XXV

Estaban rodeados. Apoyados espalda contra espalda, con sus varitas sacadas, contemplaron como el cerco de amenazadoras serpientes se estrechaba en torno a ellos.

- Y ahora ¿qué hacemos? – dijo Antioch con cierto deje de acusadora ironía.

- Música.- Murmuró Rudama en un tono de voz casi inaudible.

- Ya te he dicho que no se tocar ni cantar...

- Un conjuro musical...

- Pues si ese conjuro existe no se a qué esperas, querida – dijo Antioch. Rudama no contestó. El mago podía sentir su cuerpo tenso detrás de él. Aquello le produjo una extraña sensación, como un escalofrío. Pero inmediatamente alejó aquel pensamiento de su mente. No podía dejar que nada le distrajera en aquellos momentos. Extendió el brazo dispuesto a defenderse si alguna de aquellas criaturas osaba intentar clavarle sus colmillos. El corazón le latía con fuerza y la boca se le llenó de un regusto dulzón. De repente, las serpientes dieron media vuelta y huyeron en todas las direcciones. Durante unos instantes, los cuatro permanecieron inmóviles, los tres magos con las varitas preparadas y el Semigigante con los brazos extendidos, en una pose como de protección. Antioch fue el primero que recuperó el habla.

- ¿Por qué huyen?

- ¿No lo notáis? – dijo Zohhak.

- ¿Qué es lo que tenemos que notar? – preguntó Antioch sin bajar la varita.

- El suelo se mueve. – contestó el Semigigante. Había dejado caer sus brazos a lo largo de su corpachón y estaba mirando sus enormes pies.

- Yo no noto nada.- dijo el mago.- ¿Estás seguro?

- ¡Tenemos que marcharnos de aquí inmediatamente! – gritó el Semigigante.

- ¡La alfombra!.- dijo entonces Rudama. Pero Jalal se había anticipado y ya estaba desenrollándola. Entonces experimentaron una fuerte sacudida y cayeron al suelo. Una grieta se abrió delante mismo de las narices de Antioch.

- ¡Corred! ¡Rápido! .- gritó Zohhak. Antioch se levantó y corrió dando traspiés. Cuando estaba junto a Jalal conjuró un accio sobre las bolsas, justo cuando otro agujero se abría donde habían reposado. Un instante más, y habrían perdido el equipaje. Y Antioch recordaba vívidamente que, aunque sus pertenencias tenían escaso valor, Rudama había guardado con un cuidado infinito la famosa Copa de Adivinación.

- ¡Deprisa!- gritó al ver que la bruja tenía problemas para llegar hasta ellos. Zohhak se rezagó para ayudarla. Otra grieta, esta vez inmensa se abrió entre ellos y la adivina que, pálida, se quedó quieta con los pies en el borde, su cuerpo cimbreándose a punto de caer. Zohhak extendió un brazo enorme, la asió por la cintura y la llevó en volandas hasta el otro lado de la grieta. Rudama estaba pálida, pero corrió. Corrieron hasta la alfombra y montaron en ella.

- ¡Arriba! – gritó Jalal. Y la alfombra obedeció.

- Ha ido de un pelo.- gritó Antioch mirando a Rudama. La adivina permanecía callada, con la vista fija en la ciudad y el rostro pálido perlado de sudor. Una densa nube de polvo iba extendiéndose con una rapidez pasmosa, cubriendo completamente el suelo. Cuando una columna se derrumbó con gran estrépito Rudama se estremeció, y Antioch, instintivamente, le pasó el brazo por los hombros. Notó que la bruja estaba helada, y la atrajo hacia sí, pensando en darle un poco de calor. Ella permaneció con la cabeza apoyada en su hombro unos instantes, pero pronto se desasió, y sin mirarle siquiera rebuscó entre sus cosas, sacó una hermosa capa de un rojo muy vivo y se envolvió en ella. Cuando sus miradas volvieron a encontrarse, sus ojos mostraban de nuevo aquella expresión altiva y desafiante. Antioch no le dijo nada. Giró la cabeza y miró al infinito.

