Los días transcurrían igual, con bromas pesadas hacia su persona y con apenas unos pocos minutos de liberación que le ofrecía la biblioteca, a veces junto a Rogue en esta. Él estaba al tanto sobre el acoso que ella sufría y le daba ánimos diciendo que todos pasaban por eso en algún momento y solo tenía que soportar. Levy lo intentaba, pero en ocasiones sentía que no podía superar aquello. Cada inicio de semana era más fuerte que el anterior, pues sentía que sus compañeros de clases o, mejor dicho, acosadores, volvían regenerados.

Aquel inicio de semana no fue la excepción. La recibieron con varios empujones al entrar y con su asiento lleno de algo empalagoso, lo cual no estaba segura de qué era. Por otra parte, durante las clases se limitaban a ignorarla para evitar las detenciones.

Cuando sonó la primera campana, Levy fue la primera en salir del salón, dirigiéndose a su nueva clase, deportes. Estaba nerviosa, pues ella no era muy atlética, además que era la primera clase en todo lo que iba de año escolar dado a la falta de profesor, pero en cuanto encontraron a alguien para impartir la clase, se les anunció que esa semana iniciarían con natación. Por eso salió en cuanto pudo, para llegar a los vestidores antes que sus compañeras, lo cual logró. Se cambió rápidamente y, cuando estaba por salir al área de la piscina, apenas estaban llegando sus acosadoras.

La clase transcurrió con normalidad. Para su sorpresa, nadie le dirigió la palabra y pudo realizar todos los ejercicios que le eran asignados sin ningún tipo de hostigamiento por parte de sus compañeras. Al terminar repitió el mismo procedimiento, salió antes que todas y se dispuso a cambiarse, pero antes se tomó el tiempo de ingresar en un pequeño cubículo con regadera para quitarse rápidamente el cloro del cabello, pues estaba segura de que se volvería incontrolable si no lo lavaba.

Mientras estaba bajo la ducha sintió cuando entraron sus compañeras de clase e intentó apresurarse. Se enjuagó bien antes de salir, pero cuando buscó su toalla para secarse no la encontró en el lugar donde la había dejado. Abrió la puerta del cubículo y salió completamente empapada, encontrándose con las chicas actuando como si nada estuviera sucediendo. Todas estaban hablando y riendo entre ellas con normalidad fingida.

- ¡Oye, ratón! Ten cuidado. Estas mojando todo el piso - habló entre risas una chica de piel morena y ojos marrones. Levy apretó sus dientes, era obvio que habían sido ellas las que habían escondido su toalla, pero había sido su culpa por descuidarse. Entonces, sin darle más vueltas al asunto, se dirigió al casillero donde había dejado su bolso y su uniforme y, al abrirlo, sintió que el alma abandonaba su cuerpo. Dentro no había nada, sus cosas no estaban. Se aseguró de que fuera el lugar correcto, pero estaba vacío. Busco en los alrededores y en otros casilleros, sin éxito. Entonces volvió a sentir las risas de todas y la sangre le hirvió.

- Devuélvanme mis cosas - demandó enfurecida. Las chicas presentes se sorprendieron, pues era la primera vez que ella respondía ante alguna de sus bromas – ¿Dónde están mis cosas? - preguntó la peliazul con cada vez menos paciencia.

- Estás loca, no sabemos de qué estás hablando -respondió una joven rubia de ojos azules, los cuales se notaban no eran naturales. Levy sabía que de ellas no obtendría nada. Entonces, cerró con fuerza la puerta del casillero en un arrebato de ira, exaltando a todas las presentes, y salió del lugar como alma que lleva el diablo.

Salió al área de la piscina buscando a la profesora que les acababa de impartir la clase de natación. Examinó todo el lugar, pero no había rastro de la docente, por lo que se dirigió a la salida sin titubear, ni importarle que estuviera cubierta con solo el bañador de la escuela. Al salir estaría en el campus y tendría que recorrer un largo trecho antes de llegar al edificio principal donde les eran impartidas las clases, pero poco le importo. Estaba iracunda. Continuó su recorrido a paso firme, ignorando los silbidos y risas de parte de sus compañeros hombres que se encontraban practicando en una cancha aledaña. Luego de un par de minutos caminando a paso rápido llegó al edificio principal y maldijo su suerte porque al momento de haber puesto un pie dentro de este había sonado la campana anunciando el final del actual periodo. Muchas personas que en ese momento salieron de sus aulas, la observaban con extrañeza, mientras que otros silbaban de forma seductora y hacían comentarios indecorosos.

