Cuarta Parte: El Viaje de Antioch

XIX

Antioch esperó pacientemente a que terminara la danza. Después, discretamente, formuló un hechizo de traducción y se puso en la cola de gentes que esperaban pacientemente para ser recibidos por el Shayj o maestro, el líder iniciado de aquel grupo. Según se había informado, el Shayj era un hombre sabio y versado, un guía espiritual al que se podía consultar sobre cualquier cosa, o simplemente esperar recibir sus bendiciones, de manera que no le sorprendió que hubiera hombres, mujeres y niños, de toda edad y condición. Respiró profundamente. No estaba seguro de que quisiera atender la petición de un infiel venido de tan lejos. Ni siquiera estaba seguro de si hacía bien esperando en una cola en la que, seguramente, todos le mirarían de soslayo. Sin embargo, para su sorpresa no fue así. Los derviches y el resto de la gente que esperaba no manifestaron ningún sentimiento, ni de extrañeza, ni de sorpresa, ni mucho menos de recelo, sino que permanecieron inmutables aguardando en silencio, hasta los niños, y Antioch esperó su turno pacientemente aunque algo nervioso. Cuando llegó su momento, inclinó la cabeza, en señal de respeto y saludo. El Shayj le hizo un gesto con la mano para que se aproximara.

- Oh, sabio Shayj, vengo de muy lejos y necesito tu consejo.- dijo despacio, pensando bien los términos. El hechizo de traducción podía tener sus fallos, y bajo ninguna circunstancia quería que se produjera algún tipo que equívoco que pudiera ofender a aquel hombre sabio.- No se si seré merecedor del mismo...

- ¿Ves los versos ahí escritos? - El Shayj señaló un bello tapiz rojo situado en la pared, a su espalda, en el que hilos dorados componían los hermosos caracteres, extraños para él que solo conocía el alfabeto latino y algo del griego.

- No entiendo lo que dice.- dijo con humildad.

El Shayj recitó con voz suave:

¡Ven, ven, quienquiera que seas, ven!

Infiel, religioso o pagano, poco importa.

Nuestra caravana no es la de la desilusión

Nuestra caravana es la de la esperanza

¡Ven, aunque hayas roto mil veces tus promesas!

¡Ven, a pesar de todo, ven!

- Son versos hermosos.- acertó a decir.

- Son versos del gran poeta Rumi, nuestro miembro más relevante. A finales de este año celebraremos el primer centenario de su partida al Paraíso. Un hombre admirable, que, como puedes deducir, no hacía distinciones entre los seres humanos. ¿Qué deseas, pues, de mí, hombre venido de las tierras del Oeste?

Antioch suspiró.- Sabio Shayj, mi Khan me ha enviado en pos de un objeto legendario. Un poderoso mago que le sirve me ha hechizado de tal forma que no podré regresar a mi país sin el objeto en cuestión. Se que se encuentra en Persia, pero desconozco dónde debo ir a buscar.

- Tu Khan debe ser un hombre ambicioso. La mayoría de los Khanes lo son. ¿Crees que será bueno para su pueblo que posea semejante objeto?

- No lo se, mi señor. No se si será suficientemente sabio como para emplearlo para bien de sus súbditos, o si prevalecerá su ambición. Pero sin el objeto, permaneceré desterrado hasta que el hechicero que me embrujó fallezca y el hechizo se desvanezca, o yo mismo muera.

- Tienes ante ti una Tariqa difícil.

- ¿Qué es una Tariqa, mi señor?

- Un camino difícil. Y no puedo ayudarte a elegir la puerta por la que has de pasar.

Antioch puso cara de decepción. Si el sabio jeque de aquella orden no era capaz de orientarle ¿a quién podría acudir?

- Pero te equivocas en lo que interpretas.- añadió el anciano mirándolo fijamente. Sus ojos oscuros, enterrados en un millar de arrugas, eran sorprendentemente brillantes.- Un adivino te podrá informar sobre el paradero del objeto, sea cual sea. Después, la decisión sobre si lo debes conseguir y entregar a tu Khan es cosa tuya.

- Gracias, Shayj. Si no es abusar de vuestra sabiduría ¿Puedo preguntar dónde encontrar a ese adivino?

El Shayj sonrió, y Antioch dedujo que había captado la pequeña treta lingüística.

- El adivino reside Persia, en las ruinas de Persépolis. Se trata de Rudaba, poseedora de la Copa de Kai Khosrow. Un objeto de adivinación que sólo ella sabe manejar. La bella Rudaba podrá orientarte, si es que te dejas orientar....

- Gracias de nuevo, Shayj.- Antioch inclinó la cabeza. El anciano le respondió con otro gesto que claramente indicaba despedida. Su tiempo con el maestro de los derviches había concluido. Se marchó de allí un poco más esperanzado. No obstante, reflexionó, todavía desconocía dónde estaba exactamente esa Persépolis, ese lugar en ruinas, y cómo llegaría hasta allí. Caminó por las estrechas y ruidosas calles de Konya hasta la posada de magos en la que se alojaba. Se dirigió a su aposento y cerró la puerta. Extrajo de su bolsa de viaje sus mapas, los colocó sobre la mesa y acercó una vela.

