"- Sabes, la Piedra no era realmente algo tan maravilloso. ¡Todo el dinero y la vida que uno pueda desear! Las dos cosas que la mayor parte de los seres humanos elegirían…! El problema es que los humanos tienen el don de elegir precisamente las cosas que son peores para ellos."

(Dumbledore a Harry. Harry Potter y la Piedra Filosofal)

"Es extremadamente raro, pero un personaje puede empezar a hacer magia siendo adulto" (Comentario de J.K. Rowling en 2006, tras la publicación de Half Blood Prince)

XVIII

En el mar Cantábrico, diciembre de 1371

- ¡Pardiez! ¡A fe mía que en la vida había visto un tonel de semejante calibre! ¡sin duda, nuestro náufrago ha tenido mucha suerte, no hubiera podido resistir sin un barril tan grande! – Hans Zeeman, el capitán de La Doncella de Brujas, exclamó sorprendido.

Aquellos holandeses comerciantes de paños habían encontrado los restos del naufragio. Después de recorrerlos, solamente habían hallado un superviviente metido en un inmenso barril. También habían rescatado un trozo de madera del barco en el que se leía parcialmente el nombre The Reveng... Este resto, convenientemente entregado, serviría de prueba para los fletadores y las familias de los marinos, si es que la tenían, de lo que había ocurrido.

- ¿Y cómo está nuestro huésped? – preguntó a Johan Medisch, el físico que, por suerte, en esta ocasión llevaban a bordo.

- Deshidratado, pero sobrevivirá. Tiene un buen porrazo en la nuca.

- Parece cosa de piratas. Cuando despierte, podrá confirmarlo.

- Tal vez sí, tal vez no.- contestó, Medisch.- He visto casos en los que se produce cierta amnesia.

El capitán se encogió de hombros.

- Pero lo que me llama la atención...- continuó hablando el físico.- es esto.- Y le mostró al capitán un palo largo de madera tallada.

- Un cuidadoso trabajo de talla…. Será un trozo de balaustrada. O una pata de una silla.

- ¿Balaustrada, decís? ¿Pata de silla? No habéis visto tanto mundo como os suponía, capitán. Mirad.- el físico comenzó a detallar.- Esto es un mango ¿Veis? Y este otro extremo es la punta. O mucho me equivoco, o este hombre es un mago. Y este barrote de balaustrada, como pensáis, es su varita mágica.

- ¿Un mago? ¿Varitas mágicas? ¡No me hagáis reír! ¡Los magos no existen! ¡Solamente en los chismes de las viejas y los cuentos de niños!

- Yo solo os digo lo que pienso. No sería la primera vez que me topo con uno. Y si efectivamente lo es, esperemos que sea un hombre agradecido, porque es bien sabido que los hechiceros pueden provocar grandes desdichas.

- ¡Escuchad! – dijo el capitán – Ya os he dicho que no creo en esas cosas, que me parecen cuentos de viejas, pero la gente del mar suele ser supersticiosa. No quiero que la tripulación os oiga mentar que es un mago, que tiene una varita o cosa similar, no vaya a ser que se me amotinen.

- En eso, ahora que lo mencionáis, creo que lleváis razón. Los mareantes son muy supersticiosos. Si me lo permitís, dejad que el grumete le vigile, y me avise cuando recobre el sentido. Entonces hablaré con él. Mientras tanto, guardaré a buen recaudo "la pata de la silla".

Philip Longuebateau abrió los ojos lentamente. Sintió desconcierto, porque no sabía que se hallaba tumbado en una litera estrecha en la bodega de carga de un barco.

- ¡Ah! Despertáis...- una voz joven, de muchacho, dijo en mal inglés.

- ¿Dónde estoy?

- A bordo de La Doncella de Brujas, camino del puerto castellano de Santander.

- Y ¿Qué hago aquí?

El muchacho lo miró sorprendido y le hizo un gesto con las manos, que interpretó como que debía esperar. Poco tiempo después, volvió con un hombre de mediana edad, que se dirigió a él en su idioma.

- ¿Os encontráis mejor? – dijo ceremoniosamente. – Soy Johan Medisch. Si sabéis algo de la lengua de los países bajos, mi apellido alude a mi profesión, pues soy físico.

- Este chico me ha dicho que estoy en un barco extraño ¿Cómo he llegado hasta aquí?

