XXIII

- ¡Mira Shaib! ¡Mira!

Antioch se despertó con un sobresalto. Varios días de viaje sin incidencias habían conseguido que se fuera confiando poco a poco en que los ataques por sorpresa y los diversos peligros habían pasado a la historia, al menos de momento, de manera que un sueño profundo lo envolvía cuando los gritos de Jalal le devolvieron a la realidad.

- ¡Mira, Shaib...!- repitió Jalal con un deje de admiración y casi de reverencia en el tono de su voz.- Chehel Minar, la ciudad de las Cuarenta columnas...Persépolis...

Asomó la cabeza por encima del hombro de Jalal y oteó el horizonte. Frente a ellos, una vasta urbe de color ocre destacaba recortando el cielo azul brillante. Pronto pudo distinguir las agujas que se hundían en el inmenso acerico celeste, las numerosas columnas que le hicieron comprender por qué Jalal se refería a la cuna del mundo persa como Chehel Minar.

Ninguno de los dos fue capaz de pronunciar ni una sola palabra hasta que tomaron tierra en una vasta explanada rodeada de muros cubiertos de bajorrelieves con las figuras y símbolos mas variados y exóticos que nunca hubiera podido imaginar. Y aún permanecieron en silencio durante un espacio de tiempo que Antioch fue incapaz de estimar mientras paseaba por aquella explanada completamente despoblada contemplando la silenciosa magnificencia de la que, aún abandonada, era la ciudad más impresionante que había visto en su vida.

- ¿Dónde encontraremos a Rudama? – fue por fin capaz de articular.

- No lo se, Shaib. Dicen más bien que es la adivina la que encuentra a los que acuden a ella – contestó Jalal mientras enrollaba amorosamente su alfombra. Los delicados bordados de seda que habían resurgido de la mugre eran tan hermosos que uno podría haberse quedado extasiado contemplándolos durante un tiempo infinito. Antioch suspiró e hizo un esfuerzo por volver a pensar en su misión. Si la adivina era la que se presentaba, entonces daba igual quedarse sentados a la sombra de uno de los muros profusamente decorados o emprender la exploración de la urbe. Decidió que prefería descansar. Se aproximó hacia un lugar sombreado y entonces se fijó. Y se quedó estupefacto. El bajorrelieve representaba hombres de luengas barbas rizadas vestidos con largas túnicas y tocados con gorros picudos. Era una imagen muy familiar, en realidad demasiado familiar. Sintió como el corazón le latía cada vez más deprisa y sus ojos ávidos exploraron otros detalles de la piedra. Como había esperado, una de las figuras removía un caldero bajo las atentas miradas de un gato y de una lechuza. Otra figura de rostro sumamente expresivo y brazos extendidos parecía realizar una invocación. En su mano derecha blandía lo que cualquier otro hubiera considerado un bastón o una vara ceremonial, aunque él tenía la certeza de que no era así. Y, de esta manera, asistió a la más detallada representación en piedra de lo que podía ser la vida cotidiana de una comunidad mágica en cualquier parte del mundo conocido. En realidad, excepto por los ropajes y los peinados, pensó, no difería mucho de lo que podría haber sido un día corriente en un asentamiento de magos en Inglaterra.

- Magi.- murmuró Jalal a su espalda. – Los primeros magi del mundo, Shaib.

Se dio la vuelta asombrado y miró al diminuto mago. Sus ojos oscuros como carbones brillaban bajo aquel sol ardiente.

- La cuna de la magia, Shaib. Estamos en la cuna de nuestra raza...

- ¿Cómo dices?

- Es así, Shaib. La magia nació en estos lugares. Ellos fueron los primeros que la poseyeron. Los primeros que la estudiaron, los primeros que la comprendieron...

Jalal hinchó su estrecho pecho y sonrió con orgullo.

- Mis padres, los padres de mis padres., los padres de los padres de mis padres...todos nosotros pertenecemos a una antigua estirpe de magi. Magies como esos que ves en la piedra, Shaib...

Antioch no dijo nada, abrumado por la terrible impresión de acabar de tomar conciencia de la pureza de la sangre de su compañero de viaje y del lugar casi sacramental en el que se encontraban. Volvió su mirada hacia el inmenso muro y entonces vio a los muggles. Unos contemplaban con reverencia el proceder de algunos magos, otros acudían para pedir consejo o remedio para sus males y pesares. Tuvo la certeza de que quién talló en la piedra aquella escena quiso mostrar que los magos eran admirados y venerados por aquellas gentes. Y sintió una punzada de dolor. En Inglaterra los muggles, más numerosos y belicosos, se esforzaban por controlarlos. Y además con éxito. Qué mejor prueba de ello que el mismo príncipe John, un completo muggle, los había forzado, a él y a sus dos hermanos, a emprender aquella locura de búsqueda...

