Título: Como piedras preciosas.
Personajes: Dōma, Kotoha Hashibira, Ume Shabana, Gyūtarō Shabana, Inosuke Hashibira.
Pairings: Dōma/Kotoha.
Línea de tiempo: AU; Moderno.
Advertencias: Disclaimer Kimetsu no Yaiba/Demon Slayer; los personajes no me pertenecen, créditos a Koyoharu Gotōge. Posible y demasiado OoC [Fuera de personaje]. AU [Universo Alterno]. Situaciones dramáticas, vergonzosas, cómicas. Nada de lo ocurrido aquí tiene que ver con la serie original; todo es creado sin fines de lucro.
Clasificación: T
Categoría: Drama, Horror, Romance.
Total de palabras: 2580
Nota de autora: Iba a escribir el flufftober para este shipp, pero— acabé escribiendo el angstober
Nunca hago lo que quiero y no sé poner títulos decentes
Summary: Nunca se pregunta por qué nadie llega cuando es de día. Pero resulta que los sirvientes nunca pueden estar cerca porque, de hecho, hay monstruos en el hogar.
No la ha escuchado hablar.
Desde que se habían visto por primera vez, y en todo el tiempo en que ya llevaba la aburrida reunión donde este sujeto con corbata mal atada (que le tienta a estirarla y asfixiarlo hasta ver espuma en su boca y sus ojos blanquearse para escuchar silencio de una vez por todas) seguía hablando sobre el montón de cualidades y ganancias que tendría el trato y el compromiso, Dōma no ha escuchado la voz de la niña ni una sola vez. Y no puede imaginarse muy bien cómo sería. Sólo sabe que ella está ahí, sentada en silencio, luciendo bonita como una muñeca de anaquel de alguna juguetería súper prestigiosa.
Ocultando una sonrisa tras su abanico, se pregunta si su linda Ume también querría arrancarle el cabello y hundirle los ojos a este nuevo juguete. Y la idea se le hace tan divertida.
—Entonces, ¿está de acuerdo, Sr. Shabana?
Dōma parpadea una vez. No ha escuchado una sola cosa de lo que ha dicho el tipo estúpido a quien tiene sentado enfrente, pero no piensa que sea algo muy importante. Si seguía su hilo de pensamiento, está seguro de que está intentando convencerlo de llevar a cabo los papeles civiles cuanto antes.
Y eso no suena mal.
—Claro —asiente una vez, bajando el abanico y mostrando su sonrisa más confiable—. Me encantaría proceder.
Finalmente, en la media hora de completa calma y silencio de la joven, puede ver una reacción; ella se mueve por un segundo y, si no fuera tan bueno con los detalles, Dōma no se hubiera dado cuenta de que ya había empezado a temblar.
Tiene que volver a esconder su afilada sonrisa tras su abanico.
—Querida Kotoha, no necesitas ponerte tan nerviosa —alienta con falsa dulzura y amabilidad, inclinándose un poco para observar divertido a la niña que camina a su lado, con una postura tan rígida que bien podría ser absolutamente dolorosa. Se le hace tan graciosa—. No es como si fuera a comerte apenas lleguemos.
«Probablemente» es lo que se guarda para sí mismo, ensanchando su sonrisa. No quiere asustarla tanto y que intente huir antes del postre.
Pero sus palabras dulces no funcionan. Los ojos brillantes pero temerosos van de aquí para allá, y apenas hace contacto visual con él. Dōma, sin embargo, piensa que tiene un color muy bonito, como el de una pradera. Él ama las praderas, porque siempre son los mejores lugares para cazar.
Al acabar su recorrido por el, ridículo e innecesariamente amplio, jardín delantero; el que está lleno de flores y mariposas hecho perfectamente para tentar o calmar a los invitados que pronto entrarían a (su propio infierno) su acogedor hogar; ambos se detienen en la entrada y es Dōma quien abre caballerosamente la puerta, esperando a que su nueva inquilina dé el primer paso.
