XXI
Amaneció un día nublado. Antioch se sorprendió bastante porque la noche anterior, durante el largo rato que había permanecido contemplado las estrellas nada le había hecho presagiar un cambio de tiempo tan radical. Pero estaba en un país lejano muy diferente al suyo, así que tenía que acostumbrarse a todo, incluida la meteorología. Respiró profundamente y, sumido en aquellas reflexiones tan banales, se dedicó con ahínco a engullir el desayuno a base de una especie de sémola que Jalal había preparado para los dos. O mejor dicho, para los tres.
- ¡CRIACCCC!
El graznido del Simurgh le sobresaltó. A la criatura mágica, tal y como su compañero había predicho, le había bastado una noche para convertirse en un joven ejemplar adulto, un ser alado de color cobrizo brillante con una extraña cabeza que asemejaba terriblemente la de un perro feo y del tamaño de un buitre grande. El Simurgh emitía sus estridentes sonidos mientras deglutía con ahínco su ración de comida, lo mismo que él estaba desayunando. Junto al pájaro estaban los restos del "nido", por llamar de alguna forma al pequeño acomodo que Jalal le había preparado la noche anterior, un amasijo de trapos sucios que despedían un olor hediondo. Se preguntó de pronto si su compañero habría notado durante la noche la transformación de la criatura fantástica.
- ¡CRIACCCC!
El pájaro agitó sus inmensas alas y emprendió un vuelo majestuoso, dejando tras de si el nido vacío y sucio, lleno de excrementos, restos de comida regurgitada y una pluma cobriza. Realizó un vuelo circular sobre sus cabezas como si se despidiera de ellos y emprendió vuelo hacia las cumbres mientras sus plumas parecía que despedían destellos de fuego al ser tocadas por los rayos del sol. Verdaderamente, era un espectáculo digno de verse. Los dos magos, en silencio, contemplaron como se alejaba, enseñoreándose del aire. Cuando no era más que un punto en la lejanía, Cadmus miró hacia el lugar donde había pasado la noche y apuntó con su varita dispuesto a hacer desaparecer aquella basura.
- ¡No! ¡Shaib, no! – gritó Jalal.- Antioch bajó la vara y puso los brazos en jarras. Ya empezaba a convertirse en una costumbre eso de que se interpusiera sin motivo aparente en la trayectoria de sus hechizos.
- ¿Qué pasa ahora? ¡No querrás que conservemos esa pila de porquería maloliente...!
- Espera, Shaib.- Con cuidado, Jalal recogió la pluma del ave. Ahora puedes hacer desaparecer todo esto.
- Evanesco.- murmuró Antioch. Y los detritus del pájaro fantástico desaparecieron sin dejar el más mínimo rastro. Entonces volvió la vista hacia Jalal y observó cómo, con sumo cuidado, guardaba la pluma cobriza en el interior de su túnica. Aquello le produjo una sensación de repulsión. Al fin y al cabo, la pluma había formado parte del montón de porquería que el pájaro había dejado atrás. No debería haberla rescatado. Seguramente desprendería el mismo tufo apestoso que el lugar dónde había sido abandonada por su dueño. Se encogió de hombros y decidió que, si su fina nariz detectaba el más leve aroma apestoso, le haría desprenderse del recuerdo del pájaro de fuego.
Recogieron el campamento en silencio, cargaron de nuevo sus cosas en la mugrienta alfombra y con un sonoro ¡arriba! de Jalal retornaron el vuelo. Cadmus decidió permanecer despierto, atento tanto a lo que Jalal pudiera hacer como a aquello que pudiera suponer una amenaza externa. Al cabo de un rato constató que le picaba todo el cuerpo. Extrañado, se remangó el brazo izquierdo y observó su enrojecida piel, cubierta de gruesas ronchas que, poco a poco, incrementaban su intensidad. Se sorprendió. Aquella reacción cutánea no le era desconocida. De hecho, era un efecto que le producía la presencia de los duendecillos de Cornualles. Pero en medio de aquel lugar no había semejantes criaturas ¿no?
Llevaba bastante rato aguantando rascarse, porque sabía por experiencia que con ello solo conseguiría empeorar las cosas, cuando un extraño ser de color amarillo ocre empezó a saltar delante de sus narices.