- Vuestra nave naufragó, supongo que por la acción de piratas, pues no se ha registrado ninguna tormenta por estos pagos en los últimos dos días. ¿O acaso hubo un motín a bordo? Esperábamos que vos nos lo contarais.- dijo el físico.

Philip negó con la cabeza.

- No recuerdo nada.

- Perdonad mi indiscreción, pero ¿Recordáis cuál es vuestro nombre?

- Eso sí. Me llamo Philip, Philip Longuebateau. Viajaba en un buque inglés. Un buque de carga con la bodega repleta de alimentos para abastecer las posesiones del Rey de Inglaterra en Normandía.

El físico alzó las cejas. - ¿Abastecer de provisiones, decís?

Philip le miró con estupor. ¿Qué tenía de extraño?.

- No puedo deciros más. No recuerdo nada...

- Descansad. El joven Willhem os traerá una sopa caliente. Os reconfortará.- Y sin más el físico le dejó. Philip cerró los ojos. Le dolía todo el cuerpo, tenía la boca seca y estaba casi seguro de que si hacía el intento de levantarse se marearía.

- El Rey de Inglaterra trama algo.- dijo Medisch al capitán.

- ¿Por qué?

- Porque nuestro naufrago dice que su barco iba a abastecer de provisiones. Se abastece una fortaleza, o una isla... el rey de Inglaterra es dueño de media Francia....

- Tal vez. ¿Qué mas os ha dicho?

- Que se llama Philip Longuebateau y que no recuerda qué pasó.

- Y ¿sobre...?

- No. No ha preguntado por su...ya sabéis qué cosa...ni ha mencionado nada que pudiera hacer pensar... Es posible que no recuerde que es un mago.

El capitán hizo un gesto de reprobación al escuchar la palabra "mago", como recalcando que no compartía ni el punto de vista del físico ni su recalcitrante insistencia en mencionarlo a bordo de su navío.

- Tanto mejor. Os sugiero que no hagáis mucho por recordárselo, al menos hasta que lleguemos a Santander.

La Doncella de Brujas continuó su navegación sin incidentes, con aquel extraño pasajero a bordo. Philip resultó ser un buen marino, diestro además de grande y fuerte, aunque seguía sin recordar qué había pasado ni tampoco su condición de mago.

Inglaterra, en las mismas fechas

Meg, desesperada, se había presentado en Hangleton, en la casa fortificada de los Gaunt, justo cuando Meguera estaba dando de mamar al bebé. Meg lo miró con sentimientos mezclados. Se sobrepuso e interrogó a Meguera.

- Ese hombre que siempre te acompañaba a mi casa, y que fue a buscarme cuando estabas de parto ... ¿Es acaso un mago llamado Mortimer de Gaunt?

- ¿Por qué lo preguntas? – Meguera, como buena Slytherin, no soltaría información sin más ni más.

- Dicen que el príncipe Juan de Gaunt tiene un hijo que es un brujo. Y que ese hijo fletó un barco hace una semana en el puerto de Dover. Un barco que marchaba a Normandía. Dicen que ordenó a un hechicero de barcos que embarcara. Y corren rumores de que el barco puede haber naufragado.

- ¿Por qué me cuentas eso?

Los ojos azul claro de Meg quedaron fijos en los oscuros como carbones de Meguera.

- Porque el hechicero de barcos era mi marido. No he sabido nada de él en todo este tiempo, y las lechuzas que le envío vuelven con mis cartas, sin haber sido capaces de encontrarlo.

Meguera mantuvo una expresión inalterable.

- ¡Ah! No sabía que estabas casada. – Su rostro adoptó una expresión como de haber entendido algo de pronto.- Longuebateau ¿No? ¿Cómo no me he dado cuenta hasta ahora? ¡Siempre rondando tu puerta! ¿Hace mucho que es tu marido?

- Un mes.- contestó Meg con frialdad.- ¿Sabes algo, Meguera?

- No. No se nada de fletes de barcos de los Plantagenet.

- No me has contestado a lo que te he preguntado.

- ¿Sobre el mago que me acompaña?

- Que es el padre de tu hijo.

- ¿No supones demasiado?

- Vamos. Míralo. No puede negarse que es idéntico.

Meguera posó sus ojos en la criatura que seguía chupando con avidez, ajeno por completo a la discusión que las dos brujas se traían entre manos.