Ella duda por más de cinco segundos, pero él es paciente y la espera. Finalmente, da dos pasos y tres más, maravillándose con el interior de la mansión que, aún viéndose grande y ostentosa desde afuera, era incluso mejor desde adentro. Y se supone que ese es su objetivo; parecer hermosa aún cuando nadie sabe ni se imagina lo que podría haber allí dentro.
—Bienvenida a tu nuevo hogar —tras cerrar la puerta suavemente, abre los brazos para enfatizar sus palabras. Kotoha voltea a verlo y regresa a poner un rostro nervioso e indeciso—. No necesitas preocuparte por nada desde ahora. O, bueno, por casi nada.
Su sonrisa se borra un poquito. Ella se pone más nerviosa y tiembla de nuevo.
Es tan linda.
(Dōma se pregunta si sería incluso más linda estando debajo de sus garras, llorando, gritando y odiándolo.)
—Sígueme, por favor. Hay que conocer al resto de la familia.
Como si acabara de escuchar un mantra que la ha hipnotizado, Kotoha inmediatamente deja de temblar y su postura se vuelve rígida otra vez. Dōma casi la toma de la mano para guiarla por el resto de la casa, pero se dice que será para más tarde, y sólo señala lugares al azar.
No tiene sirvientes a la vista. No en esta sección de la casa, eso es lo que le explica a ella cuando nota su mirada curiosa por todas partes, como buscando algún otro ser vivo dentro del deshabitado palacio de ensueño. Pero Dōma no le dice por qué no hay nadie y ella no hace preguntas al respecto, por lo que continúa siendo una conversación unilateral.
Al final, el hombre se detiene frente a una puerta distinta a las demás. Kotoha hace una expresión de terror al verla, y los ojos arcoíris de Dōma brillan en emoción.
—Ellos están aquí. —Anuncia, con alegría, abriendo las grandes puertas llenas de raspaduras, como si alguien con cuchillos afilados, o garras bestiales, hubiera estado intentando entrar al lugar.
Adentro, sin embargo, no es tan horrible como la muchacha se hubiera imaginado.
Es sólo algo parecido a un patio de juegos infantil. Cerca de la entrada hay un sofá y mesas y sillas pequeñas, frente a un enorme televisión con varias consolas conectadas a éste. Más allá, un par de estanterías con distintos tipos de juegos de mesa y libros infantiles y, al final, cerca de un enorme ventanal que deja ver un campo de flores de lirios rojos, una zona de juegos acolchada con un trampolín y varias cajas enormes con todo tipo de juguetes.
Un paraíso infantil.
Y en medio de toda la utopía hay dos únicos niños. Un chico pequeño y de rostro cansado y amargo sentado en la silla, jugando solo al ajedrez, y una niña realmente bonita recostada contra el sofá, observando de cerca una muñeca que seguramente era de las más nuevas salidas en el mercado.
Kotoha jadea apenas al ver al par de chiquillos. El niño tiene varias marcas extrañas en su rostro y es insanamente delgado, y la niña, al contrario, se ve saludable y es casi como una muñeca. Aun así, ambos tienen la misma expresión fría y los ojos de un verde brillante.
Kotoha se pregunta, por un segundo, si acaso la habían traído para ser la madre falsa de estos niños solamente porque tenía el mismo tono en sus ojos.
Despierta de su ensoñación en cuanto siente la mirada de uno de los infantes. Él ha dejado su tablero de ajedrez, y la mira fijamente, mostrando una sonrisa de dientes afilados que le da escalofríos y la asusta en demasía.
—Kotoha, te presento a mis niños.
Como si hubieran escuchado una alarma, ambos chiquillos se ponen de pie y van hasta ellos en lo que es un parpadeo. La sonrisa del mayor apenas se borra, ocultando sus dientes, pero la niña mantiene una expresión congelada y sus orbitas parecen brillar en asco, aún con la muñeca en sus manos, dándole una apariencia tierna pero peligrosa.
Kotoha traga pesado.
—Él es Gyūtarō y ella es Ume. —Señala Dōma a cada uno.
