CAPÍTULO XXXI
Al aproximarse a las huestes, Rudama temió que escucharan los latidos de su corazón. Además del pecho le golpeaban intensamente los tímpanos amenazando con dejarla sorda. El ejército por su parte permanecía silente, las expresiones de los rostros bloqueadas y los músculos tensos, esperando la orden de atacar. Sintió la mano de Antioch darle un apretón de ánimo antes de tirar de ella para emprender la marcha hacia las líneas que debían atravesar.
Daban unos pasos, hacían zigzag esquivando guerreros armados hasta los dientes y aparecían más y más soldados. La hueste parecía descorazonadamente interminable. Echó mucho de menos la escoba de Antioch, o la alfombra de Jalal. Habrían salido volando de aquella ratonera. Su brazo rozó involuntariamente el codo de un infante y la respiración se le ahogó cuando el tipo se giró bruscamente y entornó los ojos. Antioch tiró de ella impidiendo que el terror la paralizara y siguió tirando sin dejarla mirar para atrás. Avanzaban y avanzaban, cada vez con más trabajo y combatiendo la sensación de impotencia que iba creciendo en sus almas, porque las filas parecían además de interminables, cada vez más prietas. Aquello no se acababa nunca y las piernas a cada paso les dolían más y más. Rudama estaba a punto de detener a Antioch, casi incapaz de continuar sin descansar, cuando el suelo empezó a temblar acompañado de un sonido estremecedor.
Por un instante pensaron que se trataría de un temblor, como el que vivieron en Persépolis hacía ya una eternidad, pero para su pasmo, la causa era mucho menos misteriosa. Zohhak el semigigante había surgido de no se sabía dónde y corría hacia las huestes que empezaron a gritar con un clamor ensordecedor. Las sandalias del coloso, al impactar en el suelo a plena carrera, hacían retumbar el suelo y levantaban nubes de polvo que hacían llorar y estornudar a los más incautos. Los experimentados o simplemente más listos se apresuraron a destrozar algún turbante y cubrirse la boca y la nariz con trozos de tela. Antioch y Rudama por su parte se protegieron las fosas nasales con los codos y siguieron avanzando más despacio, con la cabeza gacha para evitar en lo posible la nube de polvo. Armado con una especie de garrote a juego con sus propias dimensiones, el semigigante iba barriendo guerreros que gritaban y corrían despavoridos en todas direcciones. El desconcierto duró poco, no obstante. Se reorganizaron tras unos gritos de los capitanes y empezaron a acosarlo a lanzazos que rebotaban en su piel como si le estuvieran tirando palillos. De repente, se abrió una especie de pasillo entre los infantes dando paso a un arma de guerra… una catapulta empujada a brazo que colocaron con rapidez en posición de tiro, la cargaron debidamente y dispararon.
Rudama se detuvo, boquiabierta ante la escena. La roca había impactado en la espinilla de Zohhak, que emitió un aullido de dolor. Los guerreros se enfervorizaron y arremetieron con más ímpetu, constatando que había un medio de hacer daño al coloso. Los encargados de la catapulta se apresuraron a volver a cargarla mientras otra máquina de guerra se aproximaba empujada con entusiasmo por otros soldados. Y después otra, y otra…Zohhak resistió la lluvia de piedras durante unos instantes, pero estaba siendo lapidado irremisiblemente.
- Vamos.- Insistió Antioch.- Está distrayéndolos para que pasemos. – Tiró de ella obligándola a abandonar a su amigo incondicional y hermano de su amante.
Corrieron sacando fuerzas de donde no las tenían, con los oídos ensordecidos por los gritos. Las líneas de repente empezaron a hacerse menos densas. Parecía que por fin las podrían atravesar y eso les animó a acelerar el paso. Pero todo era una ilusión. Sin saber cómo, se vieron rodeados, dentro de un amplio círculo de hombres armados, a todas luces imposible de traspasar. Los dos se detuvieron en seco.
-¡Accio varitas!- Impotentes sintieron cómo sus varitas volaban fuera del alcance de sus manos.
- ¡Haceros visibles, hechiceros!-
Con creciente impotencia sintieron cómo sus cuerpos dejaban de camuflarse con el entorno para hacerse perfectamente distinguibles a magos y comunes mortales.
- ¿Quién…?- Se empezó a preguntar Antioch en voz alta. No terminó la frase. Rudama señaló un punto del círculo de hombres. Los soldados se estaban retirando para dejar paso a Ramman, el traidor.
- ¿Creíais que era tan sencillo escapar? ¡Pobres ingenuos!- Ramman caminaba lentamente, acariciando las dos varitas recién capturadas. – La traición se paga con la vida. Pero antes hay que pagar la huida.- Terminó la frase con una tétrica sonrisa.-¡Traed al verdugo!
Antioch y Rudama se sintieron estremecer. Sin varitas estaban completamente indefensos ante lo que fuera que se les venía encima. Por un instante, el brujo tuvo un pensamiento para sus hermanos. A pesar de haberles casi olvidado durante años, mientras vivía a cuerpo de rey como miembro del consejo del Shah, ahora era consciente de que su fracaso era el fracaso de los tres, y a saber qué haría Mortimer de Gaunt con Cadmus e Ignotus.