Completamente sonrojada, la peliazul intentó ignorarlos y se dirigió sin demora hacia la sala de profesores.

- ¡Levy! - la chica se volvió hacia donde provenía la voz y distinguió a Rogue entre la multitud. Se detuvo un momento viéndolo acercarse. Por su parte, el chico al notar el alboroto a su alrededor prestó atención y la reconoció entre la multitud que se iba aglomerando, la llamó mientras se dirigía hacia ella, al tiempo que se quitaba la chaqueta del uniforme y se la colocó encima a la Mcgarden cuando le dio alcance - ¿Qué sucedió? -

- Ellas escondieron mis cosas - su voz se quebró, pero no había rastro de lagrimas en sus ojos, solo odio. Levy volvió a encaminarse hacia la sala de profesores con Rogue siguiéndole el paso. Una vez ahí, todos los profesores se escandalizaron al verla en aquella situación. La profesora de deportes y el profesor encargado de su clase la siguieron hasta los vestidores de chicas para reprimir a las culpables de aquel acto.

- ¿Qué está pasando aquí? - habló la profesora, encontrándose a sus alumnas de salida.

- Que pasó ¿De qué? - respondió una joven al acto.

- ¿Quiénes son las responsables de que Mcgarden esté en esta situación? - volvió a cuestionar la profesora, siendo observada por todos. Algunos curiosos se encontraban asomados en la entrada al área de la piscina.

- No sabemos de qué habla – mencionó inocentemente la chica de piel morena, al tiempo que negaba con su cabeza.

- Ella se volvió loca y salió corriendo del vestidor dando portazos - terció otra joven de cabellos naranja con rojo.

- ¿Dónde están mis cosas? - habló por fin Levy.

- ¿Cómo vamos nosotras a saber donde dejas tus cosas? Despistada- volvió a tomar palabra la joven de piel morena.

- Vamos, todas adentro - dijo ya cansada la docente e ingresó a los vestidores, seguida de todas las chicas. Una vez adentro les ordenó buscar las cosas de la peliazul. Cuando Levy se acercó al casillero, donde había guardado sus cosas, para mostrarle a la profesora la usencia de estas, sorpresivamente ahí estaban. Su toalla, su uniforme y su bolso. Todo estaba ahí, como si nunca lo hubieran tocado.

- Le dijimos que estaba loca - mencionó con una sonrisa en los labios la chica de cabellos negro con puntas moradas, que hasta los momentos no había intervenido.

- Mcgarden, te quiero en la sala de profesores después de clase - dicho eso, la profesora y todas las demás chicas salieron del vestidor, dejándola sola y en ridículo.

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Esa tarde Levy llegó histérica a su hogar. No podía creer lo que había sucedido. La profesora se había puesto en su contra y junto a las chicas de su salón, que habían alegado que ella solo buscaba la manera de llamar la atención, casi la hacen querer lanzarse de un quinto piso. Ese día la amenazaron con amonestarla. Sin embargo, el profesor a cargo de su clase intercedió por ella, dejándolo pasar debido a que era la primera vez que tenía un problema de ese tipo.

Era lógico que estuviera furiosa, ella era la víctima y nadie le creyó. Necesitaba ayuda y nadie le tendió una mano. Entró a su cuarto y se lanzó con fuerza sobre la cama, tomó su almohada, hundiendo su cara en ella; y gritó. Gritó con rabia, con frustración, con miedo y desesperación. Gritó hasta que sintió que la voz se le apagaba y luego dio pase libre a las lágrimas. Solo se permitió unos segundos de llanto, luego se limpió el rostro y con la vista hacía el techo buscó en su mente una posible solución a aquel problema.

Nadie la aceptaba en Phantom Lord, pero no podía dejar de ir, después de todo siempre había tenido una asistencia perfecta en su secundaria y no pensaba dejar de tenerla. Hacer algo en contra de los que la molestaban estaba descartado, pues era más fácil que ella se metiera en problemas y las consecuencias fueran mayores. También estaba la posibilidad de unirse al grupo, ser uno más del montón, pero para ello tendría que ser como ellos y no quería decolorarse el cabello o perforarse el cuerpo, ni mucho menos bajaría sus notas para estar a su nivel. Estaba jodida por donde lo viera.