—Daki. —Aclara secamente la menor.
—Cierto, Daki —Dōma le da la razón como quien da la hora del día—. Niños, ella es Kotoha, es mi nueva esposa.
Kotoha traga pesado mientras se sonroja fuertemente. Baja la cabeza, haciendo una ligera reverencia para con los niños.
—Es linda.
—Como una muñeca.
Lejos de sentirse halagada por las inocentes palabras del par de infantes, otro escalofrío la recorre y, al volver a verlos, casi puede sentir el ácido en los ojitos verdosos de los hermanitos.
—Sí que lo es.
Y Dōma se siente como una presencia aplastante a su lado.
Más tarde, mucho más tarde, se da cuenta de que el desagradable sentimiento que pica en su nuca y entumece sus dedos es más que sólo una idea suya; es una realidad que se esconde tras las máscaras de los inquilinos de la mansión. Pero ella nunca ha sido lista, siempre se lo han dicho («tonta, tonta, tonta niña sin remedio que sólo sirve para servir»), así que prefiere ignorarlo con el pasar de los días y ver el lado positivo de las cosas.
Dōma no la toca ni comparte cama con ella, y por eso está feliz. Los niños no dicen abiertamente que la odian —Ume siempre dice que es bonita y Gyūtarō le sonríe enseñando los dientes, pero esas cosas continúan sin sentirse como un halago—. No hay sirvientes u otras personas que la miren mal o la hagan de menos, no como en su vida antes de llegar a unirse a la vida de ese extraño pero amable hombre. Está conforme con todo eso, puede soportarlo. Para esto la vendió su familia, de todas maneras, para ser la esposa trofeo de un tipo rico y fingir que está bien con esa decisión.
Como si fuera un sueño, no tarda en acostumbrarse a ser lo que se supone que esperan que sea. Cuida de los niños, sonríe cuando Dōma le dice algo bonito y le da su espacio, y usa su tiempo para limpiar o cocinar, aunque tenga un chef en el otro lado de la casa y las mucamas se encarguen de arreglar todo al ocultarse el sol.
Nunca se pregunta por qué nadie llega cuando es de día.
Pero resulta que los sirvientes nunca pueden estar cerca porque, de hecho, hay monstruos en el hogar.
Es tres meses después que lo nota cuando, por accidente, observa por el ventanal del patio de juegos hacia el jardín de lirios. La ve allí, a Ume, arrancándole a golpes y jirones los ojos y el cabello a una muñeca. Se pierde en el horror de esa imagen hasta que escucha un grito desde afuera del salón, y al ir corriendo se topa con Gyūtarō y unas tijeras en su mano derecha, y un vestido en su mano izquierda.
Lo que le horroriza no es nada de eso, sino la sangre que gotea del filo del utensilio, y el hombre que se retuerce en el piso, con las manos en el rostro, todo lleno de sangre.
Las piernas de Kotoha tiemblan y se queda quieta allí, mientras el niño gira la cabeza hacia ella. Sus ojos verdes brillan como nunca y no hay más sonrisas para ella.
—Estaba mirando y tocando la ropa de mi hermana.
Kotoha termina devolviendo toda su comida más tarde.
Horas después, en la cena, Dōma le dice que Gyūtarō es muy protector con su hermanita y le explica que ya ha pasado antes y que no tiene por qué preocuparse. Él asegura que se encargará de que no vuelva a ocurrir frente a ella.
La muchacha ni siquiera puede tocar su plato esa noche.
Y vomita bilis en la oscuridad.
—Lo siento.
Finalmente y por primera vez, después de cuatro meses de haberle conocido, Dōma escucha la voz de Kotoha.
Y es dulce y preciosa y melodiosa y—
Suena tan rota que no cree que pueda escuchar alguna cosa más hermosa en su vida.
—¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Lo siento!
