XXVIII
Antioch abandonó el palacio pensativo, haciendo caso omiso de la belleza de los jardines, del susurrante correr del agua entre los mármoles y de las bellas celosías talladas tras las que sabía que se ocultaban miradas furtivas. El anciano Reza había hablado de conspiraciones, de infamias, traiciones y compra de voluntades. En una ciudad tan rica y hermosa, poblada de gente culta y sabia, de magos poderosos y de artistas sin par, la sola idea de una insurrección por pura ambición le resultaba algo un tanto fuera de lugar.
Vagó sin rumbo entre las calles hasta perderse por el zoco. Era un lugar animado donde el vocerío era constante, los aromas embriagadores y el colorido inigualable. Sin embargo, cuando llevaba poco adentrándose en el mismo se percató de que ocurría algo. Los comerciantes y el público cerraban los tratos con rapidez y casi en susurros, no se abandonaban al tradicional y enérgico regateo. Aquello no era normal. Sorprendido, se detuvo ante un lugar muy popular donde se decía que servían el mejor te de menta de la ciudad. Se veía casi desierto.
Miraba fijamente el vacío local presa de un creciente estupor cuando una mano le tapó la boca mientras un fuerte brazo lo introducía sigilosamente en un oscuro callejón. Antioch intentó forcejear, pero aún siendo un hombre corpulento su atacante aún lo era más. Abrió mucho los ojos cuando el desconocido le hizo dar media vuelta para mostrarle su rostro. Si no hubiera tenido la boca tapada habría gritado de asombro.
- Shhhhhh- dijo el hombre. Lucía una barba rala de color castaño oscuro, y sus ojos como carbones brillaban inquietos mientras las pupilas giraban a un lado y a otro, vigilantes.
- Shhhhhh – repitió. Voy a soltarte la boca y cuando lo haga no grites ni hagas ningún ruido ni salgas corriendo. Estás en peligro. Todos los que somos leales al Shah lo estamos. ¿Entiendes?
Antioch asintió con la cabeza y entonces sintió cómo se aflojaba la presión en su brazo. A continuación le liberó la boca.
- ¡Himuz! – exclamó al reconocer a su aparente agresor. Con el transcurso de los meses seguía pareciendo joven, pero también había adquirido madurez en su expresión. De un simple soldado raso, alto y fornido pero poco experimentado, había pasado a convertirse en un héroe nacional tras su victoria sobre el poderoso Murwaff, el gran guerrero que el mismísimo Tamerlán había escogido para batirse en combate singular por la ciudad de Shiraz. Aquello le había granjeado innumerables riquezas, un palacio, mujeres, la veneración de la población y un puesto en la guardia personal del Shah. Debía hablar con conocimiento de causa.
- ¿Qué ocurre? – preguntó masajeándose el brazo.
- Se ha consumado la traición. ¿Recuerdas a Ahmed Ur?
Antioch se acordaba bien. Ahmed Ur era un tipo bajo y rechoncho, de pelo negro sin brillo y ojos de ratón, presto a lisonjear a todo aquel que gozara del favor del Shah. Nunca le gustó. Asintió con la cabeza.
- El Shah le perdonó antiguas tropelías que ahora no vienen al caso como signo de buena voluntad para con su hermano, pero en realidad siempre fue leal al traidor y siguió conspirando para él. Ha derrocado a Reza del Consejo de Magie y puesto en su lugar a Rammán.
- ¿Cómo ha sido eso posible? – murmuró Antioch asombrado.
- Atrajo hacia sí a Herik, y con él a un tercio de los más ancianos, amenazándoles con la desgracia y la indigencia.
- ¡Cobardes!
- Creo que nunca destacaron por su valor. Ahora, además, son viejos, y tienen miedo de quedarse privados de sus bienes y de sus posiciones.
- ¡Ja! ¡Menuda razón! Si el hermano del Shah consigue el poder ¿creen que los mantendrá en su estatus y sus privilegios?
- Yo también creo que es una estupidez. Pero son los hechos. Reza ha sido encarcelado en las mazmorras del Palacio, acusado de alta traición.
- ¡¿Cómo?!
- Le acusan de conspirar contra el Shah.
- ¡Qué!