- ¡Eh, vosotros!

Una voz profunda y a la vez potente le sacó de su ensoñación. Se dio la vuelta y se quedó sin respiración. Tenían ante sí a un hombre enorme. Casi un gigante. Sin embargo, no era un gigante. De eso estaba seguro. Alguna vez los había visto en las colinas de Escocia. Seres que parecían de piedra, irascibles e intratables. Este ser tenía una apariencia más humana y su único ojo irradiaba una mirada mucho más inteligente que cualquier otra criatura de su raza que hubiera conocido.

- Venid.- dijo el cíclope.- Rudama os espera.- Y comenzó a caminar por una amplia avenida. Antioch y Jalal tuvieron que correr para poder seguirle hasta que penetró en una casa de aspecto miserable que parecía que iba a desmoronarse de un momento a otro. Fue sorprendente que pasara por el hueco de la diminuta puerta sin apenas rozarla. El interior, sin embargo, estaba profusamente decorado en tonos rojos. Alfombras y tapices cubrían por completo el suelo y las paredes, y un olor dulzón embargaba el ambiente. Y, de repente, ella estaba allí, en aquella sala.

Todas las adivinas que Antioch había conocido hasta entonces eran mujeres de aspecto descuidado y hasta estrafalario y de cierta edad. Y había imaginado que la que encontraría en Persépolis no diferiría mucho. Pero se había equivocado completamente. Estupefacto, contempló a una mujer de escasa estatura, joven, de largo cabello muy rubio que le caía sobre los hombros y por la espalda hasta alcanzar su cintura, dejando entrever unas orejas ligeramente picudas. Sus ojos eran increíblemente azules, enmarcados en unas pestañas largas y oscuras, y tenía muchas pecas. Su apariencia, familiar para él pero sin duda extraña para las gentes de aquellas tierras, debía haber contribuido tanto como sus poderes a difundir su fama. Con todo, Rudama le pareció una mujer atractiva.

- Cuando el fatuum se empeña, es muy, pero que muy difícil cambiarlo...- murmuró la voz profunda.

- ¿Qué me quieres decir? – interrogó Antioch.

- No hablaba contigo, Shaib.- dijo la adivina un tanto airada.- Se dirigía a mí.

Antioch no supo qué responder.

- El fatuum, como tu dices, no es inmutable. Hace falta coraje para cambiarlo. Tal vez es que no he tenido el suficiente...- La adivina frunció el ceño, como si se quedara pensativa. Un instante después volvió su expresión altiva y se dirigió a Antioch.

- Este es Zohhak, un Anakim,- dijo Rudama.- Los Anakim son una tribu de semi gigantes que se originó hace mucho, mucho tiempo. Son los pastores de Azi, los únicos en el mundo capaces de controlarlos.

- ¿Los Azi?

- Dragones, Shaib.- terció Jalal con timidez, como si temiera que su interrupción fuera a desencadenar la ira de la temperamental adivina.- Dragones persas. Había oído hablar de que eran abundantes en los alrededores de Persépolis...

- ¡Dragones! – Antioch se estremeció y miró a su alrededor con horror, esperando que en cualquier momento se derrumbara alguna de las paredes de aquella casa ruinosa ante la embestida fogosa de uno de aquellos seres enormes y poderosos capaces de despedir llamaradas entre rugidos terribles.

- De momento están a buen recaudo.- intervino Rudama. Antioch tuvo la escalofriante sensación de que le podía leer la mente.- Pero cuando tengan hambre, si no está su pastor cerca, emprenderán la búsqueda de comida por su cuenta.

- No debo perder tiempo.- añadió Zohhak con su voz profunda.- Pronto será el momento de darles de comer. Disculpadme, debo retirarme.- Y con una inclinación de su inmenso corpachón salió de la casa con la misma facilidad con la que había entrado para asombro de Antioch, que esperaba que de un momento a otro se llevara consigo media pared.

- Bien.- dijo Antioch tras recuperarse de la impresión.- Supongo que habrás adivinado para qué estoy aquí.

- Estáis.

- ¿Cómo?

Rudama se giró y posó su mirada sobre Jalal. El pequeño mago se encogió dando la sensación de que era aún más pequeño.

- Sois dos.

- ¡Ah!. Este es...

- Jalal Wallad, mi señora.- El diminuto mago se inclinó reverencialmente.

- Jalal Wallad. Más educado que tu Shaib, que no se ha presentado todavía...

- Me llamo Antioch Peverell y vengo de tierras lejanas, del oeste del mundo.

- Ya. Y bien...