Mientras se aferra a su ropa, sus dedos clavándose en la tela de su camisa blanca, con las uñas rompiéndose al igual que su mente, y sangrando, Dōma sigue pensando que se ve muchísimo mejor que cuando intenta sonreír con cariño a los engendros que viven en su hogar o a él, quien se traga las ganas de enterrar sus colmillos y sus garras en su blanca y suave carne y le dice que se ve bonita con cualquier cosa. Aún si su bonito pelo negro está enmarañado y su camisón mal puesto, y hay rasguños en sus antebrazos y piernas y cicatrices en su cuello y muslos, o que su mirada se pierda y se hunda en un mar de lágrimas, continúa dando una imagen celestial ante el arcoíris atrapado en los orbes de su dueño.
—Lo siento... Lo siento... Lo siento...
Ella tiembla a tal punto que casi se desploma. Él tiene que sujetarla para que sus rodillas no choquen contra el duro y frío suelo de mármol que bien podría dejarle moretones desagradables que, siendo sinceros, tampoco podrían verse mal en alguien tan bonita como ella.
Hay un calor agradable incrustándose en el pecho de Dōma en cuanto Kotoha levanta la mirada para verlo y vuelve a abrir su bonita boca.
—Dōma, lo siento... lo siento tanto...
Quiere morder sus labios rojos, que ya están rotos de tanto que ella misma se los ha mordido.
—Pero, ¿por qué te disculpas, Kotoha querida? —Con su voz melosa, no desea que ella detenga sus sollozos, pero quiere conocer la razón—. ¿Hay algo mal? Si es así, puedo arreglarlo.
—Yo... yo... —vuelve a bajar la mirada. Sus dedos ensangrentados tiemblan contra su pecho. Dōma quiere abrazarla y rasguñarla y masticarla y continuar escuchándola llorar—. Yo... Dōma, yo... estoy... embarazada...
Él tarda un par de segundos en procesar esa información.
«Oh, así que por eso se veía así esa vez».
La imagen de Kotoha bajando el ruedo de su falda cuando ambos estaban en el auto, antes de llegar a su hogar por primera vez, intentando desesperadamente ocultar los cardenales en sus piernas y buscando abotonar hasta el último botón de su camisa floreada para esconder las dolorosas marcas de dientes sobre sus delgadas clavículas y su blanco cuello lleno de tonos morados y amarillos, todo eso y el nerviosismo constante ante el más mínimo contacto masculino eran clara señal de lo que le había ocurrido antes de llegar con él.
Y, sinceramente, no le había importado.
Y sigue sin importarle.
—Entiendo —sonríe con paciencia. Kotoha regresa a verlo, con sorpresa y horror en toda la cara—. No es un problema, Kotoha.
Levantando las manos, sujeta suavemente el rostro de la pobre niña desdichada y abandonada por los dioses. Está caliente, y le quema la piel fría de los dedos, pero le encanta verla derretirse en sentimientos contradictorios mientras más actúa así con ella.
—¿Qué es lo que quieres? —Pregunta, manteniendo su tono amable. Sin embargo, se le escapa algo de diversión en sus expresiones faciales ante las ideas que reptan por su maltrecha cabeza—. Puedes hacer lo que quieras. Puedes abortarlo. Puedes tenerlo y luego darlo en adopción. Incluso puedo buscar una familia adecuada para que lo des, si es que lo deseas así. O podría buscar al padre y podrás hacer lo que quieras con él y el niño. Dímelo, cualquier cosa.
Él horror aumentando en el rostro de su linda Kotoha es cada vez más delicioso, cada vez más adictivo. Dōma piensa que nunca más podría vivir sin ello.
Sus garras van a buscar hacerle más daño desde ahora.
—Yo... quiero tenerlo...
Es tan linda.
—Quiero cuidar... a mi hijo...
Tan linda y tan patética.
Y a Dōma le encanta todavía más.
—Que así sea, entonces.
Un niño bastardo más no era un problema.
Además, Kotoha sólo estaba siendo estúpida y egoísta. Es decir, ¿cómo se le ocurría pensar que un bebé estaría a salvo dentro de una rota familia llena de monstruos?
Era cuestión de tiempo antes de que fueran devorados.
¿fin?
