Nota de Autora: Les traigo una nueva historia, algo diferente y no tan rosa. Esta será mi segunda historia para la comunidad de Fairy Tail y sobre esta hermosa pareja, que tiene tanto potencial. Quiero aclarar que la escribí de forma diferente a como usualmente lo hago y no será un romance rápido ni colorido. Tendrá mucho contenido para adultos, los menores o personas susceptibles retirarse.

Sin más que aclarar por ahora les doy la bienvenida y que disfruten de esta humilde historia hecha para el entretenimiento y sin fines de lucro.

Disclaimer: Esta historia me pertenece. Los personajes son creación de HIRO MASHIMA.

Actualización 03/10/2021: Hola todos los que se pasen por esta maravillosa historia. Solo quiero informarles que, en busca de inspiración y refrescamiento de mis memorias para una continuación coherente, me vi en la necesidad de releer PESADILLA EN PHANTOM LORD y aproveché de corregirla y agregar uno que otro detalle.

La historia continúa siendo exactamente la misma. No cambié absolutamente nada relevante, por lo que los que ya la leyeron no se deben preocupar. Si desean releerla, los invito a indicarme si hay algún error o si notan alguna diferencia en cuanto a la original publicada en 2017.

Sin nada más que decir, espero que continúen disfrutando y recuerden que la continuación de esta historia se llama SUEÑO EN FAIRY TAIL y se encuentra publicada en esta misma plataforma.

Mis saludos y abrazos virtuales para todos.

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Prologo

Primer año de preparatoria, al que muchos le temen y otros esperan ansiosos. El primer año de preparatoria era su momento para brillar, para cumplir sus sueños y alcanzar las metas que se había propuesto. Un escalón más de su vida que había estado esperando ansiosa por alcanzar, en uno de los institutos más prestigiosos de la prefectura, del cual se enorgullecía al ser aceptada.

Sin embargo, ninguna de las cosas que había esperado que sucedieran sucedió.

En una lujosa y amplia habitación, donde predominaba el color caoba, se encontraba sentada una pequeña peliazul, justo frente a un imponente escritorio. Detrás de este se encontraba sentado un anciano, el cual se encontraba explicándole la situación, pero la chica no lograba procesar dichas palabras. Lo que acababa de oír con anterioridad la había dejado con un nudo en la garganta.

Aquel pequeño hombre era el director del instituto "Fairy Tail", donde se suponía que a partir de ese mismo día iniciaría su vida de preparatoria. Sin embargo, el anciano la había citado en su despacho para notificarle que su solicitud no había sido procesada. Aun aquellas palabras resonaban en su cabeza. El mayor le explicó que el abogado a cargo de inscribirla, y de cualquier trámite importante, no había enviado a tiempo ciertos papeles necesarios para procesar la inscripción de la peliazul.

Levy Mcgarden, al no encontrarse bajo la custodia de sus padres, cuando salió del centro de menores le fue asignado un abogado encargado de cualquier gestión legal y financiera, lo cual incluía los arreglos tanto de su instituto como el arriendo de su nueva vivienda. No obstante no esperaba una situación como la que se le estaba presentando. El director Makarov le decía, con pesar, que ya comenzado el año escolar no podía hacer nada por su caso. Tendría que ingresar dichos papeles para cursar el próximo año y con gusto, mientras no bajara su promedio y su carta de buena conducta no sufriera cambios, la aceptarían para cursar el segundo año de preparatoria en el instituto Fairy Tail.

La pequeña chica había salido de aquella habitación, y del edificio en sí, con la cabeza en otro lado. No asimilaba lo que estaba sucediendo. Sus sueños y aspiraciones se habían ido a la basura en un minuto. Pestañeó un par de veces al verse en un lugar que no reconocía, miró a los alrededores y sin duda había llegado a un lugar por el que nunca había transitado, pero no sintió miedo sino una gran furia que invadió todo su ser. En un rápido movimiento sacó su celular del bolsillo y marcó al número de su abogado y, cuando este atendió, dejó salir toda su ira. La Mcgarden gritó como nunca antes le había gritado a un mayor, descargó su frustración en cuestión de segundos y, en menos de media hora, aquella persona la había buscado en el lugar donde se encontraba.

El hombre la dejó en la que se suponía seria su nueva casa, donde según ella iba a vivir independiente y feliz, pensamiento que en ese momento la hacía reír de la ironía.