- ¿Qué es lo que quieres saber, Meg?

- Quiero saber si Mortimer de Gaunt obligó a mi marido a embarcarse en un buque que mucho me temo ha naufragado.

- Y si así fuera ¿qué harías?

Meg no pudo aguantar más. Derrumbada, se echó a llorar desconsoladamente. Meguera dejó al bebé dormido en su cuna y agitó su varita.

- Siéntate.- casi ordenó. Meg obedeció.

- Bebe.- le ofreció una jarra con agua.

- ¿No lo comprendes? Estoy desesperada. Tengo que saber si Philip iba en ese barco....

- El padre de mi hijo es, en efecto, Mortimer de Gaunt, y ahora mismo no está aquí porque ha sido llamado a presencia del príncipe Juan. Desconozco si bajo sus órdenes o por propia iniciativa envió un barco a Normandía con Philip Longuebateau o cualquier otro mago a bordo. Pero si eso te tranquiliza, lo averiguaré.

- Gracias, Meguera.- Meg pudo balbucear entre lágrimas e hipidos.

- ¡Otra vez los malditos vizcaínos! ¡Le daré lo suyo a ese bastardo de Pedro! – gritaba en esos momentos Mortimer en presencia de su padre. Por supuesto, Longuebateau era un mago competente. Cualquier minúsculo pedacito de madera de barco embrujada por él actuaba casi como un diario de a bordo, indicando a un mago preparado qué había pasado.

- Cálmate. Tiempo habrá de resarcirnos ¿Y bien? ¿No tienes algo que decirme?

- Padre...

- Me he enterado de que tengo un nieto. ¿Es como sus padres?

Mortimer se quedó callado. No tenía idea de hasta dónde se extendían los tentáculos informativos de su padre.

- Supongo que en realidad es demasiado pronto, pero teniendo en cuenta quienes son sus progenitores, sería raro que él no hubiera heredado...

Mortimer continuó callado. Evidentemente, el Príncipe había estado al tanto de sus actividades con Meguera.

- Debes tenerme al tanto.- continuó.- Te cederé los terrenos de Hangleton. Serás su señor. Así el joven ¿Cómo se llama?

- Manfried.

- El joven Manfried de Gaunt será en el futuro el Sire del condado de Hangleton.

Mortimer sonrió lleno de satisfacción.

Mientras, Meg había regresado a su casa. Agnes, Maggie y Alix la estaban esperando. Las dos primeras, como siempre, estaban discutiendo. Se callaron en el acto al verla entrar por la puerta, pálida y con los ojos rojos de tanto llorar. Meg se desplomó en una silla sin quitarse la capa siquiera. Maggie corrió a abrazarla.

- Iré a buscarle.- dijo Meg.- Si hay una sola posibilidad, por pequeña que sea, me aferraré a ella y...

- No.- dijo Maggie tajante.- No puedes exponerte ahora. Hija, tienes que cuidarte.- dijo en un tono que Meg no recordaba haberla oído emplear desde que ella cumplió los seis años.- Podrías perder los bebés.

- Meg.- dijo Alix viendo la cara de asombro.- Estoy segura. Vienen dos.

La bahía de Santander se extendía hermosísima ante los ojos de Philip. No recordaba que era un mago, que estaba casado y que su mujer, en Inglaterra, le esperaba encinta. Solo recordaba que sabía mucho de barcos. Habló con el capitán. Este le preguntó si no deseaba retornar a su país, y como él dijo que lo haría si tuviera dinero, le empleó de mareante en La Doncella de Brujas. Haría el trayecto entre el puerto castellano y las tierras holandesas, hasta que pudiera pagarse un pasaje de regreso a casa. Mientras, esperaba recordar quién era él exactamente.

León, Reino de Castilla, también en las mismas fechas

Siete personas descendieron la escalinata que penetraba en la Celda del Alquimista. A pesar de tratarse de una habitación subterránea, estaba muy bien iluminada con antorchas que despedían una luz extraña y brillante. Por supuesto, se trataba de magia. En el centro, bajo un complicado juego de alambiques y redomas, ardía perenne el Fuego del Alquimista.