Persépolis...un punto minúsculo señalaba el lugar, junto a las palabras Chehel Minar. Paseó el dedo por la línea azul que representaba un río hasta encontrar su nombre Pulwar, y observó que afluía a otro, el Kur, muy cerca. Respiró profundamente. Para llegar a Persépolis tenía que atravesar lo que restaba de Asia Minor, o lo que era lo mismo, Anatolia, cruzar los montes Tauros y adentrarse en Persia. Y ese tipo de viaje era demasiado para su escoba. Sabía que las gentes de oriente se desplazaban en alfombras mágicas porque era el mejor mecanismo para cruzar las largas distancias en aquel paisaje tan agreste. Una alfombra permitía llevar varios pasajeros, por lo que era factible dormir en vuelo, y además se podía transportar más equipaje. Eso sin contar que la parte posterior podía combarse hacia delante a modo de toldo si el sol era intenso. Pero también sabía que las alfombras eran caras y además había que saber pilotarlas.

Al anochecer, cansado de meditar sin encontrar solución sobre cómo desplazarse hasta Persépolis, bajó para comer algo. Paseó la vista por el abigarrado grupo de magos presentes. La mayoría eran hombres con la cabeza cubierta por turbantes de colores, sentados en torno a unos objetos de cristal de los que partían numerosas pipas de las que daban chupadas, como si fumaran. También había un pequeño grupito de brujas, todas ellas tapadas de pies a cabeza con sedas de vivos colores, que hablaban entre si en susurros mientras comían pasteles de almendras y miel y bebían té de menta que vertían de un bello samovar de plata. Observó a un tipo bajito y delgado, con un gorro de derviche torcido sobre su cabeza. El individuo, que miraba continuamente a un lado y a otro, discutió con otro y sacaron las varitas. Las mujeres gritaron y el samovar se cayó prendiendo el velo de una de las brujas.

- Aquamenti.- murmuró Antioch. Y un suave chorrillo de agua impactó con precisión en el foco del pequeño incendio. La mujer murmuró algo incomprensible y señaló el agujero de bordes chamuscados que ahora ocupaba el lugar donde se prendió. Extrajo su varita y murmuró algo, y el velo se reparó, seguido de un murmullo de aprobación de las otras mujeres.

Antioch se giró para volver a prestar atención al mago diminuto. Ahora, el tipo con el que había discutido lo estaba agarrando por el cuello con tanta fuerza que el rostro se le estaba poniendo muy colorado. Si seguía así lo estrangularía.

- ¡Déjelo! Lo va a ahogar.- dijo Antioch dirigiéndose al brujo. Éste le contestó algo que le resultó incomprensible mientras le dirigía una mirada amenazadora.

- Pero...

El mago alzó su mano izquierda. En ella tenía su varita que apuntaba directamente al corazón de Antioch. Sus labios comenzaron a moverse en un susurro. Antioch no perdió tiempo. Era un hombre de rápidos reflejos. Extrajo su vara del cinto.

- Petrificus totallus.- murmuró Antioch, y el mago turco quedó rígido, con una expresión de odio en sus ojos. El hombrecillo se desasió de la garra que le atenazaba el cuello.

- ¡Oh! ¡Gracias! ¡Poderoso hechicero venido de lejos! ¡Si no hubieras intervenido, ahora mismo Jalal Wallad estaría convertido en papilla! – dijo inclinándose ante el hasta tocar el suelo con la cabeza.

- Levántate. No ha sido para tanto.

- ¡Oh! ¡Sí! ¡Jalal Wallad tiene una deuda de vida contigo!

- Vamos, vamos. Lo mejor que podemos hacer es marcharnos. No me gusta su pinta. En cuanto se le pase el hechizo, querrá vengarse. Antioch subió a toda prisa a su cuarto seguido del diminuto mago, y se puso a recoger sus cosas. El mago quiso ayudarlo, pero lo detuvo.

- Deja, deja. Yo puedo hacerlo mucho más rápido. Márchate. Si se desvanece el hechizo y te encuentra aquí, ya sabes lo que puede pasarte.

- Jalal Wallad no puede dejaros. Os debe la vida. Ya se...Os llevaré a otra posada de magos....

Antioch aceptó. Al fin y al cabo, no tenía nada mejor que hacer. Le siguió por calles estrechas y cada vez más oscuras hasta una casucha destartalada en la que un par de magos con las ropas gastadas hablaban en susurros.

- ¿Seguro que son de fiar? ¿No pensarán robarme cuando me duerma?

- Oh, no. Son buenos creyentes. Nunca robarían. Nos está prohibido robar...

- Ya...- Antioch repasó con la vista la estancia memorizándola, por si tenía que huir o era presa de un ataque. Decidió que se marcharía en cuanto amaneciera.

- ¿Dónde vamos, Shaib?

- ¿Cómo que dónde vamos?

- Ya os he dicho. Tengo una deuda de vida. Os acompañaré hasta que os la satisfaga, Shaib.

