Título: Voz de ruiseñor.

Personajes: Kotoha Hashibira, Dōma, Inosuke Hashibira (mención).

Línea de tiempo: Semi-AU; What if; Donde Dōma conservó a Kotoha en vez de matarla.

Advertencias: Disclaimer Kimetsu no Yaiba/Demon Slayer; los personajes no me pertenecen, créditos a Koyoharu Gotōge. Posible y demasiado OoC [Fuera de personaje]. Semi-AU [Universo Alterno]. Situaciones dramáticas y dolorosas. Alusión a temas sensibles (abuso sexual implícito) [+15]; se recomienda discreción. Nada de lo ocurrido aquí tiene que ver con la serie original; todo es creado sin fines de lucro.

Clasificación: M

Categoría: Drama, Suspenso, Terror.

Total de palabras: 1790

Nota de autora: Ok, siempre he querido escribir este what if

Y Dōma es un hijo de perra, eso todos lo sabemos


Summary: Kotoha las ve y les suplica su ayuda en silencio, que la saquen de su prisión de oro o que la ayuden a quitarse el peso que crece en su vientre, pero nadie la escucha. Sólo Dōma le sonríe con cariño y le besa suavemente los cansados párpados, antes de ayudarla a dormir.


Kotoha es un ruiseñor enjaulado.

Antes no lo era. Antes era un pajarillo que iba a su ventana a cantar a todas horas, con todo amor, para él. En las mañanas, en las tardes y en las noches, entonando melodías dulces sin letras fijas, siempre narrando la misma historia pero desde distintos puntos. Casi diría que era encantador, mágico, cómo su cabecita torpe era incapaz de recordar la canción principal pero amoldando todo para que fuera similar, para que continuara siendo hermoso.

Dōma en serio adoraba eso. Adoraba a Kotoha, con su pelo suelto y su cuerpo delgado, sus brazos débiles acunando con amor a una criatura pequeña casi idéntica a ella, a quien sonreía con todo el cariño del mundo sin importarle que esa cosa compartiera sangre con quien alguna vez le hizo tanto daño.

Kotoha era como aquellos ángeles benévolos que sólo existían en las historias cursis.

Y, sin embargo, no era tan inteligente como ellos.

—Querida Kotoha, no estés tan triste —le pide con dulzura, con (falso) amor, mientras sus garras acarician el camino sinuoso pintado de rojo en el cuerpo de la mujer—. Después de todo, cualquiera que cometa un error, debe recibir un ligero castigo.

La ve morderse los labios con fuerza, y su expresión está endurecida como antes no lo habría estado. Sus bonitos orbes verdes le miran con odio, con desagrado, con horror.

Ya no es la misma Kotoha que danzaba en soledad, entre lirios blancos, y cantaba para él bajo el sol que no podía tocar.

Es que, en realidad, le han cortado las alas. Dōma lo ha hecho, esa noche en la que ella lo vio darse un festín con mujeres a las que no se ha molestado en recordar. Kotoha salió corriendo de su santuario, tratando estúpidamente de esconderse en el bosque, de salvar a su hijo de algo que no pasaría, porque ella es lo suficientemente tonta como para no ver que aquella bestia dentro del castillo no iba a morderla.

Bueno, antes, quizás. Ahora Dōma sólo quería mordisquearla todo el tiempo.

Pero no lo hacía. No todavía.

—Kotoha, vuelve a cantar. Cantas muy bonito.

Pero Kotoha se corta los labios y los pinta de un rojo más fuerte de lo que ya eran.

Nunca abre la boca. Nunca vuelve a cantar.

Aun así, Dōma es paciente y la quiere tanto. Así que le sonríe con cariño y la obliga a abrir la boca para que no corte su propia lengua y muera, porque no quiere que muera. La siente gruñir bajo sus dedos y sus pequeños y delgados brazos intentan hacerlo a un lado, pero claramente no funciona. Nunca funciona y él, como siempre, un día más evita que muera mientras besa sus lágrimas y le repite lo linda, bonita y dulce que es.