El Maestro rodeó el alambique y se situó en el extremo opuesto a la entrada. Las demás personas se fueron colocando alrededor del Fuego, formando un círculo humano. A la derecha del Alquimista se situó su aprendiz, y junto a él su esposa. A la izquierda, un hombre muy alto, con el pelo muy corto y una barba castaña también corta y cuidada y que portaba una espada al cinto. Junto al hombre alto, una mujer joven de brillantes ojos grises envuelta en una capa negra. Completaban el círculo dos hombres. Uno era muy anciano y estaba encorvado. El otro, en cambio, parecía muy joven. Era delgado y bajo, tenía unos ojos grandes de un azul desvaído que resaltaban demasiado en su rostro y el pelo largo le caía en bucles dorados sobre los hombros.

El Maestro Canches sacó su varita, apuntó al Fuego, invocó un hechizo en lengua hebrea y el fuego resplandeció por un instante como si fuera oro. Entonces Martín de Baygorri, pues así se llamaba el hombre alto situado a su derecha, extrajo del interior de su capa un colgante de piedra negra que pendía de un cordón de cuero también negro. Si se contemplaba de cerca, se podía apreciar que a la piedra le faltaba un trozo. El hombre se acercó al Fuego, posó sus ojos negros en él por un instante y resueltamente arrojó el colgante a las llamas.

La Celda del Alquimista resplandeció con una llamarada brillante y dorada, como un ave fénix, mientras los siete testigos del prodigio contemplaban en silencio cómo la piedra de azabache se consumía en el Fuego crepitante.

Cuando el Fuego volvió a sus dimensiones normales, por uno de los tubos del alambique se deslizaron unas gotas de un líquido transparente que cayeron en una redoma. A una seña del Maestro Alquimista su aprendiz se aproximó al Fuego y tomó el pequeño recipiente. Los asistentes se fueron retirando del círculo y se reunieron alrededor del Maestro y de Baygorri.

- Casi todos los que estudian Alquimia ansían la Piedra Filosofal. Pero el verdadero alquimista persigue ir mucho mas allá. Comunicar el mundo terrenal con el espiritual es el culmen de la Obra, que supera con creces la inmortalidad. Hasta ahora, nunca he visto a nadie destruir una Piedra Filosofal, mucho menos una Piedra de la Resurrección. Muy pocos se atreverían a tomar la decisión que tu has tomado.- dijo el Maestro Canches.

- Hemos reflexionado sobre ello.- contestó Baygorri, y con su brazo enorme rodeó los hombros de la bruja de ojos grises.- Mi mujer y yo estamos de acuerdo en que, mas que una Piedra de la Resurrección, es una Reliquia de la Muerte, pues priva a los muertos de su otra vida, y a los vivos trae desgracia, e incluso muerte.

El Maestro no dijo nada. Solamente asintió con la cabeza. A continuación miró a su aprendiz y le hizo un gesto.

- Esto os pertenece.- dijo Flamel tendiéndoles la redoma.

- No deseamos el Elixir de la Larga Vida.- contestó la bruja. Baygorri la estrechó contra su costado y la miró con afecto.

- No queremos sobrevivir a nuestros hijos, ni a los hijos de nuestros hijos.- añadió él.

- Una sabia decisión, capitán.- dijo el Maestro. Y, tomando la redoma, vertió el contenido en el Fuego, que volvió a resplandecer, esta vez con una llamarada azul.

- Por mucho que viva, creo que nunca vegué nada igual.- dijo Flamel.- Me pregunto si yo sería capaz de hacer lo mismo ¿Cómo se os ocurrió?

- Al fin y al cabo, el azabache es un carbón.- dijo Baygorri.- Así que debería arder.

- Pensamos que el Fuego de un Alquimista sería un poderoso contra hechizo.- añadió la bruja.

El hombre joven tomó entonces la palabra.

- Mis antepasados vinieron con las legiones romanas y se instalaron en la península. Aprendieron los usos de las Tradiciones existentes para fabricar varitas, y añadieron ese conocimiento al que ya portaban. Después, aprendieron de los magos Cabalísticos y Sufitas. Durante mil seiscientos años los Silvano hemos provisto de varas a los magos de las Tradiciones. Según nuestros Anales, solamente en dos ocasiones precedentes hemos tenido el gran honor de hacer la varita de alguien que ganó la magia por méritos propios. Y nunca antes se había tratado de un NoMago. Es una extraordinaria suerte para mí haberte conocido, hermano. He aquí tu vara.- Y tendió a Baygorri un objeto largo, de madera.- Roble, por supuesto, el árbol rey que crece fuerte hasta el cielo e impregna el espíritu de los hombres de tus montes, y escama del cuélebre que derrotaste en la Cueva de Hércules.

