XXVI
Shiraz era una ciudad inmensa, colorista, llena de vida, con hermosos jardines, monumentos delicados y mucha actividad, tanto intelectual como comercial. No en vano, alcanzaba los sesenta mil habitantes lo que para Antioch, acostumbrado a lugares muchísimo menos poblados, resultaba bastante agobiante. La llamaban Dar al-Elm, la Casa del Conocimiento, porque había muchos sabios y estudiosos, múltiples poetas y literatos, místicos y filósofos. Era, verdaderamente, una mezcla curiosa y un tanto abigarrada.
Antioch pensó que cualquiera de sus hermanos se hubiera encontrado allí más cómodo que él. Cadmus, por ejemplo, era el más aficionado a las letras, y habría sabido sacar partido de la inmensa biblioteca que bien podría haber competido con la alejandrina. Ignotus, el benjamín, habría explorado fascinado una y otra vez los vistosos zocos, se habría maravillado contemplando la fastuosidad y el lujo de aquellos palacios y villas señoriales y la magnificencia y solemnidad de las dos mezquitas, para acabar perdiéndose en alguna de las pujantes comunidades cristiana y judía.
Llevaban ya un mes en la ciudad y sus esfuerzos por aproximarse al propietario de la lanza, el Gobernador Shoja, habían resultado hasta el momento completamente infructuosos. Afortunadamente y gracias a los buenos haceres de Rudama, una pareja de ancianos magie había tenido a bien acogerlos en su humilde casita. Zohhak, por su parte, había optado por residir fuera de la urbe, puesto que en ella su imponente estatura sobresalía demasiado como para pasar desapercibido.
Jacob, el anciano magi, y su mujer Raquel pertenecían a la comunidad judía, y regentaban un discreto puesto de especias en la parte mágica del zoco. Rudama había decidido pasar tiempo en la tienda, echándoles una mano como contraprestación por el alojamiento, pues se habían negado a recibir ningún dinero a cambio. La adivina enseguida se percató que hasta allí llegaban toda clase de rumores de lo que acontecía en la ciudad, de manera que, mientras limpiaba los estantes, escuchaba muchas cosas.
- El Shah Shoja está preocupado. Al parecer, ha recibido a un embajador de un general turco mongol llamado Tamerlán.- comentó una tarde al regresar del zoco.
- ¿Quién es ese Tamerlán?.- preguntó Antioch alzando la vista del caldero en el que cocía pacientemente una poción para el reuma de Raquel.
- Ya te lo he dicho.- contestó Rudama mientras doblaba cuidadosamente el velo con el que se había cubierto la cabeza.- Un general turco mongol que parece que empieza a crear un inmenso imperio. Como no pertenece a los descendientes de Ghengis Khan no se ha autoproclamado Khan, pero todo parece que el propio rey es una marioneta en sus manos. Le gusta jugar al ajedrez.- Soltó de corrido y sin apenas dirigirle una mirada.
- ¿Qué tiene que ver que le guste jugar al ajedrez?
- ¡Qué romo eres, Shaíb Antioch!.
El mago alzó las cejas sorprendido. Era la primera vez que Rudama le llamaba por su nombre.
- Parece que negocia el pago de impuestos a cambio de que no invadir la ciudad. – Continuó Rudama mientras le dirigía una mirada de "es evidente". Pero Antioch seguía sin comprender.
- Lo dicho. Eres un tarugo. Tamerlán no es un bruto que conquiste todo por la espada. Intenta conservar esta ciudad intacta. Ha hecho una oferta para negociar.
- ¡Ah! Se trata de una estrategia...
- El Shah ha rechazado la oferta. Siguiendo el consejo de algunos de sus asesores, ha decidido que no está dispuesto a pagar tributo.
- ¿Y eso qué significa? ¿Qué ese Tamerlán va a poner sitio a la ciudad?
- Deberías prestar más atención al caldero. Se va a pasar de hervor...
Antioch bajó la vista. Rudama tenía razón. Con un toque de varita hizo que el fuego se redujera. Aquella poción perdería sus propiedades mágicas si hervía de más, y era bastante laboriosa de hacer.
