Advertencia: este capítulo incluye violencia gratuita (bueno, en realidad bastante cara).
Nunca había imaginado que le gustaría el sushi: él era más de carne. Antes de conocer a Jim ni siquiera lo había probado. Ahora, en cambio, se movía como pez en el agua entre las cartas de makis y sashimis de los restaurantes japoneses pijos que tanto le gustaban al criminal asesor.
El de hoy estaba bien, con decoración minimalista y un par de especialidades que no tenían en otros sitios. Jim le estaba contando no sabía qué sobre la pesca de atún. Sabía que en aquellas ocasiones Jim hablaba más por el placer de escucharse a sí mismo que porque esperara que su compañero fuera a aportar algo de interés a la conversación, así que se permitía desconectar de vez en cuando y dejar volar su imaginación recreándose en otros detalles, como por ejemplo sus manos manejando los palillos con destreza, o cómo se tensaban o relajaban los músculos de su cuello con cada gesto que hacía, aunque no se lo dejara admirar por completo aquella camisa que llevaba con ese absurdo cuello redondo. El tema de la pesca pronto derivó hacia tipos de anzuelos y cómo desgarraban la carne cada uno de ellos. Eso ya captó más su atención. No era solo el despreciable y entrometido Holmes quien gustaba de hacer experimentos. Jim también disfrutaba con ello, con la salvedad de que sus objetos de estudio eran más conscientes de estar participando en una prueba que los que utilizaba el detective. En fin, todo iba perfecto hasta que, cuando ya estaban con el sake, Jim comentó:
—Perfecto, él está a punto de salir también.
—¿"Él", quién? —preguntó intrigado.
—Nuestro objetivo, por supuesto. —Como si tuviera que haberlo sabido.
—Joder. No me habías dicho que estuviéramos aquí por trabajo —dijo, fastidiado. Vale, sabía que su trabajo era 24/7 y que Jim siempre le soltaba la información cuando le apetecía, pero esto era demasiado. A él también le gustaba tener un momento de relax de vez en cuando.
—Oh, perdóname, ¿pensabas que era una cita romántica, o qué? —se burló arrugando la nariz.
—Bueno, a veces salimos a cenar y ya está.
—Fantástico, y hoy hemos salido a cenar y a hacer un trabajo de paso. ¿Algún problema? —interrogó con las cejas arqueadas.
Le sostuvo la mirada durante un buen rato, tragándose la respuesta que realmente quería dar y dejando salir la adecuada, como había aprendido a hacer:
—Claro que no.
—Buen chico. —Jim le dirigió una breve sonrisa de complacencia y se levantó para salir.
No tuvieron que esperar mucho. Al poco de salir, salió también un hombre que había estado cenando en una mesa cercana con una chica más joven y muy guapa. Moriarty se aproximó a la pareja y él le siguió.
—¿Señor Moore? Nos gustaría hablar un rato con usted.
—¿Y se puede saber quiénes sois vosotros?
Jim ni se inmutó y le mostró una tarjeta de visita. El hombre le echó un vistazo y frunció el ceño.
—¿Detectives privados?
—Nos ha contratado su mujer. Sospecha que le es infiel —miró a la chica con reprobación— y ahora tenemos las pruebas para demostrarle que está en lo cierto —sacó el móvil de su bolsillo y le mostró unas fotos de ellos dos durante la cena—. Pero no se preocupe, hemos pensado que podemos llegar a un arreglo. Si usted nos ofrece una cifra más, digamos… generosa, que la que nos está pagando su mujer, podemos decirle que no hemos descubierto nada.
Moore se indignó.
—¡No voy a ceder a su burdo chantaje! ¿Qué se ha creído, abordándome así por la calle? Ni siquiera me creo que les haya contratado mi mujer.
—Vale. Usted decide. —Jim se encogió de hombros, deslizó de nuevo sus dedos por la pantalla y empezó a recitar un número de teléfono—. Brenda no estará nada contenta. Oh, no. Ya sabe lo temperamental que es. —Sonó un tono—. Seguramente querrá terminar con usted definitivamente después de esto. Me refiero al divorcio, claro. —Un nuevo tono y descolgaron. Se oyó una voz femenina y el hombre alargó la mano hacia el teléfono:
—Espere, espere. Lo he pensado mejor. Vamos a hablar.
El criminal asesor cortó la llamada.
—Bien. Acompáñenme, tenemos un coche aquí cerca para llevarnos a nuestro despacho.
—¿A estas horas? —preguntó la joven tímidamente. —¿No podríamos dejarlo para mañana?