- ¿Dónde vamos? – preguntó Zohhak al cabo de un rato.

- Vamos en dirección a Shiraz.- contestó Jalal.- Si queréis regresar...

Zohhak dirigió una mirada interrogante a Rudama. Ella le devolvió otra velada tras una cortina de lágrimas, y negó con la cabeza de manera casi imprerceptible.

- No tiene mucho sentido....- comenzó a decir el Semigigante.

- Pero tu hermano...y tus dragones...- añadió Jalal.

Zohhak suspiró.- Los dragones habrán volado. Las criaturas más torpes a la hora de ponerse a salvo ante las catástrofes naturales son los seres humanos. Y en cuanto a mi hermano...bueno...tal vez se haya librado definitivamente de las serpientes...

Antioch volvió a sentir estremecerse a Rudama. Nadie, ni siquiera él mismo, quiso preguntar a Zohhak qué había querido decir exactamente con aquello. En realidad, nadie quería oír que lo más probable era que hubiera muerto. Era una posibilidad demasiado real, demasiado terrible. Por alguna misteriosa razón, el mago intuyó que era muy doloroso para Rudama.

- Vira y sobrevolemos la ciudad. Desde el cielo veremos cómo ha quedado – dijo Antioch de pronto. Jalal dirigió una mirada interrogatoria a Rudama y Zohhak. Como ninguno de los dos dijo nada, con un suspiro, ordenó a la alfombra girar.

El polvo se había ido asentando y volvía a dejar ver la ciudad. Tratándose de una urbe en ruinas, a primera vista, y para un profano como Antioch, el terremoto se había limitado a introducir más desorden en las piedras. Pero Rudama y Zohhak contemplaban aquello con expresiones de desolación. Antioch comprendió que estaban observando los restos de lo que había sido su hogar. De pronto, ella ahogó un suspiro y se llevó la mano al pecho. Bajo una de las piedras de la columna que habían visto caer asomaban unas piernas enormes. Zohhak puso una expresión de dolor.

- Vámonos.- en un tono muy bajo, casi imperceptible, Antioch se dirigió a Jalal. La alfombra ya había virado, rumbo de nuevo a Shiraz.

Volaron durante un largo rato, probablemente horas, hasta que Jalal decidió descender para pasar la noche en tierra. Encendieron un fuego y a su abrigo comieron queso y carne seca, envueltos en sus capas. Zohhak se ofreció para permanecer despierto toda la noche, vigilando que ninguna bestia se acercara al improvisado campamento. Antioch hizo algunas objeciones y propuso que se turnaran, pero el Semigigante explicó que los de su raza dormían muy poco, algunas horas cada varios días. Durante todo aquel tiempo, Rudama apenas habló, y solamente para agradecer la comida y la bebida. Cuando Antioch intentó entablar conversación con ella, invariablemente recibió alguna de aquellas miradas feroces.

Parecía que Jalal dormía. Al menos, el respirar acompasado de su cuerpo eso indicaba. Sin embargo Rudama estaba sentada, contemplado el fuego. La vio llorar en silencio. Se acercó y le tendió un pañuelo. Ella no dijo nada, pero lo tomó y se restregó los ojos.

- El futuro no es inmutable ¿sabes? No estamos sujetos a un fatuum definitivo que gobierna nuestras vidas. Sabía que la llegada de un extranjero era una señal, creí que tu eras la amenaza...me equivoqué con las señales.. Debería pensar como Zohhak...- dijo sin apartar la vista del fuego.

- ¿Cómo...?

- Sus sentidos estaban bloqueados. La influencia de las serpientes era perniciosa. Le estaban volviendo loco...Se ha liberado definitivamente...Por fin está tranquilo...pero es tan duro...