- No me has contestado...- volvió a insistir cuando comprobó que el brebaje no se había echado a perder.
- Parece ser que no todo está perdido. El Embajador propone un combate singular.
- ¿Un combate singular? ¿Cómo un duelo mágico?
- Mas o menos. El mejor guerrero del General de Tamerlán contra aquel designado por la ciudad.
- ¿Cómo te has enterado de todo eso?- Antioch había preguntado una vez, ante otra catarata de información de Rudama si es que había empleado la Copa, y había recibido por respuesta una mirada torva de la bruja. No comprendió el alcance de la situación hasta que ella misma, una noche de insomnio, le explicó que, según la Leyenda, no debía volver a mirar la copa so pena de que ésta quedara destruida. Debía, pues, esperar a encontrar a otro mago o bruja dotado de facultades adivinatorias y de una ética más sólida que la suya para hacerle traspaso de la famosa reliquia. Ese mago o esa bruja se convertiría así en el Adivino o la Adivina de la Copa.
- ¿Así es cómo llegó hasta ti? - le preguntó entonces.
- Me la entregó un anciano adivino parsi antes de morir. Me juzgó digna...- Y Rudama calló.
- Me enterado en el zoco.- dijo sacándole de sus recuerdos. Allí se cuenta todo. Si tienes oídos para oír, claro está...Podría ser nuestra oportunidad de acercarnos al Shah.
- ¿Cómo?
- Me he estado informando. El guerrero más temible de los mongoles es un tal Murwaff. Una especie de Aquiles que además posee un poderoso halcón. Un ave de proporciones pequeñas pero dotado de algunas facultades mágicas que le obedece ciegamente. En realidad, se trata de un híbrido de una de esas aves de presa y una quimera. Un temible guerrero, pero sin duda la diferencia la marca el halcón que combate por él como un arma más.
- ¿Qué propones?
- Que te ofrezcas al Shah para proveer a su defensor de un medio mágico para hacer frente a esa ave.
- Veo dos pequeños problemas. El primero es que no entiendo gran cosa de zoología mágica, mucho menos de esta parte del mundo. ¿Qué podría ofrecerle que no conozca ya?
- Tu no sabes de zoología mágica, pero los magie de la corte tampoco. Zohhak, sin embargo, es un experto en la materia. Según me ha comentado, los cruces de halcón y quimera tienen tendencia a extasiarse con ciertos objetos. Pide al Shah que el mejor de sus orfebres cree para el guerrero un casco coronado por una hermosa efigie de dragón que reluzca aún bajo las más densas nubes. Y tú crea para él una jaula irrompible donde encerrar al pájaro.
- ¡Vaya! ¡No has perdido el tiempo haciendo mis planes!
- ¿Te quejas? Si quieres, me callo y te dejo a ti que resuelvas el asunto. Con un ejército a las puertas reconozco que se vuelve un acertijo interesante...
- No me malinterpretes. Creo que has estado cavilando mucho.
Rudama suspiró.- Si el mismo Shah no te recibe, espero que al menos su visir sí lo haga.
Fueron a Palacio a la mañana siguiente. Esperaron pacientemente en una larga cola de súbditos que aguardaban audiencia del visir y cuando finalmente se encontraron frente a uno de sus funcionarios, Antioch le convenció de que valía la pena escuchar lo que tenían que decir haciéndole levitar a unos cuantos metros por encima del suelo. De sus bolsillos cayeron sospechosas monedas. El funcionario, con la cara roja, se apresuró a informar al Visir que unos magie poderosos venidos de lejos tenían algo que ofrecer para oponerse a Tamerlán. Debió ser muy convincente, porque pronto un sirviente de palacio los introdujo a través de grandes y luminosos corredores ricamente ornamentados hasta un salón enorme ricamente decorado con tapices, sedas y almohadones, el mismísimo despacho del Visir.