Pero Kotoha sólo puede mirar a la nada y evocar el nombre de su niño abandonado.

Y Dōma siente lástima por ella —o en realidad no—, porque la pobre había matado a su bastardo luego de lanzarlo por el barranco en su desesperado y torpe intento de hacer que uno de ellos sobreviviera. Y, bueno, uno de ellos realmente había sobrevivido, pero no Inosuke.

Ahora la niña, además de soledad, tenía un precioso dibujo en el cuerpo, uno que Dōma le había dejado con su abanico, como castigo por ir más allá de la pesadilla y haber intentado rebelarse. Esa herida, esa cicatriz, era el doloroso recordatorio de lo que pasaría si intentaba salir de nuevo de su jaula; él no iba a matarla, sólo hacerla sufrir hasta que deseara realmente morir, y luego la arreglaría con su falso amor y su mentiroso cariño (y una aguja e hilos negros que se clavarían en su piel y coserían sus trazos cortados y la volverían la muñeca rota más hermosa de todas).

Kotoha no tiene fuerza para odiarlo luego de sus remiendas.

Y Dōma siempre está con ella, no quiere dejar oportunidades para que vuelva a salir de allí, de escaparse de sus brazos.

—Me pregunto por qué todavía no quieres cantar —murmura un día de aquellos, otro que es monótono y se ve gris y rojo y arcoíris. Él le sujeta del rostro con una delicadeza endemoniada y su expresión ensayada es la de un muchacho triste—. ¿Es que no estás feliz con los regalos, Kotoha? ¿Quieres algo más? ¿Qué es lo que quieres? Prometo que intentaré dártelo.

«Mátame» ruegan sus opacos ojos verdes, pero su bonita boca no puede decirlo porque ella es una cobarde.

Y, ante el silencio de la niña, Dōma pierde otro poco de su inagotable paciencia. Sus colmillos dejan de mostrarse en su sonrisa.

—¿Es que acaso te gustaría tener de vuelta a Inosuke?

Kotoha tiembla. Intenta apartarlo. Está furiosa, y él está feliz de que ella lo esté.

—Oh, pobre Kotoha. Bien sabes que Inosuke ya no está, porque lo lanzaste al río tú misma.

Ella llora.

Llora por días enteros, pero ni siquiera con ese dolor es capaz de pedirle que la mate.

Y, aunque lo hiciera, él solamente se reiría y le diría que no, que no iba a matarla sin importar cuánto le rogara. Kotoha sabe que no puede luchar con eso.

Es gracias a eso que lo intenta por sí misma, una y otra vez, porque no tiene idea de cómo vivir en un mundo donde ella misma había asesinado a su precioso bebé y acaba pensando que su única salida es ir a pagar por sus pecados en el purgatorio —el mismo que Dōma le ha repetido que no existe, como tampoco existe el cielo y sólo existen ellos y lo que conocen como vida y el paraíso que le han pedido a él que construya y en el que ella podría vivir si tan solo no fuera tan estúpida—. Por esta razón corta los hilos azules bajo su piel y rasguña con terquedad su yugular.

Pero no se puede dormir porque Dōma le está sonriendo y su toque es absolutamente frío y le congela la sangre antes de que pueda escaparse de su cuerpo.

Ella quiere odiarlo.

—No hagas eso, Kotoha querida —murmura en su oído—. No lo intentes más, porque me pondría triste si tú murieras.

Ella realmente quiere que esté triste. Quiere que sufra.

Empero, al contrario, la única que sufre es Kotoha porque no puede lidiar con sus propios pensamientos crueles («esta no soy yo, esta no soy yo, esta no soy yo»). Y vuelve a llorar.