—Vaya, preciosa, parece que tú no te aplicas tus propios consejos. Cuando se te presenta la ocasión de acostarte con un hombre casado no se te ocurre dejarlo para el día siguiente, ¿eh?
La chica enrojeció y se quedó callada y el señor Moore tampoco pareció tener mucho que añadir. Los cuatro subieron al coche y cuando Jim pidió al chófer que les llevara al despacho sintió la adrenalina correr por su cuerpo. Él y la pareja permanecieron en silencio mientras Jim se dedicaba a disertar sobre las bondades de la fidelidad. Valiente hipócrita. Cómo le divertía dar lecciones de moral. Se mordió la lengua y se revolvió en su asiento, en parte para no estrangularle y en parte para no reírse. Al cabo de un rato llegaron a un descampado en las afueras.
—Oiga, ¿no íbamos a su despacho? Por aquí no hay nada.
—Sí, es que está un poco retirado. Aparca por aquí, Wells.
—¿Qué demonios es esto? Estamos en medio de ninguna parte. —El hombre sacó su móvil—. Voy a llamar a la policía.
—No, no va a hacer eso —replicó Jim y no necesitó decir nada más.
Le arrancó el móvil de las manos a Moore, lo tiró al suelo y lo pisó, para después abrir la puerta del coche y sacarle a rastras. Jim se bajó a su vez, abrió la puerta del lado de la chica y preguntó:
—¿Vas a salir tú solita, verdad?
La chica asintió temblorosa y el moreno puso cara de decepción.
—Qué aburrida…
Se apeó y corrió a reunirse con Moore.
—Eddy, tengo miedo —susurró.
—Vaya, al final vas a ser más lista de lo que pareces —le soltó Jim y pasó a dirigirse al hombre—: Verás, "Eddy", todo lo que te dije antes era falso, salvo alguna cosa. No somos detectives y tu mujer no sospecha de ti: lo sabe. Pero sí que es verdad que me ha contratado para hacer algo para ella.
En ese momento, el hombre sacó una pistola del interior de su chaqueta y les apuntó con ella. La chica pegó un grito.
—Oigan, tengo una pistola —Jim resopló y miró al cielo al oír esto—. No sé de qué va esto, pero lárguense y déjennos en paz.
Jim se volvió hacia Moran.
—¡Ohhh, Seb, tiene una pistola! —Les deleitó con su mejor cara de sorpresa y sin transición la reemplazó por otra de indiferencia—. Gracias por la información, ya que no puedo verlo con mis propios ojos —dijo con hastío —. Seb —añadió.
En un abrir y cerrar de ojos su subordinado atendió su indicación, sacó su pistola y disparó a Eddy en la mano, que aulló y soltó su arma para agarrarse la parte herida. La chica gritaba ahora completamente histérica. Sebastian la agarró para evitar que intentara escapar. Jim se acercó a Moore y alejó de una patada el revólver caído en el suelo.
—Eddy, Eddy: no saques una pistola si no estás dispuesto a usarla. Norma número uno cuando te atacan psicópatas despiadados. —Le dio unos golpecitos amistosos en el hombro mientras el otro jadeaba de dolor—. Ahora vamos a charlar, como te había dicho. Tu mujer está muy, muy enfadada. Y quiere que te dé una lección.
—Te ha contratado para que me mates, ¿no? —El hombre intentó que su voz sonara firme, sin lograrlo del todo.
—No solo eso, Eddy. Sus palabras fueron: "Haz que se arrepienta de lo que ha hecho". He estado barajando varias opciones y se me ocurre que, si le molesta que beses a otra, podemos hacer algo para arreglarlo, ¿verdad? —Sacó una navaja del bolsillo y la paseó por los labios del hombre.
La chica sollozaba en los brazos de Moran.
—¿Qué pasa con la chica? —le preguntó a Jim, indeciso porque no sabía en qué había quedado con su cliente.
—Oh, no está incluida en el precio, pero creo que a Brenda no le importará si le incluyo un extra sin coste en su tarifa.
Bueno, quizá no había sido una cita romántica al uso, pero al menos estaba seguro de que el sexo de después sería increíble. Este tipo de trabajos, aunque vulgares y con una dificultad tan mínima que casi era irrisoria, ponían a Jim bastante cachondo: y, sin ninguna duda, él sabría cómo sacar buen partido de aquello.
Vale, esto se sale bastante de mi línea, pero me apetecía experimentar. Creo que la espera por la tercera temporada me está volviendo definitivamente loca.
(Por cierto, cualquier parecido entre cierta frase de Moriarty y otra de cierto dirigente político español es pura casualidad).