El capitán tomó la varita. Sintió calor en los dedos y la varita tembló antes de desprender chispitas de colores de su punta, como si estuviera contenta.- No seré gran cosa como hechicero.- dijo Martín.- Aunque tengo en casa una excelente maestra.- Ane sonrió.

- Tenemos sobrados hechiceros capaces de grandes prodigios mágicos.- dijo Freixo.- Lo que necesitamos son hombres buenos y sabios. Hombres con sentido común y generosidad. Hombres que nos iluminen con su criterio sensato. Esos si que escasean.

- Me sobreestima.- dijo Martín.

- El tiempo me dará o me quitará la razón.

Los asistentes fueron abandonando la Celda. Primero fue Flamel acompañado de su esposa Perenella; a continuación Martín y Ane; después, el joven Sileno Silvano que daba el brazo al anciano Ioannes de Freixo. Cerraba la comitiva el propio Maestro Canches, el Alquimista.

El mago se detuvo a mitad de la escalera y se dio la vuelta para dirigir una última mirada al Fuego.

- Ness gadol haya po.- dijo el Maestro en hebreo.- Un gran milagro ha ocurrido hoy aquí.- Y abandonó la Celda.

Sobre la ciudad de León caía una nieve fina. Martín envolvió a Ane con su propia capa y la atrajo hacia sí para darle calor con su cuerpo. Sabía que a ella eso le gustaba. Avanzaban deprisa porque no le convenía estar demasiado tiempo expuesta al frío. De pronto, Ane se detuvo y se colocó la mano en el abdomen.

- ¿Estás bien? – Preguntó Martín inquieto.

Ella sonrió.- Sí, es que se ha movido. Es la primera vez que noto cómo se mueve.

Martín puso su mano sobre la de ella y sonrió también.

- Yo también lo he notado. No hay magia que supere esto.

Una gran sonrisa iluminó el rostro de ambos. Juntos caminaron hacia una zona fuera de la vista de los ingenuos, y allí se desaparecieron, camino de su casa, en la noble ciudad de Tudela.

Ruzafa, Reino de Valencia. Enero de 1372

Cadmus alzó la mano izquierda y contempló con atención la pepita. La sostenía entre su pulgar y su índice, brillante y amarilla, una pieza de buen peso, valiosa. No había formado parte del Juramento Irrompible que recibiese remuneración alguna por trabajar de jardinero junto a Al Hassan, salvo convertirse, cuando éste falleciera, en su heredero. Pero en el tiempo que llevaba con el mago Sufita, ya no le extrañaba que, de vez en cuando, tuviese comportamientos excéntricos. Al Hassan le había entregado la pieza de oro en bruto como "pago por la exquisita fuente" que había construido, mágicamente, por supuesto.

El propio Cadmus estaba muy satisfecho. Era, en verdad, una belleza, y el salto cantarín del agua un bálsamo para los oídos.

- Es para esa piedra negra que tienes. – dijo Al Hassan.

- Gracias. Es una hermosa pieza de oro.

Al Hassan se sentó junto a el e hizo aparecer dos vasos de te de menta.

- Supongo que la piedra tiene que ver con ella y con que estés aquí.

Cadmus no dijo nada.

- Tranquilo. Los túnicas verdes no te encontrarán. No mientras nosotros te ocultemos. En el fondo, se trataba de dos infieles, aunque fueran un mago y una bruja.

Cadmus sintió una sacudida interior, aunque procuró disimular. Era evidente que el mago sufita sabía mucho más de él de lo que había pensado. Decidió no andarse con rodeos.

- ¿Por qué no me entregasteis?

- Porque no creemos en la presunta unidad de las Tradiciones.

- ¿Por qué?

- ¿Qué pasará cuando los reyes cristianos echen a mi gente de Al Andalus? ¿Qué haremos los magos de la Tradición Sufita? ¿Quedarnos aquí, o acompañar al destierro a nuestros hermanos no mágicos? Es una entelequia. Una falsedad. Algo irreal. Nunca habrá verdadera unidad, somos enemigos naturales.