Rudama suspiró y permaneció en silencio, con la vista baja, como sopesando lo que había dicho.

- Creo que deberías dormir un poco.- se atrevió a decir Antioch. Rudama asintió con la cabeza. Se envolvió aún más en su capa roja y se tumbó junto al fuego. Agotada, se quedó dormida enseguida. Antioch la contempló durante un rato. De vez en cuando, un hipido revelaba que había llorado. Era una mujer extraña, pensó. ¿De donde procedería? Se acercó entonces al Semigigante y se sentó junto a él.

- ¿Por qué no duermes? -. Preguntó Zohhak.

- No puedo hacerlo. Me encuentro tan exhausto que no soy capaz de conciliar el sueño.- El Semigigante entonces le tendió un cuenco con leche caliente. Antioch dio un par de sorbos y contempló el menudo bulto de Rudama a través de las juguetonas llamas.

- Supongo que se instalará en Shiraz...- dijo Zohhak. Era como si le hubiera leído el pensamiento, pues acababa de preguntarse qué haría a partir de entonces la adivina.

- ¿Hay una comunidad mágica importante en Shiraz?

- ¡Oh!, ¡Sí! No hay ciudad en Persia que no posea una comunidad mágica. Este país es la cuna de la magia, ya lo sabes.

- ¿Y los mugg...? ¿la gente no mágica?

- En general, veneran y respetan a los magos. Los gobernantes tienen algunos a su servicio. Astrólogos, fabricantes de pócimas, adivinos...

Antioch sonrió.- Como en todas partes, los poderosos quieren tenernos a su servicio.

- Bueno. Algunos magos se emplean por dinero. Otros porque consideran que es lo correcto.

- Servir a un no mágico nunca es lo correcto.

- ¿Por qué? Si se trata de un hombre poderoso, que quiere el bienestar de sus súbditos ¿qué hay de malo en ayudarle?

- Los mugg....la gente sin magia es...¿cómo decirlo?...inferior. No deberíamos depender de ellos.

- ¿De veras crees que son inferiores?

- No pueden hacer muchas de las cosas que hacemos. No pueden ver todo lo que hay en el mundo. Son limitados.

- Los magos cambiamos la realidad a golpe de varitas. Algunos hombres sin una gota de sangre mágica cambian a otros hombres. Es algo mucho más difícil.

Antioch no contestó. Zohhak, el Semigigante, acababa de confesar que él era un mago. ¿Cómo era posible? Nunca había conocido a un ser de especies mezcladas, un híbrido de criatura fantástica y ser humano. Aquello de cambiar a las personas, en lugar de cambiar el mundo no tenía entonces mucha importancia comparado con la revelación de la naturaleza mágica del Semigigante.

- ¿Por qué no sacaste la varita cuando estábamos rodeados de serpientes? – preguntó procurando que no pareciera un reproche.

- Ponerme a cantar hubiera sido mucho más eficaz que cualquier hechizo.- contestó Zohhak. Antioch le miró con asombro.

- ¡Estás de broma!

- No, que va. Ya te lo dijo Rudama. La música es lo único que atonta a esas serpientes. O atontaba. Supongo que habrán perecido. Ni siquiera una criatura mágica puede contra las fuerzas de la naturaleza desatadas. De todas formas, volviendo al tema de mi magia, como mago no soy gran cosa, como todos los Semigigantes. No has conocido a muchos ¿verdad?

- Eres el primero que conozco. Los gigantes son seres extraños, ariscos, poco sociables, al menos los de Europa. No creía posible que se mezclaran con magos.

- Los gigantes de esta parte de la Tierra también son gente reservada. Pero son muy leales.

- ¿Leales? Eso sí que es una novedad para mi. Supongo que es lo que ha permitido una raza autóctona de Semigigantes.

- Es posible.

- Y dime ¿Os emparejáis entre vosotros?