Suspiró y llegó a la misma conclusión a la que había llegado en esos últimos meses: debía ser fuerte.

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Los días siguientes no fueron mejores. Ahora no solo la molestaban en su clase, sino que también los alumnos de otras clases se unieron al club del acoso desde que la vieron en bañador dentro del edificio principal. Ella misma había cavado su propia tumba.

Debido a eso, había dejado de asistir con tanta frecuencia a la biblioteca, ya no hablaba tanto con Rogue, dejando a un lado su única distracción en aquel infierno. Prefería quedarse dentro del aula aguantando a los pesados de su clase a salir y recibir insultos, propuestas indecorosas y burlas. Demás estaba mencionar que se había ganado el odio, o celos, de la mayoría de las chicas de Phantom Lord, al estas sentir que ella era el centro de atención de los chicos en esos momentos. En ocasiones, cuando salía de su aula, la miraban con desprecio y repetidas veces se metían directamente con ella, haciéndola tropezar, empujándola contra la pared 'por accidente' y una que otra vez le habían derramado una bebida encima. Por lo que optó aguantarse el odio de su propia clase dentro del aula.

Ese miércoles en especial le estaban haciendo el día difícil, pero había aguantado valientemente. Ya faltando poco para terminar la jornada de clases de ese día, casi se podía sentir en paz. Desde que puso un pie en Phantom Lorde había recibido insultos, empujones, un pisotón que le había dolido en especial, sus zapatos llenos de tierra y un chicle extra grande en su falda. Todo aquello a lo largo del día.

Para ese momento, respiraba profundamente en su asiento, esperando que el profesor culminara la clase y sonara la campana de salida. Veía ansiosa como su instructor guardaba las cosas y se disponía a salir del aula, cuando su voz la sorprendió.

- Mcgarden, ven conmigo por favor - el hombre se dirigió a ella antes de salir por la puerta. Levy al verlo partir sin esperarla, se apresuró en salir del aula y alcanzarle. Estaba nerviosa al no saber el motivo de la convocatoria, pero se tranquilizó cuando llegaron a la sala de profesores y este le enseñó un ensayo que había entregado hacía unos días atrás, mientras le señalaba unas cuantas correcciones que podía hacerle, dándole oportunidad de entregarlo al día siguiente y así obtener una mayor nota que, según el hombre, se merecía. La peliazul recibió la carpeta con una sonrisa, halagada por esa oportunidad que le estaba dando el pedagogo.

Salió de la sala de profesores con una sonrisa y la carpeta contra su pecho. La campana de salida había sonado hacía un par de minutos, así que aceleró el paso, cabizbaja para esquivar cualquier improperio. Al llegar a su aula la poca felicidad que la había inundado la abandonó. Sus cosas estaban por todo el piso, a una de sus libretas le faltaban hojas, las cuales volaban libres con el viento que entraba por la ventana. Se acercó corriendo para reunir todo lo que estaba fuera, pero no veía su maletín por ningún lado. Nerviosa se levantó y se dirigió a la ventana y ahí guindando lo vio. Lo alcanzó rápidamente, pensando que en cualquier momento podía caer desde ese primer piso. Cuando lo tuvo en manos notó que lo habían rayado con marcador y suspiró, intentando controlar el miedo y la ansiedad que la habían invadido en ese momento.

- Oye - a su espalda una voz la hizo saltar de sorpresa. Paralizándola al instante – Gihee - la peliazul abrió los ojos con miedo, aun dándole la espalda a aquella persona. Esa risa la reconocía aun sin ver a su dueño. Tragando saliva dio media vuelta y levantó su mirada para lograr alcanzar la de aquella persona que tenia al frente. Ojos rojos, esos ojos rojos con los que se había topado más de lo usual esas últimas dos semanas. Ojos rojos muy parecidos a los del que podía llamar su único amigo en ese calvario, pero con un brillo que los hacía diferente. Un brillo que le provocaba escalofrió. Levy abrió la boca para preguntarle qué quería, pero los nervios la traicionaron y solo logró balbucear sin lograr articular nada coherente. El chico rio con más fuerza, haciéndola sentir ridícula - ¿No estás cansada de todo esto? -

La pregunta la tomó por sorpresa, provocándole un nudo en la garganta que no le permitió responder.

- Yo podría ayudarte a terminar todo esto - continuó hablando el pelinegro con una sonrisa socarrona en los labios.