Viendo el suelo de su nuevo hogar, se despojó del uniforme, el cual volvería a vestir dentro de un año. Se recostó sobre su cama sin apartar la vista de las montañas de cajas que tenía a su alrededor, sin ningún ánimo de querer acomodarlas. Cerró los ojos y, tratando de despejar sus pensamientos, durmió profundamente.

Adentrada la tarde, la pequeña de ojos avellana recibió una llamada de su abogado en la que le decía que ninguna preparatoria de la zona la aceptaría a estas alturas, a no ser que mostrara razones especiales, como problemas de salud o ingreso como nueva ciudadana de la prefectura, las cuales no poseía. En ese momento sintió que su mundo se iba abajo y los ánimos que le daba aquel hombre, que parecía nervioso, no la hacían sentir segura.

Así transcurrieron los días y los ánimos de Levy decaían aun más, al pensar que perdería su primer año de preparatoria, a no ser que se mudara y realmente no quería dejar todo lo que siempre había soñado. Hasta que, a la semana siguiente, su abogado llamó nuevamente, dándole la que parecía ser una excelente noticia.

-Te han aceptado- habló eufórico el hombre desde el otro lado del teléfono. Levy sonrió y antes de hacer cualquier pregunta el abogado se adelantó a hablar– Te aceptaron en la preparatoria Phantom Lord-

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Y ahí estaba ella, frente a la inminente estructura de la que sería su nueva preparatoria por todo un año. Estaba nerviosa, cabía destacar, el lugar era hermoso pero las paredes rayadas, llenas de grafitis y otros garabatos borraban lo agraciado del lugar. Sus manos sudaban mientras sostenía su maletín frente a su cuerpo. Respiró hondo, sacudió su uniforme, el cual era completamente negro, y pasó su mano repetidas veces por su largo cabello para peinarse. Al tocar su cabello recordó cómo, años atrás, había decidido dejarlo crecer y ahora lo podía lucir por la mitad de su espalda, un tanto ondulado y rebeldes, pero así le gustaba.

Sin titubear más, se adentró en el edificio.

El día anterior su abogado le había entregado los papeles de aceptación al instituto, donde estaban escritos sus datos y el aula donde cursaría el año, junto a su nuevo uniforme.

Ya adentro del edificio pudo notar mucho más movimiento de alumnos, todos a la espera de la campana. Sin tardar mucho tiempo en el área de los casilleros para zapatos, Levy se dispuso a buscar la sala de profesores para anunciar su llegada. Mientras recorría los pasillos le parecía una escuela completamente normal, tal vez un poco en malas condiciones, pero normal. Era un lugar en el que nadie le prestaba demasiada atención y eso la hacía sentir un tanto cómoda.

Al cabo de varios minutos, encontró la sala de profesores justo cuando la campana sonó indicando el inicio de las actividades académicas. El profesor a cargo de su clase la recibió, sin mucho entusiasmo a su parecer, y la guió al aula correspondiente. Una vez en el lugar, el hombre le indicó que se sentara donde estuviera desocupado y se dispuso a dar inicio a la clase, sorprendiéndola en parte por no haberla siquiera presentado rápidamente frente a sus nuevos compañeros.

Saliendo de su estupor, Levy se sentó en la única mesa libre, casi en el medio del aula. Sentía la mirada de la mayoría de sus compañeros en ella, algunos hasta voltearon a verla como si se tratara de un objeto raro que apareció de repente. Se sintió avergonzada, pero no le dio mayor importancia, después de todo ya había transcurrido una semana desde el inicio del año escolar y nadie esperaba que alguien nuevo apareciera.

La clase se desarrolló con normalidad, Levy apuntó en su cuaderno todo lo que le pareció importante, así distrayéndose de las miradas ajenas. Al sonar la campana, dando por culminado el primer periodo de clase, algunos chicos se levantaron para hablar entre sí, pero todos la ignoraron.

La pequeña levantó la vista, detallando tímidamente su alrededor, y algo llamó su atención. No pudo pasar por alto el hecho de que había más chicos que chicas en su clase. También observó las paredes y carteleras rayadas. Fue entonces que notó que no todos en su salón tenían buena pinta. Algunos, además de no cumplir con el uniforme reglamentario, tenían tatuajes y/o piercings, mientras que otros, tanto hombres como mujeres, lucían sus peinados acompañados de reflejos de distintos colores o todo el cabello decolorado.

En medio de su recorrido visual se topó con unos ojos que la observaban. Detalló al muchacho y se impresionó por la gran cantidad de piercings que poseía en el rostro. Sorprendida por lo que veía, se atrevió a examinarlo un poco más. El chico tenía el uniforme arremangado, por lo que en la parte externa de sus brazos se vislumbraban más piercings y unas extrañas cicatrices. La peliazul tragó saliva y volvió la mirada a su propia mesa cuando cruzó miradas con aquel extraño. A pesar de la distancia, pudo escuchar la risa bastante peculiar de aquel joven a sus espaldas.

