Título: Entre sonrisas frías.

Personajes: Dōma, Kotoha Hashibira, Inosuke Hashibira, Shinobu Kochō.

Línea de tiempo: AU; Moderno.

Advertencias: Disclaimer Kimetsu no Yaiba/Demon Slayer; los personajes no me pertenecen, créditos a Koyoharu Gotōge. Posible y demasiado OoC [Fuera de personaje]. AU [Universo Alterno]. Situaciones dramáticas. Nada de lo ocurrido aquí tiene que ver con la serie original; todo es creado sin fines de lucro.

Clasificación: T

Categoría: Drama, Tragedia, Familiar.

Total de palabras: 2010

Nota de autora: Oh dios, tuve que usar muchas de mis neuronas para poder escribir esto. Y seguro que ha quedado súper OoC


Summary: Dōma le abraza con dulzura mientras ella solloza por horas enteras y se traga las palabras que tanto quiere gritar. (...) Aunque no recuerde su vida, no quiere perderla. No quiere morir.


I.

Dōma lo sabe. Siempre ha sido bueno leyendo a las personas, es su trabajo, después de todo. Todo sobre sus reacciones, sus formas de mover hasta la parte más mínima de su cuerpo o enseñar inconscientemente las expresiones faciales pequeñas e imperceptibles, es muy bueno en ello. Y reconocer los resquicios humanos y los más mínimos movimientos de una persona tan simple como la joven que tiene enfrente es la cosa más fácil del mundo.

Sin embargo, aunque fuera fácil y amara las cosas fáciles, no significaba que esto le gustase.

Porque él ya sabe lo que se avecina incluso antes de que la doctora le diga el diagnóstico.

—¿Quién eres tú?

Dōma casi podría sonreír, sin alguna razón en particular, y menos si es porque está feliz.

Más bien, sonreiría ante lo gracioso de la situación. Es decir, era patético, y las cosas patéticas suelen dar mucha risa, en especial cuando se trataba de que su querida y linda Kotoha acababa de perder la mayor parte de su memoria por culpa de un maldito pero pequeño golpe en su nuca luego de dejar que un libro se le cayera encima mientras él no estaba.

Era, con toda sinceridad, ridículo.

Los dioses debían estarse riendo a carcajadas.

Tiene la tentación de decir que se ha equivocado de habitación y salir de allí cuanto antes.

Sin embargo, antes de poder huir de allí, la doctora se acerca a él.

—¿Dōma Hashibira? —Lo nombra, y él apenas puede decirle que sí es él antes de que ella lo empuje sin delicadeza hacia la salida del cuarto—. Venga conmigo, por favor.

Dōma piensa que, a pesar de que la mujer sea considerablemente pequeña, es absurdamente ruda y fuerte. Pero no tiene tiempo de quejarse cuando se encuentra en el pasillo, de pie enfrente de la puerta cerrada y con la profesional de mirada fría dedicándole una expresión en blanco.

—Como ya ha de notar, su esposa ha perdido parte de su memoria —su tono helado va muy bien con ella. Dōma asiente, como en trance por esos bonitos pero fríos ojos violetas, que le hacen recordar a la vacía mirada de Kotoha al encontrarse con él—. Pero hay otra cosa además de eso.

—¿Qué es? Lo que sea, puedo pagar para que la curen y–

—A ella le quedan cinco meses de vida.

—¿Qué?

Definitivamente, los dioses se estaban riendo muy fuerte.

—No puede ser.

Y casi puede escuchar sus carcajadas retumbando en sus oídos.


II.

—Vaya, entonces... —la mirada esmeralda, vacía, como una piedra que no se ha pulido en años y ha terminado por empezar a hundirse en el lodo otra vez, viaja desde el rostro de su doctora hasta sus propias manos, juntas y apretadas entre sí. Sin embargo, no tiembla—. Entonces... moriré... antes de poder recuperar mis recuerdos.

—Lo siento, señorita.

—Oh, no. No lo lamente por mí —pide suavemente, dedicándole una sonrisa dulce a la señorita Kochō—. No es su culpa, es mía. Seguro que debí ser muy torpe y tonta como para que me ocurran estas dos cosas al mismo tiempo.

—Y vaya que sí lo eres, Kotoha. —Sonríe Dōma, quien está sentado a un lado de la camilla de la mujer.