- ¡Ah! ¡¿Qué es esto?! Stupefy
- ¡Es un Djinn! – dijo Jalal. Había vuelto la cabeza al oírle gritar.- ¡Tiene que haber más! ¡Debemos haber dormido junto a una de sus madrigueras!
No había terminado de hablar cuando media docena de aquellas criaturas salieron de debajo de la alfombra y empezaron a armar jaleo. Los djinns saltaban, escupían, tiraban de algunos de los hilos de la alfombra y sacaban la lengua con gesto insultante mientras Antioch lanzaba maleficios paralizantes a diestro y siniestro con la terrible impresión de que, por cada djinn que paralizaba, tres o cuatro salían de debajo de la alfombra.
- ¡Maldita sea! ¡Tendremos que descender para acabar con ellos! ¡Baja, Jalal, baja!
- Oh, no hará falta, Shaib.
- ¿Por qué? No puedo con ellos y además me producen urticaria. Deben ser parientes de los duendecillos de Cornualles...
- No sé que son esos duendecillos de los que hablas, Shaib. Pero los djinns huyen del agua.
- ¿y?
Primero todo se oscureció. Después un resplandor cegador dejó a los djinns paralizados.
¡BROOOOOMM!
Finalmente, un trueno inauguró la tormenta y comenzó a llover copiosamente. Los djinns reaccionaron al agua como si los estuvieran quemando, y huyeron para colocarse debajo de la alfombra. Antioch asomó la cabeza y vio cómo se colocaban, temblando, colgando por las patas del reverso de la alfombra, como si fueran murciélagos.
- De momento, nos hemos librado de ellos, pero siguen ahí abajo.- dijo Antioch rascándose una pierna sobre la que había estado saltando un djinn.
- Oh, si. Finalmente habrá que descender para des-djinnizar la alfombra.
- ¿Qué clase de criaturas son éstas? – Antioch se echó la capucha sobre la cabeza mientras contemplaba cómo las gotas de agua desaparecían a escasas pulgadas de la punta del sombrero torcido de derviche de Jalal.
- Djinns del desierto. Cuando encuentran viajeros, se pegan a ellos como una plaga...
- Pues qué bien. Deben ser parientes de los duendecillos de...
-FLASH!
Un rayo había caído sobre la alfombra provocando un pequeño incendio
- ¡Aquamenti! ¡Aquamenti! – gritó Antioch. Consiguió apagar el fuego, pero para su desolación había un hermoso agujero en el lugar en el que el rayo había impactado.
- Jalal...¿puede una alfombra...?
No terminó la frase. La respuesta era evidente. Con semejante agujero, una alfombra voladora no podía proseguir su vuelo. Caían, caían a toda velocidad.
¡PLAAAAASSH!
Antioch golpeó con fuerza con los pies. Afortunadamente, al caer al río no había perdido su varita. Ascendió y ascendió hasta que los pulmones parecían a punto de estallar. Por fin, cuando ya casi le parecía imposible, consiguió sacar la cabeza del agua. El río bajaba con bastante velocidad. Braceó con todas sus fuerzas y al cabo de unos momentos que se le hicieron interminables consiguió, exhausto, alcanzar la orilla. Comprobó que Jalal languidecía aferrado a unas matas, cerca de donde él mismo había conseguido llegar. No perdió tiempo. Se levantó con piernas temblorosas, y haciendo caso omiso al ahogo que sentía empezó a conjurar hechizos.
- ¡ACCIO! ¡ACCIO ESCOBA! ¡ACCIO BOLSAS DE VIAJE! ¡ACCIO ALFOMBRA! ¡ACCIO ALFOMBRA! ¡ACCIO ALFOMBRAAAAAA!
Antioch se sintió impotente. Había rescatado la mayor parte de su equipaje, pero faltaba lo principal. Su varita no había sido lo suficientemente potente como para sacar del agua turbulenta de aquel caudaloso río una alfombra empapada, que a estas alturas a saber dónde estaría. ¿Cómo saldrían de aquel lugar?
Notas Varias sobre los términos del Potterverso Sorg-Expandido al mundo Persa:
- Un djinn, del árabe جن yinn, es un ser fantástico de la mitología semítica. En el potterverso sorg-expandido un djinn es una raza de duendecillos, remotamente emparentados con los de Cornualles, que habita en el desierto.