- Lo siento…- Susurró para sí.
- Todavía estamos vivos.- Contestó en voz baja Rudama. A él se le escapó una levísima sonrisa. Pobrecilla, se había pensado que se disculpaba con ella. Aunque también se lo merecía, con tanto que le había dado durante años. – Tenemos…
Rudama no terminó la frase. O si lo hizo, fue inaudible. Los soldados habían comenzado a gritar y a golpear las espadas contra los escudos, tan fuerte que cualquier voz quedaba apagada por su enfervorizado entusiasmo.
Ramman, que se había acercado hasta quedar a un metro de ellos, sonrió taimadamente.
- He aquí vuestro torturador…
La multitud se abrió dejando paso a un guerrero. Antioch y Rudama se quedaron sin palabras al reconocerlo. Himuz, el vencedor del coloso de Tamerlán, el que había sido su amigo y les había puesto sobre aviso de la traición, caminaba despacio hacia el centro del círculo. Vestía un yelmo y una coraza brillantes y portaba entre las manos… portaba…
-¡La lanza! – Exclamó Antioch.- ¿Cómo puede…?
-¡Está hechizado! Mira su cara… y sus ojos. Su voluntad está anulada por la magia.
Debía tratarse de una especie de Imperio, pensó Antioch. Ya era difícil anular un Imperio conjurado por otro mago, como para encima intentar finiquitarlo sin pizca de magia. Y a saber qué sería lo que le ordenaría hacer Ramman, a todas luces dueño de su voluntad.
- ¡Comienza! – Gritó el hechicero. Ya no habría cabida a la duda.
Himuz, impasible, alzó la lanza sobre su cabeza y se aprestó a arrojarla con todas sus fuerzas.
- Intenta esquivarla.- Le gritó Antioch a Rudama, soltándole la mano.
- Pero…
- ¡Corre!
Fue un festival de carreras, porque la lanza, encantada como estaba, volvía una y otra vez a las manos de su poseedor.
-¡Si lo agotamos…!- Gritó Antioch. Rudama no le respondió. Jadeaba casi exhausta. No iba a ser tan sencillo: el círculo se estrechaba a cada lanzado. Al final quedarían a su merced para que los ensartara como aceitunas.
-¡La pl…!
Antioch no le escuchó. No le quedaba más remedio que correr hacia él, a riesgo de presentar un blanco más fácil a la lanza. Pero tenía que intentarlo. La primera vez salió bien aunque provocó la reacción airada de su compañero.
- ¡Qué haces! ¡Te va a matar!
- ¡La pluma!
Se hizo la luz en la mente de Antioch. Corrió hacia ella olvidándose de lo que se exponía, sacando del interior de su ropa la pluma de Simurgh. Llegó junto a ella en el momento en que la lanza impactaba en el hombro de la adivina. Consiguió asirla por el mástil y desviarla lo suficiente como para que no se hincara en la carne de su amada más allá de unos pocos centímetros. Rudama miró la lanza con expresión incrédula antes de desvanecerse.
-¡NOOOOOO! – Gritó Antioch.
¡CRIIAAAAKKKK!
El grito del mago se eclipsó con el ruido ensordecedor del pájaro Simurgh. Inmune a los lanzazos también se reveló invulnerable ante los hechizos de Ramman. El pájaro hizo un vuelo rasante que espantó al círculo de guerreros y en la siguiente pasada aferró a los dos magos con sus garras. Antioch sintió un fuerte tirón en el hombro y descubrió que no había soltado la lanza, la cual intentaba regresar con su portador. A punto estuvo de soltarla, pero algo le instó a aferrarse a ella con todas sus fuerzas. El pájaro elevó el vuelo mientras la fuerza de la magia se hacía cada vez más insoportable. Estaba a punto de desmayarse de dolor cuando la fuerza desapareció de repente. La lanza se había partido. Un extremo caía mientras otro había quedado en su mano. Al borde del colapso, Antioch abrió los ojos y miró hacia el suelo. Sobrevolaban un paisaje árido y montañoso totalmente carente de signos de asentamientos. El trozo de lanza, seguramente, se habría perdido irremisiblemente y para siempre.
Nota de autora: Hace más de diez años, que se dice pronto, que no continúo esta historia. Se detuvo, como tantas mías, en definitiva porque dejó de ilusionarme continuarlas. Hace años alguien me preguntó si pensaba continuar y contesté que necesitaba que me animaran. Posiblemente pensó que soy una persona bastante cretina, pero era la verdad, así que al menos, una cretina sincera. Ponerme frente a las teclas me producía desánimo, hastío, no se, me faltaban las ganas. Ayer domingo la descargué a ebook y releí todo el viaje de Antioch y, bueno, me enganchó a mí misma. Ya no quedará nadie que la lea de aquellos lectores de entonces, y lo lamento, aunque solo es culpa mía haberlos decepcionado. Van para ellos mis disculpas, tarde y mal. Pero realmente volver a ella es por mí misma, mi satisfacción personal es haber vuelto a encontrar las ganas de seguirla. Eso me basta por ahora. A continuación, será recuperar el tono que tenía. Escribir es una tarea y requiere constancia entre otras cosas para que sea de cierta calidad. Y ese es mi objetivo, nada más.