- Entre nosotros, con Gigantes y con humanos.

Antioch procuró disimular su asombro. No podía comprender que alguien hablara de semejantes mezclas con tanta naturalidad. Al fin y al cabo había crecido imbuido por el elitismo de sangres occidental, que se extendía más allá del pedigree mágico de un mago o de una bruja y repudiaba las mezclas entre especies. Zohhak emitió un largo suspiro, sacándole de sus reflexiones.

- Será muy duro para Rudama. Tal vez no vuelva a ejercer de adivina.

- ¿Por qué?

- Cuando ocurrió lo de la Gorgona, Rudama rompió una de las Grandes Reglas de la Adivinación. Miró la superficie de la superficie de la copa, y vio que Zahhak moría durante el mismo, cuando una columna se derrumbaba sobre él.

- Nunca estudié a fondo la adivinación. No se me daba muy bien. No se qué son las Grandes Reglas esas. No veo qué relación tiene que mirara la Copa con que no pueda ejercer la adivinación.

- Es posible que en tu país no existan. Son un código ético que todo adivinador debe respetar en esta parte del mundo. Una de ellas dice que no usará la adivinación en lo relativo a su futuro.

Antioch alzó las cejas.- ¿No se debe intentar predecir cosas que le van a pasar a uno mismo?

- Eso es.

- Pero me has dicho que lo que miró fue el futuro de Zahhak, no el suyo.

- ¡Oh! ¡Perdona! ¡Es evidente que no te has dado cuenta! – dijo Zohhak. – Mi hermano era su compañero.

- ¿Su compañero?

- Si. Su pareja. Mirar el futuro de la persona con la que estás vinculado tan profundamente es como mirar el propio futuro, según las Reglas de la Adivinación.

Antioch negó con la cabeza, pero no osó decir nada. Bajo sus parámetros, por mucho que fuera su hombre, o su Semigigante, o lo que fuera, el futuro de Zahhak era el futuro de Zahhak, y el de Rudama era otra cosa. No comprendía por qué suponía una violación de ninguna norma.

- Bueno. Y aunque así fuera. ¿Qué consecuencias tiene el haber vulnerado esa Regla?

Zohhak suspiró.- La posición de Rudama como poseedora de la Copa tiene los días contados.

Antioch parpadeó.

- No lo entiendo.

- Los objetos mágicos de adivinación en Persia están conjurados de manera que funcionan con su adivino mientras las normas se mantienen. Rudama las ha vulnerado.

- ¿Entonces?

- Tarde o temprano, dejará de poseer la Copa de Adivinación.

- ¿Y perderá sus poderes adivinatorios?

- No lo creo. Rudama es una extraordinaria vidente. Seguramente la mejor que ha poseído la Copa. Pero sin ella no será lo mismo. La Copa potencia sus poderes, porque es un objeto mágico en sí mismo. Además, la gente acude a ella porque es la Adivina de la Copa.

Antioch no dijo nada. Aquello le parecía absurdo. Si Rudama era buena en sus artes, lo sería donde fuera y con lo que usara, daba igual que fuera una hermosa copa de vidrio de colores, una baraja de cartas o una colección de huesecillos de cordero. De pronto, un extraño pensamiento se coló en su mente. Una mujer tan menuda con un Semigigante...un tipo que accidentalmente se había sentado sobre nada menos que una Gorgona y la había despachurrado...¿Cómo podrían...? Lo mas curioso fue que pensar en Zaahak muerto le producía una incomprensible sensación de alivio. Negó con la cabeza y miró en derredor, desterrando aquellas ideas tan estrafalarias. Todo parecía en calma, y el cansancio comenzaba a hacerse notar. Aferró su varita y se envolvió en su capa. Se tendió junto a la hoguera, desterrando los pensamientos deslabazados que amenazaban con conquistar su mente. Dormiría con un sueño ligero, presto a despertarse si algún peligro los acechaba.