Al instante, recibe una mirada de desagrado de la profesional. Sin embargo Kotoha, lejos de mostrarse molesta por esas palabras burlonas, se ríe suavemente mientras asiente.

—Es usted muy gracioso, señor Dōma. Pero lamento meterlo en este problema. A pesar de estar casados, siento que no lo conozco para nada.

—Bueno, claro que no. Has perdido la memoria.

—Oh, sí. Eso lo explica. Pero se siente demasiado extraño.

A pesar de todo, ella continúa sonriendo con tanta dulzura. Eso a Dōma sigue gustándole, pero también es desagradable.

Y lo pone de tan mal humor.


III.

—Así que ella... ¿no me recuerda... ni siquiera a mí?

Dōma jamás había escuchado a Inosuke poner una voz tan rota y débil, y casi no lo reconoce. Si no lo tuviera enfrente, con el mismo rostro, los mismos ojos verdes de Kotoha y la misma expresión de tristeza que ella ponía cuando veía películas tristes en tardes invernales, no podría reconocer al niño ni en un millón de años. Porque no se ve como él, no cuando está tan tranquilo que cada uno de sus músculos están laxos y sus ojos no arden en la adrenalina constante y no tiene un aura de pelea abrumador. No cuando ni siquiera se pone de pie luego de que pasen más de treinta segundos.

Treinta largos segundos en los que su joven y algo lento cerebro tarda en procesar lo que su maldito padrastro acababa de decirle.

Y cuando finalmente recibe toda la información, le lanza una mirada de enojo.

—Estás mintiendo.

—Me gustaría —se encoge de hombros, mientras sonríe, sólo porque sabe que cualquier otra expresión podría hacer que el problemático adolescente pensara que estaba jugándole una broma. Y eso era gracioso de pensar—. Pero no, Inosuke. Ella... ella de verdad no nos recuerda. Ni a ti ni a mí, y no tendrá tiempo para hacerlo tampoco.

—Estás mintiendo, maldito bastardo.

—También me gustaría que fuera una mentira, pero no lo es. Lo siento, Inosuke.

—¡Deja de joder! —Ruge, finalmente con su temperamento habitual. Dōma ni siquiera se sorprende cuando se pone de pie de un salto, tirando la silla hacia atrás y mostrando una expresión rabiosa—. ¡¿Qué mierda significa eso?! ¡¿Que mi madre, además de olvidarme, se va a morir sólo porque se le cayó un maldito libro a la cabeza?! ¡No me hagas reír, bastardo!

—Bueno, ella sí se rió. —Vuelve a encogerse de hombros, con su sonrisa perpetua.

Inosuke aprieta los dientes con fuerza y lo agarra de las solapas de su abrigo, dispuesto a darle un puñetazo. Pero no lo hace, y tarda cerca de un minuto en soltarlo y darse vuelta a toda velocidad, saliendo del cuarto.

—¡Inosuke, no puedes–!

Dōma sabe a dónde irá, pero realmente no quiere que eso ocurra.

Sin embargo, el chico es malditamente rápido y en un santiamén se encuentra con su madre. Pero cuando está a punto de ir a abrazarla, él también lo ve.

Kotoha no lo reconoce.

—Oh, tú debes ser Inosuke.

Su voz dulce, la que siempre le ha cantado canciones llenas de cariño y amor incondicional, se siente fría y lejana a pesar de ser el mismo tono amable que ha escuchado desde antes de nacer, y se siente absolutamente desgarrador.

Está a punto de llorar.

—Kotoha, danos un momento.

Empero, Dōma llega antes de que el niño pueda lanzarse a gritar, a llorar y a pedirle a su madre que no le juegue bromas tan crueles, que le diga que lo que está pasando no es verdad y que solamente se trata de una treta ridícula para hacerla valorarla más o tal vez alguna mierda por el estilo. Espera que, tal vez, le diga que es una mentira eso de que no lo recuerda y que morirá antes de poder recuperar su memoria.

Sólo que, al final, lo único que consigue es que el hombre le saque de esa habitación y le mire con cansancio. No desagrado ni enojo, o algo más, ni siquiera diversión. Sólo cansancio.

O eso espera que sea.

—Inosuke...