El Visir era un hombre delgado, de ojos muy negros y fina perilla también oscura. Escuchó atentamente lo que Antioch le dijo y después le formuló algunas preguntas. Después de recabar toda la información, le preguntó qué querría por sus servicios.
- Convertirme en miembro del Consejo de Magie del Shah.- contestó Antioch. Sentía en su cogote la mirada fija de Rudama.
- ¿Y cómo es que pretendes convertirte en Consejero? Eres extranjero. No llevas mucho entre nosotros. Te acompaña una mujer...- dijo el Visir.
- Esta tierra es la cuna de la magia. Deseo ampliar mis saberes y compartir mis experiencias.
Rudama había preparado la respuesta para él. No le había convencido mucho, pero tampoco había sido capaz de idear nada mejor. El visir se mesó la perilla antes de replicar.
- Bien. Ahora nuestra prioridad es escoger a nuestro guerrero. Informaré de tu oferta al Shah. Recibirás noticias de palacio.
Cuando dos días después Antioch regresó al Palacio el Visir le esperaba en un espacioso y desierto patio acompañado de un soldado joven, apenas un muchacho.
- Este es Himuz. Se ha ofrecido voluntario. – dijo el Visir. Antioch se sorprendió. Era fornido y alto, y seguramente estaba bien entrenado. Pero tal vez era demasiado joven para cargar sobre sus hombros tanta responsabilidad. Se preguntó por qué no habían sido capaces de encontrar nada mejor. Pero no había más con lo que contar. Al día siguiente, al amanecer, comenzaría el combate singular.
Los guerreros se analizaron desde lejos mientras las tropas y los habitantes de Shiraz permanecían mudos. A una señal, el combate se inició. Himuz alzó la vista y vio cernirse sobre su cabeza al poderoso halcón de Murwaff. El ave se aproximó hasta la cimera y, como era de esperar, se quedó extasiada contemplándola. Himuz, que era rápido, extrajo la jaula de su alforja y lo introdujo en ella. El ave emitió un sonoro grito. Entre las huestes de Tamerlán se oyeron unos murmullos.
Murwaff entonces, enrojecido de ira, emitió un potente grito, desenvainó su espada y, con ella alzada sobre su cabeza, espoleó su caballo. Himuz respiró hondo, desenvainó la suya, picó espuelas y galopó a su encuentro. Ambos guerreros se encontraron en el centro del campo de batalla con gran estrépito. El choque de las espadas parecía producir chispas cada vez que se asestaban los rudos golpes. Durante largo rato los dos batallaron con bastante igualdad sobre sus monturas, pero al cabo de un largo rato Himuz, que ya había dado alguna señal de cansancio, fue desmontado por un soberbio golpe de Murwaff. La multitud que contemplaba desde las murallas ahogó un grito mientras las tropas de ´Tamerlán proferían vítores. Himuz no desfalleció y consiguió derribar a Murwaff. La lucha continuó con ambos guerreros a pie.
El grito agonizante del pájaro se oyó entonces, por encima de las voces de uno y otro bando, y distrajo un momento a Murwaff. Entonces Himuz no vaciló y asestó el golpe definitivo. El guerrero de Tamerlán quedó tendido boca arriba, con la cabeza ladeada hacia la jaula y los ojos abiertos y llenos de lágrimas. Himuz se quitó el casco con la mano izquierda y con la derecha alzó la espada. Numerosas voces corearon su nombre desde las murallas de Shiraz. Se había convertido en un héroe. Ahora era el momento de que se cumplieran las condiciones del combate singular. Tamerlán, aún ambicioso, demostró ser hombre de palabra, y retiró sus tropas de Shiraz. Lo vieron lanzar una última mirada hacia la ciudad, antes de partir para otras tierras.
- Volverá. Algún día, volverá.- murmuró el visir.- Pero esperemos que no sea pronto. Y tú, Shaíb venido del oeste, ahora eres miembro del Consejo de Magie. ¡Qué gran idea la celada! ¡Y qué gran idea la jaula menguante!