- Deseo saber cuál es el paradero de un objeto mágico preciado.

- Para eso no necesitabas consultarme.- dijo Rudama con su tono altanero.- El objeto se encuentra en Shiraz. ¿No te lo ha dicho tu amigo? Es de todos los magie parsi conocido que la lanza del destino está en poder del gobernador. Es un objeto de familia, de esos que se heredan de padres a hijos... Como tu alfombra.- Jalal dio un respingo y casi se cae de su silla.- Procede de la época del Gran Salomón. Una copia muy próxima ¿no es así?

Jalal asintió con la cabeza.

- Eres una adivina poderosa...- se atrevió a murmurar.

- Gracias, magi parsi.

- ¿Magie parsi...?

- Mago de Persia. Y Jalal Wallad vocea constantemente que su familia proviene de Shiraz. ¿Siempre muestras tan poco interés en las cosas de los demás, Shaib?

Antioch no supo qué responder. Se quedó mirándola fijamente, sopesando si convenía pensar en alguna réplica ingeniosa o era mejor dejarlo correr.

- Bueno. Supongo que tendré que poner a buen recaudo la copa antes de que...

- ¡BRAAAAAAMMMM!

Antioch se dio la vuelta de un salto y apuntó con su varita hacia la fuente del estruendo, pero no pudo ver nada porque la sala se llenó de polvo.

- ¡GRRRRRAAAAAAAA!

- ¡Sacad vuestras varitas! ¡Rápido! – escuchó a Rudama.- ¡Pero no se os ocurra usarlas! ¡Es Zahhak!

- ¿Zahhak? – gritó Antioch. Pero no hubo tiempo para respuestas. La polvareda se dispersaba mostrando una masa enorme y humanoide.

- ¡GRRRRRRAAAAAAAAAA!

- ¡El Anakim! – gritó Antioch.- ¡Se ha vuelto loco!

- ¡No bajes tu vara! - ordenó Rudama a Jalal al verle dubitativo.

- Pero si es inofensivo...

- ¡Ya te he dicho que no es Zohhak! ¡Es su hermano gemelo...!

El semi gigante miraba fijamente a Antioch, con los brazos abiertos en toda su extensión y una mirada muy amenazadora en su rostro crispado.

- ¡Tiene los dos ojos!- dijo de pronto Jalal. El semi gigante se dio la vuelta para buscar quién había hablado, y Antioch aprovechó el momento.

- Impervius

Un súbito resplandor iluminó la sala cuando el hechizo impactó en el corpachón del semi gigante. Este se tambaleó y acabó cayendo con un gran estruendo en el suelo, provocando que las paredes vibraran amenazadoramente.

- ¡No perdamos tiempo! ¡Hay que desaparecerse! – gritó Rudama. Antioch se giró para mirarla y la vio saliendo de la habitación contigua portando en las manos una bolsa de color rojo.

- ¡Concentraos en el Kuh-e Rahmat! – gritó la adivina. Y acto seguido se desapareció. Antioch se quedó mirando el lugar donde un momento antes estaba Rudama.

- ¿Y dónde se supone que...? – No terminó la frase. Jalal le agarró del brazo y se desapareció con él.

Aparecieron en una explanada amplia cerrada por una ladera empinada, en cuya pared había distintas oquedades, como entradas de grutas, obviamente excavadas por manos humanas. Aquella pared natural, el Kuh- e- Rahmat, delimitaba el lado este de una gran edificación ortogonal que muy bien podía haber constituido un palacio. Antioch pensó que tal vez iban a esconderse en alguna de esas grutas.

- Son sepulturas.- Intervino Rudama. Esta vez, lo que sorprendió a Antioch fue que esperaba su contestación sin necesidad de haber formulado verbalmente la pregunta. Rudama le devolvió una mirada enigmática. Cuando iba a abrir la boca para decirle algo la adivina se dio la vuelta, se colocó la mano a modo de visera sobre los ojos y fijó la vista en un punto del cielo azul. El punto se hizo más y más grande y nítido.

- ¡A cubierto! ¡Rápido! – gritó Antioch al percatarse de lo que realmente se trataba. Jalal le adelantó en la febril carrera hacia la cueva más próxima. No se detuvieron hasta estar a buen recaudo, y entonces escucharon las risotadas de Rudama.

- Sois bobo, Shaíb.- dijo Rudama. Un enorme dragón aterrizó en la explanada. Zohhak lo montaba y lo manejaba mediante un arnés. Nunca había visto nada igual.

- ¿Bobo? ¿Cuándo se ha visto un dragón domesticado? – preguntó airado desde la boca de la caverna.