- ¿Cómo? - Levy entrecerró los ojos, mirándolo desconfiada. Aquel chico lleno de piercings no le daba buena espina. Además, estaba el hecho de que era la primera vez, en cinco meses de preparatoria, que él le dirigía la palabra. Y aunque el pelinegro nunca la molestó directamente, siempre estaba al final del salón riendo a sus anchas, con esa peculiar risa que la hacía estremecerse.

- Un par de palabras en los oídos indicados pueden hacer la diferencia - mencionó el chico de forma muy segura, aun con una sonrisa dibujada en sus labios. Levy, por su lado, no podía creer lo que estaba sucediendo en ese preciso instante. Aquel chico le estaba ofreciendo una especie de ayuda, pero algo no terminaba de calzar en todo ese asunto.

- ¿Qué ganarías con eso? - la chica se percató de que había dado en el clavo con aquella pregunta, ya que el chico frente a ella rio un poco más fuerte.

- Veo que estás interesada. Gajeel Redfox, un placer - el pelinegro extendió su mano hacia ella con cortesía fingida después de presentarse. Sin embargo, Levy no respondió ante el gesto, dejándole extendida la mano. Gajeel entendió de inmediato y sonrió sarcásticamente, mostrando sus puntiagudos colmillos. Pasaría por alto el desprecio de ella solo en esa ocasión – Sería un trato de dos, por supuesto. Tú ganas, yo gano -

- ¿Cuál sería el trato? - aunque algo muy dentro de su ser le decía que huyera lejos de ese chico, Levy no podía descartar tan fácil la oportunidad que le estaba ofreciendo para dale fin a aquel infierno.

- Yo hago que te dejen de molestar y tú solo tendrías que satisfacer…ciertas necesidades -

- ¿Necesidades? - la peliazul apretó su mandíbula sin dar crédito a lo que escuchaba. Ciertamente sabía leer entre líneas y había entendido a la perfección a lo que esa persona se refería.

- Solo tendrás que obedecer algunas peticiones de carácter… - el Redfox no pudo terminar de hablar porque un golpe certero en la mejilla lo enmudeció.

Fue cuestión de segundos, Levy sintió que la mente se le quedaba en blanco, al tiempo que su rostro se enrojecía y no de vergüenza, sino de furia. Levantó la mano rápidamente y, sin darle tiempo de reaccionar, le asestó una bofetada al pelinegro – Gajeel Redfox, eres la persona más despreciable que he conocido - logró articular, pero su sangre se heló al notar que el chico seguía sonriéndole de forma burlona mientras su mejilla se volvía roja de a poco, debido al golpe.

- Estaré aquí, presto a ayudar…por si te arrepientes - Gajeel aun sonriendo dio media vuelta y salió del salón dejándola sola, con un mal sabor en la boca y con un escalofrió recorriendo su columna ante sus últimas palabras, las cuales sonaban a una advertencia.

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Levy muy poco había dormido esa noche, recordando las palabras de Gajeel y el trato que ella no estuvo dispuesta a aceptar. En la madrugada se había auto convencido de que el chico solo le había querido gastar una mala broma y buscaba atormentarla, pero ella le había respondido con un golpe y estaba nerviosa de lo que pudiese suceder al día siguiente como consecuencia de ello.

Y así, sin que pudiese hacer algo al respecto, y muy en contra de sus deseos, el jueves había comenzado. Se levantó sin ánimos de ir a Phantom Lord, se dio un baño y se vistió, ignorando el impulso de echarse en la cama y enredarse entre las sabanas hasta que terminara el año. Peinó su cabello e hizo una trenza de lado, la cual dejó reposar sobre su hombro como de costumbre, recogió algunos mechones rebeldes con un par de horquillas negras y se vio en el espejo, lista para partir a un nuevo día de clases.

Sin más demora desayunó algo rápido, recalentó el almuerzo que se llevaría, el cual había preparado el día anterior, y salió de casa sin muchos ánimos de llegar a su destino. Una vez en Phantom Lord, caminó por los pasillos con la mirada fija en el suelo y entró a su aula. Segundos después sonó la campana que daba inicio a las clases. Al medio día almorzó lo más alejada que pudo. Todo el día había intentado evadir la mirada carmesí que la seguía dentro del salón de clases.