Cadmus no dijo nada. A pesar del tiempo que llevaba viviendo entre ellos, se le escapaban muchas sutilezas de la política de los Reinos y las Tradiciones.

- Hace mucho, mucho tiempo, cuando Al Andalus llegaba hasta los Pirineos, incluso más allá, hasta los dominios del rey Carlomagno, un antepasado mío se enamoró de una de esas brujas, como la que mataste. Durante todo un invierno la visitó en su choza, le hizo regalos exquisitos, la colmó de atenciones y le hizo el amor. Cuando llegó la primavera, el Visir le ordenó acompañar a un destacamento en una razzia hasta territorio francés. ¿Sabes que son las razzias?

Cadmus negó con la cabeza.

- Ahora lo llaman cabalgadas. Las tropas arrasaban todo aquello que encontraban y se hacían con botín. No digo que estuviera bien, pero todos los ingenuos lo hacían y lo siguen haciendo. El visir le ordenó ir con la tropa. Y tuvo la mala fortuna de que arrasaron el valle donde vivía aquella bruja, violaron a su hermana, apenas una niña sin iniciar y después la mataron e incendiaron la aldea. Después se adentraron en tierra de francos.

- Y ¿qué pasó con la amante de tu pariente?

- Ella, junto con otros, pudo ocultarse en los montes. Tramaron la venganza. Cuando la tropa regresó por el mismo paso los emboscaron. Aunque eran incultos pastores los acorralaron y redujeron. Eran tan brutos que no sabían qué hacer con sus prisioneros. Entonces ella se adelantó, cogió el alfanje del general, y decapitó a mi antepasado. ¿Entiendes? Antepuso su pueblo, aunque fuera de asquerosos ingenuos, a lo que hubiera podido sentir por el mago. Pasará lo mismo. Antepondrán pueblo o fe, y acabarán expulsándonos.

Cadmus no fue capaz de contestar nada. Aquella tarde se acercó a uno de los orfebres de Valencia. Era un Cabalístico procedente de la isla de Mallorca, que dio forma a un anillo y engastó la tosca piedra tal y como le dijo, dejando la parte posterior hacia arriba.

Entonces, Cadmus buscó un cuchillo adecuado. Después extrajo el trocito de pergamino, aquel en el que se leía "caldero" con la letra picuda de su hermano mayor, y suspirando, apuntó con su varita.

Nada sucedió. Lo que significaba que Antioch e Ignotus no habían completado su búsqueda. En realidad, no le sorprendió.

Entonces, procedió a grabar toscamente la superficie del anillo con el cuchillo. Primero, la mitad izquierda de un círculo, en realidad, la C de su nombre. Después, la otra mitad, o en realidad la D. Qué paradoja, pensó. Las dos letras de su nombre, dispuestas en círculo, podían representar un anillo. O una piedra. La Piedra de la Resurrección.

Terminado el trabajo, cogió un cordón de cuero negro, lo pasó por la circunferencia del anillo y se lo colgó al cuello. Nunca lo llevaría en el dedo. Permanecería dentro de su túnica, quemando la piel de su pecho, colgado de su cuello como había llevado Beatriz de Baygorri su colgante.

Konya, Anatolia (actualmente Turquía), en las mismas fechas

Antioch dejó de prestar atención a aquella danza de los magos derviches, lo cual tenía mucho mérito, porque las incansables y vertiginosas vueltas conseguían sustraer los sentidos. Metió la mano en el bolsillo interior de su capa y extrajo un trozo pequeño de pergamino. Lo desdobló y lo miró atentamente. Ante sus ojos tomó forma un círculo de tinta rojo sangre, el color favorito de su hermano Cadmus.

- ¡El muy cabrón lo ha conseguido!- murmuró para sí. – Y eso que a priori el caldero no existía.- Y se sintió orgulloso del ingenio y el talento que su hermano debía haber demostrado. Volvió la vista a los danzantes, pero no se dejó embriagar por la magia de sus giros. Llevaba ya demasiado tiempo allí. Pensó que era tiempo de partir.

Fin de la Tercera Parte

Notas del Texto

- Hangleton: Mortimer de Gaunt será el primer señor de las tierras conocidas con tal nombre, que después darán lugar a dos encantadores pueblecitos conocidos como Pequeño Hangleton y Gran Hangleton ¿os suenan?