- Ya ves.
- ¡Hay que hacer algo!
- De momento, lo único que puedes hacer es ocultarte. Te consideran uno de sus seguidores.
- Y lo soy…
- Pues entonces, con más razón. No regreses a tu casa, al menos durante unos días. Después, ya se verá…
- Y ¿Qué voy a hacer?
- De momento, esperar a ver cómo se desenvuelven los acontecimientos.
- Pero… pero mis amigos…
- Rudama y Jalal ya han sido avisados y se han puesto a salvo. Es sorprendente lo que los magos judíos son capaces de hacer… Puedes esconderte en su barrio, al menos temporalmente. El hermano del Shah no los ha declarado enemigos… de momento.
- ¿Y tú? ¿Qué harás?
- Soy un soldado. Volveré a mi puesto en la guardia personal del Shah.
- Eso es un suicidio.
- ¿Quién sabe? – Himuz miró hacia el recodo del callejón. – Debo marcharme. Sabrás de mí si eres sensato y te ocultas. ¡Ah! Y guárdate de los espejos.
- ¿Por qué?
- Si cambias de apariencia, ellos los sabrán…
Entonces se oyó un tenue ruido que parecía provenir del mismo recodo del callejón y a continuación Himuz desapareció entre las sombras en aquella dirección. Antioch escuchó un susurro ahogado y un ruido como de hueso roto seguido de algo que parecía un fardo al desplomarse sobre el suelo. No quiso acercarse a aquel lugar oculto entre las sombras, aunque se imaginaba qué podría encontrarse. En su lugar, se metió en el quicio de una puerta de bastante mal aspecto y allí se desilusionó.
Salió al zoco de nuevo procurando no rozarse con nadie. En cualquier otro momento, hubiera sido tarea imposible. Pero los rumores de los cambios en el Consejo de Magie debían haber alcanzado hacía tiempo hasta a los más humildes habitantes de la ciudad, y por eso procuraban ser rápidos y discretos en sus gestiones hasta que las aguas se calmaran.
Al cabo de una hora había conseguido llegar hasta la casa de Jacob y Raquel. La puerta estaba inusualmente bien cerrada. Golpeó con los nudillos impaciente y escuchó una voz conocida que respondía tras la puerta.
- ¿Quién va?
- Jacob, soy yo. Antioch.- Murmuró pegando la boca a la puerta.- He sabido de lo que ha pasado. No es seguro que regrese a mi casa. ¿Puedes abrir?
- No se ve a nadie.- escuchó la voz de Raquel. Debía estar atisbando desde un pequeño ventanuco que estaba situado arriba, a la derecha, y que permitía ver el ir y venir de las gentes por la calle sin ser visto.
- Ya sabes lo que tienes que traer...- se oyó decir a Jacob.
-¡Es él! ¡Abrid! ¡Rápido!
Antioch dejó escapar un suspiro de alivio de su pecho. Esa era la voz de Rudama, que sonaba un poco nerviosa pero firme, como siempre ante las dificultades. Jacob descorrió los cerrojos del portalón con una rapidez inusitada para su avanzada edad y dejó abierto un pequeño resquicio por el que Antioch se apresuró a colarse. Una vez dentro deshizo el hechizo ilusorio. Se encontró entonces frente al rostro sombrío del mago judío, que le miraba con inquietud.
- ¿Sabes algo…?
- Supongo que no más que tu.- contestó mientras le ayudaba a echar de nuevo los cerrojos mágicos.
- Dicen que el Shah es prisionero en su propio palacio…
- No me extrañaría que hasta ahí hubiera llegado la conspiración…
- Entonces… no sabes mucho… creía que podrías traernos noticias…
Antioch, con el rostro empapado de sudor le miró fijamente.
- Hiraz me encontró en el zoco y me avisó. Supongo que me siguió cuando abandoné el palacio. El me sugirió que me escondiera entre vosotros…
- ¡Antioch! – Rudama bajaba las escaleras corriendo, nerviosa, su rostro bañado en lágrimas. Se echó a sus brazos sollozando.
- ¡He tenido tanto miedo…!
- ¿Por mi? – se aventuró a preguntar el mago con un deje de fanfarronería.