- Voy muy lejos, ¿Jalal era tu nombre?

- Jalal Wallad. De la prestigiosa familia de los Wallad.- dijo sonriente.

- Bien, Jalal. Voy a Persia.

- Entonces Jalal Wallad va con vos.

- Para ello tengo que encontrar una alfombra voladora, y eso es caro.

- Jalal Wallad, posee una alfombra voladora.

- ¡Ah! ¿Sí?

El diminuto mago puso una sonrisa de una ojera hasta la otra.

- ¿Podrías llevarme, entonces?

- Puedo llevarle a cualquier parte.- dijo hinchando el pecho. Antioch pensó que resultaba un tanto ridículo, tan bajito y escuchimizado.

- Bien. Sobrevolaremos los montes Tauros...

No siguió hablando. Jalal Wallad estaba pálido.

- ¿Algún problema?

- ¿Pretendes atravesar las montañas?

- Si. Es la ruta más directa ¿No?

- Pero...pero...eso supone atravesar la meseta de Anatolia...

- Claro. Hasta llegar a Persia.

- Es...es muy lejos...y...

- Está bien. Si no quieres acompañarme, te libero de tu deuda.

- ¡No! ¡No puede ser! ¡Debo pagar mi deuda de vida!

- Entonces, prepara tu alfombra.

Al amanecer Jalal y Antioch se dirigieron a las afueras de Konya. El diminuto mago llevaba al hombro un objeto enrollado y polvoriento. Antioch sintió una punzada de desolación cuando, orgullosamente, lo extendió ante él. En la vida había visto una alfombra mágica, pero lo que había imaginado no coincidía exactamente con lo que tenía delante.

En otro tiempo, debía haber sido un objeto hermoso. Pero ahora, estaba tan sucia que era imposible saber qué colores se habían empleado en su confección. Una gran mancha marrón tapaba prácticamente del todo un dibujo romboide que ocupaba el centro de la alfombra, y le faltaban casi todos los flecos.

- ¿Seguro que se elevará? – preguntó.

- ¡Oh! ¡Claro que sí! Es una réplica de la del Gran Salomón.

- ¿Salomón? ¿El sabio Salomón?

- El mismísmo. Que la utilizaba para visitar a su amada reina de Saba.

- Ya...Bueno ¿cómo he de hacer?

Jalal se sentó en la mitad delantera, con las piernas cruzadas, y le hizo un gesto con la mano para que se acomodara detrás de él. Antioch suspiró. Seguía sin tenerlas todas consigo, pero tampoco había una alternativa mejor, así que se echó al hombro su escoba y su hatillo y se instaló detrás de Jalal.

- ¿Listo? – preguntó Jalal

- Listo.- contestó Antioch.

- Pues ¡Arriba!

Y, con una sacudida terrible, aquella alfombra que más bien parecía un trapo viejo salió disparada hacia el cielo.

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Notas Varias:

Para escribir esta parte he recopilado información sobre mitología árabe y persa.

- Rumi: Yalal ad-Din Muhammad Balji en persa o farsi, y Celaleddin Mehmet Rumi en turco fue un célebre poeta místico musulmán, fallecido en Konya en diciembre de 1273. Se cuenta que conoció a otro renombrado poeta persa, Farid al-din Attar, que le regaló su copia del Asrar Nameh (Libro de los Secretos) y le vaticinó un gran futuro. Rumi creó la danza de los derviches giróvagos y el verso que aparece es, en efecto, suyo.

- Derviches: miembro de la tariqa, que significa camino, vía o "el que busca las puertas". Los derviches giróvagos, asociados a la orden de Mevlevi (que proviene del poeta persa Rumi) buscan un estado de hipnotismo mediante sus danzas giratorias para alcanzar el éxtasis religioso, y se localizan en Konya, Anatolia, actualmente Turquía.

- Shayj: Los maestros o líderes de las distintas agrupaciones de derviches. También se traduce como jeque. Son los iniciados que guían a los demás en el recorrido de su tariqa o camino.

- La mitología persa se contiene fundamentalmente en un libro llamado Shahnameh, escrito por Ferdowsi hace unos mil años. En el mismo aparece la Copa de Kai Khosrow, un objeto de adivinación, que estaba relleno de un Elixir de Larga Vida. Al parecer, en cuentos posteriores se convirtió en bola de cristal. Rudaba es un personaje femenino de la mencionada obra, caracterizado por su belleza y sabiduría (no está relacionado con la copa en el Shahnameh); puesto que la Copa debía tener un poseedor, he elegido este nombre para la adivina.

- Alfombra voladora o mágica: han aparecido en la literatura desde casi la época bíblica, sobre todo en los cuentos fantásticos árabes y de la India. La alfombra de Tangu o del Príncipe Hussein aparece en las Mil y Una Noches. La alfombra de Salomón se describe hecha en seda verde, regalo de la reina de Saba, sobre la cual se podía colocar su trono y todo su séquito para viajar. En los cuentos populares rusos, Baba Yaga regala a Iván el Tonto una alfombra voladora.