Antioch comenzó a desempeñar su labor, para la que a menudo recababa el consejo de Rudama. Pronto comprobó que entre los demás miembros del Consejo de Magie predominaban los ambiciosos que solamente esperaban medrar a los pies del gobernante de Shiraz, y que habían ido arrinconando a los más sabios, que también eran los más ancianos. Hizo amistad con alguno de ellos, y un día decidió hablar con Reza, un venerable anciano del consejo sobre la lanza.
- He venido de muy lejos para contemplar la Lanza de Duada. ¿Sabes dónde puedo encontrarla?
- ¿La Lanza de Duada? ¿Te refieres a la Lanza de las Virtudes?
- Nunca la he oído llamar así. Se trata de una lanza que retorna a su lanzador.
- La Lanza de las Virtudes tiene esa propiedad. Se trata de un objeto precioso, confeccionado con madera de saúco hace mucho tiempo por uno de los primeros magie de estas tierras. Se dice que en su interior guarda poderosos conjuros. Su vara está dividida en cuatro partes mediante cuatro nudos de cuerda. Cada una representa una de las virtudes del Gobernante: la sabiduría para discernir correctamente, la determinación para llevar a cabo lo que resulte mejor para el buen gobierno, la fortaleza para resistir los embates más duros que reserve el destino y la magnanimidad. Ven conmigo y te la mostraré. Está en una de las vitrinas del ala oriental, siempre custodiada por guerreros y magie.
Antioch contempló largamente la lanza. La tenía tan al alcance de la mano y a la vez le resultaba totalmente inalcanzable.
- En realidad, ni siquiera pertenece al Shah. Es de la ciudad...- dijo Reza de pronto. Antioch suspiró y no volvió a decir nada de la lanza.
En los meses siguientes procuró no enfrentarse, al menos directamente, a ninguno de los magie corruptos del Consejo, y el Shah, en reconocimiento de sus servicios, le fue colmando de riquezas, le dotó de una residencia digna de un príncipe, de sirvientes y hasta de un harén. Poco a poco, el mago se fue acomodando a su nueva vida, y la angustia inicial por lograr la Lanza que a diario se mostraba ante sus narices fue languideciendo, hasta que abandonó por completo sus pensamientos.
Rudama y Jalal, por su parte, habían decidido quedarse junto con Jacob y Raquel. Ella dijo que si vivía en su casa la confundirían con una concubina, y Jalal, por su parte, le había encontrado el gusto al comercio de especias.
Una tarde del siguiente verano Rudama acudió a visitarle y él la contempló aproximarse por el jardín. Con aquella larga túnica blanca hasta los pies, el cabello rubio limpio y suelto, libre de los velos que utilizaba en la calle y la cabeza ligeramente inclinada mirando hacia el agua del estanque, enmarcada en aquella puesta de sol, le pareció una mujer bellísima y el corazón se le inflamó. Cogió una rosa de uno de sus magníficos rosales y se acercó con la flor hasta la bruja.
- ¿Conoces la magia de los elementos? – preguntó Rudama sin apartar la vista del agua. Con los dedos de una mano rozaba suavemente la superficie provocando pequeñas olas. Tenía una expresión verdaderamente lánguida. Antioch se sintió un completo ignorante, un patán de las tierras del oeste que osaba llamar bárbaros a unos tipos que ostentaban la cuna de la civilización y la magia.
- En realidad, no se nada. – dijo ofreciéndole la rosa.
- Se dice que el agua simboliza la audacia, que el fuego es el querer, que la tierra es el saber callar mientras que el aire es el conocimiento. Conocer cómo se hace la magia, querer realizarla, tener la audacia suficiente para pronunciar el hechizo y finalmente guardar silencio sobre los logros y como se han conseguido... – contestó ella tomando la rosa sin mirarle a la cara.- ¿Qué hay de tu misión, la razón por la que viniste hasta aquí?- dijo de repente mientras le miraba de frente. De pronto había abandonado la mirada perdida y toda expresión de ensoñación. Antioch sintió que la congoja se instalaba en su pecho y no supo por qué.