—Tú puedes arreglarlo, ¿no? —Su voz, de nuevo, es distinta a la suya, pero es suya. Sólo que no tiene tiempo de pensar en lo extraño que suena porque su cabeza sólo funciona para buscar alguna solución, para encontrar el camino que salvará a su madre—. Tú... tienes dinero, y toda esa mierda y prometiste cuidarla y... ¡Sálvala, maldita sea!

Al levantar la cabeza, no puede evitar enojarse con el rostro inexpresivo de Dōma. Ahora ni siquiera hay cansancio. No hay nada.

Aprieta los puños y la mandíbula. Sus ojos brillan tanto en furia como en lágrimas que no quiere derramar.

—¡Ayúdala, al menos! No necesita recuperar la memoria si no es posible, pero... ¡Pero no tiene por qué morir! ¡Ella no puede morir! ¡Haz algo, con un demonio! ¡Haz algo!

Y aunque ruegue una y otra vez, Dōma permanece imperturbable. Inosuke lo odia mucho más que antes con cada segundo que pasa en silencio.


IV.

Está pálida.

Eso es lo primero que nota cuando se ve en el espejo esa mañana. Ha tenido que hacerlo todos los días, varias veces, mirar su reflejo sólo para acostumbrarse al rostro que había olvidado, y aunque le había gustado ver su nueva joven vejez, la imagen se había difuminado y se sentía extraño, de una manera desagradable. Su piel que ya era blanca, con el pasar de los días iba convirtiéndose en papel, a tal punto en que le daba miedo que se rasgara como uno. Sus labios también habían perdido color, ya no eran rosas, eran casi crema. Y sus ojos...

Sus ojos eran canicas oscuras.

Temblorosa, saca las manos del lavabo y se dirige a la habitación, con la mente viajando lejos de sus pasos, que retumban por el lugar. Al igual que un alma en pena, merodea por el hogar que tampoco reconoce y rebusca imágenes en las esquinas de los corredores y tras los muebles, pero no encuentra nada más que silencio y cenizas.

De pronto, otra presencia se topa con ella en mitad de su solitario recorrido.

—Kotoha, ¿por qué lloras?

Dōma le abraza con dulzura mientras ella solloza por horas enteras y se traga las palabras que tanto quiere gritar.

«¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?».

Aunque no recuerde su vida, no quiere perderla.

No quiere morir.

«¿Por qué a mí?».

Dōma no llora, solamente sonríe con calma. Inosuke se esconde todos los días, lamentándose en completo silencio. Kotoha a veces vuelve a sonreír, pero también se esconde para llorar.


V.

—Ustedes fueron... tan dulces...

Está cansada, tan cansada. Ellos lo saben, pueden verlo claramente, pero aun así están sonriendo los tres. Sonrisas frías y tristes en medio de una fría habitación blanca y sin aroma, casi congelada y deprimente, pero extrañamente acogedora. El pelo negro de madre e hijo, con sus puntas azules y sus ojos verdes (opacos y tristes y cansados), contrastan con el impoluto tono de ese lugar. Dōma, en cambio, con su pelo rubio platinado y el suave arcoíris en sus irises, casi va perfecto allí.

Pero no le gusta.

Sólo que ya no le molesta como antes.

—Está bien, querida Kotoha —le dedica otra brillante sonrisa, de esas que están perfectamente ensayadas, incluso antes de que tenga uso de razón. Y ella se lo cree—. Tú también eres dulce y sabes que te queremos.

—Pero, chicos... —ahoga un sollozo tras su mano.

Inosuke se inclina hacia ella y la envuelve en un abrazo, uno delicado como nunca antes ha dado. Él está callado y parece que no quiere hablar, tal vez porque sabe que soltará algo de lo que se va a arrepentir. Lejos de lo que pensaban todos, Dōma sabía que Inosuke era inteligente, lo suficiente como para entender lo que su madre necesitaba en ese momento.

Por eso ya no la suelta. Y él tampoco la suelta, mantiene sus dedos entrelazados con los de ella mientras ve a la doctora asentir e inyectar el suave veneno en la intravenosa de la bonita dama recostada en la cama.

Ella poco a poco cierra los ojos, mientras sonríe con esa dulzura suya.

Los sonidos en la maquina a su lado pronto se convierten en un pitido constante y seco.

Pero ninguno la suelta.

—Adiós, mamá.

—Hasta pronto, Kotoha.


¿fin?