tarde anterior. Envió entonces varias lechuzas, pero todas regresaron con las cartas para Philip. Indagó e indagó, hasta que, poco después, llegaron las noticias del encuentro con los piratas. Casi se desmayó, pero, al igual que alguien a muchas millas de distancia, se convenció a sí misma de que no podía permitirse flaquear. No escatimaría esfuerzos para buscar a Philip. Si estaba vivo, ella le encontraría.
Notas Varias
- Sobre los nombres de los fantasmas: Sir Nicholas de Mimsy Porkington, el único con nombre y apellido conocidos desde el principio ¿Por qué se callan sus nombres de vivos los fantasmas? Pues he inventado que es el último reducto de valor que le queda al titular de la casa Gryffindor.
- Magia con varita y magia sin varita. Algunas reflexiones: En los Cuentos de Beedle, en nota a pie de página se explica que Sir Nicholas era un mago de la corte al que quitaron su varita, de manera que no pudo evitar el tajo. A partir de aquí, reflexionemos sobre cómo invoca la magia un mago adulto. Parece, en primer lugar, que las manifestaciones espontáneas son propias del niño o del mago sin educar, y que se van perdiendo con la educación mágica y los años, como el reflejo de cerrar la glotis que tiene el bebé hasta aproximadamente los dos años, que le impide ahogarse inmediatamente cuando se sumerge en agua. Así que, un adulto como Sir Nicholas, no podría haber hecho magia accidental para librarse de la muerte. En la nota se destaca que perdió su varita, así que debemos entender que, aunque para desaparecerse no hace falta usar la varita, sí es imprescindible tenerla encima. De aquí, podemos inferir que puede hacerse magia sin varita, pero hay que llevarla encima.