- Te he explicado que solamente los Anakim pueden manejar a los dragones...- contestó Rudama con expresión hastiada.- Me ratifico en mi anterior conclusión. No eres hombre dado a prestar atención a lo que los demás te dicen.

- ¡Claro que te he escuchado! ¡Pero pastorear una manada de estas bestias no implica convertirlos en dóciles burritos!

- Yo no he dicho eso. Sacas conclusiones precipitadas.

- ¡¿Qué pretendes?! ¡¿ Hacerme perder el control?!

- Pretendo.- contestó Rudama tranquilamente – Aportar un poco de serenidad a tu persona. Eres hombre poco reflexivo y demasiado resolutivo.

- ¡¿Quién eres tú para pretender cambiarme?!

- Nadie, ciertamente. Pero tienes una misión. Y no creo que te ayude ser tan poco reflexivo...

- ¡Si hubiera sido un poco más reflexivo a estas horas Jalal y yo estaríamos muertos!

Rudama no contestó. Se limitó a suspirar, dirigirle una larga mirada lánguida y dar por terminada la contestación. Se dio la vuelta y se dirigió a Zohhak, que había atado las riendas del dragón a un saliente alejado y estaba alimentándolo con unas piezas enormes de carne que extraía tranquilamente de una enorme bolsa.

- Ayúdame a preparar un fuego y algo de comer, por favor.- dijo Rudama a Jalal. Y el diminuto mago abandonó el refugio y la acompañó dócilmente.

- ¿Vienes o te quedas ahí?

Antioch no contestó. Tampoco se movió. Y Rudama no insistió. Al cabo de un rato, comprendió que era una estupidez quedarse allí, y salió con la varita en la mano. El dragón dormía acurrucado. Se aproximó a los otros tres, que comían tranquilamente sentados alrededor de una fogata a la sombra de un sicomoro.

- Los hay Sruvara o cornudos, Zainta, que son de color amarillo vivo, Raoditia, rojos como fuego, o Visapa, que son muy, muy venenosos...- estaba contando Zohhak a un maravillado Jalal.- ...¡Ah! – dijo el semi gigante con su voz profunda al verle. Y sin añadir nada mas desplazó su enorme corpachón con una gracia impensable para dejar sitio en el que pudiera sentarse. Antioch ocupó su lugar en silencio mientras Rudama, sin dejar de mirarle de manera muy expresiva, le tendía un cuenco con un guiso humeante de buen aspecto y mejor olor.

- Mejor sabrá...- murmuró la adivina. Y volvió a prestar atención a Zohhak. El semi gigante suspiró.

- No sabía que Zahhak andaba tan cerca. Habrá que tener mucho cuidado. Un encantamiento aturdidor no dura demasiado en un Anakim. Cuando despierte estará aún más furioso y mandará sus serpientes por nosotros.

- ¡Serpientes! – exclamó Jalal.

- Serpientes...¡Bah! – musitó Antioch.- ¿Qué tienen de especial esas serpientes, si puede saberse? Después de todo lo que he visto...Una llamarada de tu dragón puede dejarlas reducidas a cenizas. ¿No?

- Las serpientes de Zahhak están encantadas y a la vez le tienen a él hechizado. Es como un círculo mágico. Cada vez que eliminas una renacen dos de sus restos. Y mientras Zahhak es prisionero de su magia tenebrosa. Lo están volviendo loco...

- Entonces lo que hay que hacer es salir de aquí cuanto antes.

- Tenemos que ayudar a Zahhak.- terció Rudama.

- ¿Si? ¿Por qué? Hasta ahora, lo que ha hecho ha sido amenazarnos.

- Es el hermano de Zohhak.

- ¿Y?

Rudama no contestó. Le miró con una mezcla de dureza y tristeza.

- Deshacer un encantamiento que es como un círculo...no se sabe dónde está el comienzo y dónde está el final...- murmuró Jalal con la mirada perdida en el fuego. Antioch pensó que las llamas también debían estar embrujadas, de manera que atrapaban la voluntad de su diminuto compañero de viaje. Resolvió no fijar la vista en ellas.

- El lo comprende.- dijo Rudama.- Mientras tu no lo comprendas, Shaib, no tendrás posibilidades de éxito.

Nadie más habló.

Notas Varias

Anakim: resulta que era un gigante de la mitología hebrea... ya veremos cómo enlaza eso con Rudama ...Aunque, para darle originalidad al asunto he inventado lo de la tribu de semigigantes. Como puede observarse, parece que es un mestizaje que de alguna manera genera afinidad con los bichos mágicos...

Los nombres de los dragones y sus características están sacados de la mitología persa.

Como he indicado en otro capítulo, la cuna de los magi, en efecto, fue Persia.

Zohhak también es un nombre mitológico de un ser gigantesco de la mitología persa.