Había estado tan ocupada en evitarlo que no se percató de que su día estaba siendo relativamente tranquilo. Además de un par de burlas, nadie la había molestado directamente, pero también había ignorado los cuantiosos susurros que invadían el aula de clase.

La clase siguiente era hora libre, al encontrarse de baja el docente que correspondía. Algunos salieron del salón y otros pocos se quedaron. La peliazul se dispuso a ir a la biblioteca aprovechando que no habría gente, pues estaban en clase. No se había dado cuenta de cuánto había extrañado aquellos polvorientos libros hasta que estuvo ahí entre las desgastadas estanterías, ansiosa por leer algo. Se sentó en el suelo al final de las estanterías, en su lugar de siempre, con un libro entre manos dispuesta a relajarse y aprovechar la paz. Transcurrieron unos cuantos minutos, tal vez más de media hora, cuando sintió voces en la entrada. Intentó ignorarlas y continuar con la lectura hasta que una de aquellas voces se dirigió a ella.

- Te estuvimos buscando - Levy volteó rápidamente en dirección de la voz y encontró a su compañera de clase de piel morena a tan solo unos metros de distancia – Sabes esconderte - dijo esta al tiempo que se llevaba una mano a la cadera.

- No me estaba escondiendo - la peliazul se levantó de su sitio, dispuesta a no darle la satisfacción de verla asustada. A los pocos segundos aparecieron detrás de aquella chica otras tres que bien identificaba, eran de su misma clase.

- Queremos hacer las paces - habló la joven que acababa de unirse al grupo, de cabellos negros y puntas moradas. Levy no daba cabida a lo que había escuchado, estaba convencida de que era otra broma.

- Podemos intentar ser amigas - secundó otra de ojos ámbar y cabello decolorado, con una voz llena de amabilidad fingida.

- ¿Por qué no respondes? - una voz a sus espaldas la sorprendió. La misma rubia que la había llamado loca cuando el impase de la piscina ahora estaba muy cerca de ella y en un rápido movimiento le sujetó el rostro con una mano - ¿Es que estas rechazando nuestra amistad? - después de esas palabras la sujetó del cabello de forma brusca. Levy intentó apartarle, pero la muchacha era más alta y fuerte que ella.

- Eres muy desagradable - las otras chicas se acercaron a ella, sin aun poder zafarse del agarre de la rubia sobre su cabello – Aun así, te trajimos un regalito - a Levy se le cristalizaron los ojos al distinguir el objeto. Inmediatamente temió por su vida, forcejeó desesperadamente, pero otras chicas la sostuvieron de los brazos inmovilizándola. Intentó gritar pero recibió un puño en la boca del estomago que la dejó sin aliento.

- Si gritas se acaba la diversión y te irá peor - la de puntas moradas fue la que habló, mientras le acariciaba el rostro – Seria tan lamentable que tuvieras una cicatriz en el rostro - decía mientras sus amigas reían.

- Déjenme ir - mencionó la Mcgarden con el poco aliento que le quedaba, sintiendo cómo sus piernas comenzaban a temblar incontrolablemente.

- Claro que lo haremos - la misma chica la sujetó por el cabello con fuerza causándole dolor – Solo queremos que respondas algo - apretó el agarre en el cabello azulino mientras sonreía - ¿Te crees mejor que nosotras? - preguntó con enojo mientras zarandeaba a la peliazul haciéndola gemir de dolor – ¡Responde! – las demás chicas rieron ante el sufrimiento de su pequeña compañera.

- N-No - contestó débilmente la Mcgarden.

- Es que no lo eres - habló la otra joven que sostenía su brazo derecho, inmovilizándola.

-No. No lo es- la chica de puntas morada volvió a atinarle el puño en la boca del estómago, haciéndole chillar sin fuerzas – Di que eres una basura - la chica le levantó el rostro para que la observara a los ojos y se regocijó con el miedo que notó en su mirada - ¡Dilo! - la presionó.

- S-Soy una basura - Levy repitió las palabras mientras volvía su vista al piso. Se comenzaba a sentir mareada y sus ojos ardían, ansiosos por dejar salir las lagrimas.

- Que baja autoestima tienes - dijo con voz de pesar la rubia, que aun sostenía el objeto cortopunzante en una de sus manos – Pero tranquila, nosotras te haremos más bonita - Levy escuchó el abrir y cerrar de las tijeras en la mano de aquella chica y su respiración se aceleró de forma alocada.