- Por ti, idiota.- dijo ella sin levantar la cabeza.
- ¡Pues vaya adivina!
Aquello hizo estallar toda la tensión que Rudama llevaba dentro. Furiosa le golpeó con los puños en el pecho.
- ¡Para! ¡Detente!
Pero Rudama en esos momentos no podía controlar su indignación. No podía usar la copa nunca más, pero poseía otros muchos métodos de adivinación. Y todos ellos mostraban un futuro incierto y sombrío para Antioch.
El mago la agarró por las muñecas.
- Ya, Rudama, ya basta… tranquilízate…
La bruja, cuyos nervios poco a poco se normalizaban, sollozó una vez más antes de poder mirarle fijamente a la cara con sus ojos azules. Antioch sonrió.
- No es tan fácil borrar de la faz de la tierra a un Peverell…
- Presuntuoso… - murmuró ella mientras se arrojaba a sus brazos. Antioch la rodeó cálidamente, y así la retuvo un buen rato, todo el que ella necesitó. Ni Jacob, ni Raquel, ni siquiera el patoso de Jalal osaron interrumpir aquellos instantes preciosos entre los dos.
Mas tarde, con los postigos bien cerrados e iluminados por unas velas, los cinco magos se sentaron en torno a una mesa. Antioch resumió lo que le había ocurrido desde la mañana, cuando acudió a la casa de Reza a recibir enseñanzas, hasta que Himuz le encontró. Jacob, por su parte, le informó de algunos extremos adicionales de la conspiración.
Herik, un hombre joven y muy ambicioso de barba encrespada y un poco demasiado larga había se había sumado inmediatamente a las conspiraciones de Ahmed Ur. Antioch también le recordaba, era un tipo poco brillante que presumía de pertenecer a una rica familia de comerciantes, aunque toda la ciudad sabía que eran sus hermanos los que habían demostrado habilidad en el comercio y se habían hecho ricos, mientras que Herik seguía siendo un mediocre entre todos ellos. El tercero en discordia era Raman, un sujeto casi setentón y calvo, cuyos ojos pequeños y astutos dejaban entrever cierta ambición mal contenida. Ellos se habían encargado de convencer a otros. Con un tercio del Consejo claramente sumados a la conspiración, y el resto hasta completar la casi totalidad muertos de miedo, había sido fácil hacer prevalecer la mentira de que Reza era un traidor. Había sido encarcelado sin dilaciones y al día siguiente le juzgarían en un proceso sumario. Si lo encontraban culpable, el castigo sería la muerte.
Todo aquello era un primer paso para, a continuación, ir deponiendo los cargos afines al Shah para colocar en su lugar a gente leal a su hermano. Cuando hubieran ahogado la actual administración, asestarían el golpe de gracia. Si aquello triunfaba, todo aquel que se considerara relacionado con el actual Shah tenía muchas probabilidades de no salir con vida de todo aquello, salvo que consiguiera escapar.
- Entonces, como dijo Himuz, lo mejor será ocultarse, de momento…- dijo Antioch.
Jacob no dijo nada. Solamente miró con temor a su esposa.
- Ruego a Dios que nos sea leal…- murmuró Raquel. Rudama le dedicó una mirada aterrorizada mientras Jalal, inusualmente silente, miró al suelo.
- Creo que ha matado por mí.- susurró Antioch.- Pero si supongo un riesgo para vosotros, estoy dispuesto a marcharme ahora mismo.
- No.-intervino Jacob- Estamos todos en esto. Nuestra suerte será la tuya.
Aquella noche, en el reducido habitáculo que usualmente ocupaba Rudama, Antioch y ella quisieron evadirse de la catástrofe que se cernía. No pudieron hacerlo totalmente.
Notas de autor
¡Vaya! A veces las cosas se atascan un poco, y vas dejando que pase el tiempo y éste pasa y pasa... y cuando te das cuenta resulta que hace meses desde la última vez que actualizaste... en fin. La parte buena es que he retomado la historia y ahora procuraré volver a mi ritmo de actualización, aunque sea con capítulos no muy largos.
Y ya sabéis, si queréis dejar vuestros comentarios, me encantará leerlos (y contestarlos)