De pronto empezaba a preguntarse a sí misma dónde se había metido.

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-Te lo juro, Lu-chan. Todos son aterradores- hablaba la pequeña peliazul mientras limpiaba con una escoba entre sus manos –Además, ninguno me dirige la palabra. ¡Ni me ven! Es como si fuera invisible, o no existiera- se quejaba con euforia aun con la mirada fija en su labor.

- Es mejor así, Lev-chan - le respondió su amiga con voz seria. Lucy Heartfilia, la mejor amiga de Levy, se encontraba ese día ayudándola a limpiar su nuevo hogar, que a duras penas había arreglado con lo esencial, mientras lo demás aun permanecía guardado en cajas – Ese instituto es conocido por meterse en grandes peleas. Será mejor que no te involucres demasiado - le aconsejó la rubia. Levy levantó la mirada hacia su amiga ante aquellas palabras.

- Quisiera no estar más ahí - su tono de voz cambió a uno más triste, recordando Phantom Lord, el lugar al que no quería volver. Ya había transcurrido un mes y no había cruzado palabra con nadie, a no ser que se tratara de algún profesor o por accidente. Y, a pesar de que asistía a clase día tras día, la seguían viendo como un bicho raro. Aquello, para ese momento, ya era algo que le empezaba a incomodar.

- No te preocupes más por esas cosas - mencionó Lucy, adivinando los pensamientos de su amiga –El tiempo se irá volando y cuando menos lo esperes ya estarás en Fairy Tail conmigo y conocerás a muchos otros- la animó subiendo su puño con expresión de triunfo. Levy sonrió al ver a su amiga en esa pose y continuó barriendo con más ánimo, mientras seguía hablando con Lucy.

No obstante, algo que no se esperaba la Mcgarden era que las cosas siguieran igual al segundo mes. Sabía que no encajaba en ese lugar, pero los de su alrededor ni siquiera hacían ademan de querer tratar con ella. Intentó interactuar con algunas chicas un par de veces, pero estas le contestaban con monosílabos o risas y luego la dejaban hablando sola. Fue entonces que Levy aceptó que no haría ninguna amistad en ese lugar.

A la hora de los descansos salía del salón y la pasaba en la diminuta biblioteca del instituto, que constaba de unas cinco estanterías bastante deterioradas, llenas de unos cuantos libros y mucho polvo. A veces comía en los jardines que rodeaban el edificio, en el rincón más solo que encontrara, decidida a mantenerse todo su año escolar pasando desapercibida.

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Entonces llegó el tercer mes y el comienzo de algunos exámenes. Se enfocó en estudiar y nada más, recordando que no podía bajar su promedio si quería ingresar a Fairy Tail el año siguiente.

Las pruebas en Phantom Lord no le parecían sumamente difíciles y eso se vio reflejado en sus resultados. Había llegado esa mañana con su uniforme pulcro y su cabello en una trenza de lado, reposando sobre su hombro. Antes de ingresar a su aula, se topó con los resultados de las últimas pruebas en una cartelera cercana. Una sonrisa se dibujó en sus labios cuando se vio de primera en la lista, con la nota máxima. No pudo evitar sentirse orgullosa de sí misma.

Con su sonrisa ingresó al salón, encontrándose con la mirada de más de uno de sus compañeros. Automáticamente la sonrisa se le borró y sus mejillas enrojecieron al ser el centro de atención una vez más. Se aproximó a su mesa y tomó asiento sin decir ni una sola palabra, mirando al frente aun con la sensación de ojos clavados en su espalda.

Al poco tiempo la clase dio inicio, el profesor de turno la felicitó en repetidas ocasiones frente a toda la clase, mientras la tomaba como ejemplo a seguir, sonrojándola en el proceso. De vez en cuando escuchaba una peculiar risa a sus espaldas, pero intentaba no darle importancia al hecho de que seguramente se estuviera burlando tanto del profesor como de ella.

Cuando sonó la campana, dando la señal de que era hora de cambiar de asignatura, el docente abandonó el aula e inmediatamente se escuchó una voz femenina.

- Si escucho una vez más que felicitan al ratón de biblioteca voy a vomitar - una risa unánime se dejo oír por toda el aula. Levy solo volteó a ver de dónde provino la voz, observando a una chica de cabello negro con puntas moradas, lógicamente no sabía cómo se llamaba, pues no había hablado nunca con ella, pero esta la miro fijamente y le sonrió de forma sarcástica.