- N-No, p-por favor - suplicó en vano. La rubia la sujetó por la trenza de forma brusca y acercó las tijeras, cerrándola sobre el azulino cabello sin titubeos ni preámbulo. Mechones azules cayeron al suelo sin que Levy pudiera hacer nada al respecto. Sus ojos liberaron las lagrimas que había tratado de contener, mientras suplicaba que la dejaran. Un par de chicas se turnaron con tijera en mano, cortando mechones de su cabello hasta que una voz las interrumpió.

- ¿Qué está pasando aquí? - todas las chicas voltearon y reconocieron a la encargada de la biblioteca. Las causantes del incidente se pusieron nerviosas y se apartaron disimuladamente de la peliazul, la cual temblaba como una hoja. La encargada no les dio tiempo de huir y las dirigió a todas hacia la oficina del director. Primera vez que Levy estaba en ese lugar. Un sitio donde predominaba el color negro y el purpura, una habitación pequeña y al final de esta pudo distinguir a un hombre sentado detrás de un escritorio. Este poseía un cabello rojizo y cejas y bigotes extravagantes. Sin duda alguna era el director.

La encargada de la biblioteca le relató al director, José Porla, lo que había visto y se retiró. El hombre les preguntó una a una lo que había sucedido y las chicas se respaldaron tras la excusa de haber estado jugando. Levy, con gran ahínco, insistió en que las chicas la habían amenazado y le habían hecho aquello a su cabello. Cuando creyó que las chicas se estaban dando por perdidas, la peliazul notó un cambio que la paralizó.

- José, estábamos jugando - dijo la rubia con voz melosa al tiempo que cruzaba sus brazos debajo de sus pechos, haciéndolos resaltar – Levy-chan quería un cambio de look, pero luego se asustó por si no quedaba bien - la peliazul palideció al notar la mirada fija del director Porla sobre los prominentes senos que sobresalían por el par de botones desabrochados de la camisa de aquella rubia.

- Así es - secundó la chica de puntas moradas reclinándose cerca del escritorio para regalar una mejor visión de su delantera – A Levy-chan le gusta llamar la atención y aun así no la juzgamos - las demás chicas asintieron mientras Levy no salía del estupor. El hombre carraspeó, desviando la vista de los atributos de las chicas frente a él y tomó la palabra.

- Quiero que entiendan que si los hechos no son así las suspenderé a todas por una semana y levantaré un acta - explicó el hombre, al tiempo que entrelazaba sus manos a la altura de su barbilla. Acto seguido todos voltearon su mirada hacia Levy. La peliazul entendió todo. Ella no era nadie en aquel mundo, no tenía a nadie de su lado, estaba sola. Y si se le ocurría intentar cambiar aquello, las consecuencias caerían solo para ella, para su vida, para sus planes futuros, mientras las demás seguían como si nada. Entonces, intentando ignorar el nudo en su garganta, el ardor de sus ojos y las miradas a su alrededor, habló.

- Así es. Así fue como sucedieron las cosas - afirmó con media sonrisa fingida.

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El director le había dado permiso de retirarse antes de culminar la hora de clase. Levy se encontraba en su casa un poco más temprano de lo usual. Llevaba una hora aproximadamente en la bañera, con lágrimas recorriendo sus mejillas y sintiéndose miserable. Lo único que le daba luz a su situación era pensar en que aun podría entrar a Fairy Tail en unos seis meses, si era que aguantaba ese tiempo en el maldito Phantom Lord. Suspiró por enésima vez y se hundió en la bañera conteniendo la respiración. Sentía sus hombros ligeros sin sus cabellos rozándole, recordando automáticamente lo sucedido hacia unas horas. Sintió sus ojos arder dentro del agua, por lo que volvió a salir para respirar nuevamente. Se llevó ambas manos a su cabello azulado y lo palpó, al tiempo que sentía las lagrimas calientes recorrer sus mejillas de nuevo. Podía notar unos mechones más largos que otros. Lo que fue de su cabello que caía por su espalda se redujo a un corte disparejo por encima de sus hombros. Sentía la frustración recorrer su cuerpo, frustración ligada con ira y tristeza.