Dōma la consuela y seca sus lágrimas y le dice que todo está bien. Le quita el vestido ensangrentado y se toma su tiempo para volverla a vestir como una princesa, hasta que se convierta en una, una que tiene cicatrices heladas en las muñecas y el camino rojo desde la clavícula hasta el vientre, que a él tanto le gusta trazar con enferma admiración.

Kotoha tiene ganas de vomitar. Las garras de Dōma siempre se sienten frías y amables contra su piel.

Él se detiene al llegar sobre su ombligo, y sus ojos malditos casi parecen brillar ante una idea creada por esa maltrecha mente.

Presiona allí y Kotoha se muerde la lengua otra vez, pero está tan cansada que ni siquiera intenta cortarse.

—¿Cómo no pude verlo? —se pregunta en voz alta, tal vez a sí mismo o tal vez hacia Kotoha. Ella siente algo de curiosidad al escucharle, pero se asusta en cuanto vuelve a mirarla, y hay algo que la obliga a apartarse al notar su expresión alegre.

No es la misma expresión del hombre al que llamaba esposo, pero le da el mismo desagradable sentimiento.

Kotoha lo había pensado antes, sobre el monstruo comehumanos que era su benefactor, pero nunca lo había dicho en voz alta ni se había molestado en repetírselo antes. Pero ahora es diferente y, con esos ojos multicolor que tantas veces había dicho que eran bonitos (pero que ahora le daban tanto asco que, cada vez que los mira, podría devolver toda la poca comida que es obligada a ingerir para mantenerse con vida), su cuerpo entero tiembla y aparta las manos ajenas que están encima suyo.

Sin embargo, esas manos regresan sobre ella. No le hacen daño, pero el frío le quema la piel más que el mismísimo fuego.

Eso le recuerda todo.

—Demonio...

Su murmullo no tarda en convertirse en un grito y hace eco por todos lados.

—¡Demonio! ¡Demonio! ¡Demonio!

Dōma le sonríe, feliz de escucharla.

—Así es, Kotoha. Soy un demonio.

Sus uñas, filosas, rasgan su cara y fina ropa de princesa, y los dientes bestiales mordisquean los lugares sanos sobre su piel.

—Pero, aunque sea un demonio, no estoy muerto. Ni tú tampoco.

Ella continúa gritando, repitiendo esa palabra una y otra vez.

—Tranquilízate, Kotoha querida. No te dolerá.

Y no le duele. No físicamente.

Pero llora día y noche al sentirse hecha pedazos por dentro.

Solloza días y noches enteras. Las damas que la cuidan le miran tanto con lástima como con desprecio, algunas con genuina pena por verla tan triste, y otras sin entender por qué no está feliz de ser la favorita del hombre más poderoso dentro de esos muros. Kotoha las ve y les suplica su ayuda en silencio, que la saquen de su prisión de oro o que la ayuden a quitarse el peso que crece en su vientre, pero nadie la escucha.

Sólo Dōma le sonríe con cariño y le besa suavemente los cansados párpados, antes de ayudarla a dormir.

El tiempo no se detiene, nunca lo hizo y nunca lo hará. Y Kotoha se abraza a sí misma, entierra sus dedos sangrantes en la tela de sus vestidos de seda y aprieta, con miedo y tristeza y una pizca de extraña ansiedad ridículamente alegre; como si deseara ver qué pasará al final; su cálido vientre de luna menguante. Empero, al segundo siguiente de pensar en situaciones donde cargará entre sus brazos a una cosita pequeña y suave y dulce, vuelve a gritarse que no, que no está bien y que no debió suceder.

Hasta que ocurre y, una noche invernal, sujeta a un bebé ensangrentado que le recuerda a su precioso Inosuke.

Y las garras del monstruo se cierran sobre su garganta.

—Ahora volverás a cantar, ¿verdad, Kotoha?

«No, así que mátame. Por favor, mátame».

Y Kotoha canta para calmar los sollozos del pobrecito niño sin amor.


¿fin?