- La Historia de Al Hassan:el mago sufita está contando una escaramuza del estilo de la batalla de Roncesvalles, pero mucho menor, que se fecha alrededor del 798, y de la que fueron protagonistas los roncaleses. Esta escaramuza explica que en el escudo del valle figure una cabeza de rey moro degollada y chorreando sangre. El episodio se conoce con el legendario nombre de Batalla de Olast, y aunque tiene fundamento histórico como escaramuza bélica, también hay, obviamente, un momento en que se disuelve en la leyenda, especialmente a partir del momento en que la roncalesa, ante la indecisión de los hombres, toma la espada y decapita al jefe moro. Algunos dicen que se llamaba Sara Andreu. La batalla de Olast es el motivo de un tapiz que cuelga en el Salón del Trono del Palacio Real de Navarra, en Pamplona (el Reyno de Navarra tiene mil años de historia, puesto que hasta 1841 existió como tal, con sus propias Cortes y demás instituciones, aunque la corona recayese en el rey de Castilla).

- "Show magic late in life". En 2006 Rowling comentó que en el último libro posiblemente viéramos a un personaje ganar la magia de adulto. Entonces los fans especularon sobre quién sería (los Dursley fueron destacados candidatos). Sin embargo, el personaje finalmente no apareció. Nadie le ha preguntado, hasta la fecha, quién era el que tenía en mente, si nunca llegó a plasmarse en borradores o fue eliminado en el proceso de edición. Parece, pues, que el fandom lo ha relegado al olvido.

¿Cómo podría ganarse la magia? Aquí hay muchas posibilidades. Yo he elegido la adquisición por generosidad, es decir, deseando hacer magia pero no para uno mismo sino para los demás. Igual que Harry no desea la piedra filosofal para sí, Martín jamás envidió la magia de las mujeres de su familia. Por tres veces desea ser un mago, para salvar a su madre, a su hermana y a la mujer de su vida, nunca ambiciona nada para él. A la tercera, como dice el refrán, va la vencida...

¿Qué sería más fácil, que fuera un squib o un muggle?. A priori, parecería que un squib, puesto que está familiarizado con la magia. Sin embargo, la mayoría de los squibs son personas resentidas con la magia, porque la conocen pero les está vedada. Por eso, como dice Sileno Silvano, nuestro NoMago o squib es excepcional dentro de la excepcionalidad.

- Flamel y la destrucción de la piedra filosofal: En el primer libro, Dumbledore comenta a Harry que ha hablado con Flamel y han estado de acuerdo en que lo mejor es destruir la piedra. Aquí Flamel es un aprendiz, y como si se tratara de una premonición, se pregunta cómo y por qué, llegado el caso, podría querer destruir una.

- Ness gadol haya po: frase hebrea que al parecer significa "aquí ha ocurrido hoy un gran milagro". La he tomado de un reportaje sobre prematuros.

- Sileno Silvano y la fabricación de varitas: en el potterverso sorgexpandido los niños reciben su primera varita a los 7 años, "la edad de la razón", en una cuasi ceremonia en la que se determina cual es la combinación de madera y sustancia que toma preferencia por ellos. A partir de ese momento son iniciados en la educación mágica tanto en la Tradición Clásica como en la que les corresponda (por situación geográfica, por antecedentes…). Silvano anota en sus registros la madera exacta, indicando el árbol concreto y la sustancia interna, también indicando de qué animal en concreto procede. Las primeras varitas son infantiles, poco poderosas. Según crecen, necesitan varitas más potentes. Silvano entonces les fabrica otras con madera del mismo árbol y con mayor cantidad de la misma sustancia mágica, a menudo aprovechando la anterior. Martín le explica algo sobre esto a Cadmus mientras viajan a Compostela. Las varas de Vascones y del Norte no están talladas, así que tienen la apariencia de ramas cortadas directamente del árbol. Esto las hace más frágiles, como observa acertadamente Cadmus. Las varitas Celtas están algo más ornamentadas. Las Cabalísticas y las Sufitas son las más elaboradas.

La varita del mago español suele partirse en dos cuando el mago muere y se entierra con su dueño. Esto es una tradición heredada de la época de los guerreros celtíberos, que se enterraban con sus falcatas o espadas inutilizadas (porque se consideraban armas muy personales).

A continuación, el viaje de Antioch.