No dio tiempo para más cuando el profesor de la próxima asignatura ingresó al aula e inició la clase. Pero Levy no contó con que el catedrático en cuestión también la felicitara frente a toda la clase y recalcara la importancia del estudio una y otra vez, por lo que en ocasiones se escuchaban abucheos y aplausos sarcásticos de parte de sus compañeros. En ese momento, la peliazul entendió que las buenas notas no eran algo normal en ese instituto, los profesores parecían sorprendidos y alegres con su sobresaliente, pero para sus compañeros de clase era otra historia.

Al comienzo del primer descanso, Levy fue la primera en retirarse del salón y antes de irse directamente a la biblioteca, para liberarse del peso de aquellas miradas, se detuvo un momento en la cartelera que contenía las notas de los exámenes, comprobando con asombro que las calificaciones casi superaban el aprobado, siendo la segunda mejor nota un 69/100. La chica ignoró la sorpresa y se puso en marcha hacia la biblioteca en cuanto se percató que uno de sus compañeros había salido del salón.

Ya a salvo entre las estanterías polvorientas, suspiró. No podía creerlo, ahora entraba en razón del porque los profesores parecían tan contentos con las notas de ella. Al fin sentían que hacían su trabajo, que alguien les prestaba la suficiente atención y ponía interés en sus asignaturas. Se llevó una mano a la frente al descubrir que, al haber unos pocos con la nota mínima aprobatoria y casi la mitad del salón reprobado, la odiarían aun más. Por eso no estaban contentos. Por eso le estaban dando más atención de la normal, contando con que tratarla como si fuera invisible era prestarle atención. Levy sentía que las cosas, de seguir por ese camino, solo iban a empeorar.

Y cuánta razón tuvo.

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Cuando finalizaron las vacaciones por navidad y los profesores volvieron a evaluarlos, ya era obvio que la peliazul sobresalía en todo. En trabajos, ensayos, exámenes y demás. Los docentes, maravillados con la alumna estrella, la felicitaban e incentivaban a los demás a trabajar como ella, sin darse cuenta de cómo, poco a poco, la hundían entre sus compañeros.

Esa mañana Levy llegó sin demasiados ánimos a Phantom Lord. Había decidido no bajar su promedio por unas cuantas burlas. Sin embargo, comenzaban a pesarle con el pasar de los días. Cuando entró a su clase, se percató de que los presentes reían entre dientes, pero tratando de no darles demasiada importancia caminó hacia su asiento. Cuando estuvo cerca de su mesa las risas fueron en aumento y pronto se dio cuenta del por qué. Tanto su asiento como su mesa estaban completamente rayados con insultos y dibujos obscenos. Sin ver a los lados, sabiendo que había un único culpable, sacó de su maletín un pañuelo y empezó a limpiar como pudo, sin mucho resultado.

-Que cliché- pensó la chica, sin dejar de restregar el pañuelo, aun sabiendo que solo con eso no borraría el marcador permanente que habían utilizado. Luego de un par de minutos se rindió, diciéndose así misma que el día siguiente llevaría alcohol y borraría aquello. Cuando se sentó en su silla volvió a escuchar la estruendosa risa de sus compañeros, al parecer divertidos porque se había sentado sobre los dibujos obscenos.

El día transcurrió sin más eventualidades, aparte de las molestas risas y silbidos para abochornarla. Al día siguiente la Mcgarden llegó más temprano, preparada para borrar todo aquello que habían puesto en su asiento, lográndolo con el alcohol casi de inmediato. Satisfecha, se sentó en su lugar hasta que poco a poco se fue llenando el salón. Al parecer a sus compañeros no les había hecho gracia alguna que ella borrara aquello, tomándolo como un desafío, pues al terminar el primer periodo la misma chica de cabello negro con puntas moradas se posicionó frente a la pequeña peliazul.

- Te crees mejor que nosotros ¿Verdad? - Levy la miró sin decir palabra, al no entenderla. Sin embargo, notó la voz molesta con la que esa chica le había hablado.

- No sé de qué habl… - la mano de la chica golpeando estridentemente la mesa interrumpió a la Mcgarden, haciéndola respingar.