Experimentando un cumulo de emociones que nunca antes había sentido, salió de la bañera, sin importarle mojar de paso todo el suelo. Desnuda y empapada se dirigió a la cocina y tomó una tijera que se encontraba en la gaveta, acto seguido volvió al baño. Viéndose reflejada en el espejo, sonrojada por el llanto y las lágrimas libres recorriendo sus mejillas, tomó aire y empezó a cortar los mechones azules con las tijeras. Poco a poco, mechón por mechón, lo fue emparejando. Dejando solo dos mechones largos al frente, a cada lado de su rostro. Mientras lo hacía pensaba en qué hacer. Quería vengarse de aquellas furcias, pero no podía hacer nada sin que su reputación se viera afectada. Y demás estaba decir que ella no era de las personas que buscaba venganza, aunque en ese momento lo deseara.

Recordó que luego del suceso de la piscina llamó a Lucy en busca de un consejo, esta le había sugerido que hablara con las autoridades del instituto. Ya hoy había conocido al alto mando, José Porla. Tan solo de recordarlo le daban nauseas. No contaría con aquella persona que seguramente estaba en algo sucio con las alumnas. También recordó haber llamado a su abogado por ayuda, su único apoyo legal, y la respuesta de aquel hombre, el cual empezaba a despreciar también porque desde el principio todo había sido su culpa, fue que a esas alturas no podía retirarse de la preparatoria sin perder el año.

Entonces ahí estaba, en cero. Con su cabello relativamente decente ahora, pero sin saber qué hacer. Había luchado tanto por aguantar día tras día y lograr llegar al segundo año, que rendirse ahora le parecía un insulto. Fue en ese momento que unos ojos carmesíes y una sonrisa ladina se le pasaron por la mente. Gajeel Redfox. No sabía si mentía al respecto o si de verdad sería capaz de lograr que la dejaran de molestar. Si era cierto podía ser su salvación, pero estaba la otra parte del trato que no se creía capaz de cumplir. Se llevó las manos a su pecho, buscando calor.

Tenía múltiples opciones, no hacer nada y seguir soportando maltratos y cosas cada vez peores, porque sus acosadores cada vez iban más lejos; salirse de Phantom Lord y perder el año, con la poca probabilidad que la dejaran repetir primer año en el prestigioso instituto en el que deseaba graduarse; denunciar lo ocurrido a las autoridades estatales, con la posibilidad de que Porla al verse en aprietos le arruinara la vida por completo; entregarse a Jose Porla, como seguro lo hacían aquellas chicas, ante esta posibilidad rio irónicamente; y, su última opción, era probar suerte con Gajeel Redfox.

Una vez más se vio al espejo, intentado guardar esa memoria de ella y los sentimientos que estaba viviendo en ese momento. Y entonces tomó una decisión.

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Al día siguiente, la peliazul escuchó la campana anunciando el final de las clases por aquel día. Muchos salían alegres, dándole la bienvenida al fin de semana que se aproximaba. Sin embargo, Levy no movió ni un centímetro de su cuerpo, estaba paralizada del miedo, ahí sentada mientras escuchaba y sentía a sus compañeros de clase salir del aula. Respiró profundo un par de veces, dándose valor para hacer lo que iba a hacer.

Se levantó de golpe de la silla e inspeccionó con la mirada el aula, en busca de aquellos ojos carmesí a los que usualmente evitaba con gran afán. Encontró a su poseedor listo para atravesar el marco de la puerta. Apresuró el paso y se aproximó a él, impidiendo que se retirara al llamarlo.

- Redfox - llamó su atención, a lo que el chico volvió su mirada hacia ella. Levy cerró los puños a ambos lados de su cuerpo, dándose ánimos a continuar – Hagamos aquel trato -

- Gihee - Gajeel rio con regocijo ante aquellas palabras.

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PESADILLA EN PHANTOM LORD TIENE CONTINUACIÓN, LLAMADA SUEÑO EN FAIRY TAIL. NO TE LA PIERDAS.

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He aquí un nuevo capítulo. Quiero aclarar que a partir de este capítulo las cosas se intensificaran y dejará de ser una historia apta para todo público, ya saben a lo que me refiero. Espero que les esté gustando lo poco que va de historia y no desesperen que vienen muchísimas cosas más.

Muchas gracias a los que se tomaron el tiempo de comentar y a los que le dieron follow y favorito, me animaron mucho a culminar esta continuación. Espero que para este nuevo capítulo también me digan si les gustó o que piensan de cómo va la situación, aprecio sus opiniones y las nuevas ideas son bienvenidas.

Sin más que decir, espero haya sido de su agrado y nos leemos en el próximo capítulo.

Saludos.