Nota: Lo intenté, pero lo disfruté.


Megumi nunca ha sido una persona muy habladora o que le encante conversar con otros, a pesar de que a veces le gustaría decir un poco más y no resumir todo lo que piense y esté sintiendo.

Aunque muchas veces las palabras pueden ser intercambiadas con acciones, que dicen más. Como el lenguaje corporal.

Y aunque uno no sea un profesional en lectura de lenguaje corporal, siempre podríamos interpretar ciertas acciones como rechazo, miedo, molestia, paz o tristeza.

Incluso, afecto.

Y–

Tsumiki resulta ser legible en ocasiones, y ser honesta (también en ocasiones).

Como el hecho de que Tsumiki quiere entender a Megumi, quiere acercarse y desea poder llevarse bien con él. Tal vez no para siempre, pero sí que sea algo más seguido; y aunque sea bastante paciente al respecto, Megumi parece ser un experto en sacarla de quicio.

Pero, no por hacerla molestar y preocupar, eso significaría dejarlo de querer. Eran una familia y se tenían únicamente entre ellos.

Pero si a Megumi le hubiesen dicho que ese sería el último día que podría escucharla hablar (que le regañara por meterse otra vez en problemas y peleas, que le contara cosas tan nimias y triviales como lo que vieron en clases o sobre lo que comerían hoy llegando a casa, incluso el que lo llamara por su nombre), entonces le hubiera pedido disculpas y la hubiera apreciado un poco más.

Hubiera aquí, hubiera acá, hubiera por todas partes pero que al final no existían en absoluto.

Lo único que existía era Tsumiki postrada en la camilla del hospital, el estupor y el silencio.

El silencio que había cuando estaba en la escuela, el silencio cuando salía de la escuela, el silencio que le recibía al llegar al cuarto de hospital donde Tsumiki yacía durmiendo en los laureles y el silencio que le engullía al regresar a casa.

Se había acostumbrado tanto a que Tsumiki fuese la única que velara por su bienestar con sinceridad, que le hablara con cariño y suavidad –sin prisas–, que le saludara en las mañanas y se despidiera de él en las noches.

Que le hiciera compañía, incluso si no había nada que decir o de lo qué hablar.

Megumi se sintió solo y abandonado.

Derrotado.

E increíblemente estúpido.

Primero era dejado por su cuenta por su padre o lo que sea que fuese, luego nunca conoció a la mujer que le dio la vida y ahora, ahora la persona que lo había elegido a él per se a ser desapegado, distante, huraño y una persona que se guiaba por sus principios inexactos.

Megumi se sintió asfixiado del silencio que abundaba en la casa y su mente sólo le reprochaba su imbecilidad como un juez severo.

Y él–

Él sólo podía decir .

Fue mi culpa, fue mi culpa por centrarme en mí mismo y no darme cuenta.

Fue mi culpa el que a Tsumiki la maldijeran.

Fue mi culpa no haberla detenido.

Fue mi culpa que ella esté postrada en el hospital.

Es mi culpa, es mi culpa, es mi culpa, es mi culpa.

Fueron noches de silencio ensordecedor que clavaron sus uñas largas en su pecho (y corazón). Que hicieron lo que creyó no sería posible, llorar.

Llorar por demasiado silencio.

(Porque Tsumiki siempre lo apartó de este).

Encontrando únicamente sonido en los recuerdos de su mente.

(Porque Tsumiki era la que leía las palabras de su alma).

Porque ahora, sólo hay silencio.

(Y es tu culpa Megumi).