-La perfecta ratón de biblioteca- la mofa no le hizo gracia a Levy, no obstante sus compañeros rieron. No sabía qué le había hecho a aquella muchacha, la cual desde un principio comenzó las burlas hacia ella. Levy se paralizó cuando la vio acercarse más de la cuenta. La chica de puntas moradas se aproximó lentamente al oído de la peliazul, sonriendo al notarla intimidada – Veamos cuánto resistes - le susurró tan cerca que Levy sintió el aliento de la joven sobre su oreja. Luego de un par de segundos, la chica se separó de ella y se fue a su lugar como si nada.

Solo en ese momento volvió a respirar, sin darse cuenta en qué instante había dejado de hacerlo. Se quedó sentada viendo la mesa fijamente hasta que el profesor de la asignatura que correspondía a esa hora ingresó y dio inicio a la clase.

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Después de ese momento todo fue en picada.

Todos los días al llegar a clase la molestaban, en los pasillos la empujaban, seguían rayando su mesa tan continuamente que dejó de limpiarla. Y, a pesar de todo, Levy se negaba a dejar de estudiar. Bajar sus notas significaba no poder entrar a Fairy Tail el próximo año y no lo iba a permitir. Los profesores a veces llamaban la atención de sus compañeros cuando la molestaban arrojándole papeles o pedazos de borrador en medio de la clase, pero aquello no era suficiente para detenerlos.

Y de esa manera, poco a poco, las bromas se fueron intensificando. Le escondían su cuaderno si se descuidaba, llenaban de miel sus zapatos guardados y los lanzaban a la basura para que, cuando los recogiese, estuvieran llenos de insectos. La hacían tropezar cada vez que tenían oportunidad. El acoso era constante y diverso, pues era de parte de casi todo el salón.

La peliazul llegaba exhausta a su casa y solo en los días más pesados se permitía llorar, llorar de frustración y rabia. Se había desahogado con Lucy repetidas ocasiones, lo cual le servía de consuelo la mayoría de las veces. La rubia al verla en aquella situación el mejor consejo que le pudo dar fue que le contara todo a los profesores y superiores, y así fue. Levy contó todos y cada uno de los problemas e inconvenientes que le estaban presentando sus compañeros de clase, y estos le dieron su palabra de que iban a sancionar a los responsables. Sin embargo, la sanción resultó ser mandarlos a detención si los descubrían en el acto, que lejos que detenerlos los enfureció más.

Su único refugio era la biblioteca, en donde casi nadie de los cursos menores se acercaba. Y fue ahí en donde la primera persona le habló con interés de entablar una verdadera conversación.

- ¿Te falta mucho por terminar ese libro? - Levy se encontraba sentada detrás de uno de los estantes de libros, por lo que se sorprendió ante la voz que iba dirigida a ella. Levantó su vista y distinguió al chico que le hablaba. Poseedor de un par de ojos rojos, parte del cabello negro en el flequillo, con el cual parecía querer ocultar una cicatriz horizontal en su nariz; y, peculiarmente, la otra parte de su cabello era plateado, posiblemente decolorado según su parecer, recogido en una cola alta. Había visto a ese joven hablando con otros de su misma clase por los pasillos.

- Hay otro ejemplar en la primera estantería - le respondió sin vacilar la peliazul y luego volvió a su lectura, intentando ignorar al chico que no se movió ni un centímetro.

- El otro está muy sucio - ante aquellas palabras la chica volvió a dirigir la vista hacia aquellos ojos rojos y sintió que le estaba jugando una broma, así que sonrió de forma cansada.

- Está bien, toma - se levantó de su sitio y le extendió el libro. Lo que menos quería era que alguien la molestara en el único lugar donde se sentía a salvo. El chico recibió el libro y, cuando notó que ella estaba a punto de irse, habló.

- ¿Vienes seguido? - Levy lo miró con desconfianza sin responder – Mi nombre es Rogue. Rogue Cheney, mucho gusto - con una sonrisa en los labios le extendió la mano.

- Levy - dijo desconfiada y apretó la mano del chico. Ese día no se fue de la biblioteca como había pensado en un principio, pues se quedo hablando con aquel extraño y exótico chico. Así fue como supo que él era de la clase vecina, estando en su mismo año. También supo por boca del joven que este solía frecuentar la biblioteca, pero, a diferencia de ella que se escondía entre las estanterías, él se sentaba en las mesas dispuestas para que los estudiantes pudieran leer cómodamente.

Ese día Levy sintió que había logrado algo significativo, había entablado una conversación digna con alguien y era con un chico que se veía temible, pero que parecía ser buena persona. Por primera vez, en un poco más de cuatro meses que llevaba en Phantom Lord, sintió que las cosas podían mejorar.

Pero cuan equivocada estaba.

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