- ¿Mi misión? A veces me pregunto cuál era realmente. Tal vez era simplemente alejarme de Inglaterra. Mira todo lo que tengo.- dijo extendiendo el brazo en un movimiento circular que abarcaba el jardín. – Puede que ser poseedor de esta riqueza fuera mi misión.
- Por mucho que te empeñes, sabes que no es así. Que al menos uno de tus hermanos espera tu señal en algún lugar del mundo...
- Tal vez Cadmus esté igualmente bien instalado...
- He tenido una visión.- dijo conteniendo a duras penas un gesto de angustia.
- Y ¿qué has visto?
- He visto muerte.
- ¿Muerte? ¿Cómo? – preguntó alarmado.
- La lanza representa la muerte. No me preguntes cómo, no lo se.
- Entonces me das la razón. Lo mejor tal vez sea olvidarse de ella.
Rudama negó con la cabeza.
- Hay algo que...no termino de entenderlo...
- ¡Menuda visión! Y ¿así es cómo atiendes a los que solicitan tus artes adivinatorias?
Rudama le miró con furia. Y entonces ocurrió aquello. Fue una catarsis. Le sacaba de sus casillas cuando se ponía contestataria, cuando adoptaba aquella pose displicente, perdonavidas, autosuficiente. Odiaba que de vez en cuando formulara aquellas predicciones incomprensibles y después se le quedara mirando como si él fuera bobo. Y a la vez la amaba, la amaba cuando escuchaba su voz dirigirse a los más desvalidos con aquel tono dulce, cuando los largos dedos de sus manos acariciaban el rostro de un niño, la superficie del agua o el tallo de una flor. La amaba cuando sus pálidos ojos azules se extasiaban ante la belleza de la arquitectura, la poesía o la música. Si era sincero consigo mismo, hasta la amaba cuando le miraba con aquella mirada desafiante, retadora. Estaba muy cerca de su rostro. Rudama se alzó sobre las puntas de sus pies y le miró fijamente.
- ¿Qué piensas? – preguntó con voz suave y a la vez desafiante. Antioch no contestó. Procedió a mostrarle directamente lo que tramaba. La besó. Fue un momento dulce en el que se sintió como si flotara...seguido de un sonoro bofetón por parte de la dama.
- ¿Por qué has hecho eso? – dijo frotándose la escocida mejilla.
- ¿Te has creído que con una mirada lánguida y un beso de enamorado me voy a olvidar de todo por lo que me has hecho pasar? ¿Así? ¿Sin ni siquiera una disculpa?
- ¿Disculpa? ¿Disculpa dices? ¡Me he enfrentado a serpientes mágicas, a un dragón, he derrotado a los invasores mongoles y soporto tus visiones incomprensibles!
- Todo eso lo has hecho para conseguir la Lanza. No por mí.
- ¡Maldita sea! ¿ Y Qué, si es que puede saberse, quieres que haga por ti?
- Lo que a cualquier mujer le gusta. Quiero que me cortejes.
- Que te...¿qué?
- Eso. Pequeños detalles, paseos a la luz de la luna, palabras de amor susurradas en el oído...
- ¡Te he dado una rosa!
- Pues eso...
- ¡Rudama!
Pero ella estaba otra vez con la mirada perdida, la expresión lánguida y la mente en otra parte. Prefirió dejarla vagar por el jardín aunque no la perdió de vista. Al día siguiente, cuando volvió del zoco con un delicado esenciero que contenía un exquisito perfume, Antioch Peverell se sintió como un completo estúpido.
--
Notas:
- El gobernador de Shiraz, Shah Shoja, evitó su saqueo rindiéndola a Tamerlán en 1382. Anteriormente, la ciudad se había salvado de la destrucción por las tropas de Ghengis Khan mediante el pago de tributos. Aunque es pura invención, no resulta descabellado que en años anteriores Tamerlán enviara un embajador para tantear el ambiente y exigir alguna compensación a cambio de no posar sus ojos en semejante presa, al menos de momento.
- La descripción de Shiraz está cogida de fuentes fidedignas. Podemos suponer que era una maravilla oriental.
